lunes, octubre 11, 2010

Come, reza, ama.

Una trilogía un poco enrevesada pero atractiva. También lo es la película. Menos creíble de lo que sería aconsejable, pero una historia que se deja saborear. Y quizás ése es su mayor atractivo. No es cuestión de ver, de sentir el placer estético de una historia bien contada, con una música agradable y bellos paisajes. Aquí la historia se mete dentro de ti y la disfrutas con la comida, con la espiritualidad (un poco sui géneris, es ciero), con el erotismo, con los paisajes (unos paisajes que forman parte del imaginario soñado por muchos de nosotros). En fin, que merece la pena no perderse esta película construida a mayor gloria de la Julia Roberts. Pero a ella le pasa como a Clint Eastwood. Se bastan solos para llenar una maravillosa historia y cubrir con solvencia las diversas tonalidades del personaje protagonista.

Se estrenó el 24 de Septiembre. Se trata de un film estadounidense dirigido por Ryan Murphy, autor, también, del guión y protagonizado por Julia Roberts que es quien llena la película. Los demás, incluyendo Javier Bardem no pasan de ser monagillos de la diosa Roberts. La película trata de traducir a lenguaje visual una historia real tomada de las memorias de de Elizabeth Gilbert que llevan el mismo título y que, por lo visto, fue todo un éxito de ventas en los EEUU. Es la historia de una mujer en busca de sí misma y de un imaginario equilibrio que le permita una vida autodirigida y le redima de una insatisfacción profunda que le ha calado hasta los huesos. Una búsqueda que la obligará a romper con todo lo que tenía, su matrimonio, su trabajo, su vida placentera (aunque por lo visto no lo era tanto) para hacer un recorrido espectacular por Italia, la India y Bali. Ojalá todo el mundo pudiera hacer ese camino interior (y exterior, ¡qué leche!). Yo me apuntaría, desde luego.
La película te coge un tanto desprevenido. No entiendes de donde nacen los problemas de Liz (Julia Roberts). Se marido parece una persona normal y desde luego la quiere mucho (muy divertida y tierna la reunión para arreglar el divorcio en la que él, con unos pocos cursos de derecho, se representa a sí mismo). Ella tiene un buen trabajo y lleva una vida acomodada. Pero a los pocos minutos de iniciado el film ya está ella llorando. Suena a raro, a melindre de niña ñoña. Pero bueno, es la Julia Roberts que se pone dramática y se lo perdonas en favor de la historia. Pero luego la sigues y las cosas van más o menos de lo mismo. Ella con sus rollos interiores que le fastidian sus rollos exteriores. Y así nace su plan B: tomarse un año sabático y buscar consuelo en tres paraísos terrenales: Italia, India y Bali. Italia para comer (¡qué envidia puñetera!), India para rezar y Bali (pero podría ser Brasil, porque todo allí suena y se siente como brasileño) para amar.
Si esa fue la historia real de Elizabeth Gilbert, la envidio sobremanera. Y si no fue verdad, hay que reconocer que supo seleccionar tres escenarios maravillosos. No creo que haya elección mejor. La parte italiana es magnífica. Y la comida una especie de publicidad subliminal (por supuesto, al acabar la película nos fuimos a cenar a un restaurante italiano). Pero también la gente, la lengua, los gestos, los diálogos, la amistad, la seducción latente. No sé qué dirán los italianos (se lo tengo que preguntar a mi hija). Seguramente la verán llena de tópicos, pero a mí me encantó. Igual que la parte que se desarrolla en la India. Como todo el mundo, yo también tengo programado en mi agenda imaginaria un viaje de reconstrucción espiritual a la India. Y haría como ella, un mes o algo más en un monasterio viviendo de cerca esa posibilidad de transcendencia, de silencio, de paz. Claro que ella lo tiene más fácil, porque no se le plantean problemas logísticos (es una maravilla no tener que pensar en las cuestiones pragmáticas ni económicas), pero, incluso si cada uno ha de resolvérselo, merece mucho la pena. Y allí, la Julia Roberts se encuentra con un Richard Jenkins que está magistral. Mucho mejor que Bardem en su parte final de Bali. Bali que, como decía, es en realidad Brasil. Se habla brasileiro, la música que se escucha es brasileña, los paisajes podrían estar en Brasil, la relación entre las personas, todo te lleva a Brasil. Y, cómo no, allí, al final del camino, encuentra el equilibrio que buscaba y su nuevo amor.
Interesante la moraleja final. En realidad, dos. La primera tiene que ver con la idea de que el equilibrio personal se construye, a veces, con pequeños desequilibrios. Y el desequilibrio que produce el amor (ella está a punto de dejar a su Bardem querido porque le hacía perder su equilibrio) forma parte de ese equilibrio que, por humano, necesita siempre de una cierta inestabilidad. Para ser estable, justamente. La otra moraleja tiene que ver con ese principio aplicable, según la Roberts, a la “física de la búsqueda”. El camino de la búsqueda de unos mismo es dejarse empapar por los acontecimientos que uno va viviendo en su particular peregrinaje. Disfrutar de ellos, dejar que te modulen. Y al final sales enriquecido. Eso es lo que hace ella y, al final, no le sale mal.
La vida es compleja y polícroma. Eso es lo que más me ha gustado de la película. Por eso merece vivirse. Quizás sin tantos rollos mentales como ella, pero sin dejar de disfrutar lo que se pueda. Y aunque sea verdad aquello de que todo lo apetecible o engorda o es pecado, tampoco hay que dejarse presionar por ello. Hace bien yéndose a la isla de los loros. Cualquier otro plan, sería estúpido.

sábado, octubre 09, 2010

Los Nóbel serios y los de coña.


Un gran día éste en el que Mario Vargas Llosa ha conseguido el preciado galardón del Nóbel. Él, tan sensato y austero como siempre, ha agradecido en primer lugar a la lengua castellana por haberle permitido disfrutar tanto y, a la vez, hacer disfrutar a los demás con su estética y riqueza para contar historias. Un gran tipo este peruano que adora España y vive en Nueva York. Tengo que confesar que algunas de las novelas con las que más he disfrutado habían sido escritas por él. Me encanta, especialmente el Vargas Llosa de los años 70, el de Pantaleón y las visitadoras; el de La tía Julia y el escribidor; el de Travesuras de la niña mala.
Era la suya una literatura de puro goce estético, aunque el premio lo ha recibido, supongo, por sus trabajos más políticos y trascendentes en los que trata de describir los meléficos recovecos del poder y la tiranía como La ciudad y los perros o La fiesta del chivo. Un orgullo para todos nosotros este Vargas Llosa, que además, al menos aparentemente, es un tipo humilde y honesto. Lejos del estilo más histriónico de su precedente, Camilo José Cela.
Esta historia de los premios nóbel tiene su mundillo particular. Con lo seriamente que se lo toman los suecos, llama la atención como se ha organizado toda una juerga en torno al famoso galardón. Parece ser que este año otro de los premios, el de Física, ha recaido en un investigador cachondo de la Univ. de Manchester, Andrè Geim. Se lo han dado por descubrir el grafeno (una placa de carbono de un átomo de espesor que, por lo visto va a permitir hacer pantallas de Tv y computadores que se enrollan). Ya había recibido uno de los premios anti-nóbel en el año 97 por hacer levitar una rana en un campo magnético. Me encanta esta gente que sabe mezclar tan bien el trabajo y el cachondeo (aunque quizás eso de hacer levitar a una rana, creo que alguien lo hizo con un luchador de sumo japonés lo que debe ser más complejo, sea todo un avance científico).
Y resultan de carcajada los premios IgNóbel de este año. Esos que concede, en simultáneo a los verdaderos, la revista Annals of Improbable Research. Y lo hace por todo lo alto, en el teatro Sanders de la Universidad de Harvard y entregados por personas que sí han recibido el Nóbel de verdad. Los de este año, IgNóbel 2010, se repartieron el día 30 de Septiembre. Magníficos.

Me ha llamado especialmente la atención el de Biología, que se lo han llevado en comandita varios investigadores chinos y otro de la Univ. de Bristol por documentar la felación en los murciélagos de la fruta. A lo que se ve, cada nueva mamadita, prolongaba el acto sexual varios segundos (o minutos, no sé cuánto se entretengan estos murciélagos en la cosa del sexo). Tampoco está mal el de ingeniería que se lo han concedido a unos investigadores de Baja California por haber inventado un complicado helicóptero dirigido por radio control y que permite recoger los mocos de las ballenas. El de Medicina ha recaido en dos holandeses que han demostrado que para el asma es buenísimo montarse en una montaña rusa. Y no digamos nada del de Física que se lo han ganado con esfuerzo tres investigadoras de Nueva Zelanda por demostrar que la gente resbala menos cuando se hiela el suelo por el frío del invierno si se pone los calcetines por fuera de los zapatos. En el ámbito de la economía han sido más cabrones, se lo han dado a los directivos de Lehman Brothers y otras empresas por haber inventado un sistema de inversión que maximiza las ganacias (las propias, claro) y minimiza las pérdidas para la economía mundial. Tampoco está mal en IgNóbel de Gestión de empresas que se lo han ganado tres investigadores italianos de la Univ. de Catania por demostrar que las empresas resultan más eficientes si promueven a su personal siguiendo las reglas del azar. Y tengo que avisar a mi amigo Juan Gestal porque el premio de Salud Pública de este año se lo han llevado varios investigadores de Maryland (EEUU) por demostrar experimentalmente que los microbios tienen una propensión insana a pegarse a las barbas de los científicos. Claro que es esto de la Salud Pública, aún fue más interesante el IgNóbel del año pasado que se lo llevó la Dra. Elena Bodnar, la de la foto, por haber inventado un sostén que podía reconvertirse en una doble mascarilla en caso de necesidad, una para la propia usuaria y otra para algún despistado que se le ocurriera salir de casa sin mascarilla.

jueves, octubre 07, 2010

Sabático vs. agenda.



Amigo blog, ¿cuánto tiempo sin escribir, no?. Parece mentira cómo van pasando los días (y las noches, que cada vez se hacen más largas e inhóspitas) entre afanes que apenas tienen fisuras que te permitan un respiro. Sales de un agobio y ya tienes al siguiente esperándote a la puerta. Así no hay blog que sobreviva.

Sin embargo durante este tiempo he escrito mucho: un libro, varios artículos, tres conferencias. Lo que significa que no se trata una fobia particular. No. Es el tiempo que actúa como un corsé que te oprime sin dejarte huecos. Y, además, se alía con la retroagenda (los afortunados tienen agenda hacia adelante; los mataos tenemos una agenda hacia atrás, llena de cosas que no has cumplido y que esperan les prestes atención) para hacer de orejera. Y así vamos como los burros con una orejera a cada lado para impedir que mires a los lados y te distraigas con las muchas cosas interesantes que te pasan al lado.
La cosa es que comenzó Octubre, y con él mi sabático. Me asusta un poco pensar que tengo un año por delante, sin clases, para hacer cosas diferentes a las habituales (eso será imposible, de plano). Un año para mí. ¡Qué bonito suena y a la vez qué terriblemente comprometido! Cualquiera pensaría, con razón, que soy un afortunado. Libre de los compromisos académicos para poder avanzar en proyectos que hasta ahora se hacían imposibles. Pocas profesiones pueden permitirse ese lujo.
Yo quería que éste fuera para mí un año terapeútico. Creo que lo necesito urgentemente para poder relajar un poco el ánimo y librarme de mis propios fantasmas antes de que sean ellos los que se adueñen de mí. Algunos de esos fantasmas permanecen agazapados en el mundo de los duelos y las nostalgias. No sé si los venceré pero espero aprender a amansarlos y a convivir con ellos. Pero hay otros que vienen menos de cara, se mezclan con sentimientos narcisistas que te engatusan y, al final, resultan aún más destructivos. Uno de ellos es el de la agenda. Un fantasma de órdago. Se lo come todo, como el monstruo de las galletas de nuestra infancia. Como la “vagina dentada” de los sueños masculinos, que te atrae con el estímulo agradable del sexo (en nuestro caso de la agenda, ni siquiera es por el sexo sino por eso que se le parece tanto, el orgasmo narcisista) pero luego te va devorando como una mantis religiosa. En fin, un rollo.

Ya me advertía Joaquín Gairín, un buen amigo que acaba de pasar por su propio sabático, que la estrategia para sobrevivir es planificar bien tus tiempos (¡de nuevo la puta agenda, pero si lo que yo quería era librarme de ella!). Si no lo haces, me decía, acabarás haciendo lo de siempre (viajes, charlas, reuniones) pero multiplicado por 10. ¡Toca madera!, fue lo único que acerté a pensar. Y algo de razón debía tener, pues llevo 5 días de sabático y ya he viajado a Porto (Portugal) y a Querétaro (México), he impartido dos conferencias y he mantenido 3 reuniones internacionales.
Algo tendré que hacer con la agenda. Quizás sacrificarla directamente en algún altar sagrado y ofrecer su corazón al dios del ocio. Pero mi problema es que ni siquiera encuentro un hueco en la agenda para planificar el sacrificio. Es muy lista esta agenda. Ya veo que va a ser una lucha desigual.

miércoles, septiembre 15, 2010

VAYA SEMANITA


Creo que así se llama un programa de humor de la Televisión Vasca, pero para mí, más que de humor, ha sido una semanita digna de un documental dramático. ¡Vaya semanita! Creí que estaría bien acumular los compromisos médicos en el inicio de curso y así quedarse libre por unos meses. Pero, leche, hay ciertas cosas que no conviene mucho acumular porque es como un muro que se te cae encima.
La cosa comenzó por el dentista. El primero me recolocó un empaste que se me había caído. Una cosa sencilla, pero me recomendó hacerme una limpieza de boca para detectar si alguna manchita que se veía era eso o el inicio de una caries. Poca cosa, pero el que me hizo la limpieza ya me señaló que había una muela del juicio que habría que sanear. No empleó esa palabra sino algo así como reconstruir o reforzar y la cosa comenzó a preocuparme. Cuando fui a que lo hicieran, ya se veía en el gesto del dentista que aquello pintaba mal. Me hizo una radiografía y me recetó antibióticos marcando una nueva cita para sacarla. ¡A tomar por saco, pensé! La muela y el puente que se apoya en ella. Y así fue. Dos días después, otro dentista, tras leerme el Corán y hacerme firmar un consentimiento informado que parecía un testamento, se la cargó sin piedad. Se lo tomó en serio y, aparte de dejarme la cara comatosa y deformada, me lo puso trágico conminándome a varios días de dieta líquida con varias pastillas de aperitivo. Menos mal que, al menos provisionalmente, podré utilizar el puente, aunque, la verdad, para sorber el puré ni puñetera falta que me va a hacer. Y así llegamos al jueves por la mañana.
Esa misma tarde, con un sol merecedor de una tumbona en la playa aproveché un rato libre para pasarme a recoger unas resonancias magnéticas de la zona lumbar que me habían hecho hace un par de días. Llevo mucho tiempo jodido de la espalda y mis visitas al coreano apenas habían mejorado la situación. Busqué un médico de renombre y me decidí a cortar por lo sano. Me mando hacer la bendita resonancia. Esta vez la llevé un poco peor que otras veces. Eso de meterte en un tuvo a alguien que tiene claustrofobia como yo es duro de cojones. Pero me lo tomo bien y lo habitual hasta ahora (las dos o tres veces que he pasado por eso) era que me quedara dormido. Ni me enteraba. Esta vez, simplemente cerré los ojos, pero no conseguí dormirme. Y eso que ahora te dan unos cascos como llevan los operarios de los aeropuertos, para que no sientas los ruidos raros y amenazantes que hace la máquina. Sentir sí que los sientes pero pero amortiguados. Algo es algo. Bueno la cosa es que ya estaban las radiografías y debía ir a buscarlas para pedir una nueva cita y que el médico las viera. Tuve suerte. Le había fallado un paciente y me recibió enseguida. ¡Chungo!. Ya lo noté en cuanto pasó una y otra vez las imágenes por su cajita traslúcida. ¡Chungo, chungo! Usted tiene esto desde hace mucho tiempo, me dijo, le ha debido doler mucho en algún momento y ha tenido derivaciones a las piernas. Así, sin concesiones. Ha perdido completamente un disco y tiene estas dos vértebras posiblemente soldadas. Ninguna esperanza de mejora. Y la recomendación, tener paciencia. Y nadar. Total que la cervecita y el piscolabis con unos amigos que íbamos a tomar a continuación se me atragantaron.
Y tras el leve relajo del fin de semana, aún me quedaba la guinda del lunes. Ptosis palpebral bilateral, ponía el papel que me habían entregado. Luego he visto que de losque se trata es de "incapacidad de elevar a su posición normal el párpado superio que aunque también pueda ser debida a accidentes y enfermedades neuromusculares, principalmente es congénita. Se lo hacen las chicas del Hola, me dijeron para animarme. Pero me consoló poco. Que te focen cerca de los ojos es siempre angustioso. Una tontería, me decían los expertos. Además es una especialista muy reconocida. Todo eso estaba bien, pero yo viví los preparativos como si me fueran a operar a corazón abierto. Y como el tiempo es cruel, al fin de semana pasó rápido y allí estaba yo a las 10 de la mañana en la clínica y dispuesto al sacrificio. Tuve suerte y el celador que me mandó pasar y me sentó en la camilla resultó ser amigo de mi hijo. Así que hablamos de los viejos tiempos en que yo los llevaba al campo de fútbol donde jugaban sus campeonatos y de cosas amables. Me sacó unas fotos, supongo que son las que sacan después en la publicidad para señalar el antes y el después. Y de allí al quirófano. La médica, encantadora, era una parlanchina incansable. Lo suyo es patológico, me dijo. Y después, me pintó los párpados, me midió párpados y cejas y explicó con pelos y señales a los residentes que estaban a su lado lo que le apetecería hacer (lo que le pedía el cuerpo) y lo que realmente haría para que yo no tuviera que volver a los pocos años a pedirle una nueva reparación. Hubiera sido igual que yo fuera un muñeco de yeso para pruebas. Tú desapareces para ellos y re conviertes para ellos en unas cejas caídas y unos párpados hipertrofiados. Allí me enteré que me debían quitar 10cms. de párpado (una locura me pareció, pero como la doctora lo media con una regla no me atreví a decir nada) y que debían subirme las cejas que estaban caídas y sujetarlas al hueso más arriba. Un desgüace, pensé para mí. Mientras tanto, el anestesista iba buscando su vena en el envés de la mano, algún residente me iba fijando con correas la cabeza y los pies a la camilla (porque estaba pensando en otras cosas pero hubiera podido encontrar semejanzas con el procedimiento de la silla eléctrica) y otros poniéndome el oxígeno para respirar y tapándome la cara y la cabeza y dejando abierto el orificio de los ojos, como suele verse en las películas. En unos minutos me tenían listo, menos el anestesista que seguía golpeando en mi mano buscando su vena. Ya la encontró, colocó la vía y comenzó a sedarme. Otras veces hablan contigo para ver si vas perdiendo la consciencia. Éste lo debió dar por hecho antes de tiempo porque sentí perfectamente los pinchazos de la anestesia local en las cejas y alrededores. Pero a ver quién decía nada. Ahí sí debí quedarme bastante frito aunque seguí oyendo la voz de la médica durante algún tiempo y luego ya solo recuerdo la fase final del proceso. O el anestesista estaba en Babia o no se daba cuenta de yo empezaba a hacer gestos de auténtico dolor cuando todavía andaban trabajando en la ceja. Debía ser otro residente porque comentaban entre sí el tiempo que aún le faltaba y a dónde pensaba irse para el periodo que les dejan libre. Ya no oía la voz de la doctora así que colige que la tarea de los puntos y el remate final se lo había dejado a los residentes. Noté cada punto que me iban dando. Muchos.
Cuando aquello acabó (hora y pico, por lo visto)me dijeron que ya estaba y me pasaron a la sala de postoperatorio tumbado en una hamaca y, por supuesto con los ojos absolutamente tapados. Y allí otra media hora en plan relax. Teóricamente yo debería estar despertando de la sedación pero estaba absolutamente consciente. El anestesista no se lució en esta ocasión.
Y de allí, a trancas y barrancas a casa. Tenía miedo de mirarme en un espejo pero bueno, al final, tampoco fue tan escandaloso. Lo ha ido siendo más a medida que pasa el tiempo porque los hematomas han ido cubriéndome los alrededores del ojo y ahora estoy como si me hubieran dado una paliza o hubiera pasado por un episodio de maltrato doméstico.
Así que estoy hecho un Ecce Homo. ¡Vaya comienzo de curso! No me explico cómo a la gente de la farándula le apetece meterse en estos tinglados. Además, visto lo que les sucede a algunas, casi te vienen ganas de decir aquello de ¡virgencita, que quede, al menos, como estaba!

sábado, septiembre 11, 2010

EL CONCIERTO

Que se puede llorar en una película es una obviedad cotidiana. Cosa frecuente para algunos, entre los que me incluyo. Pero, ¿se puede llorar en un concierto? Se puede. Somos asiduos de los conciertos, incluso hemos sido durante muchos años socios del Auditorio de Santiago con conciertos extraordinarios de la Real Filarmonía de Galicia todos los jueves de año. Muchas veces me he emocionado con la música pero nunca había llegado a llorar. Hoy sí. El concierto para piano y orquesta de Tchaikovsky, auténtico protagonista de la película, provoca tanta emoción que es imposible sustraerse a las lágrimas. Impresionante.
Y eso que la hemos visto en casa. La acababan de traer al cineclub y he tenido suerte. Pero me llama la atención que me pasara desapercibida en los cines comerciales cuando la estrenaron en Marzo de este año. O quizás es que, como se trata de cine francés, no la han pasado por aquí. Y eso que ha estado nominada a 6 premios Cesar. O sea, que venía con pedigrí. Pues, sea como sea, se nos pasó.
El Concierto (Le concert), dirigida por Radu Mihaileanu está protagonizada por François Berléand que hace de director de orquesta ruso degradado por la camarilla de Brednev y por Mélanie Laurent que hace de joven violinista parisina. Pero cuenta con todo un elenco de magníficos actores con papeles un tanto histriónicos pero eficaces. Son ellos quienes a través del caos y las incertidumbres que van creando en la historia te hacen llegar con el alma en vilo al desenlace final que no es otro que una magnífica representación del concierto de Tchaicovsky. 15 minutos dura el concierto, pero se hacen cortos porque no es sólo música lo que allí escuchas sino que es un revolcón de emociones en cada uno de los personajes. Y acabas viviendo aquello como si fuera tu propio éxtasis.
La película plantea la historia como una comedia con tintes amargos, muy del gusto del humor francés. También el empleo de la música como elemento salvador es muy del agrado de cine francés (ahí está la magnífica "Los chicos del coro"). Un director de orquesta ultrajado y humillado en la mitad de un concierto y condenado después, igual que sus músicos a sobrevivir haciendo pequeñas labores que nada tienen que ver con la música. Pero 30 años de humillación no consiguen acabar con la pasión que el defenestrado director siente por el concierto de Tchaicovsky y, aprovechando una coincidencia fortuita, vuelve a reorganizar su orquesta para tocar un concierto en el Petit Chatelet de París, el sueño de su vida. Por supuesto, después de 30 años cada uno de los músicos vive otra vida bien distinta y parece imposible conseguir reunirlos y formar grupo. En ese intento cómico y loco transcurre la película. Con ello la historia te va preparando para aceptar que el deseado concierto resultará inviable. Pero al final, y tras muchas incertidumbres, muchas de ellas con una fuerte carga emotiva, Olivier, el exdirector, lo consigue. Y ahí entre la emoción que él transmite (era el sueño de toda una vida, su unión consustancial con las música) y la que transmite la solista (cargada, a su vez de emociones intensas) te llevan al climax final y a desear con toda tu alma que aquello no acabe nunca. Jamás sentí la música con tanta intensidad, como si la partitura fuera un oleaje intenso en el que te abandonas a la suerte de la melodía.
Una maravilla. De veras.

lunes, agosto 30, 2010

Conocerás al hombre de tus sueños


Bueno pues fiel a su cita anual ya está aquí la nueva peli de Woody Allen: You will meet a tall dark stranger, que se ha traducido al español (no sé si para hacerla parecer como una comedia romántica) como Conocerás al hombre de tus sueños. No es una buena tradución porque parece que se refiere sólo a las mujeres (aunque en la peli tanto los hombres como las mujeres buscan al otro ideal). Me contaron que hace poco, en una entrevista, le preguntaron a Allen cómo era posible que fuera tan prolífico y a la vez tan exitoso. Según el entrevistador cabría entender que hiciera una película cada año, pero no que todas fueran un éxito. Su contestación fue que a él se le ocurría una idea y luego la desarrollaba y que sus ideas parece que gustaban a la gente. Así, sin más. Ni estudios de mercado, ni efectos especiales, ni temas escabrosos o de actualidad. Él sigue con sus manías y nos las explica haciendo cine. Del bueno.
Buenas ideas y buenos actores, quizás ésa sea la razón de su éxito. La idea es magnífica: en cuatro trazos plantea algunos de los problemas eternos de la humanidad: la búsqueda de la eterna juventud; la huida de la realidad a través de la magia; los problemas de pareja y el eterno deseo de lo ajeno; el éxito y el fracaso y la forma en que nos complican la vida. Amor, sexo, humor y traiciones, en la versión simplificada que nos ofrece la publicidad de la película. Y todo ese cocktail adobado con arte, literatura y música. Un círculo completo.
Y de los actores, qué decir. Un elenco de primera categoría tanto en ellos como en ellas: Anthony Hopkins, Josh Brolin, Antonio Banderas; Gemma Jones, Naomi Watts, Freida Pinto, Lucy Punch. Todos ellos bordan sus papeles (aunque Banderas resulta un poco inexpresivo).
Entre todos construyen una historia coral en la que se van entremezclando las vidas de tres parejas: los padres, la hija y su esposo y unos novios a punto de casarse. Tres parejas que se cruzan entre ellas y con otras parejas que van surgiendo al hilo de la historia a medida que esas tres parejas originales se van quebrando. Pero las parejas sólo son el container de la vida de quien las forma. En realidad, en la olla de cada pareja se van cociendo los sentimientos y ambiciones de cada uno de sus miembros, cada uno de ellos metido en su propia guerra personal. Y eso es lo que cuenta Allen: el temor del padre a hacerse viejo y su búsqueda de la eterna juventud a través del ejercicio físico y del sexo con una putilla joven; el temor de la madre a la realidad que se le echa encima y su búsqueda de fantasías compradas a una médium; la insatisfacción personal y profesional de los hijos su búsqueda de amores nuevos y atajos profesionales; el miedo al futuro de la novia a punto de casarse. Lo dicho, amor, sexo y traiciones. Contado en off con humor por una especie de diablillo cojuelo que estuviera visionando desde lo alto la vida y vicisitudes de los protagonistas. Y en hora y media escasa, Woody Allen teje toda una radiografía de la vida corriente. Y todo ello sin un mal gesto, sin estridencias. Porque Allen es, sobre todo, eso: lenguaje. Lenguaje lúcido.
Me encanta Woody Allen, así que no pretendo ser imparcial. Sus guiones me parecen obras de literatura que merecerían estudiarse. Espero con impaciencia cada año su nueva creación y, aunque puede que varíe de año a año el nivel de entusiasmo que produce, se mueve siempre en niveles muy altos. Así ha sido este año. No es una historia que apasione ni que sorprenda por su lenguaje (en ese sentido la del año pasado, Si la cosa funciona, fue mejor) pero está tan bien contada, los personajes son tan claros, resulta tan fácil reconocerte en sus obsesiones que, al final, sales con esa sonrisa de satisfacción de quien ha presenciado una buena película.
Y ahora a esperar la del año que viene ‘Midnight in Paris’.

sábado, agosto 28, 2010

Origen


Ya nos lo habían advertido: una magnífica película, de esas en las que no te puedes distraer nada porque pierdes el hilo. Y es verdad, Origen se ha construido sobre un guión tan complejo e interesante que exige toda nuestra concentración. Yo llevaba días mosqueado porque no lograba entender nada cuando leía la explicación del argumento que suelen traer los periódicos. Me había hecho a la idea de que era algo así como psicólogos de la CIA que intentaban extraer el pensamiento de la gente como si de una máquina de la verdad se tratara. Pero no tiene nada que ver con eso. Resulta imposible explicar en pocas líneas una trama tan compleja.
Este film, de la Warner, que acaba de estrenarse, está dirigido por Christopher Nolan, que también es autor del guión, con lo cual el mérito básico del film es sólo suyo. Protagonizado por Di Caprio y un grupo de actores, que no hacen mal su papel, pero cuya identidad se ve arrollada, como en un alud, por la intensa actividad que se va produciendo a lo largo de la historia.
Ya decía que de psicólogos y terapeutas nada. Se supone, más bien, que la tecnología ha avanzado tanto que ya se puede poner y quitar pensamientos en los sujetos. Las ideas de algunos valen mucho y por eso pueden ser extractadas y conservadas (y lo contrario, pueden defensas en torno a ellas para que tal cosa no suceda). En ese contexto, tanto los extractores de ideas como los agentes de seguridad de las ideas (auténticos ejércitos para los ricos) son profesiones con mucho porvenir. Más difícil que extraer ideas es introducirlas en la cabeza. Y cuanto más compleja o chocante es ésta, la dificultad aumenta. ¿Y cómo se hace eso? Entrando en los sueños de las víctimas. Parten del principio de que nuestra mente está siempre controlada y únicamente baja sus defensas en el momento del sueño. Cuando soñamos nuestras ideas circulan con una cierta fluidez y se hacen más vulnerables. Así que los extractores mezclan su sueño con el sueño de las personas sobre las que desean intervenir y en ese espacio onírico hacen su trabajo.
Así pues, la historia va de cómo un grupo multidisciplinar de especialistas (que actúan como un comando en el que cada cual debe desarrollar su especialidad: arquitectos, ingenieros, transformistas, guerreros) dirigido por Di Caprio debe introducir una idea en la mente de un joven heredero de una gran empresa. Les paga la competencia de esa empresa, así que la idea que deben inocular en el joven es bastante irregular: destruir lo que su padre creó. Por eso no se puede abordar directamente, sino que requiere varios pasos previos, lo que les obliga a programas no sólo un nivel de sueño sino varios sueños entrelazados entre sí. Introducir sueños en el propio sueño, como si fuera un juego de muñecas rusas. Dentro de cada sueño se inicia un nivel más profundo de sueño (un sueño dentro del anterior). Y así hasta tres niveles, que después se convierte en cuatro. Cada uno de ellos con historias y personajes distintos, claro. Además, esa liberación de la racionalidad que hace que nuestras ideas vayan actuando casi libremente no sucede sólo en la mente de las víctimas, también sucede en la mente de los extractores. Así que los sueños de los protagonistas (los que deben introducir la idea en su víctima) pasan también a estar presentes en cada uno de los niveles del sueño y les complican aún más lo difícil que la misión resulta por sí misma. Y como los sueños de cada uno, tampoco surgen de la nada sino que están vinculados a lo que es nuestra vida real, ahí van apareciendo, en simultáneo los que fueron los grandes problemas de la vida de los personajes que, a través del sueño, tendrá que ir enfrentando. Así que Origen es una madeja con muchos hilos que se entremezclan. Pero con pistas suficientes para que uno no se pierda. Eso sí, sin hurtarnos tampoco la complejidad que tanto subconsciente mezclado tiene.
Total, que a medida que uno va hundiéndose en un sueño tras otro, tiene que ir abriendo las historias sucesivas que se producen en ellos, sin olvidar los anteriores niveles pues también en ellos sigue sucediendo el sueño. Eso es lo que hace compleja a la película y lo que te tiene atrapado visual e intelectualmente. Desde el punto de vista cinematográfico esta mezcla de niveles es todo un acierto pues en cada uno de ellos te encuentras en un escenario distinto (eso mismo es una pista para saber dónde estás) y con un tipo de acción que siempre es muy fuerte. Pero eso de pasar de un garaje, a un avión, a una mansión, a una montaña nevada, etc. es muy atractivo visualmente.
Tengo que confesar que disfruto más de las historias con una línea narrativas más clara. Pero también apetece, de vez en cuando, este desafío intelectual, este juego de saltos en el vacío de las paradojas. En eso, la película tiene elementos preciosos: la caída ralentizada de la furgoneta al río, la necesidad de sincronizar tiempos que van a velocidades distintas, los movimientos en el vacío, la aparición del limbo de nuestros catecismos ahora reinterpretado por la ciencia-ficción, la necesidad de construir una estructura mental que nos permita ir situando los diversos niveles del sueño bajo el supuesto que cada nivel sucesivo de sueño está a mayor profundidad que el anterior como si se tratara de los pisos, cada vez más profundos de una mina. Romper el sentido común para poder seguir la historia, ése es el desafío más atractivo de la película. Y no se pasa mal.
Sin olvidar, claro, lo sugerente que resulta eso de compartir sueños. “Eso me gustaría a mí, ¿ves?, meterme en tu cabeza y ver lo que tienes ahí encerrado”, me decía mi santa cuando lo hacían en la película. Sería peligroso (¡Uf, a saber qué anda circulando sin control por el consciente!) pero viéndolos a ellos allí en sus sofás nadie diría que lo pasan mal. Hasta apetece.

domingo, agosto 22, 2010

El solista

Tras un día raro con madrugón incluido para viajar de Mondoñedo a Coruña y sin playa por una de esas nieblas opacas que, de vez en cuando, llegan desde el mar y se instalan en plena playa aunque 100 metros más allá luzca un sol capaz de confundir, tuvimos sesión de cine. Cine de sofá, naturalmente, que no es lo mismo (soy de los que piensan que el cine hay que verlo en el cine, pero sin palomitas, ¡por dios!) pero el sofá también tiene su encanto (te acurrucas en una esquina, te abrazas, te distraes; vamos, es otra filosofía). Y eso que la cosa ésta de bajar al cineclub, que lo tenemos en la puerta de al lado, se está convirtiendo en un problema pues ya hemos visto prácticamente todas las películas que tienen en stock. Y las que no hemos visto (terror, vampiros, violencia gratuita, trangalladas, etc.) es porque no entran en nuestros gustos.
Y escogí El Solista (“The Soloist”) de Joe Wright que se estrenó en España a finales del año pasado. Las referencias del film señalan que está basado en una historia real ocurrida en Los Ángeles. Está protagonizada por dos grandes artistas, Robert Downey Jr. que hace de periodista y Jamie Foxx que hace de vagabundo y enfermo mental. Ambos bordan sus papeles, aunque eso era de esperar pues tienen un currículo extraordinario a sus espaldas.
La historia es emocionante. Un periodista al que le faltan temas interesantes que incluir en su columna de éxito se encuentra, por casualidad, con un mendigo vagabundo que toca un desecho de violín bajo la estatua de Beethoven. Su olfato periodístico le lleva enseguida a ver el filón que aquel encuentro representaba: era un tema humanitario, sensible y con morbo, duro, vinculado al arte. Tenía buenas condiciones para sacarle partido. Y entabla conversación con el vagabundo. Éste no es una persona de muchas palabras y pronto se da cuenta de que sus problemas desbordan la pobreza y entran en el mundo de lo personal. Se interesa por él y comienza a indagar a partir de los indicios que el propio violinista le ofrece.
Había sido un buen alumno de una escuela pública, apasionado desde pequeño por la música. Se obsesionó por Beetoven y quería llegar a ser como él. Sus profesores detectaron sus cualidades y aconsejaron a los padres que le dieran formación musical. Eso hicieron ellos llevándolo a una de las mejores escuelas de música de N.Y. Pero allí duró poco porque al segundo año comenzaron sus problemas mentales, sus angustias y fobias. Acabó escapándose de casa y malviviendo en la calle. Cuando todo este itinerario de penurias aparece en la prensa algunos lectores se compadecen y le hacen regalos: un violonchelo; el alquiler de un apartamento para que salga de la calle; la posibilidad de integrase en una especie de comunidad de marginados donde le ofrecen mayor seguridad y apoyo, etc.
Pero las enfermedades mentales son complejas y convierten en complejas las relaciones con quienes las padecen. Y ése es el auténtico nudo de la historia, los avances y retrocesos de la relación entre ambos, el periodista y el violinista esquizofrénico. Para ambos es una auténtica aventura. Ambos se manejan siempre al borde del abismo, jugando en torno a sus respectivos límites. Todo lo que tenía de noticia, de material para el voyerismo y la compasión social deja paso al problema personal de alguien que quiere ayudar a otro y no sabe cómo y alguien que desearía recuperar su pasión por la música pero tampoco sabe cómo. Las batallas personales de los protagonistas, las que cada uno de ellos vive en su interior y las que viven en su relación mutua se convierten en el texto de la historia. Lo demás es contexto, anécdota, material para enriquecer la estética visual de la historia. Y en eso el director Wright es un experto consumado. Los desplazamientos de cámara (con esos planos cenitales que te permiten captar las situaciones y los personajes), los traveling, los flashback a la vida anterior de ambos, etc. son guiños cinematográficos que suavizan la dureza de la historia. Y una forma de demostrar que uno conoce el oficio.
Me ha llamado mucho la atención la dureza de las críticas cinematográficas. "El pomposo Joe Wright parece más preocupado por visualizar una sinfonía de Beethoven con una especie de salvapantallas caleidoscópico que por indagar en uno de los grandes temas de su drama" (Javier Ocaña: Diario El País); "Confusión por dentro y por fuera. (...) Donde había material para tirar de un ovillo dramático (...) se ha quedado en una contemplación apresurada y demasiado confusa de una relación donde se aprecian demasiados agujeros. (...) Puntuación: ** (sobre 5)." (José Manuel Cuéllar: Diario ABC). Es cierto que cada uno ve en una película lo que sus propios filtros le permiten ver. A los críticos no les ha quedado más remedio que reconocer que la película tiene una hechura impecable. Así que se meten con la historia y la forma de contarla: que no mete al espectador en la historia, que no transmite sentimientos, que no emociona, que se queda en elementos demasiado superficiales, que le resta realismo y, al final, que lo que cuenta no parece verdad. No puedo estar más en desacuerdo con ellos. Es cierto que la eventualidad de un músico brillante convertido en vagabundo que va tirando de un carrito lleno de cachivaches, suena a raro. También lo es que un periodista quiera llegar más allá de su papel de narrador. Pero esos son, justamente, los mimbres que hacen de esta historia una historia especial, digna de ser contada. Es cierto, también, que la línea narrativa es oscilante, genera incertidumbre y no sabes qué va a pasar en el momento siguiente, pero eso es el reflejo magistral de cómo avanza la esquizofrenia. Es como meterte en un laberinto complejo y cerrado, donde sólo a veces se ve la luz. Y esos momentos transitorios de lucidez hacen crecer nuevas esperanzas pero son efímeras y, al poco, estás de nuevo en el mundo intemporal y confuso de tus miedos, tus voces interiores, tus cortocircuitos. Y eso está muy bien representado en la película. No deja indiferente y hay momentos en que resulta cargante. Como la vida de los personajes.
Dejando al margen la parte técnica del film en la que Wright demuestra que es un maestro, varias cosas destacaría yo esta película:
• Los dilemas de la ayuda a las personas. No es fácil saber ayudar, aunque uno quiera hacerlo y hacerlo bien. A veces, la persona que ayuda tiende a ocupar en exceso el espacio del otro. Ni siquiera en casos como éste queda claro qué es mejor: si intervenir o simplemente ponerse a disposición del otro, hacerle saber que estás allí pero dejando que sea él quien asuma sus propias responsabilidades. Personalmente no estoy de acuerdo con el responsable de la Comunidad que defiende la idea de la no intervención, aunque probablemente resulte, a la larga y en la práctica, la única posible. ¿Hubiera mejorado la situación de Nathaniel el recibir alguna medicación o algún tipo de terapia? Yo creo que sí. ¿Esa mejora sería tal que justificara una cierta violentación de la voluntad del enfermo? Eso es lo que nadie puede asegurar. Aunque las pocas cosas que se hicieron (ingresarlo en la comunidad y ofrecerle un apartamento) mejoraron mucho su calidad de vida. Y por eso surge el dilema de cuál es, en cada caso el bien superior, si la salud del enfermo o su libertad. Si algo me ha parecido poco realista en el film es, justamente, que las cosas hayan ido evolucionando tan positivamente sin más apoyo profesional. No es fácil saber ayudar.
• La dureza de la enfermedad mental. Sea como sea que uno ha llegado a esa situación, todo se hace muy complicado, con idas y venidas, con una tensión in crescendo, con una incertidumbre terrible sobre qué va a pasar, qué será lo siguiente. Convivir con enfermos mentales es bien duro. Bien lo saben quienes se encuentran en esa situación. Y los más doloroso es ver que no avanzas, o que lo que parecían avances se esfuman de forma repentida para volver de nuevo a la situación de partida: las mismas palabras, las mismas voces, los mismos miedos.
• La importancia de la música. Siempre se dijo que la música calma a las fieras, pero hace mucho más que eso. Mantiene vivas las partes del cerebro que tienen que ver con las destrezas adquiridas. Permite tener un punto de apoyo para sobrevivir al que uno se agarra de forma obsesiva (Nathaniel repite una y otra vez la melodía, obsesivamente, como si fuera ese clavo ardiente que le permite no precipitarse en el vacío).
• La pobreza y sus submundos. Aunque no es ése el tema de la película, el director se recrea en ella y quiere hacer su pequeña aportación de sociología crítica. Es verdad que la pobreza es un mundo que debería conmocionarnos. Igual que suele decirse que el dinero atrae el dinero, las desgracias atraen más desgracias. Y así, los que viven en situación de pobreza extrema van acumulando todo el abanico de miserias disponibles: enfermedades, violencia, malas relaciones, marginación, desesperanza, locura. La pobreza es como un imán que atrae hacia sí todo lo peor. Incluida la parte más cínica e inhumana de la sociedad que no desea verse molestada por esa escoria social. Y allí va la policía a detenerlos por estupideces. En vez de ayudarlos, se les criminaliza.
• Pero, quizás, lo más sorprendente es lo bien representado que está el sufrimiento de quien intenta prestar ayuda. Y más todavía si la persona a quien se ayuda es un enfermo mental. En este caso es un periodista que se mete a redentor, pero suele pasarles lo mismo a los profesionales. No hay forma de quedarse al margen, salvo que te conviertas en un funcionario y ritualices tus acciones como si fuera una coraza. En esos casos, es el personaje quien aparece para que la persona no se implique emocionalmente. Les pasa mucho al personal médico, a los psicólogos y terapeutas e, incluso, a los educadores. Uno puede ocultarse detrás del personaje (del profesional, del ayudador) pero si dejas un resquicio abierto acabas implicándote personalmente. Y entonces entran en juego muchas más variables. Te haces vulnerable tú mismo, tus propios problemas entran a formar parte del problema general que pretendes resolver. Por eso el periodista de la película acaba replanteándose no sólo su forma de aproximación al violinista vagabundo (transitar del papel de salvador al de amigo) sino, incluso su propia vida y su relación matrimonial. Es lo que suele suceder, que acaban confundiéndose los papeles y, al final, ya no sabes quién ayuda a quién.
Eso es lo que mi filtro me ha dejado ver de la película. Me ha parecido muy interesante. Creo que la incluiré entre las películas que trabajo en clase con mis estudiantes de Educación Social, los futuros ayudadores de gente como Nathaniel.

sábado, agosto 21, 2010

Un mar de recuerdos.

Hola papi, ya ves, tras tantos viajes relámpago (“de médico”) como se decía antes, esta vez me he tomado unos cuantos días de vacaciones para volver a Pamplona un poco más tranquilamente y poder, así, acompañar a mamá y disfrutar de la familia. Como ha sido una semana intensa y llena de emociones, en lugar de contarlo como quien cuenta cualquier otro viaje, prefiero contártelo a ti como si fuera una carta que tú puedas leer sosegadamente en algún atardecer de tu nuevo mundo.
Lo primero que tengo que decir es que era un viaje de prueba para mí mismo. No es fácil, ¿sabes? Se siente mucho tu falta. Da lo mismo lo que hagas, para donde mires, la cosa que toques o el tema del que se hable, tú estás siempre por allí cerca. Enseguida aparecen los recuerdos, las imágenes (dónde te ponías, qué te gustaba, qué solías decir, cómo hacías las cosas, cómo reaccionabas) y, a veces, esa emoción que te sube por dentro desde el estómago como si fuera una nieva espesa y te nubla los ojos. En eso cada uno de nosotros va llevando su propia batalla interior. Algunos parecen llevarlo mejor. Otros vamos más a trancas y barrancas. Pero supongo que buena parte de lo que nos pasa no se ve. O que buscamos apartarnos un poco de los demás cuando llegan los momentos bajos para no contagiárselo. Ha pasado poco tiempo aún y estamos en una especie de periodo de prueba, tratando de apoyarnos mutuamente, sin decirlo.
Pero son sentimientos raros. Duelen mucho cuando se presentan, pero sin embargo los buscamos porque si no los tuviéramos aún dolería más. Dicen que una de las cosas que produce más angustia cuando se pierde a un padre es el temor a perderlo del todo. No sólo porque se muere sino porque, poco a poco, es como si se fuera debilitando su recuerdo. Aquello de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”, aquí no sirve. Te convertiste en una parte tan importante en nuestras vidas que ahora tenemos que reestructurar buena parte del edificio que habíamos ido construyendo juntos.
Bueno, papi, pero no tienes que preocuparte porque vayamos a perder tu recuerdo. Ni modo. Entras en casa y allí estás tú en una fotografía enorme en medio del salón. Lo primero que ves desde la puerta. Igual que sucedía antes cuando era entrar y verte sentadico en tu sofá, ahora estás encaramado en la primera balda del expositor. Con los mismos ojillos achinados y la sonrisa pícara. Y como cuando no estabas en el sofá, estabas sentado en la mesa, si uno mira para allá también te encuentra en otra hermosa fotografía con Javier. Los dos allá para que los recuerdos se unan y se hagan más fuertes. En fin, es cuestión de acostumbrarse a esa otra forma de presencia y mirada paternal.
Fuera de eso, ya habrás visto por el rábico del ojo la cantidad de novedades que tienes en casa. Han cambiado la cocina de arriba abajo. Ahora con colores combinados, con electrodomésticos de última generación, con cajones inmensos (aunque según la mamá, le caben menos cosas), con otro estilo. De todas formas, lo que hacíamos tú y yo, que solía ser fregar y secar los cubiertos, eso ha quedado igual que siempre. Así que te hubieras adaptado bien.
Te decía que te quería contar esta semana que hemos pasado ahí. Ha sido muy interesante. Llegamos el lunes a medio día. Ahora se hace fácil llegar. Además como viajábamos desde Coruña es menos recorrido. Estaba la mamá sola (tus hijos y nietos habían estado en fiestas en Tafalla el día anterior, así que andaban resacosos esa mañana). Comimos con ella y nos fuimos a descansar un poco al hotel. Por la tarde larga sesión de chinchón y conversación con la Salo. El martes, llevamos a la mamá al mercadillo. Es al único sitio al que conseguimos sacarla. Nos vas a tener que echar una mano,¡ eh!, porque cada vez se nos vuelve más Beraza y no hay quien la mueva de casa. Pero en el mercadillo, la goza escogiendo sus melocotones de viña y sus lechugas de cogollo. Al menos eso tenemos que mantenerlo.
La dejamos en casa y seguimos Elvira y yo hasta Tafalla. Te hicimos una visitica en el cementerio. Sin mucho ruido pero con toda la emoción contenida de todo este tiempo sintiendo tu falta. Se siente algo especial estando allí, junto a tus restos. Contigo podemos estar en cualquier parte, es la ventaja de vivir transformado en recuerdo, pero allí estamos con lo que queda de ti en este mundo material, en contacto con el lugar que escogiste como morada eterna. Es como ir a la casa de alguien. Allí vamos a visitarte. Y a emocionarnos. Y a seguir cuidándote a través de los mimos que podemos volcar sobre el lugar donde reposas. Recuerdo el cariño que tú ponías cuidando la tumba de tus padres en Salinas de Ibargoiti. Mientras pudiste hacerlo tú, la pintabas cada año, la limpiabas, le ponías flores. Luego te acompañábamos, sobre todo Santi, para hacerlo contigo. Pero siempre siguió siendo “el lugar” donde te citabas con tus padres. Era como llevarles un regalo el día de su cumpleaños. Bueno, pues verás, que hemos aprendido bien eso de ti. No te falta de nada. Tu bisnietos te llevan recuerdos constantemente, y todos mis hermanos tienen aquello limpio como una patena y hermoso como un jardín. Estoy seguro de que te encanta. También visitamos a Javier y volvimos a emocionarnos con él, como cada vez. Además tenía que felicitarle por su nietico. Ahora debe estar mucho más contento sabiéndose abuelo y teniéndote tan cerquita.
Y de allí, tragando saliva y tratando de cambiar la cara, nos fuimos al bar de Santi para saborear un vermut tafallica en plenas fiestas. Y, sobre todo, para conocer a tu nuevo bisnieto, Iker. Es precioso, papá. ¡Qué pena que no llegaras a conocerlo por tan poquico tiempo! Está riquísimo. Una cara redondita y feliz que unos dicen que se parece mucho a su abuelo Javier y otros a la parte de la abuela Mila. En todo caso, contaron que dormido y con los bracicos sobre el pecho es la viva imagen de Javier. Si roncara sería difícil distinguirlos. Es una felicidad, papi, ver cómo va creciendo la familia y vamos teniendo retoños nuevos. Además de eso, también nos dieron otra buenísima noticia en el vermut: la Sara se ha echado novio. Yo no conozco al chico, pero tú probablemente sí. Y la Blanqui ha trabajado muchos años con su padre en Luzuriaga, o eso entendí. Por lo visto, él tiene el bar de la Valdorba. En todo caso, eso es lo de menos. Lo importante es que Sara estaba feliz, radiante y con muchas ganas de que todos lo supiéramos.
Así que volvimos a Pamplona felices. Por la tarde, dejamos que mamá echara la siesta (y nosotros hicimos otros tanto, por supuesto) para que luego no tuviera escusas de que estaba cansada para seguir con nuestra sesión intensiva de chinchón.
El miércoles nos fuimos de excursión. Por tu tierra. Tenía muchas ganas de conocer Ochagavía. Así que nos hicimos un tour fantástico, comenzando por tu pueblo. Entramos en Salinas, pero solo dimos una vueltica con el coche recordando la casa de tus padres. El pueblo está cuidadísimo, precioso. Seguimos hasta Lumbier y allí nos fuimos a visitar la Foz. No lo conocíamos. Nos pareció espectacular la forma en que el río ha horadado las piedras hasta configurar aquel desfiladero desafiante. Recorrimos los 3 ó 4 kilómetros del paseo y seguimos viaje hasta Navascues. Allí un cafecito y después hasta Ochagavía. Nos pareció interesante, aunque quizás me había hecho demasiadas expectativas. Pero mereció la pena. El regreso por Roncal y nos paramos en Burgui. Habíamos estado allí con la mamá y contigo visitando a la Ilu y a Rufino hace muchos años. Compramos una tonelada de queso del Roncal y pan artesano y ya nos volvimos a casa a comer con mamá. Una excursión preciosa. Por la tarde, siestica y concierto de Jazz en la Ciudadela con la Blanqui. Aunque a ti no te iban esas cosas lo hubieras disfrutado, sobre todo por el acordeón. Era un trío de músicos muy internacional: un argentino, un italiano y un pamplonica. El pamplonica tocaba el acordeón y era todo un mago de la música. Le daba tonos imposibles y creaba melodías muy originales. Un genio el tío. Después nos fuimos de pinchos y enseguida regresamos a casa. Enseguida significa a las 11 y pico de la noche, pero allí estaba la Salo esperándonos para cenar. Ya le habíamos dicho que no vendríamos a cenar, pero ella “deseaba” que cenáramos en casa y no le importó que se fuera al carajo todo su horario. Allí estaba, la pobre, esperándonos. En fin, ¡qué te voy a decir a ti, que no sepas! No faltó, el chinchón, claro.
Habíamos previsto regresar el jueves, pero alargamos un día más nuestra estancia en Pamplona. Me alegro mucho de haberlo hecho así. En lugar de volver para Galicia, a donde fuimos es a Los Arcos, el pueblo de mamá. También estaban de fiestas, pero eso no tenía nada que ver con el motivo de visitarlo. Yo quería recuperar viejos recuerdos de mi infancia allí. Y de paso, tampoco dejaba de tener morbo el encontrarse con alguno de los tíos o primos y ver cómo reaccionábamos ambos. Recorrimos el pueblo de cabo a rabo: la casa de la abuela ya tirada y con un edificio nuevo en el lugar, la calle Mayor (yo buscaba mi colegio, pero estaba equivocado porque no estaba allí sino en la calle del Medio: luego lo recordé muy bien), la plaza de la Iglesia, la propia Iglesia donde fui tanto tiempo monaguillo, el coso donde me pilló y casi me mata la Vaquilla de las fiestas, el corral a donde llevaba cada mañana las cabras de la abuela para que las incorporara el pastor a su rebaño, el gallinero de la abuela… Fue interesante recordar cosas. Ha sido un viaje para alimentar nostalgias. Tomamos el vermut en casa de la prima Pili y regresamos a Pamplona para comer con la mamá y ponerle al día. Por la tarde, ratico de descanso y paseo por el centro de la ciudad que estaba, por cierto, atestado de gente. Nuevo chinchón a vida o muerte por la noche (esta vez fue de muerte, pues pese a que llevaba una ventaja considerable, mi madre me dio sopa con ondas y me ganó).
Papi, ya ves. Una semana intensa en Pamplona. Hacía mucho tiempo que no pasábamos tantos días juntos. A la mamá le rompimos todos sus ritmos y horarios pero estaba contenta. También para ella debe ser muy difícil llenar tantos vacíos a todas las horas del día. Aunque parece una roca, y se comporta como tal, debe estar pasando lo suyo, la pobre. Y eso que entre unos y otros, casi no le dejamos tiempo ni para pensar. Lo peor de estas cosas son las despedidas. Ya recordarás que yo casi ni me despedía de ti cada vez que iba a casa. A los dos nos sentaban fatal las despedidas, hacíamos pucheros y teníamos los ojos royos y las lágrimas a flor de piel. Así fue también esta vez. Un beso y un abrazo mirando para otra parte. Y una rápida huida.
El regreso estuvo bien. Nos encontramos en la Playa de las Catedrales, en Ribadeo (Lugo) con nuestros amigos Pepe y Dora y pasamos un día delicioso en la playa. Por la noche nos llegamos hasta Mondoñedo (recuerda que había estado allí el tío Tomás o Lino, no me acuerdo, de Superior de los Pasionistas; ahora ya no deben tener ningún convento pues le pregunté a una señora mayor y ni siquiera le sonaba nada de los Pasionistas) donde habíamos reservado hotel. Cenamos juntos y ya esta mañana de sábado nos hemos vuelto a casa.
Y aquí estamos. Necesitaba mucho de unos días diferentes. Salir de las rutinas de casa, dejar el ordenador. Así que me han venido muy bien estos días en Pamplona. Tenía miedo a cómo reaccionaría, a si sabría llevarlo bien sin emocionarme demasiado. El primer día lo pasé mal. Demasiados recuerdos y emociones. Pero después todo ha ido muy bien. Ahora estoy encantado. Coruña está fresca y no parece día de playa, pero aquí ya se sabe, como aparezca un rayo de sol, uno sol, ya estamos en la playa.
Así que todos bien. Todos muy pendientes de todos. Con la familia que cada vez va ampliando más sus redes (¿habrás visto mi relato de la boda de María, verdad?) y sus vástagos. La vida sigue, papá. La seguimos viviendo contigo. Así será siempre.
Un beso muy fuerte.

domingo, agosto 15, 2010

Las familias.


Mañana de domingo veraniego. Buen momento, antes de prepararse para el paseo y la playa, para echar un vistazo a las revistas que se van acumulando en el revistero. Aunque suelo huir de ese tipo de publicaciones, hoy empecé por el YO DONA que acompañaba al periódico EL MUNDO de ayer. Trae en portada una sonriente fotografía de Trinidad Jiménez, iniciando su campaña política a la Comunidad de Madrid.

Pero no ha sido la entrevista con Trinidad lo que me ha interesado, sino la editorial que escribe la directora y el posterior debate que matienen cuatro mujeres sobre "LA FAMILIA como campo de batalla". Ahora que estamos toda la familia metidos de lleno en tema de bodas, resulta un asunto importante y oportuno.
Plantear la familia como un campo de batalla, ya predispone a una cierta mirada turbia sobre ella. Quizás lo hayan hecho sólo como una forma de darle interés periodístico al asunto porque, efectivamente, los datos que manejan después tienen poco que ver con ello. Para el 90% de los españoles la familia ocupa el lugar preferente en sus vidas, por encima del trabajo y el bienestar (encuesta del CIS de diciembre de 2009). Incluso entre los jóvenes se mantiene ese lugar preferente: el 81% consideran que la familia es el asunto más importante de sus vidas (estudio del Instituto de la Juventud sobre los valores de los jóvenes, 2008). Que sigamos manteniendo esos índices en un contexto en el que dos de cada tres matrimonios se separan (196.613 enlaces en 2008 frente a 118.939 separaciones), es todo un ejercicio de optimismo. Y no es sólo en nuestro contexto, o eso creo. Siempre me ha emocionado ver cómo hablan de sus familias los hombres y mujeres mejicanos y, en general todos los sudamericanos. Lo nuestro, a su lado, se queda en algo tibio. Quizás luego tengan sus amantes fuera del matrimonio, pero que nadie diga algo negativo de la familia, que se lo comen. En el fondo, debe ser que valoramos más las relaciones familiares que las relaciones de pareja. Al final, a tu pareja la escoges tú y de la misma manera que la escoges porque te gusta, la dejas cuando ya no te gusta. Pero uno no escoge a su familia, a sus padres, a sus hijos. Y, curiosamente, ese sentido azaroso del vínculo familiar acaba teniendo más fuerza que aquellos lazos que nosotros mismos hemos establecido libremente.
La revista hace alusión a los trabajos del Framingham Heart Study, una especie de instituto de investigación vinculado a la Universidad de Boston que, desde 1948, va haciendo el seguimiento de más de 12.000 personas (www.framinghamheartstudy.org/about/index.html). Ellos entregan muestras de sangre que son analizadas y sirven para ir relacionándolos con los diversos avatares de salud, especialmente cardíaca, de los donantes. Lo curioso es que también han estudiado la cuestión de las separaciones. Y llegaron a una conclusión llamativa: el riesgo de separación aumenta en función de la cercanía de otras parejas que se hayan separado anteriormente. Y dan porcentajes: aumenta hasta un 22% cuando ha sido un hermano/a el que se ha separado; hasta un 55% si ha sido un colega de despacho; y hasta un 75% cuando el que se ha separado es un amigo/a íntimo. La razón que aportan parece plausible: cuando alguien se divorcia y habla de ello suele poner más énfasis en resaltar las ventajas de hacerlo que los inconvenientes. Y ésa es la música que le queda a quien lo escucha. El efecto dominó, que se dice. Lo gracioso es que los investigadores han considerado más cercano, al menos en estos temas, a un amigo/a e incluso a algún colega de la oficina que a nuestros hermanos.


En cualquier caso, plantear la familia como un campo de batalla, parece exagerado. Es bien cierto que aquellos entornos en los que los vínculos afectivos son más fuertes, es donde se producen las emociones más intensas y donde se pueden dar, por ese mismo motivo, las mayores aflicciones. Grandes amores y grandes problemas. Corruptio optima, pésima, decían los latinos. Cuando se pervierte lo mejor, es cuando se dan los males mayores. Y la familia se presta mucho a que sucedan ese tipo de cosas: por eso los maltratos, las presiones, los abusos.


El Diccionario español se ha quedado antiguo cuando define familia como un grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas. El parentesco va mucho más allá de la convivencia. Sólo algunos viven juntos, otros son los abuelos, los tíos, los primos. Los propios hijos cuando se hacen mayores dejan de convivir. Y luego está la familia política con los que los lazos, aún siendo más débiles, también resultan importantes.


En el fondo, lo que importa es saber gestionar la convivencia. Es en eso en lo que estamos más flojos porque se han reducido mucho los márgenes de maniobra. Cada vez nos exigimos más y, como en otros espacios de nuestra vida, priorizamos los derechos sobre los deberes. Eso y que, como decía mi suegra, “es que ahora, hijas, no aguantáis nada”. No es fácil, efectivamente, convivir. Precisamos de mecanismos de resolución de conflictos que hayamos consensuado previamente (en momentos de bonanza) porque cuando llega la crisis es difícil encontrar soluciones con tanta emocionalidad empañándolo todo.


Y, sin embargo, incluso cuando la convivencia deja de ser un problema bien porque te adaptas o porque te resignas, o porque dejas de dar importancia a ciertas cosas, justamente para evitar conflictos, aparecen otros focos de tensión familiar. Lo dice muy bien una de las participantes en el debate de YO DONA: muchos problemas comienzan cuando los padres se hacen mayores y dependientes. Organizar su cuidado genera no pocos conflictos entre los hermanos. Y, bueno, está también el eterno problema de las herencias. ¡Hay que ver, hasta dónde pueden llevarnos las herencias, hasta qué punto pueden destrozar esa prevalencia de lo afectivo que debe caracterizar a una familia. Incluso entre gentes que hasta ese momento se han llevado muy bien.


O sea que las familias son eso. A veces, un remanso de paz. Otras veces una olla a presión. Muchas un refugio y un colchón contra la adversidad. No faltan, efectivamente, las que tienen algo de campo de batalla. Eso debía sentir la abuela de aquella casa que cuando se reunían todos sus hijos y nietos en casa para celebrar la Navidad y le preguntaban qué quería de regalo, ella contestaba: “Que tengamos la fiesta en paz”.


Sea como sea, yo me marcho mañana a ver a la mía que los tengo lejos y ya los estoy echando de menos.

sábado, agosto 14, 2010

A la playa… con dos cojones.


Es muy celta La Coruña. Es como estar en Escocia o Irlanda, el tiempo cambia a cada poco. Pero eso en Agosto es una tragedia. Uno tiene sus planes y no puede estar dependiendo de qué vaya a pasar en las horas siguientes. Tanta incertidumbre estresa mucho. Así que aquí se corta por lo sano: si toca playa, todo dios a la playa.
Y eso hicimos. Y como ya vamos conociendo el percal, mi santa en cuanto pisamos la calle dijo: “creo que voy a meter una chaqueta en la bolsa”. Pues eso, si hace falta meter una chaqueta junto a las toallas se mete, pero nada de renunciar a la mañana de playa. Con dos cojones.
Luego resultó que, efectivamente, ni chaqueta ni glorias. Yo creo que hasta me quemé. Quedó un tiempo, que por momentos, era estupendo. Y el agua, aunque la cosa variaba de zona a zona, estuvo como nunca. Sigue fría, si no no sería Coruña, pero estaba agradable. Casi cálida. Pero la gente no se lo cree mucho. “Lo que veo yo, decía un señor de Bilbao que teníamos al lado, es que aquí solo se meten las personas mayores”. Ellos, dos matrimonios cincuentones, ni se aceraron a la orilla.
Hoy estuvo simpático el día. Como era sábado había mucha gente por la calle. Bastantes haciendo, como yo, su recorrido por el paseo marítimo, desde los Jardines a la Torre de Hércules y de allí hasta Riazor. Unos 5 kilómetros que sientan muy bien. Ésa es mi ración de los sábados. Los domingos es un poco más largo por la otra parte, desde Riazor hasta El Portiño y regreso.
Cuando ya llegaba a la playa adelanté a dos viejetes que hablaban alto. Uno de ellos andaba casi doblado. El más tieso le estaba preguntando: porque tú, ¿qué edad le echas?. Por lo menos cincuenta, le decía el encorvado, cincuenta y pico. Va a ser muy joven para mí, le decía el tieso, ¿qué hago yo con trece años más? Me va a pedir mucha guerra. Pues se la das, le decía el otro que casi no podía con su alma, se la das. Por supuesto, estuve a punto de corroborar yo, ¡qué carajo!, tú se la das. Pero no quise ser cotilla.
Y como ya había llegado a mi sitio de la playa, los dejé marchar con sus devaneos adolescentes. Además, cuando uno entra en la playa, incluso en Coruña, tienes que dejar a un lado el oído y priorizar la vista. En este caso no es para poder moverte entre un mar de cuerpos y evitar pisar a alguien. Total éramos cuatro gatos. No tenemos problemas de cantidad en la Playa del Orzán. Tenemos más de calidad, pero aún así siempre hay cosas hermosas que ver. Estas últimas semanas, se han hecho habituales dos hermosas mozas colombianas (es un suponer) que se tumban al pie mismo de la escalera, supongo que para incrementar el goce de los paseantes. Y las chicas son propietarias de dos culos cinco estrellas, o tres tenedores o como se mida la calidad de esas zonas. Una de ellas, además, gasta poco en bañador. Luce uno de esos hilos dentales que más que tapar lo que hacen es establecer linderos para diferenciar espacios. Vamos, una alegría.
Y luego, por aquí y por allá, a veces solas, a veces en pareja, a veces con sus novios (otro suponer) otras muchas en minibikinis o en topless que hacen un panorama muy estimulante. Así que uno debe analizar cuidadosamente el contexto, con sensibilidad y disimulo. Y todo lo que uno lleva avanzado en controlar su voyerismo se va al carajo en un minuto.
¿Qué te ha pasado hoy, me recrimina el blog? No es muy propio de ti, todo esto que estás escribiendo, ¿no? No sé, me he justificado, ¿ te parece mal que les mire? Supongo que a ellas no les molesta. Bueno, me dice el blog, me parece un comentario machista. Bueno, no sé, le he dicho yo, quizás debiera fijarme más en los hombres, pero no me va ese rollo. Tú estás mal…, ha dejado caer mirando para otro lado, un día hablas de la muerte y al siguiente de culos y tetas, es verdad que te ha debido dar mucho el sol. En la cabeza. Ya me callo, ya me callo, no te enfades. Si no escribo, te enfadas porque no escribo. Y si escribo, me criticas. A ver si te enteras de que estamos de vacaciones…y de que esto es un poutpurri. ¡Vamos hombre!

jueves, agosto 12, 2010

Tokio blues



Norvegian Wood, en su versión original. En honor a la canción de los Beatles con ese nombre y que uno de los personajes toca a la guitarra en varios momentos de la historia.
Interesante novela, ya antigua pues la escribió en 1987, de Haruki Murakami, un ídolo de la gente joven. La contraportada del libro incluye un comentario del crítico literario de El País quien adviertía que “Murakami, al igual que los Beatles, produce adicción, provoca numerosos efectos secundarios y su modo de narrar tiene algo de hipnótico y opiáceo”. Cuando comencé a leerlo me pareció una aprovechada exageración de los editores, pero ahora que ya lo leí debo confesar que algo de eso hay.
Cuenta una retorcida historia de enamoramientos tan intensos como imposibles. Cuenta decisiones trágicas de jóvenes que se suicidan en la flor de su vida, y otras que apuestan por vivir a pesar de las dificultades. Tiene de todo lo que un joven puede encontrarse en la vida: amistad, amores, enfermedad, sexo, suicidio, vitalidad, humor, ganas de vivir y ganas de morir. Quizás por eso es tan buena novela.
Watanabe, el protagonista tenía dos grandes amigos: Kazuki, el chico y Naoko, la chica. Aunque los dos estaban enamorados de Naoko, ella eligió a Kazuki. Pero eso no rompió su amistad. Él lo aceptó así y siguieron juntos. Un buen día (malo para él) Kazuki se suicidó y eso provocó un terremoto en el grupo y acabó llevando a Naoko a una seria depresión. Para recuperarse se interna en una especie de residencia-sanatorio donde todo está dispuesto para que los internos superen sus dificultades. La novela cuenta el reencuentro de Watanabe con Naoko y la reconstrucción de la relación con ella. Es un proceso largo y tortuoso pues ella está internada y él ha de combinar estudios universitarios y trabajo para poder mantenerse. En el ínterin van apareciendo otras relaciones, pero él no quiere romper el pacto implícito que tiene con ella y su compromiso de esperarla hasta que se ponga bien. Cosa que no sucede nunca. Más bien, al contrario, va empeorando y al final sufre una nueva crisis y acaba suicidándose también. Esa muerte es un nuevo desastre en la vida de Watanabe y le produce una fuerte desolación que le lleva a vagabundear durante un mes y casi a perder su salud física y mental. Pero es una muerte que, a su vez, le salva, porque de esa manera puede retomar su vida Midori y hacer efectivo el que había sido su amor (oculto bajo la capa de la amistad) durante los últimos años.
Ya me doy cuenta de que contado así parece un drama tremebundo. Pero no es verdad. Cierto que es un drama, pero cargado de vida. Junto a personajes dolientes y perdidos (Kazuki al que casi no conocemos salvo por referencias y la propia Naoko que es un sin vivir) hay otros personajes llenos de vida. Muy interesante es el personaje de Reiko, la compañera de Naoko en su casita de la residencia. Ella es algo mayor pero también sufrió lo suyo y tuvo que dejar a su familia (a su marido y su hija) para que no les perjudicaran las maledicencias que decían sobre ella. Pero a ella la salva la música (era profesora de piano y en la residencia toca la guitarra, sobre todo canciones de los Beatles, aunque su repertorio es enorme) y el sentido común. Pero con quien más me he identificado es con el personaje de Midori. Ella es una tía genial. Alegre, sencilla, poderosa, desconcertante. Lo mismo le dice que le encantan las pelis porno que le invita a atender a su padre moribundo. Los diálogos con ella tienen una frescura de lo más gratificante. Una chica así compensa cualquier espera. Estar con ella es siempre una aventura y crea adicción. Salió ganando Watanabe, perdió a Naoko pero ganó a Midori.
Resulta muy interesante cómo aborda Murakami algunos temas.
La muerte, por ejemplo. Me llama la atención que una novela con tanta presencia de la muerte resulte un icono para los jóvenes. Pero tampoco es de extrañar pues, en el fondo, los protagonistas son gente joven que vive la muerte en su entorno y no le queda más remedio que integrarla en su vida:

“Recién llegado a Tokio (es Watanabe quien habla de sí mismo), cuando empecé una nueva vida en la residencia, tenía un único propósito: tratar de no tomarme las cosas a pecho, mantener la debida distancia con el mundo (…) Al principio pensé que iba a lograrlo. Sin embargo, por más que intentase olvidarlo (la muerte del amigo), en mi interior permanecía una especie de masa de aire de contornos imprecisos. Con el paso del tiempo esta masa empezó a definirse. Ahora puedo traducirla en las siguientes palabras: ‘La muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella’.
Expresado en palabras, suena a tópico, pero yo en ese momento lo sentía como una masa de aire en mi interior. La muerte estaba presente en el pisapapeles, en las cuatro bolas rojas y blancas alineadas sobre la mesa de billar. Y nosotros vivimos respirándola, y va adentrándose en nuestros pulmones como un polvo fino.
Hasta entonces había concebido la muerte como una existencia independiente, separada por completo de la vida. ‘Algún día la muerte nos tomará de la mano. Pero hasta el día en que nos atrape nos veremos libres de ella’. Yo pensaba así. Me parecía un razonamiento lógico. La vida está en esta orilla; la muerte en la otra. Nosotros estamos aquí, y no allí.
A partir de la noche en que murió Kizuki, fui incapaz de concebir la muerte (y la vida) de una manera tan simple
.” (p. 37)
No resultaría extraña una reflexión de este tipo en una persona adulta. Yo mismo lo estoy viviendo así en estos últimos años. Esa sensación de que la muerte se ha mezclado con la vida, de que convivimos con ella, está en nosotros como cualquiera de esas enfermedades de las que somos portadores aunque no se manifiestan. Puede aparecer en cualquier momento. No sé si eso le resta dramatismo a la idea de morir o, por el contrario, se lo incrementa. Al final, da lo mismo. Pero llama la atención leérselo decir a un chico de 18 años (aunque puede ayudar a entenderlo que el personaje que lo dice lo está recordando 20 años después).
Otra idea interesante de la novela es la idea de normalidad. Los personajes andan siempre en el filo de la navaja, a mitad de camino entre normalidad y ese otro conjunto de situaciones que te hacen distinto. Debe ser una sensación típica del final de la adolescencia. Pero esa tendencia a la depresión, el miedo a la soledad o su búsqueda, la sensación de vacío, etc. hace de ellos unos personajes que parecen muy vulnerables. Cuando Reiko le cuenta cómo es la residencia donde ellas están, le va describiendo parte del personal que está bastante pasado de rosca:

“-Es como si el personal de la plantilla y los pacientes pudieran intercambiarse los papeles- dice Watanabe.
-¡Exacto!, -exclamó Reiko blandiendo el tenedor en el aire-. Veo que van entendiendo cómo funciona esto.
-Eso parece.
-Lo que nos hace personas normales es saber que no somos normales-reflexionó Reiko” (p.198)
No está mal como reflexión para los educadores. Saber que no somos normales (o, quizás, saber que la normalidad es un concepto difuso) es lo que nos hace normales. Y además nos ayuda a no segregar a nadie, a no ponernos demasiado exquisitos cuando analizamos los comportamientos de los otros.
Tampoco faltan reflexiones sobre la enseñanza. Al fin y al cabo, Reiko era profesora de piano. Ella pensaba, además, que lo hacía bien. Y por una razón que me gustó mucho:

“-Soy mucho más paciente con los demás que conmigo misma, y sé sacar el lado bueno de las personas. En resumen, soy como el rascador de una caja de cerillas.(…)
Porque desde la primera vez lavi me di cuenta de que odiaba que la presionaran. Asentía con amabilidad a lo que le proponía, pero hacia exclusivamente su santa voluntad. La dejaba tocar como quisiera. Luego yo interpretaba la misma melodía de diferentes formas. Y discutíamos qué interpretación era más correcta. Después le decía que volviera a tocarla. Su interpretación mejoraba bastante con respecto a la anterior. La niña intuía las mejoras y se corregía” (p. 201)
¡Qué buen sistema didáctico! Claro que para eso hay que saber hacer la tarea y saber hacerla de formas diversas. Y luego que tener un solo estudiante da mucha holgura para poder hacer cosas. Con todo, ojalá los profesores de conservatorio tuvieran ese buen ojo didáctico.
Resulta graciosa la conversación que Watanabe mantiene con el padre moribundo de Midori. Él está más en el otro mundo que en éste pero él le cuenta cosas. Y no banalidades. Le habla de lo que él está estudiando en su curso de historia del teatro. De Sófocles, Esquilo, Eurípides y la tragedia griega.

“La característica de su obra (se refiere a Sófocles) radica en que hay diferentes cosas que se van complicando las unas con las otras hasta que cualquier movimiento se hace imposible. Salen muchos personajes, cada uno con sus propias circunstancias, razones y quejas, todos persiguiendo, a su modo, la justicia y la felicidad. Por ello, todos acaban encontrándose en un callejón sin salida. Lógico, ¿no le parece? Es imposible que prevalezca la idea de justicia, que todos alcancen la felicidad. Y se produce el inevitable caos. ¿Entonces qué cree usted que sucede? En realidad algo muy simple. Al final aparece un dios. Y controla el tráfico. Tú vas para allá, tú te quedas aquí. Tú te juntas con aquél, tú te quedas aquí un rato quieto. Todo se resuelve. A esto le llama ‘deus ex machina’. En las obras de Eurípides suele aparecer casi siempre un deus ex machina y sobre este punto la crítica está dividida.
“Sería tan cómodo que existiera un ‘deus ex machina’ en el mundo real. ¿No le parece? Cuando alguien pensara ‘¿y ahora qué hago? Estoy atrapado’, un dios bajaría deslizándose desde lo alto y lo resolvería todo. Nada podría ser más fácil. En fin, esto es Historia del Teatro II. Éstas son las cosas que estudiamos en la universidad” (p.253)
Simpático discurso. Y más imaginándolo delante de la cama de un enfermo terminal en el hospital. Él lo reconoce en la novela: “Mientras charlaba, el padre de Midori me miraba con ojos turbios, sin decir nada”. Alucinando, debería estar el pobre. Pero resulta tierno: él no le conocía de nada, era la primera vez que acompañaba a su amiga a visitarlo y para que ella descansara un poco, le dijo que saliera a dar una vuelta y que él se encargaba de atender a su padre ese rato. Y le habló de lo que tenía en la cabeza. Me trae muchos recuerdos esa situación. También me tocó hacerlo en muchas ocasiones. Resulta mucho más fácil de lo que parece. Tú hablas y eres consciente de que es menos importante lo que dices que el hecho mismo de hablar, de que suene tu voz en un tono agradable que sirva para tranquilizar al enfermo.
Bueno, hay otras cosas interesantes en la novela: la aproximación al sexo y las primeras incertidumbres; el sexo como lenguaje y la forma tan diversa de aproximarse a las relaciones íntimas entre unas chicas y otras. Pero lo más interesante de todo es el canto al amor que se desarrolla a lo largo de toda la novela. Toda ella gira en torno al amor y a la muerte, en torno al amor y a la vida. Te va a encantar, me dijo mi hija, gran fan de Murakami. Y es verdad. Me encantó.

El amor y los recuerdos



Ayer fuimos a ver la obra de teatro “Una relación pornográfica” protagonizada por Joan Ribó y Pastora Vega. El hecho de que también en la vida real ambos hayan formado recientemente pareja tras romper sus matrimonios anteriores le daba cierto morbo añadido a un título que ya de por sí no te deja indiferente. Y , qué duda cabe, de que ambos son magníficos actores. Para algunos de nosotros, Joan Ribó, fue el gran rompedor del pudor teatral en los años 70 con aquel desnudo integral en Equus. O sea que la cosa se prometía entretenida. Y la verdad es que no había una sola plaza libre.
La obra plantea, entre otras muchas cosas interesantes, la cuestión de las fantasías sexuales, sobre todo en las mujeres. Y eso me preguntaba yo al entrar en el cine, rodeado de grupos de señoras muy mayores que sonreían picaronas: ¿qué esperarán ellas de una obra de teatro con ese título? Porque estoy seguro de que pocas de ellas conocían el argumento. Tampoco lo conocía yo. Después supe que se trataba de la versión teatral de un film francés del año 99 (“Une liaison pornographique” que en España se tradujo como “Una relación privada” para evitar el efecto disuaorio que para algunos pudiera tener el título original). El que fuera autor del guión del film Phillippe Blasband, ha sido también su adaptador para el teatro, así que cabe suponer que se ha mantenido fielmente el sentido original.
Desde el punto de vista teatral está muy bien desarrollada, con una coreografía minimalista (dos sillas, una a cada lado del escenario, cada una con un vestidor; una mesa de cafetería que va saliendo y entrando en escena según avanza la historia; y una cama que aparece esporádicamente), una música suave que sólo intensifica el tono en momentos dramáticos y un juego de luces perfecto (con esa imitación de gran ventanal sobre la ciudad que se va abriendo cada vez que ellos se reúnen en el café). Imposible conseguir efectos teatrales tan eficaces con recursos tan sencillos. Con ello se consigue, además, que toda la atención se concentre en el texto sin demasiados estímulos periféricos que te distraigan.
Porque, sin duda, lo mejor de la obra es el guión. La historia que cuenta no es extraordinaria pero como se refiere a las relaciones de pareja y a sus vaivenes, enseguida te atrapa. Una voz en off (¿un terapeuta?) va entrevistando por separado a una pareja sobre la relación que ambos vivieron hace unos años. Se supone que las entrevistas se hace a cada uno por separado, pero la magia del teatro las convierte en simultáneas (cada uno en su rincón) y así vamos viendo en paralelo cómo cada uno vivió aquellos momentos. Una idea brillante. Y mientras van contando la historia, como si se tratara de flashback cinematográficos, ellos van reproduciendo sobre el escenario algunas de las escenas que están contando. Una magnífica sintaxis teatral. ¡Qué grandes posibilidades ofrecer el buen teatro! Por eso cabrea tanto cuando te encuentras con trabajos pésimos, mal montados, con escenografías irrelevantes. Pero aquí sucede todo lo contrario: con unos pocos elementos se puede contar de forma brillante una historia compleja.
Ya decía que la historia era lo mejor. Bueno, al menos para mí, obsesionado por las relaciones humanas. La historia que nos cuentan es la de una pareja que se conoce a través de anuncios de contactos. So objetivo inicial es mantener una relación estrictamente sexual y con tal motivo quedan para verse cada jueves. Inicialmente ambos están satisfechos con sus encuentros esporádicos pero poco a poco la familiaridad les va llevando al conocimiento mutuo (salvo en temas de identificación personal: nombre, estado, teléfonos, etc.) y va apareciendo el cariño. Lo que era extraordinario se convierte en ordinario y eso eleva de rango la relación. Ya no es sólo el sexo de los jueves. También quedan algún día a cenar. Hablan. Piensan en el otro. Suspiran o temen el encontrarse. En fin, la relación sexual se convierte en relación personal. Atípica, voluntariamente opaca, intensa. Pero los momentos van dejando paso a la duración, lo esporádico a la continuidad y el deseo sexual al deseo del otro. La relación cambia de nivel y el montaje que se habían planteado se va desmoronando. Ya no vale jugar al pasárselo bien un rato los jueves, las cosas adquieren perspectiva, se tiñen de emociones y afectos. Ya no es sexo, es amor. Y cuando ambos han descubierto que están pisando otro terreno, cuando ambos se sienten bien en él, cuando su anhelo del otro les lleva a prepararse para dar el salto, entonces se sienten incapaces y en lugar de decir el “sí” se quedan en el “no”. ¿Miedo? ¿Estupidez?¿Realismo?¿Mero recurso dramático del autor? No lo sé, la verdad. Pero te quedas mal porque no se ve que haya motivo alguno que les impida seguir disfrutando de su relación, ahora en otro plano distinto.
Como puede verse, una historia con mucho jugo. El tema de las relaciones, y más aún si van adobadas de sexo, tiene eso, que nunca te deja indiferente. Cuando el entrevistador preguntaba por qué habían puesto aquel anuncio de contactos, el chico dijo que por “experimentar”. Pero ella habló de “cumplir una fantasía sexual” que durante mucho tiempo había estado rondando su cabeza. Y mencionó cómo eso era normal en las mujeres. Bueno, en las mujeres y en los hombres. Todos hemos tenido (y tenemos) esas fantasías. El entrevistador le preguntó qué fantasía era esa, pero no se lo quiso decir. Dijo que había muchas, por ejemplo el sexo en grupo. Mientras ella decía eso, el señor que estaba sentado delante de mí daba con el codo a su pareja y le preguntaba con un gesto si ella también tenía esa fantasía. Ella le dijo que no. Me pareció que eso le dejaba frustrado. Luego la actriz mencionó otras: ser violada por un gorila, por ejemplo. El de la fila de delante ya no hizo gesto alguno. Le debió parecer demasiado heavy. De todas formas, el tema de las fantasías sexuales rondó durante toda la obra. Pero nos quedamos sin saber cuál era esa fantasía. Una pena.
Muy interesante es cómo él y ella responden de manera diversa a las mismas preguntas. Parece lógico que cada uno vivió una versión diversa de la relación.

¿Relación pornográfica? Sólo en la imaginación de quienes asistimos a la obra. Muy interesantes son las palabras del director del film, Fréderic Fonteyne: "En la entrevista descubren que los dos vivieron esa historia de amor tres años antes y no se la han quitado de la cabeza, por eso necesitan contárselo a alguien, sino dejaría de existir. Lo pornográfico de la película es precisamente eso, que se desnuden ante una tercera persona. Eso me sirvió para trabajar sobre distintos niveles de emoción. Lo que se siente al enamorarse y luego al recordarlo, y resulta que lo más emocionante es ese recuerdo".
De hecho, al final, ésa es la gran moraleja de la obra: cómo se construye el recuerdo de una relación. Para el director, el recuerdo supera en emoción a la propia relación. Puede que sea cierto. Nosotros le llamamos nostalgia. Al igual que la expectativa de algo, cuando es fuerte, suele ser superior a momento en que ese algo se produce. Eso dicen que pasa con la droga. Con el recuerdo debe pasar algo parecido. Uno puede filtrar el recuerdo y enriquecerlo (o empobrecerlo), cosa que no puedes hacer con la realidad de la relación. Dice el director de la obra en el prospecto: “Lo que permanece después de una historia de amor no es el amor, sino la historia. Todo lo que de ella recordamos y todo lo que de ella hemos olvidado”.
Fantasías sexuales y recuerdos. Todo un programa para solazarse en una noche de Agosto.