Aconsejado por un amigo que se apercibió pronto de que había salido el programa de teatro para el primer trimestre del 2026, me apresuré a sacar las entradas de las obras más apetecibles. Claro, Santiago no es Madrid o Barcelona y aquí llega lo que llega. Pero, al margen de lo que podamos ver fuera, justo es que aprovechemos lo que tenemos.
Bueno, pues ayer comenzó para nosotros la temporada de teatro con Los Yugoslavos, una obra escrita por Juan Mayorga y en la que actúan: Luis Bermejo, Javier Gutiérrez, Natalia Hernández y Alba Planas. No conocía nada de la obra (la verdad, últimamente no estoy muy al día y bien que lo siento) y me interesó la idea con que se anuncia: 'Los yugoslavos' es una obra sobre la tristeza, el amor y el poder de las palabras. Y cuando explican que se trata de un camarero que fascinado con la conversación que mantienen dos clientes, y la forma en que uno de ellos logra animar al otro, le pide que le ayude a animar a su mujer que sufre una fuerte depresión, ¡uff!, me dije, esto nos va a venir como anillo al dedo.
Lo primero a destacar es la calidad de los actores. Te sorprende ver allí, en el escenario, a personas que conoces del cine o la tele. Si no te has fijado bien en los nombres o ya no tienes memoria para identificarlos por su nombre, verlos a tres metros de donde tú estás sentado, te llena de intriga: yo a este lo conozco, su cara me suena muchísimo. Y pones en marcha tu buscador mental. Le lleva su tiempo, pero allá cuando vas por la mitad de la obra, te acuerdas: ¡claro, tío, este es el entrenados de Los Campeones! ¡Cómo me había gustado Javier Gutiérrez en aquella película! Luis Bermejo también me sonaba, pero no supe localizarlo en mis recuerdos. Y las dos mujeres están, pero con papeles secundarios: Natalia porque al hacer de deprimida y muda; estar está, pero solo con su cuerpo y su rostro apagado (lo que debe tener su mérito por el esfuerzo de contención que exige) y Alba aparece poco y su papel es más de narradora puntual, con poca exigencia dramática. Pero, en general, todos cumplen bien con su rol, aunque son los dos hombres los que llevan el peso de la obra.
Me encantó la configuración del escenario, obra de Elisa Sanz. Es la magia del teatro, cómo saben hacerte sentir en distintos lugares o actividades o momentos de la historia, solo con una luz, unas sillas, un cambio de mobiliario, una pieza de atrezzo. La historia que nos cuentan incluye escenas en el bar, en el domicilio, en la calle, en otros bares… pero todo sucede allí, en los escasos metros cuadrados del escenario. Incluso tú mismo te sientes dentro del bar, pues los actores sitúan mesas virtuales en la platea y se refieren a ellas con normalidad. Es fantástico.
Y con respecto a la historia, la idea de inicio me pareció fantástica, aunque, después, su desarrollo se va complicando y desviando de la línea central, a medida que se van integrando otros problemas laterales que desdibujan aquella idea. Del valor sanador de la palabra, idea que me pareció fantástica como eje de desarrollo de la historia, la cosa fue derivando hacia el poder de atracción de ese lugar o esa gente (los yugoslavos) donde “se juega de verdad mientras las mujeres bailan”. Quizás la tesis de Mayorga sea que no hay palabras mágicas, que la tristeza y la depresión solo son una pérdida de la identidad y del lugar y que salir de ella requiere ponerse en marcha con un mapa que no te va a llevar a ninguna parte, o que te llevará al mismo sitio donde ya estabas.
Buscamos algo que está en “un mapa dentro de otro mapa”. No sé, ¿será que hemos de buscar las respuestas en el entorno próximo (nuestro mapa personal) y no en el amplio territorio externo (el otro mapa) en el que situamos los sueños o los milagros imposibles? A lo que se ve en la obra, ni hay palabras mágicas, ni hay personas capaces de usarlas para hacer milagros. Lo que parecía el problema a resolver (la depresión de la esposa encerrada en sí misma y que ya no hablaba) era solo una visión parcial de lo que sucedía. En realidad, todos tienen problemas y todos buscan a sus “yugoslavos”, es decir, ese algo que ya no existe.
No sé si era justo esperar, ante el anuncio de la obra, que se nos ofrecerían algunas palabras mágicas capaces de animarnos y salir del teatro optimistas y empoderados, pero no ha sido así. Ese mapa dentro de otro mapa ha quedado confuso. ¡A saber qué o quienes son nuestros yugoslavos!