jueves, febrero 12, 2026

TRES ADIOSES

 



Parece mentira, pero esta melancolía a la que te somete la secuencia interminable de días de lluvia, humedad y frío produce apatía y desgana. No te apetece salir de casa, no te ilusiona nada… ni siquiera el cine. Si por uno mismo fuera, te pasarías el día en casa y en bata. Pero, también eso, te hace sentir culpable porque ves que no puedes seguir así. La cosa es que, tras varias semanas sin ir al cine, al final nos hemos animado y hemos ido a la peli de Coixet, “Tres adioses”, directora que nos encanta.

Me asombró que el cine estaba a reventar, con una fila enorme para sacar la entrada y eso que habían habilitado otra fila para quienes ya traían la entrada de casa. Nunca había visto tanta afluencia en el cine. Pensé que no solo nosotros habíamos querido romper el bajón provocado por las lluvias y que muchos habían decidido reaccionar. Me alegró que así fuera. Después alguien me explicó que era el día del espectador y ya lo entendí mejor.

“Tres adioses” es una coproducción hispano italiana del año 2025, basada en la novela de de Michela Murguia (Tre ciotole: rituali per un anno di crisi. Mondadori 2023). La novela cuenta diez historias de personas que sufren diversos descalabros en su vida y esto le provoca un cambio radical en su existencia (un día te sientas a la mesa y la vida que conocías ya no existe, se dice en la novela). Y la forma de afrontarla requiere de un cambio profundo en tus expectativos. Los autores del guión (Enrico Audenino y la propia Coixet) han reducido las 10 historia a una sola, tomando aspectos que pertenecían a peripecias vitales distintas. Le han cambiado también el título, aunque en mi opinión, el original (tre ciotole = tres cuencos) de la novela resultaba más claro y pertinente.

 El elenco de autores es muy interesante, todos girando en torno a la artista Alba Rohrwacher. Y la acompañan Elio Germano, Silvia D’Amico, Francisco Carril y una larga lista de actores italianos. Me gustó mucho Alba Rohrwacher porque elabora un personaje con muchos perfiles, pero contenido en los gestos, sin aspavientos, algo que no logra hacer Elio Germano y que desluce un tanto su papel. Me gustó, también, Francisco Carril porque le otorga una simpatía y naturalidad notable a su figura. En el contexto de pesadumbre en que se mueve la película, Carril supone una pequeña luz de normalidad y esperanza.

Por lo demás, la película cuenta con todos los avales técnicos de los films de la Coixet: buena fotografía (un canto a la Roma del Trastevere), buena música, escenografía muy cuidada y un ritmo pausado que permite al espectador ir metiéndose en la historia y percatándose de los matices que están tras la evolución que va sufriendo cada personaje a lo largo del film. Y amalgamando todo eso, una estética deslumbrante: el ballet de los estorninos volando sobre Roma, el dramatismo de la paloma masacrada, el abrazo con su ex en el malecón, la tentación de suicidio en el puente sobre el Tíber…

Lo que nos cuenta Isabel Coixet es una historia compleja contada como a cámara lenta. Una historia con esa mirada que ahora se denomina “perspectiva de género” y que es un tipo de lectura que Coixet hace muy bien. Lógicamente, eso supone poner el foco en la mujer y su proceso interior y dejar en un margen nebuloso y dibujado con trazos gruesos a los hombres de sus historias. Pero eso ya es algo que esperas cuando vas a ver sus películas, al igual que esperas ver lo contrario en las de Eastwood, por ejemplo.

En este caso, comienza la historia con los protagonistas (Marta y Antonio) viviendo una discusión de pareja que parece anodida, pero que trae como consecuencia que el marido, un chef famoso, se va de casa y ella, profesora de Educación Física en un instituto de secundaria, inicia un periplo de desesperanza y ansiedad. Todos sus mundos comienzan a complicarse como si se hubiera roto la piedra angular que sostenía la armonía en su vida: no come, se siente mal, su trabajo se le va de las manos, su salud se complica, sus relaciones sociales se reducen a su familia. Es como si alguien le hubiera echado el mal de ojo, como si alguien la hubiera condenado a sufrir las plagas bíblicas. Solo le queda su bicicleta y sus pedaladas por la orilla del Tiber. Bueno, aparece también un profesor de literatura, joven y simpático, que la saluda y se hace encontradizo.

 Y en ese recorrido tortuoso, su salud se va deteriorando y para ella eso supone hacerse preguntas importantes con respecto a su propia existencia y el sentido de las cosas que se van sucediendo. Le preocupa cómo conciliar sus viejas fidelidades y su futuro incierto. La pregunta implícita, tanto en la novela como en la película, es cómo vivir la vida que nos toca vivir, sobre todo cuando ésta trae consigo momentos de crisis que te obligan a cambiar de vida para poder sobrevivir. El cerebro deja de funcionar desde su zona racional y planificada para hacerlo desde el instinto de supervivencia y las emociones primarias. Una forma de atravesar esa experiencia de crisis, señala Murgia en su novela, es responder a un desastre que no controlas con un desastre que sí controlas, porque lo has generado tú mismo. Sin llevar al límite esta tesis, Coixet lo aplica a la situación de Marta y es lo que a ella le va a salvar: recupera las cosas nimias de la vida que antes le encantaban (los tres cuencos, por ejemplo), comienza a disfrutar de la música, de sus pedaladas en la bici, del profesor simpático del instituto e incluso de su marido arrepentido. Eso no le salva de su destino, pero ella recupera el protagonismo con respecto a su vida e, incluso, con respecto todo lo que vendrá después. Al final, sí que son tres adioses (a su ex, a su coreano de cartón y al profe simpático), pero tranquilos, sin amargura, porque ella ya había recuperado el control de su vida, el control posible, se entiende. 

Una película interesante que te emociona y hace repensar muchas cosas. Coixet lo logra siempre. La sala estaba casi repleta, sobre todo de mujeres. Cuando salíamos, se veían caras de enorme satisfacción y el comentario que se escuchaba era: ¡qué maravilla, qué sensibilidad!

 

domingo, febrero 01, 2026

LOS YUGOSLAVOS

 



Aconsejado por un amigo que se apercibió pronto de que había salido el programa de teatro para el primer trimestre del 2026, me apresuré a sacar las entradas de las obras más apetecibles. Claro, Santiago no es Madrid o Barcelona y aquí llega lo que llega. Pero, al margen de lo que podamos ver fuera, justo es que aprovechemos lo que tenemos.

Bueno, pues ayer comenzó para nosotros la temporada de teatro con Los Yugoslavos, una obra escrita por Juan Mayorga y en la que actúan: Luis BermejoJavier GutiérrezNatalia Hernández y Alba Planas. No conocía nada de la obra (la verdad, últimamente no estoy muy al día y bien que lo siento) y me interesó la idea con que se anuncia: 'Los yugoslavos' es una obra sobre la tristeza, el amor y el poder de las palabras. Y cuando explican que se trata de un camarero que fascinado con la conversación que mantienen dos clientes, y la forma en que uno de ellos logra animar al otro, le pide que le ayude a animar a su mujer que sufre una fuerte depresión, ¡uff!, me dije, esto nos va a venir como anillo al dedo.

Lo primero a destacar es la calidad de los actores. Te sorprende ver allí, en el escenario, a personas que conoces del cine o la tele. Si no te has fijado bien en los nombres o ya no tienes memoria para identificarlos por su nombre, verlos a tres metros de donde tú estás sentado, te llena de intriga: yo a este lo conozco, su cara me suena muchísimo. Y pones en marcha tu buscador mental. Le lleva su tiempo, pero allá cuando vas por la mitad de la obra, te acuerdas: ¡claro, tío, este es el entrenados de Los Campeones! ¡Cómo me había gustado Javier Gutiérrez en aquella película! Luis Bermejo también me sonaba, pero no supe localizarlo en mis recuerdos. Y las dos mujeres están, pero con papeles secundarios: Natalia porque al hacer de deprimida y muda; estar está, pero solo con su cuerpo y su rostro apagado (lo que debe tener su mérito por el esfuerzo de contención que exige) y Alba aparece poco y su papel es más de narradora puntual, con poca exigencia dramática. Pero, en general, todos cumplen bien con su rol, aunque son los dos hombres los que llevan el peso de la obra.


 

Me encantó la configuración del escenario, obra de Elisa Sanz. Es la magia del teatro, cómo saben hacerte sentir en distintos lugares o actividades o momentos de la historia, solo con una luz, unas sillas, un cambio de mobiliario, una pieza de atrezzo. La historia que nos cuentan incluye escenas en el bar, en el domicilio, en la calle, en otros bares… pero todo sucede allí, en los escasos metros cuadrados del escenario. Incluso tú mismo te sientes dentro del bar, pues los actores sitúan mesas virtuales en la platea y se refieren a ellas con normalidad. Es fantástico.

Y con respecto a la historia, la idea de inicio me pareció fantástica, aunque, después, su desarrollo se va complicando y desviando de la línea central, a medida que se van integrando otros problemas laterales que desdibujan aquella idea. Del valor sanador de la palabra, idea que me pareció fantástica como eje de desarrollo de la historia, la cosa fue derivando hacia el poder de atracción de ese lugar o esa gente (los yugoslavos) donde “se juega de verdad mientras las mujeres bailan”. Quizás la tesis de Mayorga sea que no hay palabras mágicas, que la tristeza y la depresión solo son una pérdida de la identidad y del lugar y que salir de ella requiere ponerse en marcha con un mapa que no te va a llevar a ninguna parte, o que te llevará al mismo sitio donde ya estabas.

Buscamos algo que está en “un mapa dentro de otro mapa”. No sé, ¿será que hemos de buscar las respuestas en el entorno próximo (nuestro mapa personal) y no en el amplio territorio externo (el otro mapa) en el que situamos los sueños o los milagros imposibles? A lo que se ve en la obra, ni hay palabras mágicas, ni hay personas capaces de usarlas para hacer milagros. Lo que parecía el problema a resolver (la depresión de la esposa encerrada en sí misma y que ya no hablaba) era solo una visión parcial de lo que sucedía. En realidad, todos tienen problemas y todos buscan a sus “yugoslavos”, es decir, ese algo que ya no existe.

No sé si era justo esperar, ante el anuncio de la obra, que se nos ofrecerían algunas palabras mágicas capaces de animarnos y salir del teatro optimistas y empoderados, pero no ha sido así. Ese mapa dentro de otro mapa ha quedado confuso. ¡A saber qué o quienes son nuestros yugoslavos!

 

domingo, diciembre 07, 2025

CIUDAD SIN SUEÑO

 

Hay películas que uno tiene que ver, necesariamente. Le gusten o no le gusten. Después de haber estado, de estudiante, de voluntario en un barrio gitano y haber trabajado con muchachos inadaptados, algunos de ellos gitanos, va de seu que no me perdiera esta película. Hemos tenido, además, la suerte de que vendría a la sesión Marina García Lòpez, la hermana del director Guillermo Galoe, que había sido, a su vez, la productora del film.

La película Ciudad sin sueño es el producto final de un trabajo prolongado (6 años) del equipo en la zona de la Cañada Real de Madrid, un espacio marginal inmenso en el que viven más de 8.000 personas, casi la mitad de ellos niños. La Cañada está dividida en sectores, del 1 al 6, números que van indicando la distancia de la ciudad que coincide, además, con el grado de degradación que sufre cada sector, siendo el 6 el más problemático al ser la zona de tráfico de droga más grande de Europa.

Esta película vino antecedida por un corto (Aunque es de noche, 2023) y tanto el corto como la película tienen un cierto aroma de documental etnográfico que trata de describir (aunque recreando situaciones que permitan destacar los valores culturales de la gente) la vida en La Cañada. Dirigida, como decíamos, por Guillermo Galoe está asentada en la actuación de los propios habitantes de La Cañada. Eso exigió un amplio trabajo previo con ellos en forma de talleres de cine y de cultura general. De hecho, se incorporan al film grabaciones hechas con los móviles por parte de la gente, sobre todo jóvenes. Destaca la figura de Toni un chaval de 15 años y la de su abuelo, ambos protagonistas del film.

 La película cuenta la vida en La Cañada centrándose en un momento en el que su propia existencia está en crisis porque se pretende destruir los asentamientos y realojar a las familias en pisos de barrios masivos. Ese cambio supone una ruptura absoluta de su estilo de vida, más desregulada, comunitaria y apegada al terreno en La Cañada, más cómoda pero más aislada en el piso que se les ofrece. En La Cañada no tenían luz ni agua corriente, pero aun así, muchos prefieren seguir allí por la libertad que les da el vivir a su manera y en grupo.

Formalmente, la película está muy bien. Los personajes se describen bien y actúan con desparpajo. El lenguaje, la fotografía (con esa mezcla de fotografía profesional y grabaciones de móvil; de color natural y color con filtro de colores vivos) y la música te trasladan con mucha eficacia a un entorno como el que ves en pantalla. Todo aparenta ser muy natural, muy real y, por tanto, acabas metiéndote en la situación, conviviendo con ellos. Y aunque, probablemente pudieran haberlo hecho, la acción transcurre en un relato visual sin acudir al dramatismo, contando las cosas de la vida diaria, ofreciendo una lectura amable, y por momentos lírica, de la situación. La cámara y los móviles hacen de meros recuperadores de unas situaciones que en sí mismas son de pobreza y miseria, pero nunca de indignidad o deshumanización. El respeto es la premisa que dirige la exploración y la construcción del relato. De otra manera, probablemente, no le habrían permitido grabar en La Cañada.

 Al final de la proyección tuvimos una conversación con Marina que fue explicando algunas de las características del trabajo que realizaron. Nos contó que aún sigue yendo por La Cañada porque los lazos que se crearon durante 6 años siguen vivos. “¿Servirá de algo vuestra película para mejorar su situación?, le preguntaron. “Yo estoy convencida, dijo ella, de que el arte puede cambiar las cosas”. Ojalá sea así.