lunes, julio 26, 2010

Love Happens


Pues sí, le he contestado al blog que ya se estaba poniendo pesado, creo que podríamos recomenzar poco a poco. Esa fase de recuperación intelectual y afectiva tiene que irse cerrando. Además, ni siquiera estoy seguro de que el silencio sirva para cauterizar viejos ni nuevos dolores. Sólo los hace más opacos, más tuyos, más tortuosos. Así que volveremos a vernos con algo más de frecuencia, amigo blog. Pero lo dicho, poco a poco, “a modiño” que se dice por aquí.
Y la primera entrada va de cine. Tres películas pudimos ver este fin de semana, dos en casa y una en el cine. Los fines de semana, dan para mucho. La del cine,”Noche y día”, con Tom Cruise y Cameron Díaz, no merece ni mencionarse. Pasas un rato entretenido entre tanto tiro y tanta omnipotencia del tipo bueno, pero son tantas las agresiones a la inteligencia y a la cultura que acabas cabreado. Para alguien de Pamplona, como yo, que me pongan los sanfermines en Sevilla es casi un insulto.
En el relajo del sofá y cerrando el fin de semana pudimos ver,” Nueva York para principantes”. Nos la habíamos perdido en el cine y mira eso de que la pasen por TV, no está mal. Siempre hace ilusión volver a admirar la gran ciudad. Pero luego, pasa como siempre, que la ciudad desaparece y que quedan en una historia de interiores. Pero bueno, fue divertida y original. En cualquier caso, nos alegró habernos ahorrado la entrada.
Más interesante fue la peli del cineclub. Tienen la ventaja de que esas las escoges tú. Así que si te equivocas no tienes a quien echarle la culpa. Y escogí “Love happens”, de Brandon Camp que ya se había estrenado en Enero pero pasó bastante desapercibida. La protagonizan Aaron Eckhart y Jennifer Aniston y trata de un exitoso gurú de la auto ayuda que, tras la muerte de su mujer en un accidente de tráfico, escribió un libro sobre cómo superar las pérdidas. Y con tanto éxito que se convirtió en un superventas y él en un conferenciante y un cursillista de éxito que recorría las ciudades con cursos de autoayuda para personas en fase de duelo. La cosa parecía interesante. Acabo de leer una cosa similar , “El camino de las lágrimas”, de Jorge Bucay.
Las cosas que suelen decir este tipo de gentes y de libros son todas muy razonables. Ninguna de ellas posee cualidades milagrosas, así que no es de esperar que curen, pero uno las puede convertir en una especie de mantra que repite una y otra vez hasta que le van apaciguando. Y son como los horóscopos, dicen cosas tan generales que siempre acaban tocándote en alguno de tus puntos débiles. En cualquier caso, siempre está bien eso de dar sentido a tu vida, el hablar tus problemas, el no dejarte abatir por la desesperación, el racionalizar el trabajo, el quererte. No está tan bien esa especie de histeria colectiva que pretenden crear en sus auditorios con frases vacías (o, al menos, así lo parecen en las películas). Pero vamos, ni aunque fueran frases bien llenas de sabiduría. Al final, en lugar de alguien que reflexiona sobre un problema acaban convertidos en showmans que van buscando frases para dejarte nokeado.
Lo mejor, la moraleja del film: hasta los ayudadores precisan ayuda. Y otra más: en esto de la ayuda, la mejor, a veces, viene de quien menos lo esperas. En este caso de una florista, la Aniston, que le va permitiendo descubrir otros mundos y otra forma, más simple y sencilla, de ver el mundo.
Lo ves, me interumpe el blog, al final, la receta es hablar y escribir, si te lo digo yo siempre…

miércoles, junio 16, 2010

Sobredosis de lágrimas



Eso es lo que ha sucedido este fin de semana pasado. Mucha lágrima.
Me había ido a Pamplona para aprovechar, como hacemos siempre que tenemos oportunidad, para reunirnos toda la familia. Lo que no es fácil. Pero venía desde México nuestro hermano Rafael y era motivo más que suficiente.
El viernes la cosa estuvo tranquila. Es un decir, porque a Rafa le dejaron tirado en París. Venía a Pamplona con Air France vía París para enlazar a Bilbao y desde allí a casa. Hasta París todo fue bien, pero allí la compañía que lo debía trasladar a Bilbao canceló el vuelo. Esas cosas incomprensibles de la aviación (ya se ve que en todas partes cuecen habas). Los embarcaron, los tuvieron casi una hora en el avión y después les mandaron bajar porque la empresa que debía suministrarles el fuel estaba en huelga y no se lo sirvió. Y ni cortos ni perezosos cancelaron el vuelo. Y a reclamar al maestro armero. Para llorar, vamos. Pero como mi hermano es duro y decidido, en lugar de hacerlo, los mandó a freír buñuelos y alquiló un coche. Total que toda la noche viajando. Y en casa, las lógicas dudas sobre qué tal les iría en esa aventura milkilométrica. Pero todo fue bien.
El sábado visitica rápida al cementerio en Tafalla y comida familiar en el Zubiondo de Huarte. Buena elección y una excelente carne. Después, tarde tranquila en casa recuperando las emociones del chinchón, que es como una terapia para mi madre.
¿Y las lágrimas del título? Llegaron el domingo, como esas tormentas veraniegas llenas de furia. El primero en caer fui yo mismo. A veces sucede. Veo a mi padre en la fotografía del salón con su mirada serena y alegre como invitándote a sentarte junto a él. Y surgen enseguida las riadas de emoción como esas trombas de agua que en aquel mismo momento anegaban a nuestros vecinos del País Vasco. Son tormentas rápidas e intensas. Emotivas aunque no dolorosas. Son otra forma de encontrarte con los recuerdos, con la soledad sobrevenida, con lo que él era y significaba para ti. En fin, luego pasa.
Pero las lágrimas no acabaron ahí. Luego aparecieron en la Misa. El evangelio del día hablaba de la Magdalena que irrumpió en el comedor del fariseo que había invitado a comer a Jesús. Ella lloraba y con sus lágrimas enjuagaba y acariciaba los pies del Señor y luego le ponía perfumes. Bueno, el relato bíblico es bien conocido. Más curiosa fue la interpretación del párroco. Ya me pareció un tipo bastante especial cuando nada más salir de la sacristía entonó un cántico de entrada y como no le gustó cómo cantaban los asistentes mandó parar y les (nos) echó una bronca de padre y muy señor mío. Que no podía ser, que allí se cantaba y si no cantábamos nos podíamos ir a otra Iglesia. Todo en un tono bronco y desabrido. Mal comienzo, pensé. Y luego llegó el evangelio y después su homilía. Por extraños vericuetos llevó el tema a que debemos besarnos y abrazarnos. Que es eso lo que quiere el Señor. Aunque algunos curas y monjas os digan lo contrario, insistía una y otra vez. Supongo que se refería al Opus. Pero suena raro oírselo decir a un cura en plena homilía.
Las lágrimas siguieron por la tarde, aunque éstas ya venías de atrás. Lágrimas de ruptura emocional, de desconsuelo infinito. ¡Qué difícil es romper una relación! Y lo fastidioso es que sufre más quien más se ha entregado, quien más expectativas se ha hecho. De eso viene pérdida: es la frustración y desconcierto que produce la inutilidad de lo mucho que has dado. Y eso duele de carajo. Caes en el pozo de tus propios temores y malos presagios (si esto ha salido mal, nada me garantiza que otras experiencias puedan salir bien), capoteas en un oleaje que eres incapaz de controlar y tragas tanta angustia que sientes ahogarte, te revuelves una y otra vez en los mismos pensamientos (qué he hecho mal, por qué me pasa esto a mí, qué voy a hacer ahora). En fin, una locura. Y tú lo ves desde fuera y no puedes hacer nada. Sólo callar. Y esperar a que escampe. Y mostrar un poco empatía. Total, nada. Tiritas para quien se está desangrando.
Muchas lágrimas, ya digo. Pero la cosa no acaba ahí. Porque resulta que el libro que estoy leyendo va también de eso. El camino de las lágrimas, de Jorge Bucay. Es un libro de esos de “autoayuda” que me regalaron con la sana intención de que cumpliera, justamente, esa misión. Jorge Bucay, un autor de eso que ahora se llaman bestsellers, ha escrito, entre otras muchas cosas, una cuatrilogía (¿se dice así, no?: tres libros, trilogía; cuatro libros, cuatrilogía). Dice él que las personas hemos necesariamente de transitar por 4 caminos y a cada uno de ellos le ha dedicado un libro. El primero es el camino de la Autodependencia (que nos llevará a aceptarnos y a asumir el compromiso de ser nosotros mismos). El segundo es el camino del Encuentro (descubrir al otro, incluyendo el amor y el sexo). El tercero es el camino de las Lágrimas que fue el que me regalaron a mí (va sobre la superación de las pérdidas y los duelos). Y el cuarto es el camino de la Felicidad (que nos llevará a la plenitud y a dar sentido a nuestra vida). No está mal como esquema.
Pero, a lo que se ve, yo estoy en el camino de las lágrimas, intentando gestionar esa cosa del duelo. No es un camino fácil de recorrer y no creo que el libro pueda ayudarme mucho, pero tiene cosas curiosas. Algún día las comentaré. De momento, no sé si avanzo mucho o poco por ese sendero, pero por falta de lágrimas no será. Al menos, este domingo ha sido un auténtico aguacero.

miércoles, mayo 26, 2010

El Orfeón Donostiarra.




Eso fue, un inmenso placer de los sentidos, una pasada, una tromba de sonidos vibrantes y cadenciosos que te transportaban a una especie de cielo sonoro. Una maravilla.
Actuaron ayer en el Auditorio de Zaragoza que aportó al espectáculo su propia dosis de grandiosidad. No lo conocía, pero merece la pena. Forma parte de esa arquitectura sorprendente llena de volúmenes y espacios, con infinitas aristas y salientes tanto en el techo como en los graderíos. Si lo miras en su conjunto se asemejan a un juego de múltiples cascadas verticales y multicolores en forma de reservados en los que grupos de personas se superponen para no perder detalle del escenario. Pero el sonido es perfecto y la visión también lo es. No corres el riego de que se siente delante de ti alguien más alto o con más pelambrera y tengas que andar en permanente trajín buscando el hueco que deja su posición.
El concierto corría a cargo de la Staatskapelle Weimar que según señala su propaganda es una de las orquestas sinfónicas más antiguas del mundo. Fundada en 1491, ¡qué cosa!, un año antes de que Colón llegara a América ya existía la sinfónica. Contó entre sus valedores a Liszt que le dio relieve internacional y a Richard Strauss. Las guerras mundiales la llevaron casi a desaparecer pero enseguida surgió de sus cenizas y ha vuelto a ser una de las mejores orquestas de Alemania. Bajo la batuta de Leopold Hager, nos ofrecieron la Sinfonía nº 1 de Schubert y el Himno de alabanza (Sinfonía-Cantata nº 29 de Mendelssohn.
Y fue en la cantata donde participó el Orfeón. Impresionaba verlos salir, primero los hombres de negro, muchísimos y después las mujeres de un blanco impoluto, como si fueran vestales en un templo griego. Y el conjunto, espectacular. O sea, que el primer placer que uno siente es un placer visual y estético contemplando a un grupo tan inmenso de cantantes en un cuadro blanco y negro de cuatro filas abigarradas.
En la cantata participaron consecutivamente una soprano, un tenor y una mezzosoprano. Estuvieron bien, pero los momentos espectaculares se iniciaban cada vez que a un suave gesto del director el coro se ponía en pié (85 personas, 39 mujeres y 46 hombres) en bloque y empezaban a cantar. Allegros, moderatos, andantes, animatos iban sucediéndose en una secuencia intensa que uno desearía que no acabara nunca. ¡Qué cosa, los coros! Te meten en cuerpo y alma en una oleada de sonido que a veces es como un viento suave y otras como un tornado que te arrebata. En algunos momentos se te ponían los pelos de punta. Me acordé de mi hijo que, cuando era pequeño, en Florencia y arrobado por las maravillas que íbamos viendo me preguntó, “oye papá, cuál es esa palabra para decir que no se tienen palabras para decirlo”. Indecible, le dije. Pues así fue esa segunda parte del concierto de Zaragoza, inenarrable. No es fácil explicar cómo te hace sentir un coro cuando interpreta esas músicas potentes de las cantatas. Regresé al hotel en pleno éxtasis.

domingo, mayo 23, 2010

José Manuel Esteve

“Siento comunicaros que hoy ha fallecido José Manuel Esteve Zarazaga”, así comienza el escueto mensaje de Carlos Marcelo. Ya está. Una malísima noticia que te encoge el corazón. ¿Pero qué haces? ¿Qué se hace cuando una noticia así aparece en una lista de distribución? ¿Puedes exteriorizar tus sentimientos o eso está fuera de lugar tratándose de una lista profesional como la nuestra? No lo sé, la verdad, pero no me apetece retirarme a un rincón privado y dolerme a solas por la pérdida de un buen amigo. Espero no ofender a nadie, ni romper las normas implícitas de la lista, si le dedico unas palabras. Tampoco pretendo apropiarme de su recuerdo. Sé que otras muchas personas estuvieron más cerca de él y lo conocieron mucho mejor.
Fuimos compañeros de curso en la Complutense, él en el Chaminade y yo en el Pío. No grandes amigos entonces porque nuestras pandillas eran diferentes, pero sí buenos compañeros y colaboradores en las tareas académicas que como estudiantes de Pedagogía debíamos afrontar. Pero es que, además, algo tenía aquella promoción 1970-1973 de Pedagogía que nos unió de una manera especial. Y eso que éramos un grupo bien heterogéneo y con vidas tan diferentes… Él era el chico guapo del curso, lo que no pasaba desapercibido a nuestras compañeras. Pero además era serio, listo y trabajador por lo que tampoco pasaba desapercibido para los profes. Hace varios años celebramos nuestras bodas de plata y nos reunimos todos de nuevo en Madrid. Muchas más canas, más arrugas, más experiencias, pero la misma cordialidad. Fue un bonito reencuentro en el que algunas compañeras, ya más locuaces, le revelaron viejos afanes y le contaron a José Manuel lo atractivo que resultaba aquel guaperas simpático que además era el primero de la clase en casi todo.
Ya comenzaba a ser líder, cualidad que ha seguido manteniendo viva durante toda su vida. Lo saben bien quienes han convivido con él en los distintos ambientes académicos en los que ha desarrollado su actividad. Yo no he tenido esa suerte, pero ello no ha sido obstáculo para que mantuviéramos una cordial amistad.
No era difícil ser amigo suyo, tan simpático y cordial siempre. Tenía esa sabiduría natural que le permitía no enredarse en exceso en los intrincados hilos de las filias y las fobias a las que nos suele arrastrar el día a día universitario. Y así fue dejando su huella, cada vez más nítida, en los casi 40 años de vida intelectual y docente. No sólo los colegas de Teoría han perdido a un gran profesor, toda la Pedagogía está hoy de luto por su pérdida.
Una de las últimas veces que me encontré con él, fue en la cafetería de la Facultad de Educación en Málaga. Hacía yo un descanso en un curso para profesorado universitario. Él nos confesó que venía del hospital donde había recibido el enésimo chute de quimioterapia o algo parecido. Había pasado una época muy mala pero ya estaba algo mejor. Pero eso era lo de menos, estaba tan alegre y positivo como siempre. Eso era lo que enamoraba de él, la forma en que afrontaba las penurias de su enfermedad. Hasta se animó a contarnos un chiste. De médicos, claro, nos dijo, porque ahora mis paisajes están llenos de batas blancas. El chiste decía que el tipo que acababa de llegar a urgencias había tenido un grave accidente de coche, a resultas del cual se había abrasado el pecho y la barriga. Quemaduras de segundo grado, le habían diagnosticado. Le hicieron las primeras curas en el hospital y cuando ya se sentía un poco mejor el médico le permitió volver para su casa pero continuando con el tratamiento. Le hizo tres recetas y le explicó. Mire tiene que hacerse la cura cada 12 horas y aplicarse estos tres medicamentos. Esta primera es una pomada que contiene antibiótico porque hay que evitar a toda costa que se le infecten las quemaduras. Esta otra es una crema analgésica porque le va a doler mucho. Y, además, siguió el médico en cada cura me toma dos pastillas de Viagra. El paciente le miró dolido al médico como si se estuviera cachondeando de él. “Oiga doctor, si estoy hecho un ecce homo, no pensará que en estas circunstancias yo estoy pensando en el sexo, verdad?”. Ah, no, le dijo el médico, las pastillas son para que no le roce la sábana.
Las carcajadas resonaron en toda la cafetería. Así era él. Y éste es el mejor homenaje que se me ocurre en este momento, contar un chiste suyo. Porque, aunque estudió como nadie el cansancio y el burnout de los docentes, él siempre fue una persona vital y capaz de transmitir la voluntad inquebrantable por vivir a fondo la propia vida y hacerlo de una forma comprometida.
José Manuel, fuiste un gran compañero, un fantástico profesor y un incomparable pedagogo. Quienes tuvimos la fortuna de conocerte quedamos desolados al perderte. Un vacío que se une a otros vacios que se han ido acumulando en estos años. Contigo perdemos, además, una de esas personas que con su sonrisa amable y sus chistes son capaces de dulcificar el rigor del debate académico y de las tensiones cotidianas. Nos dejas de luto, amigo Esteve. Te echaremos muchísimo de menos.
Miguel Zabalza
(en nombre, aunque no he hablado con ellos, de todos tus compañeros de curso).

jueves, mayo 20, 2010

El Silencio

Hoy me desperté conversando con mi silencio. Parece algo absurdo, pero en esa región intermedia entre los sueños y el alba, nada resulta absurdo. Además ya decía Platón que el pensamiento es un diálogo consigo mismo. Pues hoy hablé con mi silencio. Quizás sean efectos retardados de mi regreso de Chile con Alfredo, el gurú de la “silent peace meditation”. O que sigo chapoteando en un cienagal de silencios todavía ruidosos. La cosa es que fue una conversación interesante. De las que hay que tener de vez en cuando para poner en orden algunos sentimientos.

Lo vi raro hoy. En otras oportunidades tenía un gesto más relajado. Estaba tenso. O intenso, no sé. Como si hubiera mucho silencio dentro de él. Muchos silencios. Cuando se lo comenté me miró con esa cara de lástima y resignación que acostumbra poner cuando las cosas no van bien. Hay silencios que son como metales pesados, tardan una infinidad en reciclarse, me dijo. Sí, supongo, acepté, ése es el silencio de los silencios, el que duele más. Llegará un momento en que será un silencio amable, se me ocurrió decir para consolarnos. Un silencio en el que podremos hablar con él. Probablemente, aceptó, pero por ahora es como una losa que te aplasta. Es cierto eso, le dije. Es un silencio excesivamente ruidoso y atronador. Sólo nos queda tener un poco de paciencia y esperar que vaya escampando la tormenta. Y ambos hicimos ese gesto cómplice de quien sube la ceja para asumir que hay cosas que están por encima de ti.

¿Y los otros silencios?, le pregunté. Sabes, me dijo, algunos representan al silencio como una cara con tres gestos: relajación, preocupación y muerte. Las tres cosas puede ser el silencio. Por eso hay muchos silencios. Y forman familias. A veces un gran silencio actúa como imán de otros silencios. Son como pelusas que se van pegando unas a otros hasta formar una bola. Son peligrosos porque pueden llegar a ahogarte. Uno a uno es fácil afrontarlos, así en pelotón la cosa se pone más chunga. ¿Pero son más o es que te cogen más indefenso, quise saber? Las dos cosas, me dijo. Ya, pensé, aquello de que “a perro flaco todo son pulgas”. No dramatices, me corrigió, algunos silencios sólo son intervalos entre sonidos, como en la música, no importa lo que se alarguen. Sí, es cierto, pensé. Eso me pasa con algunos amigos. Pasamos largos periodos de silencio pero luego todo se reinicia donde estaba. Viene bien ese silencio en algunos casos porque demasiada conversación y presencia agota las relaciones.
Pero, a veces, le decía yo, el silencio es vacío y ausencia, es preludio de que la cosa se acaba. ¿Cómo saberlo? Sí claro, me decía él, a veces los afectos mueren por inanición. Se van acumulando los silencios que tienen un efecto corrosivo y, cuando te quieres dar cuenta, ya no queda nada. ¿Sabes?, volví a insistir, esos son los silencios que más duelen. Lo malo del silencio es que tiene una gramática excesivamente compleja. No sabes qué significan. Algo quieren decir, de eso no cabe duda (ya decía Watzlawick que “no se puede no comunicar”), pero qué. En cualquier caso, me dijo medio serio, el silencio nunca es un buen síntoma. Algo pasa. No es verdad que no sepamos traducir los silencios. Lo que sucede es que no solemos querer, preferimos no hacerlo. Mal que me pese, decía él, ser silencio es no ser, es vacío, es ausencia, es duda o, incluso, negación y rechazo. Ninguna de esas condiciones se avienen con el cariño, el recuerdo, la amistad sincera. Siempre hay excepciones, pero no son muchas.
¿Y qué se hace?, quise saber. ¿Devuelves silencio a quien te lo da o tratas de romperlo con tus voces?. No lo sé, me contestó. Soy el menos indicado para resolver ese dilema. En puridad, yo únicamente puedo ofrecer silencio, pero ya me doy cuenta de que la suma de silencios pocas veces trae buenos resultados. En este caso, la suma de negativos no da un positivo sino un doble negativo. Chungo. Además, el psicólogo eres tú, ¿no? Tú sabrás. Pues no, la verdad, tuve que reconocer. Suelo ser de los que siempre prefieren dejar puertas abiertas aunque sea hablando sólo, pero he de reconocer que muchas veces me siento un poco estúpido y patético, como si estuvieras pidiendo al otro que, por favor, no te olvide. "Ya, me contestó como queriendo concluir la conversación, pero ni te imaginas cómo consuela, a veces, a quien está en silencio, recibir esas voces no pedidas". Eso quisiera creer, le respondí, porque no te creas que se pasa bien.

Y así, sin más, se coló de nuevo en mi interior y se aposentó en su rincón oscuro y frío. Tampoco es vida lo suyo, la verdad.

miércoles, mayo 19, 2010

El hombre de rojo

Ya van algunos días sin escribir. Y no por no tener noticias. Muchas que contar de Chile, aunque la mayor parte de ellas profesionales (no sé si eso les quita o añade interés). Otras más personales, con momentos de melancolía y agobio personal. Pero en fin, aunque comenzó mal con la historia de la “puta naranja”, acabó bastante bien. Agotado, como suele ser habitual en este tipo de viajes. Pero la gente chilena es cordial y amigable y eso lo hace todo más fácil.
Interesante fue el regreso.
Todo un personaje. El tipo medía en torno a los dos metros. Todo de rojo, de arriba abajo. Yo lo había visto en los pasillos del aeropuerto de Santiago de Chile y tuve la impresión de ver a uno de esos pirados que uno se encuentra de vez en cuando. Pero no pude por menos de quedarme mirándolo, como todos con cuantos se cruzaba. Alto, fuerte, con cabello blanco recogido en una coleta, barba blanca amplia. Una túnica roja que lo cubría de arriba abajo. Y cruzándole el pecho una especie de beca ocre de esas que suelen ponerse los colegiales o los graduados americanos en el acto de la graduación. Si hubiera abierto los brazos en cruz, parecería uno de esos Cristos que aparecen en las cumbres de las montañas. Luego lo perdí de vista.
Cuando llegó la hora del embarque, todo fue bastante embarullado como de costumbre. Gente que se pone desde mucho tiempo antes en la fila pero que luego no puede pasar hasta el final, con lo cual colapsa la entrada. Esta vez había tenido suerte y pude conseguir un up-rate con puntos, así que pude entrar de los primeros a Bussiness. Iba delante de mí un coreano bastante agoiro, de esos que hacen gimnasia en cada sitio y van muy preocupados por su trabajo. Me pareció que llevaba mi misma fila y una letra contigua a la mía en su billete. Mal asunto, me dije, me va a tocar de compañero este coreano: comerá, dorimrá, hará ejercicios bucales y gimnasia de esa seca. Total toda la noche en danza.
Pero no, hete aquí que quien se sienta a mi lado es el Cristo de rojo. Primero pensé que aquello iba a ser un agobio (a saber qué lengua hablaba o hasta donde llegaba su locura andando de aquellas pintas). Además era grande de cojones. Pero bueno, en preferente se va bien para estos viajes largos. Nos sentamos y cada uno se dedicó a lo suyo. Así hasta que nos trajeron la comida. Para entonces yo ya sabía que hablaba español pues lo había oído dirigirse a las azafatas que estaban alucinadas con él. También que era vegetariano: no comía nada que viniera de animales, así que tuvieron su pequeña dificultad para atenderle aunque le traían menú vegetariano. Pero para entonces ya habíamos acoplado nuestros ritmos y no fue difícil preguntarle si era chileno. Me dijo que sí pero que vivía en Portugal, en Obidos. Hombre yo conozco mucho eso, le dije. A veces me alojan ahí cuando voy a las Facultad de Motricidad Humana. Ya habíamos roto el hielo. La cosa iba mejor.
Aunque nunca creí que me atreviera hacerlo, la pregunta se me fue de las manos. Oiga, ¿significa algo esa ropa que lleva? Sí me dijo, yo soy sacerdote budista. Ah!, carajo, los budistas van de rojo. No lo sabía, la verdad. Pero la cosa no paró ahí. Además de sacerdote budista, el tipo me contó que era sacerdote Maya, chamán y sanador. Y alguna cosa más que ya no acerté a descifrar. Impresionante, pensé para mí. Luego me confundió un poco porque me dijo que también era economista y que en su otra vida había sido gran personaje del Banco Mundial y Embajador de Chile. Él no bebía (también les dijo a las azafatas que había sido alcohólico, pero eso no se lo creí) yo sí. De forma que las dificultades para entender las cosas venían, sobre todo de mí. Me lo estaba poniendo difícil. Yo le decía que sí a todo, por supuesto. Y, a la postre, resultó que todo aquello era verdad. Aquello y mucho más. Me habló de su año en el Tibet formándose con una maestra tibetana y su otro año en tierra Maya (tuve gran suerte pues los chamanes mayas no enseñan sus técnicas a quienes no son mayas, pero me cogió un momento de apertura y pude formarme). Pero además, iba mencionando cosas chocantes, sus grandes conferencias ante los gobernantes de países, su estancia en el Vaticano hablando ante prelados y cardenales, su mensaje en la ONU. Llegó un momento en que me perdí. Hasta creo que cogí una medio borrachera porque eltío me tenía en vilo ante tanta sorpresa que yo intentaba calmar a base de Campillo que las azafatas traían generosas.
Hablamos de lo divino y lo humano (era lo propio en aquellas circunstancias), incluso le conté cosas que le gustaron mucho, aunque, obviamente el tema era él. Como buen gurú, tenía el narciso muy desarrollado. Pero resultaba simpático.
Y, a medida que avanzaba la charla y la tarde de vuelo, yo me iba haciendo una ligera idea del personaje. Había trabajado en el Banco Mundial como economista. Y debió llegar a tener altas responsabilidades en la organización. Al final, según contaba, lo echaron porque no apoyó algunas medidas favorables a China, pero resultó que su jefe era chino, así que lo botó. Y se dio a la religión, a las religiones. Y fue pasando por varias de ellas. Se había formado en los Jesuitas, pero no le gustó el elitismo de sus colegios. Luego debió pasar por otras, hasta recaer en el budismo y completar su itinerario en el chamanismo azteca. Todo un recorrido vital.
Y todo lo demás es cierto. Se llama Alfredo Sfeir-Younis, chileno de origen libanés. Resulta ser uno de esos gurús que predican la paz mundial. Lo suyo se denomina silentpeacemeditation y va recorriendo el mundo dando sus prédicas. Pero sin intentar hacer de misionero, me confesó en la larga charla que tuvimos. Fue un viaje interesante. Ojalá se me haya pegado algo de su sabiduría, que seguro que la tiene a raudales. Y yo que sospechaba de él… ¡qué atrevida es la ignorancia!.

lunes, mayo 10, 2010

Las madres.


Día de la madre en Chile. Una semana después que en España. Un día muy especial aquí. Oí decir que es la segunda fecha más importante en ventas de todo el año. Calculo que la primera son las Navidades. Suena a comercial, pero es bonito. Bonito que la gente convierta en prioridad las atenciones a las madres. En un país que ha sufrido lo suyo en los últimos meses, aún sabe mejor.
El día fue precioso. También la Naturaleza quiso sumarse a la celebración. Allá a mediodía comenzaron a salir las familias con niños pequeños a pasear y disfrutar del sol. Eran las madres las que mostraban orgullosas a sus hijos. Se las veía contentas, felices, poderosas. Como quien ha cumplido con su misión o, al menos, con parte de ella. Era estupendo verlas. Emocionaba. También ver a los maridos o parejas o lo que fuera. También ellos disfrutaban del momento. Si existe la felicidad, no creo que haya ninguna representación de ella que supere ese cuadro de las madres y sus parejas con sus niños pequeños. En las miradas que se cruzan entre ellos, en la forma que tienen de agarrarse, de caminar juntos se acumulan tantos sueños, tantas nostalgias, tanta vida compartida que te quedas atrapado en la contemplación.
Luego, hacia el mediodía empezaron a aparecer las otras madres, las mayores, las abuelas. En su caso eran los hijos, los que se enorgullecían de estar con ellas celebrando su día. Caminaban hacia los restaurantes (imposible encontrar una mesa libre hoy en Santiago), las cogían del brazo, las ayudaban, las regaloneaban. Y ellas les seguían la marcha, algunas a duras penas. Pero se las veía también orgullosas, contentas. Muchas con una flor en la mano, o con un fulard nuevo. También se hacía emocionante el espectáculo. Quizás no se hablaran mucho entre semana, pero hoy era un día especial y se les notaba. Sobre todo a los hijos. Quien sabe, quizás seamos más sentimentales. O, probablemente, es que les debemos más.
Claro que, en medio de esa orgía de sentimientos hermosos, yo seguía caminando sólo por las calles céntricas de la ciudad. Y como no podía ser menos, con las emociones un poco alborotadas. Es un mal cocktail esta mezcla de soledad y lejanía. Ni siquiera hacen falta temblores, tan frecuentes aquí, para que se te desencuadernen las visagras y se descoloquen los refuerzos que vas colocando en las grietas del alma. Pero hoy no es día de lágrimas y suspiros. Hoy no toca. Es el día de las madres. Y hasta ella volaron mis pensamientos.
La Salo. ¿Qué estaría haciendo en aquel momento? Bueno, lo que es seguro es que estaría en casa, seguramente con varios hijos o nietos. Con tanta celebración aquí del día de las madres, yo casi no tuve tiempo de felicitarle. Tuve que llamarla de víspera porque el domingo estaría viajando cara a Chile. Ella lo entendió, o eso creo. Pero a mí me dejó fastidiado esa mala coincidencia. Después de tantas visitas durante los últimos meses para atender a papá, uno se acostumbra y siente más la ausencia.
Pues ya ves, mami. No pude celebrar como me hubiera gustado el día de la madre, pero lo he tenido repetido aquí en Chile, una semana después. Y esas cosas se viven de forma parecida allí y aquí. Sólo que aquí, los hijos han podido sacar a sus madres a comer y les han regalado una rosa en el restaurante. Lo mismo que, supongo, hicieron mis hermanos el domingo pasado contigo. Yo me he tenido que contentar con pensar en ti mientras observaba curioso cómo festejaban otros hijos el privilegio de poder celebrar este día con sus madres. Todo se andará. Me reservo ese placer para dentro de unos días. Un beso muy fuerte desde este otro Santiago, a diez mil y pico kilómetros del mío. Un beso, mamá.

domingo, mayo 02, 2010

Chile y la naranja


Dicen que la única forma de recobrar la normalidad es volviendo a ella. Finiquitar el estado de excepción (donde todo suena y sabe distinto, donde te permites sentirte en un estado especial y los demás también te ven raro) y recuperar la vida cotidiana. Cerrar los paréntesis y seguir con la narrativa habitual. A veces asusta. Otras te sientes como culpable por cerrar un capítulo que supones deberías mantener abierto y por sufrir menos de lo que deberías sufrir. Uno ya entiende que eso llegará en su momento. Lo difícil es averiguar cuándo llegó. En fin, malos rollos para espíritus diletantes.
El caso es que decidí que no podía mantener más tiempo el stand by profesional. Entre otras cosas porque lo único que conseguía era ir aplazando las cosas y abusar de la generosidad de quienes me las habían encargado. Al final tendría que poner otras fechas y ocupar otros tiempos de los que quizás no dispondría. Y ahí viene Chile.
Ya había acordado hace meses un par de compromisos con universidades chilenas. Una semana con la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y otra con la Universidad Central. En ambos casos como asesor internacional en sus proyectos MECESUP para el rediseño de sus Planes de Estudio. Había suprimido el viaje por la enfermedad de mi padre porque por nada del mundo hubiera querido que le pasara algo estando yo fuera. Pero desgraciadamente nos dejó antes e incluso fue generoso dejándome un par de semanas intermedias para renovar el ánimo. No tenía sentido aplazar más el viaje. Así que les pedí que reprogramaran las actividades. La gente es buena y accedieron. Y, como sucede siempre, llegó el día y ahí me tienes de nuevo en la T4 de Barajas recuperando viejas sensaciones. Mis amigos no se lo creerán, pero llevaba sin viajar (viajes largos) desde Noviembre.
Aún no me lo explico pero tenía tan mal planificado el viaje que me chupé 5 horas en el aeropuerto. Menos mal que fueron en la sala VIP y eso lo hace más entretenido. Y eso que mis propósitos de normalidad se rompieron a media tarde cuando pasando delante de la sala de la TV vi que echaban una de Paco Martínez Soria. A tomar por el saco las emociones. Ése era un espacio que yo compartía con mi padre. Lo llamaba siempre que ponían alguna y cuando estaba con él nos encantaba verlas y reírnos juntos. Allí me quedé imaginándolo a mi lado y entremezclando sonrisas y lágrimas. Supongo que cosas de éstas, recuerdos que se te cruzan, imágenes, situaciones vividas juntos nos rondarán por mucho tiempo. Aún es pronto y esos recuerdos te lo remueven todo. Son momentos en los que la pérdida se te hace tan patente, tan física que te duele todo.
Cuando acabó me fui a cenar y después a ver el partido del Barça contra en Villarreal. Había mucho catalán en la sala, así que se organizó un buen jolgorio a medida que iban cayendo inmisericordes los goles blaugranas. Y de allí, al avión pues ya estaban embarcando.
El viaje fue bien. Aunque me tuvieron en vilo hasta el último minuto, cuando ya entraba resignado a mi asiento en turista, la azafata me dijo que me ofrecían un upgrade a Bussiness. No le di un beso por timidez, pero no pude evitar un salto de alegría. “Esto empieza bien”, pensé para mí. Y fue bien. Como ya había cenado en la sala VIP apenas probé nada de lo que nos dieron. Vi una peliculilla mediocre y traté de dormir toda la noche. No pude, claro. Ni con pastilla, pero tampoco fue desagradable. Simplemente se trataba de ir dejando pasar las horas, que son muchas. La leche de horas, unas 14. Vi que la información del vuelo decía que habíamos recorrido 10.700 Km. La leche.
Llegamos al aeropuerto de Santiago de Chile 10 aviones internacionales en el plazo de una hora. Así que aquello era un mundo para pasar la policía. 45 minutos de esa cola infinita en zigzag que ponen ahora. Pero también pasó, es cuestión de paciencia. Fue gracioso porque había como una docena de cabinas de policías atendiendo los pasaportes. Y un funcionario indicando a cuál debías ir. Y lo estaban volviendo loco la gente de la fila. “la cinco está libre”; “la doce está llamado”: “oiga, la tres, es que está ciego”. El tipo empezó a cabrearse: “hagan el favor, déjenme a mí”. Pero ni por esas, sobre todo los chilenos. Se las estaban haciendo pasar canutas. “A un guardia civil, podríamos hacerle eso”, pensaba yo para mí.
Pero ahí acabó la felicidad del viaje. Pasé el control de pasaportes, recogí mi maleta y corrí raudo a pasar la aduana y encontrarme con Carlos Moya que me esperaba fuera. ¡Y un huevo de pato! En Chile están obsesionados con su agricultura y ganadería. Y te escanean las maletas para ver si llevas productos alimenticios o animales. Yo metí las mías y pasé tranquilo. ¿Quién me lo iba a decir? “Eh, usted, me llamó el policía. ¿Esta maleta es suya?”. Era mi trole. “¿Me podría usted enseñar su papel de aduana?”. Era el que nos habían dado en el avión donde te preguntaban si traías dinero, comida, frutas, hortalizas. Siempre pongo que no a todo, claro. “Está sin firmar, me dijo”. Y generosamente me dio su bolígrafo para que firmara. Después abrió la maletita y, ¡santo cielo!, allí estaba mi naranja. La había cogido en la sala VIP, pensando que iría en turista, para refrescarme un poco la boca a media noche. Luego al ir en Bussiness me olvidé totalmente de ella. El tipo me la enseñó triunfante. “Trae usted una naranja”. “¡Es verdad!, confesé. Me había olvidado totalmente de ella. Puede quedársela”. “Pero usted ha firmado este papel diciendo que no trae frutas. Este es un documento oficial del Gobierno de Chile. Ha firmado en falso!” No nos volvamos locos, pensé para mí. El tipo me estaba medio acusando de perjurio. ¡Por una puta naranja! Ni siquiera era “frutas”, en plural, como decía el papel. Pues no hubo tu tía. Me pidió el pasaporte. Tiene que acompañarme, me dijo, como si hubiera encontrado un alijo de droga. Me llevó a un rincón. Sacó unos documentos de una carpeta e inició la apertura de un expediente con mis datos, el momentos, el vuelo, la cinta, todo. Muy concienzuda la recopilación de evidencias. Incluso pesó la naranja: 0,22 Kg. Y me la leyó. No añadió aquello de que tiene usted derecho a guardar silencio y hablar solo en presencia de un abogado, pero se lo había tomado tan en serio que no me hubiera extrañado nada. “Espere en ese banco y enseguida le llamarán”. Metió la naranja y su atestado en una bolsita y se la llevó a la oficina. Yo me senté en el banco y esperé.
Me llamaron a los 20 minutos y pasé a un cuartucho con varias mesitas y ordenadores. Se hizo cargo de mi caso un policía joven. Muy atento. Me saludó, me dijo su nombre y me enseñó su placa para que lo comprobara. “Discúlpeme unos minutos mientras compruebo unos datos en el computador y enseguida comenzamos”. Sonaba bien, pero la situación seguía siendo esperpéntica. A todas estas vi que en otra mesa se estaban ensañando con una señora. Mi fijé un poco más y vi que en la bolsita de las evidencias, la funcionaria tenía una mandarina pequeña. “Uf!, pensé, si a ésa por una mandarina ridícula la tratan así, ya verás el sarao que me montan por una naranja”. Al poco el funcionario comenzó a explicarme si entendía por qué estaba allí. Le dije que entender entendía pero que me parecía ridículo. “¡Por una puta naranja!”, le dije. “Una naranja, me dijo él, lo demás sobra, que yo le estoy tratando a usted con respeto”. No se podía decir puta allí, me aclaró. Le pedí disculpas. Pero seguimos discutiendo. Yo no entendía que pudieran perder tanto su tiempo y el mía por una naranja. Ni sé la cantidad de papeles que hizo: la denuncia, el certificado de evidencias, el reconocimiento del requisamiento, la autorización de la destrucción de lo requisado. Y todo por duplicado con sus fotocopias y la doble firma, la suya y la mía. Otra media hora. Discutí mucho, la verdad, pero no merecía la pena. El estaba haciendo su papel. Y al final, hasta me perdonó la multa. Puso en la denuncia que llevaba la fruta por olvido y que no lo hice con mala intención. “No hable de esto fuera”, me dijo. La legislación ordena poner multas que van de los 250 dólares a los 1200. Tenga más cuidado la próxima vez porque no se librará. “Voy a tener que darle las gracias”, pensé confundido. Así lo hice y me escapé sin mirar atrás porque me podía perder la cara de cabreo.
Allí encontré a Carlos esperándome. Desesperado también él y pensando que ya me había ido. Menos mal que se rió y me contó aventuras similares de otros profesores a los que había ido a esperar. A uno le habían quitado medio kilo de jamón de jabugo que le traía. “Pero no creo que lo destruyeran como le hicieron firmar”, aseguró.
De allí al hotel. Una duchita reparadora y una media siesta para recuperar fuerzas. Pero al rato me despertó un terremoto. La habitación comenzó a moverse como si estuviera en un barco. Me quedé más perplejo que asustado (al final, aquello se parecía al avión donde también estás tumbado y también se mueve, a veces mucho). Pero el movimiento seguía y seguía. Era como un columpio que iba para adelante y para atrás.. Dudé si levantarme y salir corriendo pero oía que los coches y autobuses seguían pasando por la calle Apoquindo. Así que decidí que tampoco yo me dejaría asustar. Seguí en la cama y la cosa volvió a la normalidad. Luego cuando salía a la calle se lo comenté al recepcionista. Sí, me dijo, pero fue sólo un temblor. Usted lo notó más porque está en el séptimo piso. Luego en la radió oí que hablaban de que el epicentro había estado en una ciudad al sur de Santiago y que se habían caído algunas casas. Pero no parecían darle demasiada importancia. Creo que es bastante habitual en los últimos meses.
En fin, llevo sólo unas horas en Chile y ya han estado a punto de multarme (¡por una puta naranja!) y he vivido un miniterremoto. Esto es entrar en situación de golpe. Ya empiezo a estar preocupado por las sorpresas que me pueda deparar la semana que entra.

domingo, abril 25, 2010

Circo del Sol


Semana de resacas y dolores pero, también, semana de reconstrucción, de dejar reposar el duelo, de revivir. No está siendo fácil, ¿cómo podría serlo?, pero va adelante. A los poquitos.
Ha sido importante el mar, fíjate tú por dónde. El mar tranquiliza, parece que va a lo suyo pero tiene ese imán particular que hace que poco a poco vayas entrando en su terreno, en su lógica de idas y venidas pausadas. Es como un karma que se repite infinitamente y te va vaciando poco a poco el nido de avispas que llevas en la cabeza. Al final te quedas solo con las olas. Magnífico terapeuta el mar.
Pero esta entrada quiero dedicársela al Circo del Sol. Nos ha visitado en Santiago de Compostela de manos del Xacobeo 2010 y ha sido tanta la presión de espectadores que han tenido que ampliar dos días más las representaciones. 5 días a dos sesiones completas. Impresionante.
Hacía años que no iba al circo. De niño los adoraba, pero últimamente se han ido consumiendo en sus propias contradicciones (está mal visto lo de los animales, no se les permite asumir conductas de riesgo a los artistas, resultan demasiado caros los montajes, ahora ya ves en la Televisión cosas de magia, malabarismo o payasos que antes solo podías ver en el circo…). Total que, al final, nos quedamos sin poder disfrutar de aquella emoción que siempre provocaba el circo. Se hacían necesarios cambios profundos en la concepción y desarrollo de los espectáculos. Y eso es lo que ha hecho el Circo del Sol.
Venía precedido por tanta fama que, en seguida, se convirtió en la estrella de este Xacobeo. Las entradas muy caras y, pese a ello, inmensas solicitudes. La primera tanda de entradas por Internet se agotó en apenas unas horas. Nosotros tuvimos suerte de buscarlas nada más iniciarse la venta y conseguimos dos en segunda fila. Creí que buenísimas, aunque luego no lo fueron tanto. Quedaban muy laterales. Pero tenían la ventaja de que veías a los artistas, veías sus caras, sus gestos, sus muecas. Podías admirar la belleza de sus atuendos. Todo nos resultó muy próximo y alucinante.
Y qué decir del espectáculo SALTIMBANCO. Una auténtica maravilla. Sé que el Circo del Sol tiene otros mejores y, quizás, otras versiones de éste mismo también más ricas (cuesta creer que, actuando como actúan por todo el mundo, hayan venido a Santiago de Compostela sus mejores acróbatas y artistas). Pero no cabe duda de que quienes actuaron aquí eran buenísimos. El espectáculo en general fue extraordinario. Sales lleno de alegría y eso es ya suficiente.
Lo primero que te llama la atención es el enorme colorido de vestimentas y atrezzo. Todo muy bien conjuntado utilizando los colores del arco iris. Un festival de colores cada vez que el grupo aparecía en conjunto. Color y movimiento en una especie de danza caótica en la que no sabes muy bien hacia dónde mirar pues por todas partes hay estímulos atractivos. Y, también, luces y música en otra simbiosis espectacular. Al final acabas hipnotizado por esos cuatro elementos: el color, el sonido (con una banda actuando en directo más todos los sonidos grabados), el movimiento y la luz (capaz de crear ambientes mágicos).
Pero claro, un circo no es nada sin sus números. Por buena coreografía que tengas, lo que esperan los presentes es ver las maravillas que atletas y artistas bien entrenados son capaces de hacer. Al circo se va a soñar, a ver que cosas que para ti son impensables otros las saben hacer. Los números fueron maravillosos (y conste que soy consciente de que estoy repitiendo mucho esta palabra): los atletas subiendo por la barra fija vertical como si estuvieran haciendo una tontería, la pareja de gauchos boleadores (espectacular, y eso que yo ya había visto muchas veces ese ejercicio en Brasil, pero la mezcla de percusión, baile y bolas, me pareció especialmente bello), los saltos desde el balancín a la cima de la torre humana, las japonesas siamesas y sus increíbles equilibrios en el aire, los dos tipos y la fuerza de sus brazos (y de sus cervicales, el tipo que hacía de soporte debía tener las cervicales de hormigón, si no resulta imposible hacer lo que hacía), el ciclista, el mimo (su primer número, sobre todo, en su ahogamiento en el baño, realmente insuperable; el segundo, cuando sacó a un espectador me pareció un abuso). En fin, los números fueron excelentes. Tenía al lado a una señora que no paraba de exclamar “increíble”, “increíble”. Y la verdad lo era. Parecía mentira que se pudieran hacer cosas como aquellas. No puedes dejar de admirarte de la fuerza de los artistas, de lo mucho que deben entrenar, de cómo han sabido llegar a la perfección. Salimos discutiendo si incluso los dos fallos que tuvieron (la niña que debía saltar desde el balancín a una torre humana de tres pisos y la chica que movía ocho pelotas) no estarían ensayados y los harían a propósito para movernos a esa predisposición a animarla a que lo lograra y cuando lo hace los aplausos se multiplican.
En fin, maravillosas dos horas y pico de sueños y admiración, de sensaciones estéticas inenarrables y de humor. El circo sigue teniendo una magia que te atrapa.
Eso el sábado. Y el domingo nuevo espectáculo, esta vez en Coruña. El Slava’s snowshow protagonizado por el payaso ruso Slava Polunin que, curiosamente, trabajó también en el Circo del Sol dentro del espectáculo Alegría. Fue un show curioso. Nada que ver con el circo del día anterior (los recursos que utiliza son mucho más precarios), pero que llega también a emocionar, sobre todo por el juego de gestos y movimientos con los que son capaces de expresar infinitos sentimientos. Cada vez me gustan más los mimos. Los buenos, claro. Los de este espectáculo me parecieron excelentes.
El escenario de un teatro de provincias no da para muchos excesos coreográficos, pero Slava ha sabido superar esa limitación y convierte en escenario toda la sala. Te lanza un imponente tornado de papelitos de colores que simulan nieve, te envuelve en una especie de tela de araña, se distribuyen los payasos por la sala metiéndose con los espectadores, se convierten en directores de un coro global que somos todos (y hay que ver qué gustosamente se mete la gente en el papel; también mérito de ellos que con un simple gesto son capaces de implicarte), te manda globos enormes para que todos nos sintamos con ganas de empujarlos y participar en la fiesta (pobres los de los palcos y plateas porque ellos se quedaron sin esa parte del espectáculo). En fin, un espectáculo emotivo y bonito.
No se puede pedir más para un fin de semana. Y eso que aún nos falta la peli de hoy domingo. Pero todo se andará.
Y así, a los pocos, con estos pequeños chutes de emoción y fantasía uno hace como que se olvida de que ahora hace una semana el mundo se le vino abajo.

jueves, abril 22, 2010

Duele.


Otro día más sin él. Uno lo va aceptando pero cuesta mucho sacárselo de la cabeza. Sobre todo los pequeños detalles de las últimas semanas. Esa tensión con que todos vivíamos cada momento a la espera de sus peticiones ha hecho que se grabara a fuego cada minuto. Cama arriba, cama abajo, agua, besos, levantarle para que respirara, llevarle al sofá y luego de vuelta a la cama, sentarlo en la silla, cogerle las manos, hablarle de cosas, atender la medicación, ayudarle a comer, refrescarlo, lavarlo, cambiarlo, tantas cosas… Incluso los momentos malos eran momentos magníficos porque implicaban una intensa relación y comunión con él. Tenías que tener a cien tu nivel de concentración para saber interpretar lo que quería y, si no lo lograbas, para entretenerlo con otras cosas.
En fin, la cabeza ya se esfuerza porque entienda y acepte. Que fue lo mejor para él, que había llegado su hora y el organismo no daba para más, que la vida es así, que ahora está más tranquilo. No es difícil de entender. Pero la cabeza manda poco en estos momentos. Es el hígado el que se ha hecho con la situación. Y él es menos razonable y, además, no se siente bien. Anda la angustia revoloteando por sus terrenos como una cosa viscosa que lo va impregnando todo de desazón, de ardor. Y eso duele todo el pecho. Y no hay Almax que lo suavice. Ni que pare las arcadas de emoción que de vez en cuando surgen de dentro como las columnas de humo y ceniza que arroja el volcán de Islandia. En fin.
Convertir la angustia en sufrimiento, el sufrimiento en dolor, el dolor en recuerdo y el recuerdo en recuerdos. Ése es el proceso que debería seguir el duelo por la pérdida de un ser querido. O, al menos, así (o parecido) lo contaba un amigo en una situación similar. No son pasos fáciles de dar, sobre todo el de salir de la angustia, pero poco a poco lo consigues. Yo creo que la angustia era mayor antes de que sucediera que después. A mí, al menos, me pasó. Después vino el sufrimiento, el no poder dejar de llorar, el sentirte mal y con una desazón incontrolable que no sabrías situar en ningún sitio (no es que te duela algo) sino que te envuelve como esa niebla espesa y fría que se te mete en los huesos. También eso pasó, aunque algún episodio vuelve de vez en cuando. La cuestión ahora es cómo ir manejando el dolor y convertirlo en recuerdo. Un recuerdo lindo de lo que fue nuestra vida juntos, de los muchos momentos compartidos, de las sonrisas y los cariños. Será el arco iris de que la tormenta comienza a escampar. En ello estamos, aunque el hígado no es fácil de convencer. Él sólo repite que duele, que duele mucho. ¡Pobriño!

martes, abril 20, 2010

Adiós, papi


A mamá no le importa hablar de ella pero a él le aterraba la muerte. Cada vez que salía la conversación, huía de ella con angustia. Calculo que, de puro sociable, le resultaba insoportable la idea de la soledad eterna tras la muerte. Por eso nos dolió más todo el proceso, porque nos poníamos en su lugar y sentíamos lo mal que lo debía estar pasando al ver que se le iba acercando la hora de enfrentarse a ella. Quizás por eso, las últimas semanas conversaba en sueños con su hijo Javier que lo estaba esperando al otro lado de la vida. Así se lo dijo al médico: que hablaba mucho con él. Le pediría información de primera mano. Seguro que Javier nos tomará el relevo en cuidarlo. Volverán a recuperar aquellos años felices en que vivían juntos y se cuidaban mutuamente. Da seguridad saber que tienes a un hijo que te está esperando.
En cualquier caso, con miedo o sin él, llegó la hora de la despedida. Se agarró a la vida con uñas y dientes, hizo cuanto humanamente pudo hacer. ¡Pobrico! "Yo ya quiero andar, decía, pero es que no puedo". Y pese a todo su agotamiento, a nada que pudiera, jamás dejaba de hacer bicicleta estática, o pasear, o hacer gimnasia. Todo un ejemplo para nosotros que tenemos bastante menos voluntad que él. Quizás por eso vivió tanto y desafió cuantos informes médicos lo situaban en fases terminales. Ya nos habían dicho los médicos que llevaba viviendo 30 años de regalo (desde que a los 50 tuvo dos infartos y tuvieron que hacerle varios bypass), que disfrutáramos con él lo que le quedará. Pero así, a los poquitos, le fue quedando mucha vida. Y se esforzó en prolongarla cuanto pudo. Los últimos meses con un esfuerzo sobrehumano. ¡Se merecía un descanso!
Su muerte fue tranquila. O eso nos pareció. Quería morir en su casa y lo consiguió. Se armó de valor y pidió a los médicos que le dieran un permiso de fin de semana, como en la mili. Lo consiguió el Viernes por la tarde con la firme promesa de volver a la clínica el lunes por la mañana. Pero no pudo ser. Llegó a casa, se relajó, disfrutó de nuevo de su sofá, vio los toros de la Maestranza, cenó, charló con quienes le acompañaban y se acostó asustado, como siempre, de tener que afrontar la noche. A la madrugada las cosas ya se habían puesto mal y Ramón tuvo que llamar al 112. Mal pronóstico, le dijeron, puede ser cosa de horas. El nos avisó a todos y allá salimos. Nosotros desde Galicia, Michel de Barcelona, Rafa desde México, vía N.York . Llegamos a mediodía y así, aún tuvimos toda la tarde para estar con él. Se animó a los toros pero ya con los ojicos cerrados, oyendo sin más. Pero no estaba bien. Se acostó al rato y le estuvimos haciendo compañía. Seguía tranquilico; su único problema eran las flemas. Le faltaban las fuerzas para luchar contra ellas pero aún se animó a tomar el yogourt que le ofrecía Santi, paladeándolo con gusto. Y así pasamos la tarde, subiendo y bajando la cama, poniéndole a él de pie para que respirara mejor. Pero la respiración comenzó a hacerse más suave y entrecortada. Y así hasta la medianoche cuando ya Michel nos advirtió que la cosa se acababa. Cada vez apneas más largas con retornos casi mecánicos. Y de la última ya no volvió. En todo ese tiempo nos tuvo a su lado, dándole la mano, sorbiendo nuestra propia angustia y haciéndole sentir que estábamos allí. Su mujer, parte de sus hijos, algunos nietos. Fue terrible y pacífico, a la vez. Jamás había asistido a una muerte. Le tengo pánico a la muerte, seguramente herencia de él. Le tenía pánico a su muerte porque sentía que él se la tendría. Pero todo fue muy sencillo. Será un recuerdo agridulce que, seguramente, no olvidaré jamás. Ojalá la mía fuera así. Nos parecemos tanto en tantas cosas que ojalá también lo hagamos en eso.
¡Ay, papi, querido! Durante algunos momentos yo sentí que ya no estabas allí donde nosotros mirábamos. Me acordé de lo que cuentan de la luz al final de un túnel. Debiste estar caminando hacia esa luz toda esa tarde del sábado y sobre todo a la noche. Recordé también lo que cuentan algunos de que el alma sale del cuerpo y se pasea por la habitación observándolo todo desde arriba. Eso pensé que hacías ya hacia el final. Que tu espíritu había dejado el cuerpo y se había sentado, sin problemas ya de movilidad, encima del armario y desde allí nos observabas entre sorprendido y agradecido. Así que morirse era eso, debiste pensar. Y nos veías besarte, ocultar las lágrimas, acariciarte, mirar ansiosos tu ritmo de respiración. Desesperarnos. “Esto estaba durando mucho”, nos repetirías una vez más como para justificarte de habernos dado ese disgusto, “no puedo seguir dando tanta guerra, teniéndoos a todos pendientes de mí. Fijaos los pies de la Salo. Necesita descansar. Y yo también”. Y luego seguirías con una sonrisa nuestros afanes por vestirte de gala para tu gran fiesta. No fue fácil, ya viste. Con los nervios y las prisas te atamos mal la camisa y hubo que volver a empezar.
Después, supongo que habrás tenido que afrontar tu primera jornada en ese lado de allá. Y espero que nos acompañaras durante el día y medio de tanatorio. Ya verías que vino muchísima gente. Mucha gente te quería mucho. Igual que nosotros, muchos debieron sentir que perdían a una persona que había sido importante en sus vidas. Calculo que no te digo nada nuevo para ti si recuerdo que estrenaste el nuevo panteón. Iñaki ha hecho allí una obra de arte. Allí quedaste muy bien colocadito. A pocos metros de tu hijo al que todavía no hemos podido trasladar porque la ley no lo permite. Allí iremos a veros con frecuencia.
Espero que también acudieras al Funeral. Un abarrote de gente. Me alegró ver a los hijos e hijas de tus hermanos, nuestros primos. Nos vemos muy poco pero ya quedamos en que hemos de hacer alguna reunión de primos aunque tengamos que llevar un cartel que diga quién es cada cual y de qué familia procede. Eso de verse en los funerales es bonito pero resulta deprimente. En fin, allí había mucha mucha gente. De Tafalla,de Pamplona, de Saigós, de Zubiri, de tu pueblo. Lástima que yo soy bastante zote y conozco a poca gente, pero cualquiera de tus otros hijos te contaría con pelos y señales las muchas visitas. Siempre tuviste mucho gancho, papá. No es fácil saber cómo lo hacías. Como no has sido una persona importante (para nosotros sí, eh!)ni rico nadie se ha podido acercar a ti por interés o por sacarte algo. Así que tus amigos lo han sido siempre porque te querían. Has convertido la sencillez en sex-appeal y eso te ha hecho tan atractivo. Si hubiera que buscar historias edificantes de gente sencilla, tus hijos podríamos contar la tuya. A los 50 años, la vida te soltó un zurriagazo en forma de infarto y desde entonces hiciste de tu debilidad tu mayor fortaleza. Así, jugando a ser débil (menos en el mus, que ahí no perdonabas una), te has hecho fuerte y nos has ido seduciendo a todos. Fingías que precisabas ayuda nuestra pero, al final, eras tú quien nos la daba en pequeñas dosis. En fin, no he oído a nadie que hable mal de ti. Y no es amor de hijo. Algo habrás hecho. Yuna buena muestra era la muchísima gente que vino a despedirte.
Y qué, ¿te enteraste bien del texto que te leyó tu hija? Supongo que en esa otra dimensión en la que ahora estás no necesitéis los sonotones. Fue lindo, ¿no te pareció? Lo escribieron entre tus nietos y la Blanqui le puso el sentimiento. Y como saben que tú sabes que yo suelo contar estas cosas en el blog, me han pedido que te lo escriba por si te apetece leerlo en algún rato libre. Te lo pongo al final, papi.
Bueno, chico, pues esto es todo lo que te puedo contar. Como te puedes figurar, estamos todos con el corazón roto. Cada uno va buscando su propia estrategia para ir deshaciendo el nudo inmenso que nos ha quedado en el pecho. Estábamos todos tan centrados en ti que nos va a ser difícil recuperarnos. Tendremos que buscar un nuevo centro. Ahora le toca a mamá. Hasta ahora la hemos tenido un poco descuidada porque la prioridad eras tú. Tú jugabas a ser débil y ella suele jugar a ser fuerte. Pero ha pasado mucho durante estos años y ahora tampoco a ella le va a ser fácil superar tu ausencia. Así que, salvo que nos eche de casa a escobazos, nos va a tener a todos como moscas cojoneras rondando a su alrededor para mimarla un poco. Claro que ya te puedes figurar que no va a ser tarea fácil. Los Beraza no son fáciles de convencer, pero ya buscaremos el camino.
Adiós papí. Ya ves, a ti te daban Seguril para ayudarte a eliminar líquidos. Yo necesito este otro medicamento que es escribir para ir eliminando la angustia que he ido acumulando. Me gustará mucho seguir hablando contigo. Si me animo, lo haré a través del blog. Si no, ya buscaremos algún momento a solas tú y yo.. También eso lo necesito mucho.
Aquí abajo te pongo el texto que leyó la Blanqui. Un beso muy fuerte. Te quiero mucho.

Texto leído en el Funeral, al final de la Misa:
Hoy es un día difícil para todos nosotros. En esta familia no somos de despedidas sino de celebraciones. Así que nos resulta especialmente duro hacerlo hoy contigo, nuestro cabeza de familia y la figura Zabalza por excelencia.
Gracias a ti, hoy estamos aquí todos. Como siempre te ha gustado: unidos y apoyándonos en el de al lado.
A pesar de ser un momento tan triste, nos vienen a la cabeza mil recuerdos tuyos, cada uno de nosotros con sus propias vivencias contigo. Y todos, sin excepción, hemos tenido una sonrisa dedicada a ti. Son momentos fáciles para hablar bien de la persona de la que nos despedimos, pero siempre ha sido así contigo.
Nos has enseñado a querer, a luchar por lo que queremos, a mantener la cabeza alta. A los nietos, además, nos has enseñado a dormir en tus brazos, a saber lidiar con tus hijos y a adorar a la abuela aunque ninguno lo hayamos hecho como tú.
Siempre has dicho que conocerías a uno de tus hijos o nietos entre 100 bebés. ¿Será porque llevamos tus genes antes de nacer?
De alguna forma, nos sentimos alegres por el final que has tenido. Muy a tu estilo, sin llamar la atención, sin quejarte. Y, además, como siempre has querido, en tu casa y rodeado de los tuyos.
Hoy, las personas que estamos aquí y otras muchas que, sin estarlo, comparten nuestros sentimientos queremos decirte ADIÓS, con sencillez, a tu estilo.
ADIÓS papá, abuelo, amigo. Que descanses en paz mientras sigues velando nuestras vidas desde ese otro lado de la existencia. Dale, también, un beso muy fuerte a Javier. Os queremos mucho a los dos. Ya lo sabéis.
….
Gracias a todos los que nos acompañáis en este momento. De parte de nuestra madre, de mis hermanos y sus esposas e hijos y de toda la familia. Mil gracias, también, de parte de él. Seguro que nos estará observando con una sonrisa.
Muchas gracias a todos. Eskerrik asko.

Dramática despedida




Todo en los tanatorios resulta dramático. Al menos, si tu presencia en ellos es de familiar del difunto. Primero porque él está allí y eso te llena el alma de angustia. Aquella persona que había formado parte de tu vida, que vivía contigo, que lo compartíais todo, está allí pero ya no está. Es y no es. Lo miras y vives y sientes y hablas con él como si estuviera pero lloras amargamente porque no está. Una presencia ausente desgarradora.
Y eso que ahora las funerarias hacen un papel espectacular. Y allí estaba papá con su cuerpo de siempre, mejor que siempre. Tranquilo, sosegado. Sin aquella respiración renqueante, sin aquellas flemas imposibles, sin el mal temple. Se le veía relajado, como quien ha acabado ya su trabajo y puede tomarse un respiro. Guapo.
Y en esos ratos infinitos en que solo quieres mirarle, te daba tiempo a pensar en los miles de detalles que habías vivido junto a él en los últimos tiempos. Mirabas sus ojos y te acordabas de las legañas que cada mañana le limpiabas y de las gotas de lacrimales de la mañana y de la noche. Mirabas sus orejas y recordabas los audífonos que debías colocarle y que había que guardar sin dejar las pilas puestas. Mirabas su cara y recordabas los cuidados de Raquel con su piel, y los afeitados que todos le hacíamos, o los cortes de pelo de la Blanqui. Y sus labios que había que humedecer de vez en cuando. Y sus manos, una sobre otra, esperando que en cualquier momento pudiera dar unas palmadas para llamarnos la atención, o que hiciera alguno de los gestos que poco a poco fuimos aprendiendo a entender: subir la cama, bajar la cama, darle agua, subirle a él, buscar la flema o simplemente, cogerle la mano. Tenía razón Santi cuando decía que, al final, lo que quedará en el recuerdo son “las cosicas que hemos ido haciendo por él”. En nuestro recuerdo y en el suyo. Y no son malos recuerdos. La verdad es que, incluso sabiendo que nos acercábamos al final, estos últimos meses nos han hecho más felices. Nos hemos podido sentir más esposa, más hijos y más nietos. Más suyos.
Por eso, quizás nos ha costado, nos está costando, tanto separarnos. Habíamos tenido mucha vida juntos. Se entregó a nosotros en cuerpo y alma y creo que lo hicimos bien. Al menos, hicimos todo lo que supimos hacer.
Pero los tanatorios son una inmisericorde cura de realidad. Las rutinas deben ser bastante similares en todos los casos. Gente que entra y que sale. Algunos que lloran desconsolados, otros que comentan con las visitas, otros que luchan con sus propios fantasmas. Pero ya no caben fantasías, no hay vuelta atrás. Él está allí detrás de un cristal. Pero ya no está. Y con su tranquilidad, con esa cara serena, con esa paz de quien ya superó todas las penas te está pidiendo que hagas tú lo mismo, que lo aceptes así y lo dejes descansar.
Pero es inútil, no puedes. El cuerpo que está allí y las imágenes que tu guardas en tu interior hacen un collage que trasciende la frialdad de la sala. Y acabas hablando en simultáneo con su cuerpo y tus recuerdos. Y las emociones explotan de nuevo. Y así una y otra vez hasta el beso gélido de la despedida. Dios mío, ¡que frío es el frío de la muerte!

Se nos fue.


¡Papá murió, ven!, fue lo único que supe decir entre lágrimas a mis hermanos. ¡Qué simple suena el decirlo pero qué tortuoso es el vivirlo! Con los ojos enrojecidos, hemos cantado tantas veces aquello de que “cuando un amigo se va, algo se muere en el alma…”. ¿Qué decir cuando quien se va es tu padre? Llevábamos meses luchando a tirones con la enfermedad y el desgate. Sabíamos que teníamos la partida perdida, pero no nos importó nada. Se trataba de no pensar en mañana y alegrarse de que cada día amaneciera aunque fuera tras una noche de perros. Era nuestro premio. Y el suyo. Algo que vivíamos como una victoria infinita. Y así, día a día durante meses. Como en esas batallas en las que el enemigo siempre ataca de noche y llegar vivo al amanecer ya es en sí una victoria. Y después disfrutas el día, más tranquilo y gratificante. El día era la luz, la compañía, las sonrisas, los mimos. Otra vez la vida. Seguíamos teniendo padre, marido, abuelo. Ya era mucho. Y ahora, en la medianoche (¡cómo no!) del sábado 17, todo se acabó para siempre. Cuesta creérselo. Han desaparecido las noches de infierno. Y eso lo agradeces. Pero también han desaparecido los días y su presencia llena de demandas pero también de cariño. Al final, acababa llenándolo todo, teniéndonos a todos encandilados, dispuestos a no perder su más mínimo gesto. Su debilidad lo convirtió en el gran protagonista de nuestras vidas. Y ahora, sin él, solo queda un gran vacío, un agujero negro inmenso y amenazante Mucha pena interior. Y una gran soledad.

lunes, abril 12, 2010

Otras lecciones.


Está uno tan acostumbrado a las lecciones que da como profesor que, con frecuencia, se olvida de las que él mismo recibe como persona. No hace mucho, en una conversación en grupo, alguien contaba que en el último año todo lo que hacía era atender a una tía aquejada de una dura enfermedad. Pobre, le decíamos, ni vive ella (bien, se supone) ni lo haces tú. Pensando en frío, hasta le hubiera sido mejor evitarse esa parte final de su vida. Quizás, nos decía él. Desde luego hubiera sufrido menos, pero llevo un tiempo pensando que esta parte de su vida tiene menos que ver con ella que conmigo. Quizás ella hubiera ganado, pero yo habría perdido todo el cúmulo de experiencias (de lecciones, decía él) que he ido aprendiendo durante este tiempo.
No le entendí entonces pero, a día de hoy, no carece de sentido. O al menos ésa es la sensación que yo tengo. La enfermedad de papá nos va sometiendo a todos, o al menos a mí, a una serie de pruebas que te van poniendo al límite. Cada día es una nueva vuelta de rosca, una nueva lección. Y no de esas que en las que basta con escuchar y quedarte con alguna cosilla. Estas son lecciones-prueba en las que aprendes sobre ti mismo y sobre tus propias debilidades y miedos, tus contradicciones, tu mundo oscuro.
Otros amigos y amigas que ya han pasado por esos trances lo cuentan sólo de pasada. Supongo que ellos y ellas también lo llevan mal. Pero daría igual que fueran más explícitos. El campo de batalla está dentro de uno mismo y sólo allí es donde las cosas adquieren su sentido. Por eso debe ser que cada uno damos esos pasos de manera muy diversa y sintiéndonos mejor o peor según cada quien.
Lo que yo voy sintiendo es que cada nuevo paso es una nueva vuelta de rosca. Cada una de ellas más difícil que la anterior. Y todas ellas en una escalada que no para. Cuando piensas que tienes la situación controlada, que ya sabes lo que has de hacer y sabes hacerlo sin agobiarte en exceso aparece algo nuevo que te desafía y, a veces, te desfonda. ¡Visto desde la distancia qué fácil era el acompañar a papá cuando salía a caminar! Acomodabas tus pasos a los suyos, recorrías sus caminos, disfrutabas de las conversaciones con él y de sus comentarios, charlabas con sus amigos. Luego cuando hubo que pautar sus medicamentos o vigilarlo mientras dormía por si pedía algo, también fue fácil. A veces tosía o pedía agua. Fácil y agradable. Y poco a poco, a medida que él iba dejando de hacer cosas, nos teníamos que enfrentar a tareas cada vez más personales, más complicadas, no tanto en la tarea en sí cuando en lo que esas tareas tenías de componente afectivo. Afeitarle, vestirle, ducharle, ayudarle en sus necesidades básicas. Cada paso ha supuesto tener que enfrentarme a mis propios fantasmas. Cada paso una vuelta de tuerca. Me admiraba con qué facilidad lo hacían los demás y cómo para mí resultaba un proceso penoso. Del que, sin embargo, de ninguna manera hubiera querido quedarme al margen. Muy al contrario, lo valoro como esas lecciones básicas que todos tenemos que aprender.
Pero de todas ellas, la última ha sido la más difícil. La que más me ha hecho llorar de impotencia: no entenderle, no saber lo que me quería decir, lo que me estaba pidiendo. En la cama de al lado del hospital había otro padre con su hijo en situación bien parecida. Pero él, el hijo, se cortaba menos: “no te entiendo, majo, le decía. Ya lo siento”. Y se quedaban ambos tranquilos. O eso me parecía. Todo lo contrario que me pasaba a mí. Me llamaba con las manos, me susurraba cosas ininteligibles que yo intentaba imaginar qué eran. Deshojaba la margarita de todas las posibilidades. Primero intentaba repetir yo lo que suponía que él estaba diciendo pero no lograba aclararme. Después comenzaba una carrera frenética, le daba agua, le movía la cama, le movía a él, le refrescaba la cara… a ver si era alguna de esas cosas las que me pedía. Pero casi nunca acertaba y en sus ojos notaba su desesperación. Y si él pudiera verme, notaría también la mía. Lo cual, desde luego, no nos ayudaría a ninguno de los dos. Además, como estaba medio dormido, ni siquiera las cosas que ya sabía hacer bien de aprendizajes anteriores me salían bien: darle el desayuno, la medicación, levantarle, etc.
Otra vuelta de tuerca que te va agobiando. Al final acabamos consensuando una especie de conversación de signos. Me decía con la mano lo que quería (cosas simples, claro) y así ya fue más fácil.
En fin, son esas lecciones que uno va aprendiendo. Aprendes, sobre todo, a ser humilde. Vamos tan sobrados en otros terrenos que cuesta la leche asumir situaciones que necesitas resolver bien porque son tan importantes para ti pero que no eres capaz de hacerlo.
Y a todas estas, llega a sustituirme a la hora de la comida mi hermano Ramón y, al poco rato, me entero que ya lo ha espabilado, lo ha sentado en la silla y lo saca a pasear. Y allí me los he encontrado a media tarde, charlando en la sala colectiva, viendo la televisión. Yo comiéndome el coco toda la mañana y él, con menos rollos macabeos, resolviendo la situación. ¡Para matarlo! Otra lección más. Ésta en plan bofetón.

lunes, abril 05, 2010

Mal temple


Querido blog, te necesito. Querría callar pero no me está sentando bien. Mal asunto éste de la angustia acompañándote cada día y ahogando cualquier resquicio de esperanza. Mi amigo Luis me lo decía en los paseos terapéuticos por Playa Jandía: la angustia lo jode todo, ni siquiera podrás estar triste, te agarra como esos bichos pegajosos de los films de terror y te eterniza en la desazón y el vacío. Nada sirve de nada y los apoyos que estás habituado a emplear en los malos momentos resultan inútiles. Solo queda chapotear en tu propio vacío y tratar de no ahogarte en los reflujos de amargura que van llegando a cada poco. Cuando él se siente muy mal dice que tiene “mal temple”. Así estoy yo, con muy mal temple.

Ha sido una Semana Santa terrible, como lo fue la cuaresma que le antecedió y los meses que precedieron. La certeza de que todo se acaba es como un pájaro carpintero que picotea incansable ensañándose en tu cerebro. Vives al rebufo de los acontecimientos, temiendo siempre una llamada telefónica, viviendo con un dramatismo injustificado cada momento.

Y, sin embargo, incluso así, también en este tsunami de angustia ha habido momentos en que lucía el arco iris: charlábamos con él, lo veíamos pasear, jugábamos a las cartas, hablábamos. La noche apretaba hasta casi ahogar, pero llegaba el día y todo parecía más amable y, a ratos, podías incluso sonreír, hacer planes, engañarte.

Y hoy regresando una vez más a casa, me dejaba llevar por la música que sonaba en la radio del coche. Ni idea de quién cantaba, pero la letra me iba golpeando. “Romper el silencio”, decía la canción. Y yo lo sentía como un reproche. No quiero hablar, no tengo ganas de contar nada y menos aún de bucear en mí mismo. “Romper el silencio” insistía la radio. Y tuve que aceptarlo. Quizás no sea malo, pensé. Y por eso he vuelto al blog. Y había más, “y si fuera capaz de mirarte y decir lo que siento”. Y de nuevo atinaba en la fibra sensible. Lo he pensado tantas veces sentado junto a él, cogiéndole de la mano que él estrecha gustoso, abrazado a él para sostenerle, para que dé unos pasos. Si pudiera mirarte papá y decir lo que siento. Supongo que me mirarías extrañado y quizás te asustarías. Pero la canción seguía impasible a mis lágrimas:” Si pudiera tenerte más tiempo, del tiempo que tengo. Si sólo fuera capaz de romper el silencio y detenerte en el tiempo”. No sé qué decir, no sabía quienes cantaban, pero era justo eso lo que más desearía en el mundo, tenerte más tiempo del tiempo que nos queda, detenerte en el tiempo.
Lo siento, querido blog. He pasado mucho tiempo en silencio. No ha sido culpa tuya, aunque cada vez me da más miedo asomarme a tu ventana. Pero eres un buen amigo, complaciente y comprensivo. Me hace bien contarte cosas. Tengo muchas cosas que contarte, algunas más optimistas. Pero tengo mucha angustia acumulada y necesito dejarla ir. Discúlpame.




PD.Luego he sabido que esa hermosa canción es del grupo Efecto Mariposa y se titula 10 minutos. Hermosa de veras.

Letra de la canción

La calle está vacía
hay lluvia en el cristal
la tarde es tan fría
y no te veo pasar
yo te espero y te espero
y desespero en tu ausencia

Quisiera tocarte
acercarme un poco más
pero se que estás tan lejos
al verte pasar
en tan sólo diez minutos
nuestra historia que empieza
se acaba...


Y si fuera capaz de mirarte
y decir lo que siento.
Si pudiera tenerte más tiempo
del tiempo que tengo.
Si pudieras venir a mi lado
tan sólo un momento.
Si sólo fuera capaz
de romper el silencio
y detenerte en el tiempo.

Quisiera descubrirte
estar donde tú estás
mirar desde tus ojos
poder ir donde tú vas
en mi torre te espero
y desespero en tu ausencia.

Porque eres la razón de mi ser
mi anhelo, mi perder, mi destino
ahora sólo vuelve, quédate
diez minutos conmigo, conmigo...


Y si fuera capaz de mirarte
y decir lo que siento.
Si pudiera tenerte más tiempo
del tiempo que tengo.
Si pudieras venir a mi lado
tan sólo un momento.
Si sólo fuera capaz
de romper el silencio
y detenerte en el tiempo.


Y si fuera capaz de mirarte
y decir lo que siento.
Si pudiera tenerte más tiempo
del tiempo que tengo.
Si pudieras venir a mi lado
tan sólo un momento.
Si sólo fuera capaz
de romper el silencio


Y si fuera capaz de mirarte
y decir lo que siento.
Si pudiera tenerte más tiempo
del tiempo que tengo.
Si pudieras venir a mi lado
tan sólo un momento.
Si sólo fuera capaz
de romper el silencio
y detenerte en el tiempo.

domingo, marzo 07, 2010

An Education


El título es llamativo, empecemos por ahí. Cuando lo vi por primera vez y oí algunos trozos del trailer me prometí verla en cuanto la estrenaran. Después, cuando ya supe más de ella me pareció más prescindible (al final, me dije, solo va de devaneos adolescentes). Pero en cualquier caso, allá fuimos. Y estuvo bien. Aunque la educación no es el tema central, la roza y da algunas pinceladas, más sobre la moral que sobre la educación, que merecen la pena.

La película pretende ser la biografía novelada de la escritora inglesa Lynn Barber. Ella publicó sus memorias en una revista y ahora Lone Scherfig, director danés de la película, la ha llevado a la pantalla con un elenco de muy buenos actores como Alfred Molina (el padre), Emma Thompson (la directora del colegio), Meter Sarsgaard (el galán enamorador) y, sobre todo, la protagonista Carey Mulligan. La película ha sido nominada a tres Oscars: mejor película, mejor guión y mejor actriz principal.

La historia es sencilla. Una chica que se prepara para entrar en la universidad (de diez y seis años, según cuenta) se encuentra casualmente con un señor maduro que la galantea y del que acaba enamorándose. Y ahí se le plantea el gran dilema que muchos chicos y chicas de esa edad viven en su propia carne: ¿merece la pena tanto esfuerzo para hacer ir a la universidad (ella, o mejor, sus padres, estaban empeñados en que entrara en Oxford) y hacer una carrera? ¿Todo eso para qué? Ella se fija en el tipo de vida que llevan sus profesoras y no le parece estímulo suficiente. Desde luego es un tipo de vida que tiene poco que ver con el que le hace ver su nuevo amigo maduro: conciertos, restaurantes, viajes, etc.

La chica opta por el camino fácil. Y sus padres, al ver que el tipo que la agasaja parece tener dinero y tiene, desde luego, mucho mundo se tragan todos sus principios y se hacen cómplices de la relación. Ceden pronto si les plantean cuestiones que días atrás no aceptarían de forma alguna: que la chica llegue tarde a casa o que duerma fuera o que se vaya de viaje con él, con todo lo que en su imaginario eso conlleva. Pero la historia sale mal y todo el castillo de naipes que había construido se viene abajo.

Ella vuelve al dilema original (estudio o buena vida) y se da cuenta de que había tomado el camino errado. Fue un buen aprendizaje para ella. Tuvo suerte. La vida le concedió lo que se ha venido en llamar una “segunda oportunidad”. No todos/as la tienen. Probablemente, la normal hubiera sido que el destino hubiera sido mucho más cruel con ella: que hubiera acabado embarazada, maltratada, abandonada en cualquier parte.

Esa historia de dejar los estudios en momentos clave es el pan nuestro de cada día. En la mente de los jóvenes, efectivamente, el panorama que se les abre ante una expectativa de tantos años de trabajo intelectual y dependencia de sus padres es penosa. Incluso mucho más que ponerse a trabajar. Y no digamos nada, si se compara con otros señuelos mucho más fáciles y atractivos. Nada que ver. Supongo que los chavales tienen que poner en juego toda su capacidad de automotivación y disciplina para poder seguir adelante. Y que la familia apoye y presione en esa misma dirección.

Ha estado bien que la película reivindique, al final, que incluso esa vida aparentemente monótona y triste no lo es tanto. Y que la profesora que parecía una fracasada y triste tiene un piso precioso, tiene cuadros que son suyos, disfruta de la lectura, de la música.

Dos cosas me dejaron especialmente impresionado. La primera, la frialdad de la directora del colegio. Su distanciamiento de la estudiante y sus problemas. Ela es perspicaz al identificarlos pero los vive como algo ajeno. Más que ver a la niña como una potencial enemiga de sí misma a la que conviene proteger, lo que ve son los peligros que de la situación se podrían derivar para la institución. Y al final la abandona. ¡Muy mal!

Y en la parte positiva, el gran interés con que tanto la joven como su familia viven el ir a la universidad. Ir a una buena universidad requiere valor y mérito. Es algo que hay que currarse. No algo que viene dado, como la consecuencia natural de que se ha acabado una fase y se pasa a la siguiente. ¡Quién nos diera que las cosas fueran así aquí! Que pudiéramos sentir que nuestros estudiantes se sienten afortunados por poder realizar estudios universitarios. Que lucharan por ello. Que vivieran su aventura universitaria como algo valioso para sus vidas. Afortunadamente, aquello de ir a la universidad para buscar novio o novia, ya se ha pasado de moda. O no, vete a saber.

jueves, marzo 04, 2010

UN HOMBRE SOLTERO


Nuevamente una película de profesores maduros que se enamoran de jóvenes. Y el protagonista es, por supuesto, un profesor de literatura. ¿Qué tendrán estos puñeteros colegas para que siempre los elijan a ellos? Debe ser que la Literatura da carisma, que te pones a hablar en plan místico en la tarima y vas seduciendo al auditorio. Las bellas palabras como narcótico. Deberían venderlas en píldoras así la cosa sería más justa. En fin, no queda más que resignarse. O no. Uno también es de Filosofía y Letras y, vamos, algo nos debería tocar.
En este caso, el profe (Colin Firth, que ha sido nominado al Oscar por este papel) es gay. Y ha perdido al amor de su vida (un poco más joven que él pero dentro de un umbral aceptable) en un accidente de tráfico. Y no logra sacárselo de la cabeza. Sueña con él, revive momentos felices de estar juntos y acaba decidiendo que la vida ya carece de sentido. Así que planea suicidarse y ensaya la manera más chic de hacerlo. Al fin y al cabo es un gay de manual, con una sensibilidad estética hipertrofiada y no podría soportar que en esos momentos tan cruciales del suicidio algo estuviera fuera de lugar. No puede fallar ni el más mínimo detalle. Un psicoanalista de oficio le diría que, en el fondo, lo que no quería era suicidarse.
Afortunadamente para él, y para su apartamento que así se libra del engorro de unas manchas repugnantes de sangre y vísceras, el destino tampoco está por la tarea de que estropee su vida. Para eso está una antigua amiga de la Facultad (Julianne Moore) que sigue enamorada de él y dispuesta a consolarlo. Pero él, todo cortesía y amabilidad, no puede aceptar. No está por enredarse con una mujer a estas alturas de su vida. Así que los planes de suicidio siguen abiertos. Solo que hay un alumno de su clase (ahí entra el jovencito de la historia, Nicholas Hoult) que tampoco está dispuesto a renunciar al océano de placeres que ha podido imaginar tras sus ojos melancólicos y sus palabras cautivadoras. Y le busca una y otra vez en plan “lolita” masculina. Y al final, cómo no, lo consigue.
La película está basada en la novela A single man de Christopher Isherwood. Es la opera prima del director Tom Ford que, antes de hacerse director de cine, había trabajado como diseñador de moda vinculado a Gucci. Y eso se nota. La película es una obra maestra de los detalles. Cada escena es como una postal o un cuadro: una coreografía de detalles perfectamente articulados. El propio protagonista, al que se le atribuye un amaneramiento que de tan exagerado se hace gracioso, va siempre como un pincel, elegantísimo. Por eso le cuesta tanto decidirse por una forma de suicidio. Debe ser estéticamente impecable. Y limpia. ¡Por favor, cualquier otra opción resultaría muy desagradable!
Así que todo está medido, controlado, ordenado. Desde el lenguaje hasta los gestos, desde el mobiliario hasta la ropa de vestir. Es una película hermosa. Y erótica. Me va poco el rollo gay, pero he de reconocer que las imágenes de los cuerpos desnudos sumergidos en el agua, moviéndose como en una danza de cortejo, te ponen los pelos de punta. Y no sólo eso. También las miradas de deseo, los silencios, los retruécanos de la conversación siempre buscando la manera de llegar al cuerpo a cuerpo. Muy sugerente.
No da para identificarse con el profe de literatura, pero no puedes dejar de preguntarte qué demonios tienen ellos que no tengamos los demás. ¡Demonios!.

domingo, febrero 28, 2010

AMIGOS CHILENOS


No sé si el dolor tiene medidas. O si las tiene la compasión. El caso es que el terremoto chileno me ha dolido mucho más que otras desgracias recientes e, igualmente, desesperantes. Quizás sea un problema de “epicentro”: más cerca el epicentro de tus recuerdos y sentimiento, más dolor. Y Chile está lleno de recuerdos, de emociones, de amigos y amigas. ¿Qué habrá sido de ellos, de sus familias, de sus cosas? ¿Qué angustias estarán viviendo ellos en estos momentos?
Cuando le televisión dio la noticia me quedé aterrado. ¡Un terremoto de intensidad 8,3! (yo creía que la máxima era 7). 50 veces más destructor que el de Haití. ¡Terrible! Con epicentro a sólo 50 kms. de Concepción. Destrucciones masivas en 5 regiones. ¡Qué desastre! Hasta el aeropuerto, recién reformado y por el que tantas veces he deambulado haciendo tiempo en los últimos años, hecho polvo. Y luego el tsunami para clavar la puntilla. En fin, cada noticia peor que la anterior. ¡Desesperante!.
¡Qué sensación de impotencia! Cuando la naturaleza se revoluciona, nos convierte en nada. A veces es el agua como estos días pasados en Galicia o Andalucía o Francia, y también en Chile, otras los temblores, o los aludes o las sequías. La madre tierra, la pacha-mama, devorando a sus hijos. Se entiende mal que las cosas hayan de ser así, o quizás es que es así como han de ser, no lo sé. El caso es que te deja aplanado, en un abismo de desamparo. No sirve de nada buscar explicaciones. Algunas incluso llegan a ofender la inteligencia: esto no puede ser un castigo divino, ni una venganza de la naturaleza que se siente agraviada ni, siquiera, la terrible consecuencia de que los políticos no tomen las medidas oportunas. Es la naturaleza y su propio devenir que va mucho más allá de nuestras fantasías de omnipotencia. No hay más. Y eso mismo forma parte de la tragedia: no tienes de qué protestar, ni a quién dirigir tu ira; no puedes hacer responsable a alguien a quien poder crucificar. Y te encuentras sólo ante tu propia desgracia preguntándote por qué tú, por qué nosotros, por qué en Chile. Nuestro destino no va más allá de “adaptarnos a la naturaleza y sobrevivir a sus embates”. Con frecuencia pensamos que somos nosotros los que adaptamos la naturaleza a nuestras necesidades, pero eso no pasa de ser un espejismo. Adaptamos cositas pequeñas, detalles. Lo sustantivo sigue quedando muy lejos de nuestra competencia.
De todas maneras, de poco sirven las reflexiones. La cuestión es que hasta un millón de familias perdieron su vivienda o la tienen terriblemente deteriorada, que varios cientos murieron (setecientos por ahora pero con previsiones que superan en mucho esa cifra) lo que significa otra infinidad de familias llorando pérdidas humanas, que muchos proyectos personales e institucionales se fueron al traste porque las prioridades se han alterado trágicamente en unos pocos minutos. De la tranquilidad feliz a la angustia sobrevenida, así, en un santiamén. “Este evento desgraciado”, decía la Bachelet esta mañana. ¿Un evento? Parece una palabra demasiado simple para designar una desgracia tan inmensa. O quizás es que desde aquí se ve más dramático todo por la distancia y las fotografías que se van publicando.
Ya veo que se me va la expresión a buscar un discurso que escape de los sentimientos. No sé qué decir. En mi cabeza están los amigos y amigas chilenos. Las personas a las que quiero. Y no sé qué ha sido de ellos. Fueron siempre tan cordiales, tan atentos, tan buenos anfitriones. Viví con ellos experiencias tan preciosas de amistad y trabajo. Aprendí tanto simulando que era yo el que enseñaba… Y ahora esto. Esa hermosa tierra que lo tiene todo, del desierto a los glaciares, de los lagos a los volcanes. Cuando paseaba por Viña y Valparaíso me hacían gracia los avisos de rutas de evacuación y zonas de seguridad para escaparse de los tsunamis. “Hay que ver qué precavidos”, pensaba yo. Pues fíjate, los habrán tenido que usar estos días. Y lo mejor de todo, la gente: seria, amable, inteligente, segura de sí misma. La primera vez que llegué a la Universidad de Chile para dar un curso, me recibieron diciendo que estaban hartos de los españoles que iban a venderles estampitas y cristales de colores como si ellos fueran indígenas lerdos. Leche, dije para mí, aquí no se puede andar con bromas. Y así ha sido desde entonces, siempre me han planteado retos con un listón muy alto. Pero siempre, todo rodeado de un gran cariño personal. Por eso los aprecio tanto. Por eso siento tanto esta tragedia.
Amigos y amigas, un abrazo enorme. Ojalá que vosotros y vuestras familias estéis bien. Poco podemos hacer desde aquí pero estad seguros de que estaremos junto a vosotros con todo el cariño y aprecio que se ha ido acumulando en estos años en que hemos compartido tantos proyectos ilusionantes. Espero que tanta desgracia no rompa vuestro entusiasmo. La Bachelet decía hoy que Chile está acostumbrado a superar las mayores dificultades y que ese aprendizaje será su mejor aval para hacerlo de nuevo. Yo estoy seguro de que así es. Recibid nuestro cariño más sincero. Y nuestra com-pasión. Estaremos padeciendo con vosotros cada nueva noticia.