domingo, febrero 01, 2026

LOS YUGOSLAVOS

 



Aconsejado por un amigo que se apercibió pronto de que había salido el programa de teatro para el primer trimestre del 2026, me apresuré a sacar las entradas de las obras más apetecibles. Claro, Santiago no es Madrid o Barcelona y aquí llega lo que llega. Pero, al margen de lo que podamos ver fuera, justo es que aprovechemos lo que tenemos.

Bueno, pues ayer comenzó para nosotros la temporada de teatro con Los Yugoslavos, una obra escrita por Juan Mayorga y en la que actúan: Luis BermejoJavier GutiérrezNatalia Hernández y Alba Planas. No conocía nada de la obra (la verdad, últimamente no estoy muy al día y bien que lo siento) y me interesó la idea con que se anuncia: 'Los yugoslavos' es una obra sobre la tristeza, el amor y el poder de las palabras. Y cuando explican que se trata de un camarero que fascinado con la conversación que mantienen dos clientes, y la forma en que uno de ellos logra animar al otro, le pide que le ayude a animar a su mujer que sufre una fuerte depresión, ¡uff!, me dije, esto nos va a venir como anillo al dedo.

Lo primero a destacar es la calidad de los actores. Te sorprende ver allí, en el escenario, a personas que conoces del cine o la tele. Si no te has fijado bien en los nombres o ya no tienes memoria para identificarlos por su nombre, verlos a tres metros de donde tú estás sentado, te llena de intriga: yo a este lo conozco, su cara me suena muchísimo. Y pones en marcha tu buscador mental. Le lleva su tiempo, pero allá cuando vas por la mitad de la obra, te acuerdas: ¡claro, tío, este es el entrenados de Los Campeones! ¡Cómo me había gustado Javier Gutiérrez en aquella película! Luis Bermejo también me sonaba, pero no supe localizarlo en mis recuerdos. Y las dos mujeres están, pero con papeles secundarios: Natalia porque al hacer de deprimida y muda; estar está, pero solo con su cuerpo y su rostro apagado (lo que debe tener su mérito por el esfuerzo de contención que exige) y Alba aparece poco y su papel es más de narradora puntual, con poca exigencia dramática. Pero, en general, todos cumplen bien con su rol, aunque son los dos hombres los que llevan el peso de la obra.


 

Me encantó la configuración del escenario, obra de Elisa Sanz. Es la magia del teatro, cómo saben hacerte sentir en distintos lugares o actividades o momentos de la historia, solo con una luz, unas sillas, un cambio de mobiliario, una pieza de atrezzo. La historia que nos cuentan incluye escenas en el bar, en el domicilio, en la calle, en otros bares… pero todo sucede allí, en los escasos metros cuadrados del escenario. Incluso tú mismo te sientes dentro del bar, pues los actores sitúan mesas virtuales en la platea y se refieren a ellas con normalidad. Es fantástico.

Y con respecto a la historia, la idea de inicio me pareció fantástica, aunque, después, su desarrollo se va complicando y desviando de la línea central, a medida que se van integrando otros problemas laterales que desdibujan aquella idea. Del valor sanador de la palabra, idea que me pareció fantástica como eje de desarrollo de la historia, la cosa fue derivando hacia el poder de atracción de ese lugar o esa gente (los yugoslavos) donde “se juega de verdad mientras las mujeres bailan”. Quizás la tesis de Mayorga sea que no hay palabras mágicas, que la tristeza y la depresión solo son una pérdida de la identidad y del lugar y que salir de ella requiere ponerse en marcha con un mapa que no te va a llevar a ninguna parte, o que te llevará al mismo sitio donde ya estabas.

Buscamos algo que está en “un mapa dentro de otro mapa”. No sé, ¿será que hemos de buscar las respuestas en el entorno próximo (nuestro mapa personal) y no en el amplio territorio externo (el otro mapa) en el que situamos los sueños o los milagros imposibles? A lo que se ve en la obra, ni hay palabras mágicas, ni hay personas capaces de usarlas para hacer milagros. Lo que parecía el problema a resolver (la depresión de la esposa encerrada en sí misma y que ya no hablaba) era solo una visión parcial de lo que sucedía. En realidad, todos tienen problemas y todos buscan a sus “yugoslavos”, es decir, ese algo que ya no existe.

No sé si era justo esperar, ante el anuncio de la obra, que se nos ofrecerían algunas palabras mágicas capaces de animarnos y salir del teatro optimistas y empoderados, pero no ha sido así. Ese mapa dentro de otro mapa ha quedado confuso. ¡A saber qué o quienes son nuestros yugoslavos!

 

domingo, diciembre 07, 2025

CIUDAD SIN SUEÑO

 

Hay películas que uno tiene que ver, necesariamente. Le gusten o no le gusten. Después de haber estado, de estudiante, de voluntario en un barrio gitano y haber trabajado con muchachos inadaptados, algunos de ellos gitanos, va de seu que no me perdiera esta película. Hemos tenido, además, la suerte de que vendría a la sesión Marina García Lòpez, la hermana del director Guillermo Galoe, que había sido, a su vez, la productora del film.

La película Ciudad sin sueño es el producto final de un trabajo prolongado (6 años) del equipo en la zona de la Cañada Real de Madrid, un espacio marginal inmenso en el que viven más de 8.000 personas, casi la mitad de ellos niños. La Cañada está dividida en sectores, del 1 al 6, números que van indicando la distancia de la ciudad que coincide, además, con el grado de degradación que sufre cada sector, siendo el 6 el más problemático al ser la zona de tráfico de droga más grande de Europa.

Esta película vino antecedida por un corto (Aunque es de noche, 2023) y tanto el corto como la película tienen un cierto aroma de documental etnográfico que trata de describir (aunque recreando situaciones que permitan destacar los valores culturales de la gente) la vida en La Cañada. Dirigida, como decíamos, por Guillermo Galoe está asentada en la actuación de los propios habitantes de La Cañada. Eso exigió un amplio trabajo previo con ellos en forma de talleres de cine y de cultura general. De hecho, se incorporan al film grabaciones hechas con los móviles por parte de la gente, sobre todo jóvenes. Destaca la figura de Toni un chaval de 15 años y la de su abuelo, ambos protagonistas del film.

 La película cuenta la vida en La Cañada centrándose en un momento en el que su propia existencia está en crisis porque se pretende destruir los asentamientos y realojar a las familias en pisos de barrios masivos. Ese cambio supone una ruptura absoluta de su estilo de vida, más desregulada, comunitaria y apegada al terreno en La Cañada, más cómoda pero más aislada en el piso que se les ofrece. En La Cañada no tenían luz ni agua corriente, pero aun así, muchos prefieren seguir allí por la libertad que les da el vivir a su manera y en grupo.

Formalmente, la película está muy bien. Los personajes se describen bien y actúan con desparpajo. El lenguaje, la fotografía (con esa mezcla de fotografía profesional y grabaciones de móvil; de color natural y color con filtro de colores vivos) y la música te trasladan con mucha eficacia a un entorno como el que ves en pantalla. Todo aparenta ser muy natural, muy real y, por tanto, acabas metiéndote en la situación, conviviendo con ellos. Y aunque, probablemente pudieran haberlo hecho, la acción transcurre en un relato visual sin acudir al dramatismo, contando las cosas de la vida diaria, ofreciendo una lectura amable, y por momentos lírica, de la situación. La cámara y los móviles hacen de meros recuperadores de unas situaciones que en sí mismas son de pobreza y miseria, pero nunca de indignidad o deshumanización. El respeto es la premisa que dirige la exploración y la construcción del relato. De otra manera, probablemente, no le habrían permitido grabar en La Cañada.

 Al final de la proyección tuvimos una conversación con Marina que fue explicando algunas de las características del trabajo que realizaron. Nos contó que aún sigue yendo por La Cañada porque los lazos que se crearon durante 6 años siguen vivos. “¿Servirá de algo vuestra película para mejorar su situación?, le preguntaron. “Yo estoy convencida, dijo ella, de que el arte puede cambiar las cosas”. Ojalá sea así.

LA TOPOGRAFÍA DE LA AMISTAD

 

 

Nunca ha sido fácil poder definir qué es la amistad y en qué se diferencia de otras relaciones más o menos cordiales que todos mantenemos con diversas gentes. ¿Cuándo pasa alguien del estatus de colega o compañero al de amigo/a? Y, por otro lado, ¿esa condición de amigo/a se la otorgas tú graciosamente al otro o es algo que el otro conquista y se autoatribuye? ¿La amistad es algo subjetivo o es algo que se puede constatar en función de ciertos indicadores visibles?

La verdad es que resulta difícil saber quiénes son realmente amigos o amigas tuyas. Amigos/as de verdad, se entiende. O, visto a la inversa, no resulta fácil saber de quién eres tú mismo amigo y/o de quién te quedas solo en categoría de colega.  La prensa discute estos días las palabras del presidente Sánchez que decía que Ábalos era un cercanísimo colaborador suyo pero que resultaba un desconocido “en lo personal”. ¿Será acaso que la falta de esa esfera de “lo personal” es lo que hace que una relación llegue solo al colegueo y la colaboración sin entrar en el territorio de la amistad? ¿Para que haya amistad se requiere que los intercambios entren en el ámbito de las confidencias?

Estudios de la Univ. de Kansas han señalado que para pasar de conocido a amigo ocasional se precisan, al menos, 50 horas de interacción y son el doble para que ese amigo/a ocasional se convierta en amigo cercano. Lo de llegar a amigos/as íntimos requiere más de 200 horas de tiempo compartido. Tiene mucha faena esto de la amistad, aunque, la verdad, yo no creo que la cosa dependa de las horas o, al menos, no solo de eso: hay personas a las que no ves mucho, pero esa falta de contacto no tiene efectos negativos sobre la amistad y en cuanto vuelves a encontrarte con ellos recuperas enseguida la intimidad. Y en cambio hay otras con las que pasas años juntos y apenas has cruzado sus zonas más periféricas. Lo que me ronda por la cabeza estos días es que la amistad tiene que ver con el territorio personal que compartas con el supuesto amigo.

Qué pasa si te encuentras con un supuesto amigo, con el que antes compartías muchos espacios personales (salud, familia, preocupaciones, problemas) y resulta que ya no quiere hablar de nada de ello. Buena señal no es, desde luego. Uno entiende (porque también le sucede a él) que hay momentos en los que no te apetece hablar de según qué cosas, pero si ese “no hablar” (es decir, no compartir) se mantiene y la comunicación se va desplazando hacia espacios más profesionales o más banales y periféricos, parece evidente que la propia amistad entra en retroceso. No lo sé. 

 ¿Será que los mayores nos hacemos más susceptibles a ese tipo de pérdidas? Uno va viendo cómo tus redes sociales y de amistades se van diluyendo y entrando en una zona de niebla: personas que creías tener cerca y con las que creías compartir muchas cosas, pues resulta que ya no es así, que la proximidad y comunión anterior se ha ido diluyendo. Y lo vas sumando al elenco de pérdidas que la edad trae consigo. Una más.

Es por eso que llevo días dándole vueltas en sueños a esa imagen topográfica de la amistad: la amistad como el grado en que cada cual comparte el patchwork de su vida. Todos tenemos ese mapa multicolor de trozos vitales que forman nuestra existencia. La amistad se podría medir, se me ocurre, por la cantidad (y calidad: no todos tienen la misma relevancia) de los trozos que compartimos con otros. Me imagino (ya dije que son comeduras de coco de esos ratos de entrevela en que ni duermes ni estás despierto) a cada uno de nosotros rodeados de múltiples parcelas ordenadas en círculo. Las hay más centrales y más periféricas. A ciertas personas nunca las dejamos pasar más allá de las parcelas más periféricas y a otras les damos paso hasta las más centrales y próximas a nosotros. Algo así como hacemos con las visitas: hay visitas que las atendemos en el rellano de la escalera, otras en el hall de entrada, algunas las pasamos al salón o la cocina, y solo las más especiales (¿más amigas?) pasan a la sala de estar e, incluso, hasta la habitación.

Esta visión más topográfica de la amistad tiene su utilidad para poder entender dónde estamos en cada momento en relación a nuestro supuestos amigos y amigas: basta constatar en qué parcelas se mantiene la relación, qué tipo de ámbitos se comparten y cuáles quedan bajo llave. Tampoco es que sea un medidor nuevo. Ya se hacía así en los noviazgos antiguos (en los de ahora no sé cómo van esas cosas): sabías si la cosa iba avanzando o no en función de hasta dónde podías llegar en tus caricias, dónde estaban puestas en cada momento las líneas rojas que no podías traspasar.

 ….a todas estas voy notando que el blog me mira de manera rara, como si no entendiera de qué va todo este rollo. Como si me estuviera preguntando a dónde quiero llegar. A veces le pasa. Se le ve incómodo y, al final soy yo quien tiene que intervenir: ¿y, ahora qué pasa, le pregunto, va algo mal? Él no es mucho de hablar, sobre todo escucha, pero es fácil entrever lo que quiere decir: ¡te estás metiendo en un berenjenal! Ja! Ya veo que ha captado bien mi metáfora de las parcelas o huertos que nos rodean. Pero él insiste muy en su papel de mosca cojonera: Te das cuenta de que, si eso es verdad, tú te quedas sin amigos porque apenas compartes más que las parcelas más periféricas. Es que yo soy como tú, me excuso, más de escuchar que de hablar… Pero ya está, ya me ha dejado jodido otra vez.