sábado, octubre 03, 2009

Si la cosa funciona

A Woody Allen le pasa lo que a mí (perdón por la desmesura), que no puede hablar de otra cosa que de relaciones personales. Da lo mismo de qué vaya la historia, el tema es siempre el mismo o muy parecido.Sólo que él, de forma insuperable, lo hace con un guión y una cámara en la mano. Los demás lo tenemos que hacer con herramientas muchos menos expresivas y evolucionadas. Lo bueno de Allen es que lo borda.

La cosa no había comenzado bien. Como llegamos tarde a la taquilla, nos dieron una segunda fila. Cruel (pero buena señal: el cine estaba a tope). Menos mal que se trata de una de esas salas enormes con una zona amplia (supongo que para poder evacuar en caso de peligro) entre los espectadores y la pantalla. Aún así, marea ver las escenas tan cerca. Pero, al menos esta vez, no importó.
Si la cosa funciona es un Woody Allen resumido: original, inteligente, provocador, pesimista, divertido. Dicen que el guión estaba escrito desde los años 70. Puede que sea cierto, pero él ha sabido ir espigando recursos y situaciones de todas sus películas para compendiarlas en ésta. Se copia a sí mismo. Pero eso está bien porque sigue siendo una muestra cabal de lo que puede dar de sí el cine como conversación inteligente y como diálogo con los espectadores. Lo que más me gusta de él es la forma tan simple y directa de meterte en la historia. Da lo mismo si saca a los personajes de la pantalla o si te mete a ti en ella, el caso es que no te permite quedarte de mirón, te provoca, te reta, te escandaliza. Y, desde luego, lo consigue: al final eres uno más en la pandilla de personajes que van desfilando por escena.
Si la cosa funciona se estrenó ayer en España (me encanta esto de ir a ver películas que se acaban de estrenar; te da cierta ventaja, cierta pátina chic de chico de vanguardia que puede presumir de estar al día). La historia es sencilla, pero eso, al final, es lo de menos. Allen responde a aquel principio de que cualquier cosa simple puede contarse de forma absolutamente compleja. Y ni siquiera importa que todo sea bastante previsible, quizás porque uno ya cuenta con su particular tendencia a incorporar un notable nivel de caos en sus relatos. O porque, como narcisista nato que es, todas sus historias resultan, a la postre, bastante copernicanas y autobiográficas. En resumen: un tipo mayor, cascarrabias, borde, misántropo y pesimista (Larry David) nos cuenta su vida para convencernos de que la vida es solo la antesala de la muerte y que incluso las personas superdotadas como él (profesor de Física cuántica, especializado en la Teoría de las cuerdas y casi premio nobel) tienen pocas razones para alegrarse de estar vivos. Pero hete aquí que se cruza en su vida una joven simple e ingenua (Evan Rachel) que trivializa y tergiversa sus elevados pensamientos y poco a poco le va rompiendo todos sus esquemas (y él los de ella). Ella se había escapado de su casa y, un tiempo después, sus padres ( Patricia Clarkson y Ed Begley) que se habían separado, acaban localizándola y vienen a buscarla cada uno por su cuenta. En realidad a buscarse a sí mismos pues son ellos los que están realmente perdidos. Su contacto con el ambiente neoyorkino (N.Y. es la otra gran protagonista de este film, lo que le permite a Woody Allen recuperar sus viejos amores) acabará cambiando sus vidas. Y al final, nada será como era al principio (“realineamiento” de quereres, se le llama ahora).
Ésa es la moraleja del film: todo es muy relativo, todo depende de coyunturas y probabilidades imposibles (de si la cosa funciona…). La nada es el todo, y todo es, en definitiva, nada. “Si comes verduras y paseas puedes aumentar la longevidad, pero, al final, es menos importante ser bueno que tener suerte”. Y así puede zarandear todo cuanto se le ponga por delante: el amor, la salud, la muerte, el sexo, la religión, la fidelidad, la homosexualidad, la inteligencia, la bondad, la cordura, el lenguaje, todo. Lo hace con ese estilo locuaz y discursivo que lo ha convertido en patrimonio propio. Los diálogos y monólogos de Woody Allen deberían ser conservados como patrimonio cultural de la humanidad. Son tan provocadores, tan agudos, tan actuales que, incluso cuando te ofenden, los adoras. La gente se reía a carcajadas en la sala. Estaba hablando de nosotros, de nuestras miserias, de nuestras, según él, falsas creencias y ritos (en la comida, en el amor, en el sexo, en la religión, en la cortesía, en la aceptación de lo políticamente correcto, en todo), y nosotros nos reíamos. Es la complicidad con que hemos aprendido a ver a Allen.
En resumen, como comencé diciendo, una hermosa y provocadora película sobre las relaciones personales y sentimentales. Según Woody Allen, en ellas como en todo, pero sobre todo en ellas, todo dependen de la suerte que tengas. De que tengas un encuentro afortunado y, desde luego, de que la cosa funcione… Parece imposible decir y hacer cosas tan radicalmente desagradables y pesimistas como las que dice y hace el protagonista. Y, sin embargo, uno sale del cine feliz y optimista. Quizás es que hemos tenido suerte. O que la cosa funciona…

miércoles, septiembre 30, 2009

El secreto de sus ojos.

El domingo, pese a todas las congojas y resacas (una llegada precipitada de México el sábado y a la media hora una boda hasta las tres; un entierro a media tarde del domingo) hubo cine. La normalidad hay que encauzarla rápido y saborearla con tazas bien repletas. Pero nos equivocamos de sala y entre dimes y diretes llegamos al Secreto de sus ojos cuando ya llevaban algunos minutos de proyección.

Ya he confesado otras veces que me encanta el cine argentino, sobre todo el que cuenta historias y esta película de Campanella, que se acaba de estrenar en España el día anterior, es una estupenda película. Está basada en una novela de Eduardo Sacheri, que se desarrolla en forma de narración medio policíaca medio romántica pero muy dinámica y que te mantiene en tensión durante las dos horas que dura. También tengo debilidad por Darín, este actorazo que borda todo lo que interpreta. Y me quedé encandilado con Soledad Villamil, guapa a rabiar, sensible, pero, sobre todo, con unos ojazos y una mirada que te encandila cada vez que le enfoca la cámara.

En una película de gestos muy medidos, muy intensos. Todos los actores lo hacen muy bien, como si lo fueran de teatro. Te hacen ver la desesperación, el dolor, el abismo de la pérdida, la intensidad de una búsqueda policial, de una amenaza o de un interrogatorio. Y todo ello a través de las miradas, esas miradas largas y definidas que definen el mundo interior de la persona que expresa en ellas todo el torbellino de emociones que vive en su interior.

La historia está muy bien construida. Un oficial del Ministerio Fiscal que se jubila y decide dedicar su tiempo a la reconstrucción de un crimen que vivió y le dejó traumatizado (ésa es la parte que me perdí, así que no sé si esto lo cuento bien). El, jubilado con vocación de escritor, va construyendo la historia a la vez que la película reconstruye lo que fueron aquellos días. Cómo aparece muerta y destrozada una chica, cómo se sume en la desesperación su esposo, cómo la policía pierde la pista del sospechoso y cómo a través de fotografías (la fuerza de su mirada) los dos secretarios de juzgado llegan a descubrirlo y a perseguirlo. Y entre medias tres historias de amor que se cruzan y que le dan alma a todo el film: la del viudo con su esposa asesinada que conmueve hasta las lágrimas; la del asesino con la asesinada, un amor imposible con un final trágico; la del secretario del juzgado con su jefa, un amor lleno de vericuetos, de desencuentros pero profundo y potente. Más allá de la frialdad y tensión comedida de la historia policíaca, este amor casi imposible pero real y contagioso te permite salir de la sala con buen sabor de boca.

Y lo demás, todo perfecto. Las imágenes perfectas (con muchos primeros planos de esos que de dejan seco), la fotografía (con unos juegos de cámara increíbles), la música, el ritmo con momentos de enorme tensión y otros relajados, excesivos, incluso. Y para aliviar la densidad de la historia, aparece la figura de Guillermo Francela, colega de trabajo en el Juzgado y un tipo humano magnífico, simpático y medio borrachuzo. De descojonarse cada vez que toma el teléfono para no responder a una llamada y se identifica con grupos imposibles: el club de donadores de sangre; la oficina de recolección de esperma. Un cachondo mental pero un gran colaborador y buen amigo. Y, como perro viejo en el estudio de casos, un buen psicólogo. Me encantaron sus consideraciones sobre las personas y nuestras pasiones. Hay cosas en las que no podemos cambiar, dice Francela: en las pasiones. Esas se mantienen. Puedes apasionarte por cosas o por personas pero las pasiones no cambian. Se mantienen, nos dan continuidad, nos delatan.

En fin, el juego entre el presente (cuando escribe la historia) y el pasado (cuando sucedieron los hechos) les permite a los guionistas contraponer lo que los protagonistas son y lo que fueron, lo que hicieron en su momento y lo que sienten que debieron hacer. “A veces me miro (entonces) y no me reconozco”, dice Darin. Está bien. Debe ser lo que nos pasa a muchos. Pero es, sobre todo, la mirada lo que cambia, el poder que transmite, la sinceridad, la emoción contenida, el brillo, los secretos. Había secretos en la mirada del asesino, pero había emoción y mucha en la mirada de todos los demás. Y la mirada de ahora les permitió ver los mensajes de las miradas de antes que en aquel momento fueron incapaces de interpretar.

martes, septiembre 29, 2009

San Miguel

Bueno colega, ¿qué puedo decirte? ¡Felicidades por tu santo! Hoy me toca escribir a mi la entrada al blog no vaya a ser que te dé un ataque de melancolía o que se despierte tu volcán narcisista. Por este año ya te llega de disfrute personal y de autobombo con la cosa de los 60. Esto de hoy es fiesta menor aunque no tan leve como para pasar desapercibida. Un San Miguel es siempre un sanmiguel.
"Semejante a Dios", en hebreo. “El jefe de la milicia divina”, dicen los cánones y, por tanto el jefe de los ángeles. Ya ves, no paso de ser parte de tu tropa. Y el primero de los siete capitanes generales o arcángeles, con una estrella más que Gabriel o Rafael. Y lo es en todas las religiones desde la judía a la islámica y, por supuesto, en la católica, la ortodoxa, la copta y la anglicana (Wikipedia dixit). Todo un personaje. La verdad que se le ve siempre agarrado a su espada y en actitudes bien poco amistosas con los demonios con los que se lleva fatal. Supongo que con los amigos debe comportarse de otra manera (de hecho, me encanta la pintura de Gaston Bussière donde le sitúa seduciendo a Juana de Arco; tampoco harían mala pareja los dos tan guerreros salvo que se enfadasen y cada uno echara mano de sus espadas y su mala leche).
Además, según las escrituras (1ª a los Tesalonicenses 4, 16) va a ser el encargado de tocar la trompeta el día del fin del mundo y quizás hasta sea el que vaya pasando lista. Está claro que hay que llevarse bien con él. Supongo que en eso, los migueles, llevais alguna ventaja.

Pero dejando de lado la cosa religiosa, ¿sabías que el nombre “miguel” tiene toda una serie de connotaciones para la gente que se dedica a leer las manos y a hacer interpretaciones de los signos astrales? Yo se lo pregunté ayer a una tipa que sabe de eso y en cuanto le conté dos cosas de ti, enseguida me dijo que, sin duda, eres tauro. Bueno, le dije, para decir que tú eres un tauro no hace falta ser adivino. Se nota a las primeras de cambio. Pero me dijo otras cosas que te van a extrañar. Se diría que te conocía. Me dijo que los migueles "no sois buenos diplomáticos, os creéis más fuertes de lo que sois y que eso os lleva a un desgaste terrible porque tratais de imponeros a base de coraje y voluntad". Bueno no le dije que eras navarro, sino en lugar del coraje y voluntad que suena demasiado fino, habría dicho lo de imponerse “por huevos”, que suena más racial. Dijo cosas interesantes que seguramente ya te suenan porque te las decimos muchos: "Que os gusta apropiaros de las personas y las cosas que amais, pero que sois amigos fieles". Y luego siguió describiéndote como si leyera tu diario: “no les gusta expresar lo que sienten y suelen tragarse sus propios marrones, así que acumulan mucho secreto personal y eso acaba estresándoles”. Te juro que yo no creía en estas cosas, pero la tipa me iba metiendo en su rollo por lo bien que te describía. Y mientras le miraba estupefacto me soltó la guinda final: “ están siempre dispuestos a meterse en toda clase de aventuras e iniciativas, pero al final son más emprendedores que perseverantes”. Después de eso, macho, ya ni le discutí el precio y hasta le dejé una propina. Clarividente la tía, oye. Espero que nadie le pregunte por mí.

Bueno, chaval, pues eso. Muchas felicidades en tu onomástica. Que pases un día divertido y jaranero. Pero sin hacer nuevos planes. Escucha a la pitonisa.
Ángel Saigós

domingo, septiembre 20, 2009

La furia

El domingo (13.09.09) pasado apareció un artículo en el País Semanal (pags. 24 y 25) que me hizo pensar mucho. Tomé unas notas en un papel suelto que va pasando de bolsillo en bolsillo hasta que definitivamente se pierda. Así que voy a aprovechar esta madrugada de domingo en Sao Paulo (estoy en un piso 22, a no más de 200 ms. del aeropuerto de Congonhas, como si fuera la torre de control: veo entrar y salir a todos los aviones y hasta puedo distinguir a los operarios que se afanan por tenerlo todo a punto) para retomar ese tema interesante de la furia.


El artículo hablaba, como se puede suponer, sobre las relaciones humanas y cómo a veces acciones incontroladas que duran poco, que no tenían por qué darse, que surgen así, casi sin darte cuenta porque se te llena la boca, acaban generando problemas insolubles. "La furia provoca daños que luego hay que reparar. Unos segundos desafortunados pueden destruir una confianza que se ha tardado años en edificar", decía el autor. Y citaba aquella frase de Schopenhauer: la ira no nos permite saber lo que hacemos y todavía menos lo que decimos. Estoy de acuerdo. ¡Cuántas veces pasa eso! Estás tan tranquilo hablando o discutiendo de algo y, de pronto, comienza a elevarse el tono de la conversación y se desata la caja de los truenos. Y con ese rollo moderno de la asertividad, mal entendida claro, te quedas hecho polvo. O eres tú quien deja hecho polvo a quien esta contigo. Un desastre.

Siempre me ha llamado mucho la atención lo vulnerables que son las relaciones. Lo que parecía que iba viento en popa, con una compenetración a prueba de bombas, llega un tropiezo y parece que nada de lo anterior cuenta. Como si se abriera una cuenta nueva y hubiera que comenzar de cero (o de menos de cero, porque la furia te lleva al infierno del sótano -3). Recuerdo de hace unos años haber escuchado en la cafetería de la Facultad una conversación entre varias estudiantes. A lo que pude entender, el novio de una de ellas había estado tonteando con otra en la fiesta del día anterior. Las otras la miraban condolientes y como esperando que tomara una decisión drástica. Pero ella, muy sensata y segura de sí misma, les vino a decir que después de estar tanto tiempo con ella y conocerla bien no podía preferir a otra que acababa de conocer. Y que si lo hacía, pues no merecía la pena continuar. Un poco ingenua la suposición, pensé para mí, pero muy sensata. Podría haber reaccionado con ira y romperlo todo sin más. Pero así las cosas dejaban una puerta abierta.

Esta historia de la furia tiene, además, un segundo inconveniente, sobre todo para los tímidos que no nos podemos permitir ese lujo de cabrearnos y exteriorizarlo. Quedas perdido, sin armas. O te aguantas o, si la cosa se pone fea, te agrarras a esa cosa íntima y asequible que es el odio. Pero aún es peor el odio que la ira, penetra más dentro y te destruye y destruye la relación de manera más inmisericorde. También mencionaba el autor (debería haber tomado su nombre pero no lo hice, algo imperdonable en un profesor que sabe que referenciar sus citas es obligatorio; lo siento de veras) un viejo dicho oriental: "aferrarse a la ira es como agarrar un trozo de carbón candente con la intención de arrojarlo contra alguien. Al final quien se quema eres tú".

Otras cosas que decía también eran interesantes. Esa idea de Vitorio de Sica de que "la Biblia enseña a amar a nuestros enemigos como si fueran nuestros amigos, probablemente porque son los mismos". Y, con frecuencia es verdad. Al final con quien tenemos las grandes agarradas es con nuestros amigos. Los que no lo son, ni merecen el esfuerzo que supone el enfadarte. Uno desearía que sus amigos lo fueran de forma constante, que resaltaran tus méritos y cualidades, pero no suele ser eso lo normal. A veces, las peores críticas (merecidas o no), las que más teduelen las recibes de ellos. Debe ser por eso que en toda amistad se produce un juego de amor-odio que fluctúa. Lo mismo que en las parejas. Cuando predomina el amor todo funciona bien, cuando acaba predominando el odio las cosas acaban de mala manera.

Tampoco estuba mal la idea de que no hay defectos que molesten más en los otros que los que nosotros mismos tenemos. No sé si será verdad. Me tendría que poner a pensar en cuáles son los defectos que más aborrezco en los otros, cosa compleja para estas horas de la mañana. Pero me queda como tarea pendiente. Y lo que no deja de ser verdad es aquello otro de que "cuando nos enfadamos de forma desproporcionada con alguien es posible que estemos enfadados con nosotros mismos". De esto puedo dar fe. No hay peor cosa que estar mal con uno mismo (en un sentido genérico eso de estar mal: porque estás jodido de veras, porque estás deprimido, porque has dormido mal, porque llevas una tensión dentro que pareces una olla exprés, cualquier cosa vale) para que lo veas todo mal en los otros y todo te cabree intensamente. A mí me suele bastar con dormir bien para que los nubarrones vayan disipándose.

Bueno, este soliloquio mañanero se está haciendo demasiado largo y reiterativo. Pero aún hay otra idea que me gustó, porque la siento casi como mía. Hasta pensé que me la habían copiado. Ya he escrito en el blog sobre "las conductas paradójicas" y su interés para poder sobrevivir a un conflicto. Pero el autor del texto cita a Jaume Roselló que dice eso mismo con una hermosa frase: "lo contrario es lo conveniente". Y el texto que sigue lo explica muy bien: "si en los momentos de conflicto aplicamos la misma energía (negativa) que nuestro opositor sólo lograremos duplicar la negatividad. Si decidimos apostar por la emoción contraria quizás podamos revertir la situación". Es decir, en lugarde iniciar una escalada simétrica en el conflicto (esto es, pelearse a ver quién es más borde, quién grita más, quién dice las cosas más hirientes, quién hace más daño), caminar en la dirección contraria. Claro que te gustaría ganar la batalla de la ira y joderle bien jodido (eso es lo que te pide el hígado a gritos) pero justo ahí buscas el camino contrario: lo contrario (de lo que te apetecería hacer) es lo conveniente. Sin bajarselos pantalones (o lo que sea) por supuesto, sin darle la razón al otro, al menos en eso en lo que estais discutiendo. No es que te rindas, es que quieres cambiar el sentido del enfrentamiento. Tú empiezas a alabar en él o ella ciertas cosas que encuentras valiosas (no estoy de acuerdo en esto pero me gusta mucho cómo planteas...). La cosa puede resultar chocante. Incluso puede que, en lugar de menguar la ira del otro, la incrementes porque sienta que le estás tomando el pelo. Pero en fin, merece la pena intentarlo. Por eso son situaciones paradójicas.

En fin, qué rollo, por Dios. Casi parece el sermón del domingo (bueno, hoy es domingo, así que descontextualizado no está). "¡Ya, ya!, estoy oyendo que murmura el blog que debe estar despertándose después de tantos días sin escribir nada, ¿y se puede saber todo esto a qué viene? ¿Algún cabreo soterrado de estos días que tratas de superar?". No seas bocazas, anda. Ya sabes que ésta es una de mis obsesiones de siempre. No es que me dé mucho resultado, pero al menos, me entretengo. Y, además, ¿quién es el guapo que no tiene un conflicto que desee superar?

Y aquí va la última guinda del texto. Un proverbio chino que dice " cuando te inunde la alegría no prometas nada; cuando te domine la ira, no escribas ninguna carta". Del blog no dice nada.

lunes, septiembre 14, 2009

Ser uno mismo


Era la hora de la siesta. Entre que tomas el café, que te adormeces un poco, que pasas de las noticias malas del telediario a los deportes y después al pronóstico del tiempo ya había llegado al momento propicio para la cabezadita del pomerigio. Entre sueños advertí que empezaba una peli de sobremesa con algo que tenía que ver con las Vegas (Algo pasa en la Vegas, supe después que era su título, una película del año 2008 dirigida por Tom Vaughan y protagonizada por Cámeron Díaz y Ashton Kutcher).
No es que pasara mucho en Las Vegas, la verdad. Las típicas situaciones tan manidas de que se cogen una melopea y acaban casados (acaban de retomar una locura parecida en la reciente Resacón en Las Vegas). En fin una película que se deja ver en esa duermevela de la sobremesa pero que, con seguridad, no optará a un oscar. Tiene cosas divertidas, como las visitas a la terapeuta de familia, pero poco más. Y sin embargo, me dejó pensando.
Al acabar la historia, a través de meandros previsibles (aproximaciones y separaciones intermedias que ya se sabe concluirán en un reencuentro final), el protagonista quiere que una amiga de su novia le diga a dónde se ha podido escapar ésta después del último desencuentro. La amiga le dice que no lo sabe pero añade algunos comentarios interesantes. Por ejemplo, le asegura, que ella (la escapada) había combiado mucho desde que se había encontrado con él. Y aquí viene lo grande: “que por primera vez desde hace muchos años, ella había vuelto a ser ella misma”. Ser uno mismo, dije para mí, cuántas veces lo repetimos pero que poco claro queda lo que significa. ¿Cuándo se es uno mismo?

Más adelante, él va a buscarla al lugar donde ella le ha confesado que se sintió feliz, plenamente feliz, por última vez. Y en ese encuentro final, y feliz como era de suponer, ella vuelve a lo mismo. Durante muchos años ella había estado tratando de hacer lo que otros le pedían, de responder a sus expectativas, de ser lo suficientemente buena para ellos (sus jefes de trabajo, sus padres, sus novios, etc.), pero cuando se encontró con él, como lo odiaba, había adoptado la distancia necesaria, ya no tenía que resultar interesante y valiosa, ya no tenía que pretender nada. Había vuelto a ser ella misma. Y eso le llevó a romper con su trabajo, con su ex novio, con todo aquello que la obligaba a ser como no quería ser.
Y la idea me quedó colgando de las telarañas del sopor de esas horas difíciles. ¿Será que ser uno mismo es eso, no tener que responder a las expectativas de los otros? ¿Y es eso posible puesto que esos “otros” siempre están ahí de una manera u otra?
Hace unos años una amiga que hacía el Camino de Santiago me contó su propia versión de este “ser uno mismo”. Al poco de comenzar el Camino, quizás en la tercera o cuarta jornada, no lo recuerdo, conoció a unos chicos que también iban haciendo el Camino. Le cayeron simpáticos y desde entonces hacía lo posible por caminar cerca de ellos o, cuando menos, por verse durante el Camino y también por las noches en los albergues. Así que estaba constantemente pendiente de si ellos iban por delante o por detrás para no perderlos de vista. Procuraba organizar sus jornadas para que coincidieran con las de ellos y hacer las paradas de descanso con ellos. Pero llegado un momento, tanta tensión se le hizo menos llevadera. Ella se planteó a sí misma: “no estoy haciendo mi Camino, estoy haciendo el Camino de ellos”. Y se decidió dejarlos marchar y, también, según sus palabras, “volver a ser ella misma, volver a su propio Camino”.

“Ser tú mismo”. Algunos lo han relacionado con la necesidad de renunciar a ser perfecto (ésa era la posición de la Cameron en la peli), otros con la necesidad de no querer deslumbrar a los demás, sobre todo a nuestros padres o parejas. Pero pudiera ser que algunas personas sean justamente eso: buscadores de la perfección, o conquistadores profesionales del aprecio de los demás. Quizás ésa sea su vida. Supongo que permitirles a ser imperfectos no les haría más felices. Otras recetas tampoco son claras. Los que te dicen que para ser tu mismo lo primero que tienes que hacer es conocerte bien, tus fortalezas y debilidades, tus valores tus capacidades… La cosa es que eso no lo descubrimos nunca del todo. Y además todas esas virtualidades de cada uno dependen mucho de tus circunstancias, de tu momento, de las personas con las que estés, etc. Es muy curioso cómo personas que se han separado y se han vuelto a unir a otras parejas se transforman y parecen otras personas: les gustan cosas que antes no les gustaban, se visten de manera distinta, se les ve distintos y distintas. No es fácil saber si es ahora cuando son ellos mismos o era antes cuando lo eran. Pudiera ser que antes y ahora. O, también pudiera ser, que ni lo eran antes ni lo son ahora. En fin, un lío, como decía.
Por otra parte, a mí eso de “ser uno mismo” me parece, a veces, echarle mucho morro a la vida. A mí me desesperan las personas que te dicen después de hacerte alguna barrabasada o de montarte un cirio, “disculpa, es que yo soy así”. Pues, coño, no seas así. Es como si dejar salir el ser primitivo y menos presentable que llevamos dentro pudiera justificarse por el mito ése de “ser uno mismo”.
“Ser uno mismo”; “realizarse como persona”; “ser empático y, a la vez, asertivo”; “ser honesto y non fingir ni traicionarte por quedar bien con los demás”; “saber decir que sí y saber decir que no”. ¡Tantas cosas! Es como un cruce de carreteras con muchos indicadores. Y como te entretengas a ver cuál te conviene, enseguida empiezan a pitar los que vienen detrás porque les estás interrumpiendo el paso. ¡Qué presión!

lunes, septiembre 07, 2009

Y no era doncella

Aunque se la vendieron (y cobraron, supongo) como si fuera una pobre criatura de pocos meses, pues resulta que no. La cabra tenía 7 meses (que debe ser mucho en la particular biografía de una cabra). Y si hacemos caso al experto que la sometió a una minuciosa revista, ya había conocido varon y hasta había parido. Muy precoz. Hay que mirarles a los dientes, nos dijo. Y a las ubres. ¡Claro!, pensé, ¡cómo se les pasaría por alto a mis amigos una cosa tan obvia! Y eso que se pasaron un buen rato intimando con ella antes de subirla al coche. Los dientes y las ubres, por Dios. Es que es de cajón...
Bueno, el desvelamiento del fiasco fue casual, he de reconocerlo. La cabra primero lo pasó mal y estaba deprimida. Prefería el pienso a la hierba (algo contranatura en una cabra) y siempre que veía una puerta de la casa abierta marchaba corriendo a buscar refugio dentro (lo que contradice aquello de que la cabra siempre tira al monte; ésta tiraba más bien al salón). Eso ya nos debió hacer sospechar algo, pero como estábamos convencidos de que era una pobre cría de biberón, nos pareció una manía típica de tan corta edad. Todavía se está socializando, pensamos.
Todo cambió cuando empezó a relacionarse con una peña de ovejas. Ella empezó a cobrar confianza y a sentirse más relajada, más cabra. Buscando hacerle la vida más agradable, Antonio que era quien le cuidaba, fue a ver a un cabrero. No tenemos mucha idea de cabras pero a todos nos pareció que nuestra cabrilla precisaba de un novio. Su amistad con las ovejas podría provocarle alguna confusión de identidad sexual. El cabrero fue amable y nos dio algunos consejos. Dijo, entre otras cosas, que las cabras entran en celo cada veinte días. Y se nota en que mueve mucho el rabo y mira constantemente hacia atrás. Bueno, le dijimos, está bien saberlo, pero la nuestra es aún una niña. Eso, si llega, será más adelante.
Como una cosa lleva a la otra, estábamos equivocados también en eso. A los pocos días, el sobrino de Antonio, un chaval perspicaz, le avisó al tío que la cabra andaba nerviosa, que movía mucho el rabo y miraba ansiosa para todas partes. ¡Coño, dijo él, a ver si va a estar en celo! Pues sí. ¿Quién lo iba a decir, tan joven…?
A los pocos días se fue con ella al cabrero. Lo primero que le dijo es que la cabra no era tan joven, que pasaba de los 7 meses y que ya había parido una vez. ¡Joder!, se sombró Antonio, si parecía una cría. ¡Leches, una cría!. En cuanto vio al castrón (así se le dice aquí al macho, que somos finos y no queremos insultar al pobre cabrón), nuestra dulce cabrita se fue a por él y se puso en posición. Ni unas palabritas para intimar ni nada de nada. Al asunto sin subterfugios ni esperas innecesarias. La pobre debía venir muy necesitada. Yo creo que fue la influencia de las ovejas que nos la malearon.
Y ahí está, preñada. Ya han pasado los veinte días sin que mueva la cola ni mire ansiosa para atrás. Cinco meses de embarazo, nos han dicho. Y luego cabritillos.
En fin, a los amigos de la metieron doblada. A la cabra también. Y dentro de nada tendremos cabritillos. O cabritillas quien sabe, y todo comenzará de nuevo. Pero esta vez les miraremos los dientes.

domingo, septiembre 06, 2009

Mapa de los sonidos de Tokio


No han sido misericordiosos los críticos con ella. “Nada es creíble” (El Mundo), “Me parece una tontería” (El País), pero a mí me ha gustado. Quizás la historia deja qué desear en cuanto a credibilidad, pero es cine en estado puro. Y eso que los sonidos de Tokio son bastante menos impresionantes que sus luces, que su estructura, que la belleza formal con que la Coixet la retrata. En realidad es una película destinada a la exaltación de los sentidos. Le pega mucho a la Coixet.
Japón, creo yo, ha sido siempre una especie de mundo idealizado por muchos occidentales. Ahora mismo mi hijo anda por allí y cuenta que está alucinado. Tan lejanos a nosotros, con una estética tan diversa, con una cultura tan rica e indescifrable, con una comida tan endiablada. Lo que tal para que se conviertan en una especie de mundo de hadas. En mi curso en Londres de este verano tenía un compañero de clase japonés. Asesor de empresas. No era muy simpático, quizás por las dificultades para comunicarnos (su inglés era bueno gramaticalmente pero no había hijo madre que le entendiera lo que decía), pero sí muy buen compañero. El caso es que tuvimos que hacer una presentación en Power Point y él la hizo sobre Japón. Lo hizo muy bien y nos convenció de que merecía la pena conocer Japón, el turístico y el que está fuera de las rutas. Me quedé con muchas ganas, así que ya iba muy bien predispuesto al cine esta tarde.
Lo dicho, me encantó. Estamos muy acostumbrados a ver New York en las películas y se nota cuando un director quiere hacerte disfrutar con la ciudad en la que está rodando. A veces las películas son un homenaje a una ciudad. Ésta, sobre todo al principio, es un auténtico homenaje a Tokio: qué hermosas imágenes navegando bajo los puentes; impresionantes las tomas desde el aire recogiendo la hermosura de los rascacielos y las calles repletas de luces y coches; preciosos los primeros planos del trabajo en el mercado o la entrada automatizada en el Motel. Todo muy sugerente, con una fotografía fantástica. Un virtuosismo de la directora y de sus fotógrafos.
Y luego está la historia que se cuenta. Esa que los críticos tachan de poco creible. No me gustan mucho los directores que escriben y dirigen sus películas. Es difícil ser bueno en ambas cosas. Sería suficiente que supieran rodar bien historias escritas por buenos escritores. Pero da lo mismo. Quizás, lo importante en este caso no es tanto la historia sino los personajes que aparecen en ella, la forma que tienen de vivirla y representarla.
Lo que más llama la atención es la aparente inexpresividad de los japoneses. Los primeros personajes son como palos hieráticos: casi no hablan, sus sentimientos son tesoros guardados bajo siete velos. Se hacen difíciles de entender las relaciones vistas desde nuestra óptica: personas que son amigas (o lo aparentan) pero no se hablan ni saben nada del otro, caras serias sin ninguna expresión o con reacciones exageradas. Todo muy en plan cliché. Pero poco a poco, la película va adentrándose en los personajes, nos aproxima a ellos, les va dotando de vida: un empresario destrozado; un amigo fiel y platónico; una asesina enamoradiza; un vinatero que va de latinlover displicente. Es como si se nos abriera una ventana para poder mirar a su interior. Y allí hay mucha movida. Ya se parecen más a nosotros, a todo el mundo, con sus pasiones, sus celos, su angustia, sus deseos.
En el fondo, la película, sobre el escenario de los millones de luces de Tokio es una historia de amor. De varios amores cruzados. Con mucho erotismo. El inicio de la película es ya de shock: con ese restaurante en el que la comida se sirve sobre el cuerpo de preciosas mujeres desnudas. Una pasada. La película es muy sugerente con momentos de un erotismo de alto nivel. Me ha gustado mucho seguir el discurso de una directora mujer sobre el sexo. A veces se escuchan comentarios despectivos en películas con fuertes cargas eróticas: “Bah, se nota que la ha dirigido un hombre”. Esta vez quien llevaba la batuta era una mujer y, la verdad, ha metido una caña que pa qué. Las escenas en el hotel (una cosa muy extraña esa habitación de motel que más parecía un vagón de metro con sus asientos, sus barras y sus agarraderas: quizás estuvieran allí a propósito para facilitar posturas especiales) han sido de lo más excitante. Uff!
En fin, un canto a los sentidos, como decía. A todos ellos, desde la vista (esas hermosas imágenes de Tokio) al oído (una preciosa música a lo largo de todo el film, los sonidos de la ciudad que se van recogiendo), desde el gusto (esa pasta sorbida con ruido, el vino) al olfato (el mercado con su bacanal de olores que casi llegas a percibir de próximo que estás a ellos).Y, por supuesto, el tacto que lo puedes vivir hasta el orgasmo (primer dedo, segundo dedo…).

Todo muy Coixet.

Los momentos



“¿Sabes lo que te digo? Que todo en la vida tiene su tiempo y su momento”, eso oí que le decía la señora al señor que caminaba a su lado por el Paseo Marítimo de la Coruña. Ella, ya mayor, hablaba toda cargada de razón, él, de edad similar, escuchaba impasible. Ignoro de qué estarían hablando, aunque por echarle un poco de pimienta y ajo a la ocasión, me dio por imaginar que el señor le había pedido algo a la señora que ella no estaba dispuesta a concederle. Luego pensé que eso que yo pensaba era harto improbable en aquella distribución de roles. Quizás si fuera el señor el que lo dijera…
El caso es que me quedé pensando en esa historia del tiempo que pasa. No es la primera vez que la oigo en estos días y me tiene un poco harto, sobre todo porque hay poco que hacerle: el tiempo pasa, da lo mismo cómo te lo tomes. Y no solo pasa, tiene un pasar que se hace cada vez más agresivo. Y al final pasa arrasándolo todo. Hace una política de tierra quemada. Los momentos duran cada vez menos, lo que puedes hacer en ellos se hace cada vez más fútil porque tienes menos sosiego. Al final, el tiempo se acaba convirtiendo en el gran protagonista de tu vida. Y eso que él no hace nada, sólo pasar. Una pesadilla.
Así que a cada esquina te vas tropezando con los “Uy, yo no ya no estoy para esos trotes”; “¡Estás loco!, ¿qué edad crees que tengo?”;”¡Qué más quisiera, pero ya no…!” O sea, que el tiempo no sólo te destroza las vértebras o te enloquece la tensión y el colesterol, además va inoculando su virus del “nunca más”. Y, como somos obedientes, vamos tachando cosas que hasta ese momento nos habían hecho la vida más agradable aunque fuera sólo como expectativas (esas cosas que uno, en los momentos vivos, sueña hacer aunque no sepa cómo ni cuándo). Pero si las tachas ya no tienen esa capacidad de movilizarte, te vas quedando sin energías. Y todo por culpa de ese tiempo insensible que a la chita callando te va agostando los ánimos y los proyectos.
Por eso me dan mucha envidia las personas que son capaces de burlar al tiempo, de romper con sus corsés rígidos y paralizantes: quien tiene un hijo a los 70 años, los abuelos que ves corriendo la maratón municipal de cada año, las viejitas que se hacen el Camino de Santiago entre sonrisas y antiinflamatorios; el sesentón que se enamora de una chavala de 35; los que olvidan sus años y se pasan bailando en las fiestas del pueblo hasta las 4 de la mañana; los rebeldes que hacen cosas raras al margen de las décadas con las que tengan que cargar; las parejas mayores que tiran de autocaravana y se van recorriendo el mundo. Romper la tiranía del tiempo y de sus condiciones.

Hay que echarle huevos y más cosas pero es que esto de que “cada cosa en la vida tiene su tiempo y su momento” es muy deprimente. Y además ni siquiera tiene por qué ser verdad.
Deberíamos respetar menos al tiempo. Incluso volverlo del revés como el Señor Button de la película (“El extraño caso del señor Button, EEUU, 2008). ¿Quién no sería feliz muriendo, como él, en el medio de una gran mamada? Aunque solo fuera para dar por el saco al tiempo.

domingo, agosto 30, 2009

Despedidas

Aunque habíamos sacado la entrada para ver la última de Coixet, nos colamos en la sala donde se proyectaba “Despedidas”. Verás cómo ésta, que ya se estrenó a primeros de Julio, la quitan enseguida, nos dijimos. Ya volveremos a la de Isabel otro día. Creo que fue un acierto. Me encantó la película de Yôjirô Takita. Y eso que el tema no es fácil.

La muerte es, desde luego, un tema universal, pero hacer una película en torno a ella no resulta nada fácil. La historia comienza con el protagonista (Masahiro Motoki) tocando el celo en una orquesta que se deshace por problemas económicos. Debido a ello, decide, con el beneplácito de su esposa, regresar a la casa que le quedó en herencia en la pequeña ciudad de sus padres. Allí encuentra trabajo en una funeraria donde tiene que preparar los cadáveres para su despedida final. No es un trabajo ni fácil ni bien considerado. Y de eso va la película, de su propio proceso interior hasta aceptar el sentido de lo que estaba haciendo, y la del proceso que siguen su mujer y sus amigos para quienes hacer lo que él hacía era poco digno. El guión va diseccionando con mimo los avances y retrocesos que unos y otros van dando en torno a eso de “trabajar con/sobre muertos”. Pero lo que consigue la película es hacerte ver ese trabajo como algo bello y digno. Yo, desde luego, lo he vivido así. Creo que no sería capaz de hacerlo, pero reconozco que ha sido extremadamente bello y emotivo todo lo que el protagonista y su mentor hacían con los difuntos. Al final, es más una película sobre la vida y sobre los afectos que sobre la muerte o los muertos.

La película es extremadamente bella, llena de detalles. Con ese abigarramiento de cosas de las coreografías japonesas. Pero todas ellas muy bien colocadas, con encuadres perfectos, con colores exquisitamente compensados dentro de su gama. Todo en espacios pequeños, con un gran predominio de los primeros planos de los personajes. En fin, la fotografía excelente. Y no digamos nada de la música. Los solos de violoncelo con que nos deleita el protagonista son deliciosos. La verdad es que, metido como estás en embalsamamiento de cadáveres, te transportan a un limbo infinito donde sólo tienes de escuchar y dejarte llevar por la melodía.

Los actores, todos, están excelentes. Con esa emotividad contenida de la cultura japonesa (por eso las lágrimas silenciosas recorriendo las mejillas del protagonista en las escenas finales son mucho más elocuentes que cualquier grito desgarrado) pero con una totalidad sinceridad del gesto. No sobra nada, no hay aspavientos, pero te hacen llorar de emoción.

Es curioso esto de la muerte y del trato con los muertos. ¡Varía tanto de una cultura a otra! Y de unas sensibilidades a otras. Lo que a unos nos parece un gesto de máximo respeto y cariño a la persona que acaba de abandonarnos, a otros les parece una desmesura sin sentido (¡es un cuerpo, masa, nada!). Emociona en la película ver la sensibilidad, el mimo con que tratan al difunto. Y todo delante de sus seres queridos. Se les brinda un último homenaje, un adiós consentido. Y qué maravilla los movimientos perfectos de los embalsamadores: pausados, perfectos, respetuosos. Desde luego, no podrían hacerlo mejor de estar vivos. Y qué emoción cuando el esposo o la esposa o los hijos vienen a gradecerles el esfuerzo (“nunca estuvo tan hermosa como ahora”; “gracias, muchas gracias”).

Ni qué decir tiene que, mientras ves la película, pasan por tu cabeza tus propios difuntos. Piensas en ellos, sientes de nuevo su proximidad, rememoras su imagen final, aquellas miradas furtivas y angustiadas cuando los despedías para siempre. Y a cada recuerdo una nueva oleada de emociones y lágrimas. Pero visto así, en la óptica amable y tranquilizadora de esta película, no resulta difícil reconciliarte con tus recuerdos y sentir sentimientos apacibles.

Me parece muy justo el Oscar que recibió a la mejor película extranjera del 2008.

miércoles, agosto 19, 2009

El luchador

En realidad, el perdedor, aquel que va bajando los escalones de la fama a trompicones hasta encontrarse en el sótano -3 con la crisma rota y sin otro futuro que la muerte. Todo muy cutre, muy triste. Pero una película inmensa, de las mejores que he podido ver en estos últimos tiempos.
Se nos había pasado en su día. La busqué con ansiedad en el periodo de los oscars, pero la he podido admirar sólo ahora, seis meses después de su estreno en España. Y me ha dejado impresionado.
Me he enterado que Darren Aronofsky es un director que cuida mucho la descripción de sus personajes, que escarba en su mundo interior y que le gustan sujetos perdedores. Supongo que es cierto porque eso, justamente, es lo que hace en este peliculón. Y desde luego acierta de pleno con los actores: Mickey Rourke, el luchador venido a menos, está que se sale (a veces te da la impresión de que sobreactúa pero según vas siguiendo la historia ya ves que no, que simplemente lleva su papel hasta el extremo); Marisa Tomei, la stripper pasada de años, está buenísima y lo hace requetebién. El resto apenas si importa (incluida la hija que se hace bastante repelente). La fotografía es muy realista y sin artificios. El guión, excelente. La música perfecta para la situación. Lo dicho, una película que no se puede dejar de ver.
Alguien ha descrito la película como la historia de una agonía. Creo que es una acertada descripción. Todos los personajes están viviendo su personal agonía: esa lucha por sobrevivir, por superar el paso del tiempo, la pérdida de los brillos y oropeles de las buenas épocas. No es fácil saber aceptar las condiciones cada vez más duras que te impone la existencia. Menos aún si has vivido la vida tan intensamente como lo han hecho los protagonistas de esta historia.
A medida que iba viendo los entresijos de la lucha libre con todo lo que tiene de ficción, de camelo visual me iba medio convenciendo de lo fatuo de ese mundo. Pero la película no te permite quedarte en esa superficialidad y te enfrenta con la dureza de esa vida extremosa: los cuerpos sufrientes, los golpes, las salvajadas que te impone el espectáculo, la necesidad de meterte drogas y calmantes a mansalva, la resignación ante el sufrimiento. Otro tanto sucede con la vida de la stripper. Parece todo tan sencillo: tener un buen cuerpo y saber moverte y mirar con insinuaciones. Uno tiene ganas de envidiar a esas personas. Pero todo eso es solo la pantalla, lo que hay que dejar ver. El mundo interior es otra cosa, mucho más doloroso, mucho más humano.
“Hay que ver qué vida más dura, pero cómo atrapa”, comenta Elvira. Y es verdad. Los dos protagonistas viven de su cuerpo, sufren con el paso del tiempo, pero ambos están atrapados en su trabajo (por llamarlo de alguna manera), lo necesitan para sobrevivir, es cómo si no supieran hacer nada más allá de su propio sacrificio en el ara del voyeurismo de quienes les mantienen. Necesitan darles carnaza, sentirse reconocidos, saborear los instantes del aplauso de su público. Es como una droga de la que resulta difícil escapar.
Hay escenas simpáticas, como el intento de resocialización del luchador como simple tendero (dan más miedo las viejecitas maniáticas que van a comprar más que a sus encarnizados enemigos del ring). Y escenas eróticas muy sugerentes, con la Tomei en plena forma. Otras son espeluznantes (como la salvajada de clavarse grapas en todo el cuerpo). Otras emotivas, como su encuentro con su hija y su petición de perdón. Y al final, ese vuelo sin fin de quien, perdido todo, ya no tiene por qué preocuparse.
En fin, una hora y media larga que se pasa pronto. Y al final, no es que te quede una sensación angustiosa. Al menos yo, seguiré odiando la lucha libre y admirando a la gente que es capaz de poner todo su empeño en sobrevivir sean cuales sean las condiciones que la vida les imponga. Una gran película. De las mejores.

martes, agosto 18, 2009

Cocktail de sentimientos

Ahora están de moda los “centros de interpretación de la naturaleza”. Los van poniendo en parques naturales, paisajes de interés, lugares de especial significación por algún motivo ecológico o cultural, etc. Sirven, supongo, para que los menos enterados sean capaces de entender lo que tienen por delante. El nombre que se ha escogido es un poco pretencioso, pero parece interesante. Hay mucha gente que sólo es capaz de ver pastos o árboles o piedras o montañas (así en bruto y sin matices) cuando sale al campo. Así que un poco de ayuda para “aprender a ver” parece más que conveniente.
La cosa es que necesitaríamos “centros de interpretación” de muchas cosas. De los sentimientos, por ejemplo. Podría ser una salida profesional para tanto psicólogo en paro: ayudar a la gente a interpretar lo que está pasando. Sobre todo, cuando se trata de experiencias abigarradas y difíciles de “leer”.
¿Qué haces cuando se arremolinan sentimientos cruzados, cuando te sientes bien y mal, cuando se mezcla todo? Eso es el verano, me dice mi coach, ya sabes que los vapores tienden a subir y los ánimos a caldearse. No sé de qué me estás hablando, le he dicho. Yo solo sé que tendría que estar encantado y feliz pero no siento esa alegría. Lo más probable es que sea cosa del disco duro, ha seguido él, a veces es suficiente con resetear y las cosas vuelven a organizarse. También podría ser una sobrecarga de tensión, con el calor de estos días mucha gente usa más energía de la habitual y se producen apagones. ¿Tú estás bien?, me he visto forzado a preguntarle, dices cosas raras. Desde luego, con tu ayuda, no creo que vaya a interpretar yo mucho.
Después de todo, quizás tenga razón. Ayer vi en el telediario un mapa cromático del país. Los colores eran más intensos en función del calor que había hecho en cada zona. Y la verdad, casi toda España se veía de un rojo violento, casi infernal. Y siempre se dijo que los calores estropeaban los buenos productos. Por eso nacieron los frigoríficos, pero quién mete en un frigorífico sus emociones. Quién puede, siquiera, ordenarlas. Y así se van agolpando todas sin orden ni concierto. Muchas sensaciones polarizadas: la desazón del aire acondicionado que no funciona, la emoción de ver de nuevo a tus padres, la alegría de abrazar a hermanos convalecientes pero ya en plena forma, el notición de un nuevo embarazo, la satisfacción de reunirse de nuevo toda la tropa familiar, la ansiedad del caos producido por tanta gente, los encuentros y desencuentros con las personas que quieres, la nostalgia de las ausencias, las brusquedades inesperadas, los gritos y los silencios. En fin, todo eso que sucede en una gran reunión familiar. Es como si nos pusiéramos a cantar en coro y disfrutaras haciéndolo pero sin poder evitar los gallos o las salidas de tono.


Ya sé lo que te pasa, me acaba de soplar el coach, eso es un virus. Lo leí el otro día en una revista especializada. Hacia la mitad de las vacaciones, sobre todo si hace mucho calor, las defensas se relajan y te entra el bicho. No le habían encontrado antídoto pero seguro que las aguas frías de Coruña acaban con él. Ojalá tengas razón, le he dicho, aunque lo que estaba pensado era que estaba como una cabra, pero me lo he callado para no parecer descortés.
Creo que, por ahora, me tomaré un cocktail. Y mañana será otro día.

miércoles, agosto 12, 2009

UP

Recuperar al niño que todos llevamos dentro, eso es lo que suelen aconsejar los terapeutas para que la vida no resulte demasiado triste o seria. El cine va bien para eso, y la risa, y la fantasía, y dejar que las emociones vayan emergiendo sin demasiados filtros racionales. Todo eso es posible en esta nueva película de Disney.
Construida por los Estudios Pixar, uno ya sabe antes de entrar que va a asistir a otra obra maestra de la imaginación y la técnica. ¡Hay que ver lo que ha cambiado el cine animado en los últimos años bajo las producciones de estos genios! Bueno, pues Up, dirigida por Pete Docter (el mismo de Monstruos S.A.) es un escalón más en ese proceso hacia la perfección.
Up es la historia de un sueño. No un “sueño” en el sentido de que sea algo que uno piensa mientras duerme. No, un sueño de esos que expresan un fuerte deseo que uno tiene y que lucha hasta verlo realizado. En este caso, es el sueño heredado por Carl Fredricksen (un vendedor de globos) de quien fuera primero su compañera de juegos infantiles, posteriormente su esposa y, tras su fallecimiento, su motor vital. Ella era la que tenía una capacidad ingente de construir sueños. Y, en una época en que su ídolo era alguien capaz de descubrir nuevos mundos, el más grande de todos sus sueños fue establecer su casita junto a unas enormes cataratas de Sudamérica. No podía yo sentirme indiferente ante un sueño que se parece tanto a mi propio sueño (seis meses aquí, seis meses allí disfrutando de lo mejor de ambas partes del mundo; incluso lo de las cataratas podría estar bien). Así que el bueno de Carl dedica su vida a realizar el sueño que otrora fuera el gran sueño de su esposa.
Y ahí van apareciendo los otros protagonistas del film. Un mequetrefe boy scout parlanchín y deseoso de completar su medallero de explorador intrépido. Seguro que a Carl le trajo tantos recuerdos de sí mismo y, sobre todo, de su esposa cuando eran niños que no tuvo más remedio que sintonizar con él aunque rompiera del todo con su tendencia depresiva. O quizás por eso.
No faltan, desde luego, las dicotomías morales, como es habitual en las pelis de Disney. Están los malos o la maldad, Los constructores (de negro, por supuesto y con su móvil siempre funcionando) que quieren hacerse con todo y edificarlo todo, incluida la idílica casa en la que Carl guarda su vida y sus tesoros. Los jueces que condenan a un pobre viejo a estar encerrado en un asilo por constituir un peligro. Los enfermeros del asilo, casi siempre mal encarados, que vienen a llevárselo sin miramientos. No falta, incluso, el personaje brillante que ha alcanzado el culmen de la fama pero que resentido se vuelve malo, malísimo. Y también están los buenos y la bondad: el perro bueno, pájaro raro. Están los que transforman su egoísmo en altruismo como el propio Carl. Está la amistad, el valor, el propio sacrificio. Bueno, todo un cocktail de emociones que te atrapa y va movilizando tus sentimientos a medida que la aventura avanza.
Claro que, como en la parte estética (imágenes, colores, sonidos, movimientos, todo), es tan bella, tan original, tan espectacular uno sigue la historia de asombro en asombro y con la boca abierta. Los 10.000 globos que tiran de la casa; las jaurías de perros parlanchines; los animales salvajes con unas plumas y una estructura física que son una preciosidad; los paisajes tanto aéreos como selváticos o de montaña. Los diálogos, los gestos, el ritmo. Todo es un milagro de la técnica y de la imaginación de los coreógrafos de Pixar.
Y, al final, el happy end lógico y merecido después de tanto esfuerzo y sacrificio. Y el sueño cumplido. La casita llegó a donde tenía que llegar. Y el diario, en el apartado de “cosas que tengo que hacer” quedó completo. ¡Qué envidia!

martes, agosto 11, 2009

Un cuento de Navidad



Ver una película con este título a mediados de Agosto tiene su mérito, pero la verdad es que no había mucho que escoger en el videoclub. Y los cines tampoco es que tengan una programación como para lanzar cohetes. Así que uno tiene que ir acomodándose a las posibilidades de cada momento. Y así caímos en esta película.
Está dirigida por Arrnaud Desplechin, al que mucha gente considera el substituto de Bergman. Yo no lo conocía (es la primera película suya que pasan en España), así que si tengo que explicar porqué escogí esa cinta mis razones son mucho menos fundamentadas. La verdad es que me llamó la atención que tuviera éxito en Cannes 2008. Me pareció suficiente aval. Que trabajara Catherine Deneuve también ayudó.

De todas formas, me equivoqué de punta a cabo. Pensé que sería una cinta agradable y distendida (un cuento de navidad), pero es un dramón espectacular. Se trata de una familia con problemas sanitarios hereditarios en su sistema auto-inmune. Se muere un niño pequeño de leucemia, la madre acaba diagnosticada del mismo tipo de enfermedad. Ella puede ser tratada, sin muchas garantías, con un trasplante de médula. Y de eso va la película, de los amores y desamores en el seno de una familia con muchos problemas. Y lo del cuento de navidad, traído muy a contrapelo, se refiere a que la familia se reúne por Navidad y ahí, claro, estallan todas las locuras que iban arrastrando.

No debió ser fácil para el director definir con tanta claridad la gran cantidad de caracteres que aparecen en la película. La verdad es que cada personaje es un caso clínico y todos juntos constituyen un auténtico manicomio. No falta de nada. Da para repasar los manuales de Psicopatología que estudiamos en la Facultad: la madre enferma y egocéntrica, el hijo alcoholizado, la hija melancólica y vengativa, el amigo deprimido, la nuera desorientada, la recién llegada enigmática, los niños pequeños hiperactivos, en fin, un cuadro. En medio de ese caos, me encantó la figura del pater familiae (Jean-Paul Roussillon), firme como una roca, cabal, capaz de llevar el timón en medio de tanta tormenta.

Quizás, lo más llamativo del film sea lo intenso y, a la vez, descarnado de las emociones que expresan los miembros de la familia. Esas cosas suelen sentirse, a veces, pero pocas veces se dicen de esa manera: una madre que no quiere a su hijo y lo dice así de claro; una hermana que destierra a su hermano y le guarda odio profundo; un marido que acepta resignado que su esposa se acueste con su mejor amigo. Una forma de dar y de recibir que más parece una condena que un don. Va avanzando la película, larguísima por cierto (2 horas y media), y a cada nueva situación te preguntas qué otra cosa de locos puede pasar a la escena siguiente. Y en qué acabará todo. Uno siempre espera que al final, la Navidad ejerza su poder salutífero pero ve que la cosa se va alargando y el milagro no llega por ninguna parte.

Como en los buenos vinos, el retrogusto es satisfactorio. No deja mal sabor de boca aunque acabas con la cabeza un poco tarumba ante tal orgía de emociones encontradas. Menos mal que está el abuelo y cada vez que aparece la cosa se relaja. ¡Menuda Navidad le dieron al pobre!

lunes, agosto 10, 2009

RESIGNACIÓN

Te veo resignado, oí que le decía. Él no contestó nada pero le miró con esa mirada especial y esa leve subida de hombros de quien renuncia a explicar lo obvio. ¿Y eso?, continuó el otro. Y se repitió la misma respuesta, ojos planos y alzamiento de hombros. Debe ser, pensé para mí, que la gente resignada tiende a ser parca en palabras. Aquella lo era. Siguieron varias preguntas más, preguntas simples, qué te ha pasado, desde cuándo, estás bien… Pero las respuestas seguían siendo pura mímica. Tampoco es que parecía especialmente incómodo el resignado. ¿Será que la resignación es una especie de limbo anímico en el que no se está tan mal? E, igual que cuando ves a alguien deprimido te vas dándole vueltas a lo jodido que debe ser verse así y, cuando ves a alguien feliz, lo dejas envidiando su suerte, me marché pensando en la resignación y sus muchas caras.
De pequeño nos enseñaron que la resignación era buena. Chico, es la vida, me decían. No tenemos nada que hacer. Luego, las explicaciones se fueron haciendo más sofisticadas: la voluntad de Dios, el destino, la naturaleza, la realidad. Teníamos muchos elementos que limitaban nuestras expectativas. Parte de nuestro trabajo era crecer sabiendo dónde estaban los límites y evitándonos la lucha inútil de tratar de romperlos. Lo otro, lo que no tenía límites eran los sueños pero ya nos advertían de que era bueno soñar pero resultaba muy confuso y peligroso mezclar sueños y realidad. Pertenecían a negociados distintos y se jugaban con reglas muy diferentes.
Luego, de mayor, ya no hace falta que te lo expliquen. Ya lo ves. Esas rocas con las que has de evitar romperte la crisma están en cada esquina. En la etiqueta de cada nuevo episodio. Son como las etiquetas que traen las cosas que compras y que te advierten de cómo has de lavar la prenda y cómo debes evitar usarla si no quieres que se estropee. Algunas etiquetas solían poner una bomba antes de las advertencias más relevantes. Así nos viene la vida, con etiquetas y bombas, dejando claros los límites.
Me ha gustado, desde siempre, aquella frase de que “es más importante querer lo que se tiene que tener lo que se quiere”. Sin embargo, soy consciente de que resulta bastante pantanosa y te puedes ir hundiendo en la tibieza y la apatía que son peores aún que la resignación. En cambio, me desespera esa otra frase de “virgencita, que me quede como estoy”. A parte de cursi, es que tiene muy mala leche. O buena, claro. Depende de cómo sea ése “como estoy”. De todas formas, lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible. Quedarse como estás es imposible. Es una actitud que no lleva a ninguna parte. “Aprender a convivir con lo que tienes”, sigue teniendo la misma mala leche pero parece más positiva. Puedes trampear un poco con lo inevitable. O echar mano de las pastillas adecuadas. Lo malo es cuando se van acumulando muchas cosas con las que tienes que convivir: la tensión, el estrés, el trabajo, la columna, la memoria. En fin, dejémoslo estar.
Si uno trata de documentarse algo sobre esta historia de la resignación, siempre sale a relucir la vida de pareja. Debe ser el escenario donde más claramente se vislumbra el nivel de resignación al que uno llega en su vida. Emilio Jorge Atognazza, que debe ser, aunque parezca una redundancia, argentino y psicoanalista, intenta diferenciar las parejas tormentosas de las trascendentes, en base a la resignación. “Resignarse tiene que ver con un acto de sumisión, de mansedumbre, de ceder para no causar trastornos, para evitar discusiones o peleas. Cuando uno se resigna no acepta que el deseo propio haya sido frustrado. La resignación siempre incluye enojo, bronca que puede transformarse en deseos de venganza:vas a saber quién soy yo”. No está mal, aunque lo de la mansedumbre suena aún peor que lo de la resignación (¿calzonazos?, ¿huevón?). Y de ahí saca sus conclusiones de cara a las parejas:

En las parejas tormentosas no hay aceptación de que el otro es como es, que sus deseos son SUS deseos. Por el contrario, se le quieren imponer los propios como si fueran grandes verdades. A su vez, el otro miembro de la pareja, vive la misma realidad: sus deseos y proyectos son los auténticos y verdaderos, no los del otro. Si por imperio de las circunstancias uno tiene que ceder su deseo en aras del proyecto del otro, no se lo hace con gusto, con esa condición del amor que es la renuncia, sino con fastidio, con refunfuño, esperando consciente o inconscientemente una reparación.
Aquel fastidio por postergar sus deseos sin defenderlos adecuadamente, puede transformarse, con el tiempo, en una especie de "ausencia de deseos". Llegado a este estado la persona se adhiere al deseo del otro. Es típico de esta situación el pedir la misma comida que su pareja o amigo. El despertar de un deseo necesita, en estos casos, de la iniciativa de un otro. Pero se trata de un deseo vacío, empobrecido, engañoso, falso porque no surge de la propia interioridad de la persona sino de la iniciativa de otro. Esto también nos muestra lo desparejo de esa "pareja" y este estilo puede dar lugar a demandas y quejas del tipo "!Nunca se te ocurre nada a ti!".
En las parejas trascendentes, en cambio, como se respetan las individualidades, se aceptan los deseos del otro eligiendo participar en ellos o no. Esto da lugar a un enriquecimiento mutuo por cuanto se llegan a compartir experiencias, relacionadas con el cumplimiento del deseo del otro, que nunca se vivirían de otra manera. En la pareja tormentosa, al adherirse al proyecto del otro o al atacarlo pero cediendo al fin, no hay enriquecimiento por cuanto se "participa de mala gana". No hay, entonces, una asimilación de esa experiencia. En la pareja trascendente, aunque no haya aspiración de tal o cual cosa, hay un profundo y auténtico anhelo de compartir la experiencia de realizar tal proyecto sabiendo que, al hacerlo, se están creando las condiciones para contribuir a la felicidad del otro
.” (http://www.isabelsalama.com/Pareja%20trascendente%20vs%20pareja%20tormentosa.htm)
Bueno, creo que me he liado en exceso. Total, fue que había escuchado preguntarle a alguien si estaba resignado y que eso me había dejado pensando. No sé cómo demonios hemos ido a parar a hablar de las parejas tormentosas. Bueno, en todo caso, la resignación también tiene sus partidarios. Algunos que filosofan: “Resignación, qué triste palabra pero qué buen refugio”; “si no aceptamos con conciencia, si no aceptamos con malicia e inteligencia una realidad inmodificable, ¿de qué puede valerse el hombre para confrontar en esta vida los imposibles?”. Otros que pontifican: "Aquel que se acomoda a lo que fatalmente sucede, es sabio y apto para el conocimiento de las cosas divinas". Algunos, incluso hacen de ella poesía: “¿Sabe la flor que por ella se resigna la raíz a no ver las estrellas? Bueno, tampoco le faltan detractores como vemos en la frase de Balzac: “la resignación es el suicidio cotidiano”.
“¿Y a santo de qué viene esto de escribir hoy sobre la resignación? ¿Has pasado una mala noche?”, me acaba de preguntar el blog cuando ha visto mi texto. La verdad no he sabido qué decirle. Sólo esa ligera subida de hombros propia de la mímica de estas cosas.

viernes, agosto 07, 2009

LA AMISTAD

Agosto va avanzando y lo que debería ser un mes de calores y baños se está quedando en un calendario incierto que lo mismo eleva la temperatura durante un rato, como al rato siguiente tienes que buscar a toda prisa un paragüas y un buen jersey. Questo estate é mobile! De bañarse, mejor ni hablar. Sólo los más arriesgados y ascetas o aquellas personas que deben rentabilizar necesariamente su inversión veraniega. O los incondicionales, como bastante gente en Coruña, que piensan que si estás en la playa ya ¡qué mas da! Pero es difícil mantener un buen rollito y esos amores veraniegos con el mar en estas condiciones.

Claro que los veranos frescos tienen otras ventajas. Sobre todo para los que nos visitan desde lugares donde se están asfixiando. Galicia les da un respiro: pueden dormir (incluso con manta), pueden respirar, pueden darse el lujo de sustituir la galbana solariega por una nueva energía y los gazpachos por un marisquito. Tampoco está mal.

Eso es lo que ha sucedido con nuestros amigos madrileños, Luis y Dami, que se han escapado hasta Galicia para disfrutar de Rianxo y de amigos que veranean allí. Y para volver a vernos, por supuesto. Y eso hemos hecho. Lo que mejor se puede hacer aquí: comer, pasear, charlar y, como dicen los brasileiros, “matar a saudade”.

Y, de paso, Luis me ha traído su texto sobre la amistad. Lo que me leyó en la fiesta de mi cumpleaños. Como se lo había reclamado con insistencia no le ha quedado más remedio. Además, como acaban de regresar de Chicago, ni le ha dado tiempo a retocarlo. Así que tengo el original, aquel escrito de su puño y letra en el que intentó plasmar todo un discurso (pero sobre todo, su discurso, el de él) sobre la amistad.
Yo lo he vuelto a releer. No es lo mismo, claro, sin su tono, sin la emoción contenida con la se iban desgranando las ideas, sin las lágrimas finales y el abrazo emocionado en el que nos fundimos ambos. No podía ser lo mismo. Pero, igualmente, conmueve porque te mete, sin miramientos ni anestesias lingüísticas, en el tema central de la amistad. La amistad vista por un psicoanalista, pero sobre todo, la amistad vista por un amigo.

La amistad, ha escrito alguien en Internet, es “una cajita de cristal pequeña y transparente” donde guardas cosas queridas. Es una bonita imagen. Es una caja pequeña. No hace falta guardar grandes baúles. Los amigos no tienen que hacer oposiciones ni tienen que presentarte un curriculum vitae abultado para consolidar su categoría. Son siempre pequeñas cosas que abultan poco. Y, al contrario, cuando los méritos van siendo excesivos se diría que deja de ser amistad para convertirse en débito. Necesitas responder a tanta generosidad, tienes la obligación de mantener tu contraprestación. Y todo se va complicando.

También lo de “transparente” está bien porque es un buen indicador del estado en que se encuentra la cajita y lo que contiene. No siempre es fácil mantener la transparencia (esa que se expresa y se nota en la mirada, en los gestos, en la confianza). Hay momentos en que la caja se empaña, otros en que puede incluso sufrir algún golpe o deterioro. A veces basta pasarle un paño para recuperar la transparencia, otras veces puede que precise de algún arreglo mayor. La cuestión es que la cajita se mantenga.

Pero lo que más me llama la atención de toda esta metáfora es cómo cada cajita es distinta a las otras. Y contiene cosas muy diversas. No sirven de mucho las reglas o las condiciones. Cada amigo o amiga lo es por razones distintas. Cada uno tiene su cajita y en su interior guardamos cosas bien diversas de unos a otros. Por eso, tengo mis dudas sobre si existe o no la amistad. Lo que existe son los amigos y amigas cada uno de ellos distinto de los demás. Tampoco sirve de mucho preguntarse si éste es mejor amigo que aquella o quién es tu mejor amigo. Cada uno lo es a su manera y eso no tiene vuelta de hoja.
Bueno, y todo esto venía, simplemente, al hilo de haber tenido que transcribir las ideas de Luis sobre la amistad. Dice cosas interesantes: la amistad es un don, no se gana, te escogen como amigo; la amistad como pacto sin condiciones; la amistad como fortuna que nos hace afortunados. Así me siento yo, desde luego. Alguien muy afortunado por las muchas cajitas pequeñas y transparentes que he ido acumulando a lo largo de estos años. No sé si les doy el mantenimiento adecuado. Seguro que no. Pero tengo la suerte, confirmada por el texto de Luis, de que esto de la amistad no es algo que tú te merezcas, es algo que te dan. Pertenece a la “lógica del don”. Menos mal.
Gracias, de nuevo, Luis.

LA PASIÓN DE LA AMISTAD (discurso de Luis Martín, en mi aniversario)


La palabra “AMIGO” deriva de una raíz griega, de la misma raíz de la que se deriva la palabra “AMOR”. Esto no es sorprendente. La amistad, como bien sabemos, es una de las formas de amar, una forma de amor que suscita una profunda intimidad pero en la distancia. De esa misma raíz se deriva la palabra “ama”, en el sentido de “madre”. Tampoco esto debería sorprendernos si pensamos que la amistad, como toda forma de amor, tiene capacidad fecundativa y generadora de una nueva individualidad. Se podría decir que la amistad es precisamente esto, el don de la individualidad: alguien me elige, me escoge, me sustrae del tumulto de las otras relaciones humanas; alguien me hace amigo y basta , pero sin hacerme o convertirme en su propiedad. En este sentido, la amistad es lo contrario a un vínculo porque es un pacto sin condiciones.

Es un evento no solo de amor, sino de la libertad, pero de una libertad que se compromete con la historia del otro, del otro amigo.

Este hecho de ser amigo de otro, sin ser del otro, es lo que diferencia la amistad de la relación de pareja. Incluye a los otros pero sin fusión física o espacial.

La amistad es esencialmente desinteresada, no quita ni conserva nada de sí misma, excepto, lógicamente, la gratificación afectiva y el sentimiento y la disponibilidad a comprometerse en lo humano y por lo humano.

He hablado deliberadamente de sentirse elegido y no de elegir. Digamos que la amistad pertenece a la lógica del “don”. No es un acto de mi voluntad, yo no decido ser amigo de tal o cual persona. La amistad, sencillamente, se produce. Se da, se “presenta”, se “me presenta”. Después puedo buscar razones, explicaciones, pero siempre para algo que ya ha ocurrido, que ya ha tenido lugar, que ya he experimentado, sentido y vivido.

El origen de la amistad, como toda forma de amor, se impone o, al menos, se propone a mi respuesta, a mi sensibilidad. Por esto la amistad es, sobre toso, un dejarse elegir. Una disponibilidad a darme, a implicarme, a arriesgarme en una relación. Abrirme y dejar que el otro penetre en mí y, desde dentro, me hable.

Como don, la amistad es una fortuna maravillosa, la fortuna de poder ser una fortuna para los otros, poder dar la amistad a quien nos busca como amigo… y poder llegar a ser más que uno mismo.
Creo, Miguel, que haciéndome portavoz del sentir de todos, puedo expresar la suerte y el honor que todos vivimos de considerarnos para ahora y para siempre tus queridos y fieles amigos.


Luis Martín Cabré

Orazo, Julio 2009

domingo, agosto 02, 2009

Desnudos por Central Park



Cuando me preguntan cuáles son mis hobbies siempre incluyo el teatro. Pero debería añadir que lo que me gusta es el “buen teatro”, el teatro inteligente, el vistoso, el que he hace sentir cosas y admirar a los actores. ¡Qué difícil es encontrar cosas así en España! Pero claro, si no aprovechas las oportunidades de ver a las compañías que de vez en cuando van pasando por provincias no te enteras de cómo está la situación.
En fin, que como milagrosamente aún quedaban entradas para ver Desnudos por Central Park, una obra de Mark Rowell y que llegaba a La Coruña en la típica gira veraniega de las compañías madrileñas. El trabajo está dirigido por Jaime Azpilicueta y protagonizada por Manuel Galiana, Emma Ozores y Ma. José Alfonso, entre otros.

Bueno, pues nada. Una tontería de teatro de colegio. Veo en la propaganda que la obra se representó como un musical en Broadway. La verdad, yo no lo vi anunciado cuando estuve allí hace unos meses, pero debía ser algo muy distinto a lo que nos presentaron el otro día en el teatro Rosalía de Castro. Una coreografía impresentable, absolutamente minimalista (un banco, una muro a medias y un árbol artificial) y sin cambio alguno durante toda la obra. Un texto ñoño (aunque el mensaje podía ser interesante), unos actores sin registros (salvo la suegra, en la que se notaba la veteranía de la Ma. José Alfonso)), unos efectos especiales de chiste y un ritmo inexistente. Con decir que hasta el desnudo no fue desnudo y en una época como la actual cuando les tocaba desnudarse apagaron la luz para que no se viera nada. Una pena, porque probablemente el desnudo de Emma Ozores sería una de las pocas cosas que podríamos recordar con alegría de esta representación. Pero ni esa suerte tuvimos. Desde mi punto de vista, una buena idea muy mal desarrollada y pobremente interpretada (aunque es posible que poco más se puediera sacar de un texo y unas situaciones tan planas). Una pena para los que amamos el teatro.
La idea no estaba mal. Venía a señalar que la realidad social que tenemos es algo construido a través de los medios. Uno tiene que estar en la prensa si quiere existir. Y para estar en la prensa ha de hacer algo raro, que llame la atención. E incluso eso, resulta insuficiente, porque lo que en un momento es novedoso deja de serlo al poco tiempo. Irse a vivir al Central Park fue novedoso al principio pero pronto dejó de serlo. Ya no se paraba la gente a verlos, ya no los reconocían cuando se cruzaban con ellos. Se habían convertido en un elemento más del Central Park. Y ahí nació la necesidad de buscar nuevos elementos novedosos. Estar en el parque ya no era novedoso… tendrían buscar un nuevo motivo de asombro. ¡Desnudarse!
Y una nota final. La sesión de teatro fue ayer en la noche. Hoy la prensa local hacía referencia a la obra. Por supuesto la ponía por las nubes (igual que todas las noticias que he podido ver en Internet) pero lo gracioso es que quedaba claro que el/la periodista que escribió la crónica no asistió a la sesión. Es cierto que hubo muchos fotógrafos haciendo fotos cuando se inició la representación, pero enseguida se fueron. Y digo que no asistió a la sesión, no sólo porque repetía literalmente las frases elogiosas de la propaganda incluidas en el programa, sino que ni siquiera se sabía la historia. Con lo que la cuenta mal: “… y se da cuenta de que para triunfar no hay nada mejor que montar un circo. Puesto a ello, decide vivir completamente desnudo en Central Park y se lleva a su mujer para darle más empaque. (…) A partir de su desnudo integral y diario, le comienza a llover ofertas…”. Quizás ese fuera el libreto de Rowell pero nada que ver con lo que vimos en el teatro. ¡Mucha cara!

sábado, agosto 01, 2009

Frost-Nixon- Los políticos y sus cuentos

Comenzar el veraneo lloviendo puede parecer un mal presagio, pero esto es Galicia y aquí hasta los presagios son inciertos. El caso es que estamos a uno de Agosto y se ha pasado la noche lloviendo. Lo siento por la gente que haya pagado por venirse de vacaciones a este paraíso terrenal sin un plan B. De todas formas, prefiero, sin duda, esto a los calores y fuegos que están martirizando otras zonas del país. Ya tuvimos eso aquí hace un par de años y fue una de las experiencias más terribles que recuerdo.
Nuestro plan B, cuando no hay playa, es mirar mucho por la ventana y entretenerte en esas cosas varias que toda casa deja pendientes para estos momentos. Yo, además, tengo el blog que es un amigo muy acaparador y se aprovecha cuando te ve menos agobiado. Parece un termostato, en cuanto tu nivel de estrés baja de la línea roja, aparece enseguida (ignoro quién puede andar filtrando datos tan íntimos, quizás sea la mirada o los andares más lentos) con sugerencias que más que solicitudes parecen órdenes. Y aquí estoy. ¡Qué puede hacer uno ante su blog, y más en vacaciones! ¿Qué excusa pones?
Bueno, pues ayer, siguiendo esa manía inveterada de los fines de semana alargados (llegar el viernes por la tarde a Coruña), no pude resistirme a pasar por el cineclub y tomé una peli del año pasado que no habíamos visto en su momento: Frost contra Nixon. Pensé que con la movida que hay ahora en la política española con corrupciones a diestro y siniestro podría estar bien esta versión dramatizada del asunto Watergate. Además había sido nominada para 5 Oscars y estaba dirigida por Ron Howard. No estaba mal para empezar.
Luego resultó que estuvo entretenida. Y eso que dura dos horas. Frank Langella que hace de Nixon borda realmente su papel. También lo hace bien Michael Sheen como periodista aunque no llega a su nivel. Y la pléyade de secundarios resulta muy buena. Todas sus caras te suenan de haberlos visto en otras películas y lo hacen bien. Es una película típica de esas que en sus inicios fueron obras de teatro o que se realizan siguiendo los cánones del teatro, como los juicios o las entrevistas, como en este caso. Espacios cerrados, diálogos vibrantes, movimiento de personas que rompa la estaticidad, muchas puertas que se abren y cierran, etc.
La historia no es original pues todo el mundo ha oído hablar del Watergate. Eso hace más meritorio el trabajo del director y de los guionistas. Efectivamente, te hacen sentir como si te estuvieran contando cosas nuevas. O detalles desconocidos de cosas que ya sabías. El caso es que las 4 entrevistas contratadas, con guiones pactados y estrategia de confrontación se hacen muy entretenidas. Se ha logrado un lenguaje cinematográfico muy eficaz con momentos de movimiento manual de cámaras (lo que te hace sentir como en un reportaje), juegos de primeros planos lentos (para expresar los sentimientos de las personajes en ese momento), momentos de tensión para romper la monotonía de una historia presumible, etc. Lo dicho, está bien. Se aprende mucho de cómo funciona este tipo de espectáculos periodísticos.
Y de trasfondo, toda la historia política real. Un tipo, presidente de un país, que espió, o dejó que lo hicieran, a sus adversarios y que luego, cuando se descubrió intentó que la cosa se quedara en casa, sin escándalos. De todo el argumento de la película, esto me pareció lo más increíble: que haya un país donde ese tipo de cosas puedan llevar a la recusación parlamentaria de un presidente y a su renuncia. Aquí que se espían dentro de los propios partidos, que se hace cualquier cosa por tapar los errores y que no intervenga la justicia, que se presiona a los jueces por vías directas e indirectas, escuchar lo que te cuentas en la película y el dramatismo que ponen en ello, resulta ciertamente alucinante. Parece una novela.
Pero de todo ello, lo que más me llamó la atención, ya al final, es el recurso al “pueblo”. El periodista se empeña en que Nixon confiese que ha engañado al pueblo, al pueblo americano. Esa idea de pueblo como entidad abstracta o todopoderosa. Y se diría que ellos creen en ello. Pasa también con los japoneses. Se angustian, lloran, se arrepienten, se suicidad porque “han traicionado al pueblo”. Dice una cosa Nixon que llama poderosamente la atención: de lo que él más se arrepiente es de haber manchado la imagen de los políticos ante los jóvenes, “ahora aquellos que quisieran dedicarse a la política van a pensar que aquí todo es corrupto”. Cosa curiosa, esa confesión. No porque no sea cierta y, efectivamente, los jóvenes, y no solo ellos, piensen hoy que la política es un nido de gente corrupta. Sino porque atribuya ese pensamiento a esos hechos minúsculos que, a fuerza de darles vueltas y alborotos, acabaron con su carrera política. Él podía sentirse orgulloso de haber invadido Camboya y asolado aldeas enteras de gente inocente pero se sentía muy culpabilizado por haber defraudado a su pueblo por haber intentado sobornar a dos infiltrados para que no confesaran que habían espiado por orden de su partido. ¡Hasta qué punto se pueden trastocar los criterios!
Y qué decir de nuestros políticos y del uso y abuso que hacen de la idea de “pueblo”. Sonaría a chiste oír a alguno de los nuestros decir que se sienten avergonzados porque han traicionado al pueblo. Aquí la idea de pueblo es mucho más fluida. Un blandiblú al que se le da forma según convenga. Asombra oir que “ el caso de Camps es distinto, a él le apoya todo el partido popular y todo el pueblo español”; o que “el pueblo español está orgulloso del papel de nuestras fuerzas armadas en Afganistán”. Vamos que el pueblo español sirve para un roto y un descosido. Pero nadie se avergüenza por no por haber defraudado al pueblo español. Bueno y de dimitir o suicidarse ni en sueños. ¡Estás de coña, o qué!