domingo, julio 05, 2009

Sesenta años, cincuenta amigos…y una cabra.





Fue una gran fiesta. Hermosa. Original. “La fecha se lo merecía”, me dice Ángel. “Y el personaje”, le matiza mi otro ángel. No creo que sea eso. Es que mis amigos son así. Exagerados en las cosas que hacen.
Cumplir sesenta años no es cosa de gusto. O, dados los tiempos que corren, quizás sí. He ido dejando a tanta gente querida en el camino que, aunque el cuerpo me pide hacer una contabilidad negativa (¡uno menos, tío!), la gratitud con la vida me obliga a considerarlo como un gran regalo (¡otro más!) de los que se me van concediendo. El hecho mismo de que quisiera celebrarlos (y por segunda vez) ya indica que tampoco me lo he tomado tan mal. Y que, pese al acojono coyuntural, los años no me asustan.
Ya los celebré con mi familia navarra. Y fue hermoso, como son las cosas de la familia: cuantos más años va teniendo uno más cuenta se va dando de hasta qué punto la familia, las familias a las que uno pertenece son importantes. Ahora lo quería celebrar con la familia gallega y con los amigos. 60 años dan para tener muchos amigos. 60 años, sesenta amigos, me había planteado. Al final no pudieron ser tantos, se quedaron en 50. También porque los amigos que quedan con esa condición son aquellos que comenzaron a aparecer en nuestra existencia en la universidad. Y desde ahí hasta ahora.
Y así fue. Vinieron los amigos de la carrera, ese grupo hermoso y fiel que se ha ido manteniendo unido durante treinta y ocho años. Todos nosotros vivimos intensamente nuestros estudios de Psicología en la Complutense. Eran años hermosos aquellos (del 68 al 73), de lucha e incertidumbre política en el exterior y de fuerte motivación e intensas emociones en el interior. Después la vida nos llevó por caminos diferentes, pero seguimos igual de unidos. Y lo gracioso es que es ahora cuando quizás uno valora más esa relación. Cuando puede verla en perspectiva y hacerse consciente de la importancia que cada una de esas personas, por una razón u otra, han tenido para ti.
También vinieron los amigos actuales. Los de la pandilla. Los de la cabra. Ese grupo de locos y locas cariñosas, tan distintos entre sí, pero capaces de sentir necesidad de los otros cada pocos días. Necesidad de verse, se salir a cenar, de compartir platos, de charlar, de despotricar contra medio mundo, incluyendo nosotros mismos. Capaces de mantener conversaciones absolutamente serias y profundas junto a otras desmadradas del todo. En fin, los amigos de los días de diario y también los de las grandes fiestas. También ellos fueron. Por supuesto, con la enciclopedia rotativa que como los malos regalos de antes nos vamos pasando de uno a otro como castigo inmisericorde. Pero esta vez, además (¡cabrones!), me regalaron una cabra. Yo les había pedido un cortacésped. Y según ellos, eso fue lo que hicieron, regalarme un cortacésped ecológico, que para eso las cabras se comen todo lo que pillan. “Te va a dejar la era como los chorros de oro”, me decían mientras se descojonaban. A ver qué demonios hago yo con la cabra ahora. Suelta no la puedo dejar porque allá se van las flores y todo el copetín. Y dejarla atada parece un castigo inmerecido. Animalillo. El caso es que ahora tengo sesenta años y una cabra atada a un poste. Ya veremos.
Y junto a estos, todo un puñado de gentes que uno ha ido queriendo a lo largo de estos muchos años. Amigos de la Facultad. De esos muy pocos. Pasar de colega a amigo en el trabajo es un salto cualitativo difícil, y cuando acontece resulta excesivamente coyuntural. Enseguida aparecen situaciones que someten a crisis la relación y todo se va al carajo o, simplemente, se queda en situación de stand by. Pero con algunas personas el aprecio se convierte en cariño sincero, en complicidad, en complementación. Te sientes más fuerte con ellos y ellas, pero no porque te debas fidelidad (con frecuencia defendemos posiciones contrarias) sino porque por alguna especial razón, que ni siquiera suele estar clara, siente fe en esa persona, sabes que nunca te hará daño sino, al contrario, te apoyará y ayudará a resolver los problemas en que te metas.
Y también vinieron amigos que nada tienen que ver con el trabajo. Gentes con los que te vas cruzando por muy diversas circunstancias y que se quedan en tu vida. Son como las drogas. Una vez que las toman generan dependencia. Tu organismo, tu vida necesita de ellas para funcionar. Quizás “necesitar” no sea la palabra correcta. Podrías sobrevivir sin ellos pero sientes una alegría enorme cada vez que los vez, cada vez que sabes algo de ellos. Te preocupan. Te hacen feliz. Hubo muchos de estos amigos y amigas. También es difícil pasar del “conocimiento”, casual o repetido, a la verdadera amistad, pero cuando ese salto se da, es gente que se instala en ti que llena tu espacio. Aquí llenar no es ocupar, sino lo contrario, lo expande, lo crea. Los amigos van creando esas redes que amplían nuestro tan cortito espacio personal. Eso es justamente, lo que nos da la vida.
Bueno, demasiado rollo pera decir, simplemente, que allí estuvieron mis amigos. Los de verdad. Cada uno de ellos por una o varias razones particulares. No soy una persona excesivamente expresiva en mis afectos, pero sé querer a la gente, y, a veces, como ésta, te sorprende ver que el afecto, el cariño y la consideración son mutuos. Tampoco me gusta mucho ser protagonista (o quizás sí, no sé). En todo caso, prefiero que sean otros los que reciban los homenajes, y participar yo en dárselos. Pero esta vez me tocaba a mi y tuve que hacer de tripas corazón para aguantar, a ratos, las ganas de llorar.
Decía Felipe González que “Dios nos libre del día de las alabanzas”, porque eso significa que estás mal o que te van a sustituir. O que estás de aniversario, se podría añadir. Entonces, los amigos escogen lo mejor de ti y crean una imagen maravillosa. Tú ya sabes que no eres así (bueno, ellos también lo saben) pero es lo que hay que hacer ese día. Así que dijeron cosas hermosas. Y entre las bromas propias del día (los sesenta dan mucho juego para meterse con uno) los mensajes fueron muy cariñosos. Nuestro vate oficial para estas ocasiones, el doctor Gestal se fue por los consejos terapéuticos (con especial insistencia en la próstata, por supuesto); y Luis Martín, echó mano de sus urdimbres psicoanalíticas para trenzar un discurso sobre la amistad tan llenó de emoción que acabamos los dos con lágrimas en los ojos. Y luego el vídeo donde Juan Manuel, Celia y Jesús, con el apoyo táctico de Elvira, trataron de reconstruir algunos hitos básicos de estos muchos años. Un vídeo precioso de las muchas cosas que hemos vivido juntos y lleno de emociones fuertes que tendré que volver a ver a solas para saborearlo como se merece.
Como decía al principio, fue una fiesta hermosa. Hermosa porque tuve a mi familia, la pequeña y la grande, a mi lado. Porque tuve a un montón de amigos de todos estos años acompañándome y disfrutando conmigo y con los míos. Hermosa porque el pulpo y la carne al caldeiro que nos preparó Urbano estaba deliciosa. Porque los amigos gaiteiros de Casa grande de Remesar hicieron un hueco para venir a amenizarnos la velada y forzarnos a bailar. Porque nos desgañitamos cantando esforzadamente aunque con escasa organización gracias a los libretos de Ángeles y Fernando. En fin, hermosa porque los amigos vinieron cargados de regalos (cosa que no debían hacer) que me dejaron abrumado y con muchas deudas pendientes con ellos. Pero buenos, eso es lo que gustan hacer los amigos.
En fin, que celebré por segunda vez mi sesenta aniversario. Ya soy un poco mayor. Y ahora, además, con una cabra atada a un poste. ¡Cabrones!.

domingo, junio 14, 2009

FROM LONDON WITH HOMESICKNESS


¿Y no podrías resumir la semana?, me acaba de decir el diario cuando regresábamos del paseo vespertino. Está extrañado. Para él también es todo distinto aquí. El ritmo de vida, las cosas que hacemos, lo que se oye en la calle o en la televisión. Pero no solo eso, también todo lo que nota en mí, los sentimientos, el cansancio, la comida, la soledad. Me mira de forma extraña. A veces me da la impresión de que me compadece, pero como al final no deja de ser un diario, pues va a lo suyo. Una ocasión magnífica, insiste. No es fácil, me excuso, ya ves que estoy abrumado y un poco depre. Razón de más, me dice, siempre insistes en que escribir es una buena catarsis. En fin no sé, acabé diciéndole, tengo mucho que hacer. Pero luego encendí el ordenador y me puse a escribir. Y aquí estoy.
Resumir una semana tan intensa no es nada fácil, pero si dejo pasar más tiempo aún será peor. No sé si lo malo es lo mucho que hay que contar o si el mal está en las pocas ganas de hacerlo. En todo caso ha sido una experiencia intensa. Empezando porque, como suele ser habitual, llegada la hora de emprender el viaje, lo habría anulado con gusto. Pero era un compromiso que tenía conmigo mismo y, al final, pese a los múltiples inconvenientes que se van acumulando, cerré los ojos y me lancé. Tomé el avión y llegué a Londres siguiendo el guión previsto. Ningún problema en la llegada, salvo una larguísima cola en el control de pasaportes. Decíamos que con estar en Europa eso ya no pasaría, pero no ha cambiado nada. Te ponen en otra fila pero tardas lo mismo. Me estaban esperando en el aeropuerto (había contratado el pick up con anterioridad) y sin más contratiempos (salvo un atasco de mil diablos para entrar en la ciudad: tres horas tardamos para una cosa que no debería durar más de 45 minutos) empezó la experiencia londinense.
Llegamos a los apartamentos y también fue fácil. Están en Inverness Terrace, a 25 metros de una entrada al parque de Kensington Gardens y Hyde Park. Me dieron uno en el 4º piso, sin ascensor y con unas escaleras larguísimas. En un edificio antiguo precioso pero sin restaurar, con techos altos. Así que subes 4 pisos pero parece que fueran 7 u 8. Y yo que traía un maletón acabé sudando la gota gorda. Pero el apartamento está bien. No es una suite (aunque su sombre sea ése: Hyde Park Suites) pero te permite estar a gusto, sin agobios. Una cama grande, una mesa de trabajo pequeña, una cocina aceptable y un baño en el que tienes que entrar de lado. Eso sí no te hacen la cama ni te cambian las sábanas y toallas más que una vez a la semana, así que me he sentido como en mis tiempos de estudiante: con todo manga por hombro, la cama sin hacer y todo esparcido por cualquier parte.
El lunes por la mañana comenzaron las clases en la London School of English. Me queda como a unos 25 minutos andando y, prevenido como soy, ya había ido la tarde anterior a ver dónde quedaba, pero no la encontré. El lunes, en cambio, di con ella a la primera. El comienzo fue muy formal. Se les nota que tienen una enorme experiencia. Nos recibieron en el comedor de la escuela. El director nos saludaba y nos daba una carpeta con informaciones. Pero los primeros momentos es como organizar al ganado: van apareciendo los profesores con una lista, dicen los nombres de los que van con ellos y vas a una clase donde te piden que prepares tu propia presentación. Pero al rato vienen a buscarte para que mantengas una conversación con otro compañero de tu grupo y le hagas preguntas y contestes a las suyas. Y eso delante de tres profes que te están evaluando. La consecuencia fue que me cambiaron de grupo (no lo debí hacer demasiado bien).
Eran las 9,30 de la mañana y ya había pasado todo eso. En el grupo me encontré con un ruso (ingeniero químico), un japonés (asesor de empresas), una búlgara (arquitecta) y un francés (manager empresarial). Muy internacional. El ruso y el francés ya llevan varias semanas en la escuela, así que se les nota duchos, la búlgara apenas habla nada de inglés y el francés poco. Así que yo estoy un poco en el medio.
Y así comenzó la parte esencial de la semana. Clases por la mañana y por la tarde hasta las 4. Pero con muchos “breacks”. Siguen a rajatabla no tenerte más de una hora u hora y poco seguidas en clase. Se para 15 minutos y se sigue. Y son minutos exactos: si acabas cinco minutos más tarde, comienzas 5 minutos más tarde. Muy formal todo, como decía.
My teacher is Anne, una chica joven. Es agradable pero no próxima, se ha socializado mucho en ese formalismo que rige las cosas aquí. Otros docentes parecen más amigables. De todas formas se pasa bien con ella, nunca critica nuestros errores (aunque los anota en un papelito y luego te lo pasa con la corrección, es una buena cosa). Bueno hemos hecho muchas cosas (5 horas seguidas al día dan para mucho), nos manda tarea para casa y parece que algo vamos avanzando. Parece, al menos.
Acabamos a las 4 de la tarde. Una buena hora para poder hacer otras cosas más turísticas después, pero esta semana yo no he podido. Tenía trabajos que hacer de España con fecha tope de entrega, así que me quedaba un rato más trabajando en la Escuela y después me venía al apartamento. Cualquiera que lo piense, yo mismo sin ir más lejos, ve enseguida que es un plan nefasto. Del apartamento a la escuela y de la escuela al apartamento. Y eso estando en Londres. Difícil de creer, pero así fue. Y eso fue incrementando mi pesimismo y mis nostalgias. ¿Merece la pena el esfuerzo que esto supone? Me lo he preguntado mil veces estos primeros cinco días. Pero el Viernes amaneció un buen día y sentí que no podía seguir así. Al acabar el curso seguí un poquito más pero me vine pronto al apartamento. De camino compré cosas buenas en Mark and Spencer (hasta entonces apena había comido más que fruta), incluí una botella de vino y algún otro mimo. Lo dejé todo aquí y me fui a pasear por el Hyde Park. Hacía una tarde preciosa, cientos de parejas retozando en la hierba, muchísimos grupos jugando al futbol o al beisbol. En fin, comencé a vivir Londres. Fue una paliza pero mereció la pena.
El sábado me quedé toda la mañana leyendo en el apartamento (me fue imposible dejar la novela de Larsson, la segunda de la serie Milenium, hasta acabarla). Comí algo y me marché al centro. Sin saberlo me encontré con el Palladium en Oxford Circus donde estaban haciendo el musical SISTER ACT, tuve suerte y encontré entrada, además buena para esa tarde. Me dí un paseo por el SOJO, cené a las 6 (¡qué locura!) en uno de los chino y me fui al Teatro. Estuvo magnífico el musical, todo vitalidad, de esos que te hacen sentir bien (me recordó a Mamma Mia). Y después a dormir.
Y así, entre unas cosas y otras hemos llegado al domingo. Por la mañana me he ido hasta Portobello, pero ha sido una frustración de cómo yo lo recordaba. Se ha convertido en un mercadillo decadente. He comido en casa y me he atrevido a hacerme un buen entrecot (primera vez que como carne en toda la semana) que me ha sentado divinamente. Una buena siesta y a media tarde (hacía un calor terrible que no invitaba a salir) me he ido hasta la Universidad de Londres para ver dónde queda el Instituto de Educación a donde pretendo ir desde mañana todas las tardes. De paso miré los horarios del British Museum, que cierra a las 5,30 (¡hay que ver cómo se lo montan estos ingleses!).
Pues nada, aquí estoy, son las 9,30 de la noche y tengo que ponerme a hacer los deberes. Mañana entrará nueva gente y tendremos que volver de nuevo a las presentaciones. A ver si esta vez llevo algunas fotos de Galicia y Santiago para adornar mi presentación. Así que comienza otra semana, pero ahora ya se ve la salida del túnel. Y además tengo vino en el apartamento. La cosa pinta mejor.

domingo, mayo 31, 2009

¡OSASUNA, OÈ, OÈ OÈ!


Un año más hay que llegar a la orilla con el agua al cuello. ¡Qué nervios, señor!, ¡qué agobio!, ¡qué taquicardia! ¡Qué mal se pasa!
Hace unos días, cuando el Barcelona ganó al Manchester United la copa europea, en el hotel de Santiago de Chile donde estaba todo el mundo me felicitaba. Se debía notar a la legua que era español y que estaba en ascuas. Hasta me dejó la dirección del hotel un regalito en la habitación: un plato lleno de una fruta muy bien envuelto en celofán.
Pero lo de hoy ha sido infinitamente mejor. Más próximo, más visceral. Uno no deja nunca de ser navarro. Y aunque reconozcas que a veces da pena verlos jugar, es imposible sentirte indiferente. Así que, aunque lo de hoy me va a costar una ración doble de medicamentos anti hipertensión, ha merecido la pena. Otro año más. Otro premio gordo del destino.
Me acordé mucho de ti, Javier. Aquella foto con tu hija Nerea celebrando feliz y entusiasta un gol del Osasuna, es el recuerdo con que me gusta recordarte. Y supongo que ella estaría hoy allí en el campo, echándote mucho de menos. Espero que hoy hayas sentido algo especial y que hayan llegado hasta ti los gritos y las lágrimas de alegría de los aficionados del campo y los de fuera. Incluso los que anden por ese otro mundo contigo. Pero no quiero ponerme triste, sólo celebrar contigo y con tus recuerdos la remontada de nuestro Osasuna. Y eso que tengo claro que esta alegría de hoy es sólo el inicio de otra serie de malos tragos que seguirán durante la próxima temporada. Pero qué vamos a hacerle. Es el Osasuna.En todo caso, ronco hasta más no poder, ahí va mi grito de guerra un año más: ¡OSASUNA, OÈ, OÈ, OÈ!

sábado, mayo 30, 2009

Ars viajandi.

Entrar en el aeropuerto de Barajas, sobre todo cuando vienes de regreso, está resultaldo como recalar en un espacio protegido.¡Finalmente!, tiene uno ganas de decir cada vez que tomas tierra e vas recorriendo los complejos itinerarios por los que te van conduciendo. Pero todo suena a conocido, te conoces el camino, estás en casa. O casi.
Pues aquí estoy de nuevo. De regreso de Santiago de Chile donde he pasado casi una semana. Al final, tuve que adelantar el regreso porque no me sentía demasiado bien (la condenada espalda) y porque ya se me estaba haciendo demasiado largo y pesado un viaje de casi una semana. Tuve suerte y la penalización fue escasa, Mucho menos, desde luego, de la alegría de saber que estaría en casa dos días y pico antes de lo previsto.
Me pasa casi siempre eso en los viajes. Se aceptan con ilusión cuando aún falta tiempo para hacerlos. "Bueno, va, piensa uno cuando le invitan, eso está a cuatro meses vista". Y se anima a aceptar. Luego, a medida que se va acercando la fecha, comienzan las dudas; el compromiso anterior colisiona con otros nuevos que han ido surgiendo en el interim, te apetece poco el iniciar el proceso de un nuevo viaje. En fin, que llega los dían anteriores my no te importaría nada suspenderlo. Pero ya no puedes pues estás cazado: ya están los billetes que no se pueden devolver, ya está convocada la gente para el evento al que vas a asistir, ya está en marcha el esfuerzo de mucha gente. Así que las marchas suelen tener ese sabor agridulce de quien quiere y no quiere.
Después vienen los viajes. Los hay mejores y peores. Ahora las compañías están en plena crisis y los aviones ráramente se completan. Así que la esperanza de que te pasen a Preferente se diluyen. De hecho, ya he perdido la esperanza. Menos mal que me ha salido la file 35 que es como una especie de fetiche. No suelen colocar a nadie en esa fila. Queda muy atrás, tiene solo tres asientos y la parte del medio, cuando los aviones van vacíos suelen quedar libre. Así que esa bendita fila es la que me ha ido salvando en los últimso viajes. Tenga yo cual tenga (normalmente las primeras salidas de emergencia) me marcho para la 35 y espero expectante hasta el cierre de puertas esperando que nadie vaya para allí. Hasta ahora he tenido suerte y eso me ha permitido ir y venir tumbado desde Buenos Aires y Sao Paulo.
La llegada a los países depende mucho de la amabilidad de los anfitriones. En unos casos se desviven ya desde la entrada. Te buscan en el aeropuerto, te llevan al hotel, se ponen a tu disposición para lo que precises. En otros casos, de dejan a tu suerte. Cada vez me gustan menos, estos convites formales. Uno está en edad de que le mimen. Te hace sentirte de otra manera. Mi última experiencia brasileña no fue buena en ese sentido. Demasiado profesional y fría. No me gustó y será la última vez que cuenten conmigo. En cambio, Buenos Aires y ahora Chile ha sido un magnífico aceptable de lo contrario. Uno e da cuenta de que la gente tiene sus compromisos familiares y profesinales y de que no puede estar pendiente de ti. Eso resulta lógico y hasta se agradece. También se necesita un poco de libertad de movimientos. Pero se nota enseguida si tu presencia es importante para ellos o es sólo un trámite que han de cumplir para llevar a cabo sus planes (y que pudiera estar cualquier otra persona allí para hacerlo).
La cosa es que cuando llegas al hotel, te inunda una especie de depresión incipiente que precisas controlar de inmediato, salvo que te rindas y acabes amuermado. Así que lo que yo algo es salir a pasear por la ciudad. A matar el miedo, la inseguridad, el cansancio. Y me viene bien. Es como si te adueñaras del nuevo contexto. Después de eso, ya puedes volver al hotel y descansar. ya has sentado tus reales en un nuevo lugar.
Luego llegan los compromisos que te han llevado allí. Y poco a poco te van asentando en el nuevo luegar. Incicias nuevas rutinas (eso es fundamental) y tratas de ajustarte a los horarios y ritmos del nuevo espacio. Al principio lleno de excitación y expectativas y, según va pasando el tiempo en plan más normalizado. Y te acabas adaptando y siendo uno más en ese entorno.
Pero a medida que van pasando los días y apareciendo los huecos (esos ratos en que no haces nada) resurge la cuestión eterna: ¿y qué demonios hago yo aquí? Con lo bien que estaba en mi casa, haciendo mi vida normal... y aquí estoy a 15000 kms. haciendo el panoli. Y es el prmer síntoma de que ya estás pensando en el regreso. Es una sordina lenta al inicio y que poco a poco se va haciendo más estridente y pesado. Y comeinzas a barajar la posibilidad de anticipar el viaje, a sentirte ligéramente incómodo, a importante menos lo que haces allí.
Con frecuencia, los cambios no son posibles. Los billetes ahora van cerrados y sin posibilidad de cambio. O con cambios sujetos a penalización. Te resignas. Otras veces no. Esta vez, pagué gustoso la penalización ante la posibilidad de regresar dos días antes. Aunque eso significó forzar mucho mi última intervención en el Congreso al que asistía. Tuve que pronunciar mi última conferencia con todo el mundo angustiado con si perdería el avión, sin posibilidad de preguntas ni de despedidas. Pero, a mí me mereció la pena. Pese a reconocer que este viaje a Santiago de Chile ha sido muy interesante y que he aprendido mucho. Pero volver tiene un atractivo especial. Irresistible.

sábado, mayo 16, 2009

Sixty years old



“Bueno y qué tal, ¿cómo lo llevas?” Es el sambenito esperable de estos días postaniversario. Uno debería tener ya una respuesta estándar para salir del paso, pero hasta eso se te hace duro. Dudas entre la postura pasota de quien quiere hacerse el distraído y no darse por enterado (“Pues exactamente igual que ayer…”) o pasar directamente al terreno de los idiotas (“…y, si me apuras, hasta te diría que mejor”). De todas formas no sé si es peor la pregunta o los comentarios posteriores con analogías del beneficio del tiempo sobre los buenos vinos, el queso y esas otras pocas referencias gastronómicas o culturales que mejoran, o eso dicen, con el paso del tiempo.
Pero asusta. Y no tanto por el año que te cae encima. Al final, la diosa de la edad es bastante compasiva con los humanos y nos va dando años de uno en uno para no sobrecargarnos en exceso. Así uno va teniendo tiempo para irse acostumbrando y ganando músculo para soportar los siguientes. Lo fastidioso es que cada vez vienen más rápidos. Casi no tienes tiempo para acomodar el anterior ya está aquí el siguiente para que le hagas hueco. Eso no pasaba antes. Esto es como el encierro, que vas todo el tiempo con los cuernos en el culo. Te parece que ya te has librado de un toro que a punto ha estado de pegarte la cornada y a nada que vuelves la vista a atrás ya tienes a otro a punto de embestir. Corren mucho estos jodidos años, cuanto más viejos van siendo más velocidad traen. Debe ser por la inercia. Y por la mala leche, supongo.
En todo caso aquí estamos. Los de la botella medio llena te dicen que afortunado de ti que has llegado. Pero si eso es ser optimista que venga dios y lo vea. Los de la botella medio vacía son más pragmáticos y te hablan de las nuevas modalidades de jubilación que ofrece la universidad del interés de hacerse un buen seguro de vida. En ambos casos, las conversaciones son bastante poco interesantes.
Yo voy a intentar buscarle perspectivas algo más atractivas. En primer lugar, aplicaré uno de mis deseos (supongo que tengo hasta sesenta deseos para todo este año, como los funcionarios tienen sus moscosos) a que gane el Osasuna hoy contra el Sevilla porque si no va jodido. Espero que los idus de Mayo nos ayuden en eso. Y en segundo lugar, voy a ir escapado a aprovecharme de los privilegios que me otorga esta nueva etapa de mi vida: ya estoy marchando a sacarme la tarjeta dorada para conseguir los descuentos del AVE, los museos y los cines.
"Mala cosa eso de las tartas que has incluido, me recuerda el blog con cara de malicia, recuerda que tienes que cuidar el colesterol". Ya están los gafes, me he dicho para mí. Esto de los sesenta se me va a hacer más cuesta ariba de lo que esperaba.

sábado, mayo 02, 2009

Nueva York



Es fácil hablar con los buenos amigos. Quizás sea eso la amistad, la facilidad para despojarte de prevenciones y abrirte sin recelo a la posibilidad de contar, de contarte. Y no es que tengas que contar intimidades truculentas. Es mucho más sencillo, es contar lo cotidiano, lo que en otro contexto carecería de importancia, pero cuando estás con alguien a quien sí le importas incluso lo irrelevante da juego en la conversación.
Y así fue, en unas pocas horas nos pusimos al día. Ellos me contaron de su vida en este último año. A ella le habían ascendido en su status académico y ahora estaba tratando de adaptarse a la nueva situación. No me gusta este estilo de vida, me dijo. Es demasiado viaje, demasiada presión para producir. Me está obligando a dejar lo que más quería de mi vida anterior: mi implicación en acciones sociales y el tiempo que me dedicaba a mí misma. Caray, pensé, es como si estuviera iniciando una sesión de terapia conmigo. Hurgando sus heridas acabará haciendo sangre en las mías. Pero pese a su tono triste, siempre acababa por imponerse su alegría y amor a la vida. Él estaba contento de cómo le iban las cosas. Una vida estándar, nos dijo, sin dejar entrever si eso era bueno (si era lo que él andaba buscando) o no.
Mi turno fue más alargado. Ellos se veían mucho y yo hacía casi un año que no los veía. Así que les conté de mis últimas andanzas. Muchas pero repetidas. Y salió Nueva York. Les conté del viaje para celebrar nuestro 35 aniversario. ¿Quedarías alucinado, supongo?, me preguntó ella. Pues ni tanto, le dije. Ya la conocía aunque con recuerdos agridulces. Así que me apetecía mucho volver para dulcificar la mirada. ¿Y?...me miró pensativa. Pues me gustó estar allí, lo pasé muy bien, pero no es una ciudad de la que yo me pueda enamorar. Alguien a quien no le gustan las tiendas ni las colas, quien admira más los edificios por lo que tienen de historia y cultura que por lo que tienen de ingeniería, está más preparado para sentir emoción en Roma o Praga que en Nueva York. Y eso , aceptando que también hay “belleza” en tanto rascacielo junto, en tanto contraste entre rincones cutres y edificios futuristas. Bueno, supongo que es otro tipo de emoción, comentó él. Sí, eso es lo que quería decir. Vuelves a ver cosas que te suenan, que forman parte de ese mundo que has conocido a través del cine y la televisión. Eso también emociona. Además estábamos en un hotel tocando a la 5ª avenida (la 5ª con la 53, a dos pasos de St. Patrick). En la mitad del meollo.


Y les conté que mi mejor recuerdo de Nueva York, fue la tarde-noche en el Empire State. Lo planeamos bien y tuvimos la inmensa suerte de no tener que soportar las colas infinitas que se montan. Llegamos a la cúpula cuando aún era una tarde soleada y hermosa y salimos de ella cuando ya se había echado la noche y toda Nueva York lucía hermosa con sus millones de luces. Fue un espectáculo inenarrable. Primero el paisaje urbano infinito que puedes admirar sin tiempo. Dábamos una y otra vuelta por los cuatro polos cardinales, South, West, East, North. Una y otra vez. La vista del East fue la más prolongada porque tuvimos una puesta de sol de película. Y luego a medida que fue entrando la noche todo cambió de tonalidad y de sentido. Las emociones se hicieron más profundas porque N.York de noche desde el Empire State es como un mundo de fantasía.
Ellos también la habían conocido así que estuvieron de acuerdo conmigo. Ella, incluso, la había sobrevolado en helicóptero. Otro sueño que recordar. Y luego nos pusimos a revivir los detalles. Cruzar el puente de Brooklyn, retozar en la hierba del Central Park, asombrarse con la belleza cutre del Soho, disfrutar en la tienda de Apple con cientos de ordenadores abiertos a disposición de los clientes, encontrarse una y mil veces con la calle Broadway que parecía perseguirte, sentir esos olores tan neoyorkinos que te suenan como a conocidos de los films. En fin, mil cosas a las que añadir muchas más. Yo no vi mendigos en la ciudad, dijo uno. A mí me encantó que en los restaurantes te pusieran un vaso de agua natural sin exigirte pagarla ni comprar botellas, comentó otro. Yo me emocioné, les comenté, en la isla de Ellis con aquel museo de las migraciones, me despertó una gran ternura ver a la gente legar tan desprotegida y con la angustia de si podrían quedarse o no. Yo disfruté sobremanera, comentó ella, en la Misa Gospel de la Iglesia de los Abisinios de Harlem. ¡Mierda!, dijimos los dos al unísono, yo no pude entrar porque había una cola inmensa. Y del Jazz en el Blue Note. ¡Mierda!, volvimos a repetir nosotros, a eso tampoco. Es que ya lo llevábamos reservado desde casa, nos consoló ella.
Cada uno de nosotros habíamos asistido a obras distintas en Broadway. Ella al “fantasma de la ópera”, él a Cats hace ya algunos años. Yo les conté que habíamos ido a ver “Mamma Mia” y que nos encantó. Ya la habíamos visto en el cine, pero Elvira insistía en que quería verla a lo vivo y, la verdad, mereció la pena. Todo. Aunque Broadway estaba muy cerquita del hotel y pasábamos por allí casi todas las noches, parece que lo vives más intensamente cuando no estás de paso, cuando eres una de las miles de personas que se preparan para entrar en el teatro esa noche. Luces, sonidos, agolpamiento de gentes, limusinas ocupando las calzadas, mucho glamour… En todo caso fue bonito, coincidimos. Seguramente volveremos, dijimos los tres con un poco de nostalgia.
Estábamos en el Café Tortoni de Buenos Aires, y así, como quien no quiere la cosa, fuimos quemando los recuerdos al compás de una tablita de quesos aderezada de botella de tinto Ruttini. En la felicidad de tener buenos amigos con los que compartir recuerdos.

viernes, abril 24, 2009

Almas gemelas


Volábamos a Buenos Aires. Y de pronto mi compañera de asiento preguntó. “¿Tú crees en las almas gemelas?”. La pregunta me sorprendió. El viaje estaba aún a medio camino y tampoco era que hubiéramos hablado tanto durante el trayecto. Quizás sea por la película que acaban de pasar, pensé. Se titulaba “Dí que sí”, una bella historia romántica con aderezos de psicología de autoayuda. ¿Almas gemelas?, repetí para darme un poco de tiempo y pensar algo sensato, pues vaya, no sé. Una amiga me hablaba hace un tiempo de eso. Aseguraba que uno de sus amigos era su “alma gemela”. Si no lo recuerdo mal, la cosa se concretaba en que solían pensar lo mismo y reaccionar de forma parecida a las situaciones. “Yo sí creo”, señaló mi co-viajera con ese tono medio rasgado de los argentinos. Tenía ganas de hablar, deduje, y me acurruqué en mi asiento mirando atento hacia ella. Y empezó. Son esas personas con las que te puedes comunicar con mucha facilidad porque no hace falta argumentar mucho. Es como si el flujo de la conversación fuera conocido de antemano, como si ya supieras lo que va a decir, como si te conocieras desde hace mucho tiempo. Tu alma gemela se parece mucho a ti, tiene tus mismos intereses, piensa de forma parecida, por eso está siempre de tu mismo lado y cuando te ves con él o ella sientes unas ganas enormes de abrazarlo y besarlo, de fundirte en él. Y me tatareó la canción de Gilberto sobre almas gemelas.
Bueno, dije yo, un poco abrumado y queriendo bajar la intensidad de la conversación, esto de las almas gemelas era un rollito que antes se usaba mucho para ligar. ¿Alguna experiencia reciente?, le pregunté. No, me dijo, pero me lo ha recordado la película. Mi alma gemela es un chico argentino al que conocí al acabar la secundaria. Y pasaba eso, todo era muy fácil con él. Ambos dábamos el mismo tipo de respuestas a los problemas o situaciones que se iban presentando. ¿Fue tu novio?, le dije. No, qué va, dijo enseguida. Me gustaba mucho hablar con él y hacer cosas juntos, pero la cosa nunca pasó al terreno de lo sexual. La atracción no es sólo física o sexual. Es algo más parecido a la complicidad y la ternura que está en los gestos y en las miradas. Eso ya me lo creo menos, le dije. O erais unos críos o esas cosas acaban como acaban. Ella siguió asegurando que, al menos en su caso, no fue así. Las almas gemelas se quieren mucho y ni siquiera necesitan hablar con mucha frecuencia, pero saben que aunque haya pasado un tiempo sin verse todo seguirá igual. Y se pasó casi media hora construyendo una teoría sobre algas gemelas. No estuvo mal, aunque me pareció poco creíble.
¿Y hay almas des-gemelas?, le pregunté. Porque de esas almas “incompatibles” sí que he conocido a algunas. Y es verdad que es algo que sucede, incluso, en gente que se atrae físicamente. Así que debe ser cosa del alma, como tú dices. Algunas hasta llegan a casarse o liarse y no descubren la incompatibilidad hasta tarde. O la niegan sin más. Pero basta verles. Es todo lo contrario de lo que tú decías: desean hablar de lo mismo y en realidad halan de cosas distintas. A veces, incluso estando de acuerdo, acaban discutiendo. Se les acumulan los malentendidos, la desazón, el deseo contrapuesto de estar juntos y de no poder hacerlo.
¿Te pasa eso a ti?, me preguntó a bocajarro. Ah, no, le dije, estaba hablando de gente que conozco. He leído en algún sitio, me dijo ella, que también puede haber almas gemelas que tienen deudas pendientes de otras vidas anteriores y eso les hace llegar a ésta como enemigos o personas que se hacen daño entre sí. Bueno, pensé, tampoco hay que exagerar.
En fin, no estuvo mal para un viaje de 12 horas y media. Aunque esto de las almas gemelas suena un poco a mito y a esas historias medio esotéricas del karma, la fusión y el paso de unas vidas a otras, está bien creer en ello. Quizás un poco aburrido, tanta afinidad. También las discusiones tienen su encanto. Te hacen sentirte más libre, más original. Pero, en cualquier caso, gusta pensar que uno tiene por ahí unas cuantas almas gemelas deambulando por el cosmos y que en cualquier momento te vas a tropezar con una de ellas y vas a sentir en su mirada ese imán que te atrae irresistiblemente hacia una fusión intelectual y física plena. Sólo que es probable que cuando eso esté sucediendo empiece a sonar el despertador y todo se vaya al carajo. Es lo malo de los buenos sueños.
En fin, como buen gallego debería decir de las almas gemelas que yo creer, no creo en ella pero “haberlas, haylas”. Aunque me parece más realista lo que escribe una chica en Internet: “a mí también me gustaría encontrar mi alma gemela, pero por lo pronto me conformo con el ke tengo”.


....


CANCIÓN DE GILBERTO

Como dos delfines jugando en las olas, siguiendo los barcos, así siempre estamos.
Como
Dos palomas que se ven a solas en un campanario, así nos amamos.
Parece que fue ayer que nos unimos, pero es amor de tiempo y sigue vivo.
Estamos amarrados hasta el fin.

Si tú saltas yo salto, si tú vuelas yo trato
Si tú estás a mi lado no me importa nada más
Si caminas yo ando, si tu ganas yo gano
Si tu sientes tristeza, yo también me siento igual
Somos almas gemelas


Como dos palmeras que han crecido juntas, solas en el campo así siempre estamos
Como dos estrellas que parecen una, en un cielo claro, así nos amamos

Parece que fue ayer que nos unimos, pero es amor de tiempo y sigue vivo

Estamos amarrados hasta el fin


Si tu saltas yo salto, si tu vuelas yo trato

Si tu estas a mi lado no me importa nada más

Si caminas yo ando, si tu ganas yo gano

Si tú sientes tristeza, yo también me siento igual

Somos almas gemelas


Tú para mi, mi complemento para ser feliz, yo para ti, yo he nacido para ti

Tal para cual,

no hay nada más que buscar, sin discusión así somos,

almas gemelas


Tu para mí, hecha a la medida, yo para ti, por el resto de mi vida,

tal para cual

Somos el uno del otro en alegrías y penas,
almas gemelas


Tú para mí, nuestras almas que se entienden, yo para ti, sin duda a la perfección,

tal para cual

Somos uno solo en un solo corazón,
almas gemelas

Tú para mí, nuestros destinos unidos, yo para ti, sentimientos idénticos,

tal para cual

Y ese sentido de amor que nos salva y nos renueva

Tu para mí, como dos gotas de agua, yo para ti, como dos granos de arena, t

al para cual

Como dos palomas, dos palmeras,
almas gemelas


Tú para mi, tal parece que fue ayer que nos unimos, yo para ti,

pero es amor de tiempo y sigue vivo

Es perfecto este amor, tú conmigo yo contigo,
almas gemelas

Tú para mí, yo sigo por tu camino, yo para ti, tú caminas por mis huellas, tal para cual

Si estás feliz yo me río, y lloro tu pena,
almas gemelas

jueves, abril 23, 2009

LA MUSA



Al final, tras un periodo de excedencia voluntaria por no sé qué razones (algo que tenía que ver con el agotamiento psicológico, creí entender), volví a encontrarme con mi musa. En realidad debería estar bastante irritado con ella pues me ha dejado en la estacada durante mucho tiempo. Y el blog se ha desecado como esos centros florales que nadie riega. Pero la pobre, últimamente empezó a tener mala cara, así que a todos nos pareció bien que se tomara un tiempito de asueto. Ahora ha vuelto con fuerzas renovadas, o eso me ha prometido. Ojalá sea así. La verdad, se está más tranquilo sin tener que preocuparse de contar nada pero también se echa de menos el compartir emociones demasiado intensas como para dejarlas encajonadas. Y, desde luego, también se te van acumulando los demonios interiores sin que tengas la posibilidad de echarlos fuera. Así que estoy encantado del regreso de la Musa. Seguro que aún le llevará unos días coger el ritmo pero poco a poco todo se andará. Voy a poder ir al cine y contarlo, sentir cosas y contarlas, soñar sueños y contarlos. En fin, lo que venía siendo hasta ahora y que se interrumpió.
Ya veremos qué da de sí esta nueva etapa.

domingo, marzo 15, 2009

Fernando Gurriarán



Otro amigo que entra, con todos los honores y por propio pie, en la cofradía de los sesentones. Y eso que hizo falta montarle toda una encerrona. Se lo llevaron de excursión lejos de casa y al regreso se encontró colapsada la salida de la autopista con una pancarta y un montón de gente tras alguien, megáfono en mano, que gritaba consignas. ¡Vaya cómo se ha puesto la cosa, nos contó que pensó! Ahora vienen a protestar a la misma autopista. Mira, le dijeron, pone Fernando en la pancarta. Sí, pero no soy yo, se rió. Y ahí empezaron a entrarle las dudas. ¡Estos cabrones...!

Y era él. Le habían montado una entrada monumental en su casa donde le esperaban miles de sorpresas de aniversario: gaiteiros, una peli biográfica, escritos, canciones y un menú de 5 estrellas como para un ejército. Y eso fue lo que se encontró cuando llegó a su casa en la Garrida viguesa, un ejército de amigos que lo esperaban para celebrar con él un aniversario tan significativo.


Yo tuve menos suerte que los demás. Para poder estar en Vigo por la tarde tuve que apresurar todo el horario. Tenía una conferencia esa mañana en Pamplona. Comencé a las 10 como estaba previsto pero la acabé a las 11, 30 pasadas y eso que mi avión salía a las 12. Así que todo fueron prisas y urgencias. Pero llegué a Santiago a la hora prevista, las 5 y pico de la tarde. Cambiarse de ropa deprisa y enseguida salir para Vigo. Lo que no había previsto era que el GPS estaba mal informado y desconocía absolutamente dónde se encontraba La Garrida. Así que nos perdió en Vigo y así anduvimos más de una hora, yendo de la ceca a la meca, sin nadie que supiera informarnos fidedignamente (a cada pregunta que hacíamos, más lejos acabábamos del lugar). Y al final, ya desesperados, resultó que nos encontramos con una casa conocdida y donde sonaban las gaitas. ¡Allí era, felizmente!


Fue una tarde memorable con 70 u 80 personas amontonadas en el precioso albollo de nuestro amigo, con comida y bebida por todas partes y con muchas ganas colectivas por cantar. Nos habían preparado un dossier con las típicas canciones que casi todo el mundo conoce y después que ya no podíamos más de chorizos, empanadas, quesos, tartas, dulces y otras viandas exquisitas y abundantes nos pusimos a cantar. Afortunadamente contábamos con dos o tres guitarristas enterados y un acordeonista paciente, capaces de dar el tono. Así que nos convertimos en scouts bullangueros y repasamos todo el repertorio musical de campamento juvenil. Pas mal!


Así que otro amigo que entra en esa etapa especial de los sesenta. Parece que se cruza una línea muy particular. Como me tocará hacerlo dentro de pocas semanas, miro expectante a los que me van precediendo a ver qué dicen y cómo lo hacen. Lo curioso es que no parecen asustados, ni especialmente afectados. Quizás no sea tan grave después de todo.


Un abrazo muy fuerte, Fernando. Yo te había preparado un texto por si había oportunidad de leértelo in situ. No tuvo caso, así que te lo adjunto en el blog.

Me encantó haber podido participar en tu fiesta. Espero tenerte también en la mía.








DEDICADO A FERNANDO


FELICIDADES FERNANDO

Nuestro amigo Fernando Gurriarán cumple sesenta años. Y yo quisiera celebrárselo con un estribillo comentado:

A los sesenta uno se asienta, se amiga, se abuela, se agrela, se silencia, se hace plural…

Dicen que no es una buena edad. O quizás sí, no lo sé. Lo seguro es que es una edad grande como uno de esos picos nevados que dan para poder ver un amplio panorama por cada lado. Y eso, lo que ves desde allí, es lo que hace que la edad sea buena o mala. Edith Piaf (que debe ser de nuestra época) cantaba aquello de Non, je ne regrette rien (no me arrepiento de nada). Ni siquiera de los errores que hayamos podido cometer. Y seguro que eso es lo que podría cantar ahora Fernando: no me arrepiento de nada. Casi seguro, porque…

A los sesenta uno se asienta, se amiga, se abuela, se agrela, se silencia, se hace plural…


Lo de asentarse no es que sea muy Gurriarán, pero Fernando rompió bastante los patrones de su clan familiar. Siempre ha jugado a ser antiprotagonista, alguien que prefiere dejar a los demás brillar con su luz antes que deslumbrarlos con su propia claridad. Sabe estar sin quedarse, ayudar sin comprometer, sin condicionar. Así ha sido siempre y ahora, a los sesenta, está como esos tipos cachazudos que han vivido mucho, que están de vuelta de muchas cosas y que, a trancas y barrancas, han logrado hacer una síntesis cojonuda entre experiencia y juventud. Y es que…

A los sesenta uno se asienta, se amiga, se abuela, se agrela, se silencia, se hace plural…

Hablar de amigarse con Fernando es una pura redundancia. Ahí, a su alrededor, han estado siempre sus amigos peleando, disfrutando, soportando y, sobre todo, compartiendo. La suya es una amistad silenciosa, segura, sin exigencias. Da lo mismo que hayan pasado meses sin vernos porque todo sigue siempre igual. Igual de vivo, de atractivo. Y , como fuentes nutricias, ahí han estado, durante años, los magostos anuales que han sido ese meeting point de gentes de mil colores y equipajes, pero todos con la marca común de la amistad y el cariño de Fernando y Ángeles.


A los sesenta uno se asienta, se amiga, se abuela, se agrela, se silencia, se hace plural…

A los sesenta uno se abuela. Llegar ahí, a la cima es como una marca de calidad que demuestra las buenas raíces. Y ahí estuvo Fernando, con una vida familiar intensa con su Ángeles y sus angelitos, Xiana y Sabela. Seguro que no siempre ha sido fácil. O quizás sí, no sé pero, desde luego, lo cierto es que ha sido siempre un compromiso bien asumido. Y así hasta los 60 como la gente de raza (¡aquel 49 debió ser un año de buena cosecha, abofé!)
Y ahora llegó Mariña y con ella una sobredosis de proteínas familiares. Ya sabemos que los retoños nuevos son como un comenzar de nuevo en casi todo. Nuevas risas y lloros, nuevas tareas a recordar, nuevas ilusiones. Una nueva primavera. Volver a empezar. Porque la vida de este nuevo sesentón ha tenido mucho de espera de este momento: estudiante de medio pelo, novio insistente, marido abnegado, padre exigente y, ahora, por fin, abuelo dichoso. Un carrerón…

A los sesenta uno se asienta, se amiga, se abuela, se agrela, se silencia, se hace plural…

Y uno se agrela. Por culpa del latoso colesterol o cualquiera de las otras muchas averías que nos amenazan. Dicen de las mujeres que a partir de una cierta edad o se ajamonan o se amojaman. ¡Suerte la de ellas!, porque en los hombres la cosa está aún peor porque la única alternativa es que te ajamonas. A pesar de las verduritas diarias de las que te atiborras ilusionado hasta tener cara de grelo. Y ni por esas, no hay manera de disimular la panza. Y en Fernando esa batalla cotidiana (que casi todos perdemos) ha resultado aún más difícil porque tiene a su lado a esa Ángeles inmisericorde que puede comer lo que le dé la gana y no gana ni un gramo. ¡Y cómo joroba eso!

A los sesenta uno se asienta, se amiga, se abuela, se agrela, se silencia, se hace plural…


No, no es que Fernando haya sido silencioso. Lo suyo es que apenas podía meter baza. Ha sido el hombre de los paréntesis. El habla cuando Ángeles deja un huequito libre. No habla, pero se ve que piensa mucho, que da vueltas a las cosas, que tiene mucha vida interior y una gran conversación, como buen ourensán. Por eso, de vez en cuando habla, y cuando habla hasta los obispos se asombran…

A los sesenta uno se asienta, se amiga, se abuela, se agrela, se silencia, se hace plural…

Pero al final, lo más importante es el Fernando plural, el Fernando de las mil vidas, de los mil magostos, de los mil amigos. El Fernando del banco que huía de puestos relevantes, el Fernando de los mares, el de las playas nudistas, el de las comunidades de base, el Fernando de las eternas obras en casa, el Fernando de las convocatorias multitudinarias a sus magostos. En fin, ese Fernando plural que todos los que estamos aquí hemos conocido durante estos años de la larga travesía hasta los sesenta.

Y hete aquí que, entre chuflas y gaitas, nos hemos puesto en los 60. Y no es fácil, vamos eso dicen, cumplir los sesenta porque el tiempo se va acelerando hasta coger una velocidad de vértigo. Y así, como en un suspiro pasan los días y las cosas. Y aquello que parecía tan lejano se te pone delante como un espejo para que te veas y rumies nostalgias. Y allí aparecen, como en un cortometraje unipersonal lo que fuimos en todos esos años. A algunos les asusta esa visión. Estoy seguro de que a ti no. Tu guión fue simple pero lleno de intensidad: la familia, la salud, el trabajo, la familia, el ocio, la pareja, la familia, los hijos, la familia, los amigos, la comunidad, la familia… Y así en un largo ritornelo, con una cadencia armónica que te ha ido llevando de aniversario en aniversario, de fiesta en fiesta, de sueño en sueño. No han faltado los momentos dramáticos, como en las buenas historias que cuentan la vida real. Y así, hasta hoy, cargado de experiencia y, como habrás podido ver, del cariño de mucha gente que ha tenido la suerte de compartir contigo parte de esa epopeya.

En fin, querido amigo Fernando, felicidades. Puede que sea verdad lo que decía la señora sesentona de que la mejor manera de enfrentarse a un cumpleaños de este tipo es hacer todo lo posible por sacártelo de la cabeza. Pero no sé si con eso bastará. En cualquier caso, lo mejor que podemos hacer es no quitar años a la vida sino ponerles mucha vida a los años. De eso podemos aprender mucho de ti.

Un abrazo muy fuerte sesentón y felicidades de nuevo.

Miguel Zabalza



domingo, marzo 08, 2009

Mi hermano Rafa.


Es importante tener hermanos así..
Esta vez no pensaba ir a Puebla porque mi recorrido mejicano no pasaba por allí. Y porque deseaba, sobre todo, volver a casa cuanto antes. Pero, al final, unos Idus de Marzo adelantados (los idus eran días de buenos augurios que tenían lugar los días 15 de marzo, mayo, julio y octubre) hicieron que tuviera la suerte de pasar unas horas en Puebla, de coincidir con mi hermano que estaba regresando ese mismo día de Las Vegas y de poder pasar un rato en familia.
Había coincidido en el viaje con una profesora bilbaína (Nélida Zaitegi) que también iba a Oaxaca a impartir una conferencia. Viajaba con su esposo Eladi. Nos conocíamos poco pero fue suficiente para que compartiéramos la experiencia de este largo viaje. Visitamos juntos las maravillas de Oaxaca en compañía de las amigas Mari Cruz y Minerva y allí quedaron mientras yo continuaba mi periplo. Luego nos volvimos a encontrar en Puebla donde ambos teníamos sendas conferencias.
Esto sucede muchas veces y en muchos viajes, pero esta vez fue algo especial. Y todo gracias a mi hermano Rafael. A él va dedicada entra entrada al blog. Y no sólo porque tuvo la santa paciencia de acudir a escucharme, sino por su enorme calidad como anfitrión Bastó que le dijera que estaban en Puebla unos amigos de Bilbao implicados en las mismas andanzas académicas que yo para que inmediatamente organizara un encuentro en su casa con sus amigos Garay y Ma. José de Portugalete. Y fue una fiesta memorable. Comimos, bebimos, comentamos (discutiendo duramente, como debe ser entre gente de casta) las novedades políticas del momentos, hicimos chistes, escandalizamos a la buena de Guadalupe y acabamos todos medio cogorzas a base de buen vino y otras delicias que Rafa siempre guarda para ocasiones especiales. “Hacía tiempo que no veía tan contento a Eladi”, nos reconoció Nédida. Y ni siquiera bastó esa cena, pues enseguida organizó una nueva comida al día siguiente para todos juntos en un buen restaurante.
Obviamente, a la mañana yo estaba hecho unos zorros y eso se notó en el seminario de 4 horas que tenía que realizar en la Universidad. Pero me sentía tan lleno de alegría y de satisfacción fraterna que me importó poco (eso sí requerí de media docena de cafés y otras tantas botellas de agua). Me hizo feliz sentir la gran capacidad de Rafa para atender como si fueran amigos de toda la vida a personas que acababa de conocer y con las que no tenía más compromiso que el habérselo pedido yo. No hace cuestión de la trabajera que eso pueda suponer, no repara en costes, no se plantea si él mismo está cansado o no (por cierto, que habían regresado de Las Vegas el día anterior con un constipado fatal tanto él como Rossi), no te pide nada a cambio, ni siquiera que colabores. Simplemente, se pone manos a la obra y te cumple el capricho.
Mi gustó mucho ver disfrutar a los amigos, sentirse felices. En esa ocasión estaba yo presente y lo pude ver, como otras muchas veces, con mis propios ojos (y con el hígado y los riñones, a los que tendré que someter a una lubricación intensiva en los próximos días). Pero ha sido parecido, aun sin estar yo, cuando le he avisado que otros amigos o amigas pasaban por Puebla.
Eres un magnífico anfitrión, hermano. Sabes tratar a la gente con esa cordialidad y proximidad que les hace sentirse bien enseguida. También los papás lo han sabido hacer muy bien durante toda su vida. Ellos, obviamente, en la medida de sus recursos. Aún me preguntan por ellos compañeros que sólo los han visto una vez que los llevé a comer a casa. Quedaban impresionados de la amabilidad y el cariño que se les hacía sentir. Y, ahora, algunos de los hermanos lo habéis heredado con creces. Da mucho gusto.
Tendría que decirte gracias, una vez más. Pero siento que eso es poco, porque se trata de un sentimiento profundo e intenso de orgullo, de saberse hermano de personas que son capaces de mantener e incrementar esa cualidad de la hospitalidad y la amistad desinteresada. He regresado de México emocionado, Rafa, y quería que lo supieras. Un enorme abrazo para ti y para Rossi.

Volviendo de México

Y de nuevo por el blog. Ha sido una ausencia extraña, también para mí. Pero supongo que esas cosas pasan. Son momentos de un cierto vacío, sin cosas que contar. O con demasiadas cosas por contar y escasa esperanza de que resulten interesantes para nadie. También es una terapia personal que te requiere un periodo de silencio, de ordenar ideas, de no tener que preocuparte por qué decir ni por qué pensar en los demás cuando escribes. En fin, qué más da. La cosa que es no deseo una obligación más, aunque fuera agradable y me gustaría dejar el blog para momentos en que, realmente, me apetezca contar algo.
Como hoy, por ejemplo, recién llegado de México. Aun está mi organismo alborotado (estoy escribiendo esto un domingo a las 7 de la mañana porque ya no soy capaz de dormir) pero tengo una sensación espléndida del viaje. Y eso pese a que ha sido agotador, toda una tournée por 4 estados mexicanos y por 4 instituciones universitarias en tres de las cuales no conocía a nadie. Pero sigo pensando que eso en México es un asunto venial. Son todos tan amables, se desviven tanto por ti que te sientes como si estuvieras en casa.

La parte académica ha sido todo un éxito. Si por ellos y ellas fuera, podría quedarme a trabajar en México o estar viajando cada semana a una institución distinta. Tantas invitaciones te abruman. Todos quieren que vuelva y, además, no así en una visita relámpago sino para una temporadita de forma que pudiéramos entrar más en profundidad en los asuntos. Se han hecho conmigo cientos de fotografías. Andaba por allí Juan Delval y me decía que si cobráramos 3 pesos por cada fotografía regresaríamos ricos. Es cierto que les interesaba la figura no la persona, pero así y todo, resulta agradable porque veías su alegría, su orgullo (lo pondremos en la WEB del Instituto, me decían), su deseo de sentirte cerca (“no doctor, así no, abráceme”). En fin, ingenuo que es uno. Y hombre, al fin y al cabo. De todas formas, espero que luego no hagan vudú con las fotos.
Esta vez, la gran protagonista cultural del viaje ha sido Oaxaca. Una ciudad realmente preciosa. Me recordó mucho a Puebla, pero con un centro histórico mucho mejor conservado. Una delicia para poder pasear por ella, para entretenerte en sus iglesias y Museos, para no dejar de ver cosas en cada esquina. Eso sí, caía la tarde y aquello parecía un desierto, aunque para nosotros daba lo mismo pues estábamos tan cansados que lo único que apetecía era irse a dormir. Y luego la parte arqueológica fue toda una gozada. Un día nos fuimos a Mitla (lugar del descanso para los muertos) y otro a Monte Albán, toda una experiencia en la cultura zapoteca. Aquellos espacios inmensos con sus edificios pétreos, sus pirámides, sus imágenes de figuras humanas y animales, las vistas del valle… Da un poco de susto ser español en aquel contexto (oí a uno de los guías de otro grupo que decía que todo aquello lo habían destruido los españoles). Una maravilla, en todo caso.


Por cierto, que he descubierto que en Oaxaca, en esa fiesta preciosa que llaman la GALAGETZA, utilizan los gigantes como en Tafalla, aunque hay que reconocer que con mucha menos gracia para bailarlos que allí. Eché de menos a Paula para darle ritmo a la cosa. Hasta estuve yo mismo a punto de ofrecerme a bailar a alguno.

Y después, la correría por aeropuertos y universidades. San Luis Potosí para trabajar con la Benemérita y Centenaria Normal del Estado; el Distrito Federal para compartir curso y taller con la Universidad Paramericana a quienes no conocía de nada; y como postre inesperado (eso no estaba previsto y hasta hubieron de cambiar mi billete de regreso) la visita a Puebla para trabajar con la Autónoma de Puebla. Cada una de ellas con gentes distintas, con orientaciones pedagógicas muy diferentes, pero todas encantadas de poder compartir sus preocupaciones y enormemente generosas a la hora de valorar mis aportaciones.
Bueno, pero lo mejor de todo, la gente. Cada viaje que hago a México es como un doctorado en ciudadanía y amistad. Vas conociendo gente que derrocha amabilidad (en cada actividad de que realizas son muchísimos los que se te acercan para preguntarte si deseas alguna cosa: un cafecito, agua, una galleta, lo que sea, pero la cuestión es que están pendientes de ti, te cuidan, sientes el aprecio de una manera casi física). He tenido experiencias bastante similares en otros países iberoamericanos, pero lo de México me tiene anonadado.
Y no es sólo la amabilidad ambiente. Luego están las personas concretas que se hacen cargo de ti y te miman hasta más no poder. José Miguel y Maru como organizadores del evento de Oaxaca, siempre atentos; Minerva y su amistad inquebrantable. Mari Cruz, una persona encantadora que no me conocía (sólo por amigos comunes) y que se desvivió por todos nosotros hasta el punto de estar dispuesta a perder fiestas familiares (cosa que por supuesto no permitimos) por atendernos a nosotros; Dalid en San Luis Potosí dándonos tiempo a recordar viejas nostalgias de su paso por Santiago de Compostela. Maite y la gente de la panamericana, amables hasta la exageración, en el D.F. resolviendo cuantos problemas se fueron presentando. Y Guadalupe en Puebla, insistente primero como corresponde a cualquier organizador que quiere montar un evento en pocos días, y cordial y ayudadora en todo el tiempo, incluidos los momentos de farra en casa de mi hermano Rafael. Todos ellos son una muestra de esa dimensión afectiva que aún se conserva viva en México y que aquí vamos perdiendo.
En fin, una experiencia que llena de satisfacción. No estoy muy seguro de que les haya aportado mucho, aunque sus caras y comentarios desmentían mi insatisfacción. Y hasta hubo quien me susurró “cómo se tiene que sentir orgulloso, profesor, de haber dejado esa profunda huella en todos nosotros”. Gusta oírlo, pero no es fácil creérselo. Estas cosas de las que me han pedido hablar (el trabajo por competencias) es una cuestión de ponerse a trabajar, de dedicarle tiempo. En una charla o en un taller de pocas horas solo puedes iniciar el tema y generar más dudas de las que tenían. De todas formas, me siento contento. Agotado física y mentalmente, pero encantado.

lunes, febrero 02, 2009

La clase.



Obviamente, con ese título, no podía dejar de verla. Ni dejar de darle vueltas, una vez vista, porque deja muchos dilemas abiertos. Mi primera conclusión: también nosotros los profesores (incluso los buenos) somos humanos. Y nuestra vida profesional (la personal pertenece a otro negociado) se construye así, sobre aciertos y errores. El otro día oí que “tener fe es ser capaz de soportar las dudas”. Ser profesor es algo muy parecido a eso. Olvídate de tener las ideas claras, de saber en cada caso cuál es el camino cierto. Y prepárate para soportar esa ácida sensación de no saber si lo estás haciendo bien o mal, de no saber distinguir sobre si lo que haces responde más a si tus deseos y necesidades que a lo que necesitan o desean tus alumnos.
Es una hermosa película, comencemos por ahí. No en vano se hizo acreedora de la Palma de Oro de Cannes. Algunos la han categorizado como docudrama y posiblemente ése sea el formato técnico (filmada en un contexto real, con actores que no lo parecen, con cámaras que se mueven, con imágenes que te sitúan enfrente de quien habla como si estuvieras manteniendo una conversación con él/ella) pero, en mi opinión no es esa dimensión lo mejor de la película. No niego que pueda haber clases de ese tipo en Francia, pero resulta poco creíble. En mi opinión lo interesante es la historia que cuenta, los personajes que describe, los dilemas que afronta. Lo bien que te mete en la situación. A fuerza de machacarte con escenas largas en el mismo lugar acabas entrando en la clase, convirtiéndote en un personaje más de la historia (a veces te vienen ganas de intervenir en la discusión, de pedir sosiego tanto a los chicos como al profesor, de soltar un “carallo” y pedir orden).
La película, dirigida por Laurent Cantent está basada en la novela de un profesor francés de liceo (“Entre les murs”) Curioso título que ya previene del sentido que atribuye a la escuela como algo cerrado, presionante. Ése papel está representado por François Bégaudeau. Y muy bien, por cierto. Le da una autenticidad espléndida, aunque dudo mucho que un profesor con tablas, como debía ser él, actuara con tanto desparpajo (sus conversaciones con los chicos son duras y no rehuye el enfrentamiento ni la descalificación) y fuera tan poco políticamente correcto. Tampoco que cayera en el tremendo error de llamar “fulanas” a las dos representantes de los estudiantes.
Hay muchas cosas en la película que llaman la atención, sobre todo para alguien como yo que la mira con ojos de educador. En primer lugar, el tipo de muchachos que frecuentan la clase. En eso, con seguridad, la película resulta muy realista. Las clases, más en Francia que aquí, pueden ser así. Y quizás eso es lo que más extraña a quienes piensan que la escuela sigue siendo ese lugar tranquilo y silencioso al que acuden muchachos y muchachas de clase media y deseosos de aprender. Las clases son ese batiburrillo de étnias, caracteres, deseos y necesidades que allí se ve. Esa mezcla resulta estimulante pero asusta. Por eso cada profesor utiliza sus propios mecanismos de supervivencia. Y también lo hace la escuela a través de sus normas. Tanto ellos como la institución desean obtener buenos resultados de aprendizaje pero también sin dejar, por ello, de generar sus propias trincheras autodefensivas (no se puede tutear, existen sistemas de control a través de anotaciones en la libreta y llamadas a dirección, está la espada de Damocles de la Comisión de disciplina y su consiguiente expulsión, etc.). Es un juego de adulto-protector-amigo y juez-controlador-punitivo que nunca deja de generar dilemas educativos de difícil solución.
Otra cosa que llama mucho la atención es lo que se trabaja en clase. En eso, esta película resulta similar a otras americanas donde parece que los profesores no tienen un programa y se dedican a plantear cuestiones demasiado simples a sus estudiantes. El protagonista es un profesor de lenguaje pero las cosas que trabaja más parecen de primeros cursos de Primaria que de un Liceo. Aquí nos echarían a una hoguera y nos llamarían de todo si hiciéramos algo así. Ya verás cómo más de uno ha de comparar ese tipo de clases con nuestra LOGSE: “veis, dirán, en algo así convirtió la LOGSE nuestras escuelas”. Nuestros programas de Lengua no tienen nada que ver con eso. Quizás sean más aburridos pero están a otro nivel.
Pero lo más interesante de todo es el guión. Esas conversaciones que mantienen el profesor y sus estudiantes, con escaladas simétricas constantes. Por veces son más respetuosas las intervenciones de los estudiantes que las del propio profesor. Queriendo desafiarlos y estimularlos se pone a su nivel, los provoca. Y, cosas del film por supuesto, al final acaba hablando solo con los habladores. Un buen grupo de los estudiantes acaba haciéndose invisibles. Supongo que estarían allí como “extras”.
Mi gustó mucho la parte de los profesores. Los vi tan humanos, con tantas dudas, tan vulnerables… Pero muy buena gente. La fiesta de inicio de curso estuvo bien, les dio pie a conocerse y a acoger a los nuevos profesores. Luego se notaban las distintas mentalidades, pero fueron siempre respetuosos unos con otros. Incluso el director, que en algunos films franceses aparece como un personaje autoritario y repelente, es aquí una persona sosegada y amable. Todos ellos sufren con los problemas de los estudiantes, buscan alternativas, debaten buscando compaginar lo mejor para cada individuo con lo mejor para el colegio. Y al final, deciden lo que les parece más justo. Quizás se equivoquen, pero se les nota vocación y placer en lo que hacen.
En fin, una película que recomendaré a mis estudiantes que vean y haremos un debate sobre ella. Tiene muchos temas interesantísimos. ¡Qué buen cine educativo hacen los franceses!

jueves, enero 29, 2009

De sueños y orines



La naturaleza es sabia. Y prevenida. Uno no puede dejar de admirarse al experimentar la cantidad de pequeños detalles que llenan el funcionamiento de nuestro organismo. Y lo bien que están conectadas unas cosas con otras. Como en lo que ahora llaman los edificios inteligentes, pero en cuerpo humano. Una maravilla.
Ya me había llamado mucho la atención otras veces, pero es que lo de hoy ha sido de libro. Yo estaba en pleno sueño. Supongo que feliz o quizás no, no sé, pero eso es secundario. La cosa es que en el sueño me entraron ganas de mear. Y ahí empezó el agobio de buscar un sito donde hacerlo. Recorría calles enteras sin conseguir ver dónde podría encontrar un urinario. Al final encontré un sito que parecía serlo, pero estaba desastroso. Imposible, pensé para mí. Y seguí buscando ya con una cierta angustia. Y ni por esas, oye. La cosa se estaba poniendo fea pero divisé un bar a lo lejos y salí pitando para allí. Tenían el baño en el sótano. Una cosa decrépita, no se cerraba la puerta, olía mal, pero daba igual. Sentí como que descargaba algo pero con un cierto desasosiego. Algo no iba bien. De todas formas, acabé, me tomé mi café-excusa y marché. Leche, seguía meándome y las ganas se conjuraban con un picor extraño. Y vuelta a buscar un sitio. Me decidí por otro lugar que apareció por allí, pero había mucha gente, imposible tener un poco de paz para calmar los picores. Lo intenté. Salía y no salía. Yo no paraba de pensar que estaba haciendo el gilipollas perdiendo tanto tiempo en una simple meada. Acabé (mal, no sé, no me quedaba a gusto) y marché. Pero lo dicho, no acababa de aplacarse el agobio. Pensé que sería algo de la próstata. Todos cuentan sus problemas y yo me voy salvando, pero me dio la impresión que aquello debía ser el preludio de peores épocas. Y vuelta a buscar otro sitio. Y tira de un lado para otro sin saber dónde pararte a desaguar. Me pareció que era un hotel y entré. Tenían los baños en el primer piso y subí. Pero no sé cómo cuando entré en el baño llevaba una almohada y apoyaba en ella la cabeza. Tranquilo pero jodido porque seguía con ganas de mear, unas ganas picajosas. Y sentí como que esa vez la cosa fluía mejor. Vaya, al fin, suspiré.
Sólo entonces, con la cabeza en la almohada fui saliendo del sueño. Coño, me dije, me estoy meando. Y llevo meándome durante todo el sueño. “Exacto, me dijo el sueño. Pareces gilipollas, ya no sabía cómo querías que te lo advirtiera. Llevo llevándote de meada imposible en meada imposible una eternidad y tú ni caso. Pensé que te mearías encima, así que te puse una almohada para que te dieras cuenta que era un sueño y que te ibas a mear en la cama. Y ni por esas… Menos mal que has despertado. Anda corre”. Y así, en una mediavela, salí escopeteado a mi retrete. ¡Qué placer, señor!
Lo dicho, tenemos una naturaleza inteligente y unos dispositivos de coordinación que para sí quisiera la ofimática. Pero menos mal. Esta vez me libré gracias al sueño. Por cierto, se lo tengo que contar a mi amigo psicoanalista a ver qué significa tanta meada.

lunes, enero 26, 2009

Revolutionary Road


Aunque debería estar haciendo mis deberes atrasados (muchos y cada vez más), es domingo por la noche y no puedo dejar de darle vueltas en la cabeza a la hermosa película de hoy: Revolutionary Road de Sam Mendes con Leonardo DiCaprio y Kete Winslet.
La película es muy interesante. De esas que te seducen por la historia, te atrapan por el gran trabajo de los actores y, al final, te hacen pensar porque abordan temas de todos y de siempre. En este caso, la lucha entre los sueños y el conformismo en la vida de las personas. Bueno eso y mucho más que tiene que ver con la vida en pareja, con el trabajo, los amigos, la fidelidad, los hijos. Es decir, el juego de verdades y mentiras en las que se mueve nuestra vida cotidiana. Y todo eso, en medio de una fotografía excelente (algunos fotogramas son realmente espectaculares: los cientos de empleados caminando por la calle, las imágenes reflejadas en el espejo…), de una música desasosegante en los momentos cruciales, de unos actorazos que clavan sus papeles de forma extraordinaria (la película tiene un cierto estilo teatral, se desarrolla principalmente en interiores en los que los primeros planos son abundantes y muy expresivos del mundo interior de los personajes).
La historia está basada en una novela de Richard Yates y eso le da una profundidad impresionante. Los temas que salen a colación son cosas importantes: las relaciones de pareja, el aborto, la necesidad de construir un futuro frente al pragmatismo de contentarse con lo que se tiene, el dilema entre la realización profesional de las mujeres, los hijos, la locura, etc. etc. Y se van tratando con toda la ambivalencia que encierran y sin obviar el drama que a veces significan.
Cuando vi el título, pensé que los problemas de pareja que anunciaba el anuncio de la película se deberían a la implicación política de algunos de los esposos (aún ayer vi en la TV la película “13 rosas” y sigo traumatizado). Pero, ¡qué va! Revolutionary road es eso, una calle que se llama así. Y allí es donde se van a vivir con sus dos hijos cuando empezó a irles bien. Ella quería ser actriz de teatro pero su carrera se frustró. El era uno de los cientos de empleados de una empresa de ventas en la que ya había trabajado su padre. Nada especialmente atractivo para ninguno de los dos. Y ahí es cuando ella propone romper con la situación e irse a París que había sido el sueño de él. Su teoría es que quien no se arriesga no fracasa pero tampoco vive, ni disfruta. Ella podría trabajar como Secretaria en un organismo oficial y él tomarse su tiempo para decidir qué quería hacer de su vida. Al principio lo convence y también él comienza a soñar con liberarse de trabajo, jefes y rutinas, pero luego las cosas se complican (no lo contaré para no destrozar la película a quien no la haya visto) y esa posibilidad de recomenzar parece menos viable.
La pareja ya estaba mal desde el inicio del film. Sorprende la dureza de sus discusiones, la forma como se tiran a la yugular del otro. Me ha llamado mucho la atención que ella en muchas ocasiones le pide a él que se calle. Valora mucho el silencio: el silencio que sosiega la tensión, el silencio que rompe las acusaciones, el silencio que tapa ciertos temas de los que no es preciso hablar porque sólo hieren (incluida la confesión que hace él de que se ha acostado varias veces con una colega de oficina). Cuando todo parece ya definitivamente roto ella pide solo silencio. Pide que la deje tranquila un momento para pensar, para sosegarse. Muy interesante porque es verdad que, muchas veces hablar no ayuda, solo te hunde más en el pozo. Las discusiones de las peleas, incluso cuando estás intentando aliviar la situación, se parecen mucho a ese bracear desesperado cuando alguien quiere sacar del agua a alguien que se ahoga. El chapoteo de la desesperación que, a veces, no solo no mejora las cosas sino que las empeora.
Son discusiones duras, de veras. También es verdad que se enfrentan a temas bien complicados. Eso de tener que renunciar a sueños posibles para garantizar realidades menos idílicas pero más seguras es, sin duda, una situación muy complicada. Dejar un trabajo que no te gusta por otro que nadie te garantiza es una decisión que puede amargarte la existencia, al menos hasta que tomas la decisión. Y siempre tendrás la sensación de que te has equivocado. Me gustó mucho una frase de él que busca la analogía entre su trabajo y la vida: “saber lo que tenemos, saber lo que necesitamos, saber de lo que podemos prescindir: eso es control de existencias”. ¡Quién pudiera tener claras esas cosas cruciales!. Todo sería más sencillo.
Ya dije que los protagonistas están magníficos. Ella se mereció con toda justicia el Globo de Oro a la mejor actriz y espero que se lleve también el Oscar. Frente a un papel como el de ella, lo que hace Penélope Cruz en la película de Woody Allen no tiene comparación. Y junto a los protagonistas hay un magnífico elenco de actores secundarios que bordan sus papeles. Las dos parejas de amigos. El que hace de loco está espectacular y sus intervenciones son de tomar apuntes (pena que no se vea nada en la sala porque merecería la pena). Son todo un tratado de perspicacia y capacidad para reconocer los dramas humanos. Seguramente porque a él ya le había tocado pasar por situaciones personales complejas. Pero la verdad es que los clava.
En fin, una película para pensar. Los dos protagonistas fueron pareja también en la película Titanic. Allí se les hundió el barco. Aquí se les ha hundido el matrimonio. Pero en ambas ocasiones nos han emocionado. Y mucho.

domingo, enero 18, 2009

Mi blog está triste

Son de admirar los columnistas que volis nolis han de redactar su columna diaria, tenerla en hora y enviarla a la redacción. Desde fuera parece fácil pues da la impresión de que "cualquier tontería" sirve para hilvanar un texto. ¡Y una leche! Ahora mismo y desde mi situación, y diría que es toda una hazaña. Pero mi blog no lo entiende así y sigue triste.
La verdad es que yo creía que iba a ser más fácil. Y, de hecho, lo fué durante un buen tiempo. Tenía tantas cosas que contar, bullían tantas emociones en mi interior que hasta lo consideré una terapia. Y debo reconocerle al blog que durante ese tiempo fue un excelente confidente. Pero ahora que ya no tengo tanto follón interior y, en cambio, me ha aumentado el exterior (muchas cosas que hacer), se está resintiendo mi creatividad bloguera. ¡"Una pena"!, me ha dicho él con unos morros que pa qué. Ya lleva un tiempo así, que no me dirige la palabra o lo hace con reconvenciones breves, como resignado. Supongo que también él va viviendo su propio drama interior. Quizás necesite su propio blog (estaría bien eso de un blog escrito por otro blog) para descargar sus neuras.
No es que no lo entienda. En conversaciones anteriores (en nuestros buenos tiempos hablábamos bastante) me comentaba que se sentía especialmente feliz. "Otros blogs, me decía, tienen vidas efímeras. Nacen pero no prosperan, son como pequeños abortos. Algunos consiguen superar sus primeras semanas pero luego las entradas escasean y su vitalidad comienza a languidecer hasta que desaparecen (y casi es mejor eso, pobres, para la vida que llevaban). Yo estoy bien, reconocía. No es para echar campanas al vuelo, pero tu fidelidad me permite llevar una vida soportable. Sin excesivas alegrías, es cierto, pero estoy contento. Mis indicadores presentan índices razonables de creatividad, intimidad, interés, variedad, etc. Claro que no nos podemos comparar con esos otros blogs de clase alta (tienen autores que son famosos, muchas entradas, muchos comentarios e lectores, colores radiantes y están plagados de imágenes y vídeos). Ellos juegan en otra liga. Pero para ser el blog de un profe, madurito, introvertido y con nociones informáticas de supervivencia, creo que lo estamos haciendo bien". O sea que, seguramente, pensó que siempre sería así. Y esta sequía reciente le está minando la moral.
Pero en fin, así son las cosas. Curiosas. Llama la atención eso de que cuanto más tranquilo estás interiormente menos necesidad sientes de contar cosas. Porque, desde luego, es distinto "escribir" que "contar". Me sigue apeteciendo mucho escribir pero siento menos deseo de contar. O quizás es que tengo menos cosas que contar. O simplemente menos ganas. Lo que sea, pero por mucho que me justifique creo que eso no va a consolar al blog. ¡Pobre! ¿Pero como explica a un blog que las personas tienen esas cosas y que, a veces, el silencio no es un mal síntoma?

domingo, enero 11, 2009

Una familia con clase.



La verdad es que resulta un poco aburrido escribir solo de cine en el blog. No es que el cine no me guste, pero disfruto más con las entradas personales o anecdóticas. Y no es por falta de temas. Tengo cinco o seis ahí esperando pero este estado sublime de medio apatía posvacacional te deja sin ánimos para meterte en el lío. Además, con este frío inmisericorde, casi todas las energías has de dedicarlas a temblar para entrar en calor. Así que, entre una cosa y otra, lo único que sobrevive es este recuento periódico de las pelis. Y se puede dar el blog con un canto en los dientes porque podría quedarse, incluso, sin eso.
Bueno, pues esta vez, le ha tocado el turno a Una familia con clase, un film de Stephan Elliott, recién estrenada en Coruña. Basta leer la pequeña descripción de la propaganda para hacerse una idea cabal de cómo va a ser la cosa, pero yo estaba seguro de que la calidad de los actores ingleses salvaría la historia. Y así fue. El argumento (basado en una novela clásica, de 1924, del insuperable Noel Coward: Easy Virtue) recoge la previsible incompatibilidad entre una rancia familia inglesa y una joven americana casada de en un rapto de lujuria (y fuera de Inglaterra, por supuesto) con su hijo mayor y heredero. Él (Ben Barnes) es un joven inexperto y ella (Jessica Biel) una mujer vital (capaz de ganar una carrera de coches en Mónaco), con mucha experiencia a sus espaldas y con una visión pragmática y hedonista de la vida. Muy lejos, en todo caso, de los estrictos valores y tradiciones de los nobles ingleses.
Tras la boda, él vuelve a su casa para presentar su esposa a la familia y ahí comienza la juerga. La casa es un sueño: uno de esos enormes castillos en medio de inmensos prados. Y la familia, lo que era de esperar: un conjunto de estirados personajes muy apegados a las tradiciones y los valores intangibles de la nobleza inglesa. Pero cada uno de ellos es un personaje. La obra debió ser, inicialmente de teatro, pues los caracteres están perfectamente delineados y los actores los bordan, cada uno el suyo. Especialmente buena es la madre (Kristin Scott Thomas). No mueve un músculo que no deba mover y refleja de manera perfecta ese carácter medio repelente medio amable de la dueña de la casa. Por supuesto, no traga a su nuera y resulta sibilina buscando formas “educadas” de ningunearla y hacerle la vida imposible. El padre (Colin Fitth) es otro “cromo” perfecto: ex-comandante perdedor en la guerra, depresivo dado a la bebida y los puticlubs después, recuperado para la familia en aras del buen nombre de la familia y resignado, finalmente, a ser un cero a la izquierda en el organigrama familiar. Entre soñadoras y repelentes las dos hermanas del recién casado (divertidísima la escena de la hermana pudorosa bailando el Can Can sin ropa interior).
La recreación de los ambientes ingleses de la alta sociedad resulta impecable (al menos hasta donde uno está acostumbrado a ver en las series). El guión, como suele ser habitual en este tipo de obras, me ha parecido magnífico. Esa socarronería inteligente y cínica (tipo Churchil) con que se enfrentan las dos mujeres. O el despedazamiento familiar que se produce cada vez que se sientan a la mesa donde los comentarios ácidos y sardónicos son como flechas que llueven en todas direcciones.
En fin, no es de esas películas de reírse a carcajadas pero te garantiza una sonrisa permanente. Lo que no es poco.

miércoles, enero 07, 2009

El intercambio.


Fue como un regalo de Reyes. ¡Qué hermosa película! Clint Eastwood, de nuevo. Aunque dicen que no es su mejor film, a mí me da igual. Todos los que yo conozco han sido, hasta ahora, extraordinarios. Claro que soy un fan incondicional de Angeline Jolie. Y de John Malkovich. Así que tampoco fue de extrañar que saliera del cine vapuleado por la historia pero encantado por la película.
Dicen que la historia fue real. Que sucedió en Los Angeles a finales de los años 20. Un niño que desaparece, una madre aterrada que hace lo divino y lo humano por recuperarlo. Una policía corrupta que quiere cerrar el caso a cualquier precio, incluso tratando de engañar a la madre a la que entrega otro niño que no es su hijo. Un criminal en serie que asesina niños. Todo un proceso de corrupción del sistema que hace que quienes ejercen el poder puedan tomar decisiones aleatorias sobre los individuos. Y unas pocas personas buenas que utilizando los medios de comunicación y su propia responsabilidad profesional logran que el escándalo estalle. Con esa amalgama construye Eastwood una historia espeluznante. Y si ya resulta angustiosa viéndola en el cine, ¡qué no sería para quienes la vivieron en la realidad! Especialmente la figura de la madre que pierde a su hijo. Muy dura historia, la verdad. Y eso que, al final, se llega a un happy end que resulta bastante bienintencionado, muy americano. Las cosas no suelen ser así en la realidad. Ojalá lo fueran, pero es poco creíble.
Muy bien, Angeline Jolie, como no podía ser menos. Aunque demasiado guapa y compuesta pese a lo desquiciante de la situación. Sus enormes labios siempre rojos, su ropa casi impoluta casan mal con la angustia que transmite su mirada y sus gestos. Elegante como siempre John Malkovich. Esta vez actuando de predicador y mosca cojonera de la corrupción policial. Extraño y perturbador el criminal, mitad religioso mitad pirado. Preocupante el niño pequeño que se hace pasar por el niño desaparecido; parece imposible que un niño pueda parecer tan frío e imperturbable por mucho que lo hayan entrenado. Y muy bien ambientada la historia en los años 20: la ropa, los coches, las viviendas, los ambientes. Parece una película de gansters. Bueno, de eso va, más o menos.
Pero sobre todo, es terrible la sensación que le queda a uno en relación a los personajes policiales y parapoliciales de la historia. Que el poder corrompe es algo sabido. En muchos países la policía es tan peligrosa como los criminales. Pero resulta kafkiano pensar que algo así pueda suceder. Que el nivel de perversión de una persona, de sus criterios profesionales pueda llegar a esos niveles. Y quizás pudiera entenderse en la policía, pero ¿también en los médicos? Nunca entenderé que los médicos del psiquiátrico puedan actuar así, como diabólicas correas de transmisión de la policía y pervirtiendo todos sus criterios profesionales. ¿Cómo puede el sistema pervertirnos a todos? Todos funcionando en base a las mismas reglas infames: enfermeras, celadores, médicos. Es imposible que no haya alguien que se plantee que las cosas no pueden ser así, que están actuando mal. Me resulta difícil de creer. Y si llegara a creerlo, se convertiría en una pesadilla permanente. Ya me pasó eso con la película Gomorra y con muchas historias donde los malos son tan malos que parece imposible creerlo.

jueves, enero 01, 2009

La felicidad



No sé por qué hoy me hado por levantarme pensando en la felicidad. Tema, por cierto, bastante descontextualizado porque ha amanecido lloviendo e imagino pocas cosas que te sugieran menos sentimientos felices que verte en un hotel carísimo con una playa infinita a 50 metros y metido en la habitación porque hace un tiempo de demonios. Hoy, desde luego, el tiempo no nos va a dar la felicidad. Me temo.
Pero está bien esta cosa de la felicidad. Buen tema para fin de año. Quizás por eso estos días es un tema recurrente en los artículos de fondo de la prensa. El domingo le dedicaba EL PAIS dos páginas centrales (claro que era el día de Inocentes) y esta misma mañana el periódico digital Gaceta.com hacía tres cuartos de lo mismo. No digamos si uno entra en Internet: 5.230.000 entradas me he encontrado sobre la felicidad (incluida alguna de este mismo blog).
Será que nos gusta darle vueltas al tema. Quizás una de las cosas que da felicidad sea el pensar en ella. Ahora, además, ha entrado en la agenda de los científicos. Y se van haciendo estudios sesudos sobre esa cosa tan frágil. No han tenido en cuenta aquella frase de Bernard Shaw: “si quieres ser feliz como dices, no analices muchacho, no analices”.
De todas formas van apareciendo algunas cosas curiosas. Por ejemplo, que la sensación de felicidad sufre un bajón allá por los cuarenta y se recupera en los sesenta. Esto ya me gusta, oye. Que yo el bajón de los cuarenta-cincuenta ya lo tuve (¡vaya socavón!) y ahora que se avecinan los sesenta será una buena sorpresa verse desbordar, de nuevo, de felicidad. Y no es una broma. Lo ha dicho el Instituto Nacional de Estadística francés (INSEE) que lleva estudiando el tema desde 1975. Están (los franceses, digo) incluso un poco cabreados porque dicen que el peso fiscal disminuye en esa etapa de la vida. Ya verás como acabarán jodiéndoles la pensión a los pobres coetáneos galos. Pero lo más interesante es que la felicidad, según una colega de la Univ. de Standford (Sonja Lyubomirsky) se correlaciona con “beneficios tangibles en muchos ámbitos de la vida”. ¡Guay! Y el periódico cita algunos beneficios tangibles de esos: más probabilidades de estar casado y menos de divorciarse (bueno, eso algunos no lo deben vivir como un beneficio tan tangible); más amigos y mayor soporte social (esto sí, desde luego); más creatividad y productividad en un trabajo de más calidad y bien pagado (¡qué estupendo, ¿no?); más actividad y energía vital (incluida la sexual, supongo, porque si solo va a ser para dar paseos cardiosaludables, el beneficio se queda en poca cosa); mejor salud mental y física (¡uff, menos mal!); capacidad de autocontrol (tampoco está nada mal); e incluso más longevidad. La leche vamos, este idilio entre la sesentena y la felicidad.
Hasta se ha llegado a identificar los 10 factores (esta gente son como yo, buscando siempre 10 puntos para cuadrar las ideas) que afectan a la felicidad. Por supuesto, el primero es la riqueza (un poquito sólo, luego ya no influye); la ambición; la inteligencia (aunque eso va en contra de la frase aquella que decía que sólo hay dos formas de ser feliz “una es ser hacerse el idiota y la otra es serlo”); la genética (esto no lo entiendo, ¿tenemos un gen de la felicidad? ¿o es de la infelicidad?); la belleza (eso sí es verdad, es que alguna gente tiene chupado eso de ser felices); la amistad; el matrimonio; la fé; la caridad y la edad. Me figuro que algunos protestarán por estos cuatro últimos. Pero, igual que los otros, no es que den la felicidad sino que están relacionados con ella. O sea, que tanto te la pueden dar como quitar.
Muy interesante resulta, también, lo que trae Gaceta.com Hacen referencia al trabajo de otros colegas de Harvard, Christakis y Fowler (médicos ellos) que dicen que en realidad son más felices aquellos que viven entre gente feliz. “La felicidad de la gente, han escrito, depende de la de otros con los que están conectados. Este descubrimiento aporta argumentos para empezar a ver la felicidad, como la salud, como un fenómeno colectivo”. Suena bien en lo general, pero cuando ellos presentan las conclusiones de su estudio todo parece un poco raro. Según ellos, “La felicidad del vecino de la puerta de enfrente aumentaba las propias oportunidades de ser feliz en un 34%, pero un vecino del edificio de al lado no tendría ningún efecto. Un amigo que vive a medio kilómetro podría tener un efecto de rebote del 42%, pero el efecto era casi de la mitad si se trataba de un amigo a dos kilómetros”. Por lo visto tienes que verles y tener proximidad física con ellos porque el lenguaje corporal (sonrisas, brillo en la mirada, entusiasmo, etc.) importan mucho.
Creo que hay un estudio sobre el Facebook de Internet en el que se ha demostrado una cosa parecida. Que la gente que sonreía en sus fotografías acababa logrando más amigos cibernéticos y no sólo eso, sino que entre esos amigos la proporción de gente que colgaba fotografías suyas sonriendo era también mayor de lo normal. Vamos que la felicidad se contagia. Como la tristeza supongo.
Y resulta gracioso que esa transferencia positividad de felicidad sucede en todos los ámbitos de la vida menos en el trabajo. Tener un colega feliz en la mesa de al lado no mejora tu felicidad. Ni la tuya mejora su felicidad. “Los colegas de trabajo alegres no elevaban el ánimo de sus compañeros, a menos que fueran sus amigos”. El profesor Fowler cree que la competencia inherente al trabajo podría anular las vibraciones positivas que emana un colega feliz. Debieron hacer su estudio entre los colegas de la Universidad, seguro. Una cosa parece clara: “la gente que forma parte de redes sociales es más feliz que la gente aislada. Ser popular es bueno, especialmente si los amigos también son populares”.
En fin, a estas alturas del año no estoy para grandes reflexiones. Pero yo pude ver ayer tras la cena de fin de año (se ha demorado esta entrada: la empecé el martes con al tiempo y estamos ya a jueves con un tiempo precioso) a un tipo con una cara de felicidad infinita. Quizás porque los cientos de personas que estábamos allí también estábamos disfrutando de lo lindo. Pero lo suyo era especial: se movía con paso lento e incierto pero al compás de la música, mirada dulce y perdida, sonrisa de oreja a oreja, manos y brazos abiertos… Los mal pensados dirían que había sido el champán, pero se veía a las claras que era una sobredosis de felicidad.
En cualquier caso, como estoy aquí con mi amigo psicoanalista, me quedaré con aquella idea de Freud (si es que es de él): “¿Qué hace falta para ser feliz? Un poco de cielo azul encima de nuestras cabezas, un vientecillo tibio, la paz del espíritu”.Vamos, unos días en Fuerteventura, sin ir más lejos.