Los balnearios (al menos los de esta cadena de Relais Termal, que nosotros utilizamos) tienen sus rutinas. Primero resuelves el tema de los papeles y el pago (en nuestro caso, un poco más complejo, pues primero pagamos la noche como clientes libres y luego pagamos los días que estaremos como beneficiarios del IMSERSO). Pero como ya lo sabemos, lo llevamos bien. Ya en regla hemos de pasar por la visita médica que sirve para que le cuentes al doctor tus averías y él las anote y se olvide de ti salvo que te pase algo serio). Con su visto bueno, vas a la recepción del balneario donde te asignan el horario. Es un momento de pelea por conseguir que nos pongan juntos y, a poder ser, en los primeros turnos de la mañana. Su respuesta es siempre la misma, lo intentaré, pero no se lo puedo garantizar.
Se quedan con tus papeles para cuadrar los horarios y te citan para el final de la mañana. Nos fuimos a dar un paseo y volvimos a comprobar nuestra suerte. No fue mal, la verdad. Casi todos los días tenemos las sesiones a primera hora, salvo un par de días que se retrasan hasta las 11. La verdad es que de sesión de balneario es muy poco tiempo (45 minutos cada día en los cuales haces dos o tres cosas). Y se acabó tu compromiso con el agua. Claro que después te queda el lago para que vayas cuando quieras y todo el tiempo que quieras. Y también el gimnasio.
Y así se nos fue la mañana. Comida y siesta.
Por la tarde nos fuimos a Calatayud que está cerquita y bien comunicada. Nos centramos, sobre todo, en el centro histórico y la primera impresión fue que se trata de una ciudad venida a menos. Luego vimos que tiene un ensanche más moderno que mantiene el aire de ciudad digna, con el paseo de Cortes de Aragón como zona de encuentro y comercio. Con todo, la zona histórica está muy decadente. En la Plaza de España, centro de la ciudad, los edificios están deformados porque se van hundiendo (nos explicaron que por debajo de las casas había bodegas donde guardaban el vino y que, con el paso del tiempo y la falta de uso, esas bodegas han ido cediendo) y adoptan formas peligrosas, como si pudieran derrumbarse en cualquier momento.
A un costado de la plaza está el Museo de la Dolores (la famosa Dolores de la copla: Si vas a Calatayud… pregunta por la dolores… que es una chica muy guapa y amiga de hacer favores…) y nos gustó mucho. Antes los bilbilitanos se cabreaban cuando los turistas les preguntaban por la Dolores (vimos un cartel que decía: “Pregunta por la Dolores… si te atreves…”), pero ahora han sido listos y lo que han hecho ha sido montar un museo donde te cuentan su historia y puedes conocer los cientos de coplas, jotas, libros y versiones, incluso alguna película, que se han hecho sobre ella. Es una bonita combinación de música popular, historia y añoranzas.
Calatayud es una ciudad muy rica en iglesias. La principal es la colegiata de Sta. María que solo pudimos ver por fuera porque estaba cerrada. Impresionante nos pareció la Iglesia de San Juan el Real, de un gótico esplendoroso. También la de San Andrés con su torre mudéjar es un buen ejemplo de esta ciudad con un gran patrimonio artístico y religioso. No tuvimos ánimo para subir al Castillo de Ayud (de dónde le viene el nombre a la ciudad: en árabe: Qal’at Ayyub, la fortaleza de Ayyub), que queda en lo alto y es la imponente expresión del valor defensivo de la ciudad en la Edad Media.
Superada nuestra primera salida cultural, regresamos al balneario para cerrar el día con la cena y unas partiditas de rummikub. Y a dormir que mañana comienzan los baños.


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