miércoles, septiembre 17, 2008

Una palabra tuya


Lo que he ido a ver es “Una palabra tuya” de Ángeles González-Sinde (autora también del guiòn basado en la novela homónima de Elvira Lindo). Actúan en ella dos magníficas actrices españolas, Malena Alterio (borda su papel con una naturalidad y maestría admirables) y Esperanza Pedreño (también está bien, aunque en algunos momentos decae la credibilidad de su papel porque sobreactúa). El papel de galán lo hace Antonio de la Torre que hace un papel muy comedido y realista. Y una actriz espectacular, María Alfonsa Rosso, en un papel dificilísimo de madre mayor con Alzeimer.
La película está bien. Te entretiene y emociona. Dos chicas con poca suerte que afrontan la vida con alegría a pesar de tener que afrontar situaciones complejas y desbordantes. Es una película muy femenina: un canto a la potencia velada de las mujeres para afrontar con serenidad el gran reto de vivir. El guión no hace concesiones y van apareciendo en él todas las dimensiones que configuran la vida de una persona: la familia, el trabajo, la amistad, el sexo, la maternidad, la enfermedad, la droga, la muerte. Todo ello con matices amables, lo que hace más creíble la historia.
De todo lo que se va viendo, lo más bonito sin duda es la gran amistad (quizás sea más que eso, pero no cambiaría las cosas) que se crea entre las dos mujeres. Milagros llega a decirle a Rosario que si se suicida ella se suicidaría también. Como si sus vidas estuvieran unidas por un lazo más fuerte que las dificultades de la vida. La relación entre ellas es muy bonita, con toques de humor e ironía, pero con una profundidad plena. El hecho de que trabajen de barrenderas y por la noche añade un plus suspense y novedad a los ambientes. La fotografía también se hace especial cuando viajan a la aldea perdida en los valles.
En fin, cuenta una historia bonita con personajes muy bien definidos. Me vino bien para relajarme de tanto congreso y compromisos sociales. Así que mañana será otro día.

Si hoy es miércoles esto es Zaragoza.


Sigue este correcalles setembrino y, si no he calculado mal el orden de los días, hoy es miércoles y esto debe ser Zaragoza. La Zaragoza de mis buenos primeros momentos como estudiante. La Zaragoza de los múltiples viajes para dar cursos de formación de profesores. La Zaragoza reciente de la Expo (de la que, por cierto, aún no he escrito; espero hacerlo uno de estos días porque nos van a llevar de nuevo a visitarla).
Esta tarde ha comenzado el XIV Congreso Nacional de Pedagogía que organiza la Sociedad Española de Pedagogía de cuyo Consejo Ejecutivo formo parte. Hasta pasado mañana en que concluye mi periodo y elegiremos a nuestros sustitutos. Una cosa menos de la que preocuparse.
Bueno, pues eso, ya estoy en Zaragoza. Esta mañana tuve mi intervención en la Autónoma de Barcelona sobre la tutoría en la universidad. Quedó muy bien. Salí contento. Creo que ellos también. Y mañana me toca intervenir en el Congreso de Pedagogía. Con un tema difícil: la controvertida Educación para la Ciudadanía. Será una mesa redonda con gentes a favor y en contra. Yo, a favor, por supuesto. Espero no sulfurarme mucho si la polémica se aviva. Ya veremos.
No me gustan estos viajes tan rápidos. No disfrutas de las ciudades ni de las personas con las que te encuentras. No puedes asistir a las sesiones de los congresos en los que participas (cosa que me revienta porque parece un gesto de prepotencia, como si pensaras que los demás deben oírte porque eres importante y tú, en cambio, no tienes por qué escuchar lo que digan los demás). En fin, siempre he estado en contra de esos conferenciantes “gurú” que llegan, sueltan su rollo y se van. Me parece fatal. Y eso es lo que estoy empezando a hacer yo. Menos mal que ahora en Zaragoza voy a quedarme los tres días del congreso. Hasta he podido, por fin, sacar la ropa de la maleta porque hacerlo por una noche ni te compensa.
En este marco de idas y venidas hay momentos de agobio (no sabes por qué decidirte entre las muchas cosas que deberías hacer) en los que necesitas buscar una salida aunque sea paradójica. Una especie de huida de la situación para recuperar el ánimo. Eso me ha pasado hoy. Tendría que haber estado en la inauguración (de hecho han preguntado por mí) pero llegué tarde y me pareció mal incorporarme al vino español final. Después había una cena en la que me esperaban pero tampoco me apetecía demasiado cenar. Y he huido. Al cine, por supuesto.

martes, septiembre 16, 2008

La santidad y esas cosas.


Al caer la tarde y buscando una farmacia de guardia (sigo con el pico de alergia que no da respiro) me he acercado hasta la iglesia de San Felicísimo, en Deusto. Enfrente de san felicísimo, decía el cartelito de las farmacias de guardia. Y hasta allí me he ido dando un paseo. Con gusto. Es un lugar que me trae grandes recuerdos de mis años de estudio con los Pasionistas. Ya estaban cerrando pero he podido entrar en la iglesia. Todo sigue como hace cuarenta años. Y entonces me he dado de bruces con un rincón dedicado al Venerable Aita Patxi, un padre pasionista en proceso de canonización y con el que conviví durante un año en Angosto (Alava). Su habitación estaba cerquita de la mía. Y es raro sentir que uno ha convivido durante tanto tiempo con una persona a la que la gente venera como santo, que hace milagros y que acabará en los altares con una imagen. Pero te extraña, sobre todo lo que dicen de él sus panegiristas (hasta tiene una página WEB dedicada a contar sus milagros). Cosas un poco idiotas e irreales, como si todo hubiera sido muy celestial en sus vidas desde niños, como si estuvieran predestinados a ser santos. Más interesante (y clarificador) un artículo que le dedicó el país.com el 6 de Junio del 2006
De regreso al hotel he tratado de recordar aquellos días y aquella persona un poco rara con la que me cruzaba por el pasillo y con la que compartía comedor, iglesia, actos colectivos y patios (de patios poco, porque él no salía mucho). Y al final, lo que uno saca en limpio es que sus recuerdos no concuerdan con lo que estos escritos, un poco panolis, dicen. Según los hagiógrafos, hasta sus padres eran ya santos: “acudían a la iglesia con todos sus hijos, tanto a la mañana a la Misa como por la tarde al rosario y a la bendición con el Santísimo sin faltar nunca lloviera, granizara o nevara. Toda la familia rezaba el rosario cada tarde en casa. Con los pobres que acudían a la puerta de su casa eran muy atentos y caritativos” y lindezas por el estilo. Y luego todo sigue así, fue un muchacho devoto (por supuesto, monaguillo), tuvo vocación religiosa irrevocable, fue un seminarista ejemplar (“En este tiempo, dicen los textos, se distinguió por su exactitud y puntualidad en todos los actos comunes, por su recogimiento y fervor extraordinario, por su espíritu de austeridad y penitencia. Siempre estaba dispuesto a ayudar a cualquiera a terminar el oficio manual, porque él ya lo había terminado con antelación”).
En fin, un dechado de virtudes identificadas a posteriori como si eso fuera necesario para ser candidato a santo. Y es bastante probable que nada de eso fuera así, que todo fuera mucho más sencillo. Sexto hijo, entre 9, de una familia pobre de una pequeña aldea rural vizcaína no le quedaron muchas opciones si quería estudiar. Y se fue al seminario aprovechando la visita de alguno de aquellos religiosos “vocacioneros” (así se definían ellos mismos) que recorrían aldeas y escuelas intentando convencer a chicos y familias de que ir al seminario era algo apetecible. Eso fue lo que hicimos muchos de los chavales del País Vasco y Navarra (supongo que también en otras regiones) hasta bien entrados los 60. Eso le debió pasar a Patxi Gondra y sin tanta épica como intentan aportar sus panegirista (“En el pequeño santuario de Mañuas, el día 31 de julio de 1922, festividad de San Ignacio de Loyola, de regreso de San Juan de Gaztelugatxe, formando parte con los peregrinos de Arrieta, había entrado en la iglesia santuario de la Virgen a cantar la Salve; ante la mirada materna de la Virgen del Carmen, siente la llamada a la vida religiosa y promete a la Santísima Virgen hacerse religioso”). ¿Quién puede creerse ese rollo místico?. Las cosas son siempre mucho más sencillas.
De todas formas, ahí inició el ahora candidato a santo el mismo camino que yo recorrería 40 años después: ingreso en Gabiria (Guipúzcoa, un lugar precioso en un antiguo molino a la orilla del río, pero tan húmedo que resultaba insano) para los estudios primarios (en mi tiempo pasamos sólo un año en Gabiria, y luego nos llevaron a Euba, en Amorebieta, Vizcaya, para cursar hasta 6º de Bachillerato, del de antes). Después el noviciado en Angosto (Álava) donde yo coincidí con él, pues ya mayor lo destinaron allí en el año 66, el mismo en que llegaba yo tras acabar el bachillerato y con 17 años. Solo estuve un año allí pues al siguiente ya marchamos a Legazpi para hacer el PREU antes de iniciar los estudios de Filosofía. Luego yo dejé los frailes y le perdí la pista. Pero aquel año de convivencia me permite entender cuánta fantasía se echa en las biografías que se escriben a posteriori con el explícito deseo de enaltecer a alguien. Como sean así todas las biografías de santos, vamos buenos.
Él era un hombre taciturno y melancólico, al menos a los ojos de un chaval joven que llegaba lleno de energía y con ganas de comerse al mundo. Afortunadamente la idea de santidad de nuestros prefectos y directores espirituales había dado un giro de 180º. Aita Patxi (ya lo llamábamos nosotros así) iba siempre cabizbajo, no hablaba nunca (bueno no hablábamos nadie salvo en los momentos de recreo), rezaba mucho y, según decían, era muy sufridor. Iba siempre de sandalias aunque hacía un frío terrible (tenía los pies llenos de callos agrietados que daban grima). Sabíamos que, con frecuencia, llevaba cilicio en sus muslos y que por las noches se flagelaba con unos látigos. En aquella época eso ya estaba un poco pasado pero no era mal visto (algunos de mis compañeros también lo hacían) pero pertenecía a una ascética excesiva incluso para los pasionistas jóvenes. Iba siempre con su rosario y se le veía con mucha frecuencia sentado y meditando en un banco de la capilla.
Hoy, al repasar su biografía, me he encontrado con datos que no conocía y que me ayudan mucho a entender el por qué del proceso de canonización en el que está. Aita Patxi había sido capellán castrense de los gudaris vascos en la guerra civil. Y, me temo, ese mérito ha pesado en todo esto mucho más que todas sus oraciones y sacrificios de fraile. Para el clero nacionalista vasco (entre el que los pasionistas fueron una pieza clave) es todo un referente por su entrega a la causa de los gudaris. “Desertar es pecado” les gritaba Aita Patxi en la misa. Luego estuvo preso de los nacionales y, por lo que cuentan sus biógrafos se ofreció en varias ocasiones a morir en lugar de algunos condenados a muerte que eran padres de familia. Al acabar la guerra quedó libre y volvió al convento. Curiosamente esto no nos lo decían a nosotros. Nunca supe yo esa parte de su vida, ni se lo oí comentar a nadie durante aquel año. Y eso que yo coordinaba una especie de revistilla religiosa que se publicaba en Angosto y se repartía por todo el País Vasco. Hubiera sido una buena noticia que comentar.
En fin, ha sido una sorpresa. Y me ha hecho pensar en lo relativas que son todas las cosas, incluida la santidad. Y la verdad es que era una persona buena. Un poco rara (supongo que todos los santos lo fueron de una u otra manera y eso es lo que les hace distintos) y cerrada sobre sí misma, pero buena persona. Y sin más méritos que otras muchas personas con las que me he ido tropezando. No sé por qué se busca tanto ese modelo de santidad tan reconcentrado, tan centrado en uno mismo (aunque es verdad que él iba mucho a visitar enfermos y llevarles la comunión) y en la oración. Yo creo que ya entonces la gente joven valorábamos más otro tipo de cosas: la alegría, el compañerismo, la generosidad, el hacer cosas por los demás, etc.
Era buena persona Aita Patxi, ¡Dios me libre de decir lo contrario!, pero lo que cuentan en su biografía huele mucho a un meapilismo que, además, es innecesario. Ser buena persona ya es bastante duro y meritorio. Y eso es lo que le hace atractivo. En fin, no sé si se acordará de mí. Aunque si lo hace, probablemente pensará que me he desviado demasiado de su ejemplo y que no me vendría mal un poco de cilicio para compensar.

lunes, septiembre 15, 2008

Jesús Valverde


Comenzó la semana intensa y viajera. 7 ciudades en 10 días (Madrid, Priego, Bilbao, Barcelona, Zaragoza, Pamplona, de nuevo Bilbao, Sevilla y allá dentro de semana y media, el regreso a casa). Y entre tanto trajín viajero, 6 intervenciones sobre temas diferentes. Rompiendo todas mis promesas. Desatendiendo cualquier consejo de conducta saludable. Pero ahí vamos. A ver si llegamos al final. Y cómo, porque ahora mismo estoy con un ataque de alergia (los olivos andaluces) que casi no me tengo.
Lo que no me puedo quejar es de cómo ha comenzado. Una primera conferencia en Madrid el viernes en la Univ. Rey Juan Carlos. Hablé de la universidad como “ecosistema de aprendizaje y de vida”. De vida también, porque no solo se va a la universidad a estudiar. Sobre todo se vive. Y de eso iba realmente el Congreso. Los sistemas de acogida, acompañamiento y tutoría de los estudiantes. Pero, frente a la visión sobre todo burocrática que suele dársele a este tema, yo me empeñé en llevarlo a un ámbito más psicopedagógico. Y salió bien. Quedé contento. Y también los asistentes. De hecho, como suele pasar en estos casos, acabé la conferencia con 5 ó 6 invitaciones a diversas universidades. Pero ya voy aprendiendo. Les digo que me lo escriban por email. Así me doy tiempo y les doy tiempo a pensar.

Pero la parte académica del fin de semana fue lo menos importante de estos días. El jueves por la tarde matamos el rato paseando por Moratalaz y recordando los años felices que vivimos allí. Los años del trabajo con niños. Nuestros primeros años de matrimonio. ¡Qué jóvenes éramos entonces! Y con cuantas ilusiones. Pero estuvo bien, aunque la verdad todo ha cambiado mucho desde entonces. Nos pareció que entonces tenía más encanto. No sé, que lo veíamos con otros ojos.

Y después Genilla (una hermosa finca en Priego de Córdoba) para celebrar el 60 aniversario de nuestro amigo Jesús. Y ya es uno más que se integra en la cofradía de los sesentones donde poco a poco vamos a ir a acabar todos los amigos. Eso los hombres, porque las chicas se niegan en redondo a pasar por ese trance. Pero ya es interesante, ¿no?, que sigamos como amigos tras tantos años (38 exáctamente), desde que comenzamos nuestra carrera de Psicología. Nuestra vida en pandilla de amigos ha sido más larga que la que habíamos vivido sin conocernos. Y seguimos manteniendo el mismo cariño de entonces. Con más manías, desde luego (una manía por kilo, calculo yo, o sea que estamos dentro de los estándares de calidad europeos) pero igual de amigos. Pues allá nos reunimos gentes venidas de Madrid, de Valencia y nosotros de Santiago de Compostela. Le llenamos la casa a Jesús y hasta hicimos de ocupas en la casa de su hermano. Tuvimos experiencias novedosas, como dormir en un colchón de aire, Juan Manuel y Celia, que casi lesiona a nuestro amigo. Pero la principal de todas fue el hecho mismo de estar todos juntos dos días compartiendo conversación, mantel y ducha (que eso une mucho).

Celebramos la fiesta el sábado con todos los honores. Se nos unieron las amistades locales del Valverde y allí compartimos vinos y risas. Y canciones de los 60, como es menester (y estaba claro que aún nos ponen mucho más que las canciones modernas). Tendría que hablar aquí de Jesús en este día tan especial (para él y para nosotros), pero como me tocó hacerle el discursito de felicitación que quedo con lo dicho en él. Aquí va:

A JESUS VALVERDE CON CARIÑO

Ay Señor, señor quién lo iba a decir,
aquel Valverde coñón se nos hizo sesentón.


Es que han sido muchos años, señores,
desde aquellas discusiones sobre metafísica en Filosofía B
hasta los actuales intercambios sobre dolores varios.
¿Cuántos? Muchos. Unos 38, más o menos.

Ay Señor, señor quién lo iba a decir,
aquel Valverde coñón se nos hizo sesentón.

Son muchos años. Y dan para mucho. Cabe mucho en tanta vida
Desde La Pedriza a Genilla; desde Forteza a Cencillo; desde Somosagüas a Majandahonda… y de nuevo Genilla. Desde el Camping de Biescas a las cuestas de Carcasone. Y otra vez a Genilla. De Tafalla a Despeñaperros. Y otra vez a Genilla. Genilla siempre ahí, al principio, en medio y al final de cualquier camino. Porque en ella se concentra todo lo que de esforzado, caótico, sentimental y poeta que hay en Jesús. Genilla es la pacha-mama de nuestro Valverde. Y la noguera su principal esfinge.

Ay Señor, señor quién lo iba a decir,
aquel Valverde coñón se nos hizo sesentón.

Es que Jesús, me decía la noguera esta mañana, es como esos atardeceres (¿o debería decir amaneceres?) de estas tierras llenos de contrastes. Hay nubes oscuras y otras rojas; cielo abierto y encapotado; ruidos y silencios, relax y agitación. Un caleidoscopio de contrastes. Así es Jesús, me decía la noguera.
Ay Señor, señor quién lo iba a decir,
aquel Valverde coñón se nos hizo sesentón.

Un Jesús de claroscuros. Eso se parece bastante a la imagen de él nos hemos ido dibujando y corrigiendo a lo largo de estos muchos años. Una biografía llena de contrastes y matices. 60 años dan para mucho, para mucho de todo.
Hijo rebelde, estudiante brillante, novio soñador;
universitario inquieto, activista social comprometido, amante adelantado;
profesor entusiasta, concejal progresista, amante formalizado;
consumado rastreador del rastro, obrero de chapuza fina, churrero alabado, amante exigente;
visitador malquerido de cárceles, tocapelotas insistente de quien quiera que gobierne, amante maratoniano;
salvador de perdidos, escuchador de agobiados, predicador de aprendices ansiosos, amante experimentado;
viajador incansable y, a la vez, disfrutador sin límites del dolce far niente, amante puntilloso.
Y todo intensamente. Y todo repetidamente.

Ay Señor, señor quién lo iba a decir,
aquel Valverde coñón se nos hizo sesentón.

Lo dicho, una vida de contrastes. Les pasa a los que tienen la osadía de vivir intensamente, desear mucho, de buscar siempre. Para asombro de quienes caminamos por sendas más lineales, nuestro Jesús ha sido ex de todo lo que se puede ser ex (como marido, como político, como amante – en esto, incluso, reincidente- como tenista y casi, como académico pues ya está pensando en jubilarse). Y nunca será ex de lo que no se puede ser ex (de sus hijas, de su nieta, de su noguera, de sus amigos, de Genilla). Como escribe Esther Tusquets en su libro “¿Bingo?”, si alguna ventaja tiene llegar a los 60 es que “nos permite marcar una enorme distancia con la vida y darnos cuenta que hay muy pocas cosas importantes”.

Ay Señor, señor quién lo iba a decir,
aquel Valverde coñón se nos hizo sesentón.

Jesusillo, aquí nos tienes compartiendo contigo este 60 cumpleaños. Ayudándote a dar este paso iniciático que es como una nueva adolescencia. No tiene buena fama los 60 pero sus críticos exageran. Es un tiempo fantástico. Parte de los problemas que te han fastidiado los 50 se van al carajo y, en cambio, aparecen ventajas notables. Te importa un huevo mejorar tu currículo, ya lo tienes hecho. Te liberan de los primeros si te cogen de rehén. Nadie te pide que entres a rescatar personas en un edificio en llamas. Puedes apuntarte a las vacaciones del Inserso a unos precios muy competitivos. Ya no eres un hipocondríaco insufrible, ahora sí estás enfermo. Tus articulaciones pronostican el tiempo mejor que los telediarios. Tus secretos están seguros, ya no los recuerdas. Tus neuronas se reducen a una cantidad manejable. Corres menos riesgos de caer en el pecado de lujuria que en el de gula Y empiezas a rentabilizar en serio los años pagados a la Seguridad Social.

Ay Señor, señor quién lo iba a decir,
aquel Valverde coñón se nos hizo sesentón.


Ay Señor, señor quién nos lo iba a decir. Aquel Jesús devoto del Che en los 70, de Forteza en los 80, de Meneses en los 90 y de Ornella Mutti desde la primera comunión; el Jesús hijo, hermano, amigo, padre y abuelo (sobre todo abuelo); el Valverde de toda la vida se nos hizo sesentón. Y está bien. Él está bien. Hace un sesentón interesante. Menos fuerza pero más esfuerzo, menos vitalidad pero más inteligencia, menos orgullo pero más compasión, menos prisa pero más disfrute, menos dentadura pero más paladar, menos yo pero más nosotros.

Ay Señor, señor quién lo iba a decir,
aquel Valverde coñón se nos hizo sesentón.

Felicidades, Valverde. Solo queremos que sigas como siempre (tampoco es cosa de pedirte que cambies a estas alturas si no lo hemos conseguido en 60 años). Que sigas como siempre para ti y para nosotros.
Que nunca nos falte un sueño por el que luchar,
un proyecto que realizar,
algo que aprender,
un lugar a donde ir,
y alguien a quien querer ......

¡COMO SIEMPRE! ¡Felicidades, Jesús!

jueves, septiembre 11, 2008

Felicidades Pachín.

Hola hermano. No creas que por no estar tú aquí se nos va a olvidar que hoy es tu cumpleaños. Además con la iniciativa del calendario con las fotos de quien cumple años cada mes, nadie puede excusarse con escusas de falta de memoria. Y ahí está tu fotografía abriendo Septiembre. Y tu nombre llenando el día 11. Pues eso, felicidades, Pachín.
No sé cómo celebrareis los onomásticos en esa zona de estrellas y sueños a la que te retiraste pronto hará un año. Pero, seguramente, fuera ya del tiempo y de sus condiciones, la cosa ésta de los cumpleaños debe tener otro sentido. ¡Vete a saber cuál! Desde luego, seguro que lo de cumplir más años se acabó. Un pesar menos para el homenajeado. Los cumpleaños serían magníficos si no fuera por lo que es, que cargas con un año más, lo que al principio no es un problema pero a medida que se van amontonando empiezas a agobiarte. En tu caso tampoco eran tantos, al menos si los comparas con los míos, claro. Pero ya, ¡qué más da! Ojalá lo pases muy bien, hermanito. Estoy seguro de que en estos meses ya te habrás hecho con una buena pandilla (eras bueno en eso) para celebrar juntos estos días especiales.
Por aquí nosotros seguimos bien. Echándote mucho de menos. Y días tan señalados como éste siguen teniendo ese marchamo de tristeza contenida que no puedes evitar. Seguro que alguno de mis hermanos (y tuyos, claro) se ha pasado por el cementerio a hacerte una visitica y felicitarte de cerca. Yo me tendré que contentar con este homenaje virtual.
Elvira y yo hemos viajado esta tarde a Madrid, camino de Priego. Mañana nuestro amigo Jesús cumple 60 años y quiere celebrarlos con todos sus amigos. Por la mañana tengo una conferencia en una universidad de aquí y por la tarde saldremos en AVE para Andalucía. Así que hemos hecho una parada intermedia en Madrid. Y nos hemos ido a pasear por Moralataz, a recordar viejos tiempos. Tiempos que también te incluyen a ti, ¿recuerdas?. Pasaste aquí con nosotros una temporada. Feliz tú en la gran ciudad que se parecía poco a Tafalla. Todo muy original para ti, desde dejar Tafalla y la supervisión paterna para sustiruirla por una mucho más ligth del hermano mayor, hasta el tener que convivir con los niños de Protección de Menores que nosotros atendíamos.
Bueno hermanito, muchas felicidades. Tú sigue tan alegre, entusiasta y cariñoso como siempre. Ése es nuestro recuerdo y de él nos alimentamos. Dentro de unos días celebraremos el aniversario de aquel maladado día en que se rompió tu corazón. No va a ser fácil. Pero hoy es un día de alegría. Seguro que lo habrías celebrado (con excesos, como de costumbre) con los papás y también con tus hijas y Mila. La parte visible de esa celebración ya no puede ser. Pero nada nos impide sentirnos felices contigo. Hoy es día de festividad. Ya llegarán, en su día, los duelos.
Muchas felicidades, Javier.

martes, septiembre 09, 2008

Osama


Imposible dormir. Son las dos de la mañana y aquí estoy dándoles vueltas y más vueltas en mi cabeza a algunas de las escenas preciosas y terribles de esta hermosa película de Siddiq Barmak. Hermosa y perturbadora. Fue tan corta su duración en los cines comerciales que no conseguí verla en su estreno (diciembre de 2003). Hoy la han pasado por la segunda. Y aquí estoy, insomne y realmente angustiado.
Logra la película mantenerte en tensión durante todo el tiempo (aunque los puñeteros anuncios televisivos rompen constantemente el ritmo, y menos mal que era en la 2) y es como un juego contradictorio entre el ritmo lento del film y el suspense afectivo intenso en que vas viviendo la historia. Y es, a la vez, como una especie de agridulce balanceo entre la hermosura (una belleza inusual, rústica, simple, minimalista de los paisajes, las casas, las personas) y la violencia implícita que sobrevuela y encharca todo lo que sucede (la pobreza, la desesperanza, el trabajo, la convivencia, el fanatismo, el sexo, todo).
Los talibanes han prohibido trabajar a las mujeres. Así que la niña de la casa ha de disfrazarse de niño para poder ayudar a su familia, en la que solo quedan mujeres. Y ahí comienzan todas las angustias. La pobre criatura se ve metida en un papel y en una vida que no es la suya, que no entiende y en la que solo se ciernen peligros. Vive angustiada y transmite magníficamente esa angustia a quienes no podemos sino sentirnos metidos en su papel. Ella tiene un rostro hermoso, unos ojos profundos y vivos. Podría ser una niña feliz pero la convierten en una mártir.
Con todo, es curioso. Como la película pertenece a la vida real más que a una construcción fílmica artificial (hasta los actores son personas normales que el equipo de filmación fue seleccionando por las calles de Kabul), incluso esa violencia cultural va recubierta de una pátina de dulzura, de humanidad. Eso me ha perturbado mucho. Son violentas la madre y la abuela que la obligan a disfrazarse, los es inicialmente el niño que luego será su ángel de la guarda, los son los otros niños que la acosan inmisericordemente, lo son los maestros de la madraba, lo es el juez, lo es su forzado marido. Pero no es una violencia insensata, cruel, irracional como la que a veces aparece en otras películas. Aquí es la violencia de la vida, de personas que cuidan de ti, de quienes pretenden enseñarte una forma de vida. Incluso cuando la niña es perdonada por el juez y entregada como esposa a un mulá viejo y polígamo (lo que seguramente es más castigo que perdón, probriña), y los ves ir a los dos en el carro hacia su casa piensas, pobre cría tendrá que dejarse manosear por este vegestorio pero quizás eso sea lo menos malo para ella.
En fin, no me gustan los discursos feministas. No los creo, no los siento, no se corresponden con lo que ha sido mi vida entre mujeres, pero cuando ves esta película te vienen ganas de inscribirte inmediatamente en la congregación más dura de defensa de la mujer. Parece imposible que puedan existir cosas así en el S. XXI. Es imposible que ninguna religión o creencia pueda mantener un sistema tan desgarrador, de tanta violencia contra las mujeres. Le hace a uno entrar en contradicción con sus valores religiosos (cómo se pueden hacer esas cosas en nombre de un dios), con sus creencias pacifistas (hasta acabas viendo con buenos ojos la invasión del país), con su propia visión positiva de las personas, incluido en este caso los niños que ya se van socializando desde pequeños en ese sentimiento de ser superiores a las chicas, de poder despreciarlas.
En fin, una película preciosa. Quizás la pase a mis estudiantes este curso porque es una lección inmensa de discriminación y ruptura social. Me parece una actuación perfecta la que hace la niña Marina Golbahari (parece mentira que no sea actriz profesional). El guión es inmejorable, sin excesos innecesarios que quebrarían el sentido documental del film. El ritmo muy apropiado a una historia destinada a calarte fuerte. La fotografía hermosa con escenas de una sensibilidad y una belleza indescriptible: el carro marchando con la niña y su marido por calles de barro; los pies en la bicicleta; la niña colgada en el pozo; las mujeres prisioneras en sus burcas; los niños recitando el Corán a un ritmo frenético y con movimientos simétricos… muchas cosas.
Le deja a uno tocado y con un nudo de impotencia en el estómago, pero es una película impresionante. Toda una lección de humanidad y ciudadanía en lenguaje cinematográfico. Sin duda, se ha merecido los sucesivos premios que ha ido recibiendo.

martes, septiembre 02, 2008

De muros y fidelidades


De muros y fidelidades
Bueno, pues ya está. Todo llega a su final. Es lo malo y lo bueno de estos viajes. Con el rollo del jet lag y esas cosas tardas varios días en adaptarte y luego, cuando ya le vas cogiendo el tranquillo a la situación, es la hora de regresar. Pero está bien. También se echa mucho de menos el calor y la seguridad de la casa y la familia y tienes ganas de regresar. Y, además, aunque estés bien, no puedes dejar de sentir la presión de las cosas que tienes pendientes en el trabajo. Así que los regresos son como un crisol de sensaciones encontradas que se agolpan y te hacen sentir bien y mal a la vez.
Ayer tuve mi última intervención. También sobre registros y diarios. Era una escuela muy especial y con mucha fama en Sao Paulo. Creada por una señora muy rica para hijos de ricos. Ella se buscó una directora pedagógica excelente para diseñar un proyecto que fuera muy innovador y de alta calidad. Sin reparar en gastos: excelentes edificios, zona privilegiada a las afueras de S.Pablo (en Alfaville), pocos alumnos por aula, buen profesorado. En fin, unas condiciones magníficas. Y lo están haciendo bien. En concreto en el tema que yo he estado trabajando estos días en San Pablo. Están llevando a cabo un proyecto que incluye la realización de diarios en los que participan educadores y niños. Me encantó la idea. Ellos se enteraron de que yo estaba aquí y se empeñaron en que tuviera una tarde de trabajo con ellos. Y eso hice.
Pero no es eso por lo que cuento esto. Es una escuela cuyos alumnos, todos, provienen de urbanizaciones (condominios, los llaman aquí) que son como fortalezas de seguridad. Todas están rodeadas por un alto muro de cemento con sus alambradas electrificadas. Y los niños no salen nunca de allí, salvo para ir a la escuela que también está supervigilada. Toda su vida se reduce a una urbanización intramuros. Fuera es todo inseguridad, peligro, gente mala. Dentro están los otros niños con los que pueden jugar (supongo, salvo que tampoco salgan de su casa para tenerlos más protegidos). Me contaban que algunos de ellos van con guardaespaldas a la escuela y éste espera allí hasta que acaba el horario escolar. Nunca había visto una cosa así aunque me aseguraron que no es tan infrecuente. Lo sentí por los niños. Su horizonte acaba en un muro de cemento situado a pocos metros, una vida amurallada, como una cárcel de lujo. Y esa sensación de que el peligro se cierne por doquier. ¿Merece la pena ese estilo de vida por mucho dinero que se tenga? Y el hecho de relacionarte solo con niños y niñas que están en la misma condición, que tienen las mismas percepciones… ¡Menuda tarea educativa os queda por delante!, les dije a las educadoras. Lo sabemos, lo sabemos, me dijeron. Pero sigo aún en pleno shock. ¿Cómo se puede educar en valores a estos niños y niñas? ¿Cómo abrirles al mundo intenso, variado, complejo que está más allá de sus muros? ¿Cómo quebrar su inevitable tendencia al pijerío, a la autosuficiencia, al egocentrismo al que les conduce un contexto tan cerrado y elitista? En fin, no sé. Las educadoras me parecieron magníficas y con unas ideas muy claras (de hecho, la directora pedagógica renunció a llevar a sus hijas al colegio porque no le pareció coherente con los valores que ella y su esposo profesan). Ojalá acierten en la propuesta educativa.
Y al margen de esas consideraciones serias, hoy me he desayunado con una noticia cachonda. La Folha de S.Paulo dedica su apartado dedicado a la ciencia a un estudio de H. Wallum del Instituto Karolinska de Suecia en el que se muestran los resultados de un estudio sobre 2186 adultos casados o con relaciones estables. Total que han descubierto que existe una hormona, la vasopresina que condiciona la fidelidad de la pareja. Parece ser que la tal hormona se encarga de regular el equilibrio del agua en el cuerpo y actúa en zonas del cerebro relacionadas con el comportamiento reproductivo y la capacidad para establecer lazos afectivos excluyentes. O sea, que los hombres (ya tiene su coña que eso afecte sobre todo a los hombres) portadores de alteraciones genéticas en el “alelo 334” (no sé traducir lo de alelo, quizás sea par o algo así) tienen muchas más posibilidades de ser infieles. En fin, estaba claro que los pobres maridos que padecen alguna aventura extramatrimonial no lo hacen por irresponsabilidad o mala fe. Es el jodido alelo 334 que les está destrozando la vida.
Y, ¡cómo no!, el artículo del periódico venía ilustrado con una fotografía de Bill Clinton.

lunes, septiembre 01, 2008

Mañana de domingo en Sao Paulo.


Cualquiera con un poco de energía y de cabeza podría pensar que el domingo es un día especial para disfrutar del espacio donde te ubicas. Y si ese lugar es una gran ciudad, tan enorme como Sao Paulo, se abren tantas alternativas que, al final, te da pereza decidir. Hasta te asalta la tentación de quedarte tirado en la cama y dejar pasar el tiempo. Pero eso debe ser algo así como pecado de lesa inteligencia turística. ¡Santo cielo!, te grita tu otro yo desde dentro, ¿para una vez que estás aquí y con un día libre por delante y te vas a quedar así, sobando? Imperdonable.

Para ir desperezándome, he pedido en recepción el plano de la ciudad y la cosa resulta confusa. Pero se ve todo demasiado grande. No sabes dónde están los lugares atractivos, de esos de los que después puedes contar a los amigos. Me han dicho que Vila Madalena en el Este de la ciudad es un barrio muy bonito y agitado, pero más por la noche, así que descartado a estas horas. Creo que en el Parque de Ibirapuera se montan los domingos grandes grupos de personas haciendo ejercicio guiados por monitores. Podría ser una alternativa original. Yo estoy en la zona de Bella Vista, muy en el centro y también puede resultar interesante un paseo por la avenida Paulista (esa que dicen que se parece a un matrimonio porque se inicia en la plaza del Paraíso y acaba en la rúa de la Consolación). Pero es un paseo que ya he hecho muchas veces e incluso no sé si hoy domingo estará abierto el MASP (el museo de Arte de Sao Paulo que es una auténtica maravilla).

Afortunadamente, esta vez no voy a tener que resolver yo mis dilemas. Voy a tener la inmensa suerte de que dentro de un rato venga a buscarme un matrimonio amigo: él arquitecto y ella colega de Educación Infantil. No hay nada como recorrer S.Paulo de la mano de un arquictecto. Ya lo hicimos con él mismo hace 7 u 8 años un grupo de gentes de la Educación Infantil que habíamos participado en un Congreso (los Formosinho, Peter Moss, Chris Pascal y Tony Bertram, etc.) y aún tengo recuerdos imborrables de aquel recorrido. Y, sobre todo, esa sensación de que había una ciudad que tú nunca podrías llegar a ver aunque quisieras. Y ver que hay ciudades, como San Pablo, que tienen su propia lógica dentro del caos y que puedes llegar a entenderla si te la explica un experto. Así que esta mañana de domingo que podía quedarse en nada puede convertirse en una visita guiada de alta intensidad para ir a desvelar un poco más las entrañas de este monstruo de formas y materiales, de bloques infinitos y de vacios envolventes, que es San Pablo. Luego contaré mis descubrimientos de hoy.

….

Bueno, no estuvo mal. Esta vez fue la ciudad interior la que visitamos. Comenzando por el colegio de los Jesuitas que fue el lugar exacto donde San Pablo comenzó, su kilómetro cero. Muy interesante para ver sobre la maqueta cómo fue evolucionando la ciudad en sus orígenes y cómo desarrollaron un estilo de construcción a base de barro, estiércol y madera muy similar a la que se empleó también en España por aquella época. Hasta pudimos asistir a una pequeña representación sobre la llegada de Anchieta a la zona y sus primeros acuerdos con los caciques locales para defenderse de las otras tribus rivales que les atacaban.

Luego fuimos pasando por diversos lugares de la zona centro de la ciudad muy necesitada de rehabilitación y, sobre todo, de integración en las dinámicas ciudadanas. Hay mucho edificio oficial y oficinas que quedan vacías a media tarde. Todo queda muerto a partir de esa hora. Y eso convierte las calles en peligrosas, con lo cual todavía se vacían más. Ésa es la lógica que pretenden invertir con otro tipo de negocios y, sobre todo fomentando las viviendas normales en la zona. Además tiene espacios preciosos y conserva edificios espectaculares (comenzando por la cuadra ondulada de Oscar Niemeyer que se ha convertido en el símbolo de la ciudad)junto a otros ruinosos. En fin, es esa otra forma de ver las ciudades, cuando las piensas, te paras, escuchas lo que te cuenta un experto y acabas viendo cosas en las que nunca habías pensado.

También hemos pasado por varios museos. Uno construido en un edificio que en su momento fue centro de detención de las brigadas policiales y que ha sido reconstruida para servir de centro cultural. Muy interesante, sobre todo una zona que han reservado para recuperar la memoria histórica de esa época de la dictadura que tanto marcó a este país. Se conservan los calabozos donde se encerraba a los presos políticos y donde se les torturaba. Ahora están llenos de fotografías de personajes y artistas conocidos que pasaron por allí (incluyendo al propio Lula), de los documentos con los que fichaban a la gente, de recuerdos de los que vivieron aquellos días. Espectacular la fotografía de la gran manifestación que marcó el final de la dictadura donde todo el mundo se echó a la calle para exigir a gritos las elecciones directas. Y lo consiguieron. Sin baños de sangre, con ese estilo peculiar de ser de la gente brasileña.

También hemos pasado por la Pinacoteca. Ya había estado en ella, pero en esta oportunidad se exhibía una colección de pinturas de Taunay. Muy interesante ver cómo pasó del miniaturismo y los paisajes a las grandes obras presionado por los políticos de turno (la revolución y Bonaparte) que preferían cuadros grandes y que exaltaran el poder político. Ni los pintores se libran.

Y para cerrar con broche de oro una mañana tan cultural, no podía faltar una caipirinha seguida de una buena comida en el Roma. Fue una elección deliberada. Ellos (Vicente Paolillo y Vera Melis) porque descienden de italianos (como otros 6 millones de personas de esta ciudad según he podido saber, de forma que San Pablo es la mayor ciudad italiana del mundo) y yo porque ya echaba de menos comer una buena pasta.

En fin, ha sido un día magnífico que debo agradecer a este matrimonio amigo que combinan de maravilla la amabilidad de los buenos anfitriones y la pasión por San Pablo. Y yo, que ya me temía una jornada melancólica y aburrida, me he sentido, una vez más, afortunado. Es el Brasil que resulta imposible no amar.

Magníficos anfitriones

Bueno, mi trabajo en Sao Paulo ha concluido. Yo quisiera creer que con éxito. Nunca hasta ahora me había tocado dedicar tantos libros. Se hizo una cola inmensa de quienes querían mi firma en su libro de diarios u otros míos. El curso sobre diarios estuvo bien. No sobresaliente. Salió mejor en México, por ejemplo, porque era mucha menos gente y eso permitía hacer el trabajo más práctico. En todo caso el viernes estuvo mejor. Trabajamos sobre los sistemas de registro que estaban empleando diversas escuelas y eso hizo que la cosa fuera más dirigida a la práctica real. Ellos hablaron de su experiencia y yo les aporté primero mis comentarios a su trabajo y después hice una conferencia sobre el tema. El sábado estaba planteado como un “Seminario Internacional de Educación con el educador español MIGUEL ZABALZA” Así rezaba la propaganda. ¡Qué riquiños! Hasta le hacen sentirse a uno importante. El caso es que había ciento y muchas personas (algo extraordinario en San Pablo me dijeron, y más ocupando 8 horas del sábado).Lo hice lo mejor que pude, la verdad. Procuré que escribieran (primero cosas más banales y descriptivas y, poco a poco, cosas más personales), que leyeran lo que habían escrito, que estuvieran implicadas. Y ahí echamos el sábado. 8 horas trabajando sobre el tema de los diarios. Creo que les gustó (o eso comentaban). La cuestión es si habré animado a alguien a escribir su diario. Ojalá.

Pero lo que quisiera destacar aquí es lo bien que uno se siente en estos lugares. Venía sin conocer a nadie de los que me habían contactado. Creo que supieron de mí por la editora del libro de diarios. Me recogieron en el aeropuerto con un cartel con mi nombre. Podía resultar, por tanto, cualquier cosa. Pero han bastando dos días y es como si los conociera de toda la vida. Sientes enseguida ese aprecio y cariño especial que se transmite por mil vías: las miradas, los gestos, la conversación distendida y sobre cualquier tema, los roces, las bromas, el trato. Son unos magníficos anfitriones, con una inteligencia social que no he dejado de admirar desde que pisé por primera vez Brasil . A veces vas a sitios (nunca en América) donde sientes que, bueno, te han contratado para que hagas un trabajo y eso esperan de ti sin más condiciones, que cumplas tu contrato. Y todo queda en un plano formal y distante. Pero aquí no. Se desviven, sientes que te quieren (o por lo menos hacen que te sientas querido, que no es exactamente lo mismo pero también tiene su mérito) y desarman cualquier prevención que pudieras tener. Te hacen sentir importante (“profesor, me decía una profesora cuando le firmaba su libro, le necesitamos mucho, quédese más tiempo”, y yo, obviamente, con el ego goteando). ¡Cómo no vas a desear volver…!

jueves, agosto 28, 2008

Zoo humano.




Sao Paulo es, a primera vista, eso, un gran zoo humano. Sorprende, en primer lugar, por la cantidad, pero a nada que te fijas van apareciendo otras cualidades mucho más interesantes. Lo que se nota más es que uno entra en un enorme oasis de vida y movimiento. Primero te abruma (sobre todo el tráfico) y poco a poco vas descubriendo lo que puede suponer un enorme cúmulo de gentes. Y no solo como masa, sino como capacidad de trabajo, como alegría, como conversación (son muy habladores los paulistas), como riqueza humana.



Como señalaba ayer con la historia del accidente, lo que, a veces, olvidamos es la gran carga de historia y de vida que cada uno de nosotros llevamos detrás. Todo eso que nos hace distintos a los demás. Tanta historia y tanta vida detrás de cada persona con la que te cruzas. Las grandes masas (incluso nos pasa a los profesores cuando tenemos delante de nosotros grupos de alumnos muy numerosos) reflejan el falso panorama de gentes iguales, cortados por el mismo patrón. Y eso hacen los políticos y los periodistas y los tertulianos: hablan de la gente como un todo (los vascos, los catalanes, el pueblo, los jóvenes…). Pero resulta que no, que cada uno es distinto.



Por eso, lo del zoo. Es que somos una cosa parecida a un zoo diversificado. El otro día me contaba mi hijo que su avión se había retrasado (también era de Spanair, también los sacaron hasta la cabecera de pista de despegue y el piloto hizo volver el avión al aeropuerto porque detectó no sé qué avería y, al final, llegaron, ellos sí, con 4 horas de retraso). Los gracioso contaba él (eso fue el día anterior al accidente así que aún no había angustia de por medio) cómo enseguida, en la terminal, comenzaron a surgir los diversos tipos de caracteres de los pasajeros. Aparecieron los líderes tratando de conminar a los demás a una protesta en toda regla, los apaciguadores, los resignados, los deprimidos que enseguida temían lo peor, los ayudadores que trataban de consolar, los optimistas que aseguraban que habría de ser poco cosa, los políticos venidos a menos que enseguida sacaron conclusiones de alto alcance (aunque en esta ocasión no podían decir aquello de que “seguro que esto no les pasa a los catalanes”, porque, efectivamente, estaba pasando en Barcelona), los exigentes que enseguida se fueron a acribillar a las azafatas y reclamar el libro de reclamaciones, los pasotas… En fin, un zoo. La verdad es que cada uno somos únicos. Afortunadamente.



Bueno, en todo caso, esto venía a que mi primera impresión en Sao Paulo ha sido buena. Mucha gente. En otros momentos me hubiera agobiado. Hoy me ha parecido sublime. Claro que me he dado un paseo por la Avenida Paulista. Pero veía a todo el mundo tan metido en su papel, haciendo su trabajo, moviéndose de un lado para otro con su traje y sus carteras y haciéndolo con tanta energía que es fácil comprender por qué Brasil va tan bien. Y, al margen de eso, llama la atención, sobre todo, la alegría con la que ves a la gente. Charlatanes, sonrientes, amables. Te hacen sentir bien.



Hace ya tiempo que los edificios han dejado de admirarme. Pero no paro de descubrir lo interesantes que son las personas. Resulta trágico que solamente podamos descubrir ese interés cuando les pasa algo, cuando los perdemos.

Volando

Volar estos días es un acto de fe. Y no están los tiempos para confiar. Pero no te queda más remedio. Así que al mal tiempo buena cara y vamos a sonreir que así se nota menos el acojono.

La cuestión es que yo ya había perdido el miedo al avión. Despegar y aterrizar se habían convertido en una de esas rutinas que uno acepta con agrado. Siempre me dormía en los despegues. El arrullo de los motores y el cambio de presión en cabina me relajaban enormemente. Y me quedaba frito durante diez o quince minutos. Si hubiera volado el día del accidente, yo estaría seguramente dormido cuando el avión cayó. En fin, es difícil sacarse de la cabeza lo que debió ser ese momento para aquella gente. ¿Qué les pasaría por la cabeza?¿Sería todo rápido o tuvieron que sufrir durante mucho tiempo?¡Pobres!



¡Hay tanta vida en un avión! Cada avión es un mundo. Me he emocionado muchas veces viendo la alegría de los niños que viajan y sus preguntas y sorpresas constantes. Los padres con sus bebés pequeñísimos que, seguramente, llevan a sus familias para que los conozcan. Las parejas, los grupos de amigos vocingleros, los que van de turismo, los italianos que están siempre. Mucha gente y muchas historias. Se ha visto ahora con el accidente. ¡Cuántas historias emocionantes: los que perdieron el avión y se salvaron y los que adelantaron su viaje y murieron; los que venían o iban de viajes de novios; las familias enteras que regresaban de vacaciones; los bebés, uno de ellos viajando para ser bautizado en Canarias; el misionero que regresaba de Camerún para su descanso trianual. En fin, mil historias tan humanas y llenas de vida que sobrecoge pensar en ellas. ¡Cuánto habrían estado esperando ese viaje, deseándolo! Y allí estaba esperándolos el destino para romperlo todo. En fin, un desastre terrible.



Más terrible y temible aún si lo ves así, desde dentro. Miras a la gente que te rodea (hoy va el avión casi vacío y llevamos a un grupo grande de estudiantes brasileños que regresan de un curso de verano en Inglaterra) y te preguntas cuál será su historia, qué contarían de él o ella si cayéramos. Me habían puesto en una salida de emergencia pero he preferido cambiarme a una fila con todos los asientos para mí. Así que me he pasado la mayor parte del tiempo, hasta ahora, tumbado. No está mal, pero no es bussiness. El caso es que llevo al lado a un judío ortodoxo ya mayor. Seguro que tiene una gran historia tras de sí. Y por el otro lado un matrimonio. Y detrás una pareja de chicos jóvenes. Y en medio yo. ¿Qué dirían de nosotros? ¿Qué haría especial nuestra historia?



En fin, ya me doy cuenta de que no es un buen pensamiento para amenizar el viaje. Pero ya nos han pasado dos pelis (mediocres) y estamos en un intermedio un poco largo. Pero lo dejo, que parece que comienza otra. A ver si me distrae un poco de estas lucubraciones un poco tétricas.

jueves, agosto 21, 2008

Mar calmo.


Hoy el mar estaba calmo. Y hablador. Así que fue fácil entablar conversación con él mientras hacía mi paseo diario. El paseo marítimo (paseo del Sagrado Corazón le dicen algunos porque por allí se van cruzando los infartados con los pre-infartados y con algunos meros hipocondríacos como yo) es un lugar apacible y de fácil contacto con la gente. Y con el mar. Pero, a veces el mar está muy revuelto (¡la que montó hace un par de días!) y no se hace fácil mantener una conversación amigable con él. Hoy resultaba más próximo y susurrante.
Hola, me dijo, buen día para pasear, ¿verdad? Eso parece, le contesté, aunque está un poco nublado se pasea bien. Y a ti se te ve precioso, le dije para congraciarme con él y ser un poco asertivo, con un agua de azul intenso, unas olas susurrantes y espumosas, vamos tranquilo. Se te ve bien. Bueno, aceptó, ya sabes que en estas tierras la calma es un estado pasajero, lo mismo dentro de nada me empiezo a revolucionar. Sí, reconocí, porque hay que ver la que montaste el otro día. ¡Qué cosa exagerada! Yo soy la naturaleza, me contestó, y lo nuestro tiene reglas propias. Ya, le dije, pero así de repente arrasando con todo… Me dijo un socorrista que con aquellas olas gigantes desaparecieron todas las sillas de vigía que había en la playa, las pasarelas para minusválidos, la mitad de las hamacas, en fin, un desastre. Es lo que tiene esto, me dijo. A veces os olvidáis de las mareas vivas.
En fin, le dije por cambiar de conversación, hoy estás más tranquilo, un poco sucio (debe ser de los revolcones del otro día) pero calmo. Hoy es un buen día, reconoció. Hoy vendrá mucha gente a hacerte confidencias, le sugerí. Ayer fue un día terrible con un accidente de aviación horroroso que ha costado la vida a 150 personas. ¡Ah!, ya entiendo, dijo él, por eso se ve hoy a la gente más pensativa y como hablando en voz baja. Pues sí, le contesté, hoy necesitamos un mar calmo y comprensivo como la plaza en la que se refugiaba Nanni Moretti en su película del “caos calmo”; nosotros necesitaremos un mal calmo para sosegar el ánimo y poder decir en voz alta las muchas angustias que deberemos elaborar en relación al accidente. Hace poco vi una película, continué, en la que la gente con problemas iba donde el río y los contaba en voz alta y el río se llevaba los problemas. Era una terapia simple. Contigo podría ser también así, contarte las cosas y que tú te las lleves. Bueno, es lo que tú vienes haciendo desde hace tiempo, ¿no?, me contestó. No lo sé, le dije, ¿lo hacía? Yo creía que, simplemente les daba vueltas en mi cabeza mientras paseaba a tu lado. Para hablar al mar no hace falta hacerlo alto, me aclaró, en eso estamos más evolucionados que los ríos; además, con el ruido de las olas habría que gritar mucho y resultaría poco relajante. Bueno, bueno, está bien saberlo, acepté. Aprovecharé mis paseos para ir contándote cosas a ver si me das alguna idea.

Por cierto, le dije para ir concluyendo, el otro día te sorprendí en pleno arrebato amoroso con una roca de la orilla. Imaginaciones tuyas, me contestó. De eso nada, respondí, que tengo testigos. Cuando íbamos hacia el portiño estabas en plena fase de seducción con tus olas blancas, tus movimientos sexis y todo eso que sabes hacer, y al regreso ya estaba todo calmo de nuevo. Eres un cotilla y un voiyeur, me recriminó, pero ¿sabes?, fue lindo. Era una roca a la que conocía desde hace mucho tiempo, pero siempre la había visto como alguien frío y distante, demasiado rígida. Pero el otro día estaba simpática y juguetona. Estuvo bien.
Pues nada, que tengas una buena tarde. Y sé amable con quienes vengan hoy a sosegar su ánimo contigo. Siempre lo soy, me dijo.

sábado, agosto 16, 2008

MAMMA MIA



Si hoy me preguntaran qué es una buena película respondería, sin dudarlo, que aquella que hace feliz a la gente que va a verla. Pocas veces he visto salir a los espectadores tan sonrientes y satisfechos como hoy después de ver Mamma mia ( Phyllida Lloyd, 2008) Una auténtica delicia, un jolgorio constante. Te dan unas enormes ganas de saltar a escena a bailar con la gente. Se lo están pasando todos tan bien que te seducen.
Yo ya había visto el musical en un teatro (España debe ser uno de los 77 países donde se ha representado), pero en el cine ha sido distinto. Seguramente es el sonido fuerte y envolvente en que te sumerge la magia de los cines bien equipados. O los actores, bien conocidos todos ellos y que bordan sus papeles (sobre todo la incombustible Meryl Streep que sabe incorporar todos los matices posibles de un personaje complejo). O el paisaje (el gran ausente del teatro) que aquí es una isla griega paradisíaca. ¡Qué hermosos paisajes! Me ha impresionado la subida iluminada a la ermita donde Sophie ( la preciosa novia representada por Amanda Seyfried) debía casarse. Parecía de un cuento de hadas. Pero todo era hermoso, esa preciosa luz del Mediterráneo; el agua azul y transparente; las calitas perdidas entre acantilados; el hotel y el entorno en el que estaba construido; las vistas… Y la música de Abba, ¡qué maravilla!, ¡qué letras! Me emocionó la Streep madre cantando cómo va perdiendo a su hija que crece y construye su propia vida en "Slipping Through my Fingers", o dando por perdido su amor de juventud por Sam ( Pierce Brosman) en "The Winner Takes it All". También me ha emocionado “I have a dream”. Y qué decir de la contagiosa “The dancing’ Queen" o las bien conocidas de “Money, Money, Money" y "Mamma Mia!". En fin, un auténtico placer de los sentidos que nadie debería perderse.
La historia es simple pero muy bien llevada. La guionista, Catherine Johnson, es la misma que creó la historia del Musical. Una hija de soltera que se va a casar y le gustaría conocer a su padre para que pudiera acompañarle al altar. Ella descubre en el diario de su madre que nueve meses antes de ella nacer había tenido relaciones con tres hombres y los invita a su boda. Esperaba poder identificar fácilmente a su padre, pero no es así y se encuentra con el lío de que cualquiera de ellos puede ser su padre y a los tres les encantaría serlo. El final feliz ya se supone.
No está mal la historia para conmovernos sobre la importancia de la familia y el deseo de una hija por tener un padre (“siento que me falta algo”, dice ella). Todo el catálogo de amores y relaciones aparecen en la historia, que tiene una estética de fondo cuasi hippy con el amor y el sexo como opciones abiertas para los espíritus libres. Pero emocionan las relaciones entre madre e hija; las expectativas sobre el valor de una buena relación entre padre e hija; la relación entre los novios a punto de contraer matrimonio; las relaciones entre las amigas; etc. La película es, en el fondo, una historia coral sobre la amistad y el amor. Quizás es eso lo que la hace tan atrayente, tan sugestiva.
Pero dicho todo lo anterior, el gran acierto de guionistas y director es haber condensado tan enorme caudal de alegría contagiosa en las coreografías. Los ritmos seducen, los bailes te envuelven y te dan ganas de saltar a la pista y el final te sientes como en una nube de ensueños. Eso es lo que ha debido sentir el público que asistía hoy a la sesión (por cierto, el cine lleno lo que no deja de ser también otra alegría añadida) que se ha lanzado a aplaudir cuando ha finalizado.
Pues eso, he leído críticas que dicen que la película no justifica los 50 millones de dólares que ha costado, que es una cinta muy floja, que no merece la pena. ¡Vaya si lo merece! Te hace sentirte más feliz mientras la ves, sales del cine con una sensación de éxtasis y con la sonrisa en los labios. Y oyes a los que te rodean “preciosa, ¿verdad?, preciosa”.

domingo, agosto 10, 2008

La memoria de los peces.

Lo malo (y lo bueno, según como se mire) de los veranos pasados por agua es que uno va mucho al videoclub. Y acabas no encontrando nada que ya no hayas visto. Salvo esas pelis de terror, ciencia ficción, violencia bruta y otras milongas a las que uno es alérgico de nacimiento. A veces te olvidas de que ya has visto alguna pero te lo recuerda el encargado cuando la anota en tu cuenta “oiga, que ésta ya la llevó hace cinco meses”. En fin, poco a poco se van agotando las alternativas y te ves condenado a escoger lo que hay.
De las que hemos ido viendo estos días pasados, hubo algunas pasables. Me encantó, por ejemplo, CACHIMBA, una peli chilena de Silvio Caiozzi (2004) realmente entretenida. Además, los acentos me traían muy buenos recuerdos de las voces de amigos chilenos. Se diría que uno podría estar viviendo la historia del descubrimiento del museo personalmente. Pero lo de hoy ha sido más chungo. Me tropecé en la estantería con “La memoria de los peces” de Conrad Son, que además es el protagonista (aquí sí se hace cierto aquello de quien reparte se guarda para él la mejor parte) y una serie de actrices que no conocía de nada (Dora Venter, Jessica Fiorentino, Michelle Wild, Anastasia Mayo). Me dije, bueno, ésta tiene buena pinta. Además me sonaba de haber leído en algún sitio una crítica interesante a la película. Pero me extrañó que fuera española. Yo la hacía inglesa o irlandesa. De todas formas, parecía interesante. Además en la propaganda de la carátula se utilizaba la metáfora de la poca memoria de los peces para aplicarla a los hombres y a su escasa capacidad para mantener relaciones estables. Puede estar bien, pensé.
¿Bien? ¡Qué cosa, por dios! Menos mal que ya no tenemos niños en casa porque se me hubieran subido los colores. Resulta que era cine erótico. Unas tías estupendísimas y el director-protagonista (tampoco estaba mal según opiniones autorizadas) que se acostaba con todas ellas. ¡Qué marcha el tipo! Su esposa, su secretaria y la sustituta de la secretaria, una fotógrafa, una prostituta. Y todo sin solución de continuidad. Claro que él no debía pegar palo al agua, sobre todo porque no le quedaba tiempo. Y para complicarlo más, aún se comía el coco sobre si quería a la una o la otra, sobre si engañaba a su esposa o sólo estaba pasando una confusión pasajera. ¡Un morro que para qué!
Y a eso venía el título, a que los hombres tenemos menos memoria que los peces (parece que a ellos les dura 9 segundos su impresión y así pueden estar constantemente mirando fuera de la pecera y viendo cosas distintas, aunque siempre sea lo mismo). Esa parecía ser la moraleja de la película, muchas relaciones, mucho sexo (¡extraordinario el tipo, oye!) pero al final siempre es lo mismo. Un poco depre como mensaje, me parece a mí. En fin, una película con poca historia pero con mucho trasero y un buen surtido de suspiros. Eso sí, las chicas buenísimas. Y el director-protagonista-follador un tipo inagotable. Y calvo, lo que siempre sirve de estímulo a los idem.

Amores marinos


Fíjate, le dije al amigo que me acompañaba, los hemos sorprendido en pleno idilio. O eso parecía. La roca y el agua, allí mismo, a la vera del paseo marítimo. Resultaba precioso verlos.
El agua llegaba contoneándose, haciéndose la interesante, hacía ondas, se ocultaba, asomaba, a veces, pequeñas crestas de espuma, llegaba hasta cerca y se volvía a alejar. Todo un juego de seducción.
La roca estaba más seria, firmemente asentada en su puesto, con esa calma que, supongo, te da la seguridad de un amor cierto. Yo no le veía la cara, pero su gesto pachorrento hacía suponer una sonrisa de espera plácida, como la de quien ya se sabe en qué va a acabar todo. Y que acaba bien.
Y el juego seguía. La ola volvía, llegaba a los pies de la roca y jugueteaba con ellos, se los lamía suavemente. Y seguía avanzando, ahora ya con espuma. Las rodillas, la cintura, el pecho, la sugerencia de un beso en la cara. Y se volvía para atrás con un gesto de desdén calculado que aumentara el deseo del otro. Y al poco ya estaba allí de nuevo. Y así una y otra vez. Por momentos melosa y dulce y al poco excitada y exigente. Y mientras tanto, la roca se dejaba hacer. Feliz. Como quien no tiene prisa y sabe controlarse.
Tienen para rato, dijo mi amigo. Y seguimos nuestro paseo.
Cuando regresábamos volvimos la mirada hacia ellos de nuevo. El mar estaba calmo como una balsa de aceite. La roca parecía dormida. Qué tranquilidad, le dije al amigo. Es la depresión postcoitum, me contestó él.

miércoles, julio 30, 2008

Tropa de élite.


La verdad es que era una tarde para descansar. Buscaba un momento de tranquilidad. Y fui a acabar metido en el cine en un momento con pocas opciones apetecibles. Y así, de carambola, acabamos en Tropa de élite.
He de decir en mi descarga que adoro el cine brasileño. Debería decir que adoro Brasil, pero eso es demasiado general y redundante. Estos últimos años han ido apareciendo películas espectaculares. Unas por su violencia, otras por su apacibilidad, si es que existe esa palabra. Pero resulta inolvidable la experiencia de una Cidade de Deus, Carandirú entre las duras o Estación Central de Brasil, Os filhos de Francisco ou Viva Sao Joao entre las amables. Una delicia.
Bueno, la cosa es que la promesa de tarde tranquila se perturbó, como era de esperar con Tropa de élite, un film recién estrenado en España y que rezuma violencia por sus cuatro costados. Su director José Padilla ha querido hacer una semblanza del Brasil de bastidores, de ése que se siente pero no se ve, salvo por sus efectos trágicos y diarios. La película es todo ritmo y eso la hace absolutamente cautivadora como la violencia que describe. Dicen que la violencia es muy seductora (para los que la ejercen claro, no para los que la sufren), como uno esos juegos de riesgo, en los que sabes que cualquier error puede costarte la vida. Pero debe serlo aún más por esa vivencia palpable de poder que te hace sentir. Poder destruir al otro, convertirlo en nadie, ejercer sobre él/ella tu más sádica imaginación. Suena terrible. Pero debe ser verdad. De ahí la fascinación de los videojuegos violentos que tanto atraen a los jóvenes. Y así, la película te atrapa desde el principio. Uno puede desear quedarse un poco al margen, como una especie de voiyeur de tanta agresión pero es imposible, ahí estás tú metido en el ajo, salpicado por lo que estás viendo y casi no acabas de creer que pueda ser cierto.
Desde el punto de vista cinematográfico es todo un éxito tanto en lo que se refiere al ritmo, a la música, a la propia historia (con una voz en off permanente que te impide hacer tus propias lucubraciones y te va dando el sentido y la razón de cada movimiento de los personajes), a los personajes, a los ambientes. Todo está muy bien recreado en este film de Padilla.
La historia narra la lucha contra el narcotráfico en una favela de Rio de Janeiro. Podría ser una película de guerra (de hecho así describe la acción el protagonista: “mientras los narcotraficantes puedan armarse esto es una guerra”) pero es una película policial, con personajes más matizados, y psicológica, puesto que se van siguiendo los particulares avatares de cada uno de ellos en esta batalla que es exterior pero también interior. Todo entra allí, desde el papel de las ONGs, hasta la amistad, el poder, la traición, la muerte (mucha muerte: “cuando la BOP entra en una favela no es para morir es para matar” dice el protagonista), la vida (también hay mucha vida, incluido el nacimiento del hijo del policía duro), la violencia (mucha violencia), la corrupción (mucha corrupción), la docencia universitaria (con una visión acusadora del progresismo académico). En fin, tenía todos los recursos para contar una historia compleja y profunda sobre la subcultura del narcotráfico y la pobreza en Brasil.
Pero es, sobre todo, una película con mensaje. Un mensaje en milhojas, como los pasteles. La voz en off del protagonista se encarga de ir machacándote con sus principios e ideas. Él hace visible la doctrina que emborracha el pastel de la historia, para que no te equivoques y vayas a malinterpretar lo que allí pasa. Hay mucha doctrina en el film. Aunque la historia sea parecida a la de Cidade de Deus (aunque contada desde la perspectiva de la policía) la doctrina es bastante diversa. Se parte de la idea de la corrupción del sistema policial: las cosas están tan mal porque los que deberían velar porque estuvieran mejor se benefician de la situación (hay que recurrir a las donaciones de los narcos para poder arreglar los coches de la policía: un absurdo). También están mal porque los que no sufren directamente la situación (los ricos, los pijos, los intelectuales, los estudiantes) idealizan a los malos y demonizan a los buenos, la policía y el Estado. Y no solo eso, se permiten el lujo de liarse sus canutos y tomarse su droga: “mientras vosotros toméis droga los narcos podrán armarse”. Y si la situación está mal sólo la violencia es capaz de erradicar la violencia. Policías y narcos utilizan estrategias semejantes, armas semejantes, crueldad semejante. Ganará el que esté mejor preparado, el que sea más capaz de armarse de violencia. Cualquier otro camino (como el de las ONGs) es una pérdida de tiempo.
Se sale del cine con mal sabor de boca y muchas preguntas. Para los que somos alérgicos a cualquier muestra de violencia, toda la película es un exceso. Debe uno darse un chute de celesemine para recuperar el ánimo. Pero intelectualmente, es todo un desafío. Decía Rojas Marcos que para su entretenimiento la mente necesita de al menos dos pensamientos en conflicto. En ese caso, he de aceptar que fue una tarde agobiante pero entretenida. No dos, tenía 312 pensamiento en conflicto. Y aún siguen ahí después de varios días. Imposible de digerir tanto conflicto.

martes, julio 22, 2008

La felicidad


Resulta que, al final la felicidad era eso.
¡Qué gracioso!, se pasa uno la vida buscando la felicidad en grandes proyectos, en ideas brillantes, en compromisos intensos y eternos y resulta que no. Es todo mucho más sencillo. Más casual. Troceas una lima (lima de limón no de limar), la mezclas con azucar y con hielo bien machacadito, los riegas generosamente de cachaza y los mezclas en la coctelera preferentemente a un ritmo caribeño. Y ya está. Luego a disfrutar de tu caipirinha. Y a repetir si la cosa promete. Así de sencillo
¡Santo cielo! Pero si estaba ahí mismo, en la carpa de la Alameda, a la vista de todo el mundo. Imperdonable.
Añade a eso la rueda cubana que estaban bailando (y provocándo para que nos uniéramos a la fiesta) un par de exhuberantes mozas. Y que, a la segunda caipirinha les llegó el turno a un grupo de mariachis con menos gracia pero también contagiosos (¿quién se puede negar con la segunda caipirinha a vociferar a coro el “volver volver”?).
Lo que más me fastidia de todo esto es que yo ya lo sabía. Ya he vivido antes estas sensaciones. Pero lo tenía ahí olvidado en un rincón, oculto por tantas capas de agobios trascendentes. ¿Cuándo aprenderé?

martes, julio 08, 2008

¿Te pasa algo?



Es verdad eso de que cuanto más lo dejas pasar más te cuesta retomarlo. Pasa con el ejercicio físico y pasa con las relaciones. A mí me está pasando con el blog. Además le veo los morros que me está poniendo desde hace algún tiempo (no sé qué se estará figurando que pase) y eso también me echa para atrás. Voy a tener que explicarle toda la movida de estos días y se hace pesado. De todas formas, mi blog tiene mucha personalidad y no se corta mucho. Veo en sus ojos más preocupación que frustración. Supongo que ha llegado a la conclusión de que es más problema mío que suyo. Pero calculo que después de los desencuentros últimos, tampoco se atreve a decirme nada. Pero lleva escrita la pregunta en la mirada. ¿Pasa algo? ¿Estás bien?, parece decir cada vez que mira. Y yo solo puedo contestarle con otra mirada similar, agobiado, chico, agobiado; los finales de curso son una pesadilla, además llegas ya casando y tienes que guardar tu resto de fuerzas para tratar de sobrevivir. ¿Y por eso no escribes?, me ha parecido oir que me preguntaba. Sí, le dije, escribir exige tiempo y buen ánimo y ambas cosas escasean a estas alturas del curso. ¿Puedo hacer algo?, me dijo, antes escribir te relajaba. Es verdad, reconocí, no escribes porque estás agobiado y cada vez te vas agobiando más por no poder escribir. Ya, respondió condescendiente, pues si lo del agobio lo tiene ya asegurado qué más te da. Además estamos en San Fermín. Pídele que te eche un capote. No va a ser peor un blog que un toro de Cebada Gago. Y fíjate qué encierro hermoso han hecho hoy.

Quizás, pero yo donde debía estar es en la playa.

martes, junio 24, 2008

Caos calmo.


Nada mejor para un fin de semana de infarto. El jueves salí para Alicante a dar un curso. Tuve que buscarle hueco con forcex, como en los partos difíciles. Mi agenda de final de curso no admite ya ni una pajita. Menos mal que Felipe me echó una mano y compartimos el compromiso. Pero lo malo de todo esto es que luego llegas allí y son 12 personas a las que tampoco les va la vida por trabajar contigo. Supongo que también para ellos/as es un agobio más en el final del curso. En fin, te queda esa cara de perplejidad autoacusadora de quien se pasa la vida preguntándose “¿qué carajo hago yo aquí?”.Y además Alicante estaba insufrible esos días. Todo en obras, las calles cortadas por la plantà, miles de personas en sus fiestas de San Juan. Un auténtico desastre. Menos mal que el arroz a banda con almejas de El Dársena estaba exquisito.

Y de Alicante a Valencia. De boda. Y en un rato de espera, no pude resistir la tentación de meterme en el cine (los 35º de la calle también invitaban a escapar). Caos calmo, hermoso título y consigna muy adecuada para los momentos que yo estaba viviendo.

Muy interesante, empecemos por ahí. Y eso que a mí, Nanni Moretti no me seduce. Demasiado guapo. Excesivamente contenido. Es una historia que requiere de excesos, de hundirse hasta el final del pozo, de hacer visible la inevitable angustia interior. Pero él es todo contención. Es verdad que transmite muy bien que todo en él es un equilibrio inestable, un caos que mal que bien va controlando a través de rituales casi budistas (repetir compulsivamente listas de cosas, situaciones, personajes, ideas…).Pero todo parece demasiado perfecto, al menos por fuera. Casa mal con el supuesto infierno que él está viviendo por dentro.

La historia es simple y hermosa, aunque los guionistas han ido intercalando elementos que no siempre logra uno entender. Siempre me pregunto por qué se han introducido en el guión ciertas cosas. Alguna razón hay, supongo yo, pero no siempre es fácil entreverla. El protagonista pierde a su mujer en un accidente casero estúpido mientras él juega en la playa a la pelotita y salva de ahogarse a muchachas inconscientes. Tienen una hija pequeña que se convierte en una especie de salvavidas culpabilizante. Ése es el núcleo. Todo el resto es vivir con él su elaboración del duelo. Y eso es lo más hermoso y menos creíble de la historia.

El proceso de reconstruir una ruptura tan dramática es siempre una aventura que cada ser humano vive de una manera distinta. Pero pocas veces sucede con lógica. Tampoco en caos calmo. Moretti se aferra a su hija, quiere estar siempre junto a ella, la espera cada día y todo el día a la puerta del colegio, la convierte, pese a ella misma, en su columna de apoyo. Los hijos salvando a los padres de su propia autodestrucción. Es hermoso. Las tinieblas del adulto ceden protagonismo a la vida y la luz que transmiten los hijos. No es que ellos no sufran (algunos internautas poco sensibles critican la figura de la niña por insensible, pero no es cierto; el sufrimiento de los niños no se mide por su sonrisa externa sino por su desestructuración interna), lo hacen de otra manera. Además ella ha de cuidar de su padre, no puede bajar la guardia ni un momento. Eso sí, hay momentos en los que el guión le hace decir cosas que suenan poco a niña.
Luego, van pasando cosas a lo largo del film y de las esperas eternas que Moretti hace al pie de la clase de su hija. Es como en el programa de Cámera Café de Tele5. Cosas diversas, hermosas también en su diversidad abigarrada. Porque la vida sigue, aunque Moretti quiera dejarla de lado. Y como él no va a ella, es ella la que se acerca a él. Y ahí es donde sorprende el protagonista. Jodido hasta el infinito como está, aún conserva esa calma que le permite ayudar a los demás. Aporta componentes racionales a gente que sin sufrir lo que él ni como él, también están en posiciones muy inestables con respecto a su vida. Así que el caos no está tanto dentro del viudo, sino en la vida frenética y competitiva que llevamos los demás, los que estamos bien. A veces, esas paradas forzadas, dentro de su dramatismo, sirven para introducir calma en el caos que la vida nos organiza.
Creo que es una película que va a gustar a mucha gente. Aparte de lo guapareas que son los dos hermanos (Moretti y Gassman), la música está muy bien, la historia es dramática pero te serena, y para los menos convencionales, la secuencia erótica con entre Moretti y la Ferrari es muy estimulante (aunque no se entiende por qué tanto escándalo en el Vaticano).
En fin, a mí me ha gustado. Incluidos algunos tópicos muy italo-españoles (sólo mujeres esperando a sus hijos en el colegio, por ejemplo; sólo maestras en el colegio,; las peleas matrimoniales sus amigos), la imagen un poco boba del niño con síndrome Down, el magnífico perro (y su no menos espectacular dueña, que uno también se fija en eso) que se pasea a diario por el parque.
Pero me ha gustado, sobre todo, el ver que a pesar de los muchos problemas que todos tenemos, somos, en general, buena gente. La gente se abraza (esa imagen es la que le seduce a la chica del perro de lo que ella ve en la plaza: mucha gente abrazando al padre desolado; mucha gente con la que parece mantener una relación intensa), se ayuda (el viudo recuperado que le invita a spaguettis; el camarero que está pendiente de él; el hermano que se preocupa), está ahí aunque a veces no la sintamos. Eso mismo sentí yo en los tiempos de nuestro accidente de coche. Inicias el proceso en la más absoluta soledad y desamparo y poco a poco se va generando toda una red de apoyos que te lleva en volandas. Están ahí, saben de ti y harán todo lo que esté en su mano para ayudarte. Somos buena gente, en general. Aunque el caso de Moretti, es ya una exageración de bondad laica. Ser tan guapo y tan bueno… no debe ser fácil de llevar.

miércoles, junio 18, 2008

Adorable Brasil


El amor tiene que ser eso. Que digan cosas agradables sobre ti. Si son verdaderas o no, es una cuestión de menos peso (siempre es aceptable una exageración si te hace sentir bien). Creo que ya mencioné en otras ocasiones que mi teoría es que, al final, nos enamoramos de nosotros mismos. Nos enamoramos de aquellos que nos dicen cosas cariñosas, aquellos a los que les gustamos y que nos lo dicen. Es como un boomerang afectivo que al final regresa sobre uno mismo.
Y eso, creo, me pasa con Brasil. Por eso me enamoré del país desde que lo conocí. Te hacen sentirte bien allí, dicen cosas increibles de ti, te encuentras con gente tan amable y cariñosa que es capaz de recuperarte de cualquier depresión o tristeza. Cuando me preguntan, con mirada maliciosa, por qué viajo tanto a aquel país, debería decir eso: es que me quieren. Sólo que, entonces, seguramente no me creerían o malinterpretarían mis palabras. Pero es eso.

Estoy hablando de amores profesionales, por supuesto. Los otros pertenecen a otro negociado. La cosa es que he recibido un mensaje de mi amigo Antonio Novoa, rector de la Univ. de Lisboa que me cuenta que en su último viaje allí, se encontró con una revista brasileña (EDUCAÇAO) en que hablaban de ambos. Decían de nosotros que éramos una parte de los 10 pedagogos que han marcado el Siglo.“10 nombres cruciales para entender la educación contemporánea”. ¿Puede haber una exageración más agradable? Y en portada
Pues allí estoy yo (de décimo, claro, que casi me caigo de la lista). Y junto a nombres que te dejan sin respiración: Malaguzzi, Ferreiro, Brougère, Nóvoa. En fín, un premio tan inmerecido como gratificante. Pero así es el cariño. Lleno de exageraciones dispuestas a hacer feliz al otro. Los adoro. Pero si hasta han escogido para su caricatura una fotografía mía bien antigüa en la que aún tengo pelo y negro. Son un cielo.