sábado, mayo 09, 2026

Arturo Dapena: TERRAS E AUGA.

 

Nuestro amigo Arturo Dapena ha inaugurado en Vilagarcía de Arousa una hermosa exposición de sus pinturas bajo ese título tan ajustado de Terras e Auga. De eso va la exposición, de múltiples miradas sobre el agua como mar bravío, como nube, como lluvia, como humedad, como horizonte, como vida. Y la tierra como complemento natural que él nos la hace sentir bien como muro rocoso en eterna batalla con el agua, bien como multicolor espacio productivo, como vegetación, como calma.

Arturo es arquitecto. Y, aunque no ha quedado del todo demostrado eso de que los arquitectos son gente con un cerebro especial y privilegiado que les permite contemplar los espacios y las formas de manera tridimensional, todo parece indicar que Arturo sí posee esa virtud, que se refleja en su capacidad para situarte no solo en lo que se ve en el cuadro, sino en lo que está a su alrededor y no se ve en la pintura.

Los suyos son cuadros expansivos en lo que se refiere a las formas, y son intimistas en lo que se refiere a los tonos cromáticos. En su caso, no se puede hablar de colores, sino de un espectro de tonalidades y mezclas que el pintor ha ido experimentando durante años hasta lograr ese toque personal capaz de reflejar lo que él mismo siente cuando se sitúa frente a la lluvia, frente a un cielo nuboso o cuando piensa en la pesca de percebes en un mar encrespado.

Con palabras de alto standing, algo de eso dice Ángel Cerviño en la presentación que hace de esta exposición: “cada cuadro se convierte en un diálogo ininterrumpido entre sensación y razón, entre percepción e idea: eternos esponsales entre materialidad y trascendencia. Primero fue el goce y la suspensión de la mirada, y solo a partir de ahí es cuando la atención despliega sus capacidades de reflexión, de análisis y comprensión, de prospectiva”. Esto es lo que ha visto Cerviño que sabe de estas cosas y está muy bien visto.

Lo que un lego como yo puede ver en estos cuadros (que no son sino una muestra pequeñita de los muchos y magníficos cuadros que A. Dapena ha pintado) es que se trata de una pintura que habla más del pintor que de las cosas que pinta. En eso, Arturo es heredero de la tradición impresionista de los grandes pintores franceses de finales del XIX que abandonaros sus talleres para salir fuera y pintar la luz, el aire, las impresiones del momento. Y eso se hace con pinceladas netas y vigorosas cuando predomina lo que se ve y con colores diluidos cuando predomina la sensación de quien ve. 
 

Esa subjetividad de la mirada se nota mucho en Arturo y tiene su mérito al ser él arquitecto. Tendemos a pensar que los arquitectos están llamados a dar forma a las ideas, a expresarlas con formas tangibles, reguladas y exactas. Pero la pintura impresionista es todo lo contrario, no busca el realismo o la precisión de las formas. Louis Leroy, a quien se le atribuye la denominación de “impresionismo”, lo utilizó en 1874 casi como crítica a un cuadro Monet (Impresión, sol naciente), del que dijo que le faltaban detalles; que, fiel a su título, era puro impresionismo. Arturo da ese salto, aunque a veces no puede olvidarse de que alguna vez fue arquitecto y que su trabajo requería situar  y buscar el equilibrio entre formas y espacio: el cuadro de los molinos es un buen reflejo de esa conexión.
 
 
Otra cosa que queda patente en los cuadros expuestos es que la pintura de A. Dapena ha ido evolucionando a lo largo de todos estos años. A medida que él mismo ha ido madurando como pintor, su pintura ha ido haciéndose más abstracta y minimalista. La combinación de colores se mueve dentro de una gama que caracteriza a cada cuadro y va siendo, progresivamente, más reducida y sutil. El cuadro de las nubes o el de las gotas de agua, son un buen reflejo de esa suavidad cromática propia de quien analiza lo que ve y siente buscando la armonía que suele estar más allá de lo que la retina nos informa.



 Y, al final, cuando ya has recorrido la veintena larga de cuadros expuestos, siempre bajo el signo global de “agua y tierra”, la sensación que te queda es que estás ante un pintor netamente gallego, con el agua, en todas sus formas, metida en los genes y en su mirada del mundo. El agua como esa novia a cuyo recuerdo vuelves una y otra vez reimaginando su presencia en cualquiera sea la historia que pretendas contar o contarte. En esta exposición le ha enamorado más el agua, pero algún día tendrá que volver su mirada a la tierra, aunque solo sea por hacer justicia a esa otra parte de Galicia que él mamó desde su casa familiar en Ventoxo, por tierras de Forcarei.

 En definitiva, hemos podido disfrutar de un momento artístico muy interesante. Lo que, tratándose de un amigo, aún se disfruta más. Disfrutas porque lo conoces a él personalmente y desde hace años, pero, también, porque, aun conociendo su pintura (la casa de Pepe y Dora, donde solemos reunirnos para nuestras comichadas, está llena de cuadros de Arturo), el poder asistir a una exposición, te permite conocerlo aún mejor porque puedes ver qué cuadros ha escogido, cómo los coloca, cómo los comenta, qué aprecio le tiene a cada uno de ellos y qué evoca para él. En ese sentido ha sido emocionante verlo allí, en medio de su obra, con los nervios propios del momento y el orgullo de quien sabe que ha logrado llegar a esa meta intermedia que supone el que te vayan conociendo y admirando como pintor.

 Amigo Arturo, no sé si venderás muchos cuadros o no, espero que te los quiten de las manos, pero más allá del valor comercial de la experiencia, ha sido estupendo poder conocer más en profundidad tu pintura y, a través de ella, poderte conocer mejor a ti.