Como uno no está ya para muchos disfraces de carnaval ni muchos desfiles
(lo que no quita para que me den envidia las personas mayores que van disfrazadas
y pasándoselo pipa, ¡quién tuviera ese ánimo!), aprovechamos el día de carnaval
para ir al cine. Teníamos varías películas en la agenda: una era Tres adioses
que ya la vimos hace unos días, la otra era La Tarta del Presidente que es la que vimos ayer
y nos queda en espera La niña zurda, que a ver si no nos la
perdemos.
La tarta del presidente es una peli iraquí del 2025, dirigida por Hasan Hadi, que es, también, autor del guión. Este es su primer film y, en verdad, resulta prometedor. Del elenco de actores poco se puede decir (o poco puedo decir yo) pues todos son iraquíes o de aquel entorno. Llama la atención, eso sí, el impresionante papel que hace Lamia (Baneen Ahmad Nayyef) la niña protagonista y, también, su abuela Bibi (Waheed Thabet Khreibat) y su amigo Seed (Sajad Mohamad Qasem).
Se trata de una película sencilla, sin efectos especiales, con voluntad de describir la cotidianeidad sofocante de la vida en Irak en los tiempos de Sadam Husein. La fotografía está muy bien lograda, bella en los paisajes naturales (el lago donde viven es impresionante), descriptiva en la ciudad (las calles, los interiores, el mercado), analítica en los primeros planos (impresionantes el detalle rugoso de la cara de la abuela, la belleza expresiva la mirada de la niña, así como el desprecio en la figura y los gestos de los hombres displicentes y barrigudos). La música árabe que acompaña la acción es comedida y coherente con el contenido de las escenas. La hechura de la película es digna. No se trata de una coproducción hollywoodense, pero está muy bien si se analiza el contexto en el que surge.
La historia resulta imaginativa, aunque es fácil comprender, desde el inicio, de que lo que importa al director no es tanto contar una historia creíble, cuanto hacer una crítica global al régimen de Husein y para ello va haciendo transitar la acción por todos los ámbitos de la vida en Irak: la educación, la policía, la sanidad, la religión, la política en general. Todo es un desastre…
Toda la película se mueve contraponiendo la ingenuidad contagiosa de Lamia y su amigo Seed con el desespero y mala leche de los adultos con que se van encontrando en su búsqueda de los componentes que necesitan para la tarta. Lamia es la vida y la esperanza, es la capacidad de sobrevivir en un ambiente adverso. Da gusto verla ir a la escuela sola en su canoa y moverse por el intrincado laberinto de la marisma. Ese es el mundo que conoce, en el que sabe moverse, en el que se siente libre. Por eso angustia tanto verla sola en la ciudad junto a su gallo Hindi y su amigo Seed. Allí todo le sobrepasa, su mirada, entre ilusionada y desesperada, delata su inquietud. Nuestra visión de adultos hace que veamos el peligro en cada comerciante que abordan, en cada callejón por el que se meten, en cada iniciativa que abordan. Pero incluso en esos casos se van librando. Ojalá esta chiquilla que se estrena como actriz en esta película, conserve esa capacidad artística que desarrolla aquí, porque puede llegar a ser una actriz enorme.
Hadi cumple con su objetivo de poner al régimen de Husein de vuelta y media. Escoge el Irak de los años 90, agotado por las sanciones internacionales (que ya se ve que a quienes más afectan es sobre todo a los más débiles) y la presión militar de los EEUU. La presión exterior lleva a un culto hiperbólico al líder y a conductas sociales de restricciones y abusos por parte del sistema. Creo que la descripción de Hadi puede tener mucho de exageración. Mi experiencia con los árabes, incluso en aquellas épocas, no concuerda con esa descripción. Me resulta impensable que nadie se interesara por unos niños que deambulan solos por la calle, que nadie les ofreciera comida y apoyo. De hecho, podemos ver que el hombre que las recoge en su coche a ella y su abuela para ir a la ciudad, es después quien ayuda a su abuela y la atiende, quien insiste y gasta dinero para dar con ella. Eso me pega más que todo lo que Hadi se empeña en mostrar; algo que, de todas formas, tampoco puedo negar que fuera así.
De todas formas, la historia, por increíble que sea, te conmociona. En mi caso, educador al cabo, lo que más me dolió es ver cómo el miedo había penetrado en el alma de Lamia. No cumplir una orden absurda podía acarrearle desgracias enormes a ella o a su abuela. Y eso significaba que tenía que obedecer, costase lo que costase, incluso a costa de lo poco que tenía la abuela y de su propia vida. Que una niña de 10-11 años llegue a sentir eso es la peor maldad que un régimen político puede cometer.
