lunes, abril 18, 2011

Tocando el fondo


Ha pasado un año, un año entero. Parece mentira. Se siente como si fuera ayer. Disminuye el dolor, se va apagando la pena pero queda ahí ese vacío inmenso, esa soledad. La ausencia que nos dejó. Con el paso de los días, las heridas dejan de sangrar pero no cicatrizan. Uno va entendiendo que lo que pasó tenía que pasar. La enfermedad y el sufrimiento se aliaron con la edad y todo se fue haciendo demasiado oscuro y triste. Disfrutaba pero solo a ratos y así, apenas si le merecía la pena seguir. Aquellas noches de los últimos meses, con la angustia cada vez que debía acostarse, con las llamadas constantes para que lo moviéramos, para que lo levantáramos y lo volviéramos a acostar. Se ahogaba el pobre. Se asustaba. Pero llegaba el día y parecía otro. Desayunaba, paseaba un poco, leía el periódico, charlaba, se relajaba. Comía poco, echaba su siesta y volvía a pasear la tarde. Luego la cena y, a veces, una partidica de cartas para concluir el día. Y así, entre medicaciones y rutinas iban pasando los días y llegaban las noches. Noches terribles. Y todo acabó en una de esas noches, hace hoy un año.

¿Sabes, papá? Lo peor del tiempo es cómo va erosionando la memoria. Hay cosas que no se olvidan y quedan ahí bien nítidas, con todos sus detalles. Los detalles de aquella medianoche final, siguen ahí con todo su dolor. No es fácil de olvidar. Incluso siendo todo muy natural, sin dramatismos excesivos, sin sorpresas, supuestamente sin dolor. Pudimos estar contigo en ese tránsito y eso es probablemente un regalo final que nos hiciste. En cambio, hay otros recuerdos que se van diluyendo en la memoria. Tu rostro, tus gestos, tu mirada. Esas cosas de detalle que estaban llenas de matices. Estoy seguro que si escuchara tu voz la reconocería de inmediato, pero a veces me quedo pensando en tu cara y es como si me faltaran detalles, piezas del puzle para poder componer el retrato completo. Por eso la necesidad de volver cada poco a tu fotografía y quedarse mirándote para reencontrarse con esos ojitos serenos y vivos; la piel tersa, la frente ancha; el gesto tranquilo y cariñoso; la media sonrisa siempre puesta. Pero lo malo del tiempo es eso, te deja lo fundamental pero pierdes los detalles. Y los detalles, a veces, son tan importantes…

En fin, hoy hace un año. El primer año sin ti, papá. Luego vendrán otros. Supongo que las heridas irán cicatrizando y nuestros ánimos se irán relajando. Pero no quisiera perder los detalles. Y como en los ordenadores, necesitaré refrescarlos. Pero será un placer, porque lo más rico de los recuerdos que tengo de ti radican en esos detalles: tu rostro, tu gesto, tu sonrisa, tu mirada. También tu tacto cariñoso, pero eso corre menos riesgo de olvidarse.

¿Sabes otra cosa, papá? Compartes aniversario con Gabriel Celaya, uno de nuestros mejores poetas. Ya sé que tú no eras mucho de poesía, pero quién sabe cómo son las cosas por ahí. Quizás os guste disfrutar de todo bello. En cualquier caso, la poesía apacigua los ánimos y eso es, justamente lo que necesitamos hoy. De él son aquellos versos que dicen:


Poesía para el pobre, poesía necesaria


como el pan de cada día,


como el aire que exigimos trece veces por minuto,


para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.


Pero el que más me gusta, el que me acompañó en aquellos días tristes de hace un año, cuando me sentía perdido y sentía que, otra vez, había tocado fondo. El verso dice:


Porque vivimos a golpes,


porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos,


nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.


Estamos tocando el fondo. Estamos tocando fondo.


Y entonces, con cara de paciencia me dirías: "pues si has tocado fondo, ya sabes lo que toca. Ahora p'arriba".


CORTEO

No podíamos dejarlo pasar. Después de haber asistido hace un par de años a Saltimbanco, nos enamoramos de ellos. Reconozco que llegamos tarde. Me he ido encontrando con muchísimas personas que llevaban años en un estado similar. Así que en cuanto nos enteramos que volvía Le Cirque du Soleil con otro espectáculo, Corteo, fue fácil decidir que no podíamos dejarlo pasar. Y eso que actuaban en Madrid, lo que significaba planear un viaje de dos días, con hotel, restaurantes y toda la parafernalia. ¡Una pasta! Los amigos madrileños se animaron también y eso fue mejor pues pudimos compartir la alegría de una noche de circo y todo lo que le rodea. Lo primero que llama la atención es la enorme procesión humana que desde una hora antes se va acercando a la enorme carpa. Un lugar difícil de encontrar en Madrid, en la zona de la Puerta del Ángel, en una esquina de la Casa de Campo. Así que quien más quien menos, tuvimos que preguntar varias veces hasta llegar allí. Era divertido ver la cara de resignación de los vecinos de la zona, cansados de responder siempre a la misma pregunta (que se la hacían en diversos idiomas, además). Al final, allí estaba la carpa. Las carpas, pues eran varias. Teníamos unos buenos puestos, ni tan cerca que pierdes la vista de conjunto (eso fue lo que nos pasara la vez anterior) ni tan lejos que pierdas los matices. Y comenzó el espectáculo y nos aprestamos a dejar de pensar en otras cosas para sumirnos en la magia de movimiento, luces y colores del escenario. Según raza la propaganda, CORTEO, el espectáculo creado por el italiano Danielle Finzi (se nota mucho su sentido italiano) tiende ser una historia en la que se mezcle lo espiritual (eso, al fin, es lo que pretende la magia) y lo real; el mas allá de la muerte (por eso la escenografía se basa mucho en ángeles) y la vida, lo dramático y lo cotidiano; lo grande (el payaso enorme, un argentino, mide 2,80) y lo pequeño (la pareja de personas pequeñas). Y logran bien ese mundo de contrastes por el que te van llevando. De forma parecida definen el espectáculo sus propios creadores:



"Mediante la yuxtaposición de lo grande con lo pequeño, lo ridículo con lo trágico y la magia de la perfección con el encanto de la imperfección, el espectáculo pone de manifiesto la fuerza y la fragilidad del payaso, así como su sabiduría y su bondad, para ilustrar la porción de humanidad que se encuentra dentro de cada uno de nosotros”.




Comienza con tres grandes lámparas iluminando el escenario y la simulación de la muerte de un payaso a quien los ángeles suministran, cómo no, su primer juego de alas XXL. Y así, como en una especie de flashback sobre su vida, nos vamos encontrando con los sucesivos números de circo y de sus intermedios (esos movimientos de escena cuyo sentido es entretenernos mientras pasamos de un número a otro).


Comentábamos allí que el circo antes eran los animales extraños que podías ver haciendo cosas extrañas, los atletas y equilibristas, los payasos. Todo era evidente y se jugaba con lo extraordinario. Todo eso cambia mucho en El Circo del Sol. Aquí lo importante es la coreografía y el mundo mágico que en cada momento se crea. Lo importante son los detalles y la conjunción entre ellos para formar escenas que parecen cuadros de artistas consumados. Lo importante es sobre todo ese gran movimiento coral que desarrollan los actores: parecen un ejército que se van agrupando según cada número y que corren por el escenario, se agrupan, se separan, mueven cosas, hacen malabarismo. Es como una máquina de relojería en el que cada uno ha de saber el segundo exacto en que le toca intervenir. Es algo que no puede dejar de maravillarte. Más, desde luego que ver a un elefante que levanta sus patas traseras.


Pero lo que realmente me entusiasma de estos montajes es el ritmo y la perfección con que van desarrollando cada uno de los pasos que se van sucediendo. Seguro que no soy original si digo que el Circo del Sol es, ante todo, un mundo de luces, sonidos y ropas que transmiten sensaciones estéticas inenarrables. Y si quisiera profundizar aún más, lo que me entusiasma más que ninguna otra cosa, es esa alegría de vivir que son capaces de transmitir. Se les ve contentos, como personas que disfrutan de lo que hacen, que disfrutan haciendo disfrutar a los demás. Y eso se transmite en sus sonrisas, en sus ojos brillantes, en esos pequeños gestos que son capaces de hacerte sonreír. Me encantaron los caballos de disfraz, sobre todo ella tan coqueta y con esos pasos desesfadados por el escenario. Y luego están los artistas que van apareciendo. En esta ocasión, los números quizás no hayan sido tan buenos como en Saltimbanco, pero eso no significa que no fueran excelentes todos los que actuaron. Quizás es que después de ver ese tipo de números en otros espectáculos ya te asombran menos. Pero los equilibristas, el alma del circo, estuvieron soberbios, tanto ellos recogiéndolas y enviándolas, como las muchachas volando a muchos pies sobre el escenario. También fueron magníficos los movimientos sobre las camas, sobre las lámparas, la chicha que soportaba a su partenair de un brazo o un pie (en algún momento pensé que podría desgarrarse la pobre en aquella postura tan forzada de colgar de un pie y sostener con el otro al gimnasta y moverse ambos como diablos. Los juegos combinados sobre barras fijas, sobre aros, sobre cintas. En fin, todo muy espectacular. Y pese a todo, lo que te llega más dentro, es esa alegría inmensa que te hace sentirte mejor. Esa estética preciosista del detalle bien conjugado. Se diría que lo hacen tan bien por oficio. Pero hay algo más en aquello. Es terapéutico, es amable. Estoy seguro que hasta genera endorfinas que, según dicen, es lo más de lo más.

domingo, abril 10, 2011

EN UN MUNDO MEJOR

Hay películas que puede dejarte indiferente. Te lo pasas bien, en general, pero el disfrute es eso: el buen rato que te han hecho pasar, la forma agradable en que puedes escaparte por un rato de los agobios del día a día para vivir los agobios de otros o disfrutar con sus disfrutes. Aunque solo sea por eso, merece mucho la pena no dejar de ir al cine. Resulta terapéutico. Pero hay veces en las que la película que acabas de ver te sorprende, te interroga, te genera esa sensación de reto intelectual o vital que se queda ahí, ronroneando en tu cabeza y en tu cuerpo. En un mundo mejor de la directora danesa Susanne Bier (ya es su doceava película de éxito, ésta Oscar 2011 a la mejor película extrajera) pasa justamente eso: te recrea con imágenes y paisajes bellísimos, te hace interrogarte con algunas escenas de documental ecologista que te perturban pero, sobre todo, te questiona moralmente sobre dilemas morales y formas posibles de resolver situaciones conflictivas de la vida cotidiana. No puedes dejar de preguntarte, ¿qué haría yo en un caso similar?

La película cuenta con un hermoso guión en el que van entrando muchas cosas de la vida: el amor, la violencia, la vida en pareja, los ideales altruistas, la enfermedad, la agresión sin sentido, la escuela. Cuenta con una fotografía espectacular. Y el ritmo de la historia, en la que se van mezclando imágenes en Africa con imágenes en Europa, te mantiene en tensión durante las casi dos horas que dura. Mikael Persbrandt, el protagonista, hace un papel espectacular. Y los dos niños resultan perfectamente creíbles.


La historia es bonita y cuenta la evolución de dos familias a través de sus hijos adolescentes. Una de las familias acaba de perder a la madre por un cáncer y el padre e hijo se van a la casa de la abuela una granja preciosa. En la otra familia, de padres médicos, ambos están separados por alguna infidelidad anterior de él, que se ha ido a África de médico solidario. Los dos adolescentes se encuentran en la escuela donde uno de ellos sufre el acoso inmisericorde de los típicos matones y sus pandillas que lo desprecian y someten a vejaciones diarias. Él va resistiendo el acoso como puedo pero sin enfrentarse a ellos. Cuando lo ve su nuevo compañero, menos proclive a reacciones pacíficas, la cosa revierte y el matón resulta gravemente herido y amenazado de muerte por el nuevo escolar. En su opinión: No se puede respetar a los que no se hacen respetar y no soporta a los que se rinden. La siguiente situación de violencia se produce durante una visita del padre médico. En un momento su hijo más pequeño se pelea con otro crío porque ambos querían un columpio. El médico corre al lugar y separa a los niños, situación que el padre del otro pequeño ve desde su coche y salé furioso para enfrentarse al el médico por haber tocado a su hijo. No sólo le insulta de palabra sino que le empuja y golpea delante de los otros hermanos adolescentes. Pero el padre médico no responde y eso los chavales no lo entienden. Trata de convencerlos pero no lo logra, con lo cual vuelve con ellos a donde el padre agresivo trabaja para encararse con él y hacerle ver que con la violencia no se gana nada. Quiere que le pida disculpas pero no solamente no lo logra sino que consigue nuevos mamporros para escándalo del hijo adolescente y su amigo. No es fácil, está claro, defender la no violencia en contextos violentos. Y menos ante adolescentes. Así que los chavales deciden actuar por su cuenta y hacerle pagar las deudas al padre agresivo destruyendo su coche con unas bombas que han aprendido a hacer en Internet utilizando restos de pólvora que han encontrado en la granja.


Mientras tanto, el padre médico y defensor de la no violencia debe enfrentarse en Africa a situaciones que le generan un enorme dilema moral: si debe curar a un sanguinario cacique que juega con la vida de las personas y es capaz de rajar a una embarazada para saber quién ha ganado porque ha apostado si será niño o niña. Pese a las presiones de los hombres y mujeres del campamento, decide curarlo pero exige que aleje hombres y armas del campamento. Pero tampoco el gordo asesino aprende la lección y propone violar ya muerta a una de las muchachas que maltrató y que no pudo superar las heridas. Eso descompone al médico que lo arroja del hospital dejándolo en manos de la turba que lo lincha.

Las cosas en casa no van mejor. Los niños siguen adelante con su plan. Construyen la bomba y se la colocan al coche pero no prevén la posibilidad de que alguien pase por allí y uno de ellos, el niño antes acosado, acaba muy malherido al querer salvar a una madre y su hija que hacían footing.


Llegada la historia a ese punto se empiezan a recoger velas y reflexiones de unos y otros. La película tiene un final feliz (salvo en el caso del matón africano) y quizás eso sea lo más ficticio de todo el film. Pero está bien porque las lecciones morales no deben asumirse por temor a las desgracias que puedan estar vinculadas a ellas (sería una malísima pedagogía) sino por su propio sentido y valor.


Hay cosas interesantes en el film. Algunas que me afectan de una manera muy especial: el acoso escolar de los matones y la forma en que los orientadores y la dirección de la escuela minusvaloran el problema. Lo conocen, saben quién lo causa, pero prefieren mirar a otra parte: no hay pruebas claras, no hay denuncias. Incluso llegan a sugerir que puede ser problema del propio acosado por la situación familiar de separación que tienen sus padres. Y cuando el problema se agrava vuelven a desentenderse porque ya es mucho para ellos. Ahí sí le vienen a uno ganas de volverse agresivo y recurrir a la violencia. Porque lo que la escuela hace es otra forma de violencia por inhibición y bobaliconería. Muy bonita es la forma árdua en que el matrimonio separado se reconquista. Sobre todo el esfuerzo del padre, quien por otra parte debió ser quien creó el problema. Pero ese ir poco a poco, siempre pidiendo disculpas, siempre respetando los sentimientos de ella que no se sentía capaz de perdonar, es muy interesante y aleccionador. También lo es la forma en que el padre viudo recupera el aprecio de su hijo, un candidato a psicópata resentido. Sin muchos recursos, teniendo que ocultar su propia insatisfacción personal a favor de la madre muerta, tragándose las insolencias de su hijo. Pero, al final, lo consigue.

Y cuando sales del cine sigues llevando en tu espíritu el retrogusto de cuando has ido pensando. Sigue quedando el aire el gran dilema. El mundo sería mejor sin violencia. Nadie lo duda. Pero no es fácil renunciar a la violencia en contextos violentos. Y, por otra parte, siempre serán violentos si nadie renuncia a la violencia. No es fácil, la verdad.

domingo, marzo 20, 2011

´Los padres.

Hay fechas especiales. Hoy es una de ellas. Al menos quienes hemos tenido la fortuna de tener hijos, te sientes bien cuando te llaman para felicitarte y decirte unas palabras amables. No son grandes conversaciones sobre la paternidad y esas cosas. Tampoco haría falta. Que se acuerden y que telefoneen ya es bastante. Un placer.
Y eso que en el telediario de alguna de las cadenas preguntaron a unos cuantos niños por qué eran importantes sus "papás" y las cosas que dijeron eran fruslerías: porque les llevaban a los sitios, porque les ayudaban con los deberes, porque les veían jugar al fútbol. Aún eran pequeñitos, así que espero que la vida les vaya dando mejores razones, pero si no resulta bastante frustrante.
Los míos han cumplido bien con el compromiso. Mediada la mañana ya se habían puesto al día. Ya digo, un placer. Pero eso me ha puesto melancólico. Porque uno es padre pero también es hijo. O lo fue. Y así, celebrando el placer de ser padre se han hecho presentes las notalgias del ser hijo. Un hijo que ha perdido a su padre.
Pues sí, papá, también a mí me hubiera gustado estar este día contigo para celebrarlo juntos como lo habíamos hecho desde hace tantos años. Este va a ser nuestro primer año sin reunirnos todos los hermanos contigo. Ya se había convertido en una tradición ese viaje del día del padre. Y lo pasábamos bien. Tampoco nos hacía falta decirte muchas cosas ni hacer grandes discursos. El hecho mismo de tenernos todos a tu alrededor era la mayor alegría que podíamos darte. Este año no va a poder ser. Y no sabes cómo lo echo de menos. El tenerte cerca, el comer todos juntos entre risas, las caricias disimuladas, la copica final y la partida de mus. Hemos perdido tantas cosas...
Espero que sea Pachín, (él también padre e hijo, incluso abuelo) quien te acompañe hoy en representación de todos. Él era de los que sentían más fuertemente esa bendición de tener a su padre cerca, cariñoso y siempre disponible. El sabrá cómo hacerlo. Espero que lo paseis muy bien y que os acordeis de todos nosotros que, desde esta otra parte de la vida, también os recordaremos. Muchas felicidades papá.
No sé si decirlo con tristeza o con alegría. Duele seguir sientiendo tan intensamente tu ausencia. La llamada de mis hijos esta mañana me puso, a la vez, alegre u triste. Pero bueno, supongo que las cosas tienen que ser así. Eso de ser padre e hijo a la vez debe ser eso, una mezcla de alegrías y tristezas, de esperanzas y de nostalgias. Tú debiste pasar por eso y supongo que sentirías la misma ambivalencia. Hoy me ha tocado a mí. Pero, ¿sabes?, también a los que ahora son nuestros hijos van a pasar por eso. Michel será padre en Mayo y también él albergará esa doble personalidad de padre e hijo. Es lo bonito de la vida, que la vamos construyendo entre todos, generación a generación.
En precioso ser padre. Era maravilloso ser hijo (afortunadamente aún lo seguimos siendo y espero que por mucho tiempo, aunque la Salo se empeña en prevenirnos que le quedan pocas celebraciones). Pero lo milagroso es ver cómo unos nos vamos sucediendo a otros, cómo vamos cumpliendo plazos y, al final, todo se mezcla. Es la vida. Un milagro.
En fin, hijos, gracias por acordaros del día del padre. Y tú, papi, felicidades por tantos años de paternidad amable y respetuosa.

viernes, marzo 18, 2011

VOLVER AL BLOG


¿Sabes qué?, me ha dicho, estás raro. Tienes que volver al blog. Se nota que te rondan las ideas y las cosas que te gustaría contar, pero algo te tiene obturado. Como si tuvieras el cañón de tu carabina torcido y temieras que los disparos se volvieran contra ti. Tú estás mal de la cabeza, he tenido que decirle. ¡Vaya metáforas macabras se te ocurren! ¿De veras piensas que mi problema es querer dispararle a alguien? ¡Estás mal, en serio!

El blog, que es más sensato, creo que ha acertado más. ¡Déjalo estar, ha dicho él, a veces conviene retirarse a los cuartos interiores y mirar para otro lado! Dejar de escribir es como correr las cortinas de la habitación donde desarrollas tu intimidad y sustraerte a las miradas ajenas. El blog es un buen amigo, se nota. De esos que no se molestan si no les llamas porque ya saben que el aprecio sigue igual, sólo que con menos letras.

De todas maneras, me apetece volver al blog después de tanto tiempo de silencio. Ni siquiera sé si tendré algo de qué hablar. Los silencios crean vacíos e inseguridades. Al final, acabas acostumbrándote a no pensar o a pensar sólo para ti sin esa perspectiva de contar lo que te preocupa o ilusiona. Parece como que estuvieras perdiendo perspectiva, espacio, aire. Como si se te fuera achicando tu mundo y acabaras en la pecera de tus propios límites. Si algo tienen de interesante las tecnologías es que permiten abrir espacios. Dicen que corres el peligro de encerrarte con tu ordenador y romper con el mundo. Pero, al menos a mí, me pasa lo contrario. Sin esta ventana del blog me sofoco con mis propios pensamientos a los que no logro dar salida. Al final, no importa si alguien lo lee o no. Importa que eres tú el que está ahí, la ventana abierta, el pulmón expandido, superando el muro que impone la individualidad. Vas a sitios, conoces gente, te cuentan cosas.

La verdad es que nunca te vas del todo. No sé cómo lo viven los demás, pero me siento cerca de quienes dicen que tener un blog es como tener un amante. Me figuro (de eso uno nunca sabe mucho) que volver a escribir es como volver a la casa de tu amante. Sabes dónde está, tienes la llave, puedes moverte con soltura por espacios ya transitados. Cierto que corres el riesgo de que quien antes te esperaba ya no lo haga. Los amores son fluidos en estos tiempos en loe que todo es bastante transitorio. Pero yo sé que mi blog no es de esos. Él está ahí siempre. Se enfurruña un poco cuando lo desatiendo, como en este caso. Pero luego se le pasa y lo pasamos bien los dos.


Oye, me acaba de cortar el blog aprovechando que hablaba de él, ¿y no te hubiera sido más fácil volver a escribir comentando una película? Esta primera entrada se está convirtiendo en una sesión de catarsis. Ya, he tenido que confesarle, puede que tengas razón. Debe ser que estoy leyendo “el Psicoanalista” de John Katzenbach y se me debe estar pegando eso de comerse el coco. Pero mira, ya he cumplido mi objetivo. Aquí estamos juntos de nuevo, no?

lunes, enero 17, 2011

Flamenco con Carmen Linares


Es difícil de explicar lo que se siente. El cante es eso, música que te va envolviendo como esa especie de humo artificial con el que se empeñan ahora en adornar los escenarios. Ella cantaba, sentada firme allá en el fondo y la música iba creciendo, haciéndose una nube que te envolvía. No puedes pensar, no merece la pena. Basta con dejarte ir y que la música te lleve.
Antes de comenzar dijo unas palabras y tenía la voz tan casposa que pensé que venía enferma como quien sale de una gripe. Pero no era eso. Ésa era su voz de estropajo para que sus lamentos sonaran como los rugidos del aire que debe zigzaguear entre rocas. Fantástico.
No sé mucho de flamenco. Supongo que hay que nacer en Andalucía para que la piel no sirva de obstáculo y el sonido te llegue al alma. A mí me pasa eso con las jotas, que se me pone carne de gallina, que puedo echarme a llorar en cualquier momento. Pero, fíjate, el flamenco es tan contagioso que no resulta difícil, incluso para legos, meterse en él y dejarse llevar. Y si quien lo canta es Carmen Linares, el placer estético está servido.
La cosa es que se celebra en Compostela "Sons da diversidade" un clico musical que ha ido madurando en los últimos 6 años y que cada convocatoria nos sorprende con cosas nuevas y maravillosas. El mundo está cruzado por culturas musicales tan distintas y tan ricas que merece la pena vivir la experiencia de disfrutar de ellas. Y dentro de ese gran caleidoscopio de sonidos, hoy le tocaba el turno al flamenco, con Carmen Linares como gran protagonista.

En las dos últimas décadas, el cante flamenco de mujer lleva el nombre de Carmen Linares”, así comenzaba el programa de la sesión de hoy. Y con esto sucede como con el cine. Cuando ves una gran película inmediatamente piensas que será seleccionada para los Oscars. Escuchando hoy a Carmen también entiendes que el piropo de los organizadores de la gala no es exagerado.

La sesión ha tenido un poco de todo. Ella fue pasando por casi todos los palos: bulerías, canto de las minas (los más espectaculares), bulerías, cantigas romeras, granainas y rondeñas, alegrías, etc. Carmen venía acompañada de dos guitarristas, dos palmeros y un percusionista. Magníficos todos. Impresionante el ritmo que tiene la gente del flamenco, cómo se combinan, cómo se bifurcan siguiendo cada uno el suyo, cómo se complementan. ¡Es tan potente el ritmo flamenco, tan absorbente, tan imposible (el follón que se puede armar con unas palmas y unos taconazos)…! Uno de los palmeros, además, bailó. ¡Qué energía y ritmo! Le fue fácil tenernos a todos embobaos, que le interrumpiéramos a cada poco con aplausos (el pobre se quedaba quieto con la posturita ya marcada, como una estatua en movimiento, hasta que acabáramos de aplaudir).
Las letras no suelen ser el fuerte del flamenco. Perdón, supongo que para los enterados serán un auténtico maná intelectual. Pero no es fácil seguir el hilo. Cuenta más la connotación, el tono, la intensidad que la semántica, pienso yo. Pero Carmen canta a poetas y eso engrandece su guión. Por allí pasaron García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Miguel Hernández, Bergamín, Machado. Preciosa la letra de Lorca: “El río Guadalquivir va entre naranjos y olivos…”. Pero a mí me ha impresionado otra que venía a decir más o menos: “Será que no sé contar, será que me sobran penas, que cuando cuento mis penas, me salen penas de más”. La he tenido que apuntar a oscuras para que no se me olvidara. Me parece estupenda.
En fin, una tarde de domingo diferente. Y muy interesante. Quedas con ese regustillo de haber disfrutado mucho. Aunque no sea fácil contarlo. Ya lo veis.

miércoles, enero 12, 2011

Berta.


Berta. Nuestra Berta.
Vaya por adelantado que lo de nuestra es un decir, aunque algo nos tocará a los abuelos, digo yo. Pero no vayamos a comenzar con malentendidos. Berta es en primer lugar de sus papás y luego, un poquito también de los abuelos. Un poquito. Una vez, siendo estudiante en Zaragoza, se me ocurrió decir a una compañera de guateque “mi chica” (expresión cariñosa en Navarra) y se me puso como una fiera, como si el “mi” en lugar de cariño significara posesión. Pues eso, "nuestra" significa que la queremos y que la esperamos con mucha ilusión.
Nuestra Berta. Curioso. Antes los niños venían “con un pan bajo el brazo”, ahora llegan con un blog (http://bertapasoapso.blogspot.com/ ) y un pedigrí ya documentado. Va a ser una auténtica bebé iPod. ¡A ver cómo hacemos los abuelos para que después le gusten los cuentos tradicionales en papel! Y las aventuras de abuelo que voy guardando para ella, sobre mi pueblico Saigós, sobre mi escuela del siglo pasado, sobre la mili, sobre su padre de chiquito, ¿qué hago con ellas? Bueno, también puedo enviárselas a través mensajes electrónicos, aunque no sé si será lo mismo.
Nuestra Berta. Bendita criatura. Aún apenas concebida fue ya una gran noticia. Esas cosas que normalmente se llevan en secreto hasta que la barriga de la mamá empieza a abultarse, en ella se hicieron públicas pronto. Y así, pudimos festejar su presencia también pronto. Total, que comenzó rompiendo las reglas antes de nacer. No quiero ni pensar cómo va a ser la cosa cuando llegue a la adolescencia.
Nuestra Berta. Ahora todo es distinto. Hemos seguido con intensidad y mucha ilusión cada fase del proceso intrauterino. Estamos en tiempos de trasparencia y un poco de voyeurismo. Menos mal que aún sigue siendo íntimo el momento de la concepción, aunque seguro que a las cámaras de Gran Hermano tampoco les importaría completar la documentación. La cosa es hacer visible lo que siempre fue una caja negra (sabíamos que dentro pasaban cosas, aunque no sabíamos cuáles y, sobre todo, cómo funcionaban). Estamos perdiendo esa capacidad de aceptar el misterio, de diferir el deseo. Ahora necesitamos verlo todo en imágenes, cuanto más realistas mejor. Al lado de la casa de Coruña, las hacen ya en tres dimensiones. Osea, que casi se podrá tocar. Dentro de poco, hasta les harán entrevistas antes de nacer. Es como si no nos creyéramos las cosas si no las vemos. Menos mal que la información realista no mata la ilusión sino que la matiza. Y, en este caso hace crecer la fantasía. Lo tienen peor sus papás que se dedican a eso y saben leer las imágenes con ojos de especialista. Para los demás, ver a Berta, en esa imagen borrosa es imaginársela. Se le ve-imagina el cuerpo, la cabecita, la mano. Y ahí podemos imaginarla saludando con su manita a quienes podamos verla desde el otro lado de la ecografía. Parece que hace el gesto americano del O.K. con puño cerrado y el pulgar abierto hacia arriba. Debe ser que todo está bien por allí adentro, que le llegan los suministros con regularidad y que la crisis apenas se nota. Pero al ritmo que van las cosas, esa satisfacción le va a durar poco a la pobre porque enseguida se va a enterar de lo que significa vivir en un local bien estrecho sin apenas poder moverse. Y va a ser peor aún cuando le llegue la orden de deshaucio y tenga que dejar a la fuerza su alojamiento. La vida es dura, Berta, corazón, pero verás que merece la pena.
Nuestra Berta. Pues nada, pichurrita, aquí estamos a tu espera. Ya queda poco para Mayo ( que también es mi mes y el de varios de mis hermanos y sobrinos; va a ser un mes lleno de cumples). Todos esperamos que las cosas sigan igual de bien hasta el final. Con un papá médico y una mamá matrona ellos se preocuparán de que así sea. Estate atenta a lo que te digan y verás que todo sale bien.

Bueno, corazón, tu papá te va contando cosas y poniendo fotografías en tu blog para que las veas en cuanto tus avances en la Educación Infantil te lo permitan. Se le ve cada vez más ilusionado. Fíjate que le vas cambiando desde antes de nacer. Antes era mucho más reservado. El abuelo también te contará cosas en el suyo. Papá sabe más de Medicina y de esas cosas importantes, pero yo sé más de niños y tengo cosa muy divertidas que contarte. Ya verás, lo vamos a pasar guay.

lunes, enero 10, 2011

También la lluvia

En el cine hay películas de las que sales feliz. A veces es una felicidad puramente orgánica. La cosa ésa de las endorfinas, supongo. Otras veces es una felicidad más intelectual, como la que suelen producir las películas de Woody Allen. También hay veces en las que te levantas de la butaca de mala leche. En ocasiones porque te sientes estafado, ves que has perdido dos horas asistiendo a una historia chorra y casi con vergüenza ajena por el director y los actores metidos en proyectos tan estúpidos. Otras veces la mala leche viene de la historia y las imágenes que acabas de ver. La película ha sido extraordinaria pero la historia te deja conmovido y exhausto emocional e intelectualmente. Eso es lo que pasa con También la lluvia, que sales malherido del cine.
Iciar Bollain ha logrado una película excelente. Ha jugado de manera magistral con esa opción de hacer cine sobre cine, igual que otros han hecho teatro sobre el teatro o literatura sobre la literatura. La película trata del proceso de elaboración de una película en Bolivia a donde se desplazan productores y actores desde España. Pero luego la historia está tan bien entramada, el guión es tan perfecto (Paul Laberty, el compañero sentimental de Iciar ha sido el genial guinista) que logra entrecruzar tres historias unidas por la misma temática: la explotación de los indígenas y su rebeldía.
El tema de la película a grabar en Bolivia era la conquista de Cristobal Colón y la historia que se entrecruza con ella es la historia de una revuelta de los indígenas bolivianos de Cochabamba cuando en 2004 contra una multinacional que se ha hecho con la gestión y venta del agua. En el fondo de ambas historias, decía la Bollaín en una entrevista, está la resistencia: los indígenas del S.XV resistieron a Colon, los actuales resisten las injusticias del neoliberalismo capitalista.
Aunque la directora había hecho hasta ahora sólo películas sobre mujeres y basándose en actrices, ésta es una película con hombres. También hay mujeres pero en papeles muy secundarios. Los auténticos protagonistas son 4 magníficos actores sobre los que descansa la historia: Luis Tosar que hace el papel de productor de la película que se va a rodar y está expléndido como siempre; Gael García Bernal que va a Bolivia de director del film; Karra Elejalde, destinado a hacer de Colón y que sorprende por la forma en que encara su papel y por esa voz profunda y estropajosa que tiene; y el actor boliviano Juan Carlos Aduviri que hace de indígena y es, probablemente, el mejor de todos, pues durante toda la cinta te hace sentir que él no es actor, que han escogido a personajes reales de la calle para construir una historia más realista. Y es una película, además, a lo grande (5 millones de euros, y eso en Bolivia), de las que ya no se hacen. Moviendo auténticas masas humanas: 130 personas en su equipo, 4.000 extras, cerca de 300 indígenas.
La fotografía es excelente (más en lo que presentan de trozos del futuro film ya montados que cuando se desarrolla como documental), aunque las escenas de la protesta final contra el gobierno son de un realismo insuperable. Uno se piensa que está viendo un telediario. El rodaje en la selva con todos sus problemas climatológicos y de composición de la escenografía es espectacular. También el ritmo en el que van contando y entrelazando las historias está muy logrado. En realidad el guión está hecho con una inteligencia que deja claro que por detrás hay un maestro de ese oficio. Y, luego, hay escenas de un realismo y escabrosidad insuperables. Son como esas patadas en la entrepierna que te dejan doblado y con la respiración entrecortada: los perros persiguiendo a los indígenas, los castigos a quienes no han reunido el oro exigido, las madres con sus hijos en el río, la violencia policial. En fin, eso que decía de una gran película que te remueve hasta lo más profundo.
Otra cosa es la interpretación que se hace de la historia. La mezcla de un hecho real reciente (la protesta por el agua y supongo que bien documentado) con episodios históricos de hace 7 siglos y recreados a partir de algunos documentos y mucha imaginación es peligrosa. Siempre lo es pretender juzgar hechos históricos con criterios actuales. Nada ni nadie se salvaría. Ya resulta bien difícil intentar juzgar los hechos actuales porque siempre se encuentra uno con posiciones muy diferentes. Así que pretender hacerlo con hechos históricos resulta terrible. Pero parece estar de moda esa tendencia a revisar la historia (a revisitarla, se dice ahora, pero no es que se vaya de visita para ver lo que hay, sino que lo que se pretende es reconstruirla), sobre todo en lo que se refiere al descubrimiento y conquista de América. Es como si tuviéramos un fuerte sentimiento de culpabilidad ancestral del que precisáramos recuperarnos reconociendo nuestras culpas. Difícil saber si las cosas fueron así o no, pero seguro que hubo momentos malos y otros buenos; momentos crueles y otros de apoyo y compasión. Y que esos momentos fueron protagonizados por unos y por otros. Cierto que en situaciones en las que el equilibrio del poder es muy desigual, quienes más vulnerables resultan son los débiles.
Duele hurgar tanto en esas heridas. Supongo que hay partidarios de hacerlo porque le atribuyen cualidades terapéuticas pero yo no creo en eso. Simplemente se abren heridas. En mis frecuentes viajes por Iberoamérica me he encontrado, sobre todo en algunos países (Perú y México, en mi experiencia, pero calculo que lo mismo sucede en otros que no conozco como Venezuela, Bolivia, etc.) mucho resquemor por la historia. Para muchos, este tipo de reconstrucciones literarias o cinematográficas no son piezas artísticas imaginadas, sino documentos históricos que cuentan las cosas exactamente como fueron. El cine suple a la realidad y convierte en un hecho actual algo sucedido hace 7 siglos. Ése es el poder del cine que provoca una especie de psicosis individual y colectiva pues te involucra tanto en los hechos que narra que los vives como si fueran verdad. Eso es la psicosis: vivir como real algo que es imaginado. No es peligrosa cuando uno es capaz de recuperarse al salir del cine y volver, de nuevo, de la ficción a la realidad. Pero no siempre es fácil. Y cuanto mejor construida esté la ficción, cuanto más te cueste ver que es ficción, más difícil resulta el regreso. Acabo de leer en Internet la protesta de un tipo mejicano porque su país, según él, censuró la película También la lluvia para el festival de Toronto. Él estaba convencido de que la película era del director mejicano Gael García Bernal, el que hace de director en la historia. Y removió Roma con Santiago, desde la Embajada mejicana en Canadá hasta la dirección del festival y sus servicios de prensa para enterarse por qué la película del director mejicano no había sido seleccionada. Sería cómico si no fuera un poco trágico.
Tampoco quiero negar que las cosas fueran así o parecidas. Quizás lo fueran. Es lo que tienen las conquistas y las guerras. Es lo que tiene el poder y el miedo. Mucha maldad. Cualquier historia de guerra te deja sobrecogido. También las de ahora, no hace falta irse 7 siglos atrás. Pero da la impresión de que en nuestro caso, ese intento por cargar las tintas se ha convertido en una especie de manía auto-persecutoria. Muchos países conquistaron otros en aquellos siglos. En condiciones similares, supongo, si no peores. Pero no parece que estén tan preocupados por hurgar las heridas. Quizás es que ese tipo de cine nos llega menos. No sé. Llama la atención.
Iciar Bollaín decía que la línea que une las historias mezcladas en el film es la resistencia. Es una forma de ver lo positivo, efectivamente. Pero en la otra cara de la moneda está la opresión. Y eso lo describe muy bien el film. Puede que Colón oprimiera a los indígenas hasta límites dramáticos; puede que la multinacional que se hizo con la explotación del agua en Cochabamba quisiera obtener ganancias a sus inversiones cargando sobre los indígenas; puede que nuestro sentido crítico sea sensible a entender y valorar negativamente tales hechos. Pero resulta que los mismos que van a denunciar esos hechos están, a su vez, oprimiendo a esos mismos indígenas: se han ido a filmar a Bolivia porque resulta más barato y es más fácil obtener permisos; porque pueden obtener un gran número de extras a precios irrisorios; porque pueden construir los escenarios (talando árboles, alterando el mobiliario urbano, sobornando a quien corresponda si fuera preciso) sin tener que pasar por los trámites y costos europeos. Al final, también para los denunciantes es más importante su film que las propias protestas que quieren ensalzar y emplean el poder del dinero para tratar de controlar mejor la situación. En fin, que actúan de forma similar o incluso peor que la propia multinacional a la que denuncian. Ese juego de contradicciones morales está muy bien reflejado en el guión. En realidad es lo que uno puede sacar en limpio, la moraleja del film. Porque es verdad que hoy día nosotros no cortaríamos la mano a ningún indio, ni lanzaríamos los perros a destrozar fugitivos, ni cazaríamos esclavos, pero sí seguimos siendo capaces de conservar esas otras miserias que están a nuestro alcance. Total que cada uno puede ser cruel y opresor en la medida que puede y con las modalidades que están en su mano. Y es ahí donde debemos poner nuestra mirada crítica. Mirar 7 siglos atrás, al final, resulta cómodo. Y para algunos, tranquilizador.
En cualquier caso, una gran película. Aunque salgas del cine con alguna nausea y muchas preguntas.

sábado, enero 08, 2011

TODOS ESTÁN BIEN


Con la boca hecha un cromo, con un trancazo de gripe de esos que te dejan machacao y con el diluvio universal volcándose a tierra más allá de las cristaleras de la sala de estar, pocas opciones quedaban salvo una tarde de sofá y televisión. La oferta de ocio televisado tampoco es que te creara muchos dilemas, así que fuimos a recalar en esta película de Kirk Jones estrenada el año 2009. Ya la había visto y hasta creí que ya la había comentado en el blog, pero acabo de repasarlo y no encuentro el escrito. Quizás la viera en algún avión o en momentos de sequía bloguera.
El caso es que me hinché de llorar, tratando de disimularlo, claro. Debe ser que los antibióticos y antigripales le dejan a uno blandito en la cosa emocional. Pero es curioso cómo, incluso habiéndola visto ya, este tipo de temas (las relaciones padre-hijos) acaba tocándote las zonas blandas. Como dice mi sobrina Raquel, “te da una cosica…”
La historia es bonita y está muy bien contada. Es un remake de una película italiana del año 90, dirigida por Tornatore: Stanno tutti bene. No la he visto, así que no puedo compararlas. La cosa es que un viudo y jubilado (Robert de Niro), abrumado por el vacío vital en que se encuentra, desea volver a reencontrarse con sus hijos (dos chicos y dos chicas) a quienes la vida les ha llevado a distintos lugares del país. Lo intenta primero organizando una comida familiar en su casa a la que todos se comprometen inicialmente a asistir aunque poco a poco van excusando su presencia por motivos varios. Ante esa situación, el padre decide ponerse en marcha él y pasar a verlos a sus casas.
Y así los va visitando uno a uno. Cada uno de ellos va viviendo su vida, en muchos casos frenética. A uno no lo encuentra en casa. Con otra apenas puede estar porque su trabajo la absorbe. Otro casi se pasa el tiempo despidiéndole con la excusa de que tiene un compromiso ineludible que atender. A otra la encuentra en un contexto tan artificial que pronto se da cuenta de que lo que le muestra no es su verdadera situación. Y así, de lugar en lugar, su soledad en lugar de disminuir aumenta. Se va dando cuenta de que no conoce a sus hijos, de que nunca ha sabido casi nada de ellos, porque su interlocutora principal era su madre, de que más que sentir la fortaleza de los lazos familiares, lo que siente en cada encuentro es una frialdad ancestral disfrazada de amabilidad. Más que estar deseando verle y estar con él, van deseando pronto que se vaya.
El papel de padre lo borda De Niro. Lleno hasta la angustia de emociones actúa, sin embargo, de una forma comedida, racional, paternalmente correcta. No va exigiendo aprecio y reconocimiento a sus hijos. Al contrario, casi se acerca a ellos con prevención y pidiendo disculpas por todo lo que pudo hacer mal como padre. Tenía la ilusión de ver cómo habían ido triunfando pero no consigue disfrutar de la situación más que aceptable en la que todos ellos se encuentran. Quizás porque va constatando en cada uno, lo poco que tiene que ver con él la vida de ellos, lo lejos que se encuentran de su padre.
Los aspectos técnicos de la película son correctos. De hecho, fue nominada a los globos de oro del 2009 y recibió el premio a la mejor canción. La historia posee una secuencia sin lagunas y con un dramatismo in crescendo que te hace mantener el interés e implicarte cada vez más en la historia. Las actrices y actores del reparto son todos gente muy conocida (Kate Beckinsale, Sam Rockwell, Drew Barrymore, etc.) y desarrollan muy bien sus papeles. El director juega con frecuentes flashback retrotrayéndose a la época en que sus hijos eran niños y buscando allí las respuestas a lo que sucedía en la actualidad. En fin, una película concebida a la mayor gloria de Robert de Niro, emotiva e interesante. Una buena película que me ha encantado repetir.
Por eso no entiendo demasiado las críticas de los críticos quienes la han valorado poco. Es curioso cómo es diferente la forma de ver el cine cuando uno se sitúa desde fuera en plan juez con su bloc de notas en el que ir anotando aciertos y errores, cuando se ve el cine como un producto técnico, y cuando uno entra en la historia y trata de vivirla dejando que el director del film te lleve. Uno tiene que hacerse cómplice del director/a de la obra, entrar en su juego, al menos durante el tiempo en que dura la película. Luego ya la analizarás y sacarás tus conclusiones. A mí me gusta más así. Claro que hay películas en la que no hay una historia en la que meterte, en la que todo resulta tan irreal, tan absurdo o tan complejo que te obligan a quedarte fuera, como mero espectador.
En Todos están bien, sí hay una historia. Y está muy bien contada. Hay personajes que se parecen a ti, que pasan por cuitas similares a las tuyas, que aunque te dejen entrar en su historia, en el fondo, lo que están haciendo sibilinamente en llevarte a tu propia historia, la que no es cine, la que se refiere a tu vida. Por eso te emocionas y te haces las mismas preguntas que los personajes: ¿qué hacen tus hijos?, ¿qué tal estarán?, ¿en qué medida los conoces realmente?, ¿hasta qué punto has condicionado su vida en tus tiempos de padre?, ¿qué tal padre has sido para ellos? ¡Cómo no emocionarse ante esas dudas vitales que todos llevamos a flor de piel!
Al pobre padre de la historia las cosas de sus hijos no le habían preocupado tanto porque las resolvía su mujer. Ella era la que mantenía la complicidad con los hijos. A ella le contaban las cosas. Y así, cuando ella faltó, se encontró con que apenas sabía nada de ellos. Más de un padre debe tener esa misma sensación ambivalente. Como padre, quizás como hombre, vales para algunas cosas (en general las más materiales) pero hay otras que se te escapan, quedan en una zona opaca a la que no tienes acceso. Algunos lo viven bien así. Otros con desazón.
Bueno, no nos pongamos trágicos. La vida y los hijos son así, un juego de luces y sombras. Después de todo, Robert de Niro consiguió que sus hijos, salvo el pobre calavera que se perdió en el camino, acudieran a su casa y celebraran todos juntos las Navidades. Así que su viaje no fue en vano. Aún conservaba parte de su “carisma” paterno. No es un mal final. Dice el subtítulo de la película que" a veces, para encontrar el amor hay que salir a buscarlo". Tampoco es mala idea.

martes, enero 04, 2011

LOS IMPLANTES


Ahora todo el mundo se hace implantes. Se acabó la época en que lo guai era ponerte un diente de oro, un capuchón de platino o, si tus posibles no llegaban a tanto, un puente salvador. Se ve que vamos evolucionando y ya quien más quien menos lleva encima un implante de titanio.
A mí me tocó ayer. Aunque pertenecía a la generación de los puentes y llevaba con uno ni se sabe el tiempo, últimamente uno de sus anclajes se fue al carajo y me sugirieron que la mejor solución era acudir a los implantes. Lo primero que te asusta es la pasta gansa que cuesta: más de 1500€ por implante. Y eso con rebaja de navarro (que para eso escogí a un especialista cojonudo de mi tierra y con el que solía celebrar la comida de los navarros en julio, por San Fermín, y en diciembre, por San Francisco Javier). Y como tenía que ponerme 5, pues el presupuesto se ponía por las nubes.
Pero, en fin. Lo que más me asustaba no era el precio, que también, sino eso de que te taladren y perforen tu encía para meterte unos tornillos como si fueras un rodapié. Lo bueno de este es que lo apalabras con mucho tiempo de antelación y, entonces, lo ves todo tan lejos que te sientes animoso. Cuando yo lo hice me quedaba aún medio mes de Noviembre, el viaje lúdico-laboral a México, las fiestas navideñas. Buff!, mucho tiempo. Pero, ¡qué leche!, apenas ha durado nada. Y desde hace varios días comencé a sentir esa especie de tembleque que te entra antes de fechas clave. Como el miedo es libre, el mío se aprovecha de la menor oportunidad para buscar protagonismo, como los chavales repelentes.
Y así, ayer, sin más consideraciones tuve que aprestarme al sacrificio. Yo en estos casos destapo el frasco de las hipocondrías y me pongo en disposición de lo peor. Repaso el testamento y procuro dejar todo en orden por lo que pudiera suceder. Pero eso sí, a las 4 menos cuarto (mi cita estaba marcada para los 4) estaba listo para la carnicería. Se retraso un poco el médico pero llegó alegre. En el pasillo nos comentamos que ambos lo habíamos pasado muy bien en Pamplona, que hacía buen tiempo (pese al frío) y, decía él, que cada vez le gustaba más viajar allí. Por sus hijos y porque era el lugar donde pensaba pasar su jubilación. No estuvo mal para ahuyentar un poco a los demonios, aunque suelen decir que no es bueno que los verdugos confraternicen con los condenados.
Y como el tiempo pasa inexorablemente, a los pocos minutos ya estaba recostado en el sillón del martirio, aunque todo hay que decirlo, enfrascado en una conversación intrascendente. Otras veces, suele ser para dormirte, pero esta vez no había sedación. Enseguida tomó la jeringuilla con anestesia local y empezó a pincharme sin mucho miramiento. Casi es mejor así, pensé. Y a partir de ahí renuncié a cualquier tipo de pensamiento. Que decidan ellos. Y traté de relajarme.
Lo que empiezas a sentir es que la boca se convierte en una esponja. A mí me preocupaba sobre todo la lengua que se había hecho enorme y me llenaba toda la boca. Por supuesto, ni manera de decir nada. Y entonces me visaron que me iban a cubrir. Tenía pinta de mortaja. O de burka. Un agujerito para la boca y la nariz y todo lo demás tapado y a oscuras. Me impuse yo mismo otra dosis de relajación para llevarlo con paciencia. Unos minutos de pausa para que la anestesia hiciera su papel y “allá vamos”, me dijo el navarro. La primera impresión fue buena. Se notó que me dio un tajo soberano en la encía pero yo lo sentí como que tocaba algo que apenas era mío. Él continuó fozando con energía y yo seguí tranquilo como quien asiste a un colega que va pelando un palo para sacarle punta. Sentía la fuerza que él hacía hacia abajo pero ni pizca de dolor. Eso sí, sentías como te taladraban. Igual que cuando andan los obreros en las aceras. Pero no dolía. Me empecé a preocupar al escuchar las cosas que se decían. El taladro, decía él. Un destornillador del 3,5. Las tenazas. Este tornillo no encaja dame uno menor. No debe estar bien la rosca, vamos a sacarlo. Coño, parecía una carpintería. Y yo setía perfectamente como daba vuelta a los tornillos apretándolos o soltándolos. Usaba una de esas llaves que se autoajustan y las vas moviendo con medios giros. Ras, ras, ras… Los tornillos los movía primero con la tenaza y luego los sacaba con la mano. A veces, le costaba moverlos y le decían que se notaba que venía de vacaciones, que aún andaba flojo. Yo ya había oído que los cirujanos cardiovasculares trabajaban como los fontaneros, haciendo empalmes de tubería. Pero ya veo que los maxilofaciales son como los carpinteros.
La cosa es que al rato me dijo que ya casi había acabado con aquella parte. Sólo faltaba coser. Así que no solo eran carpinteros, también sastres. Pero resultaba gracioso que a ratos preguntaba, ¿nos queda más hueso? Así que me habían quitado hueso. Debió figurarse mi asombro porque me explicó que era el hueso sobrante de los agujeros que me había hecho. Los escombros, vamos. Y me lo puso, de nuevo. Difícil de entender.
Hasta ese momento iban 2 implantes. Faltaban otros 3 del otro lado. No había estado mal. 5 minutos para que me relajara y vuelta a empezar. Sólo que esta vez sí sentí su primer embate. Sin problema, me dijo. Y me encajó otra dosis de anestesia. Y vuelta a los taladros, los clavos, los tornillos, los alicates, las llaves, las tenazas y toda la herramienta al uso. Y los ruiditos de cada una y esa sensación de que no sabes si te están poniendo un diente o haciendo una estantería. Más hilo para coser (yo notaba cómo iban clavándolo a los lados y haciendo el nudo de dos vueltas encima) y tijeras para cortar cada zurcido. Artesanos es lo que son estos médicos.
Y ahí acabó la historia. Me sacaron el burka me preguntaron qué tal estaba (no puede responder, por supuesto, porque tenía la lengua que se me salía de la boca de grande que era) y balbuciendo señalé que bien. Me pasaron a un sofá con dos bolsas de hielo y al ratico me mandaron para casa. De tiempo objetivo habían pasado 40 minutos, de sensación temporal, varias horas. Pero estaba bien. Con la boca igual que cuando hacen un desmonte para iniciar un garaje subterráneo pero, en lo demás bastante bien.
Me aconsejaron que me pusiera guisantes congelados a cada lado de la cara y que no hiciera esfuerzos. Lo de los guisantes nos sonó un poco a friki, pero resultó útil. Lo del esfuerzo fue una recomendación inútil, bastante tenía con sostener las bolsas de guisantes. Y así, con ese dolor sordo que se confundía con la barba pasé una tarde de sofá y televisión.
Por la noche me llamó un contratista que nos hace unas obras. Le conté cómo estaba y él me dijo que también se lo había hecho él y que fue con mucho la peor experiencia de su vida. Que lo pasó horrorosamente mal y que por nada del mundo se volvería a hacer un implante. Toqué madera y lo mandé al carajo no fuera a ser gafe. Pero me sentí feliz. Visto lo visto, lo mío había sido una experiencia hasta agradable. Quizás la diferencia es que a mí me la hizo un paisano navarro. Y eso se nota.

lunes, enero 03, 2011

Bye, Bye 2010


Se nos fue el dosmildiez. Y pensaba dejarlo ir así, a la sueca, como quien no se da cuenta. Pero da un poco de yu-yu que en una época de tanto gesto supersticioso (las uvas, los brindis, las bragas rojas, los deseos escritos y quemados, las felicitaciones, las promesas) te vayas a pasar por alto una despedida del año. Y si eso trae mala suerte, ¿a quién reclamas después? Se lo he comentado al blog y él era de la misma opinión. No tentar a la suerte y, menos aún, con la que está cayendo.
En fin, que aquí estamos, mirando todavía de reojo al fin de año de puro recelo. Cuesta mucho iniciar una nueva andadura. Y, además, cuesta arriba.
La verdad es que en situación normal, tendría que estar deseoso de llenar páginas y páginas desbrozando la maraña de sentimientos que deja atrás este maldito/bendito año que se nos va. Ha estado tan lleno de emociones que tengo el alma igual que el despacho, tan abarrotado y desordenado que apenas puedes moverte en él. Quizás por eso esta especie de galbana que te impide rebuscar entre tanta cosa. En el despacho tengo un cartelito semi-exculpador en el que dice “Un día de estos tengo que organizarme”. Fue el buen propósito de hace dos o tres años, pero allí sigue. Algo parecido quise hacer con el mundillo interior y por eso solicité el año sabático. Y en esas estamos, pero van pasando los meses y tampoco parece que en ese otro escenario las cosas vayan organizándose. O sea que, habrá que incluir ése entre los buenos propósitos para el 2011.
¿Mal año, buen año? Las dos cosas. Cómo calificar un año en el que has perdido a tu padre y eso te ha enviado al infierno, pero, a la vez, se han casado tus dos hijos y te han anunciado que hay una nietita en ciernes. El cielo y el infierno en el mismo vaso. Con el problema añadido de que son cosas, las buenas y las malas, de naturaleza tan distinta que resulta imposible hacer medias y compensar lo malo por lo bueno. Y la cuestión es que el 2010, el pobre, no se ha salido del guión. Salvo alguna excepción, y buena, lo que ha sucedido era lo que ya sabíamos que sucedería. Pero ni siquiera el saberlo amortigua el efecto marasmo que produce tanta emoción. Es como una gota fría que desborda las previsiones e inunda los espacios y reblandece las seguridades, pocas ya, con las que uno iba sobreviviendo.
Pues eso. El 2011 será un año de reconstrucción. Como en la economía. Lo que pasa que por dentro de uno no tienes a quien bajar el sueldo, ni tienes impuestos que elevar para recuperar los balances. Habrá que buscar soluciones más imaginativas y pedir suplementos masivos de endorfinas en vena para ver si mejora el pronóstico.
Y lo jodido es que ya comenzamos medio mal. Aún estamos a día 3 y ya me están esperando esta tarde para perforarme la encía y clavarme cinco implantes. ¿Qué se puede esperar de un año que comienza tan malamente?

lunes, diciembre 20, 2010

Biutiful.


Es duro asistir a películas como ésta. Bardem está increíble. Probablemente, rozando la sobre-interpretación pero es que le da tal hondura a los sentimientos y situaciones por las que pasa que te desborda. Dice uno de los críticos cinematográficos que la película noquea. Eso es exactamente lo que yo he sentido. Sales noqueado con tantos frentes abiertos: los chinos, la esposa, los hijos, la propia enfermedad.
La película se acaba de estrenar. La dirige Alejandro González Iñárritu, el mismo de Babel, 21 gramos o de Amores Perros. Así que cuenta con un buen expediente, aunque esta vez le faltaba su guionista habitual, Arriaga, con el que parece que ha roto. Quizás los muy especialistas lo noten, pero la verdad es que, con su nuevo equipo, ha conseguido una película maestra. Probablemente porque Bardem hace un papel insuperable (premio de Cannes al mejor actor). Te mantiene en vilo, en un tono cansino, eso sí, durante las dos horas y media que dura la película. Prefiero, desde luego, la películas que transmiten felicidad, esas de las que las que sales del cine desbordante de endorfinas, pero aunque ésta sea todo lo contrario, he de reconocer que es una gran película. Inmensa y preocupante, con una fotografía y una música de gran cine.
La historia se hace un tanto confusa por querer abordar tantos temas. Parece claro que el director quiere hacer una película de denuncia social. Pero le hubiera bastado con un aspecto. Se hace pretencioso querer afrontarlos todos: desde la inmigración y el subempleo a la corrupción policial, desde la pobreza a la violencia, desde la homosexualidad a la infidelidad, desde los propios problemas de salud a la debilidad psiquiátrica de la esposa, desde su amor de esposo contrariado a un amor paterno sin fisuras. Demasiados temas, excesiva angustia, mucha emoción. Él (Javier Bardem) es un hombre separado, padre de dos hijos a los que adora y a los que trata de educar lo mejor que sus condiciones le permiten. Su esposa es una enferma bipolar que se dedica a la prostitución y por eso perdió la patria potestad. Sólo que, la pobre, desearía volver. El padre sobrevive con pagos que le van haciendo diversas mafias chinas por mediar ante la policía (corrupta en este caso) y ante los empleadores (también corruptos). Sin embargo, su posición en todos esos frentes es bastante honesta y va haciendo todo lo que él es capaz. Eso no evita que las cosas se le tuerzan y que sus buenas intenciones se conviertan en causa de una enorme catástrofe. Y, a todas estas, Barcelona, la Barcelona cutre de la inmigración y los abusos policiales, esta muy bien retratada. Aunque duela.
La historia de Bardem es, así, una biografía intensa y con los colores ocres del sufrimiento. Apenas hay sonrisas en la película. No te dan respiro. Y la muerte, tema básico de Iñárritu, siempre rondando. Es cine de Viernes más que de Domingo. No estoy seguro de que se disfrute viéndola, pero con seguridad sales tan aporreado de temas duros que no puedes por menos que reconocer que has visto una gran película. De las que no se olvidan.

sábado, diciembre 18, 2010

Ciruelica. Inés y la alegría



Que Almudena Grandes es una gran novelista resulta una obviedad después de haber leído Malena tiene nombre de tango o Atlas de Geografía humana o Corazón helado o las Edades de Lulú. Pero su categoría se eleva a cumbres de maestría con el proyecto que acaba de iniciar de los “episodios de una guerra interminable”, emulando a Galdós (que según confiesa es su autor de culto). Si todas las novelas que seguirán (5 más, según nos anuncia) son como Inés y la alegría, no me cabe ninguna duda de que nuestros nietos estudiarán su nombre y sus obras en sus clases de literatura española contemporánea.
Creo que poco más tengo que decir para dejar claro que me ha encantado. Me ha emocionado, a veces, hasta las lágrimas; me ha sorprendido; me ha instruido sobre un episodio, la invasión del valle de Arán, del que jamás había oído hablar y me ha llamado la atención con ese tantico de morbo que implica el introducir en la narración nombres bien conocidos del panorama político español como Santiago Carrillo, La Pasionaria, la familia de Franco y algunos de sus militares, etc. Tampoco sabía nada de mi paisano Jesús Monzón, a lo que se ve un importante líder del partido comunista en la posguerra. Además ella, la autora, es capaz de darle a todo un hálito de realismo que uno sigue la novela como si estuviera leyendo un libro de historia.
De todas formas, la protagonista absoluta de la historia es Inés. Es ella la que te emociona, la que te mete en su mundo, en sus ansias, en su cuerpo. Hay que reconocer que Almudena Grandes borda los personajes femeninos. Los radiografía, los analiza, los interpreta, les deja ser lo que son. Sobre todo a las protagonistas. Hay otras muchas mujeres en la historia, pero ellas son del montón, no destacan, las ves deambular por la historia como si fueran tu vecina del 2º. Incluso, aunque en la historia jueguen un papel relevante o aunque la autora se esfuerce por insistir en que se trata de alguien especial, importante. Eso le ha pasado con la Pasionaria. Durante toda la novela se empeña en que sintamos que es un personaje clave, una mujer excepcional, alguien a quien deberíamos adorar. Pero no lo consigue. Mi hipótesis es que ella misma, la autora, no siente eso, no se identifica con ella. Incluso, acaba crucificándola en la parte final cuando ella rompe con su amante joven y se comporta como una vulgar resentida que busca venganza. Pero con Inés no pasa eso. A ella la mima, la enaltece, la hace ascender a cumbres gloriosas de expresividad y exaltación y la deja caer a abismos negros de amargura. Y eso es lo que emociona porque te identificas con ella, amas sus amores y sufres sus desconciertos. Además, la vincula a la cocina (excelente truco de los novelistas actuales), con lo que consigue que nuestra adhesión no sea sólo intelectual o emocional, sino también culinaria y hedonista, llena de los sabores y nostalgias que siempre trae consigo el paladar.
No es difícil sentirse en su piel entusiasta. Seguirla cuando se aparta ideológicamente de su hermano falangista, cuando sufre con su internamiento en un convento, cuando padece en silencio el acoso cruel de un militar ante el silencio de sus familiares que debieran protegerla, cuando lo deja todo para incorporarse al frente y colaborar, cuando se enamora y se entrega en cuerpo y alma a su ídolo, cuando se ve traicionada y en sospecha por todos, cuando recuperar el honor perdido, etc.. En fin, es una historia intensa y rica en episodios que te mantiene en vilo y da mucho en qué pensar.
La historia es grande y hermosa. Hay que ver lo que se puede sacar de unos cuantos días de invasión light. Almudena Grandes sabe darle una estructura muy particular a cada tema. Cada capítulo tiene una secuencia interna muy origina y envolvente. Primero te mete en un momento intenso de la historia y luego regresa a momentos anteriores para desenvolver el cómo se llegó hasta allí. Por su parte cada capítulo se escribe desde la perspectiva de uno de los protagonistas. Es interesante ver el juego de percepciones de cada uno de ellos. Las mismas cosas, los mismos hechos vistos desde la perspectiva de él y la de ella. Un juego de matices muy sabrosos.
Pero curiosamente, lo que me llegó al corazón, fue el “ciruelica” cariñoso con el que Monzón trataba de reconquistar a uno de sus amores. Una expresión tan navarra, tan sentimental, tan delicada, tan llena de vivencias. Tan redonda y eufónica (porque mira que suena linda: “ciruelica”). Ciruelica. Es precioso. Era listo Monzón. Las cosas no le fueron bien, pero no es de extrañar que con expresiones así lograra conquistarlas. ¡Cuánto nos queda por aprender a algunos!

jueves, diciembre 16, 2010

Te presento a Laura.

A veces pasan cosas así. Entras con dudas en el cine porque no te suena la película que has escogido y, sin embargo, sales encantado. Claro que otras veces sucede lo contrario. Ayer, sin ir más lejos, pude ver en la cinemateca nacional del DF, una que se supone era una excelente opera prima de Jorge Michel Grau, “Somos lo que hay”. Película mexicana del 2010, ha recibido muchos premios, incluido alguno de la mejor película y mejor guión en algún festival. Horrorosa, cruel hasta la náusea, sádica. La historia de una familia, supuestamente caníbales, pero más que nada asesinos. Allí muere hasta el apuntador y varios de la primera fila. De esas cosas que la gente veía en los años 70, para embadurnarse de morbo después de tanta prohibición. En fin, afortunadamente no he tenido pesadillas esta noche, pero será lo último que vea de este director.
Todo lo contrario de Te presento a Laura, una película también mejicana y recién estrenada pero con actores de toda Latinoamérica. Tiene ese toque particular del cine argentino en el desparpajo, en la riqueza del guión, en los caracteres de los personajes. Pero sobre todo es atractiva porque es todo un canto a la vida, a las relaciones interpersonales, a la empatía y al humor, por encima de cualquier tipo de problema.
La historia que cuenta no es que sea muy original (en el fondo es un remake de la película de Jack Nikolson y Morgan Freeman, Ahora o nunca, en la que dos viejetes al borde de la muerte se plantean cumplir algunos de los sueños que habían ido quedando rezagados ante otras urgencias de la vida). Eso es lo que hace Martha Higareda, directora, guionista, productora y protagonista del film que comento. Me suele dar miedo cuando la misma persona lo hace todo, pero en este caso funcionó bien.
En la historia, Laura, la protagonista pasó por un incidente trágico, en el que murió su hermano pequeño. Y eso le hizo renunciar a vivir para poder ayudar a otros niños. Morir a fecha fija para poder cobrar el seguro que entregaría a una fundación de ayuda a niños con cáncer. Su problema es qué hará hasta que llegue esa fecha. Y, después de algunas peripecias divertidísimas, decide hacerse una lista con cosas que debe hacer antes de morir. La película comienza con una frase bien conocida (“La vida es eso que pasa mientras estamos ocupados en otras cosas”) y ella quiere no sé si evitar ese riesgo o hundirse en él para evitar que sus últimos días se le hagan imposibles de soportar. Pero hay tanta vida en ella que, a medida que van pasando los días y aumentando sus cruces en el calendario, se le nota esa sensación de angustia. Vivir la vida acaba siendo su mejor moraleja. Y sales de la sala con esa voluntad.
Ella, Laura, es cautivadora. Esa mezcla de desesperación, energía, sensibilidad la lleva a embarcarse en situaciones chocantes pero siempre resueltas en clave de humor. Te hace reír y sentirte feliz. Es fácil enamorarse de ella. De hecho, ése es el comentario más frecuente de quienes escriben en Internet tras haber visto la película, que resulta adorable, entrañable, atractiva como un imán difícil de resistir. Una medicina para diletantes y desesperados de la vida.
Merece la pena verla. Es como una taza de chocolate. Desarrolla las endorfinas.

viernes, diciembre 10, 2010

Nadando con delfines


Era una de las ofertas que te hacen en estos macro hoteles. Y la que más te entra por los ojos por su belleza y sus posibilidades. Así que se convirtió en uno de nuestros objetivos en esta semana de relax. Y ayer, como de carambola, nos encontramos frente al delfinario. Así que no lo dudamos y, aunque eso significaba abandonar durante una hora a nuestros amigos cubanos en la terraza de una cafetería, nos fuimos con los delfines.
Como es un monopolio de una empresa americana, abusan un poco en el costo pero, pese a todo, merece la pena. Te preparas para el agua, ellos te preparan para saber cómo tratarlos y comienza la fiesta. Una auténtica fiesta.
Los delfines son un capricho de la naturaleza en el reino animal. Perfectos en sus hechuras, en su textura, en sus movimientos, en su sensibilidad, en su gracia. No me extraña que sean unos terapeutas magníficos. Te lo pasas fantástico con ellos porque es un placer que te recorre todo entero, el movimiento, el tacto, la mirada, la comunicación, el juego. Ellos cantan contigo, aplauden, te tiran agua, te besan, se dejan acariciar, te ponen ojitos, te pasan por encima, por debajo, te hacen girar empujándote por una mano, se colocan de forma admirable, cada uno a un lado, para que puedas agarrarles de la aleta superior y arrastrarte. Te empujan por los pies para arrastrarte a velocidad hacia adelante hasta que te pongas de pie sobre el agua en pleno clímax de placer. En fin, una gozada de esas que te dejan un recuerdo imborrable. Además tuvimos la suerte de que estuvimos solos los dos. Normalmente son grupos de 4 ó 6 personas. Pero no había nadie más y tuvimos a la pareja de delfines para nosotros solos.
Lo pasas bien tú mientras estás con ellos y disfrutas también cuando ves a otras personas haciendo lo que tú hacías. Sobre todo a los niños. Les ves una cara de alegría, de complicidad con el animal que es fácil de identificar con la que tú mismo has sentido.

Para que la cosa no se quede sólo en emociones, el entrenador de los delfines se empeña en incluir una clase de biología de los delfines. Te explica su anatomía, su estilo de vida, su evolución. Y la verdad hay cosas que te sorprenden. Por ejemplo que cambian de piel cada dos horas. Por eso tienen esa piel tan lisita y siempre tersa que gusta acariciar. Ves cómo son sus dientes (al fin son mamíferos) y cómo los usan para mamar de pequeñitos. Incluso puedes meterles la mano en la boca, no sin cierta prevención porque sus dientes tienen una pinta bastante agresiva. Te admiras de lo diminuto de su oído, un orificio microscópico que apenas puedes ver. Y sin embargo tienen, o eso decía su entrenador, diez veces mayor sensibilidad acústica que los humanos. En fin, que también tuvimos nuestra lección de anatomía delfinaria.
Pues qué decir. Eso, que te quedas con una satisfacción inmensa, con esa felicidad que son capaces de transmitirte los animales cuando son tan sensibles y cariñosos como los delfines. ¡Una pasada!







martes, diciembre 07, 2010

¿De trabajo o de vacaciones?

La pregunta típica. Aquí menos, claro. Pero, claro, a quién le dices, sin sonrojarte que estás en Cancún por motivo de trabajo. Yo debía decir eso, pero la verdad no me atrevo.
La vida en el hotel es tranquila. Y larga. Hay que ver qué largos se hacen los días cuando no haces nada. Nada urgente, me refiero. Tras la maratón de furgoneta de ayer, hoy toca descansar, por supuesto. Pero, así y todo, te despiertas pronto (antes que en España) y te vas a desayunar con tranquilidad y luego… Algunos a la piscina y este menda al lobby con su ordenador, aunque sirve de poco pues aunque te lo prometen, no funciona Internet. Total, que estamos desconectados y sin posibilidades de responder a las cuestiones que se hayan ido planteando estos días. Por la tarde me acercaré a un ciber a ver si desde allí consigo ponerme al día.
Y menos mal. Acabo de ver a un grupo de españoles cariacontecidos, presionando a uno de los operadores que representan aquí a las compañías y que se ubican cada mañana en el lobby. Resulta que debían haber regresado a España el sábado pasado (estamos a lunes) pero como los cabrones de los controladores cerraron el espacio aéreo, los dejaron aquí. Y aquí siguen sin saber cuándo podrán regresar. Bueno, les he dicho, mejor aquí que en otra parte, no? Pero no les ha hecho gracia. Supongo que cada uno tenía sus planes y esta alteración se los ha roto. Se les ve jodidos, aunque ahora han venido otros que han dado un grito de alegría cuando les han dicho que aún no regresan. De todo hay en la viña del señor.
De todas formas hace un día estupendo, así que voy a mandar al carajo el ordenador y la evaluación de competencias y me marcho a buscar a mi propia para ver si tomamos la terrible decisión si piscina o playa. Creo que será playa.
Esta tarde llegan los colegas mexicanos que han organizado el curso. Calculo que cuando lleguen las cosas cambiarán un poco. Espero que para mejor, aunque tampoco será fácil mejorar este relajo.

Cancún y alrededores.

Esto no es Cancún, nos advirtió el guía. Ustedes dicen Cancún pero esto es Playa del Carmen. Bueno, creo que la diferencia no es tan importante. Estamos a 68 kms. de Cancún y, según dicen, esta es la parte bonita de la península de Yucatán.
El hotel (¿lo dije ya?) es magnífico. Podía ser mejor. Los hay mejores (justo enfrente tenemos uno de la misma cadena, el Riu Palace, que debe ser la leche: por supuesto nosotros no podemos entrar en él, ni gozamos de los mismos privilegios de que gozan ellos. Ayer, me acerqué a un chiringuito de la playa pidiéndoles un jugo de frutas que tenía buena pinta pero cuando vieron mi brazalete me dijeron que yo no podía pedirlo, que era exclusivo para los del Palace). Bueno, de todas formas éste, el Riu Tequila, está más que bien. Además a caballo regalado no se le puede mirar el diente, ¿no?, pues eso. Encantados.
Hoy hemos acabado el día en un restaurante asiático dentro del hotel (además del general tienen otros tres a los que tienes opción de ir una sola vez durante tu estancia). Magnífico. Nos pusimos las botas. Lo que no estuve mal después del día de locura que hemos pasado. Bueno, me refiero a la excursión de día completo que te deja muerto.
Nos fuimos a Chichenitza que en los mapas parece cerca pero metidos en la furgoneta se ha hecho eterno: salida a las 7,30 de la mañana y regreso a las 8 de la tarde. Al principio lo llevas bien, pero a medida que van pasando las horas, la cosa se pone fastidiosa. Chichen Itza está bien, pero te llama menos la atención cuando ya has visto otras pirámides y espacios Mayas. De todas formas era lo que más ansiaba ver de esta zona, así que un objetivo cumplido. Me he quedado profundamente impresionado de la grandeza de aquel pueblo. Y de su crueldad. Algo deberían hacer los historiadores para mejorar la imagen de los Mayas, porque todo lo que te cuentan de ellos son muertes y sacrificios. Hoy fue un día terrible en ese sentido. El campo del juego de pelota es impresionante. Pero lo es mucho más cuando te explican que jugaban siete contra siete y que el equipo perdedor (o quizás el ganador no supieron decirlo) era decapitado en honor a los dioses. Vaya. Allí sí que tenían importancia los árbitros. Pues nada, te colaban un gol y estabas jodido.
Pero, luego, todo lo que hemos ido viendo era de lo mismo. Lugares para sacrificar personas. Les cortaban las cabezas y luego las ponían sobre un palo como se ve en la fotografía. Un mueo de los horrores. Incluso los cenotes, unos huecos enormes en la tierra que se llenan de agua, servían para arrojar allí a los sacrificados para los dioses. Además tenían muchos: había 13 cielos cada uno con su propio dios. De esos cielos, varios eran subterráneos. Y a esos mandaban a los tipos a los que arrojaban al agua de esos inmensos agujeros. Eso sí, antes los atiborraban de alcohol, setas alucinógenas y peyote. Al final se iban al otro mundo pero con un coloque espectacular. Cuando caían al agua desde 20 metros de altura, ni nadar ni leches, claro. Al fondo directos.
En fin, he acabado con un agobio terrible. Allí no se libraba ni el apuntador. Nos quejamos ahora, pero el miedo que debían tener metido en el cuerpo aquella gente debía ser tremendo. Las imágenes son tigres o serpientes que se te merendaban en un suspiro, o gente que te sacaba el corazón y se lo comía… En fin, malos tiempos. Y luego critican a los españoles que llegaron por aquí por violentos.
En cambio, estuvo bien Valladolid, una pequeña ciudad que ha conservado todo su encanto colonial. Me encantó. Las casitas pequeñas, armónicas, colorida. Una enorme plaza central delante de la Iglesia. Todo muy a la española. Lo que fue casa consistorial lo han convertido en museo público (con casi ningún contenido) y puedes asomarte a los balcones y mirar la plaza sintiéndote importante. También vimos allí al lado, en un bar, una exposición sobre la mujer en la cultura maya que me pareció estupenda. Quizás lo mejor de todo el viaje.
Y luego, camioneta, camioneta, camioneta. La ida ya es dura, pero el regreso que te coge desfondado después de todo el calor del día, se hace eterno. Menos mal que tras la ducha de recuperación de mínimos llegó la cena asiática. Ahí sí acabamos mejor.
Mañana, playa y a descansar.

LOS CONTROLADORES


A veces uno tiene suerte. No suele ser lo habitual, pero esta vez me ha tocado a mí. Como ya vi que los controladores empezaban con sus movimientos (que si faltaba uno, que si faltaban varios y cerraban el espacio aéreo, primero de noche y luego poco a poco, cuando les daba la gana), me temí lo peor. “Verás cómo se les ocurre una de esas cuando nosotros tenemos que tomar el vuelo a México y nos dejan aquí…”. Y, efectivamente, así habría sucedido. Pero se me ocurrió que podríamos adelantarnos a lo que pudiera pasar. Si se retrasaba un poco el vuelo que debía tomar perdía la conexión en Madrid. Así que llamé a Iberia y les pedí que me cambiaran la primera parte del vuelo (Santiago-Madrid) para el día anterior. Creí que no me lo iban a permitir o que me cobrarían un pastón. Pero no solo lo hicieron sino que además no me cobraron nada. De algo tiene que servir tener tarjeta oro. Además, con el adelanto tendríamos unas horas para compartir con nuestros amigos en Madrid.
Cuando llegamos al aeropuerto de víspera, las cosas ya olían mal. Nos dijeron que los controladores iban a cerrar el aeropuerto de 20 a 20:30. Y eso hicieron. Nuestro avión salía a las 20.40 pero ya supones que el cierre supone retrasos en cadena que afecta a todos. Te pone de mala leche ver con qué impunidad hacen lo que se les sale de los huevos (al menos, si son hombres). Además nevaba copiosamente, así que, pesimista que es uno, pensé que no saldríamos. Y nuestros amigos esperándonos en Madrid para salir a cenar juntos.
Salir, salimos, pero una hora y media después. Y llegamos a Madrid a las 11 de la noche y al hotel pasadas las 11 y media. Sólo Juan Manuel y Celia, que son unos santos y unos anfitriones de sobresaliente, aguantaron la espera. Ya solo pudimos cenar en el VIPS de Gran Vía, donde, por cierto estaban los actores y actrices (impresionantes de guapos todos) de la peli “A un metro sobre el cielo”, o algo así, que acababan de estrenar allí cerquita. Allí estuvimos hasta la una y volvimos al hotel.
Y luego de nuevo miles de horas de viaje. Hay que ver, qué largas de hacen las horas de Madrid a México. Son 13 horas que te dan tiempo para todo. Vimos 4 películas, dormimos ratos, comimos tres veces, leímos media novela de Almudena Grandes (Inés y la alegría, que no es poca cosa). Y así y todo, el vuelo seguía y seguía. Pero bueno, es cuestión de tener paciencia. No hay más. Y llegamos. Pero nos quedaban 4 horas de espera en México D.F para tomar el vuelo a Cancún. Y más aburrimiento. No sirvieron ni las coronitas y los nachos con arrachera para llenar el hueco. Menos mal que descubrí que American Express tiene su propia sala VIP y que podíamos pasar allí en rato que nos quedaba. Y eso hicimos. Por lo menos te puedes tumbar un poco y te regalean. Pero aún nos quedaban 2 horas de vuelo hasta Cancún. Y cuando llegamos pasada la media noche, aún hubo que esperar la maleta que salió de las últimas. ¡Qué agobio te entra cuando ves que van saliendo maletas y maletas y la tuya no aparece! La gente toma la suya y se va, las filas de espera se van achicando y tú sigues allí jurando en arameo. Pero salió. Y hasta tuvimos suerte porque en México tras pasar el escáner, todavía tienes que apretar el botón para ver si te sale verde o rojo. Lo hizo Elvira y salió verde, solo que ella, ¡bendita!, traía en su bolso una naranja. Le mandaron a revisar y se la requisaron. Le regañé por no leer mi blog. Si lo hubiera hecho ya sabría que eso no se puede hacer. Y menos mal que esto es México. Si llega a ser Chile le abren un expediente son su multa correspondiente como si llevara droga.
A todas estas, llevábamos algo así como 26 horas y media de viaje entre unas cosas y otras. Y aún nos faltaba ir de Cancún a Playa del Carmen donde estaba nuestro hotel, el Riu Tequila que quedaba a 68 kilómetros. 45 minutos nos dijo el taxista cuando nos montamos a la una de la madrugada. Y menos mal que era de noche. Como se está celebrando en Cancún la Convención Mundial sobre el cambio climático está esto lleno de Jefes de Gobierno y gente importante, con lo cual hay muchísima policía. Había controles cada medio kilómetro. Pero de noche, se habían relajado un poco, si no, no llegamos ni en dos horas. Pero a eso de las 2 entrábamos en el hotel. Una pasada, aunque, claro, después de haber estado el año pasado en Samaná, República Dominicana, en el Cayo Levantado, esto te parece poca cosa.
En fin, hemos superado un viaje infinito. Llegamos agotados pero ya estamos aquí. Y bien. Cuando llegamos ya deberíamos estar trabajando en España. Llamamos a nuestros hijos y nos enteramos que lo que van a tener Michel Y Elena es una niña. Y que María está tirada en el aeropuerto de Porto porque los cabrones de los controladores han vuelto a cerrar el espacio aéreo. Así que no tengo de qué quejarme. Al contrario, es como ponerse a saltar. Y a esas,nos cruzamos con un grupo de ingleses que van como cobas. Una de ellas, me pone la mano ancha como para que choquemos una palmada. La chocamos. Esto empieza a parecerse ya a una fiesta. A ver…