miércoles, abril 01, 2026

9º día: Gallocanta

 

La sensación de que esto se acaba está ya marcando nuestro ánimo. Estamos en esa fase de cierto bajón en la que te vas preparando para dejar algo a lo que, con el paso de los días, te habías ido adaptando.

La sesión de tratamiento de hoy repite la de ayer: vaso de agua, niebla, baño de chorros de agua caliente, chorro final. Como somos de los veteranos (cada día va ingresando un turno nuevo y se van añadiendo gente a la que ves despistada), ya nos sabemos las rutinas y vamos cumpliendo nuestra faena con agilidad. Después lago para unas y gimnasio para otros hasta completar la mañana.

Teníamos inmensos planes para hoy: Albarracín, castillo de Paracense, laguna de Gallocanta, pero la experiencia de estos días nos ha hecho conscientes de que no estamos para soportar largos trayectos de coche. Así que ha ganado el realismo y, finalmente, hemos reducido expectativas y nos quedaremos solo con la laguna de Gallocanta, que es lo que tenemos más cerca (bueno, a 60 km, lo que con esta carretera significa, cuando menos, hora y media, o sea, 3 horas de coche).


 

Ese día conducía yo y, bien a mi pesar, el viaje comenzó muy mal. La carretera que habíamos escogido (la que pasa por el Monasterio de Piedra) resultó que estaba en obras, pero no unas obras puntuales en un espacio concreto, ¡qué va! No intentaban arreglar un desperfecto, estaban cambiando la carretera, toda ella. Después de muchos kilómetros a 20-30 por hora y con paradas constantes (todo el suelo estaba levantado) le preguntamos a un operario si nos quedaba mucho trecho de obras: hasta el final de la provincia, nos dijo. Estábamos atrapados en la mitad de ninguna parte y con la maldición de la no carretera como única salida. Menos mal que el mismo operario nos sugirió tomar un ramal que salía de la carretera en obras y que, según él, nos llevaría hacia la laguna. El GPS se lo tomó mal y repetía que diéramos la vuelta, pero tuvo que ceder. Y por allí seguimos por una carretera de tercer orden y llena de curvas. Nos salvó que el paisaje era muy bonito y relajante. Mucho regadío y cultivo, montañas onduladas y con las laderas con cultivos, muchos frutales y diversos pueblicos distribuidos en el paisaje. Tras las penurias de la carretera en obras, hasta disfrutamos en este paseo alargado.

 Finalmente llegamos a la laguna de Gallocanta. Se trata de una laguna inmensa (el mayor lago salado de Europa) que crea un ecosistema al que acuden miles de grullas durante el invierno. Definitivamente, no era una tarde de suerte para nosotros: las grullas habían dejado la laguna durante el mes de febrero.  Al final solo pudimos ver a dos patos que andaban a lo suyo. Y de allí a casa, esta vez por un camino más decente y conocido. Pasamos por Daroca de nuevo, sin entrar, y desde allí tomamos la autopista para regresar a Alhama.

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