Nuestro amigo Arturo Dapena ha inaugurado en Vilagarcía de Arousa una hermosa exposición de sus pinturas bajo ese título tan ajustado de Terras e Auga. De eso va la exposición, de múltiples miradas sobre el agua como mar bravío, como nube, como lluvia, como humedad, como horizonte, como vida. Y la tierra como complemento natural que él nos la hace sentir bien como muro rocoso en eterna batalla con el agua, bien como multicolor espacio productivo, como vegetación, como calma.
Arturo es arquitecto. Y, aunque no ha quedado del todo demostrado eso de que los arquitectos son gente con un cerebro especial y privilegiado que les permite contemplar los espacios y las formas de manera tridimensional, todo parece indicar que Arturo sí posee esa virtud, que se refleja en su capacidad para situarte no solo en lo que se ve en el cuadro, sino en lo que está a su alrededor y no se ve en la pintura.
Los suyos son cuadros expansivos en lo que se refiere a las formas, y son intimistas en lo que se refiere a los tonos cromáticos. En su caso, no se puede hablar de colores, sino de un espectro de tonalidades y mezclas que el pintor ha ido experimentando durante años hasta lograr ese toque personal capaz de reflejar lo que él mismo siente cuando se sitúa frente a la lluvia, frente a un cielo nuboso o cuando piensa en la pesca de percebes en un mar encrespado.
Con palabras de alto standing, algo de eso dice Ángel Cerviño en la presentación que hace de esta exposición: “cada cuadro se convierte en un diálogo ininterrumpido entre sensación y razón, entre percepción e idea: eternos esponsales entre materialidad y trascendencia. Primero fue el goce y la suspensión de la mirada, y solo a partir de ahí es cuando la atención despliega sus capacidades de reflexión, de análisis y comprensión, de prospectiva”. Esto es lo que ha visto Cerviño que sabe de estas cosas y está muy bien visto.
Lo que un lego como yo puede ver en estos cuadros (que no son sino una
muestra pequeñita de los muchos y magníficos cuadros que A. Dapena ha pintado)
es que se trata de una pintura que habla más del pintor que de las cosas que
pinta. En eso, Arturo es heredero de la tradición impresionista de los grandes
pintores franceses de finales del XIX que abandonaros sus talleres para salir
fuera y pintar la luz, el aire, las impresiones del momento. Y eso se hace con
pinceladas netas y vigorosas cuando predomina lo que se ve y con colores
diluidos cuando predomina la sensación de quien ve.

Y, al final, cuando ya has
recorrido la veintena larga de cuadros expuestos, siempre bajo el signo global
de “agua y tierra”, la sensación que te queda es que estás ante un pintor
netamente gallego, con el agua, en todas sus formas, metida en los genes y en
su mirada del mundo. El agua como esa novia a cuyo recuerdo vuelves una y otra
vez reimaginando su presencia en cualquiera sea la historia que pretendas
contar o contarte. En esta exposición le ha enamorado más el agua, pero algún
día tendrá que volver su mirada a la tierra, aunque solo sea por hacer justicia
a esa otra parte de Galicia que él mamó desde su casa familiar en Ventoxo, por
tierras de Forcarei.

Amigo Arturo, no sé si venderás muchos cuadros o no, espero que te los quiten de las manos, pero más allá del valor comercial de la experiencia, ha sido estupendo poder conocer más en profundidad tu pintura y, a través de ella, poderte conocer mejor a ti.




