Iniciamos nuestro último día como balnearistas. Mañana será solo día de
partida. El tratamiento de hoy se ha reducido. Vasico de agua, la niebla de
todos los días y el baño de contraste calor-frío. Poca cosa para ser la
despedida, pero estamos ya en semana santa y el balneario se ha llenado de
gente nueva y joven. O sea que no son del IMSERSO. Bueno, pues baño, lago y
gimnasio de despedida.
Por la tarde nos hemos acercado a un lugar que se nos había pasado
inadvertido: el Monasterio de Sta. María de Huerta. Aunque pertenece a Soria,
queda cerquita, justo en la frontera entre Aragón y Soria. El Monasterio fue
fundado por Alfonso VII, en cumplimiento de una promesa que hizo durante el
asedio a la ciudad de Coria que había sido ocupada por los almorávides a la muerte
de Alfonso VI. Al final Alfonso VII logró recuperar la ciudad en 1142, más por
los efectos de la hambruna y enfermedades que provocó el asedio que por una
victoria militar.

Tras esa conquista Alfonso VII hizo traer monjes cistercienses de Francia
que ocuparon un espacio en la zona de Fuentelmonje (Almazán). Allí
sobrevivieron durante 20 años sufriendo una gran carestía por falta de agua, lo
que les llevó a buscar una ubicación más fértil. La encontraron a orillas del
Jalón, donde construyeron el Monasterio en 1162. El Monasterio que contó con
muchas ayudas reales y donaciones creció rápidamente y desempeñó un importante
papel, tanto desde el punto de vista civil (allí se enterraron muchos nobles de
la época), como religioso (varios concilios de la orden cisterciense se
celebraron en este monasterio). En 1833 con la desamortización de Mendizábal
los monjes fueron expulsados del Monasterio, al que regresaron en 1930. Durante
los primeros años posteriores a la guerra, el Monasterio fue utilizado como
campo de concentración de presos republicanos, llegando a albergar más de mil
reclusos, lo que generó problemas de hacinamiento y enfermedad, lo que tras
protestas de monjes y seglares de la zona que temían contagiarse, hizo que se
clausurara la prisión.
Esta vez, las coincidencias jugaron a nuestro favor. Durante todos estos
días hemos ido acercándonos a iglesias y castillos que no pudimos ver porque
estaban cerrados. Esta vez, sin embargo, el monasterio debería estar cerrado,
pero estaba abierto porque era miércoles santo y los monjes lo mantuvieron
abierto dado que los próximos días (de jueves santo a domingo de resurrección)
iba a estar cerrado. Nos atendió un monje amable y eficaz que cumplió a la
perfección su tarea de cobrar la entrada y darte instrucciones sobre el
recorrido. Ni corto ni largo en sus palabras. Él nos explicó que, aunque la
joya de la corona era el refectorio, a él le gustaba más el comedor de los
hermanos conversos (Domus conversorum),
e insistió en que fuéramos puntuales para ver el vídeo de 20m. que se
proyectaba en la cilla o sala almacén. El recorrido habitual incluye la
iglesia, el claustro, el refectorio, la cocina, el corredor de los conversos y
su comedor.


La iglesia es preciosa. Siguiendo la regla del cister (estos, además,
pertenecen a la rama más dura: Cister de la Estricta Observancia) todo es
sencillo y austero, pero no por eso deja de ser bella. Tiene una entrada
espectacular, con un rosetón gótico de los mayores que nosotros habíamos visto
nunca. Una pena que no tenga las vidrieras multicolores que se merece. En el
interior destaca una verja de hierro forjado del S. XVIII para separar la zona
de oración de los monjes y la del público en general.
De la iglesia se pasa a un hermosísimo claustro gótico, el claustro de los caballeros, porque allí
se enterraba a los nobles que buscaban el descanso eterno en tierra sacra.
Visto en perspectiva, el juego de arcos y nervaduras de las bóvedas da una
harmonía muy equilibrada al cada pasillo del claustro. Además, nos acompañó un día
luminoso en que el juego de luces hacía brillar aún más el conjunto.
El refectorio es realmente la joya de la corona. Dicen de él que es uno de
los mejor conservados del mundo. Es realmente espectacular por sus dimensiones,
por su altura, por su iluminación. Destaca en el conjunto el púlpito al que se
accede por una estrecha escalerilla por el interior de la pared. Nos subimos,
por supuesto arriba y no fue difícil imaginarse leyendo en voz alta algún libro
sacro mientras los monjes comían en silencio.
La cocina también es un hermoso lugar, amplio y bien iluminado en cuyo
centro destaca una lareira con chimenea donde hacer el fuego y cocinar. Tenía
razón el fraile cuando nos indicó que el comedor de los hermanos conversos era
hermoso. Sus ventanales con vidrieras hacen del lugar un espacio muy especial.
Más visual y dinámico que el enorme refectorio de los monjes.
La sala cilla o almacén es otro lugar amplio y majestuoso donde, en su
tiempo almacenaba el monasterio sus cosechas y recursos. En la actualidad es
una especie de salón de reuniones donde cabe suponer que se celebran reuniones
y conferencias. Es ahí donde se proyecta el vídeo cuya importancia destacó el
monje de la recepción. En realidad, es un canto al Cister, a su historia y a su
filosofía. Muy bien hecho, la verdad, aunque no sé si no peca de exceso de
propaganda. Nos lo tomamos como los momentos de publicidad de las televisiones.
Y eso fue todo en el monasterio de Sta. María de Huerta. Pasamos, por supuesto,
por la tienda (de ese toque capitalista y comercial no se libra nadie, ni los
cistercienses) y compramos nuestras cositas. En realidad, nos ha alegrado mucho
haber visitado este monasterio que no entraba en nuestra planificación inicial,
pero ha sido muy interesante.
Antes de regresar al balneario, nos acercamos a ver
los restos del Castillo de Belimbre. En realidad, solo quedan dos torres en
ruinas, pero que reflejan la importancia defensiva de ese tipo de
construcciones en esta zona de frontera entre los reinos de Aragón y Castilla.
Este castillo cuenta, además, con historias mágicas de asesinatos, suicidios y
presencia de espíritus que no logran deshacerse de las manchas que delatan su
maldad.