martes, marzo 31, 2026

8º día, lunes 30 de marzo: Illueca.

 

Los días van pasando inmisericordes y ya estamos a lunes, a dos días de acabar nuestra etapa balnearia de este año. La verdad es que, al principio, te cuesta un poco adecuarte al desplazamiento y la salida de casa, pero poco a poco que vas habituando a las rutinas del balneario, te vas reencantado con el paisaje y los monumentos que vas viendo y te apetecería mucho que el tiempo no corriera tan rápido. Pero eso es imposible…

Bueno hoy nos toca cambio en la experiencia del agua. Tras la consabida ración de agua medicinal (al principio costaba, pero ahora ya la tragamos sin cara de asco) y la niebla (que ya nos han advertido que no es vapor, sino partículas minúsculas de agua que portan los componentes medicinales del agua de este balneario que es bicarbonatada, sulfatada, calcio-magnésica y ligeramente radioactiva), iniciamos hoy el BAÑO1 con chorro subacuático. Ha sido, con mucho la mejor experiencia hasta ahora, gracias, sobre todo, a la potencia del chorro que llega a la bañera individual donde te metes. Cada uno va aproximando o alejando el chorro a la parte del cuerpo que desea masajear. ¡Fantástico! Y luego, la cosa concluye con un chorro que el monitor o monitora te va proyectando sobre todo el cuerpo, por delante y por detrás, salvaguardando, obviamente, las partes pudendas.

Para la tarde, nos hemos programado la visita al Palacio del Papa Luna en Illueca y un paseo por Mesones del Isuela. Esta vez sin Elvira, que ha preferido quedarse en el lago y relajarse.


 

 El Palacio del Papa Luna nos ha encantado. Como muchos monumentos de esta zona y debido al prolongado tiempo que duró su construcción (desde el S.XIV al XVII) se fueron sucediendo y mezclando el estilo mudéjar, el renacentista y el barroco. En la actualidad alberga un centro de interpretación del Papa Luna, la Sede del Consejo de la Comarca de Aranda y una hospedería. Construido en base a piezas de mampostería y ladrillo rojo y asentado, como el resto de castillos que hemos visto estos días, en la cumbre de un montículo, constituye un mirador espectacular para contemplar toda la vega del Aranda. El interior que se puede ver (solo hay visitas guiadas en días concretos y no nos coincidió) resulta muy monumental con una escalinata central muy hermosa.

No muy lejos de Illueca está nuestra segunda cita de hoy, Mesones del Isuela. El nombre parece que viene de su nombre original romano: mansiones (paradores, mesones), lo que hace suponer que desde siempre fue un lugar de paso y pernocta donde se podía parar. En la actualidad es un pueblo pequeño de poco más de doscientos habitantes y donde el gran protagonista es el castillo (el castillo de los Luna que debieron ser los dueños de toda esta zona). 

 El castillo se asienta sobre un gran bloque rocoso y es una enorme pieza rectangular jalonada por 6 enormes torreones, uno en cada ángulo. Perteneció a los templarios desde 1175 que lo conservaron hasta la desaparición de la orden. No pudimos verlo por dentro porque estaba cerrado. Hacía tanto viento aquella tarde que teníamos que sujetarnos para que el cierzo no pudiera con nosotros. Y la anécdota graciosa de la tarde fue que al atravesar el pueblo, el GPS nos iba señalando en varias ocasiones (no fue fácil encontrar la vía que nos llevara al castillo) que debíamos tomar la calle San Catorce. Al principio no entendíamos bien eso de San Catorce, hasta que vimos que la calle o la zona se denominaba “S. XIV”, grafismo que el GPS, poco ducho en historia, leía como “san catorce”.

lunes, marzo 30, 2026

6º y 7º día de balneario: Cervera de la Cañada y Ateca

 

Tras un día intenso, el de ayer lo fue, lo que nos apetecía era un día un poco más relajado. Y ese fue nuestro plan. La mañana es intocable (baños, gimnasio y lago). Hoy repetimos el mismo programa de ayer (menos la cascada final, que nadie va a echar de menos). Lo malo que nos lo han puesto para las 11 de la mañana. Así que todo fue apresurado para poder disfrutar del gimnasio y el lago antes de la comida. Y por la tarde un paseo tranquilo por el pueblo. Visitamos una casona-museo en la plaza del pueblo, en la planta baja estaba la oficina de Información Turística con unos cabezudos típicos y en las plantas superiores una exposición permanente sobre José Luís Sampedro, un interesante recorrido por su vida y obra. Como también vendían sus libros, compramos “La sonrisa etrusca”, para rememorar lo mucho que nos había gustado cuando, hace ya muchos años, la leímos. Después, lectura y algún juego de mesa dopo cena.

Y eso hemos hecho. Así que nos ha quedado un sábado inane en lo turístico, pero muy reparador en lo físico y mental. Algo muy en consonancia con la vida de balneario.

 Domingo

La cura de aguas no descansa en domingo, así que tuvimos nuestra consabida rutina de media mañana: el vaso de agua medicinal, la niebla, el AQUATERMA-Aquagym y relax y la bendita Cascada de la que hemos pasado olímpicamente. Además, estamos en Domingo de Ramos, día de procesión y misa solemne. Allí fuimos Elvira y yo. La procesión estuvo muy concurrida, con 4 pasos muy interesantes (aquí los llevan sobre remolques con ruedas). Fue complicado retornarlos a la Iglesia. La bendición de los ramos y la misa fueron solemnes y emotivas con un coro estupendo. Y tras la misa, de nuevo al hotel y la comida.

Para la tarde nos planteamos ver dos lugares con mucha historia aragonesa: Cervera de la Cañada y el pueblo de Ateca. No están lejos del balneario y merece la pena verlos, así que, superada la siesta, nos pusimos en marcha.

 Cervera de la Cañada es uno de esos pueblos aragoneses con mucha historia (y arte) por detrás. En este caso, la joya de la corona de Cervera es la Iglesia de Santa Tecla, un hermoso edificio (fortaleza e iglesia) del S.XIV que combina lo mudéjar con lo gótico. El interior resulta muy interesante. Y su exterior es toda una definición plástica de lo que fueron estos pueblos aragoneses: un espacio habitacional, normalmente en la ladera de una colina, y en la cima, una enorme estructura defensiva (convertida después en iglesia) desde la que se otea toda la llanura alrededor.

Ateca es una hermosa villa de origen celtíbero (de nombre Alce) que se remonta al año 250 a.C.; posteriormente, los árabes dieron el nombre de Atïca, que significa “antigua”. Y lo es, puesto que en el entorno de Ateca se han encontrado restos arqueológicos de la edad del hierro. En la época romana ocupó un lugar privilegiado en la vía romana IterXXV que unía Augusta Emérita (Mérida) y Cesaraugusta (Zaragoza) a través de Toletum (Toledo). 

 El protagonismo en la historia de este hermoso lugar está vinculado al CID (de hecho forma parte de la ruta del CID y se le menciona en uno de los versos del Mío Cid) que la ocupó en 1081 y donde residió. Y lo que llama la atención es el mudéjar que respiran sus monumentos (especialmente, la iglesia de Sta. María). Llamativas son, también, la torre del reloj, inclinada porque está asentada en un terreno poco firme, y la casa consistorial de ladrillo rojo al estilo mudéjar y estructura renacentista.

En definitiva, ha sido una bonita tarde. Y, ahora a concluirla, con la cena y nuestra partidita habitual.

sábado, marzo 28, 2026

5º y 6º día de balneario: Monasterio de Piedra.

 

La fase balneario de hoy ha resultado más interesante que la de días anteriores. El agua medicinal de siempre (que nosotros vamos respetando y bebiendo, aunque sea cerrando los ojos), la niebla cotidiana para respirar bien, y la novedad de hoy que se llama TERMASPA/Jacuzzi/Contracorriente, una piscina caliente con chorros tipo Jacuzzi (también para las plantas de los pies, una maravilla) de la que sales para entrar en una piscina de agua fría en la que tienes que dar vueltas. Primero la cosa se hace dura, pero en cuanto el pie resucita resulta muy agradable el frío. Sales del frío y vuelves a la caliente y al rato, vuelves a salir de la caliente para volver al frío y luego al calor de nuevo. Muy relajante, la verdad. Acabamos nuestra jornada de agua en algo que llaman cascada y donde se supone que puedes respirar el vapor medicinal que llena la sala a la vez que una monitora te va guiando en hacer unos movimientos un poco chorras, entre budistas y de asilo de ancianos. En total, unos 50 minutos en total y ya quedas libre para organizar el tiempo libre de la mañana. Las chicas se fueron al lago, nosotros primero al gimnasio y luego, nos reunimos con ellas en el lago.


 Para la tarde nos reservábamos el plato fuerte de este año: el Monasterio de Piedra. Pensamos que era mejor adelantarnos al previsible vendaval de turistas del fin de semana y de la semana santa, así que ir en viernes nos parecía una buena opción. Y, efectivamente, estuvo bien. No había mucha gente o, si la había, como aquello es tan inmenso, no lo notamos en absoluto. El Parque quedaba próximo al balneario y se accedía a él por carretera comarcal (con el hermoso embalse de Tranquena como adorno del paseo), así que fue un viaje corto y bonito. 

 Llegamos bien y comenzamos la visita por las ruinas del Monasterio cisterciense del S. XIII (aunque con añadidos posteriores de gótico y barroco). Lo fundaron 13 monjes llegados de otro Monasterio catalán en 1194, se fue construyendo a lo largo de los siglos siguientes, sufrió graves deterioros (derrumbe de la cúpula central) en la guerra de la Independencia en la que el monasterio se convirtió en hospital de sangre; se obligó a los frailes a marcharse en 1823 y acabó siendo amortizado por el Estado en 1835, con Mendizábal. Fue subastado en 1843 y comprado por Pablo Muntadas i Compeny por el precio de 1.250.000 reales. Es una pena que su conservación no se haya cuidado un poco más. Lo que queda es poca cosa, pero suficiente para atisbar su antiguo esplendor e importancia. El punto central es la iglesia y en torno a ella un hermoso claustro que da acceso a las diversas salas donde los frailes se movían: la capitular, la cillería o almacén, la cocina, refectorio, etc.

Fue en este monasterio donde se cocinó por primera vez en España (1534) el chocolate. La había traído de México el fraile Jerónimo Aguilar que viajó a México con Hernán Cortés. De hecho, pudimos ver durante la visita una exposición sobre la historia del chocolate. Y otra sobre los vinos aragoneses.

Tras el monasterio pasamos a la visita al parque con la feliz coincidencia de que, justo al entrar comenzaba una exhibición de aves rapaces a la que, tras una pequeña bronca del maestro de ceremonias por llegar tarde (infelices de nosotros que ni sabíamos de la exhibición), pudimos incorporarnos. Muy interesante con una veintena de diversas aves rapaces (de menos a mayor peso) participando. Volaban tan ajustadas en altura que casi nos rozaban al pasar sobre nosotros que estábamos sentados. De hecho, una de ellas me golpeó con el ala en la cabeza. Fue interesante.

 El parque, innecesario es decirlo, es una hermosura. El invierno tan lluvioso que hemos soportado este año ha convertido al parque en un paraíso, verde y florido, por un lado, y lleno de regatos y cataratas exuberantes de agua, por el otro. La paz que se respiraba, acompañada por el sonido del agua y los trinos de los pájaros constituían un entorno indescriptible. Hay senderos ya marcados, pero los fuimos acomodando a nuestras capacidades sin perdernos, eso sí, ninguna de las cataratas.

Y cuando ya estábamos agotados de tanto caminar y tanta belleza, resulta que nos acercamos a una esquina donde indicaba gruta. Había que bajar, por supuesto (y, peor aún, había que subir después), así que en principio nadie se animó inicialmente. Solo que después yo pensé que ya que estábamos allí (y a saber cuándo volvíamos de nuevo) merecía la pena probar. Y allí fui. Una escalera de escalones pequeños y peligrosos comenzaron a llevarme cara abajo, y más abajo y más. Empecé a arrepentirme de mi osadía, pero la escalera seguía bajando y cada vez a través de un hueco más estrecho y húmedo. Afortunadamente apareció una especie de terraza al exterior, donde estaba una pareja haciendo fotografía profesional con su cámara y sus trípodes. Pensé que hasta allí se llegaba, pero resulta que no, que de la esquina seguía bajando la escalera aún más. De perdidos al río, pensé y allí fui. Otra vez escalones y más escalones que me empezaron a asustar. Y así un buen rato hasta que, de pronto, se abrió una especie de ventana al interior de la gruta y quedé deslumbrado: qué hermosura de gruta, de colores reflejando en las gotas del agua el sol atardecido, de juegos de estalactitas y estalagmitas que no eran de hielo, sino de rocas transfiguradas en caprichosas y puntiagudas decoraciones. ¡Una hermosura! No me atreví a seguir bajando, cosa que sí hicieron después Juan Manuel y Celia hasta encontrar una salida que evitaba el tener que subir de nuevo la escalera. Cosa que sí tuve que hacer yo para avisarles de que merecía mucho la pena el esfuerzo. De todas formas llegué arriba con la arritmia puesta y casi sin poder tenerme en pie. Para mí, con ser tan extraordinario todo, la gruta fue lo más bonito y espectacular del parque.

 Tardamos en encontrarnos después porque su salida les había llevado por otro lado, pero es difícil perderse porque todo está muy bien indicado. Así que buscamos la salida y nos fuimos fuera, a esperar a nuestros amigos que se habían ido hacia el lago del espejo.

Y de allí, con tranquilidad a casa donde nos esperaba la cena a las 8 en punto de la noche, como en los países civilizados.