Ni el calor, ni la galbana propia de estas fechas semifinales de curso lograron deslucir el hermoso espectáculo que se desarrolló ayer en la Facultad de Educación de Santiago como homenaje al profesor Caride. Pudo más el esfuerzo agradecido de quienes organizaron el acto a escondidas del homenajeado que las dificultades propias de un acto tan masivo y complejo. Y, al final, todo salió perfecto: mucha gente, mucha emoción, un gran homenaje.
Llamaba mucho la atención la diversidad de gentes reunidas en Santiago para agradecer y rendir homenaje a José Antonio. Gentes muy diversas en edad, en procedencia, en ámbito de actuación, pero todos y todas movidas por el deseo ferviente de estar presentes y poder expresar el cariño y reconocimiento que sienten por él. Cada uno lo conoció en momentos distintos, tuvo con él relaciones diferentes y, probablemente, tenía motivos diversos para estar allí, pero eso apenas se notaba porque todos coincidíamos en el mismo propósito de hacer patente nuestra adhesión sincera al homenaje.
Me encantó constatar, una vez más, la importancia de la mirada alargada que surgió de las intervenciones. Cada uno habló de su momento y su relación con Caride, pero cuando el propio homenajeado intervino, permitió entender aquel conjunto de episodios como una narrativa que tenía más que ver más con una trayectoria. Las personas y, por eso, también los docentes hacemos tareas y actos puntuales, pero somos una presencia que continúa y se desarrolla a lo largo de mucho tiempo, convirtiéndose en biografía. Somos una vida alargada que solo cobra sentido pleno cuando es vista así, con “luces largas”. Desde luego, todos los momentos que cada uno podemos recordar de Caride con especial cariño son valiosos, pero lo realmente memorable es ver cómo tales momentos o fases tienen una continuidad y definen una trayectoria vital. Esa mirada amplía la perspectiva que cada uno pueda tener y desplaza el reconocimiento de un punto o circunstancia específica a una forma de ser y de vivir. Caride es homenajeable porque hizo cosas valiosas, desde luego, pero lo es, sobre todo, porque toda su trayectoria está marcada por esa generosidad militante. Como sucede en el cine, no se le hace este homenaje por haber hecho una buena película, sino es el premio a toda una vida. Eso es lo que muestran estos homenajes: mucha gente hablando de cosas distintas, de momentos diferentes en lugares diferentes, de acciones variadas. Lo interesante no es verlo como una suma de teselas desperdigadas en el tiempo, sino como un paisaje unitario, un patchwork multicolor que adquiere sentido como conjunto, una narrativa que describe la vida y el valor de la persona a la que se homenajea.
Y así, cada quien desde personal mirador, fue destacando en Caride algunas de sus cualidades: su capacidad; su firmeza de convicciones; su liderazgo amable, próximo y respetuoso; su carisma como referente nacional e internacional; su tesón en promover la Educación Ambiental, primero, y la Pedagogía Social después; su capacidad para generar y mantener grupos; su bonomía. Y de paso, también fueron saliendo a la luz otros aspectos que no todos conocían: que canta bien, que toca la guitarra, que fue cantautor.
En fin, ayer quedó clara la doble dimensión que todos tenemos: esa disociación entre lo que somos como profesionales y lo que somos como personas. Aunque los organizadores quisieron montarlo como un evento mixto, lo personal desbordó y ganó por goleada a lo académico. Hubo mucha emoción, mucho cariño.
Y qué decir de la comida en el Ruta Jacobea. Pues que fue, como no podía ser menos, un estupendo colofón a una jornada plena de afectos: la comida exquisita, la atención estupenda, la conversación y el buen rollo ganando en afecto y decibelios a medida que iba avanzando el menú y disminuyendo el vino. El paso por las mesas de Caride, los cantos…muy emotivo todo. Yo me tuve que marchar un poco antes porque tenía que recoger a mis nietos del campamento donde pasan las mañanas. Me perdí la despedida que, supongo, sería interminable y marcada por el mismo tono de cariño y agradecimiento.
Y con esta idea del agradecimiento quisiera concluir este post. Hace ya tiempo que la gratitud constituye un factor vinculado al bienestar personal y colectivo. A través del ejercicio de la gratitud nuestro cerebro se entrena en reconocer lo que la vida y las personas tienen de valioso y se reduce el estrés y frustración que genera la tendencia a la negatividad. La gratitud, señalan los estudios, fortalece la sensación de bienestar y fortalece las relaciones interpersonales. En estos tiempos que corren, tanto en el mundo como en la universidad, creo que no nos viene mal generar cauces que potencien y canalicen la gratitud. Y mucha gratitud es lo que se sentía en el homenaje de ayer a Caride. Espero que, aparte de servir para resaltar los innumerables éxitos de José Antonio, el homenaje haya servido a la vez de terapia colectiva y salgamos con un chute de bienestar que nos dure todo el verano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario