Parece mentira, pero esta melancolía a la que te somete la secuencia interminable de días de lluvia, humedad y frío produce apatía y desgana. No te apetece salir de casa, no te ilusiona nada… ni siquiera el cine. Si por uno mismo fuera, te pasarías el día en casa y en bata. Pero, también eso, te hace sentir culpable porque ves que no puedes seguir así. La cosa es que, tras varias semanas sin ir al cine, al final nos hemos animado y hemos ido a la peli de Coixet, “Tres adioses”, directora que nos encanta.
Me asombró que el cine estaba a reventar, con una fila enorme para sacar la entrada y eso que habían habilitado otra fila para quienes ya traían la entrada de casa. Nunca había visto tanta afluencia en el cine. Pensé que no solo nosotros habíamos querido romper el bajón provocado por las lluvias y que muchos habían decidido reaccionar. Me alegró que así fuera. Después alguien me explicó que era el día del espectador y ya lo entendí mejor.
“Tres adioses” es una coproducción hispano italiana del año 2025, basada en la novela de de Michela Murguia (Tre ciotole: rituali per un anno di crisi. Mondadori 2023). La novela cuenta diez historias de personas que sufren diversos descalabros en su vida y esto le provoca un cambio radical en su existencia (un día te sientas a la mesa y la vida que conocías ya no existe, se dice en la novela). Y la forma de afrontarla requiere de un cambio profundo en tus expectativos. Los autores del guión (Enrico Audenino y la propia Coixet) han reducido las 10 historia a una sola, tomando aspectos que pertenecían a peripecias vitales distintas. Le han cambiado también el título, aunque en mi opinión, el original (tre ciotole = tres cuencos) de la novela resultaba más claro y pertinente.
El elenco de autores es muy interesante, todos girando en torno a la artista Alba Rohrwacher. Y la acompañan Elio Germano, Silvia D’Amico, Francisco Carril y una larga lista de actores italianos. Me gustó mucho Alba Rohrwacher porque elabora un personaje con muchos perfiles, pero contenido en los gestos, sin aspavientos, algo que no logra hacer Elio Germano y que desluce un tanto su papel. Me gustó, también, Francisco Carril porque le otorga una simpatía y naturalidad notable a su figura. En el contexto de pesadumbre en que se mueve la película, Carril supone una pequeña luz de normalidad y esperanza.
Por lo demás, la película cuenta con todos los avales técnicos de los films de la Coixet: buena fotografía (un canto a la Roma del Trastevere), buena música, escenografía muy cuidada y un ritmo pausado que permite al espectador ir metiéndose en la historia y percatándose de los matices que están tras la evolución que va sufriendo cada personaje a lo largo del film. Y amalgamando todo eso, una estética deslumbrante: el ballet de los estorninos volando sobre Roma, el dramatismo de la paloma masacrada, el abrazo con su ex en el malecón, la tentación de suicidio en el puente sobre el Tíber…
Lo que nos cuenta Isabel Coixet es una historia compleja contada como a cámara lenta. Una historia con esa mirada que ahora se denomina “perspectiva de género” y que es un tipo de lectura que Coixet hace muy bien. Lógicamente, eso supone poner el foco en la mujer y su proceso interior y dejar en un margen nebuloso y dibujado con trazos gruesos a los hombres de sus historias. Pero eso ya es algo que esperas cuando vas a ver sus películas, al igual que esperas ver lo contrario en las de Eastwood, por ejemplo.
En este caso, comienza la historia con los protagonistas (Marta y Antonio) viviendo una discusión de pareja que parece anodida, pero que trae como consecuencia que el marido, un chef famoso, se va de casa y ella, profesora de Educación Física en un instituto de secundaria, inicia un periplo de desesperanza y ansiedad. Todos sus mundos comienzan a complicarse como si se hubiera roto la piedra angular que sostenía la armonía en su vida: no come, se siente mal, su trabajo se le va de las manos, su salud se complica, sus relaciones sociales se reducen a su familia. Es como si alguien le hubiera echado el mal de ojo, como si alguien la hubiera condenado a sufrir las plagas bíblicas. Solo le queda su bicicleta y sus pedaladas por la orilla del Tiber. Bueno, aparece también un profesor de literatura, joven y simpático, que la saluda y se hace encontradizo.
Y en ese recorrido tortuoso, su salud se va deteriorando y para ella eso supone hacerse preguntas importantes con respecto a su propia existencia y el sentido de las cosas que se van sucediendo. Le preocupa cómo conciliar sus viejas fidelidades y su futuro incierto. La pregunta implícita, tanto en la novela como en la película, es cómo vivir la vida que nos toca vivir, sobre todo cuando ésta trae consigo momentos de crisis que te obligan a cambiar de vida para poder sobrevivir. El cerebro deja de funcionar desde su zona racional y planificada para hacerlo desde el instinto de supervivencia y las emociones primarias. Una forma de atravesar esa experiencia de crisis, señala Murgia en su novela, es responder a un desastre que no controlas con un desastre que sí controlas, porque lo has generado tú mismo. Sin llevar al límite esta tesis, Coixet lo aplica a la situación de Marta y es lo que a ella le va a salvar: recupera las cosas nimias de la vida que antes le encantaban (los tres cuencos, por ejemplo), comienza a disfrutar de la música, de sus pedaladas en la bici, del profesor simpático del instituto e incluso de su marido arrepentido. Eso no le salva de su destino, pero ella recupera el protagonismo con respecto a su vida e, incluso, con respecto todo lo que vendrá después. Al final, sí que son tres adioses (a su ex, a su coreano de cartón y al profe simpático), pero tranquilos, sin amargura, porque ella ya había recuperado el control de su vida, el control posible, se entiende.
Una película interesante que te emociona y hace repensar muchas cosas. Coixet lo logra siempre. La sala estaba casi repleta, sobre todo de mujeres. Cuando salíamos, se veían caras de enorme satisfacción y el comentario que se escuchaba era: ¡qué maravilla, qué sensibilidad!
