lunes, julio 11, 2011


Bueno, pues ya estamos de nuevo en esos mundos de Dios. Ahora en Perú, iniciando una travesía que me llevará a Argentina y Brasil. Un largo viaje. Veremos si todo sale tan bien como ha comenzado.
El Perú que hemos sobrevolado me ha parecido maravilloso. Primero kilómetros y kilómetros de selva con esos ríos que son como líneas curvas infinitas que la cruzan de parte a parte. Después la sierra infinita y seca. Monten y montes de color rojizo. De una sequedad desértica que, curiosamente, de vez en cuando, se veían llenas de niebla como si fuera espuma blanca que se había puesto allí a propósito.
Esto de viajar te hace no hace sino romperte los esquemas y prejuicios. Vas viendo y sintiendo cosas que por un lado te admiran y por otro te extrañan. A veces, te hacen sonreír. Una de ellas sucedió al llegando a Lima, cuando ya estábamos en pleno proceso de aproximación al aeropuerto. La sobrecargo nos advirtió que deberíamos ocupar nuestros puestos pues la normativa peruana exige que todas las aeronaves que llegan a sus aeropuertos deben ser desinfectadas antes de aterrizar. Y allí pasaron al poco con sprays supuestamente desinfectantes. Llegas de Europa y para entrar en Perú y debes desinfectar el avión. Chocante.
Luego llegas a Lima y, en verdad, es una ciudad estupenda. Un poco caótica, como muchas, aunque nada que ver con el Distrito Federal, por ejemplo. Pero tiene zonas preciosas y resulta muy creativa. Hoy domingo he podido asistir a una carrera pedestre de novios. Ellas iban con una especie de gasa blanca en la cabeza al estilo de un velo cortito. Y ambos, él y ella estaban atados por sus muñecas. Así que tenían que correr juntos y bien compenetrados. Un buen ejercicio para poner a prueba su capacidad de entendimiento. Y había cientos de parejas. En otra calle me encontré con una manifestación ecológica: otro montón de gente exigiendo mayor cuidado de las planteas. Iban disfrazados de palmas, con planteas y enredaderas. Muchos/as andando pero también gente en bicis, en patines, con coches de niños. Y lo más curioso, con muchos policías como manifestantes. Llamaba la atención verlos allí con sus plantas caminando por una calle sin tráfico.
La comida con un amigo en un restaurante de comida peruana magnífico (La Panchita). Aunque me invitó él, me pareció que las cosas no estaban baratas. Ya me había pasado por la mañana: tomé un café por el que me cobraron 5,5 pesos. Unos 2 euros. Estaba riquísimo, pero me pareció una exageración.
Por la tarde, me habían reservado uno de esos sightseeing de Lima at night. La primera parte fue un poco frustrante pues se trataba de llegar a la plaza central y dar una vuelta por allí, cosa que yo ya he hecho en otras ocasiones. Pero la segunda parte, la visita al parque de las fuentes fue mucho más divertida. Las fuentes normales son eso, normales. Pero hay un par de ellas muy divertidas. En una de ellas se trata de jugar con el agua. Es una especie de laberinto donde se mete la gente y tiene que buscar espacios donde no se moje. Pero el agua no sale siempre igual y hay chorros que hacen círculos, los más fáciles de evitar, pero otros te mandan el agua desde lugares más lejanos. Muchísima gente jugando. Me hubiera encantado, pero claro es difícil librarte de un chapuzón y te echa para atrás seguir la excursión mojado. En otra de las fuentes se trataba de pasar por debajo de una especie de arco que formaban los chorros. Tenía menos misterio que la otra pero fue divertido meterte por aquel túnel. Y ése sí que lo hice. Pero la sorpresa principal de la noche estuvo en la fuente espectáculo. Preciosa la combinación de agua, música, color y cine. La música fue pasando por diversos estilos, desde la clásica hasta la folklórica. Siempre con colores, con laser y con movimientos siguiendo el ritmo. Además se iban proyectando imágenes de vídeo sobre la pantalla de agua: ballet, bailes regionales, espectáculos. Muy espectacular todo. Al final, un buen rato.
Y así pasó el primer día en este mundo ajen. Mañana comenzamos ya con el trabajo. Y ya dará lo mismo cuál sea la ciudad.

miércoles, julio 06, 2011

María, la doctora.

No, no es María la portuguesa, como en la canción. Es María, la doctora. Pues sí, la mariquilla, aquella niña entusiasta e incisiva (en Inglaterra le dieron el premio a la niña que hacía más preguntas que no tenían respuesta), aquella adolescente inteligente y crítica (nos advirtieron una vez en su colegio que le dijéramos algo para que se calmara porque algunas de las preguntas que hacía a sus profesores más que preguntas parecían insultos, como si quisiera dejarlos en evidencia), ya es doctora. Toda una señora doctora. La máxima categoría para quienes pretenden seguir la carrera académica. Todo un paso adelante. Paso por el que suspiran miles de personas en todo el mundo y al que han renunciado otros tantos por no sentirse capaces de lograrlo. Pero María, pese a que no siempre le han apoyado las circunstancias, ha podido con ella. Y eso que, siguiendo su estela de desventuras, a punto estuvo de tener que acudir a la defensa de la tesis como la Princesa de Éboli, con un parche en un ojo.
No tienes que decir esas cosas de tu hija, me riñó el otro día un amigo, María es una persona fuerte y capaz". Y siguió, porque lo debía llevar muy sentido, “de tu otro hijo vas diciendo que en un niño redondo, un afortunado; pero de María siempre estás con esa coletilla de las desventuras”. Demonios, pensé, medio KO por el comentario, ¿será verdad eso?, que voy dando esa idea negativa. ¡No, qué va! ¿O quizás sí? Pues no es esa mi intención, desde luego, bien lo sabe Dios. Nunca me atrevería a comparar a mis hijos. Cada uno ha seguido caminos diferentes y ambos lo han hecho bien. Así que no hay comparación posible. Pero, en todo caso, me quedé preocupado. Fue una queja del amigo que a él le salió del alma y a mí me la dejó dolorida. Vaya, ya veo, otro pastón en psicoanalista.
El caso es que la defensa de la tesis salió magnífica. “Un pico de oro”, me decían todos. “Mejor que tú”, se atrevían algunos, sin darse cuenta de que era lo mejor que me podían decir. Y así fue. La exposición del trabajo resultó excelente. Con el ritmo habitual en estos actos en los que te presionan tanto para que no te alargues mucho: comenzó como un ferrari encabritado y poco a poco fue relajando el ritmo, permitiéndose alguna anécdota, relacionando los conceptos y teorías con su propia experiencia de trabajo, introduciendo sus piquitos de emoción en el discurso. Excelente. Y así se lo dijeron los miembros del Tribunal. Y eso que allí había de todo, como debía ser por el tema de la tesis (el trabajo de apoyo a niños/as con cáncer y sus familias): un médico, un psicólogo, y tres de educación (cada uno de ellos especializado en cosas diferentes). Cinco miembros del Tribunal, provenientes de 4 universidades, de dos países. Cada uno con su propia mirada sobre el trabajo y con su propia manera de analizar lo que en él se decía. Todos le hicieron comentarios, le aportaron sugerencias y le animaron a continuar. Les gustó. Y se les notaba cuando hablaban.
La intervención de los directores también fue emocionante. Dirigir una tesis es un proceso largo e intenso en el que o te encantas con el doctorando o te hartas de él/ella. Yo a veces lo he comparado con concebir y criar a un hijo juntos (sin la cosa sexual, claro). Como dice Michel que anda metido ahora en eso de los hijos, tiene que ser un trabajo en equipo. Si no, no sale. Pero salió. También ellos estaban contentos. Mery se emocionó, para ella era mucho más que una doctoranda, había paseado a sus hijas cuando eran pequeñitas en su sillita de jugar. En lugar del muñeco le gustaba llevar a las pequeñas Celeiro. Mucha historia juntas hasta llegar a esa consagración académica. Y Lois, más serio y racional, dejó claro que lleva ya trabajando tiempo con ella, que la conoce bien y, por eso, la aprecia. Una persona fuerte y capaz, dice de ella. Tuvo suerte María con ellos. Fueron directores del trabajo, pero sobre todo animadores y padrinos en ese esfuerzo tremendo que los jóvenes tienen que hacer para consolidar su estatus académico.
Y allí estábamos los demás en la sala. Expectantes. Luca, Elvira, gente del departamento, amigos y amigas de María. Algunos ya habían pasado por ese trance; una de ellas los haría a los pocos días. Todos con la curiosidad inicial de ver cómo alguien querido supera un trance social complejo y poco a poco, a medida que avanza el acto, con la alegría de ver que la cosa no es tan difícil y que todo va saliendo bien.
En fin. Todo salió, efectivamente, muy bien. Para los no académicos es un acto muy bonito. Quizás un tanto formal y amanerado: se hablan de usted personas que en la puerta lo hacían de tú; se siguen rutinas sociales de agradecimiento al Presidente (en este caso presidenta), de saludo a los otros miembros del Tribunal, de agradecimiento por haber sido invitado. En fin, todo un protocolo. Para los académicos, suele ser un momento que tiene sus complejidades. Uno debe juzgar, pero a la vez, se siente enormemente juzgado. Parece que tienes poder, pero en realidad, lo que menos sientes es el poder (salvo, claro, algunos bobos/as, que de todo hay en la viña universitaria, que se creen que pueden decir lo que les venga en gana y menospreciar al doctorando y a su trabajo). Me contaron que una vez, en la Univ. de Salamanca, uno de los miembros del tribunal fue tan duro con la doctoranda y criticó tan fuerte su trabajo, que la madre de ella que estaba entre el público no lo pudo soportar, se levantó, se acercó a la mesa del tribunal y sin mediar palabra le soltó una hostia. Después se acercó a su hija, le hizo un mimo y se volvió a su silla. No sé cómo acabó la historia. Me figuro que mal. Pero, por lo general, las cosas son mucho más sencillas y amables. Como miembro del Tribunal de tesis más que la sensación de poder, lo que sientes es un sentimiento de riesgo y una sensación de desafío. Sobre todo si el trabajo acaba interesándote. Porque entonces te metes a fondo en él y es fácil que le veas fallos (al final, la tesis es un trabajo iniciático del doctorando/a, que está aprendiendo a investigar). Y tienes que combinar cómo ser amable y respetuoso con el inmenso trabajo que supone hacer una tesis y, a la vez, coherente y justo con tu papel de evaluador o evaluadora. Y si, además, andan de por medio los afectos, la cosa se complica aún más. Supongo que mucho de eso debieron sentir quienes formaban el tribunal. Que gozaron y sufrieron, a la vez, leyendo el trabajo y haciendo, después, sus comentarios. Pero la verdad es que estuvieron bien, fueron amables, expresaron con cordialidad sus dudas y fueron generosos al plantear sus correcciones y propuestas de mejora. Chapeau!
Yo que estaba medio escondido en la sala pude vivir desde el otro lado lo que muchas veces hago yo mismo vivir, cuando estoy en un tribunal, a quienes defienden sus tesis y a sus familiares. Esa incógnita de qué dirán los 5 jueces. De si la doctoranda sabrá identificar sus preguntar y responderlas. Y eso que ya le había advertido. Mira, tú lo primero que tienes que decir es: “Ni se imagina lo mucho que le agradezco sus comentarios. Me van a venir muy bien para mejorar mi trabajo”. Primero dices eso y luego ya respondes a las preguntas lo mejor que sepas. Pero todo fue bien. Respondió con una seguridad apabullante. Captó muy bien las preguntas importantes y supo driblar las peligrosas. Así que ya no fue ninguna sorpresa que obtuviera el Sobresaliente cum laude. Se lo merecía.
Objetivo cumplido. Aunque lo malo que tiene esto de cumplir objetivos es que lejos de suponer una llegada (¡ya está, lo conseguí, ahora me puedo relajar un poco!) es todo lo contrario: más presiones, más prisas, más trabajos. Antes de salir de la sala ya había quedado comprometida a escribir varios artículos con distintas miembros del tribunal y una comunicación a un Congreso Internacional. Suena a privilegio (el que te inviten a publicar con ellos), pero es más carga. Con una peculiaridad preocupante: que ya no acabará nunca.
Y como decía el Dr. Gestal, si el primer ejercicio fue bueno, el segundo no podía quedarle atrás. Y a eso fuimos al Fornos, el restaurante amigo donde convergemos cada poco. Una indigestión de mariscos, el pescado o la carne exquisita que Leonardo prepara, los postres, los chupitos y así hasta el millón y pico de calorías y transaminasas.
Un día feliz. Todo salió bien. ¡Enhorabuena, mariquilla! Ahora a disfrutarlo. Un poquito al menos.

sábado, junio 18, 2011

Reencantar.

Reencantar es una preciosa palabra que chilenos y brasileños usan mucho. La he oído varias veces estos días. Y, a decir verdad, en el marco del desencanto con que fue transcurriendo la semana chilena (al final mejoró un poco la cosa, un poco nada más), lanecesidad de reencantarse tiene mucho sentido.
¡Hay tanto que reencantar, tanto de lo que reencantarse! En Internet hay miles de entradas con ideas y propuestas para hacerlo. Reencantar la vida, reencantar el mundo, reencantar la educación, reencantar a los clientes. La mayor parte de ellas destinadas a reencantar a la pareja. Algunas personas piden ayuda para hacerlo pero si luego analizas los consejos que les dan y las experiencias personales que les cuentan, casi todos tienen una pose de escepticismo: inténtalo, le vienen a decir, aunque no sera facil; segundas partes no suelen ser buenas, y cosas asi.

También hay mucha produccion con el reencantar el trabajo. Cuando uno le ha perdido ilusion, cuando ya no ve claro qué demonios pinta haciendo lo que hace (por esas veredas espinosas transitaba yo estos dias), reencantar el trabajo es una necesidad casi terapéutica. O eso o comienzas a añorar la jubilación. Pero, así fue y nunca lleve que no escampe. Y el reencantamiento comenzó la tarde del jueves. Me hablaron mucho de acciones solidarias, de trabajo en condiciones límite, de iniciativas, quizás pequeñas, pero intensas y estimulantes. Fue un buen presagio de que las cosas podían mejorar. Y así fue. Me alegró, por eso, haber iniciado contactos con otra universidad que cree en sí misma y que tiene claro lo que desea. Llevaban varios anos planificando el llamarme en su ayuda y, al final, como cosa del destino nos encontramos en un concierto que ellos mismos organizaban. Para mí, aparte de esa cosilla de satisfacción que te deja el pensar que hay gente que, incluso sin conocerte, como en este caso, aún te considera (ellos, en exceso, poniéndome en el nivel de los grandes expertos internacionales a los que habían estado convocando en los últimos años), fue como iniciar de nuevo otra fase de ilusión: lo que sueñas, lo que propones, lo que defiendes en cursos y foros tiene credibilidad. La gente sabe que no es f'acil, aunque acepta que ése es el camino. Solo que no se ve como transitarlo. Pero ellos lo veian. Fue una comida de reencantamiento.

Y por la noche teatro. Teatro de ese de reir, reir, reir. Coco Legrand es un mito en Santiago de Chile. Tiene un espectaculo (que hace él, basicamente) en su teatro Circus: Terricolas corruptos pero organizados, se titulaba. Y se mete con todo lo que se mueve, sobre todo con los chilenos, claro: "Mira si seremos gafes los chilenos, decia en una de sus bromas, que estamos esperando doscientos anos para celebrar el bicentenario y va y cae en sabado". Repitio la palabra huevones como dos millones de veces, pero en cada oportunidad tenia un sentido distinto e, indefectiblemente, te hacía reir. La gente se retorcía de risa. Yo el primero. Una cura en salud. Tambien fue un reencantamiento. Un cambio de suerte en la partida. Desde el principio. Llegamos al teatro 20 minutos antes de empezar. Estaban las entradas agotadas hasta mediados del mes de Julio y, pese a ello, consegui dos, para mi amigo Carlos (que se ríe tan estentóreo como yo) y para mi. Un auténtico reencantamiento.
Pues eso, a reencantarse, que ya llega el verano y con luz y sol todo se ve más brillante.

miércoles, junio 15, 2011

El asesor de la Fao




Me contaron una vez un chiste de un asesor de la FAO. Pues resulta que el tipo, el asesor, estaba en uno de sus viajes de trabajo a una zona rural africana. Viajaba en un todo terreno que, desgraciadamente, se le averió cuando ya caía la tarde. Con tan mala suerte que se encontraba en la mitad de ninguna parte. A duras penas pudo llegar andando a una mini aldea de 4 casas. Llamó a la puerta y le salió a abrir una mujer. Le contó lo que le había pasado (se había averiado su coche, no tenía donde pasar la noche y preguntaba por algún hotel o pensión en la aldea). La señora le sonrió diciendo que allí no había de eso. Luego se quedó pensativa y le dijo que si quería podía dormir en su casa pero que le daba apuro porque su marido no estaba y eso podía generar habladurías en el pueblo. De todas formas lo invitó a pasar y le ofreció hospedaje. Y eso que las complicaciones siguieron, pues resultó que la casa no era grande y tuvieron que dormir ambos en la misma habitación, la única de la casa. De todas formas no pasó nada. A la mañana siguiente el huesped se levantó, se lavó y mientras recogía sus cosas, amanecido ya el día, vió por la ventana que la señora tenía un corral con gallinas en la parte de atrás de la casa. Observó el ajetreo de los animales como experto que era y luego se bajó a desayunar.
Cuando ya se despedía le dijo a la señora. Oiga, señora, no sabe lo agradecido que le estoy por haberme alojado en su casa. Me ha hecho un favor inmenso y quisiera agradecérselo dándole un consejo como asesor de la FAO y experto en cosas de agricultura. Mire, desde la ventana de la habitación he podido ver que usted tiene gallinas. Y he visto que tiene dos gallos en el corral. Eso no suele ser bueno. Dos gallos generan muchas peleas y causan estrés en las gallinas, lo que hace que pongan menos huevos. Debería quedarse con un gallo nada más. Muchas gracias, le dijo la señora anfitriona. Pero no se preocupe usted. En mi corral, gallos, gallos solo hay uno. El otro es ... pues como un "asesor de la FAO".

Algo así me está pasando a mí estos días en Chile. Me siento asesor de la FAO. Esa sensación que uno tiene de que viene en plan de experto a participar en la solución de problemas es pura fantasía. Quizás fue así al principio, ahora cada uno está a su rollo y las aportaciones que pudieras hacerles apenas importan a nadie. 4 personas he tenido en la primera y 8 en la segunda actividad. Mañana empieza la tercera y me temo lo peor.
Nada, ni a gallo gallo llego llega uno ya.

martes, junio 14, 2011

Berta y su papá


Hola Berta, cariño.
Hace unos días tu papá se desmelenó contando cosas sobre ti y elucubrando sobre tus cualidades y parecidos. Él que hace siempre textos cortitos (tipo Twiter), se alargó mucho más. Acabará escribiendo una novela de aventuras con una protagonista preciosa y arriesgada a la que llamará por un seudónimo pero que serás tú.
Bueno, yo he querido contestarle mediante un comentario pero no podía subir las imágenes, así que voy a hacerlo a través de una entrada en el blog. A ver si te gusta cuando puedas verla.

Bueno, una de las cosas que decía era que a él le hubiera gustado mucho que le contaran cómo era al nacer y cómo fue creciendo. También eso da para una novela. Pero para que no se quede con la chirrinta aquí van unas cuantas fotos de cuando él tenía un mes. Ya ves, sólounos días más que tú. Y aunque un poco más rechonchito (por algo se había tomado un mes de propina en la barriga de su mamá) era igualito, igualito a ti.

Bueno, ahora se puede comparar lo que tu papá dice de ti y lo que podríamos decir de él. También él era pelón, chato, de ojos oscuros (pena que heredó los míos y no los de su madre, verde esmeralda), dedos gorditos, mofletes para comérselos y la cabeza redondita (aunque, en su caso, como nació con forcex, le costó un poco recuperar la forma). En resumen un bebé precioso. Él ya lo sabe, pero le gusta que se lo contemos.



Hace unos meses me pidieron que hiciera el prólogo de un libro que habían escrito unas profesoras de Santander sobre la Música para los niños. Yo se lo hice. Y allí les contaba esta historia de tu papá. Espero que le guste. También la reflexión sobre la música (de eso iba el libro), aunque en eso tanto tu mamá como él están muy pendientes. Eso sí, les falta una Sole.
“Cuando tuvimos nuestro primer hijo (corrían el año 77) el neonatólogo que lo examinó nos advirtió severamente que los bebés eran seres básicamente asociales y que en ellos predominaban, sobre cualquier otra consideración, sus necesidades biológicas. Necesidades que él concebía como un conjunto de rutinas que debíamos seguir a rajatabla. No recuerdo exactamente el recuento de los tiempos pero la cosa era, más o menos, darle el pecho cada tres horas justas, tres minutos en cada pecho (con cronómetro) y alternando de uno a otro hasta cumplir los 15 minutos reglamentarios. Debía pasar la mayor parte del día durmiendo en una habitación oscurecida y con poco ruido y tener el menor número de actividad social posible para no excitarle. Mi mujer y yo, ambos psicólogos, nos miramos incrédulos aunque sin ganas de discutir. Y sin la menor intención de hacerle caso alguno, por supuesto. A los dos años nació nuestro segundo hijo, una niña, y tras su primera visita el mismo neonatólogo nos insistió en que los niños pequeños eran seres totalmente sociales, nos recomendaba que tuviera mucha vida social, que comiera cuando lo deseara y que durmiera cuando tuviera sueño. El cambio de paradigma había sido radical.

Pero volvamos al primero. Como decía no hicimos caso al médico ni a sus germánicas instrucciones educativas. No es que el peque nos diera unas buenas noches al inicio, al contrario. Al principio nos fuimos arreglando, con ayuda, por supuesto. Primero de la familia y, cuando ya nos agotó a todos, incluidos los abuelos, pensamos en contratar a alguien que nos echara una mano. Entre las chicas que se nos presentaron había una titulada en puericultura. El que tuviera esa formación nos pareció importante y nos decidimos por ella. No era mala chica pero nos pareció excesivamente seria y profesional. No duró mucho. La que llegó después, no tenía títulos pero tenía una alegría andaluza en el cuerpo que contagiaba. Nos encantó desde el primer momento. Le cantaba mucho al niño (próximo al año ya). Su canción preferida, moviendo manos y cadera, era aquella de “Dicen que la luna tiene amores con un… (y enseguida continuaba nuestro peque imitando sus movimientos con …calééé…), y continuaba ella, …y que toditas las noches con el gítano se… (…veee…, gritaba el peque). Ni “papá” ni “mamá”, ni ninguna otra expresión convencional. Le encantaba el calé y su cita con la luna. Se le notaba feliz.

“Es el poder de la música y su capacidad para atraparte desde la cuna. E incluso antes. No es de extrañar que los modernos métodos de gestión del embarazo recomienden mucha música a las gestantes. Música no necesariamente académica, sino cualquier música capaz de atraparte, de envolverte en su alegría, de movilizar tus músculos y hacerte sonreír. La música es vitalidad, es ánimo, es vida. Las autoras del libro dicen de ella que “es magia”. Y eso lo tiene que notar el feto, en su momento, como lo nota el bebé y lo notan los niños y niñas pequeños. Y lo notamos los mayores, por supuesto. Ésa era la gran equivocación de nuestro neonatólogo en su primera fase: el niño no es un ser asocial. Ni siquiera antes de nacer. Menos aún cuando ya es capaz de contagiarse conscientemente de la alegría, el ritmo y las vivencias de quien canta a su lado”.

sábado, junio 11, 2011

Algo va mal. Todo fue mal.

Algunos amigos se han empeñado en que resulta difícil sobrevivir en este mundo complicado sin haber leído Algo va mal de Tony Judt. En ello estoy, pero me está entrando una especie de sensación dubitativa sobre la oportunidad de hacerlo porque llevo unos días en los que, efectivamente, algo va mal. Lo de ayer fue peor: todo fue mal.
Es curioso cómo las cosas comienzan a torcerse en un momento y todo va de mal en peor. Lo de Murphy: “si algo puede ir mal, irá mal”. Y la cosa empezó chunga cuando, por puñetera curiosidad, entré en la página de Iberia para ver cuándo salía mi avión. Ya estaba en el aeropuerto a la espera de iniciar el viaje hasta Chile. Tenía tres horas de intervalo en Madrid, lo que siempre es un fastidio pues se van ampliando las horas del viaje, pero ya he aprendido que casi es mejor eso que andar angustiado sobre si llegas o no. Ni me imaginaba hasta qué punto eso iba a ser cierto.
Debíamos embarcar a las 8,30 pero media hora antes aún no había llegado el avión. Decían que traía algo de retraso. Y fue entonces cuando vi en la WEB de Aena que no solo iba con retraso sino con un “gran retraso”. No saldría de Madrid hasta las 9 de la noche. Eso significaba que no llegaría hasta las diez y pico, que tendría que desembarcar y, posteriormente, embarcar el pasaje y que no podríamos llegar a Madrid antes de las 11 y media. Una hora antes de que saliera mi avión para Chile. No sé por qué tendemos a hacer las cuentas tan ajustadas. Nunca van así. En cada paso vas perdiendo 10-15 minutos.
El avión llegó, efectivamente, a las 10:10 de la noche ( primeros 10 minutos perdidos). La gente comenzó a salir con una pachorra que a quien espera tomar el avión con urgencia, le resulta desesperante. Ellos bajaron y nosotros embarcamos. Y ya estábamos en las 10:45 y había perdido 15 minutos de mi hora para el tránsito. Cerraron las puertas y cuando ya parecía que podíamos comenzar a rodar sonó el timbre y escuchamos al capitán que pedía disculpas por el retraso (una avería técnica que les había obligado a cambiar de avión) y nos anunciada que nos habían dado hora de salida para las 11:05. Un mazazo para cuantos teníamos conexiones. Los gritos y silbidos atronaron la nave. Ya habíamos perdido otros 20 minutos del ala. Ninguna posibilidad de llegar al avión a Chile salvo que también éste fuera con retraso.
Salimos a la hora anunciada (con otros dos minutos de pérdida) y llegamos a Madrid con 5 minutos de adelanto. Eran las 11:55. Pero ya digo, cuando las cosas se tuercen, se tuercen. El avión aterrizó rozando la T4S, junto donde estaba posado mi avión. Si me hubieran abierto la puerta para bajarme allí, lo hubiera alcanzado por los pelos. Pero no, lo que hicimos fue bordear la terminal (casi con recochineo) y avanzar hacia la otra. Y cuando llegamos allí no es que nos dejaran en un finger cercano. Eso sería romper la racha negativa. Volvimos a dar toda la vuelta a la terminal hasta ubicarnos en la otra cara de la misma. 10 minutos más. Abrían las puertas a las 12:12.
Yo ya había negociado con la sobrecargo que me dejara pasar a Bussiness al final del viaje para poder salir a toda leche. Ella fue comprensiva. Así que fue lo mismo abrir la puerta y salir yo corriendo como alma que lleva el diablo. Había otro señor mayor que iba a Argentina y no conocía el aeropuerto. Dijo que me seguiría, pero él tenía media hora más que yo. Así que no pensé mucho en él, la verdad y fui corriendo por la terminal, bajé en el ascensor y me lancé al trenecillo de conexión. Y allí dos sorpresas. El señor mayor que venía tras de mí, estaba también allí. ¡Coño, pensé, cómo ha corrido este hombre! Pero lo peor era que el panel del tren anunciada que el próximo llegaría en 6 minutos. Eran las 12:18. Mi avión salía, teóricamente a las 12:20. A las 12:25 llegó el tren. Tardó 10 minutos en hacer el recorrido. En cuanto se abrieron las puertas me lancé como un poseso a las escaleras mecánicas, pasé la policía en segundos y tomé el ascensor para ir a las puertas de salida. Eran casi las 12:40. Como no sabía la puerta miré en los paneles y ya vi que salía de la puerta R5. El panel describía la situación del vuelo como Última llamada. Me animé. Pregunté a unos vigilantes dónde estaba la R5 y me dijeron: en esa dirección al final de la terminal. ¡A tomar por el saco! Otro mazazo. De todas formas eché a correr. Parecía una tarea imposible pues son casi 700 metros pero me dije que no iba a renunciar ahora que estaba al final. Corrí, corrí… Sentía que la boca se me iba quedando seca, que casi no podía respirar, tuve miedo a asfixiarme. Pero seguía, ¡qué leches, la cosa no podía ser peor! Ya estaba llegando (las 12:45 en el reloj) y ví que en dirección contraria venían charlando amigablemente dos azafatas. Oigan, les dije, no serán ustedes las que han embarcado para Santiago de Chile. Sí, me dijeron. Y ahí me derrumbé. ¿Qué me había faltado, 15 ó 20 minutos? Pues no llegué.
Di media vuelta hasta llegar a la oficina de atención al cliente de Iberia. Había una cola enorme con un espacio especial para bussiness y tarjetas especiales. Ocupado, por supuesto, por otra gente. Discutí un poco con ellos y pude aprovecharme de la tarjeta. Pero no sé si fue por la tarjeta o por lo desencajado que me vieron. Yo me sentía realmente mal. Como si me fuera a dar un ataque de un momento a otro. Tanta tensión y tanto correr me habían destrozado. Había una vena en la cabeza que me estallaba de dolor. Comencé a preocuparme. ¡Maldita sea, pensé, verás cómo no sólo he perdido el avión sino que esto va a traer consecuencias!
Casi no pude explicarle a la azafata que me atendió la situación. Tampoco es que ella pudiera hacer mucho. El siguiente avión no saldría hasta el día siguiente de madrugada. Es decir, un día entero tirado en Madrid. Me cambió la tarjeta de embarque y me dejó deambulando por la terminal a la búsqueda de la salida (que la complican infinitamente a esas horas de la noche cuando todo está ya cerrado). Nuevamente pasar por la policía, nuevamente el tren, nuevamente colas enormes en otra oficina de atención al cliente para que te den un baucher para el hotel (en mi estado, ni se me ocurrió pensar que justo al otro lado de donde hacía yo una cola enorme había otra donde atendían a gente con tarjeta oro y que estaba vacía). Con el baucher debes salir fuera y montar en un autobús que te llevará al hotel. Claro que hay que esperar a que se llene. A todas estas eran las 01:30 de la mañana. Nos llevaron al hotel, un Meliá que está en el centro de Madrid. Claro que como salí de los últimos del autobús, ni manera de colarse, tuve que soportar otra cola infinita ante el mostrador de recepción. Allí los ánimos se fueron calentando porque resultó que pese a las horas que eran, no teníamos cena. En el hotel decían que Iberia no la pidió y que a esas horas sus empleados ya no estaban en el hotel. Bronca tremenda del grupo argentino que llevada de la ceca a la meca desde las 5 de la tarde. Media hora después ya tenía mi habitación (magnífica: afortunadamente, las desgracias siempre tienen un puntito discordante, como una rama a la que puedes agarrarte un ratito). Como no había cena, algo imperdonable para mí, salí de explorador. Hay que ver lo animado que está Madrid a las 2 y media de la madrugada. El hotel estaba en Claudio Coello, así que recorrí Diego de León y tomé Velázquez. Había algunos lugares abiertos, pero eran bares de copas. NO me quedó otra que pasear hasta el VIPS y allí a las 2:45 (cierran a las 3) pedí una ensalada. Cerraron y marché. Llegué al hotel a las 3:15 y no logré dormir entre sobresaltos hasta bien entradas las 4. Una aventura que había durado 9 horas para llegar a Madrid. Casi podría haber venido andando desde Santiago.
Y ya veremos hoy. Todo el día dando tumbos por Madrid. Pero después de las angustias de ayer, ya he decidido que no merece la pena apresurarse. La resignación es más práctica. Sufres menos. Y te acerca menos a un ictus cerebral. Pues que sea.

viernes, junio 03, 2011

Pequeñas mentiras


Sevilla, desde hace años, es para mí el Hotel Plaza de Armas. Es un NH y se está bien, aunque últimamente me ponen siempre en la primera planta y dando a la calle. Debe ser que el convenio con la Universidad no es todo lo bueno que debiera en su consideración. Pero en fin, tampoco es para quejarse. Menos aún cuando enfrente mismo de la puerta están unos cines de culto en la ciudad. Ya van quedando caducos y cutres en cuanto a sus instalaciones pero tienen siempre las mejores películas y, además, en versión original. Un placer.
Y así fue como acabé en Pequeñas mentiras sin importancia, película francesa de Guillaume Canet. Es curioso cómo el cine francés está ocupando puestos preferentes en nuestra cartelera de estos últimos meses. Quizás sea el primer fruto de la directiva europea que obliga a incluir un porcentaje, creo que del 20%, de películas europeas en la programación.
Interesante película. Una catarsis entre amigos que se reencuentran cada año para pasar juntos sus vacaciones. No es un tema nuevo en el cine, pero resulta muy interesante. Al final, es verdad que todos vamos guardando bastantes cosas en zonas ocultas (como esa pequeña basura que escondes debajo de la alfombra), que vivimos entre esas pequeñas mentiras que hacen la convivencia soportable. Y cuando aparecen, pues eso, es como un tornado que lo revuelve todo. Sólo que si la amistad era buena, después de la tormenta llega la calma y las cosas retornan a su equilibrio. Con reajustes, claro. Y eso hasta puede ser bueno.

La historia es bastante sencilla. El rico de la pandilla invita cada año a sus amigos a pasar las vacaciones en su chalet de la playa. En esta ocasión, las cosas se les ponen un poco más difíciles pues uno de ellos sufre un accidente unos días antes y queda internado. Claro, la cuestión es si ése es motivo suficiente o no para suspender el viaje de todos los años. Aunque con fuertes sentimientos de culpabilidad por dejar al amigo, deciden irse. Y eso hacen.

Pasar de la vida controlada del trabajo a la descontrolada de las vacaciones tiene su aquel. Y el dueño de la casa entra en una situación de estrés contagioso. Es la parte cómica del film. Y en el fragor de sus neuras, van apareciendo también las de los demás. Lo interesante de la historia es que allí cada uno tiene su historia. Una historia poliédrica, con muchas caras. De las cuales, los demás sólo conocen algunas. Como en la vida real. Y como en la vida real, todos intentan presentar su mejor cara, la más amable y correcta, aquella que de alguna manera se acomoda mejor a las expectativas de los otros. Puro teatro, como decía la canción.

Y es así como los miedos, las inseguridades, las frustraciones amorosas o profesionales, los deseos, las insatisfacciones, van apareciendo por las fisuras de unas relaciones que la situación hace más próximas e intensas. En el regate corto es difícil mantener esas dobles y triples caras.

Es una buena película. Un pelín lacrimógena en las escenas finales, pero también eso forma parte de la vida. Eso es lo bueno que tiene, que cuenta una historia sobre la vida. Por tanto, pese a los toques de humor o de drama es fácil identificarse con los personajes o con partes deferentes de cada uno de ellos. Las dos horas y pico que pasas se te hacen cortas. Los hermosos paisajes de las costas francesas (me parecieron Las Landas), la música, los diálogos, la propia acción logran meterte en la historia y disfrutar. Muy recomendable porque al final, después de muchas sonrisas y alguna lágrima sales de la sala con más ganas de vivir. Pese a esas pequeñas mentiras del título, la gente es buena, la amistad es verdadera (sobre eso no se miente) y la unión entre personas tan diferentes los hace a todos ellos más fuertes. A pesar de todo.

martes, mayo 24, 2011

Genitorialità.


Genitorialità. Es una hermosa palabra del italiano para definir esa nueva situación en la que entran las parejas que tienen hijos y los compromisos que asumen con ellos. Nosotros le decimos paternidad y maternidad y ya en la división comienzan las dudas y el escaqueo. La genitorialità afecta a ambos, incluso a los que sin ser ellos mismos los padres han de ejercer esa tarea preciosa de atender a los recién nacidos.

Y, la verdad, es un proceso de transformación personal hermoso y profundo. ¡Hay que ver qué cantidad de cosas cambian en las personas! Los cambios en su ambiente de vida son obvios: una criatura se apodera de sus tiempos y sus espacios, aparecen sonidos nuevos en la casa (sonidos con peculiaridades notables porque son como señales que te cruzan el alma, que traen mensajes, que no puedes dejar de oír por débiles que parezcan). Pero los cambios más llamativos son internos. Esos cambios que te maravillan: la fortaleza, la sensibilidad, la capacidad de esfuerzo, la disponibilidad permanente, los gestos llenos de ternura, la superación de barreras (como el pudor, el cansancio, el sueño). No sé si es algo que llega con el nacimiento de la criatura o algo a lo que te vas preparando durante los meses de embarazo. En cualquier caso, es algo hermoso y grande. Llama poderosamente la atención.
Los padres se convierten en casi semidioses que han de ser capaces no sólo de amar infinitamente a su nuevo hijo/a, sino de cuidarle, interpretarle, conocer de antemano sus demandas, discriminar los sonidos que emita por débiles que resulten para el resto. Pero cuentan con sus propias estrategias: esas miradas largas y profundas, más intensas que en el enamoramiento, los silencios, el contacto mutuo (sobre todo las madres dándoles el pecho), el limpiarles, las conversaciones mutua. ¡Hermosa genitorialitá! Y eso que no debe ser fácil. No hace mucho me cruzaba por una acera con una pareja en la que el padre llevaba al niño pequeño en hombros. Debía ir agotado y le decía al hijo que estaba cansado y que lo iba a bajar al suelo. El peque no quería ni a buenas ni a malas. Y decía: “tú no puedes estar cansado, tú eres un papá”. Le miré al padre con una sonrisa y un gesto de solidaridad a la vista de que no le quedaban ya demasiados argumentos. ¡Pobre espalda, pensé acordándome de la mía!
Pero, en verdad, es hermoso dar ese salto de miembro de una pareja a miembro de una familia.

Te cambia todo. Ese nuevo personaje al que antes seguías durante nueve meses como un misterio que iba crecienco (ahora ya resulta menos misterioso, con los nuevos artilugios que los fotografían), que se iba desarrollando dentro de la madre hace su aparición y exige, de plano, sus derechos. En cualquier caso, comienza una nueva historia, se abre una nueva generación (y todos los adultos corren simultáneamente un puesto en la escala hacia arriba: los hijos se convierten en padres, los padres en abuelos, los primos en tíos y así todo). Pero los cambios fundamentales se producen en la pareja de padres. La pareja se convierte en trío y ése es un cambio fundamental porque la de pareja es una relación equilibrada y la del trío resulta muy desequilibrada. El nuevo peque depende en todo de sus padres, por eso este primer periodo va a sentar las bases de cómo serán las cosas en el futuro. El éxito o fracaso en ese primer encuentro va a generar o imposibilitar lazos y vínculos de un valor sustancial. Por eso debe ser tan terrible (para los tres, si es que hay tres en esas historias) el nacimiento de hijos no deseados. Tampoco lo deben tener fácil las familias monoparentales. Ya no es fácil siendo dos llenos de cariño y dedicados full time a ello. Hacerlo uno/a a solas o dos, pero con desgan,a debe ser un martirio.

Genitorialità
. Todo un mundo de nuevas demandas. Asumir un compromiso y marcar límites. Entrar en la vida con otra persona a tu lado que depende totalmente de ti, al menos en los primeros meses. Ya lo decía, pasar de la pareja al trío. Y eso exige crear un nuevo espacio físico y psíquico para el recién llegado. El espacio físico es fácil porque, por lo general, ya se ha estado construyendo durante los nueve meses anteriores (su habitación, sus ropitas, las cosas para bañarla y limpiarla, los carritos múltiples que hoy se precisan, etc.). No es tarea fácil pero sirve para colmar la ansiedad que produce la espera y para dar salida a las ilusiones que poco a poco vamos generando sobre la nueva criatura que vendrá. Un poco más difícil es crear ese espacio psíquico e inmaterial que el niño viene a ocupar. Lo es porque, al igual que cuando se sienta a la mesa un nuevo comensal, hemos de movernos todos un poco y, probablemente aguantar algo más incómodos. A veces, los padres se quejan de las novedades que trae consiguo el nuevo bebé: las molestias, los llantos, las tareas constantes para alimentarle y limpiarle, las restricciones de los propios movimientos, los cambios en la relación de pareja. Menos mal, que, por lo general, los peques llegan llenos de un enorme caudal de ternura que satisface de sobra el esfuerzo que exigen. Al menos mientras son tan vulnerables, cuando dependen tan totalmente de ti, cuesta poco hacer ese reajuste y adaptarte a sus ritmos, sus tiempos, sus demandas. Se hace con gusto. Cuando van creciendo ya es otra cosa. Hace algún tiempo asistí, creo que en Huelva, a una situación curiosa. Una señora había aparcado su coche en zona de carga y descarga. Venía con sus hijos al colegio y comenzó a abrirles la puerta para dejarles salir. Enseguida llegó un guardia municipal a decirle que allí no podía aparcar que aquello era zona de carga y descarga, que si no había visto los carteles. La señora le contestó sin dudarlo: Pues eso es lo que estoy haciendo yo, descargar a mis hijos que vienen a ese colegio de ahí al lado. Oiga, señora, le dijo el guardia, que los hijos no son una carga. ¡Eso lo dirá usted!, le contestó ella sin inmutarse. Y continuó con su faena mientras el guardia no conseguía salir de su estupor.
En fin, no es fácil pero resulta gustoso. Menos los papeles y la burocracia, a lo que he podido ver estos días. Hay que hacer tantos papeles para padres recientes e hijos que ésa es una penitencia de la que se habla poco.
Pero lo más hermoso de todo es cómo, la nueva criatura se convierte en protagonista de una serie de efectos sociales maravillosos. Sin saberlo ella, por supuesto, pero por su mérito. Lo que más me ha gustado es como se convierte en una especie de arañita dulce que va tendiendo una red en la que nos va atrapando a cuantos pasamos a su alrededor. Primero nos atrae con su imán seductor (todos queremos verla y acariciarla) y después vamos quedando atrapados en su red, te sujeta, te contamina, hace que segregues endorfinas, que te sientas bien, que te enamores de ella. Y así va creando su red y atrapando al conjunto de gentes que, a partir de ese momento giraremos a su alrededor: los abuelos, los tíos, los primos, los conocidos de los padres, etc. Al final, mucho o poco todos nos contaminamos de ese virus extraño que traen consigo estas criaturas que llegan ya muy perfeccionadas.

En fin, cómo decirlo, han sido unos días hermosos con nuestra nietica. Días de aprendizaje total. Parece mentira lo poco que te sirve la experiencia previa que tú mismo tienes como padre que has criado a tus hijos. Ni siquiera la experiencia que como experto de Educación Infantil se me podría suponer. Nada sirve de nada. Los niños de ahora traen otro librillo bajo el brazo. No quieren saber nada del hospital (eso me parece fantástico) y no estuvo en él ni 8 horas, ni una sola noche. A los tres días de nacida ya la sacamos de casa a pasear en el coche y a acompañarnos a una barbacoa en casa de sus abuelos. A los 4 días ya se vino con nosotros a pasear por la playa y a comer a un restaurante (al mismo al que habían ido el domingo anterior sus padres todavía embarazados). No es de extrañar que la vida actual sea tan rápida. Antes, los 15 primeros días debían estar en lugares oscuros sin hacer otra cosa que comer, defecar y dormir, una trilogía que hoy no ha variado en lo fundamental pero se ha hecho mucho más divertida y colorista. La nonnità, el ser abuelos se ha complicado mucho. Está visto que tendremos que reciclarnos.

viernes, mayo 20, 2011

Esa cosita linda.

Así es Berta. Dos días de vida. Pequeñita y sabrosa. Un yogurín que se te escurre entre las manos. Y preciosa. Aún abre poco los ojitos (para las dos cosas básicas a las que dedica su tiempo, mamar y dormir, tampoco es que los necesite mucho) pero cuando los abre se le nota curiosa, captando las variaciones de tonos y moviéndolos de un lado a otro en busca quién sabe de qué.
Nació como habíamos previsto el 17 de Mayo, adelantándose dos días a los plazos de los médicos. Ese día cambiaba la luna a luna llena y estaba claro que algo tenía que pasar. Aún discutía con un amigo la semana anterior sobre ello. Según él hay estudios con miles de partos en los que se demuestra que la luna no tiene nada que ver. ¡Estadísticas! En cambio, Michel y yo estábamos seguros de que tenía que ser así. Según él, si la luna mueve las mareas y nosotros somos un 70% de agua, algo de influjo han de tener sobre nuestros procesos. No sé si es un argumento ortodoxo, pero funciona. Con Berta funcionó.
Además cuando esas cosas ocurren uno enseguida comienza a buscar coincidencias. El día 17 es el día “das letras galegas”. Día grande en Galicia porque se celebra la exaltación de la cultura gallega: la literatura, la poesía. Si nada sucede sin un motivo, ojalá eso sea un buen augurio de una Berta intelectual, comprometida con la cultura de la tierra donde viva, amante de la literatura o, incluso, poeta. Sería magnífico.
El 17 es, también, un día importante en la familia Cerdeiriña. También había nacido en esa fecha su tía abuela Pili y también en esa fecha (o un día antes o después) se nos fue en un accidente de tráfico. Nos dejó un vacío inmenso que sólo el paso de los años y la vitalidad de sus hijos y nietos han ido llenando. Y ahora llega Berta a echarles una mano en esa tarea. A ver si los recuerdos dulces van ayudándonos a compensar los dolorosos. Tampoco estaría mal que Berta heredara algunas de las virtudes de su tía-abuela Pili: la energía, la capacidad de trabajo, el genio, la capacidad de ponerse al servicio de todos, el liderazgo. Quizás todo eso vaya en las ondas siderales que impregnan el ADN de quienes nacen en esas fechas.
Y, ni qué decir tiene, que Berta tuvo el buen gusto de aproximar su fecha de nacimiento a la de su abuelo. Fue generosa al no ocupar mi día, el 14, para no restarme protagonismo (aunque yo lo hubiera compartido gustoso con ella), pero no quiso alejarse mucho. Yo quisiera suponer que lo haya hecho por aquello de que “quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija”, pero es probable que no tenga nada que ver con eso. Ella lo que quería es ser “Tauro”, con ese carácter cabezón y concienzudo que nos caracteriza a los de ese signo. Con muchas ideas e ilusiones pero con los pies en la tierra (bueno, en eso, ella lleva ventaja, pues es catalana). Lo bueno de los Tauro es que somos amigos fieles y generosos, cariñosos pero no sobones. Y si nos proponemos algo, dedicamos todo nuestro esfuerzo y energía en conseguirlo. Ya le diré yo dos cosillas sobre cómo ser una Tauro de categoría.
Al final, nuestra Berta entra a formar parte de la tradición más consolidada de la familia, nacer en Mayo. Hay excepciones pero son las menos. Como en el chiste del malagueño, en esta familia se hace el amor en Agosto (el “polvo productivo”, me refiero, los otros son de entrenamiento), aprovechando las múltiples fiestas y jaranas de ese mes, y se nace en Mayo. Como Dios manda. En eso falle yo (yo como padre, no como hijo que también soy de Mayo), mira tú por dónde. Pero, claro, siendo profesor, lo mío más que con las fiestas tenía que ver con las convocatorias. Así que concebimos un hijo en la convocatoria de Junio (Michel que nació en Marzo) y otro en la de Septiembre (María, que nació en Junio).
Pues nada, Berta, corazón, bienvenida a este mundo apasionante. Ahora estás tranquila y asombrada. No debe ser fácil verse así de la noche a la mañana. Mucho cambio pasar de golpe de estar dentro de tu mamá a estar respirando, teniendo que sudar cada mamada (es la primera educación al esfuerzo: quien no chupa no mama, la teta para quien se la trabaja), teniendo que buscar postura, soportar luces, abrir los ojos y empezar a ver cosas raras, pasar de mano en mano, tener a la perrita Lluna dando la lata y ladrando cada poco. Mucho cambio, pichurrita. Pero cada vez te va a gustar más. Verás.

miércoles, mayo 18, 2011

Entre las mañanitas y las medias noches.

Ya no sé por dónde entrarle a esta semana que pasó, si por la medianoche en París de Woody Allen o por las “mañanitas” que me dedicaba una buena amiga mexicana por mi cumpleaños.
En cualquier caso ha sido una semana intensa. Primero porque me vi metido en un debate de altos vuelos en Internet con varios colegas universitarios sobre Bolonia y las competencias. No sé cómo lo hago, pero al final estoy en todas las procesiones. Y la mayor parte de las veces llevando la cruz. Eso sí, en el pecado tengo la penitencia. Luego tengo que tomarme la tensión para ver cómo va la cosa.
Pues qué se le va a hacer. Ya está. Ya estamos en los sesenta y dos. Como quien no quiere la cosa. Tengo una sobrina para la que su máximo objetivo durante su carrera universitaria era pasar desapercibida. Así lograba que los profesores casi ni se enteraran de su presencia, no la preguntaran ni se extrañaran los días que no iba. A mí me pasaba todo lo contrario. En los comunes en Zaragoza, tenía un profesor de latín que no me lo podía despegar. Como un día me cambiara de sitio, lo primero que hacía al entrar en clase era echar un vistazo a la sala para localizarme y, a partir de ahí, todo era llamarme, aludirme, preguntarme qué me parecía. Un agobio. Pues con la vida pasa un poco lo mismo. Uno trata de pasar desapercibido, que quien lleve estas cosas casi ni se dé cuenta de que tú andas circulando por ahí. Y que vayan pasando los años sin incidencias. En mi caso, al principio eso fue fácil. Salvo pequeñas penurias (sobre todo dentales y por una sinusitis alérgica que me ha acompañado siempre) yo nunca supe lo que era estar mal. Creo que mi primera aspirina llegó sobrepasados los cuarenta. Luego las cosas comienzan a complicarse casi imperceptiblemente, un día aparece una chorradica, al poco otra y, así, vas superando los días (ya no es que los días pasen, ahora los tienes que superar). Me dejó muy impresionado una amiga a la que le murió su padre. Ella me dijo que los hombres tenemos una edad que marca el futuro: entre los 48 y los 52. Si los superas sin enfermedades graves es posible que llegues a viejo. Su padre no lo superó. Otros de nuestro entorno también han ido cayendo o sufriendo golpes fuertes en esos años. Algo debe tener de razón. La cosa es que también esos años quedaron atrás sin sustos especiales, pero uno ya no se siente seguro nunca. Y aquello de “pasar desapercibido” ante la vida, simplemente, se hace imposible. Cada vez más, esto de seguir vivo se parece más a un encierro. Te das cuenta que llevas los cuernos de los bichos pegados al culo y que al menor descuido (tuyo, de los demás, de las circunstancias) te arriesgas a un pitonazo que a saber qué consecuencias trae. En fin, 62 añicos, más de 26.500 días. Parece mucho, pero es que se han ido en un Jesús.
¿Y cuál es tu balance de ese montón de días, oigo que me pregunta el blog? No sé, le he dicho, para ganar tiempo, no es una pregunta que se pueda responder así de golpe. No sabría decirte cuál es el balance de la última semana, así que no estoy para grandes balances. Además uno pasa, indefectiblemente, por picos y valles. ¿Más picos o más valles, sigue incordiando el susodicho? Bueno, depende, de si a lo bueno le llamamos pico o le llamamos valle. Yo creo que el valle es más tranquilo y sosegado, con menos incidencias. Visto desde lo que decía de “no llamar la atención”, el valle es más amigable te cobija más. En los picos te conviertes en centro de atención, bien porque tengas éxito, bien porque lo estés pasando de pena, bien porque tengan que estar pendientes de ti por alguna enfermedad. Los picos te convierten en el centro de atención. “No me has respondido, sigue él”. Bueno, creo que podría decir que he tenido más picos que valles. Quizás por eso añoro volver al valle. Yo nací, o casi, en un valle, a la orilla del Arga y allí hice mis primeros pinitos. Luego la vida me fue llevando por otras plazas y metiendo en otras batallas. De casi todas he salido bien, así que tampoco puedo quejarme. Pero uno sigue añorando el valle, cualquier valle. “¿No suena eso a despedida, a talante depre?, insiste el tocapelotas”. Quizás, tengo que confesarle, pero sin dramatismos. Uno tiene que tocar madera varias veces al día pero, en el fondo te sientes bien. Pasa como con los coches, vas lleno de rasponazos y con la chapa algo cascada, pero el motor va tirando. Ahora se cala más que antes, pero bueno, basta un pequeño retoque no demasiado invasivo y estás de nuevo a punto.
En fin, esto se está poniendo chungo. Lo bueno de estas fechas es que puedes celebrarlas. Y recordar en ellas a quienes, con más méritos que uno, no pudieron hacerlo. Tiene su toque de nostalgia pero las cosas son así.
Al final, ya ves, querido blog, yo quería hablar de Woody Allen y tú me has retenido en ese campo de minas es que es hablar de la edad, de la mucha edad. No sé cómo te aguanto. Además, ya ves que a algunas personas, como la de la foto, lo del 62 no les va tan mal.

domingo, mayo 01, 2011

In albis

No, no es que me haya quedado de esa guisa sin tener nada que contar. Es que hoy, justamente hoy, es el día “in albis”. Mira tú por dónde. Tanto utilizar este término para quejarte de sequías mentales enojosas e inoportunas y resulta que es la expresión religiosa con la que se conoce el domingo después de Pascua. A lo que se ve, era el día en el que los recién bautizados (cosa que, naturalmente, sucedía en la Pascua) dejaban las vestiduras blancas que habían utilizado durante toda la semana. De hecho, se despojaban de ellas el sábado y, por eso, el domingo era el primer día en que aparecían sin ellas ("in albis depositis"). Siempre se aprende algo. Aunque en este caso, cuesta ver el proceso por el cual se pasa de quitarse las ropas blancas a quedarse sin nada que decir y con la mente vacía. Porque se supone que los neófitos se quitaban las ropas blancas para ponerse otras, no se quedarían en bolas en cuyo caso sería más fácil entender el parecido. En fin, ya está. Hoy es el día in albis. “Eso, eso, le oigo rezongar al blog, es solo un día, y no como algunos que se pasan in albis semanas enteras”. ¿No te referirás a mí, verdad, le he dicho, porque últimamente no es que la productividad esté para tirar cohetes, pero voy entrando al menos una vez por semana. Con la que está cayendo, no es poco.

Y, ¿sabes? Otro colega aún ha ido más lejos con esto del “in albis” (a parte de reconocer que no se le ocurría nada de que hablar ese día en su blog: http://psicologia.kuriososblogs.com/2011/02/16/in-albis ). Ha querido explicar por qué se produce eso de quedarse en blanco.
Ante todo, quedarse en blanco puede estar relacionado con una fobia, o bien con un problema de ansiedad. Seguramente, muchos de nosotros nos hemos quedado en blanco en alguna situación. En un principio me voy a ceñir a situaciones cotidianas (exámenes, discursos, entrevistas…)
Pues bien, la responsable de que nos “quedemos en blanco”, no es otra que la corticosterona. Ésta es una hormona que segregamos en determinados momentos de ansiedad, y que nos dificulta acceder a la información que necesitamos. La corticosterona actúa bloqueando el acceso a la información. Así que lo más recomendable, es tomarse las cosas con algo de calma, para así evitar que estos bloqueos se produzcan”.


En fin, ha aceptado resignado el blog, fíjate qué cantidad de cosas para un día en que no tenías casi nada que decir.Y te has hecho un folio, así a lo loco.”

sábado, abril 23, 2011

OS CREBINSKI



Era Jueves Santo, pero llovía. Y eso eliminaba las alternativas más lúdicas para estos días festivos. La aldea, como se dice aquí, nos esperaba pero no pudo ser. Así que nos encerramos en casa para ver las tormentas desde la barrera y avanzar en la inmensidad de tareas pendientes. Y para volver al cine.
Primera sorpresa: una cartelera lamentable, sin apenas nada apetecible. Muchas películas para niños. Supongo que como estrategia de respiro para padres abrumados. No me parece mal, y ahora que voy a ser abuelo creo que empezaré a valorar más este tipo de ofertas. Pero, en todo caso, a los adultos eso no nos resuelve la necesidad de un buen cine.
Y así fue como caímos en Crebinski, una peli gallega dirigida por Enrique Otero, hijo de unos conocidos de La Coruña. Desde que se metió en estas lides y se fue a estudiar a Vigo, el chico parecía bueno y con un futuro prometedor que ahora se va consolidando. Parecía claro que tendríamos que verla.
Segunda sorpresa: había cola en las taquillas. Y me llamó la atención comprobar que todo el mundo sacaba la entrada para ver Crebisnki. Bueno, pensé para mí, al menos tendremos la sala llena, lo que no es poco tratándose de cine gallego. Y así fue. La sala se fue llenando de gente de diverso pelaje: parejas mayores, grupos de jóvenes, gente alternativa, otros que ya se veía pertenecían, por la pinta, a eso que solemos llamar “mundo de la cultura”. En fin, los Crebinski tenían un poder de atracción bastante inclusivo.
La película, recién estrenada, tuvo su precedente en un corto con el mismo título, que le proporcionó a Enrique uno de sus primeros premios en un Festival de cortometrajes celebrado en Valladolid en el 2002. Como película acaba de recibir el premio al mejor guión en el reciente Festival de cine de Málaga.
Os Crebinski es, más que nada, una broma. Tierna y ecológica, eso sí. Durante la hora y media que dura uno se debate en el dilema de si cabrearse por la imagen absurda y paleta que se da de los gallegos (parece mentira que no seamos capaces de buscar otros modelos de personajes capaces de romper los estereotipos) o dejarse llevar por la belleza de las imágenes y la ingenuidad de la historia. Si el cine fuera sólo forma, color e imágenes, ésta sería una película estupenda. Pero el cine también contiene una historia, presenta unos personajes, refleja un contexto social y cultural y, con todo ello, alimenta un imaginario colectivo con el que te puedes identificar o del que te puedes sentir lejano e, incluso, cansado. Es por eso que nos quejamos que cuando las películas americanas se refieren a España lo hagan a través de los toros. En fin, eso, que Galicia tiene perfiles de progreso, tecnología, cultura y arte que apenas aparecen en el cine o en las novelas que escogen nuestro territorio como marco de una historia.
Pero tampoco hay que dramatizar. Se pasa bien en Os Cribinski y tiene momentos en los que no puedes dejar de sonreír por la imaginación del guión, ni dejar de maravillarte por la hermosura de las imágenes.
La historia, si es que hay una historia, se refiere a dos hermanos que pierden a sus padres y acaban en una playa de la Costa de la Muerte con su vaca. Estamos, se supone en plena Segunda Guerra mundial, con submarinos de uno y otro bando rondando por las costas gallegas y con los alemanes beneficiándose las minas de Wolframio de Santa Comba y Lousame. Arriba de la playa, los hermanos Crebinski han construido un chamizo espectacular a base de restos de embarcaciones que naufragan y que el mar va arrojando a la costa. Y es así como el hermano bordeline (Miguel de Lira) y el otro (Sergio Zearreta) sólo un poco más espabilado que él van tejiendo la monotonía del día a día, solo interrumpida por la lluvia a la que temen más que al diablo pues fue la que provocó la crecida del río que les arrastró hasta allí.
Y así van sorteando, sin darse cuenta, las aventuras que suceden a su alrededor: un paracaidista alemán muerto, un submarino americano que pretende ganar la guerra en aquella playa desierta sustituyéndola por Normandía, una patrulla alemana que ronda sin rumbo en busca del paracaidista. Casi parece una comedia de enredos. Pero resulta simpática. Y en esto la vaca se va. Y ellos la persiguen. Excusa magnífica para que guión, música y fotografía (obviamente de Sergio Franco, un artista) nos permitan admirar lo más hermoso de la costa gallega y algo de su mundo rural (incluida una verbena en medio del monte con su cantante indígena pero modernizada: Loli Marlene).
Ese viaje interminable tras la vaca a lo largo de la costa es, en realidad, un viaje hacia sí mismos, hacia su infancia y los lugares donde la vivieron felices. Ya digo, no sé si hay una historia, pero si la hay es una historia linda e amable. Coherente con la broma en la que la película te sitúa desde su inicio.
Tiene cosas interesantes, en cualquier caso. Se hablan 5 lenguas diferentes (y muchos más lenguajes, si tomamos en cuenta la forma de comunicarse entre los protagonistas) todas en versión original y subtitulada. Interesante. Luis Tosar, por ejemplo, habla un inglés magnífico, envidiable. La fotografía, la música, los paisajes, el propio carácter de los dos hermanos (tosco y cutre pero simpático), la escenografía (la chabola donde viven es un canto a la imaginación y a la creatividad técnica). Todo ello está muy bien construido.
Lo dicho, Enrique Otero y su equipo han sabido sacar partido al ambiente y los personajes. Se diría que el ambiente es el auténtico protagonista del film. Lástima que la historia no dé mucho de sí. Y que, una vez más, se haya elegido lo “cutre” como contexto de lo que sucede en Galicia.

lunes, abril 18, 2011

Tocando el fondo


Ha pasado un año, un año entero. Parece mentira. Se siente como si fuera ayer. Disminuye el dolor, se va apagando la pena pero queda ahí ese vacío inmenso, esa soledad. La ausencia que nos dejó. Con el paso de los días, las heridas dejan de sangrar pero no cicatrizan. Uno va entendiendo que lo que pasó tenía que pasar. La enfermedad y el sufrimiento se aliaron con la edad y todo se fue haciendo demasiado oscuro y triste. Disfrutaba pero solo a ratos y así, apenas si le merecía la pena seguir. Aquellas noches de los últimos meses, con la angustia cada vez que debía acostarse, con las llamadas constantes para que lo moviéramos, para que lo levantáramos y lo volviéramos a acostar. Se ahogaba el pobre. Se asustaba. Pero llegaba el día y parecía otro. Desayunaba, paseaba un poco, leía el periódico, charlaba, se relajaba. Comía poco, echaba su siesta y volvía a pasear la tarde. Luego la cena y, a veces, una partidica de cartas para concluir el día. Y así, entre medicaciones y rutinas iban pasando los días y llegaban las noches. Noches terribles. Y todo acabó en una de esas noches, hace hoy un año.

¿Sabes, papá? Lo peor del tiempo es cómo va erosionando la memoria. Hay cosas que no se olvidan y quedan ahí bien nítidas, con todos sus detalles. Los detalles de aquella medianoche final, siguen ahí con todo su dolor. No es fácil de olvidar. Incluso siendo todo muy natural, sin dramatismos excesivos, sin sorpresas, supuestamente sin dolor. Pudimos estar contigo en ese tránsito y eso es probablemente un regalo final que nos hiciste. En cambio, hay otros recuerdos que se van diluyendo en la memoria. Tu rostro, tus gestos, tu mirada. Esas cosas de detalle que estaban llenas de matices. Estoy seguro que si escuchara tu voz la reconocería de inmediato, pero a veces me quedo pensando en tu cara y es como si me faltaran detalles, piezas del puzle para poder componer el retrato completo. Por eso la necesidad de volver cada poco a tu fotografía y quedarse mirándote para reencontrarse con esos ojitos serenos y vivos; la piel tersa, la frente ancha; el gesto tranquilo y cariñoso; la media sonrisa siempre puesta. Pero lo malo del tiempo es eso, te deja lo fundamental pero pierdes los detalles. Y los detalles, a veces, son tan importantes…

En fin, hoy hace un año. El primer año sin ti, papá. Luego vendrán otros. Supongo que las heridas irán cicatrizando y nuestros ánimos se irán relajando. Pero no quisiera perder los detalles. Y como en los ordenadores, necesitaré refrescarlos. Pero será un placer, porque lo más rico de los recuerdos que tengo de ti radican en esos detalles: tu rostro, tu gesto, tu sonrisa, tu mirada. También tu tacto cariñoso, pero eso corre menos riesgo de olvidarse.

¿Sabes otra cosa, papá? Compartes aniversario con Gabriel Celaya, uno de nuestros mejores poetas. Ya sé que tú no eras mucho de poesía, pero quién sabe cómo son las cosas por ahí. Quizás os guste disfrutar de todo bello. En cualquier caso, la poesía apacigua los ánimos y eso es, justamente lo que necesitamos hoy. De él son aquellos versos que dicen:


Poesía para el pobre, poesía necesaria


como el pan de cada día,


como el aire que exigimos trece veces por minuto,


para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.


Pero el que más me gusta, el que me acompañó en aquellos días tristes de hace un año, cuando me sentía perdido y sentía que, otra vez, había tocado fondo. El verso dice:


Porque vivimos a golpes,


porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos,


nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.


Estamos tocando el fondo. Estamos tocando fondo.


Y entonces, con cara de paciencia me dirías: "pues si has tocado fondo, ya sabes lo que toca. Ahora p'arriba".


CORTEO

No podíamos dejarlo pasar. Después de haber asistido hace un par de años a Saltimbanco, nos enamoramos de ellos. Reconozco que llegamos tarde. Me he ido encontrando con muchísimas personas que llevaban años en un estado similar. Así que en cuanto nos enteramos que volvía Le Cirque du Soleil con otro espectáculo, Corteo, fue fácil decidir que no podíamos dejarlo pasar. Y eso que actuaban en Madrid, lo que significaba planear un viaje de dos días, con hotel, restaurantes y toda la parafernalia. ¡Una pasta! Los amigos madrileños se animaron también y eso fue mejor pues pudimos compartir la alegría de una noche de circo y todo lo que le rodea. Lo primero que llama la atención es la enorme procesión humana que desde una hora antes se va acercando a la enorme carpa. Un lugar difícil de encontrar en Madrid, en la zona de la Puerta del Ángel, en una esquina de la Casa de Campo. Así que quien más quien menos, tuvimos que preguntar varias veces hasta llegar allí. Era divertido ver la cara de resignación de los vecinos de la zona, cansados de responder siempre a la misma pregunta (que se la hacían en diversos idiomas, además). Al final, allí estaba la carpa. Las carpas, pues eran varias. Teníamos unos buenos puestos, ni tan cerca que pierdes la vista de conjunto (eso fue lo que nos pasara la vez anterior) ni tan lejos que pierdas los matices. Y comenzó el espectáculo y nos aprestamos a dejar de pensar en otras cosas para sumirnos en la magia de movimiento, luces y colores del escenario. Según raza la propaganda, CORTEO, el espectáculo creado por el italiano Danielle Finzi (se nota mucho su sentido italiano) tiende ser una historia en la que se mezcle lo espiritual (eso, al fin, es lo que pretende la magia) y lo real; el mas allá de la muerte (por eso la escenografía se basa mucho en ángeles) y la vida, lo dramático y lo cotidiano; lo grande (el payaso enorme, un argentino, mide 2,80) y lo pequeño (la pareja de personas pequeñas). Y logran bien ese mundo de contrastes por el que te van llevando. De forma parecida definen el espectáculo sus propios creadores:



"Mediante la yuxtaposición de lo grande con lo pequeño, lo ridículo con lo trágico y la magia de la perfección con el encanto de la imperfección, el espectáculo pone de manifiesto la fuerza y la fragilidad del payaso, así como su sabiduría y su bondad, para ilustrar la porción de humanidad que se encuentra dentro de cada uno de nosotros”.




Comienza con tres grandes lámparas iluminando el escenario y la simulación de la muerte de un payaso a quien los ángeles suministran, cómo no, su primer juego de alas XXL. Y así, como en una especie de flashback sobre su vida, nos vamos encontrando con los sucesivos números de circo y de sus intermedios (esos movimientos de escena cuyo sentido es entretenernos mientras pasamos de un número a otro).


Comentábamos allí que el circo antes eran los animales extraños que podías ver haciendo cosas extrañas, los atletas y equilibristas, los payasos. Todo era evidente y se jugaba con lo extraordinario. Todo eso cambia mucho en El Circo del Sol. Aquí lo importante es la coreografía y el mundo mágico que en cada momento se crea. Lo importante son los detalles y la conjunción entre ellos para formar escenas que parecen cuadros de artistas consumados. Lo importante es sobre todo ese gran movimiento coral que desarrollan los actores: parecen un ejército que se van agrupando según cada número y que corren por el escenario, se agrupan, se separan, mueven cosas, hacen malabarismo. Es como una máquina de relojería en el que cada uno ha de saber el segundo exacto en que le toca intervenir. Es algo que no puede dejar de maravillarte. Más, desde luego que ver a un elefante que levanta sus patas traseras.


Pero lo que realmente me entusiasma de estos montajes es el ritmo y la perfección con que van desarrollando cada uno de los pasos que se van sucediendo. Seguro que no soy original si digo que el Circo del Sol es, ante todo, un mundo de luces, sonidos y ropas que transmiten sensaciones estéticas inenarrables. Y si quisiera profundizar aún más, lo que me entusiasma más que ninguna otra cosa, es esa alegría de vivir que son capaces de transmitir. Se les ve contentos, como personas que disfrutan de lo que hacen, que disfrutan haciendo disfrutar a los demás. Y eso se transmite en sus sonrisas, en sus ojos brillantes, en esos pequeños gestos que son capaces de hacerte sonreír. Me encantaron los caballos de disfraz, sobre todo ella tan coqueta y con esos pasos desesfadados por el escenario. Y luego están los artistas que van apareciendo. En esta ocasión, los números quizás no hayan sido tan buenos como en Saltimbanco, pero eso no significa que no fueran excelentes todos los que actuaron. Quizás es que después de ver ese tipo de números en otros espectáculos ya te asombran menos. Pero los equilibristas, el alma del circo, estuvieron soberbios, tanto ellos recogiéndolas y enviándolas, como las muchachas volando a muchos pies sobre el escenario. También fueron magníficos los movimientos sobre las camas, sobre las lámparas, la chicha que soportaba a su partenair de un brazo o un pie (en algún momento pensé que podría desgarrarse la pobre en aquella postura tan forzada de colgar de un pie y sostener con el otro al gimnasta y moverse ambos como diablos. Los juegos combinados sobre barras fijas, sobre aros, sobre cintas. En fin, todo muy espectacular. Y pese a todo, lo que te llega más dentro, es esa alegría inmensa que te hace sentirte mejor. Esa estética preciosista del detalle bien conjugado. Se diría que lo hacen tan bien por oficio. Pero hay algo más en aquello. Es terapéutico, es amable. Estoy seguro que hasta genera endorfinas que, según dicen, es lo más de lo más.

domingo, abril 10, 2011

EN UN MUNDO MEJOR

Hay películas que puede dejarte indiferente. Te lo pasas bien, en general, pero el disfrute es eso: el buen rato que te han hecho pasar, la forma agradable en que puedes escaparte por un rato de los agobios del día a día para vivir los agobios de otros o disfrutar con sus disfrutes. Aunque solo sea por eso, merece mucho la pena no dejar de ir al cine. Resulta terapéutico. Pero hay veces en las que la película que acabas de ver te sorprende, te interroga, te genera esa sensación de reto intelectual o vital que se queda ahí, ronroneando en tu cabeza y en tu cuerpo. En un mundo mejor de la directora danesa Susanne Bier (ya es su doceava película de éxito, ésta Oscar 2011 a la mejor película extrajera) pasa justamente eso: te recrea con imágenes y paisajes bellísimos, te hace interrogarte con algunas escenas de documental ecologista que te perturban pero, sobre todo, te questiona moralmente sobre dilemas morales y formas posibles de resolver situaciones conflictivas de la vida cotidiana. No puedes dejar de preguntarte, ¿qué haría yo en un caso similar?

La película cuenta con un hermoso guión en el que van entrando muchas cosas de la vida: el amor, la violencia, la vida en pareja, los ideales altruistas, la enfermedad, la agresión sin sentido, la escuela. Cuenta con una fotografía espectacular. Y el ritmo de la historia, en la que se van mezclando imágenes en Africa con imágenes en Europa, te mantiene en tensión durante las casi dos horas que dura. Mikael Persbrandt, el protagonista, hace un papel espectacular. Y los dos niños resultan perfectamente creíbles.


La historia es bonita y cuenta la evolución de dos familias a través de sus hijos adolescentes. Una de las familias acaba de perder a la madre por un cáncer y el padre e hijo se van a la casa de la abuela una granja preciosa. En la otra familia, de padres médicos, ambos están separados por alguna infidelidad anterior de él, que se ha ido a África de médico solidario. Los dos adolescentes se encuentran en la escuela donde uno de ellos sufre el acoso inmisericorde de los típicos matones y sus pandillas que lo desprecian y someten a vejaciones diarias. Él va resistiendo el acoso como puedo pero sin enfrentarse a ellos. Cuando lo ve su nuevo compañero, menos proclive a reacciones pacíficas, la cosa revierte y el matón resulta gravemente herido y amenazado de muerte por el nuevo escolar. En su opinión: No se puede respetar a los que no se hacen respetar y no soporta a los que se rinden. La siguiente situación de violencia se produce durante una visita del padre médico. En un momento su hijo más pequeño se pelea con otro crío porque ambos querían un columpio. El médico corre al lugar y separa a los niños, situación que el padre del otro pequeño ve desde su coche y salé furioso para enfrentarse al el médico por haber tocado a su hijo. No sólo le insulta de palabra sino que le empuja y golpea delante de los otros hermanos adolescentes. Pero el padre médico no responde y eso los chavales no lo entienden. Trata de convencerlos pero no lo logra, con lo cual vuelve con ellos a donde el padre agresivo trabaja para encararse con él y hacerle ver que con la violencia no se gana nada. Quiere que le pida disculpas pero no solamente no lo logra sino que consigue nuevos mamporros para escándalo del hijo adolescente y su amigo. No es fácil, está claro, defender la no violencia en contextos violentos. Y menos ante adolescentes. Así que los chavales deciden actuar por su cuenta y hacerle pagar las deudas al padre agresivo destruyendo su coche con unas bombas que han aprendido a hacer en Internet utilizando restos de pólvora que han encontrado en la granja.


Mientras tanto, el padre médico y defensor de la no violencia debe enfrentarse en Africa a situaciones que le generan un enorme dilema moral: si debe curar a un sanguinario cacique que juega con la vida de las personas y es capaz de rajar a una embarazada para saber quién ha ganado porque ha apostado si será niño o niña. Pese a las presiones de los hombres y mujeres del campamento, decide curarlo pero exige que aleje hombres y armas del campamento. Pero tampoco el gordo asesino aprende la lección y propone violar ya muerta a una de las muchachas que maltrató y que no pudo superar las heridas. Eso descompone al médico que lo arroja del hospital dejándolo en manos de la turba que lo lincha.

Las cosas en casa no van mejor. Los niños siguen adelante con su plan. Construyen la bomba y se la colocan al coche pero no prevén la posibilidad de que alguien pase por allí y uno de ellos, el niño antes acosado, acaba muy malherido al querer salvar a una madre y su hija que hacían footing.


Llegada la historia a ese punto se empiezan a recoger velas y reflexiones de unos y otros. La película tiene un final feliz (salvo en el caso del matón africano) y quizás eso sea lo más ficticio de todo el film. Pero está bien porque las lecciones morales no deben asumirse por temor a las desgracias que puedan estar vinculadas a ellas (sería una malísima pedagogía) sino por su propio sentido y valor.


Hay cosas interesantes en el film. Algunas que me afectan de una manera muy especial: el acoso escolar de los matones y la forma en que los orientadores y la dirección de la escuela minusvaloran el problema. Lo conocen, saben quién lo causa, pero prefieren mirar a otra parte: no hay pruebas claras, no hay denuncias. Incluso llegan a sugerir que puede ser problema del propio acosado por la situación familiar de separación que tienen sus padres. Y cuando el problema se agrava vuelven a desentenderse porque ya es mucho para ellos. Ahí sí le vienen a uno ganas de volverse agresivo y recurrir a la violencia. Porque lo que la escuela hace es otra forma de violencia por inhibición y bobaliconería. Muy bonita es la forma árdua en que el matrimonio separado se reconquista. Sobre todo el esfuerzo del padre, quien por otra parte debió ser quien creó el problema. Pero ese ir poco a poco, siempre pidiendo disculpas, siempre respetando los sentimientos de ella que no se sentía capaz de perdonar, es muy interesante y aleccionador. También lo es la forma en que el padre viudo recupera el aprecio de su hijo, un candidato a psicópata resentido. Sin muchos recursos, teniendo que ocultar su propia insatisfacción personal a favor de la madre muerta, tragándose las insolencias de su hijo. Pero, al final, lo consigue.

Y cuando sales del cine sigues llevando en tu espíritu el retrogusto de cuando has ido pensando. Sigue quedando el aire el gran dilema. El mundo sería mejor sin violencia. Nadie lo duda. Pero no es fácil renunciar a la violencia en contextos violentos. Y, por otra parte, siempre serán violentos si nadie renuncia a la violencia. No es fácil, la verdad.