sábado, marzo 28, 2026

5º y 6º día de balneario: Monasterio de Piedra.

 

La fase balneario de hoy ha resultado más interesante que la de días anteriores. El agua medicinal de siempre (que nosotros vamos respetando y bebiendo, aunque sea cerrando los ojos), la niebla cotidiana para respirar bien, y la novedad de hoy que se llama TERMASPA/Jacuzzi/Contracorriente, una piscina caliente con chorros tipo Jacuzzi (también para las plantas de los pies, una maravilla) de la que sales para entrar en una piscina de agua fría en la que tienes que dar vueltas. Primero la cosa se hace dura, pero en cuanto el pie resucita resulta muy agradable el frío. Sales del frío y vuelves a la caliente y al rato, vuelves a salir de la caliente para volver al frío y luego al calor de nuevo. Muy relajante, la verdad. Acabamos nuestra jornada de agua en algo que llaman cascada y donde se supone que puedes respirar el vapor medicinal que llena la sala a la vez que una monitora te va guiando en hacer unos movimientos un poco chorras, entre budistas y de asilo de ancianos. En total, unos 50 minutos en total y ya quedas libre para organizar el tiempo libre de la mañana. Las chicas se fueron al lago, nosotros primero al gimnasio y luego, nos reunimos con ellas en el lago.


 Para la tarde nos reservábamos el plato fuerte de este año: el Monasterio de Piedra. Pensamos que era mejor adelantarnos al previsible vendaval de turistas del fin de semana y de la semana santa, así que ir en viernes nos parecía una buena opción. Y, efectivamente, estuvo bien. No había mucha gente o, si la había, como aquello es tan inmenso, no lo notamos en absoluto. El Parque quedaba próximo al balneario y se accedía a él por carretera comarcal (con el hermoso embalse de Tranquena como adorno del paseo), así que fue un viaje corto y bonito. 

 Llegamos bien y comenzamos la visita por las ruinas del Monasterio cisterciense del S. XIII (aunque con añadidos posteriores de gótico y barroco). Lo fundaron 13 monjes llegados de otro Monasterio catalán en 1194, se fue construyendo a lo largo de los siglos siguientes, sufrió graves deterioros (derrumbe de la cúpula central) en la guerra de la Independencia en la que el monasterio se convirtió en hospital de sangre; se obligó a los frailes a marcharse en 1823 y acabó siendo amortizado por el Estado en 1835, con Mendizábal. Fue subastado en 1843 y comprado por Pablo Muntadas i Compeny por el precio de 1.250.000 reales. Es una pena que su conservación no se haya cuidado un poco más. Lo que queda es poca cosa, pero suficiente para atisbar su antiguo esplendor e importancia. El punto central es la iglesia y en torno a ella un hermoso claustro que da acceso a las diversas salas donde los frailes se movían: la capitular, la cillería o almacén, la cocina, refectorio, etc.

Fue en este monasterio donde se cocinó por primera vez en España (1534) el chocolate. La había traído de México el fraile Jerónimo Aguilar que viajó a México con Hernán Cortés. De hecho, pudimos ver durante la visita una exposición sobre la historia del chocolate. Y otra sobre los vinos aragoneses.

Tras el monasterio pasamos a la visita al parque con la feliz coincidencia de que, justo al entrar comenzaba una exhibición de aves rapaces a la que, tras una pequeña bronca del maestro de ceremonias por llegar tarde (infelices de nosotros que ni sabíamos de la exhibición), pudimos incorporarnos. Muy interesante con una veintena de diversas aves rapaces (de menos a mayor peso) participando. Volaban tan ajustadas en altura que casi nos rozaban al pasar sobre nosotros que estábamos sentados. De hecho, una de ellas me golpeó con el ala en la cabeza. Fue interesante.

 El parque, innecesario es decirlo, es una hermosura. El invierno tan lluvioso que hemos soportado este año ha convertido al parque en un paraíso, verde y florido, por un lado, y lleno de regatos y cataratas exuberantes de agua, por el otro. La paz que se respiraba, acompañada por el sonido del agua y los trinos de los pájaros constituían un entorno indescriptible. Hay senderos ya marcados, pero los fuimos acomodando a nuestras capacidades sin perdernos, eso sí, ninguna de las cataratas.

Y cuando ya estábamos agotados de tanto caminar y tanta belleza, resulta que nos acercamos a una esquina donde indicaba gruta. Había que bajar, por supuesto (y, peor aún, había que subir después), así que en principio nadie se animó inicialmente. Solo que después yo pensé que ya que estábamos allí (y a saber cuándo volvíamos de nuevo) merecía la pena probar. Y allí fui. Una escalera de escalones pequeños y peligrosos comenzaron a llevarme cara abajo, y más abajo y más. Empecé a arrepentirme de mi osadía, pero la escalera seguía bajando y cada vez a través de un hueco más estrecho y húmedo. Afortunadamente apareció una especie de terraza al exterior, donde estaba una pareja haciendo fotografía profesional con su cámara y sus trípodes. Pensé que hasta allí se llegaba, pero resulta que no, que de la esquina seguía bajando la escalera aún más. De perdidos al río, pensé y allí fui. Otra vez escalones y más escalones que me empezaron a asustar. Y así un buen rato hasta que, de pronto, se abrió una especie de ventana al interior de la gruta y quedé deslumbrado: qué hermosura de gruta, de colores reflejando en las gotas del agua el sol atardecido, de juegos de estalactitas y estalagmitas que no eran de hielo, sino de rocas transfiguradas en caprichosas y puntiagudas decoraciones. ¡Una hermosura! No me atreví a seguir bajando, cosa que sí hicieron después Juan Manuel y Celia hasta encontrar una salida que evitaba el tener que subir de nuevo la escalera. Cosa que sí tuve que hacer yo para avisarles de que merecía mucho la pena el esfuerzo. De todas formas llegué arriba con la arritmia puesta y casi sin poder tenerme en pie. Para mí, con ser tan extraordinario todo, la gruta fue lo más bonito y espectacular del parque.

 Tardamos en encontrarnos después porque su salida les había llevado por otro lado, pero es difícil perderse porque todo está muy bien indicado. Así que buscamos la salida y nos fuimos fuera, a esperar a nuestros amigos que se habían ido hacia el lago del espejo.

Y de allí, con tranquilidad a casa donde nos esperaba la cena a las 8 en punto de la noche, como en los países civilizados.

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