martes, mayo 24, 2011

Genitorialità.


Genitorialità. Es una hermosa palabra del italiano para definir esa nueva situación en la que entran las parejas que tienen hijos y los compromisos que asumen con ellos. Nosotros le decimos paternidad y maternidad y ya en la división comienzan las dudas y el escaqueo. La genitorialità afecta a ambos, incluso a los que sin ser ellos mismos los padres han de ejercer esa tarea preciosa de atender a los recién nacidos.

Y, la verdad, es un proceso de transformación personal hermoso y profundo. ¡Hay que ver qué cantidad de cosas cambian en las personas! Los cambios en su ambiente de vida son obvios: una criatura se apodera de sus tiempos y sus espacios, aparecen sonidos nuevos en la casa (sonidos con peculiaridades notables porque son como señales que te cruzan el alma, que traen mensajes, que no puedes dejar de oír por débiles que parezcan). Pero los cambios más llamativos son internos. Esos cambios que te maravillan: la fortaleza, la sensibilidad, la capacidad de esfuerzo, la disponibilidad permanente, los gestos llenos de ternura, la superación de barreras (como el pudor, el cansancio, el sueño). No sé si es algo que llega con el nacimiento de la criatura o algo a lo que te vas preparando durante los meses de embarazo. En cualquier caso, es algo hermoso y grande. Llama poderosamente la atención.
Los padres se convierten en casi semidioses que han de ser capaces no sólo de amar infinitamente a su nuevo hijo/a, sino de cuidarle, interpretarle, conocer de antemano sus demandas, discriminar los sonidos que emita por débiles que resulten para el resto. Pero cuentan con sus propias estrategias: esas miradas largas y profundas, más intensas que en el enamoramiento, los silencios, el contacto mutuo (sobre todo las madres dándoles el pecho), el limpiarles, las conversaciones mutua. ¡Hermosa genitorialitá! Y eso que no debe ser fácil. No hace mucho me cruzaba por una acera con una pareja en la que el padre llevaba al niño pequeño en hombros. Debía ir agotado y le decía al hijo que estaba cansado y que lo iba a bajar al suelo. El peque no quería ni a buenas ni a malas. Y decía: “tú no puedes estar cansado, tú eres un papá”. Le miré al padre con una sonrisa y un gesto de solidaridad a la vista de que no le quedaban ya demasiados argumentos. ¡Pobre espalda, pensé acordándome de la mía!
Pero, en verdad, es hermoso dar ese salto de miembro de una pareja a miembro de una familia.

Te cambia todo. Ese nuevo personaje al que antes seguías durante nueve meses como un misterio que iba crecienco (ahora ya resulta menos misterioso, con los nuevos artilugios que los fotografían), que se iba desarrollando dentro de la madre hace su aparición y exige, de plano, sus derechos. En cualquier caso, comienza una nueva historia, se abre una nueva generación (y todos los adultos corren simultáneamente un puesto en la escala hacia arriba: los hijos se convierten en padres, los padres en abuelos, los primos en tíos y así todo). Pero los cambios fundamentales se producen en la pareja de padres. La pareja se convierte en trío y ése es un cambio fundamental porque la de pareja es una relación equilibrada y la del trío resulta muy desequilibrada. El nuevo peque depende en todo de sus padres, por eso este primer periodo va a sentar las bases de cómo serán las cosas en el futuro. El éxito o fracaso en ese primer encuentro va a generar o imposibilitar lazos y vínculos de un valor sustancial. Por eso debe ser tan terrible (para los tres, si es que hay tres en esas historias) el nacimiento de hijos no deseados. Tampoco lo deben tener fácil las familias monoparentales. Ya no es fácil siendo dos llenos de cariño y dedicados full time a ello. Hacerlo uno/a a solas o dos, pero con desgan,a debe ser un martirio.

Genitorialità
. Todo un mundo de nuevas demandas. Asumir un compromiso y marcar límites. Entrar en la vida con otra persona a tu lado que depende totalmente de ti, al menos en los primeros meses. Ya lo decía, pasar de la pareja al trío. Y eso exige crear un nuevo espacio físico y psíquico para el recién llegado. El espacio físico es fácil porque, por lo general, ya se ha estado construyendo durante los nueve meses anteriores (su habitación, sus ropitas, las cosas para bañarla y limpiarla, los carritos múltiples que hoy se precisan, etc.). No es tarea fácil pero sirve para colmar la ansiedad que produce la espera y para dar salida a las ilusiones que poco a poco vamos generando sobre la nueva criatura que vendrá. Un poco más difícil es crear ese espacio psíquico e inmaterial que el niño viene a ocupar. Lo es porque, al igual que cuando se sienta a la mesa un nuevo comensal, hemos de movernos todos un poco y, probablemente aguantar algo más incómodos. A veces, los padres se quejan de las novedades que trae consiguo el nuevo bebé: las molestias, los llantos, las tareas constantes para alimentarle y limpiarle, las restricciones de los propios movimientos, los cambios en la relación de pareja. Menos mal, que, por lo general, los peques llegan llenos de un enorme caudal de ternura que satisface de sobra el esfuerzo que exigen. Al menos mientras son tan vulnerables, cuando dependen tan totalmente de ti, cuesta poco hacer ese reajuste y adaptarte a sus ritmos, sus tiempos, sus demandas. Se hace con gusto. Cuando van creciendo ya es otra cosa. Hace algún tiempo asistí, creo que en Huelva, a una situación curiosa. Una señora había aparcado su coche en zona de carga y descarga. Venía con sus hijos al colegio y comenzó a abrirles la puerta para dejarles salir. Enseguida llegó un guardia municipal a decirle que allí no podía aparcar que aquello era zona de carga y descarga, que si no había visto los carteles. La señora le contestó sin dudarlo: Pues eso es lo que estoy haciendo yo, descargar a mis hijos que vienen a ese colegio de ahí al lado. Oiga, señora, le dijo el guardia, que los hijos no son una carga. ¡Eso lo dirá usted!, le contestó ella sin inmutarse. Y continuó con su faena mientras el guardia no conseguía salir de su estupor.
En fin, no es fácil pero resulta gustoso. Menos los papeles y la burocracia, a lo que he podido ver estos días. Hay que hacer tantos papeles para padres recientes e hijos que ésa es una penitencia de la que se habla poco.
Pero lo más hermoso de todo es cómo, la nueva criatura se convierte en protagonista de una serie de efectos sociales maravillosos. Sin saberlo ella, por supuesto, pero por su mérito. Lo que más me ha gustado es como se convierte en una especie de arañita dulce que va tendiendo una red en la que nos va atrapando a cuantos pasamos a su alrededor. Primero nos atrae con su imán seductor (todos queremos verla y acariciarla) y después vamos quedando atrapados en su red, te sujeta, te contamina, hace que segregues endorfinas, que te sientas bien, que te enamores de ella. Y así va creando su red y atrapando al conjunto de gentes que, a partir de ese momento giraremos a su alrededor: los abuelos, los tíos, los primos, los conocidos de los padres, etc. Al final, mucho o poco todos nos contaminamos de ese virus extraño que traen consigo estas criaturas que llegan ya muy perfeccionadas.

En fin, cómo decirlo, han sido unos días hermosos con nuestra nietica. Días de aprendizaje total. Parece mentira lo poco que te sirve la experiencia previa que tú mismo tienes como padre que has criado a tus hijos. Ni siquiera la experiencia que como experto de Educación Infantil se me podría suponer. Nada sirve de nada. Los niños de ahora traen otro librillo bajo el brazo. No quieren saber nada del hospital (eso me parece fantástico) y no estuvo en él ni 8 horas, ni una sola noche. A los tres días de nacida ya la sacamos de casa a pasear en el coche y a acompañarnos a una barbacoa en casa de sus abuelos. A los 4 días ya se vino con nosotros a pasear por la playa y a comer a un restaurante (al mismo al que habían ido el domingo anterior sus padres todavía embarazados). No es de extrañar que la vida actual sea tan rápida. Antes, los 15 primeros días debían estar en lugares oscuros sin hacer otra cosa que comer, defecar y dormir, una trilogía que hoy no ha variado en lo fundamental pero se ha hecho mucho más divertida y colorista. La nonnità, el ser abuelos se ha complicado mucho. Está visto que tendremos que reciclarnos.

viernes, mayo 20, 2011

Esa cosita linda.

Así es Berta. Dos días de vida. Pequeñita y sabrosa. Un yogurín que se te escurre entre las manos. Y preciosa. Aún abre poco los ojitos (para las dos cosas básicas a las que dedica su tiempo, mamar y dormir, tampoco es que los necesite mucho) pero cuando los abre se le nota curiosa, captando las variaciones de tonos y moviéndolos de un lado a otro en busca quién sabe de qué.
Nació como habíamos previsto el 17 de Mayo, adelantándose dos días a los plazos de los médicos. Ese día cambiaba la luna a luna llena y estaba claro que algo tenía que pasar. Aún discutía con un amigo la semana anterior sobre ello. Según él hay estudios con miles de partos en los que se demuestra que la luna no tiene nada que ver. ¡Estadísticas! En cambio, Michel y yo estábamos seguros de que tenía que ser así. Según él, si la luna mueve las mareas y nosotros somos un 70% de agua, algo de influjo han de tener sobre nuestros procesos. No sé si es un argumento ortodoxo, pero funciona. Con Berta funcionó.
Además cuando esas cosas ocurren uno enseguida comienza a buscar coincidencias. El día 17 es el día “das letras galegas”. Día grande en Galicia porque se celebra la exaltación de la cultura gallega: la literatura, la poesía. Si nada sucede sin un motivo, ojalá eso sea un buen augurio de una Berta intelectual, comprometida con la cultura de la tierra donde viva, amante de la literatura o, incluso, poeta. Sería magnífico.
El 17 es, también, un día importante en la familia Cerdeiriña. También había nacido en esa fecha su tía abuela Pili y también en esa fecha (o un día antes o después) se nos fue en un accidente de tráfico. Nos dejó un vacío inmenso que sólo el paso de los años y la vitalidad de sus hijos y nietos han ido llenando. Y ahora llega Berta a echarles una mano en esa tarea. A ver si los recuerdos dulces van ayudándonos a compensar los dolorosos. Tampoco estaría mal que Berta heredara algunas de las virtudes de su tía-abuela Pili: la energía, la capacidad de trabajo, el genio, la capacidad de ponerse al servicio de todos, el liderazgo. Quizás todo eso vaya en las ondas siderales que impregnan el ADN de quienes nacen en esas fechas.
Y, ni qué decir tiene, que Berta tuvo el buen gusto de aproximar su fecha de nacimiento a la de su abuelo. Fue generosa al no ocupar mi día, el 14, para no restarme protagonismo (aunque yo lo hubiera compartido gustoso con ella), pero no quiso alejarse mucho. Yo quisiera suponer que lo haya hecho por aquello de que “quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija”, pero es probable que no tenga nada que ver con eso. Ella lo que quería es ser “Tauro”, con ese carácter cabezón y concienzudo que nos caracteriza a los de ese signo. Con muchas ideas e ilusiones pero con los pies en la tierra (bueno, en eso, ella lleva ventaja, pues es catalana). Lo bueno de los Tauro es que somos amigos fieles y generosos, cariñosos pero no sobones. Y si nos proponemos algo, dedicamos todo nuestro esfuerzo y energía en conseguirlo. Ya le diré yo dos cosillas sobre cómo ser una Tauro de categoría.
Al final, nuestra Berta entra a formar parte de la tradición más consolidada de la familia, nacer en Mayo. Hay excepciones pero son las menos. Como en el chiste del malagueño, en esta familia se hace el amor en Agosto (el “polvo productivo”, me refiero, los otros son de entrenamiento), aprovechando las múltiples fiestas y jaranas de ese mes, y se nace en Mayo. Como Dios manda. En eso falle yo (yo como padre, no como hijo que también soy de Mayo), mira tú por dónde. Pero, claro, siendo profesor, lo mío más que con las fiestas tenía que ver con las convocatorias. Así que concebimos un hijo en la convocatoria de Junio (Michel que nació en Marzo) y otro en la de Septiembre (María, que nació en Junio).
Pues nada, Berta, corazón, bienvenida a este mundo apasionante. Ahora estás tranquila y asombrada. No debe ser fácil verse así de la noche a la mañana. Mucho cambio pasar de golpe de estar dentro de tu mamá a estar respirando, teniendo que sudar cada mamada (es la primera educación al esfuerzo: quien no chupa no mama, la teta para quien se la trabaja), teniendo que buscar postura, soportar luces, abrir los ojos y empezar a ver cosas raras, pasar de mano en mano, tener a la perrita Lluna dando la lata y ladrando cada poco. Mucho cambio, pichurrita. Pero cada vez te va a gustar más. Verás.

miércoles, mayo 18, 2011

Entre las mañanitas y las medias noches.

Ya no sé por dónde entrarle a esta semana que pasó, si por la medianoche en París de Woody Allen o por las “mañanitas” que me dedicaba una buena amiga mexicana por mi cumpleaños.
En cualquier caso ha sido una semana intensa. Primero porque me vi metido en un debate de altos vuelos en Internet con varios colegas universitarios sobre Bolonia y las competencias. No sé cómo lo hago, pero al final estoy en todas las procesiones. Y la mayor parte de las veces llevando la cruz. Eso sí, en el pecado tengo la penitencia. Luego tengo que tomarme la tensión para ver cómo va la cosa.
Pues qué se le va a hacer. Ya está. Ya estamos en los sesenta y dos. Como quien no quiere la cosa. Tengo una sobrina para la que su máximo objetivo durante su carrera universitaria era pasar desapercibida. Así lograba que los profesores casi ni se enteraran de su presencia, no la preguntaran ni se extrañaran los días que no iba. A mí me pasaba todo lo contrario. En los comunes en Zaragoza, tenía un profesor de latín que no me lo podía despegar. Como un día me cambiara de sitio, lo primero que hacía al entrar en clase era echar un vistazo a la sala para localizarme y, a partir de ahí, todo era llamarme, aludirme, preguntarme qué me parecía. Un agobio. Pues con la vida pasa un poco lo mismo. Uno trata de pasar desapercibido, que quien lleve estas cosas casi ni se dé cuenta de que tú andas circulando por ahí. Y que vayan pasando los años sin incidencias. En mi caso, al principio eso fue fácil. Salvo pequeñas penurias (sobre todo dentales y por una sinusitis alérgica que me ha acompañado siempre) yo nunca supe lo que era estar mal. Creo que mi primera aspirina llegó sobrepasados los cuarenta. Luego las cosas comienzan a complicarse casi imperceptiblemente, un día aparece una chorradica, al poco otra y, así, vas superando los días (ya no es que los días pasen, ahora los tienes que superar). Me dejó muy impresionado una amiga a la que le murió su padre. Ella me dijo que los hombres tenemos una edad que marca el futuro: entre los 48 y los 52. Si los superas sin enfermedades graves es posible que llegues a viejo. Su padre no lo superó. Otros de nuestro entorno también han ido cayendo o sufriendo golpes fuertes en esos años. Algo debe tener de razón. La cosa es que también esos años quedaron atrás sin sustos especiales, pero uno ya no se siente seguro nunca. Y aquello de “pasar desapercibido” ante la vida, simplemente, se hace imposible. Cada vez más, esto de seguir vivo se parece más a un encierro. Te das cuenta que llevas los cuernos de los bichos pegados al culo y que al menor descuido (tuyo, de los demás, de las circunstancias) te arriesgas a un pitonazo que a saber qué consecuencias trae. En fin, 62 añicos, más de 26.500 días. Parece mucho, pero es que se han ido en un Jesús.
¿Y cuál es tu balance de ese montón de días, oigo que me pregunta el blog? No sé, le he dicho, para ganar tiempo, no es una pregunta que se pueda responder así de golpe. No sabría decirte cuál es el balance de la última semana, así que no estoy para grandes balances. Además uno pasa, indefectiblemente, por picos y valles. ¿Más picos o más valles, sigue incordiando el susodicho? Bueno, depende, de si a lo bueno le llamamos pico o le llamamos valle. Yo creo que el valle es más tranquilo y sosegado, con menos incidencias. Visto desde lo que decía de “no llamar la atención”, el valle es más amigable te cobija más. En los picos te conviertes en centro de atención, bien porque tengas éxito, bien porque lo estés pasando de pena, bien porque tengan que estar pendientes de ti por alguna enfermedad. Los picos te convierten en el centro de atención. “No me has respondido, sigue él”. Bueno, creo que podría decir que he tenido más picos que valles. Quizás por eso añoro volver al valle. Yo nací, o casi, en un valle, a la orilla del Arga y allí hice mis primeros pinitos. Luego la vida me fue llevando por otras plazas y metiendo en otras batallas. De casi todas he salido bien, así que tampoco puedo quejarme. Pero uno sigue añorando el valle, cualquier valle. “¿No suena eso a despedida, a talante depre?, insiste el tocapelotas”. Quizás, tengo que confesarle, pero sin dramatismos. Uno tiene que tocar madera varias veces al día pero, en el fondo te sientes bien. Pasa como con los coches, vas lleno de rasponazos y con la chapa algo cascada, pero el motor va tirando. Ahora se cala más que antes, pero bueno, basta un pequeño retoque no demasiado invasivo y estás de nuevo a punto.
En fin, esto se está poniendo chungo. Lo bueno de estas fechas es que puedes celebrarlas. Y recordar en ellas a quienes, con más méritos que uno, no pudieron hacerlo. Tiene su toque de nostalgia pero las cosas son así.
Al final, ya ves, querido blog, yo quería hablar de Woody Allen y tú me has retenido en ese campo de minas es que es hablar de la edad, de la mucha edad. No sé cómo te aguanto. Además, ya ves que a algunas personas, como la de la foto, lo del 62 no les va tan mal.

domingo, mayo 01, 2011

In albis

No, no es que me haya quedado de esa guisa sin tener nada que contar. Es que hoy, justamente hoy, es el día “in albis”. Mira tú por dónde. Tanto utilizar este término para quejarte de sequías mentales enojosas e inoportunas y resulta que es la expresión religiosa con la que se conoce el domingo después de Pascua. A lo que se ve, era el día en el que los recién bautizados (cosa que, naturalmente, sucedía en la Pascua) dejaban las vestiduras blancas que habían utilizado durante toda la semana. De hecho, se despojaban de ellas el sábado y, por eso, el domingo era el primer día en que aparecían sin ellas ("in albis depositis"). Siempre se aprende algo. Aunque en este caso, cuesta ver el proceso por el cual se pasa de quitarse las ropas blancas a quedarse sin nada que decir y con la mente vacía. Porque se supone que los neófitos se quitaban las ropas blancas para ponerse otras, no se quedarían en bolas en cuyo caso sería más fácil entender el parecido. En fin, ya está. Hoy es el día in albis. “Eso, eso, le oigo rezongar al blog, es solo un día, y no como algunos que se pasan in albis semanas enteras”. ¿No te referirás a mí, verdad, le he dicho, porque últimamente no es que la productividad esté para tirar cohetes, pero voy entrando al menos una vez por semana. Con la que está cayendo, no es poco.

Y, ¿sabes? Otro colega aún ha ido más lejos con esto del “in albis” (a parte de reconocer que no se le ocurría nada de que hablar ese día en su blog: http://psicologia.kuriososblogs.com/2011/02/16/in-albis ). Ha querido explicar por qué se produce eso de quedarse en blanco.
Ante todo, quedarse en blanco puede estar relacionado con una fobia, o bien con un problema de ansiedad. Seguramente, muchos de nosotros nos hemos quedado en blanco en alguna situación. En un principio me voy a ceñir a situaciones cotidianas (exámenes, discursos, entrevistas…)
Pues bien, la responsable de que nos “quedemos en blanco”, no es otra que la corticosterona. Ésta es una hormona que segregamos en determinados momentos de ansiedad, y que nos dificulta acceder a la información que necesitamos. La corticosterona actúa bloqueando el acceso a la información. Así que lo más recomendable, es tomarse las cosas con algo de calma, para así evitar que estos bloqueos se produzcan”.


En fin, ha aceptado resignado el blog, fíjate qué cantidad de cosas para un día en que no tenías casi nada que decir.Y te has hecho un folio, así a lo loco.”