martes, mayo 24, 2011

Genitorialità.


Genitorialità. Es una hermosa palabra del italiano para definir esa nueva situación en la que entran las parejas que tienen hijos y los compromisos que asumen con ellos. Nosotros le decimos paternidad y maternidad y ya en la división comienzan las dudas y el escaqueo. La genitorialità afecta a ambos, incluso a los que sin ser ellos mismos los padres han de ejercer esa tarea preciosa de atender a los recién nacidos.

Y, la verdad, es un proceso de transformación personal hermoso y profundo. ¡Hay que ver qué cantidad de cosas cambian en las personas! Los cambios en su ambiente de vida son obvios: una criatura se apodera de sus tiempos y sus espacios, aparecen sonidos nuevos en la casa (sonidos con peculiaridades notables porque son como señales que te cruzan el alma, que traen mensajes, que no puedes dejar de oír por débiles que parezcan). Pero los cambios más llamativos son internos. Esos cambios que te maravillan: la fortaleza, la sensibilidad, la capacidad de esfuerzo, la disponibilidad permanente, los gestos llenos de ternura, la superación de barreras (como el pudor, el cansancio, el sueño). No sé si es algo que llega con el nacimiento de la criatura o algo a lo que te vas preparando durante los meses de embarazo. En cualquier caso, es algo hermoso y grande. Llama poderosamente la atención.
Los padres se convierten en casi semidioses que han de ser capaces no sólo de amar infinitamente a su nuevo hijo/a, sino de cuidarle, interpretarle, conocer de antemano sus demandas, discriminar los sonidos que emita por débiles que resulten para el resto. Pero cuentan con sus propias estrategias: esas miradas largas y profundas, más intensas que en el enamoramiento, los silencios, el contacto mutuo (sobre todo las madres dándoles el pecho), el limpiarles, las conversaciones mutua. ¡Hermosa genitorialitá! Y eso que no debe ser fácil. No hace mucho me cruzaba por una acera con una pareja en la que el padre llevaba al niño pequeño en hombros. Debía ir agotado y le decía al hijo que estaba cansado y que lo iba a bajar al suelo. El peque no quería ni a buenas ni a malas. Y decía: “tú no puedes estar cansado, tú eres un papá”. Le miré al padre con una sonrisa y un gesto de solidaridad a la vista de que no le quedaban ya demasiados argumentos. ¡Pobre espalda, pensé acordándome de la mía!
Pero, en verdad, es hermoso dar ese salto de miembro de una pareja a miembro de una familia.

Te cambia todo. Ese nuevo personaje al que antes seguías durante nueve meses como un misterio que iba crecienco (ahora ya resulta menos misterioso, con los nuevos artilugios que los fotografían), que se iba desarrollando dentro de la madre hace su aparición y exige, de plano, sus derechos. En cualquier caso, comienza una nueva historia, se abre una nueva generación (y todos los adultos corren simultáneamente un puesto en la escala hacia arriba: los hijos se convierten en padres, los padres en abuelos, los primos en tíos y así todo). Pero los cambios fundamentales se producen en la pareja de padres. La pareja se convierte en trío y ése es un cambio fundamental porque la de pareja es una relación equilibrada y la del trío resulta muy desequilibrada. El nuevo peque depende en todo de sus padres, por eso este primer periodo va a sentar las bases de cómo serán las cosas en el futuro. El éxito o fracaso en ese primer encuentro va a generar o imposibilitar lazos y vínculos de un valor sustancial. Por eso debe ser tan terrible (para los tres, si es que hay tres en esas historias) el nacimiento de hijos no deseados. Tampoco lo deben tener fácil las familias monoparentales. Ya no es fácil siendo dos llenos de cariño y dedicados full time a ello. Hacerlo uno/a a solas o dos, pero con desgan,a debe ser un martirio.

Genitorialità
. Todo un mundo de nuevas demandas. Asumir un compromiso y marcar límites. Entrar en la vida con otra persona a tu lado que depende totalmente de ti, al menos en los primeros meses. Ya lo decía, pasar de la pareja al trío. Y eso exige crear un nuevo espacio físico y psíquico para el recién llegado. El espacio físico es fácil porque, por lo general, ya se ha estado construyendo durante los nueve meses anteriores (su habitación, sus ropitas, las cosas para bañarla y limpiarla, los carritos múltiples que hoy se precisan, etc.). No es tarea fácil pero sirve para colmar la ansiedad que produce la espera y para dar salida a las ilusiones que poco a poco vamos generando sobre la nueva criatura que vendrá. Un poco más difícil es crear ese espacio psíquico e inmaterial que el niño viene a ocupar. Lo es porque, al igual que cuando se sienta a la mesa un nuevo comensal, hemos de movernos todos un poco y, probablemente aguantar algo más incómodos. A veces, los padres se quejan de las novedades que trae consiguo el nuevo bebé: las molestias, los llantos, las tareas constantes para alimentarle y limpiarle, las restricciones de los propios movimientos, los cambios en la relación de pareja. Menos mal, que, por lo general, los peques llegan llenos de un enorme caudal de ternura que satisface de sobra el esfuerzo que exigen. Al menos mientras son tan vulnerables, cuando dependen tan totalmente de ti, cuesta poco hacer ese reajuste y adaptarte a sus ritmos, sus tiempos, sus demandas. Se hace con gusto. Cuando van creciendo ya es otra cosa. Hace algún tiempo asistí, creo que en Huelva, a una situación curiosa. Una señora había aparcado su coche en zona de carga y descarga. Venía con sus hijos al colegio y comenzó a abrirles la puerta para dejarles salir. Enseguida llegó un guardia municipal a decirle que allí no podía aparcar que aquello era zona de carga y descarga, que si no había visto los carteles. La señora le contestó sin dudarlo: Pues eso es lo que estoy haciendo yo, descargar a mis hijos que vienen a ese colegio de ahí al lado. Oiga, señora, le dijo el guardia, que los hijos no son una carga. ¡Eso lo dirá usted!, le contestó ella sin inmutarse. Y continuó con su faena mientras el guardia no conseguía salir de su estupor.
En fin, no es fácil pero resulta gustoso. Menos los papeles y la burocracia, a lo que he podido ver estos días. Hay que hacer tantos papeles para padres recientes e hijos que ésa es una penitencia de la que se habla poco.
Pero lo más hermoso de todo es cómo, la nueva criatura se convierte en protagonista de una serie de efectos sociales maravillosos. Sin saberlo ella, por supuesto, pero por su mérito. Lo que más me ha gustado es como se convierte en una especie de arañita dulce que va tendiendo una red en la que nos va atrapando a cuantos pasamos a su alrededor. Primero nos atrae con su imán seductor (todos queremos verla y acariciarla) y después vamos quedando atrapados en su red, te sujeta, te contamina, hace que segregues endorfinas, que te sientas bien, que te enamores de ella. Y así va creando su red y atrapando al conjunto de gentes que, a partir de ese momento giraremos a su alrededor: los abuelos, los tíos, los primos, los conocidos de los padres, etc. Al final, mucho o poco todos nos contaminamos de ese virus extraño que traen consigo estas criaturas que llegan ya muy perfeccionadas.

En fin, cómo decirlo, han sido unos días hermosos con nuestra nietica. Días de aprendizaje total. Parece mentira lo poco que te sirve la experiencia previa que tú mismo tienes como padre que has criado a tus hijos. Ni siquiera la experiencia que como experto de Educación Infantil se me podría suponer. Nada sirve de nada. Los niños de ahora traen otro librillo bajo el brazo. No quieren saber nada del hospital (eso me parece fantástico) y no estuvo en él ni 8 horas, ni una sola noche. A los tres días de nacida ya la sacamos de casa a pasear en el coche y a acompañarnos a una barbacoa en casa de sus abuelos. A los 4 días ya se vino con nosotros a pasear por la playa y a comer a un restaurante (al mismo al que habían ido el domingo anterior sus padres todavía embarazados). No es de extrañar que la vida actual sea tan rápida. Antes, los 15 primeros días debían estar en lugares oscuros sin hacer otra cosa que comer, defecar y dormir, una trilogía que hoy no ha variado en lo fundamental pero se ha hecho mucho más divertida y colorista. La nonnità, el ser abuelos se ha complicado mucho. Está visto que tendremos que reciclarnos.

viernes, mayo 20, 2011

Esa cosita linda.

Así es Berta. Dos días de vida. Pequeñita y sabrosa. Un yogurín que se te escurre entre las manos. Y preciosa. Aún abre poco los ojitos (para las dos cosas básicas a las que dedica su tiempo, mamar y dormir, tampoco es que los necesite mucho) pero cuando los abre se le nota curiosa, captando las variaciones de tonos y moviéndolos de un lado a otro en busca quién sabe de qué.
Nació como habíamos previsto el 17 de Mayo, adelantándose dos días a los plazos de los médicos. Ese día cambiaba la luna a luna llena y estaba claro que algo tenía que pasar. Aún discutía con un amigo la semana anterior sobre ello. Según él hay estudios con miles de partos en los que se demuestra que la luna no tiene nada que ver. ¡Estadísticas! En cambio, Michel y yo estábamos seguros de que tenía que ser así. Según él, si la luna mueve las mareas y nosotros somos un 70% de agua, algo de influjo han de tener sobre nuestros procesos. No sé si es un argumento ortodoxo, pero funciona. Con Berta funcionó.
Además cuando esas cosas ocurren uno enseguida comienza a buscar coincidencias. El día 17 es el día “das letras galegas”. Día grande en Galicia porque se celebra la exaltación de la cultura gallega: la literatura, la poesía. Si nada sucede sin un motivo, ojalá eso sea un buen augurio de una Berta intelectual, comprometida con la cultura de la tierra donde viva, amante de la literatura o, incluso, poeta. Sería magnífico.
El 17 es, también, un día importante en la familia Cerdeiriña. También había nacido en esa fecha su tía abuela Pili y también en esa fecha (o un día antes o después) se nos fue en un accidente de tráfico. Nos dejó un vacío inmenso que sólo el paso de los años y la vitalidad de sus hijos y nietos han ido llenando. Y ahora llega Berta a echarles una mano en esa tarea. A ver si los recuerdos dulces van ayudándonos a compensar los dolorosos. Tampoco estaría mal que Berta heredara algunas de las virtudes de su tía-abuela Pili: la energía, la capacidad de trabajo, el genio, la capacidad de ponerse al servicio de todos, el liderazgo. Quizás todo eso vaya en las ondas siderales que impregnan el ADN de quienes nacen en esas fechas.
Y, ni qué decir tiene, que Berta tuvo el buen gusto de aproximar su fecha de nacimiento a la de su abuelo. Fue generosa al no ocupar mi día, el 14, para no restarme protagonismo (aunque yo lo hubiera compartido gustoso con ella), pero no quiso alejarse mucho. Yo quisiera suponer que lo haya hecho por aquello de que “quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija”, pero es probable que no tenga nada que ver con eso. Ella lo que quería es ser “Tauro”, con ese carácter cabezón y concienzudo que nos caracteriza a los de ese signo. Con muchas ideas e ilusiones pero con los pies en la tierra (bueno, en eso, ella lleva ventaja, pues es catalana). Lo bueno de los Tauro es que somos amigos fieles y generosos, cariñosos pero no sobones. Y si nos proponemos algo, dedicamos todo nuestro esfuerzo y energía en conseguirlo. Ya le diré yo dos cosillas sobre cómo ser una Tauro de categoría.
Al final, nuestra Berta entra a formar parte de la tradición más consolidada de la familia, nacer en Mayo. Hay excepciones pero son las menos. Como en el chiste del malagueño, en esta familia se hace el amor en Agosto (el “polvo productivo”, me refiero, los otros son de entrenamiento), aprovechando las múltiples fiestas y jaranas de ese mes, y se nace en Mayo. Como Dios manda. En eso falle yo (yo como padre, no como hijo que también soy de Mayo), mira tú por dónde. Pero, claro, siendo profesor, lo mío más que con las fiestas tenía que ver con las convocatorias. Así que concebimos un hijo en la convocatoria de Junio (Michel que nació en Marzo) y otro en la de Septiembre (María, que nació en Junio).
Pues nada, Berta, corazón, bienvenida a este mundo apasionante. Ahora estás tranquila y asombrada. No debe ser fácil verse así de la noche a la mañana. Mucho cambio pasar de golpe de estar dentro de tu mamá a estar respirando, teniendo que sudar cada mamada (es la primera educación al esfuerzo: quien no chupa no mama, la teta para quien se la trabaja), teniendo que buscar postura, soportar luces, abrir los ojos y empezar a ver cosas raras, pasar de mano en mano, tener a la perrita Lluna dando la lata y ladrando cada poco. Mucho cambio, pichurrita. Pero cada vez te va a gustar más. Verás.

miércoles, mayo 18, 2011

Entre las mañanitas y las medias noches.

Ya no sé por dónde entrarle a esta semana que pasó, si por la medianoche en París de Woody Allen o por las “mañanitas” que me dedicaba una buena amiga mexicana por mi cumpleaños.
En cualquier caso ha sido una semana intensa. Primero porque me vi metido en un debate de altos vuelos en Internet con varios colegas universitarios sobre Bolonia y las competencias. No sé cómo lo hago, pero al final estoy en todas las procesiones. Y la mayor parte de las veces llevando la cruz. Eso sí, en el pecado tengo la penitencia. Luego tengo que tomarme la tensión para ver cómo va la cosa.
Pues qué se le va a hacer. Ya está. Ya estamos en los sesenta y dos. Como quien no quiere la cosa. Tengo una sobrina para la que su máximo objetivo durante su carrera universitaria era pasar desapercibida. Así lograba que los profesores casi ni se enteraran de su presencia, no la preguntaran ni se extrañaran los días que no iba. A mí me pasaba todo lo contrario. En los comunes en Zaragoza, tenía un profesor de latín que no me lo podía despegar. Como un día me cambiara de sitio, lo primero que hacía al entrar en clase era echar un vistazo a la sala para localizarme y, a partir de ahí, todo era llamarme, aludirme, preguntarme qué me parecía. Un agobio. Pues con la vida pasa un poco lo mismo. Uno trata de pasar desapercibido, que quien lleve estas cosas casi ni se dé cuenta de que tú andas circulando por ahí. Y que vayan pasando los años sin incidencias. En mi caso, al principio eso fue fácil. Salvo pequeñas penurias (sobre todo dentales y por una sinusitis alérgica que me ha acompañado siempre) yo nunca supe lo que era estar mal. Creo que mi primera aspirina llegó sobrepasados los cuarenta. Luego las cosas comienzan a complicarse casi imperceptiblemente, un día aparece una chorradica, al poco otra y, así, vas superando los días (ya no es que los días pasen, ahora los tienes que superar). Me dejó muy impresionado una amiga a la que le murió su padre. Ella me dijo que los hombres tenemos una edad que marca el futuro: entre los 48 y los 52. Si los superas sin enfermedades graves es posible que llegues a viejo. Su padre no lo superó. Otros de nuestro entorno también han ido cayendo o sufriendo golpes fuertes en esos años. Algo debe tener de razón. La cosa es que también esos años quedaron atrás sin sustos especiales, pero uno ya no se siente seguro nunca. Y aquello de “pasar desapercibido” ante la vida, simplemente, se hace imposible. Cada vez más, esto de seguir vivo se parece más a un encierro. Te das cuenta que llevas los cuernos de los bichos pegados al culo y que al menor descuido (tuyo, de los demás, de las circunstancias) te arriesgas a un pitonazo que a saber qué consecuencias trae. En fin, 62 añicos, más de 26.500 días. Parece mucho, pero es que se han ido en un Jesús.
¿Y cuál es tu balance de ese montón de días, oigo que me pregunta el blog? No sé, le he dicho, para ganar tiempo, no es una pregunta que se pueda responder así de golpe. No sabría decirte cuál es el balance de la última semana, así que no estoy para grandes balances. Además uno pasa, indefectiblemente, por picos y valles. ¿Más picos o más valles, sigue incordiando el susodicho? Bueno, depende, de si a lo bueno le llamamos pico o le llamamos valle. Yo creo que el valle es más tranquilo y sosegado, con menos incidencias. Visto desde lo que decía de “no llamar la atención”, el valle es más amigable te cobija más. En los picos te conviertes en centro de atención, bien porque tengas éxito, bien porque lo estés pasando de pena, bien porque tengan que estar pendientes de ti por alguna enfermedad. Los picos te convierten en el centro de atención. “No me has respondido, sigue él”. Bueno, creo que podría decir que he tenido más picos que valles. Quizás por eso añoro volver al valle. Yo nací, o casi, en un valle, a la orilla del Arga y allí hice mis primeros pinitos. Luego la vida me fue llevando por otras plazas y metiendo en otras batallas. De casi todas he salido bien, así que tampoco puedo quejarme. Pero uno sigue añorando el valle, cualquier valle. “¿No suena eso a despedida, a talante depre?, insiste el tocapelotas”. Quizás, tengo que confesarle, pero sin dramatismos. Uno tiene que tocar madera varias veces al día pero, en el fondo te sientes bien. Pasa como con los coches, vas lleno de rasponazos y con la chapa algo cascada, pero el motor va tirando. Ahora se cala más que antes, pero bueno, basta un pequeño retoque no demasiado invasivo y estás de nuevo a punto.
En fin, esto se está poniendo chungo. Lo bueno de estas fechas es que puedes celebrarlas. Y recordar en ellas a quienes, con más méritos que uno, no pudieron hacerlo. Tiene su toque de nostalgia pero las cosas son así.
Al final, ya ves, querido blog, yo quería hablar de Woody Allen y tú me has retenido en ese campo de minas es que es hablar de la edad, de la mucha edad. No sé cómo te aguanto. Además, ya ves que a algunas personas, como la de la foto, lo del 62 no les va tan mal.

domingo, mayo 01, 2011

In albis

No, no es que me haya quedado de esa guisa sin tener nada que contar. Es que hoy, justamente hoy, es el día “in albis”. Mira tú por dónde. Tanto utilizar este término para quejarte de sequías mentales enojosas e inoportunas y resulta que es la expresión religiosa con la que se conoce el domingo después de Pascua. A lo que se ve, era el día en el que los recién bautizados (cosa que, naturalmente, sucedía en la Pascua) dejaban las vestiduras blancas que habían utilizado durante toda la semana. De hecho, se despojaban de ellas el sábado y, por eso, el domingo era el primer día en que aparecían sin ellas ("in albis depositis"). Siempre se aprende algo. Aunque en este caso, cuesta ver el proceso por el cual se pasa de quitarse las ropas blancas a quedarse sin nada que decir y con la mente vacía. Porque se supone que los neófitos se quitaban las ropas blancas para ponerse otras, no se quedarían en bolas en cuyo caso sería más fácil entender el parecido. En fin, ya está. Hoy es el día in albis. “Eso, eso, le oigo rezongar al blog, es solo un día, y no como algunos que se pasan in albis semanas enteras”. ¿No te referirás a mí, verdad, le he dicho, porque últimamente no es que la productividad esté para tirar cohetes, pero voy entrando al menos una vez por semana. Con la que está cayendo, no es poco.

Y, ¿sabes? Otro colega aún ha ido más lejos con esto del “in albis” (a parte de reconocer que no se le ocurría nada de que hablar ese día en su blog: http://psicologia.kuriososblogs.com/2011/02/16/in-albis ). Ha querido explicar por qué se produce eso de quedarse en blanco.
Ante todo, quedarse en blanco puede estar relacionado con una fobia, o bien con un problema de ansiedad. Seguramente, muchos de nosotros nos hemos quedado en blanco en alguna situación. En un principio me voy a ceñir a situaciones cotidianas (exámenes, discursos, entrevistas…)
Pues bien, la responsable de que nos “quedemos en blanco”, no es otra que la corticosterona. Ésta es una hormona que segregamos en determinados momentos de ansiedad, y que nos dificulta acceder a la información que necesitamos. La corticosterona actúa bloqueando el acceso a la información. Así que lo más recomendable, es tomarse las cosas con algo de calma, para así evitar que estos bloqueos se produzcan”.


En fin, ha aceptado resignado el blog, fíjate qué cantidad de cosas para un día en que no tenías casi nada que decir.Y te has hecho un folio, así a lo loco.”

sábado, abril 23, 2011

OS CREBINSKI



Era Jueves Santo, pero llovía. Y eso eliminaba las alternativas más lúdicas para estos días festivos. La aldea, como se dice aquí, nos esperaba pero no pudo ser. Así que nos encerramos en casa para ver las tormentas desde la barrera y avanzar en la inmensidad de tareas pendientes. Y para volver al cine.
Primera sorpresa: una cartelera lamentable, sin apenas nada apetecible. Muchas películas para niños. Supongo que como estrategia de respiro para padres abrumados. No me parece mal, y ahora que voy a ser abuelo creo que empezaré a valorar más este tipo de ofertas. Pero, en todo caso, a los adultos eso no nos resuelve la necesidad de un buen cine.
Y así fue como caímos en Crebinski, una peli gallega dirigida por Enrique Otero, hijo de unos conocidos de La Coruña. Desde que se metió en estas lides y se fue a estudiar a Vigo, el chico parecía bueno y con un futuro prometedor que ahora se va consolidando. Parecía claro que tendríamos que verla.
Segunda sorpresa: había cola en las taquillas. Y me llamó la atención comprobar que todo el mundo sacaba la entrada para ver Crebisnki. Bueno, pensé para mí, al menos tendremos la sala llena, lo que no es poco tratándose de cine gallego. Y así fue. La sala se fue llenando de gente de diverso pelaje: parejas mayores, grupos de jóvenes, gente alternativa, otros que ya se veía pertenecían, por la pinta, a eso que solemos llamar “mundo de la cultura”. En fin, los Crebinski tenían un poder de atracción bastante inclusivo.
La película, recién estrenada, tuvo su precedente en un corto con el mismo título, que le proporcionó a Enrique uno de sus primeros premios en un Festival de cortometrajes celebrado en Valladolid en el 2002. Como película acaba de recibir el premio al mejor guión en el reciente Festival de cine de Málaga.
Os Crebinski es, más que nada, una broma. Tierna y ecológica, eso sí. Durante la hora y media que dura uno se debate en el dilema de si cabrearse por la imagen absurda y paleta que se da de los gallegos (parece mentira que no seamos capaces de buscar otros modelos de personajes capaces de romper los estereotipos) o dejarse llevar por la belleza de las imágenes y la ingenuidad de la historia. Si el cine fuera sólo forma, color e imágenes, ésta sería una película estupenda. Pero el cine también contiene una historia, presenta unos personajes, refleja un contexto social y cultural y, con todo ello, alimenta un imaginario colectivo con el que te puedes identificar o del que te puedes sentir lejano e, incluso, cansado. Es por eso que nos quejamos que cuando las películas americanas se refieren a España lo hagan a través de los toros. En fin, eso, que Galicia tiene perfiles de progreso, tecnología, cultura y arte que apenas aparecen en el cine o en las novelas que escogen nuestro territorio como marco de una historia.
Pero tampoco hay que dramatizar. Se pasa bien en Os Cribinski y tiene momentos en los que no puedes dejar de sonreír por la imaginación del guión, ni dejar de maravillarte por la hermosura de las imágenes.
La historia, si es que hay una historia, se refiere a dos hermanos que pierden a sus padres y acaban en una playa de la Costa de la Muerte con su vaca. Estamos, se supone en plena Segunda Guerra mundial, con submarinos de uno y otro bando rondando por las costas gallegas y con los alemanes beneficiándose las minas de Wolframio de Santa Comba y Lousame. Arriba de la playa, los hermanos Crebinski han construido un chamizo espectacular a base de restos de embarcaciones que naufragan y que el mar va arrojando a la costa. Y es así como el hermano bordeline (Miguel de Lira) y el otro (Sergio Zearreta) sólo un poco más espabilado que él van tejiendo la monotonía del día a día, solo interrumpida por la lluvia a la que temen más que al diablo pues fue la que provocó la crecida del río que les arrastró hasta allí.
Y así van sorteando, sin darse cuenta, las aventuras que suceden a su alrededor: un paracaidista alemán muerto, un submarino americano que pretende ganar la guerra en aquella playa desierta sustituyéndola por Normandía, una patrulla alemana que ronda sin rumbo en busca del paracaidista. Casi parece una comedia de enredos. Pero resulta simpática. Y en esto la vaca se va. Y ellos la persiguen. Excusa magnífica para que guión, música y fotografía (obviamente de Sergio Franco, un artista) nos permitan admirar lo más hermoso de la costa gallega y algo de su mundo rural (incluida una verbena en medio del monte con su cantante indígena pero modernizada: Loli Marlene).
Ese viaje interminable tras la vaca a lo largo de la costa es, en realidad, un viaje hacia sí mismos, hacia su infancia y los lugares donde la vivieron felices. Ya digo, no sé si hay una historia, pero si la hay es una historia linda e amable. Coherente con la broma en la que la película te sitúa desde su inicio.
Tiene cosas interesantes, en cualquier caso. Se hablan 5 lenguas diferentes (y muchos más lenguajes, si tomamos en cuenta la forma de comunicarse entre los protagonistas) todas en versión original y subtitulada. Interesante. Luis Tosar, por ejemplo, habla un inglés magnífico, envidiable. La fotografía, la música, los paisajes, el propio carácter de los dos hermanos (tosco y cutre pero simpático), la escenografía (la chabola donde viven es un canto a la imaginación y a la creatividad técnica). Todo ello está muy bien construido.
Lo dicho, Enrique Otero y su equipo han sabido sacar partido al ambiente y los personajes. Se diría que el ambiente es el auténtico protagonista del film. Lástima que la historia no dé mucho de sí. Y que, una vez más, se haya elegido lo “cutre” como contexto de lo que sucede en Galicia.

lunes, abril 18, 2011

Tocando el fondo


Ha pasado un año, un año entero. Parece mentira. Se siente como si fuera ayer. Disminuye el dolor, se va apagando la pena pero queda ahí ese vacío inmenso, esa soledad. La ausencia que nos dejó. Con el paso de los días, las heridas dejan de sangrar pero no cicatrizan. Uno va entendiendo que lo que pasó tenía que pasar. La enfermedad y el sufrimiento se aliaron con la edad y todo se fue haciendo demasiado oscuro y triste. Disfrutaba pero solo a ratos y así, apenas si le merecía la pena seguir. Aquellas noches de los últimos meses, con la angustia cada vez que debía acostarse, con las llamadas constantes para que lo moviéramos, para que lo levantáramos y lo volviéramos a acostar. Se ahogaba el pobre. Se asustaba. Pero llegaba el día y parecía otro. Desayunaba, paseaba un poco, leía el periódico, charlaba, se relajaba. Comía poco, echaba su siesta y volvía a pasear la tarde. Luego la cena y, a veces, una partidica de cartas para concluir el día. Y así, entre medicaciones y rutinas iban pasando los días y llegaban las noches. Noches terribles. Y todo acabó en una de esas noches, hace hoy un año.

¿Sabes, papá? Lo peor del tiempo es cómo va erosionando la memoria. Hay cosas que no se olvidan y quedan ahí bien nítidas, con todos sus detalles. Los detalles de aquella medianoche final, siguen ahí con todo su dolor. No es fácil de olvidar. Incluso siendo todo muy natural, sin dramatismos excesivos, sin sorpresas, supuestamente sin dolor. Pudimos estar contigo en ese tránsito y eso es probablemente un regalo final que nos hiciste. En cambio, hay otros recuerdos que se van diluyendo en la memoria. Tu rostro, tus gestos, tu mirada. Esas cosas de detalle que estaban llenas de matices. Estoy seguro que si escuchara tu voz la reconocería de inmediato, pero a veces me quedo pensando en tu cara y es como si me faltaran detalles, piezas del puzle para poder componer el retrato completo. Por eso la necesidad de volver cada poco a tu fotografía y quedarse mirándote para reencontrarse con esos ojitos serenos y vivos; la piel tersa, la frente ancha; el gesto tranquilo y cariñoso; la media sonrisa siempre puesta. Pero lo malo del tiempo es eso, te deja lo fundamental pero pierdes los detalles. Y los detalles, a veces, son tan importantes…

En fin, hoy hace un año. El primer año sin ti, papá. Luego vendrán otros. Supongo que las heridas irán cicatrizando y nuestros ánimos se irán relajando. Pero no quisiera perder los detalles. Y como en los ordenadores, necesitaré refrescarlos. Pero será un placer, porque lo más rico de los recuerdos que tengo de ti radican en esos detalles: tu rostro, tu gesto, tu sonrisa, tu mirada. También tu tacto cariñoso, pero eso corre menos riesgo de olvidarse.

¿Sabes otra cosa, papá? Compartes aniversario con Gabriel Celaya, uno de nuestros mejores poetas. Ya sé que tú no eras mucho de poesía, pero quién sabe cómo son las cosas por ahí. Quizás os guste disfrutar de todo bello. En cualquier caso, la poesía apacigua los ánimos y eso es, justamente lo que necesitamos hoy. De él son aquellos versos que dicen:


Poesía para el pobre, poesía necesaria


como el pan de cada día,


como el aire que exigimos trece veces por minuto,


para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.


Pero el que más me gusta, el que me acompañó en aquellos días tristes de hace un año, cuando me sentía perdido y sentía que, otra vez, había tocado fondo. El verso dice:


Porque vivimos a golpes,


porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos,


nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.


Estamos tocando el fondo. Estamos tocando fondo.


Y entonces, con cara de paciencia me dirías: "pues si has tocado fondo, ya sabes lo que toca. Ahora p'arriba".


CORTEO

No podíamos dejarlo pasar. Después de haber asistido hace un par de años a Saltimbanco, nos enamoramos de ellos. Reconozco que llegamos tarde. Me he ido encontrando con muchísimas personas que llevaban años en un estado similar. Así que en cuanto nos enteramos que volvía Le Cirque du Soleil con otro espectáculo, Corteo, fue fácil decidir que no podíamos dejarlo pasar. Y eso que actuaban en Madrid, lo que significaba planear un viaje de dos días, con hotel, restaurantes y toda la parafernalia. ¡Una pasta! Los amigos madrileños se animaron también y eso fue mejor pues pudimos compartir la alegría de una noche de circo y todo lo que le rodea. Lo primero que llama la atención es la enorme procesión humana que desde una hora antes se va acercando a la enorme carpa. Un lugar difícil de encontrar en Madrid, en la zona de la Puerta del Ángel, en una esquina de la Casa de Campo. Así que quien más quien menos, tuvimos que preguntar varias veces hasta llegar allí. Era divertido ver la cara de resignación de los vecinos de la zona, cansados de responder siempre a la misma pregunta (que se la hacían en diversos idiomas, además). Al final, allí estaba la carpa. Las carpas, pues eran varias. Teníamos unos buenos puestos, ni tan cerca que pierdes la vista de conjunto (eso fue lo que nos pasara la vez anterior) ni tan lejos que pierdas los matices. Y comenzó el espectáculo y nos aprestamos a dejar de pensar en otras cosas para sumirnos en la magia de movimiento, luces y colores del escenario. Según raza la propaganda, CORTEO, el espectáculo creado por el italiano Danielle Finzi (se nota mucho su sentido italiano) tiende ser una historia en la que se mezcle lo espiritual (eso, al fin, es lo que pretende la magia) y lo real; el mas allá de la muerte (por eso la escenografía se basa mucho en ángeles) y la vida, lo dramático y lo cotidiano; lo grande (el payaso enorme, un argentino, mide 2,80) y lo pequeño (la pareja de personas pequeñas). Y logran bien ese mundo de contrastes por el que te van llevando. De forma parecida definen el espectáculo sus propios creadores:



"Mediante la yuxtaposición de lo grande con lo pequeño, lo ridículo con lo trágico y la magia de la perfección con el encanto de la imperfección, el espectáculo pone de manifiesto la fuerza y la fragilidad del payaso, así como su sabiduría y su bondad, para ilustrar la porción de humanidad que se encuentra dentro de cada uno de nosotros”.




Comienza con tres grandes lámparas iluminando el escenario y la simulación de la muerte de un payaso a quien los ángeles suministran, cómo no, su primer juego de alas XXL. Y así, como en una especie de flashback sobre su vida, nos vamos encontrando con los sucesivos números de circo y de sus intermedios (esos movimientos de escena cuyo sentido es entretenernos mientras pasamos de un número a otro).


Comentábamos allí que el circo antes eran los animales extraños que podías ver haciendo cosas extrañas, los atletas y equilibristas, los payasos. Todo era evidente y se jugaba con lo extraordinario. Todo eso cambia mucho en El Circo del Sol. Aquí lo importante es la coreografía y el mundo mágico que en cada momento se crea. Lo importante son los detalles y la conjunción entre ellos para formar escenas que parecen cuadros de artistas consumados. Lo importante es sobre todo ese gran movimiento coral que desarrollan los actores: parecen un ejército que se van agrupando según cada número y que corren por el escenario, se agrupan, se separan, mueven cosas, hacen malabarismo. Es como una máquina de relojería en el que cada uno ha de saber el segundo exacto en que le toca intervenir. Es algo que no puede dejar de maravillarte. Más, desde luego que ver a un elefante que levanta sus patas traseras.


Pero lo que realmente me entusiasma de estos montajes es el ritmo y la perfección con que van desarrollando cada uno de los pasos que se van sucediendo. Seguro que no soy original si digo que el Circo del Sol es, ante todo, un mundo de luces, sonidos y ropas que transmiten sensaciones estéticas inenarrables. Y si quisiera profundizar aún más, lo que me entusiasma más que ninguna otra cosa, es esa alegría de vivir que son capaces de transmitir. Se les ve contentos, como personas que disfrutan de lo que hacen, que disfrutan haciendo disfrutar a los demás. Y eso se transmite en sus sonrisas, en sus ojos brillantes, en esos pequeños gestos que son capaces de hacerte sonreír. Me encantaron los caballos de disfraz, sobre todo ella tan coqueta y con esos pasos desesfadados por el escenario. Y luego están los artistas que van apareciendo. En esta ocasión, los números quizás no hayan sido tan buenos como en Saltimbanco, pero eso no significa que no fueran excelentes todos los que actuaron. Quizás es que después de ver ese tipo de números en otros espectáculos ya te asombran menos. Pero los equilibristas, el alma del circo, estuvieron soberbios, tanto ellos recogiéndolas y enviándolas, como las muchachas volando a muchos pies sobre el escenario. También fueron magníficos los movimientos sobre las camas, sobre las lámparas, la chicha que soportaba a su partenair de un brazo o un pie (en algún momento pensé que podría desgarrarse la pobre en aquella postura tan forzada de colgar de un pie y sostener con el otro al gimnasta y moverse ambos como diablos. Los juegos combinados sobre barras fijas, sobre aros, sobre cintas. En fin, todo muy espectacular. Y pese a todo, lo que te llega más dentro, es esa alegría inmensa que te hace sentirte mejor. Esa estética preciosista del detalle bien conjugado. Se diría que lo hacen tan bien por oficio. Pero hay algo más en aquello. Es terapéutico, es amable. Estoy seguro que hasta genera endorfinas que, según dicen, es lo más de lo más.

domingo, abril 10, 2011

EN UN MUNDO MEJOR

Hay películas que puede dejarte indiferente. Te lo pasas bien, en general, pero el disfrute es eso: el buen rato que te han hecho pasar, la forma agradable en que puedes escaparte por un rato de los agobios del día a día para vivir los agobios de otros o disfrutar con sus disfrutes. Aunque solo sea por eso, merece mucho la pena no dejar de ir al cine. Resulta terapéutico. Pero hay veces en las que la película que acabas de ver te sorprende, te interroga, te genera esa sensación de reto intelectual o vital que se queda ahí, ronroneando en tu cabeza y en tu cuerpo. En un mundo mejor de la directora danesa Susanne Bier (ya es su doceava película de éxito, ésta Oscar 2011 a la mejor película extrajera) pasa justamente eso: te recrea con imágenes y paisajes bellísimos, te hace interrogarte con algunas escenas de documental ecologista que te perturban pero, sobre todo, te questiona moralmente sobre dilemas morales y formas posibles de resolver situaciones conflictivas de la vida cotidiana. No puedes dejar de preguntarte, ¿qué haría yo en un caso similar?

La película cuenta con un hermoso guión en el que van entrando muchas cosas de la vida: el amor, la violencia, la vida en pareja, los ideales altruistas, la enfermedad, la agresión sin sentido, la escuela. Cuenta con una fotografía espectacular. Y el ritmo de la historia, en la que se van mezclando imágenes en Africa con imágenes en Europa, te mantiene en tensión durante las casi dos horas que dura. Mikael Persbrandt, el protagonista, hace un papel espectacular. Y los dos niños resultan perfectamente creíbles.


La historia es bonita y cuenta la evolución de dos familias a través de sus hijos adolescentes. Una de las familias acaba de perder a la madre por un cáncer y el padre e hijo se van a la casa de la abuela una granja preciosa. En la otra familia, de padres médicos, ambos están separados por alguna infidelidad anterior de él, que se ha ido a África de médico solidario. Los dos adolescentes se encuentran en la escuela donde uno de ellos sufre el acoso inmisericorde de los típicos matones y sus pandillas que lo desprecian y someten a vejaciones diarias. Él va resistiendo el acoso como puedo pero sin enfrentarse a ellos. Cuando lo ve su nuevo compañero, menos proclive a reacciones pacíficas, la cosa revierte y el matón resulta gravemente herido y amenazado de muerte por el nuevo escolar. En su opinión: No se puede respetar a los que no se hacen respetar y no soporta a los que se rinden. La siguiente situación de violencia se produce durante una visita del padre médico. En un momento su hijo más pequeño se pelea con otro crío porque ambos querían un columpio. El médico corre al lugar y separa a los niños, situación que el padre del otro pequeño ve desde su coche y salé furioso para enfrentarse al el médico por haber tocado a su hijo. No sólo le insulta de palabra sino que le empuja y golpea delante de los otros hermanos adolescentes. Pero el padre médico no responde y eso los chavales no lo entienden. Trata de convencerlos pero no lo logra, con lo cual vuelve con ellos a donde el padre agresivo trabaja para encararse con él y hacerle ver que con la violencia no se gana nada. Quiere que le pida disculpas pero no solamente no lo logra sino que consigue nuevos mamporros para escándalo del hijo adolescente y su amigo. No es fácil, está claro, defender la no violencia en contextos violentos. Y menos ante adolescentes. Así que los chavales deciden actuar por su cuenta y hacerle pagar las deudas al padre agresivo destruyendo su coche con unas bombas que han aprendido a hacer en Internet utilizando restos de pólvora que han encontrado en la granja.


Mientras tanto, el padre médico y defensor de la no violencia debe enfrentarse en Africa a situaciones que le generan un enorme dilema moral: si debe curar a un sanguinario cacique que juega con la vida de las personas y es capaz de rajar a una embarazada para saber quién ha ganado porque ha apostado si será niño o niña. Pese a las presiones de los hombres y mujeres del campamento, decide curarlo pero exige que aleje hombres y armas del campamento. Pero tampoco el gordo asesino aprende la lección y propone violar ya muerta a una de las muchachas que maltrató y que no pudo superar las heridas. Eso descompone al médico que lo arroja del hospital dejándolo en manos de la turba que lo lincha.

Las cosas en casa no van mejor. Los niños siguen adelante con su plan. Construyen la bomba y se la colocan al coche pero no prevén la posibilidad de que alguien pase por allí y uno de ellos, el niño antes acosado, acaba muy malherido al querer salvar a una madre y su hija que hacían footing.


Llegada la historia a ese punto se empiezan a recoger velas y reflexiones de unos y otros. La película tiene un final feliz (salvo en el caso del matón africano) y quizás eso sea lo más ficticio de todo el film. Pero está bien porque las lecciones morales no deben asumirse por temor a las desgracias que puedan estar vinculadas a ellas (sería una malísima pedagogía) sino por su propio sentido y valor.


Hay cosas interesantes en el film. Algunas que me afectan de una manera muy especial: el acoso escolar de los matones y la forma en que los orientadores y la dirección de la escuela minusvaloran el problema. Lo conocen, saben quién lo causa, pero prefieren mirar a otra parte: no hay pruebas claras, no hay denuncias. Incluso llegan a sugerir que puede ser problema del propio acosado por la situación familiar de separación que tienen sus padres. Y cuando el problema se agrava vuelven a desentenderse porque ya es mucho para ellos. Ahí sí le vienen a uno ganas de volverse agresivo y recurrir a la violencia. Porque lo que la escuela hace es otra forma de violencia por inhibición y bobaliconería. Muy bonita es la forma árdua en que el matrimonio separado se reconquista. Sobre todo el esfuerzo del padre, quien por otra parte debió ser quien creó el problema. Pero ese ir poco a poco, siempre pidiendo disculpas, siempre respetando los sentimientos de ella que no se sentía capaz de perdonar, es muy interesante y aleccionador. También lo es la forma en que el padre viudo recupera el aprecio de su hijo, un candidato a psicópata resentido. Sin muchos recursos, teniendo que ocultar su propia insatisfacción personal a favor de la madre muerta, tragándose las insolencias de su hijo. Pero, al final, lo consigue.

Y cuando sales del cine sigues llevando en tu espíritu el retrogusto de cuando has ido pensando. Sigue quedando el aire el gran dilema. El mundo sería mejor sin violencia. Nadie lo duda. Pero no es fácil renunciar a la violencia en contextos violentos. Y, por otra parte, siempre serán violentos si nadie renuncia a la violencia. No es fácil, la verdad.

domingo, marzo 20, 2011

´Los padres.

Hay fechas especiales. Hoy es una de ellas. Al menos quienes hemos tenido la fortuna de tener hijos, te sientes bien cuando te llaman para felicitarte y decirte unas palabras amables. No son grandes conversaciones sobre la paternidad y esas cosas. Tampoco haría falta. Que se acuerden y que telefoneen ya es bastante. Un placer.
Y eso que en el telediario de alguna de las cadenas preguntaron a unos cuantos niños por qué eran importantes sus "papás" y las cosas que dijeron eran fruslerías: porque les llevaban a los sitios, porque les ayudaban con los deberes, porque les veían jugar al fútbol. Aún eran pequeñitos, así que espero que la vida les vaya dando mejores razones, pero si no resulta bastante frustrante.
Los míos han cumplido bien con el compromiso. Mediada la mañana ya se habían puesto al día. Ya digo, un placer. Pero eso me ha puesto melancólico. Porque uno es padre pero también es hijo. O lo fue. Y así, celebrando el placer de ser padre se han hecho presentes las notalgias del ser hijo. Un hijo que ha perdido a su padre.
Pues sí, papá, también a mí me hubiera gustado estar este día contigo para celebrarlo juntos como lo habíamos hecho desde hace tantos años. Este va a ser nuestro primer año sin reunirnos todos los hermanos contigo. Ya se había convertido en una tradición ese viaje del día del padre. Y lo pasábamos bien. Tampoco nos hacía falta decirte muchas cosas ni hacer grandes discursos. El hecho mismo de tenernos todos a tu alrededor era la mayor alegría que podíamos darte. Este año no va a poder ser. Y no sabes cómo lo echo de menos. El tenerte cerca, el comer todos juntos entre risas, las caricias disimuladas, la copica final y la partida de mus. Hemos perdido tantas cosas...
Espero que sea Pachín, (él también padre e hijo, incluso abuelo) quien te acompañe hoy en representación de todos. Él era de los que sentían más fuertemente esa bendición de tener a su padre cerca, cariñoso y siempre disponible. El sabrá cómo hacerlo. Espero que lo paseis muy bien y que os acordeis de todos nosotros que, desde esta otra parte de la vida, también os recordaremos. Muchas felicidades papá.
No sé si decirlo con tristeza o con alegría. Duele seguir sientiendo tan intensamente tu ausencia. La llamada de mis hijos esta mañana me puso, a la vez, alegre u triste. Pero bueno, supongo que las cosas tienen que ser así. Eso de ser padre e hijo a la vez debe ser eso, una mezcla de alegrías y tristezas, de esperanzas y de nostalgias. Tú debiste pasar por eso y supongo que sentirías la misma ambivalencia. Hoy me ha tocado a mí. Pero, ¿sabes?, también a los que ahora son nuestros hijos van a pasar por eso. Michel será padre en Mayo y también él albergará esa doble personalidad de padre e hijo. Es lo bonito de la vida, que la vamos construyendo entre todos, generación a generación.
En precioso ser padre. Era maravilloso ser hijo (afortunadamente aún lo seguimos siendo y espero que por mucho tiempo, aunque la Salo se empeña en prevenirnos que le quedan pocas celebraciones). Pero lo milagroso es ver cómo unos nos vamos sucediendo a otros, cómo vamos cumpliendo plazos y, al final, todo se mezcla. Es la vida. Un milagro.
En fin, hijos, gracias por acordaros del día del padre. Y tú, papi, felicidades por tantos años de paternidad amable y respetuosa.

viernes, marzo 18, 2011

VOLVER AL BLOG


¿Sabes qué?, me ha dicho, estás raro. Tienes que volver al blog. Se nota que te rondan las ideas y las cosas que te gustaría contar, pero algo te tiene obturado. Como si tuvieras el cañón de tu carabina torcido y temieras que los disparos se volvieran contra ti. Tú estás mal de la cabeza, he tenido que decirle. ¡Vaya metáforas macabras se te ocurren! ¿De veras piensas que mi problema es querer dispararle a alguien? ¡Estás mal, en serio!

El blog, que es más sensato, creo que ha acertado más. ¡Déjalo estar, ha dicho él, a veces conviene retirarse a los cuartos interiores y mirar para otro lado! Dejar de escribir es como correr las cortinas de la habitación donde desarrollas tu intimidad y sustraerte a las miradas ajenas. El blog es un buen amigo, se nota. De esos que no se molestan si no les llamas porque ya saben que el aprecio sigue igual, sólo que con menos letras.

De todas maneras, me apetece volver al blog después de tanto tiempo de silencio. Ni siquiera sé si tendré algo de qué hablar. Los silencios crean vacíos e inseguridades. Al final, acabas acostumbrándote a no pensar o a pensar sólo para ti sin esa perspectiva de contar lo que te preocupa o ilusiona. Parece como que estuvieras perdiendo perspectiva, espacio, aire. Como si se te fuera achicando tu mundo y acabaras en la pecera de tus propios límites. Si algo tienen de interesante las tecnologías es que permiten abrir espacios. Dicen que corres el peligro de encerrarte con tu ordenador y romper con el mundo. Pero, al menos a mí, me pasa lo contrario. Sin esta ventana del blog me sofoco con mis propios pensamientos a los que no logro dar salida. Al final, no importa si alguien lo lee o no. Importa que eres tú el que está ahí, la ventana abierta, el pulmón expandido, superando el muro que impone la individualidad. Vas a sitios, conoces gente, te cuentan cosas.

La verdad es que nunca te vas del todo. No sé cómo lo viven los demás, pero me siento cerca de quienes dicen que tener un blog es como tener un amante. Me figuro (de eso uno nunca sabe mucho) que volver a escribir es como volver a la casa de tu amante. Sabes dónde está, tienes la llave, puedes moverte con soltura por espacios ya transitados. Cierto que corres el riesgo de que quien antes te esperaba ya no lo haga. Los amores son fluidos en estos tiempos en loe que todo es bastante transitorio. Pero yo sé que mi blog no es de esos. Él está ahí siempre. Se enfurruña un poco cuando lo desatiendo, como en este caso. Pero luego se le pasa y lo pasamos bien los dos.


Oye, me acaba de cortar el blog aprovechando que hablaba de él, ¿y no te hubiera sido más fácil volver a escribir comentando una película? Esta primera entrada se está convirtiendo en una sesión de catarsis. Ya, he tenido que confesarle, puede que tengas razón. Debe ser que estoy leyendo “el Psicoanalista” de John Katzenbach y se me debe estar pegando eso de comerse el coco. Pero mira, ya he cumplido mi objetivo. Aquí estamos juntos de nuevo, no?

lunes, enero 17, 2011

Flamenco con Carmen Linares


Es difícil de explicar lo que se siente. El cante es eso, música que te va envolviendo como esa especie de humo artificial con el que se empeñan ahora en adornar los escenarios. Ella cantaba, sentada firme allá en el fondo y la música iba creciendo, haciéndose una nube que te envolvía. No puedes pensar, no merece la pena. Basta con dejarte ir y que la música te lleve.
Antes de comenzar dijo unas palabras y tenía la voz tan casposa que pensé que venía enferma como quien sale de una gripe. Pero no era eso. Ésa era su voz de estropajo para que sus lamentos sonaran como los rugidos del aire que debe zigzaguear entre rocas. Fantástico.
No sé mucho de flamenco. Supongo que hay que nacer en Andalucía para que la piel no sirva de obstáculo y el sonido te llegue al alma. A mí me pasa eso con las jotas, que se me pone carne de gallina, que puedo echarme a llorar en cualquier momento. Pero, fíjate, el flamenco es tan contagioso que no resulta difícil, incluso para legos, meterse en él y dejarse llevar. Y si quien lo canta es Carmen Linares, el placer estético está servido.
La cosa es que se celebra en Compostela "Sons da diversidade" un clico musical que ha ido madurando en los últimos 6 años y que cada convocatoria nos sorprende con cosas nuevas y maravillosas. El mundo está cruzado por culturas musicales tan distintas y tan ricas que merece la pena vivir la experiencia de disfrutar de ellas. Y dentro de ese gran caleidoscopio de sonidos, hoy le tocaba el turno al flamenco, con Carmen Linares como gran protagonista.

En las dos últimas décadas, el cante flamenco de mujer lleva el nombre de Carmen Linares”, así comenzaba el programa de la sesión de hoy. Y con esto sucede como con el cine. Cuando ves una gran película inmediatamente piensas que será seleccionada para los Oscars. Escuchando hoy a Carmen también entiendes que el piropo de los organizadores de la gala no es exagerado.

La sesión ha tenido un poco de todo. Ella fue pasando por casi todos los palos: bulerías, canto de las minas (los más espectaculares), bulerías, cantigas romeras, granainas y rondeñas, alegrías, etc. Carmen venía acompañada de dos guitarristas, dos palmeros y un percusionista. Magníficos todos. Impresionante el ritmo que tiene la gente del flamenco, cómo se combinan, cómo se bifurcan siguiendo cada uno el suyo, cómo se complementan. ¡Es tan potente el ritmo flamenco, tan absorbente, tan imposible (el follón que se puede armar con unas palmas y unos taconazos)…! Uno de los palmeros, además, bailó. ¡Qué energía y ritmo! Le fue fácil tenernos a todos embobaos, que le interrumpiéramos a cada poco con aplausos (el pobre se quedaba quieto con la posturita ya marcada, como una estatua en movimiento, hasta que acabáramos de aplaudir).
Las letras no suelen ser el fuerte del flamenco. Perdón, supongo que para los enterados serán un auténtico maná intelectual. Pero no es fácil seguir el hilo. Cuenta más la connotación, el tono, la intensidad que la semántica, pienso yo. Pero Carmen canta a poetas y eso engrandece su guión. Por allí pasaron García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Miguel Hernández, Bergamín, Machado. Preciosa la letra de Lorca: “El río Guadalquivir va entre naranjos y olivos…”. Pero a mí me ha impresionado otra que venía a decir más o menos: “Será que no sé contar, será que me sobran penas, que cuando cuento mis penas, me salen penas de más”. La he tenido que apuntar a oscuras para que no se me olvidara. Me parece estupenda.
En fin, una tarde de domingo diferente. Y muy interesante. Quedas con ese regustillo de haber disfrutado mucho. Aunque no sea fácil contarlo. Ya lo veis.

miércoles, enero 12, 2011

Berta.


Berta. Nuestra Berta.
Vaya por adelantado que lo de nuestra es un decir, aunque algo nos tocará a los abuelos, digo yo. Pero no vayamos a comenzar con malentendidos. Berta es en primer lugar de sus papás y luego, un poquito también de los abuelos. Un poquito. Una vez, siendo estudiante en Zaragoza, se me ocurrió decir a una compañera de guateque “mi chica” (expresión cariñosa en Navarra) y se me puso como una fiera, como si el “mi” en lugar de cariño significara posesión. Pues eso, "nuestra" significa que la queremos y que la esperamos con mucha ilusión.
Nuestra Berta. Curioso. Antes los niños venían “con un pan bajo el brazo”, ahora llegan con un blog (http://bertapasoapso.blogspot.com/ ) y un pedigrí ya documentado. Va a ser una auténtica bebé iPod. ¡A ver cómo hacemos los abuelos para que después le gusten los cuentos tradicionales en papel! Y las aventuras de abuelo que voy guardando para ella, sobre mi pueblico Saigós, sobre mi escuela del siglo pasado, sobre la mili, sobre su padre de chiquito, ¿qué hago con ellas? Bueno, también puedo enviárselas a través mensajes electrónicos, aunque no sé si será lo mismo.
Nuestra Berta. Bendita criatura. Aún apenas concebida fue ya una gran noticia. Esas cosas que normalmente se llevan en secreto hasta que la barriga de la mamá empieza a abultarse, en ella se hicieron públicas pronto. Y así, pudimos festejar su presencia también pronto. Total, que comenzó rompiendo las reglas antes de nacer. No quiero ni pensar cómo va a ser la cosa cuando llegue a la adolescencia.
Nuestra Berta. Ahora todo es distinto. Hemos seguido con intensidad y mucha ilusión cada fase del proceso intrauterino. Estamos en tiempos de trasparencia y un poco de voyeurismo. Menos mal que aún sigue siendo íntimo el momento de la concepción, aunque seguro que a las cámaras de Gran Hermano tampoco les importaría completar la documentación. La cosa es hacer visible lo que siempre fue una caja negra (sabíamos que dentro pasaban cosas, aunque no sabíamos cuáles y, sobre todo, cómo funcionaban). Estamos perdiendo esa capacidad de aceptar el misterio, de diferir el deseo. Ahora necesitamos verlo todo en imágenes, cuanto más realistas mejor. Al lado de la casa de Coruña, las hacen ya en tres dimensiones. Osea, que casi se podrá tocar. Dentro de poco, hasta les harán entrevistas antes de nacer. Es como si no nos creyéramos las cosas si no las vemos. Menos mal que la información realista no mata la ilusión sino que la matiza. Y, en este caso hace crecer la fantasía. Lo tienen peor sus papás que se dedican a eso y saben leer las imágenes con ojos de especialista. Para los demás, ver a Berta, en esa imagen borrosa es imaginársela. Se le ve-imagina el cuerpo, la cabecita, la mano. Y ahí podemos imaginarla saludando con su manita a quienes podamos verla desde el otro lado de la ecografía. Parece que hace el gesto americano del O.K. con puño cerrado y el pulgar abierto hacia arriba. Debe ser que todo está bien por allí adentro, que le llegan los suministros con regularidad y que la crisis apenas se nota. Pero al ritmo que van las cosas, esa satisfacción le va a durar poco a la pobre porque enseguida se va a enterar de lo que significa vivir en un local bien estrecho sin apenas poder moverse. Y va a ser peor aún cuando le llegue la orden de deshaucio y tenga que dejar a la fuerza su alojamiento. La vida es dura, Berta, corazón, pero verás que merece la pena.
Nuestra Berta. Pues nada, pichurrita, aquí estamos a tu espera. Ya queda poco para Mayo ( que también es mi mes y el de varios de mis hermanos y sobrinos; va a ser un mes lleno de cumples). Todos esperamos que las cosas sigan igual de bien hasta el final. Con un papá médico y una mamá matrona ellos se preocuparán de que así sea. Estate atenta a lo que te digan y verás que todo sale bien.

Bueno, corazón, tu papá te va contando cosas y poniendo fotografías en tu blog para que las veas en cuanto tus avances en la Educación Infantil te lo permitan. Se le ve cada vez más ilusionado. Fíjate que le vas cambiando desde antes de nacer. Antes era mucho más reservado. El abuelo también te contará cosas en el suyo. Papá sabe más de Medicina y de esas cosas importantes, pero yo sé más de niños y tengo cosa muy divertidas que contarte. Ya verás, lo vamos a pasar guay.

lunes, enero 10, 2011

También la lluvia

En el cine hay películas de las que sales feliz. A veces es una felicidad puramente orgánica. La cosa ésa de las endorfinas, supongo. Otras veces es una felicidad más intelectual, como la que suelen producir las películas de Woody Allen. También hay veces en las que te levantas de la butaca de mala leche. En ocasiones porque te sientes estafado, ves que has perdido dos horas asistiendo a una historia chorra y casi con vergüenza ajena por el director y los actores metidos en proyectos tan estúpidos. Otras veces la mala leche viene de la historia y las imágenes que acabas de ver. La película ha sido extraordinaria pero la historia te deja conmovido y exhausto emocional e intelectualmente. Eso es lo que pasa con También la lluvia, que sales malherido del cine.
Iciar Bollain ha logrado una película excelente. Ha jugado de manera magistral con esa opción de hacer cine sobre cine, igual que otros han hecho teatro sobre el teatro o literatura sobre la literatura. La película trata del proceso de elaboración de una película en Bolivia a donde se desplazan productores y actores desde España. Pero luego la historia está tan bien entramada, el guión es tan perfecto (Paul Laberty, el compañero sentimental de Iciar ha sido el genial guinista) que logra entrecruzar tres historias unidas por la misma temática: la explotación de los indígenas y su rebeldía.
El tema de la película a grabar en Bolivia era la conquista de Cristobal Colón y la historia que se entrecruza con ella es la historia de una revuelta de los indígenas bolivianos de Cochabamba cuando en 2004 contra una multinacional que se ha hecho con la gestión y venta del agua. En el fondo de ambas historias, decía la Bollaín en una entrevista, está la resistencia: los indígenas del S.XV resistieron a Colon, los actuales resisten las injusticias del neoliberalismo capitalista.
Aunque la directora había hecho hasta ahora sólo películas sobre mujeres y basándose en actrices, ésta es una película con hombres. También hay mujeres pero en papeles muy secundarios. Los auténticos protagonistas son 4 magníficos actores sobre los que descansa la historia: Luis Tosar que hace el papel de productor de la película que se va a rodar y está expléndido como siempre; Gael García Bernal que va a Bolivia de director del film; Karra Elejalde, destinado a hacer de Colón y que sorprende por la forma en que encara su papel y por esa voz profunda y estropajosa que tiene; y el actor boliviano Juan Carlos Aduviri que hace de indígena y es, probablemente, el mejor de todos, pues durante toda la cinta te hace sentir que él no es actor, que han escogido a personajes reales de la calle para construir una historia más realista. Y es una película, además, a lo grande (5 millones de euros, y eso en Bolivia), de las que ya no se hacen. Moviendo auténticas masas humanas: 130 personas en su equipo, 4.000 extras, cerca de 300 indígenas.
La fotografía es excelente (más en lo que presentan de trozos del futuro film ya montados que cuando se desarrolla como documental), aunque las escenas de la protesta final contra el gobierno son de un realismo insuperable. Uno se piensa que está viendo un telediario. El rodaje en la selva con todos sus problemas climatológicos y de composición de la escenografía es espectacular. También el ritmo en el que van contando y entrelazando las historias está muy logrado. En realidad el guión está hecho con una inteligencia que deja claro que por detrás hay un maestro de ese oficio. Y, luego, hay escenas de un realismo y escabrosidad insuperables. Son como esas patadas en la entrepierna que te dejan doblado y con la respiración entrecortada: los perros persiguiendo a los indígenas, los castigos a quienes no han reunido el oro exigido, las madres con sus hijos en el río, la violencia policial. En fin, eso que decía de una gran película que te remueve hasta lo más profundo.
Otra cosa es la interpretación que se hace de la historia. La mezcla de un hecho real reciente (la protesta por el agua y supongo que bien documentado) con episodios históricos de hace 7 siglos y recreados a partir de algunos documentos y mucha imaginación es peligrosa. Siempre lo es pretender juzgar hechos históricos con criterios actuales. Nada ni nadie se salvaría. Ya resulta bien difícil intentar juzgar los hechos actuales porque siempre se encuentra uno con posiciones muy diferentes. Así que pretender hacerlo con hechos históricos resulta terrible. Pero parece estar de moda esa tendencia a revisar la historia (a revisitarla, se dice ahora, pero no es que se vaya de visita para ver lo que hay, sino que lo que se pretende es reconstruirla), sobre todo en lo que se refiere al descubrimiento y conquista de América. Es como si tuviéramos un fuerte sentimiento de culpabilidad ancestral del que precisáramos recuperarnos reconociendo nuestras culpas. Difícil saber si las cosas fueron así o no, pero seguro que hubo momentos malos y otros buenos; momentos crueles y otros de apoyo y compasión. Y que esos momentos fueron protagonizados por unos y por otros. Cierto que en situaciones en las que el equilibrio del poder es muy desigual, quienes más vulnerables resultan son los débiles.
Duele hurgar tanto en esas heridas. Supongo que hay partidarios de hacerlo porque le atribuyen cualidades terapéuticas pero yo no creo en eso. Simplemente se abren heridas. En mis frecuentes viajes por Iberoamérica me he encontrado, sobre todo en algunos países (Perú y México, en mi experiencia, pero calculo que lo mismo sucede en otros que no conozco como Venezuela, Bolivia, etc.) mucho resquemor por la historia. Para muchos, este tipo de reconstrucciones literarias o cinematográficas no son piezas artísticas imaginadas, sino documentos históricos que cuentan las cosas exactamente como fueron. El cine suple a la realidad y convierte en un hecho actual algo sucedido hace 7 siglos. Ése es el poder del cine que provoca una especie de psicosis individual y colectiva pues te involucra tanto en los hechos que narra que los vives como si fueran verdad. Eso es la psicosis: vivir como real algo que es imaginado. No es peligrosa cuando uno es capaz de recuperarse al salir del cine y volver, de nuevo, de la ficción a la realidad. Pero no siempre es fácil. Y cuanto mejor construida esté la ficción, cuanto más te cueste ver que es ficción, más difícil resulta el regreso. Acabo de leer en Internet la protesta de un tipo mejicano porque su país, según él, censuró la película También la lluvia para el festival de Toronto. Él estaba convencido de que la película era del director mejicano Gael García Bernal, el que hace de director en la historia. Y removió Roma con Santiago, desde la Embajada mejicana en Canadá hasta la dirección del festival y sus servicios de prensa para enterarse por qué la película del director mejicano no había sido seleccionada. Sería cómico si no fuera un poco trágico.
Tampoco quiero negar que las cosas fueran así o parecidas. Quizás lo fueran. Es lo que tienen las conquistas y las guerras. Es lo que tiene el poder y el miedo. Mucha maldad. Cualquier historia de guerra te deja sobrecogido. También las de ahora, no hace falta irse 7 siglos atrás. Pero da la impresión de que en nuestro caso, ese intento por cargar las tintas se ha convertido en una especie de manía auto-persecutoria. Muchos países conquistaron otros en aquellos siglos. En condiciones similares, supongo, si no peores. Pero no parece que estén tan preocupados por hurgar las heridas. Quizás es que ese tipo de cine nos llega menos. No sé. Llama la atención.
Iciar Bollaín decía que la línea que une las historias mezcladas en el film es la resistencia. Es una forma de ver lo positivo, efectivamente. Pero en la otra cara de la moneda está la opresión. Y eso lo describe muy bien el film. Puede que Colón oprimiera a los indígenas hasta límites dramáticos; puede que la multinacional que se hizo con la explotación del agua en Cochabamba quisiera obtener ganancias a sus inversiones cargando sobre los indígenas; puede que nuestro sentido crítico sea sensible a entender y valorar negativamente tales hechos. Pero resulta que los mismos que van a denunciar esos hechos están, a su vez, oprimiendo a esos mismos indígenas: se han ido a filmar a Bolivia porque resulta más barato y es más fácil obtener permisos; porque pueden obtener un gran número de extras a precios irrisorios; porque pueden construir los escenarios (talando árboles, alterando el mobiliario urbano, sobornando a quien corresponda si fuera preciso) sin tener que pasar por los trámites y costos europeos. Al final, también para los denunciantes es más importante su film que las propias protestas que quieren ensalzar y emplean el poder del dinero para tratar de controlar mejor la situación. En fin, que actúan de forma similar o incluso peor que la propia multinacional a la que denuncian. Ese juego de contradicciones morales está muy bien reflejado en el guión. En realidad es lo que uno puede sacar en limpio, la moraleja del film. Porque es verdad que hoy día nosotros no cortaríamos la mano a ningún indio, ni lanzaríamos los perros a destrozar fugitivos, ni cazaríamos esclavos, pero sí seguimos siendo capaces de conservar esas otras miserias que están a nuestro alcance. Total que cada uno puede ser cruel y opresor en la medida que puede y con las modalidades que están en su mano. Y es ahí donde debemos poner nuestra mirada crítica. Mirar 7 siglos atrás, al final, resulta cómodo. Y para algunos, tranquilizador.
En cualquier caso, una gran película. Aunque salgas del cine con alguna nausea y muchas preguntas.

sábado, enero 08, 2011

TODOS ESTÁN BIEN


Con la boca hecha un cromo, con un trancazo de gripe de esos que te dejan machacao y con el diluvio universal volcándose a tierra más allá de las cristaleras de la sala de estar, pocas opciones quedaban salvo una tarde de sofá y televisión. La oferta de ocio televisado tampoco es que te creara muchos dilemas, así que fuimos a recalar en esta película de Kirk Jones estrenada el año 2009. Ya la había visto y hasta creí que ya la había comentado en el blog, pero acabo de repasarlo y no encuentro el escrito. Quizás la viera en algún avión o en momentos de sequía bloguera.
El caso es que me hinché de llorar, tratando de disimularlo, claro. Debe ser que los antibióticos y antigripales le dejan a uno blandito en la cosa emocional. Pero es curioso cómo, incluso habiéndola visto ya, este tipo de temas (las relaciones padre-hijos) acaba tocándote las zonas blandas. Como dice mi sobrina Raquel, “te da una cosica…”
La historia es bonita y está muy bien contada. Es un remake de una película italiana del año 90, dirigida por Tornatore: Stanno tutti bene. No la he visto, así que no puedo compararlas. La cosa es que un viudo y jubilado (Robert de Niro), abrumado por el vacío vital en que se encuentra, desea volver a reencontrarse con sus hijos (dos chicos y dos chicas) a quienes la vida les ha llevado a distintos lugares del país. Lo intenta primero organizando una comida familiar en su casa a la que todos se comprometen inicialmente a asistir aunque poco a poco van excusando su presencia por motivos varios. Ante esa situación, el padre decide ponerse en marcha él y pasar a verlos a sus casas.
Y así los va visitando uno a uno. Cada uno de ellos va viviendo su vida, en muchos casos frenética. A uno no lo encuentra en casa. Con otra apenas puede estar porque su trabajo la absorbe. Otro casi se pasa el tiempo despidiéndole con la excusa de que tiene un compromiso ineludible que atender. A otra la encuentra en un contexto tan artificial que pronto se da cuenta de que lo que le muestra no es su verdadera situación. Y así, de lugar en lugar, su soledad en lugar de disminuir aumenta. Se va dando cuenta de que no conoce a sus hijos, de que nunca ha sabido casi nada de ellos, porque su interlocutora principal era su madre, de que más que sentir la fortaleza de los lazos familiares, lo que siente en cada encuentro es una frialdad ancestral disfrazada de amabilidad. Más que estar deseando verle y estar con él, van deseando pronto que se vaya.
El papel de padre lo borda De Niro. Lleno hasta la angustia de emociones actúa, sin embargo, de una forma comedida, racional, paternalmente correcta. No va exigiendo aprecio y reconocimiento a sus hijos. Al contrario, casi se acerca a ellos con prevención y pidiendo disculpas por todo lo que pudo hacer mal como padre. Tenía la ilusión de ver cómo habían ido triunfando pero no consigue disfrutar de la situación más que aceptable en la que todos ellos se encuentran. Quizás porque va constatando en cada uno, lo poco que tiene que ver con él la vida de ellos, lo lejos que se encuentran de su padre.
Los aspectos técnicos de la película son correctos. De hecho, fue nominada a los globos de oro del 2009 y recibió el premio a la mejor canción. La historia posee una secuencia sin lagunas y con un dramatismo in crescendo que te hace mantener el interés e implicarte cada vez más en la historia. Las actrices y actores del reparto son todos gente muy conocida (Kate Beckinsale, Sam Rockwell, Drew Barrymore, etc.) y desarrollan muy bien sus papeles. El director juega con frecuentes flashback retrotrayéndose a la época en que sus hijos eran niños y buscando allí las respuestas a lo que sucedía en la actualidad. En fin, una película concebida a la mayor gloria de Robert de Niro, emotiva e interesante. Una buena película que me ha encantado repetir.
Por eso no entiendo demasiado las críticas de los críticos quienes la han valorado poco. Es curioso cómo es diferente la forma de ver el cine cuando uno se sitúa desde fuera en plan juez con su bloc de notas en el que ir anotando aciertos y errores, cuando se ve el cine como un producto técnico, y cuando uno entra en la historia y trata de vivirla dejando que el director del film te lleve. Uno tiene que hacerse cómplice del director/a de la obra, entrar en su juego, al menos durante el tiempo en que dura la película. Luego ya la analizarás y sacarás tus conclusiones. A mí me gusta más así. Claro que hay películas en la que no hay una historia en la que meterte, en la que todo resulta tan irreal, tan absurdo o tan complejo que te obligan a quedarte fuera, como mero espectador.
En Todos están bien, sí hay una historia. Y está muy bien contada. Hay personajes que se parecen a ti, que pasan por cuitas similares a las tuyas, que aunque te dejen entrar en su historia, en el fondo, lo que están haciendo sibilinamente en llevarte a tu propia historia, la que no es cine, la que se refiere a tu vida. Por eso te emocionas y te haces las mismas preguntas que los personajes: ¿qué hacen tus hijos?, ¿qué tal estarán?, ¿en qué medida los conoces realmente?, ¿hasta qué punto has condicionado su vida en tus tiempos de padre?, ¿qué tal padre has sido para ellos? ¡Cómo no emocionarse ante esas dudas vitales que todos llevamos a flor de piel!
Al pobre padre de la historia las cosas de sus hijos no le habían preocupado tanto porque las resolvía su mujer. Ella era la que mantenía la complicidad con los hijos. A ella le contaban las cosas. Y así, cuando ella faltó, se encontró con que apenas sabía nada de ellos. Más de un padre debe tener esa misma sensación ambivalente. Como padre, quizás como hombre, vales para algunas cosas (en general las más materiales) pero hay otras que se te escapan, quedan en una zona opaca a la que no tienes acceso. Algunos lo viven bien así. Otros con desazón.
Bueno, no nos pongamos trágicos. La vida y los hijos son así, un juego de luces y sombras. Después de todo, Robert de Niro consiguió que sus hijos, salvo el pobre calavera que se perdió en el camino, acudieran a su casa y celebraran todos juntos las Navidades. Así que su viaje no fue en vano. Aún conservaba parte de su “carisma” paterno. No es un mal final. Dice el subtítulo de la película que" a veces, para encontrar el amor hay que salir a buscarlo". Tampoco es mala idea.

martes, enero 04, 2011

LOS IMPLANTES


Ahora todo el mundo se hace implantes. Se acabó la época en que lo guai era ponerte un diente de oro, un capuchón de platino o, si tus posibles no llegaban a tanto, un puente salvador. Se ve que vamos evolucionando y ya quien más quien menos lleva encima un implante de titanio.
A mí me tocó ayer. Aunque pertenecía a la generación de los puentes y llevaba con uno ni se sabe el tiempo, últimamente uno de sus anclajes se fue al carajo y me sugirieron que la mejor solución era acudir a los implantes. Lo primero que te asusta es la pasta gansa que cuesta: más de 1500€ por implante. Y eso con rebaja de navarro (que para eso escogí a un especialista cojonudo de mi tierra y con el que solía celebrar la comida de los navarros en julio, por San Fermín, y en diciembre, por San Francisco Javier). Y como tenía que ponerme 5, pues el presupuesto se ponía por las nubes.
Pero, en fin. Lo que más me asustaba no era el precio, que también, sino eso de que te taladren y perforen tu encía para meterte unos tornillos como si fueras un rodapié. Lo bueno de este es que lo apalabras con mucho tiempo de antelación y, entonces, lo ves todo tan lejos que te sientes animoso. Cuando yo lo hice me quedaba aún medio mes de Noviembre, el viaje lúdico-laboral a México, las fiestas navideñas. Buff!, mucho tiempo. Pero, ¡qué leche!, apenas ha durado nada. Y desde hace varios días comencé a sentir esa especie de tembleque que te entra antes de fechas clave. Como el miedo es libre, el mío se aprovecha de la menor oportunidad para buscar protagonismo, como los chavales repelentes.
Y así, ayer, sin más consideraciones tuve que aprestarme al sacrificio. Yo en estos casos destapo el frasco de las hipocondrías y me pongo en disposición de lo peor. Repaso el testamento y procuro dejar todo en orden por lo que pudiera suceder. Pero eso sí, a las 4 menos cuarto (mi cita estaba marcada para los 4) estaba listo para la carnicería. Se retraso un poco el médico pero llegó alegre. En el pasillo nos comentamos que ambos lo habíamos pasado muy bien en Pamplona, que hacía buen tiempo (pese al frío) y, decía él, que cada vez le gustaba más viajar allí. Por sus hijos y porque era el lugar donde pensaba pasar su jubilación. No estuvo mal para ahuyentar un poco a los demonios, aunque suelen decir que no es bueno que los verdugos confraternicen con los condenados.
Y como el tiempo pasa inexorablemente, a los pocos minutos ya estaba recostado en el sillón del martirio, aunque todo hay que decirlo, enfrascado en una conversación intrascendente. Otras veces, suele ser para dormirte, pero esta vez no había sedación. Enseguida tomó la jeringuilla con anestesia local y empezó a pincharme sin mucho miramiento. Casi es mejor así, pensé. Y a partir de ahí renuncié a cualquier tipo de pensamiento. Que decidan ellos. Y traté de relajarme.
Lo que empiezas a sentir es que la boca se convierte en una esponja. A mí me preocupaba sobre todo la lengua que se había hecho enorme y me llenaba toda la boca. Por supuesto, ni manera de decir nada. Y entonces me visaron que me iban a cubrir. Tenía pinta de mortaja. O de burka. Un agujerito para la boca y la nariz y todo lo demás tapado y a oscuras. Me impuse yo mismo otra dosis de relajación para llevarlo con paciencia. Unos minutos de pausa para que la anestesia hiciera su papel y “allá vamos”, me dijo el navarro. La primera impresión fue buena. Se notó que me dio un tajo soberano en la encía pero yo lo sentí como que tocaba algo que apenas era mío. Él continuó fozando con energía y yo seguí tranquilo como quien asiste a un colega que va pelando un palo para sacarle punta. Sentía la fuerza que él hacía hacia abajo pero ni pizca de dolor. Eso sí, sentías como te taladraban. Igual que cuando andan los obreros en las aceras. Pero no dolía. Me empecé a preocupar al escuchar las cosas que se decían. El taladro, decía él. Un destornillador del 3,5. Las tenazas. Este tornillo no encaja dame uno menor. No debe estar bien la rosca, vamos a sacarlo. Coño, parecía una carpintería. Y yo setía perfectamente como daba vuelta a los tornillos apretándolos o soltándolos. Usaba una de esas llaves que se autoajustan y las vas moviendo con medios giros. Ras, ras, ras… Los tornillos los movía primero con la tenaza y luego los sacaba con la mano. A veces, le costaba moverlos y le decían que se notaba que venía de vacaciones, que aún andaba flojo. Yo ya había oído que los cirujanos cardiovasculares trabajaban como los fontaneros, haciendo empalmes de tubería. Pero ya veo que los maxilofaciales son como los carpinteros.
La cosa es que al rato me dijo que ya casi había acabado con aquella parte. Sólo faltaba coser. Así que no solo eran carpinteros, también sastres. Pero resultaba gracioso que a ratos preguntaba, ¿nos queda más hueso? Así que me habían quitado hueso. Debió figurarse mi asombro porque me explicó que era el hueso sobrante de los agujeros que me había hecho. Los escombros, vamos. Y me lo puso, de nuevo. Difícil de entender.
Hasta ese momento iban 2 implantes. Faltaban otros 3 del otro lado. No había estado mal. 5 minutos para que me relajara y vuelta a empezar. Sólo que esta vez sí sentí su primer embate. Sin problema, me dijo. Y me encajó otra dosis de anestesia. Y vuelta a los taladros, los clavos, los tornillos, los alicates, las llaves, las tenazas y toda la herramienta al uso. Y los ruiditos de cada una y esa sensación de que no sabes si te están poniendo un diente o haciendo una estantería. Más hilo para coser (yo notaba cómo iban clavándolo a los lados y haciendo el nudo de dos vueltas encima) y tijeras para cortar cada zurcido. Artesanos es lo que son estos médicos.
Y ahí acabó la historia. Me sacaron el burka me preguntaron qué tal estaba (no puede responder, por supuesto, porque tenía la lengua que se me salía de la boca de grande que era) y balbuciendo señalé que bien. Me pasaron a un sofá con dos bolsas de hielo y al ratico me mandaron para casa. De tiempo objetivo habían pasado 40 minutos, de sensación temporal, varias horas. Pero estaba bien. Con la boca igual que cuando hacen un desmonte para iniciar un garaje subterráneo pero, en lo demás bastante bien.
Me aconsejaron que me pusiera guisantes congelados a cada lado de la cara y que no hiciera esfuerzos. Lo de los guisantes nos sonó un poco a friki, pero resultó útil. Lo del esfuerzo fue una recomendación inútil, bastante tenía con sostener las bolsas de guisantes. Y así, con ese dolor sordo que se confundía con la barba pasé una tarde de sofá y televisión.
Por la noche me llamó un contratista que nos hace unas obras. Le conté cómo estaba y él me dijo que también se lo había hecho él y que fue con mucho la peor experiencia de su vida. Que lo pasó horrorosamente mal y que por nada del mundo se volvería a hacer un implante. Toqué madera y lo mandé al carajo no fuera a ser gafe. Pero me sentí feliz. Visto lo visto, lo mío había sido una experiencia hasta agradable. Quizás la diferencia es que a mí me la hizo un paisano navarro. Y eso se nota.

lunes, enero 03, 2011

Bye, Bye 2010


Se nos fue el dosmildiez. Y pensaba dejarlo ir así, a la sueca, como quien no se da cuenta. Pero da un poco de yu-yu que en una época de tanto gesto supersticioso (las uvas, los brindis, las bragas rojas, los deseos escritos y quemados, las felicitaciones, las promesas) te vayas a pasar por alto una despedida del año. Y si eso trae mala suerte, ¿a quién reclamas después? Se lo he comentado al blog y él era de la misma opinión. No tentar a la suerte y, menos aún, con la que está cayendo.
En fin, que aquí estamos, mirando todavía de reojo al fin de año de puro recelo. Cuesta mucho iniciar una nueva andadura. Y, además, cuesta arriba.
La verdad es que en situación normal, tendría que estar deseoso de llenar páginas y páginas desbrozando la maraña de sentimientos que deja atrás este maldito/bendito año que se nos va. Ha estado tan lleno de emociones que tengo el alma igual que el despacho, tan abarrotado y desordenado que apenas puedes moverte en él. Quizás por eso esta especie de galbana que te impide rebuscar entre tanta cosa. En el despacho tengo un cartelito semi-exculpador en el que dice “Un día de estos tengo que organizarme”. Fue el buen propósito de hace dos o tres años, pero allí sigue. Algo parecido quise hacer con el mundillo interior y por eso solicité el año sabático. Y en esas estamos, pero van pasando los meses y tampoco parece que en ese otro escenario las cosas vayan organizándose. O sea que, habrá que incluir ése entre los buenos propósitos para el 2011.
¿Mal año, buen año? Las dos cosas. Cómo calificar un año en el que has perdido a tu padre y eso te ha enviado al infierno, pero, a la vez, se han casado tus dos hijos y te han anunciado que hay una nietita en ciernes. El cielo y el infierno en el mismo vaso. Con el problema añadido de que son cosas, las buenas y las malas, de naturaleza tan distinta que resulta imposible hacer medias y compensar lo malo por lo bueno. Y la cuestión es que el 2010, el pobre, no se ha salido del guión. Salvo alguna excepción, y buena, lo que ha sucedido era lo que ya sabíamos que sucedería. Pero ni siquiera el saberlo amortigua el efecto marasmo que produce tanta emoción. Es como una gota fría que desborda las previsiones e inunda los espacios y reblandece las seguridades, pocas ya, con las que uno iba sobreviviendo.
Pues eso. El 2011 será un año de reconstrucción. Como en la economía. Lo que pasa que por dentro de uno no tienes a quien bajar el sueldo, ni tienes impuestos que elevar para recuperar los balances. Habrá que buscar soluciones más imaginativas y pedir suplementos masivos de endorfinas en vena para ver si mejora el pronóstico.
Y lo jodido es que ya comenzamos medio mal. Aún estamos a día 3 y ya me están esperando esta tarde para perforarme la encía y clavarme cinco implantes. ¿Qué se puede esperar de un año que comienza tan malamente?