jueves, agosto 23, 2012

POLLO CON CIRUELAS



¿Y qué hace usted estos días de calor tan insoportable?, le preguntaron a un sevillano hace unos días en la tele. Pues quedarme en casa pegaito al aire acondicionado, dijo él. Pamplona no es Sevilla pero esta tarde hacía un calor parecido. Y me fui a la primera sesión del cine. Aquí los paisanos debieron hacer como en Sevilla, quedarse en casa. En el cine no había nadie a esa hora. Como sería que, para mi desesperación y después de chuparme la calorina de esa hora, llegué casi 15 minutos tarde. La chica de la taquilla me dijo que ya no podía pasar, pero luego vino el muchacho que atiende las salas y dijo que sí, que como no había entrado nadie a esa sala (ni a las otras por lo que pude ver) me la ponía para mí. Así que tuve una sesión de cine particular. Toda la sala para mí solo y con horario personalizado.

Y así fue como me metí en la historia preciosa y original de “Pollo con ciruelas” (suena más chic en el título original: Poulet aux prunes). Es una peli francesa del 2011 dirigida por Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud y protagonizada por Mathieu Amalric, María de Medeiros, Isabella Rossellini (sólo en un par de secuencias) y Golshifteh Farahni. Todos están magníficos. Y lo mismo se puede decir de la fotografía y la música, sobre todo, la música. Por se trata de un asunto de violines. Por algo fue premiada en el Festival de Venecia 2011.

Como no he visto el trabajo anterior de Satrapi (Persépolis) me cogió de sorpresa el film y su estructura. Muy original y atractivo eso de mezclar elementos cinematográficos de diversa naturaleza como el comic y las acciones reales, la vida real y el teatro de imaginación. Hay mucho juego técnico, mucha imaginación y fantasía a lo largo de toda la historia.

Un violinista famoso, a quien su mujer le ha roto su violín (porque lo atendía más que a su familia), trata de buscar otro que lo substituya y como no lo encuentra decide que ya no merece la pena vivir y decide dejarse morir, proyecto que logra consumar a los 8 días. Todo esto aparece en la película en los primeros 5 minutos, incluido el entierro del tipo, así que enseguida te preguntas qué diablos te van a contar en los ochenta y pico restantes. Y ahí es donde la historia adquiere otra dimensión y los directores van reconstruyendo la historia del violinista enlazándola con el desarrollo de esos 8 días de preparación a la muerte. Porque el violinista, obviamente, no puede dejar de pensar en lo que fue su vida, en sus amores, en sus temores (incluida la propia muerte), en el pasado, en el futuro, en lo que quiso y no tuvo y en lo que tiene sin quererlo demasiado. En fin, suelen decir que uno en los últimos instantes de su vida hace un recorrido por lo que fue toda su existencia. Él tuvo 8 días, así que le dio tiempo a pensar y divagar con abundancia.

Es en ese recorrido autobiográfico (contado de manera muy original y sin dramatismos) cuando la historia del violinista se convierte en una historia de amor, de un amor que se hizo imposible pero que se instaló en los arcanos de su memoria junto a intensas emociones. Cada nota de su violín era un recuerdo de su amor perdido. Así que cuando pierde ese vehículo de contacto con su saudade interior pierde aquello que le mantenía vivo. Por eso es una película llena de añoranzas. Por eso el presente tiene poca importancia: su familia actual, su trabajo, su éxito solo son sucedáneos de esa otra vida interior que ha ido manteniendo a base de conciertos y notas de violín. Lo real y visible de su vida se cuenta en cuatro secuencias: pérdida de violín, desespero trágico, muerte y entierro. Lo que viene después es lo importante.

Una historia de amor en Teherán, dice el subtítulo. Y eso es, la historia de un amor perdido. Muy bien contada. Toda una lección de cine.

domingo, agosto 12, 2012

Nader y Simin, UNA SEPARACIÓN



No estamos (bueno, no estoy) acostumbrado a ver cine iraní. Lo más atractivo era el propio título (sonaba a problemas de pareja y enredos), y eso fue lo que me animó. A veces, aciertas, como esta vez.
La película es del año pasado, 2011. Está dirigida por Asghar Farhadi que es también autor del guión. Los actores son desconocidos entre nosotros, pero como suele suceder en estos casos son unos artistas impresionantes, sobre todo los dos protagonistas, Peyman Moaadi y Leila Hatami.  Pero, en general, todos, incluso las dos niñas, hacen auténticos papelones. Asumen sus roles con una naturalidad que en todo momento sientes que estás asistiendo a un documental más que a una ficción. Además, la fotografía está llena de primeros planos lo que hace que los personajes te resulten muy próximos y te sientas conmovido por su belleza (hermosas las mujeres, aunque lleven siempre cubiertas su cabeza con un velo; preciosas las niñas con esos ojazos tan enormes y amigables).
La historia es dura y lleva a dilemas fundamentales no solo en el desarrollo de las parejas y las familias, sino a problemáticas muy centrales del ser humano: cómo posicionarse ante la propia cultura, qué tipo de prioridades estableces en la vida, cómo construyes “tu verdad” frente a la verdad, cómo sientes el dolor de los demás, cómo te mueves en los meandros de la justicia. Y junto a ello, obviamente, las peculiaridades propias de los países árabes, sobre todo en lo que afecta al papel de las mujeres, a la forma de ejecutar la justicia, a ese barullo social en el que se mueven las relaciones, a la circularidad de las narrativas (cosas que se repiten una y otra vez, argumentos que parecen diques infranqueables, conversaciones que son soliloquios pues cada uno trata de contar su historia sin que eso afecte a lo que el otro vaya a contestar). Y una moraleja final, quizás dos. La primera tiene que ver con la construcción de la verdad, con los difíciles límites entre inocencia y culpabilidad. La segunda es más política y se refiere al deseo de abandonar un lugar como Irán y todas las contradicciones que ello genera en las personas con respecto a sí mismo y a la propia familia. Al final, en ese dilema te deja la película en la figura de la niña que debe decirle al juez con cuál de los dos padres se quiere quedar, si con su madre decidida a marcharse o con su padre resignado a quedarse para poder cuidar a su padre enfermo.
Pese a la diferencia cultural entre nuestros países occidentales y los países árabes (lo que dificulta que te puedas sentir metido en la situación porque la ves como algo demasiado ajeno y poco apetecible: probablemente a ellos les pase algo parecido cuando ven películas occidentales) las cuestiones que se plantean son todas muy universales y de una profundidad que impresiona. El amor del esposo que ama sinceramente a su esposa pero que acepta separarse de ella porque entiende que en ese momento ha de conceder prioridad al cuidado de su padre con Alzheimer, estremece. El cariño con el que trata a su padre (¡de qué manera impresionante trabaja el abuelo con Alzheimer!) conmueve y convierte su figura en un referente moral. Pero nadie es del todo bueno ni del todo malo y, también él, se ve obligado a construir “su verdad” para que un acto del que no se siente responsable no acabe arruinando la vida de su padre y de su hija. Lo mismo acontece con la embarazada que pierde a su hijo y su marido. Ellos también tienen deben construir su verdad sobre pequeñas mentiras u omisiones para salvar lo que, en su percepción, son bienes superiores.
Dejando aparte componentes culturales desasosegantes (sobre todo, en lo que se refiere al papel de las mujeres, a ese miedo que sienten por sus maridos, a la necesidad de tener que conseguir su permiso para vivir su vida), lo que más impresiona de la película es cómo se valora la verdad. Incluso, cuando deciden tergiversarla con adaptaciones interesadas, la verdad aparece como un valor sustancial en sus vidas. Un valor que nosotros hemos perdido. Uno puede figurarse cómo podría desarrollarse un juicio similar entre nosotros y, desde luego, no creo que “la verdad”, así en abstracto, tuviera el mínimo protagonismo. Cada parte se habría montado su propia historia, habría buscado a sus propios testigos a los que los abogados aleccionarían sobre lo que pueden o no pueden decir. Sería una verdad “construida”, no una verdad sentida como componente moral que uno jamás debe alterar y si lo haces, te vas a sentir mal. Una verdad que, como en su caso, a veces tienes que asumir aunque al hacerlo estés arriesgando tu propia seguridad y bienestar.
Una película que emociona. Ves mucha humanidad en la historia, mucha cordura en los personajes. Sientes el drama que cada uno de ellos está viviendo; las amenazas que las verdades de los otros pueden acarrear a tu vida y a la de los que dependen de ti. Recibió el Oscar2011 a la mejor película no inglesa y hasta más de 13 premios en los mejores festivales internacionales. Un rédito justo.

domingo, agosto 05, 2012

La Delicadeza




Detrás de un nombre tan precioso, algo bueno tenía que haber. Y ello pese a que, como casi siempre, los halcones de las críticas la ponen a parir. Hay que reconocer con ellos y ellas que, efectivamente, no es una de esas películas que te dan un revolcón intelectual o emocional, pero eso tiene que ver, también, con el título. Es un toque delicado, suave, amable pero, eso sí, lleno de sugerencias. Una película muy francesa. Nosotros hemos heredado del francés dos palabras similares pero que en el español juegan papeles muy diferentes: delicadeza y delicatessen. Ambas componen el dilema emocional que recorre todo el film: la contraposición entre la delicatessen poco delicada y lo normal pero delicado. Dos culturas, al fin y al cabo, los ricos pijos y las personas normales pero llenas de sentimientos.

Es una película francesa del 2011 pero estrenada este año en España. Me llamó la atención que salieron a la vez el libro y la película, con el acierto de que al comprar el libro te regalaban una entrada para ver el film. Entrada que perdimos, obviamente (valía solo para los jueves), pero que me pareció un detalle “delicado”.

La historia es sencilla. Probablemente no sea tan real (la vida, habitualmente no suele ser delicada) pero eso es lo que la hace bella, su capacidad para ver la vida desde otra perspectiva más amable de lo que suele mostrarnos la experiencia. Hace unos días, en Chile, me trataban de explicar por qué tiene tanto éxito una universidad muy cara. Es que los padres, me decían, prefieren pagar más y que sus hijos estudien rodeados de otros chicos y chicas de clase alta. Así se emparejan entre ellos. Vamos, lo mismo que sucede en los campamentos de verano de elite o en las discotecas chic. Es todo un sistema para que los ricos acaben junto a los ricos y los guapos junto a los guapos. Una selección social de los más deseables. Que a veces se rompa ese proceso con excepciones, es lo que hace interesante la vida. De eso trata La Delicadeza.

La Tautou (que está preciosa, aunque un poco flaca de más) pertenece a la clase de las guapas, con su novio guapo y su entorno guapo. Para hacer una  película romántica le hubiera bastado a Foenkinos, el director, con eso. Ayer mismo, al regresar del cine, estaban pasando por la tele Nothing Hill y de eso se trataba: chico guapo (Hugh Grant) conoce a chica guapa (Julia Roberts) y ambos van pasando por situaciones divertidas. Pero La Delicadeza busca otro camino, tipo Cenicienta pero al revés. ¿Cómo romper ese proceso de selección natural y social casi predeterminado? Que la cosa no es fácil queda a la vista en la película, donde los guionistas tienen que dar una especie de salto en el vacío, como si se tratara de un milagro o una ruptura de la lógica para que las cosas comiencen a tomar otro giro: ella que en “acto irracional” se lanza a besar al primero que entra por la puerta de su despacho. Rota la línea lógica del destino, otro tipo de acontecimientos pueden pasar.

La verdad es que la película es todo un canto de esperanza para todos aquellos a los que la naturaleza no nos ha situado en ese grupo de los guapos-pijos. Para ellos y ellas todo es bastante fácil, al menos al principio. El reparto de las cartas y los valores es bastante desigual: su jugada se ve enseguida (unas hechuras llamativas, una melena estupenda, una ropa pija para que vaya con el conjunto; un pico de oro; un comerse la vida porque se la han dado siempre bastante masticada). A los otros, el proceso se les hace más cuesta arriba, sus buenas cartas están casi siempre ocultas y sólo las descubre quien es capaz de superar esa fase ilógica inicial de hacer caso omiso a los cantos de sirena de los pijos-guapos.

No sé si la película va por ahí, la verdad. Pero el caso es que la Tatou pierde a su novio pijo-guapo (y simpático). Un tío estupendo con el que habría podido hacer una peli romántica aceptable. Al perderlo se rompen todas sus expectativas y se hunde en un profundo pozo. Lo habitual. Situación que el jefe de la empresa en la que trabaja (otra subespecie de los pijos-guapos, pero en este caso, además, presuntuoso y acostumbrado a conseguir todo lo que quiere) provecha para lanzarle los tejos con sus mejores armas (su pico de oro, su melena al aire, su Visa Oro y unas cenitas en restaurante chic).  No se puede decir que no sea delicado.

Luego, en medio de la crisis, aparece el sueco del equipo para analizar con ella el expediente 114. Una cosa anodina, ciertamente, y de lo más pedestre. Y el tipo, alto, desgarbado, con cuatro pelos, sin facilidad de palabra ninguna, se queda en la puerta esperando humildemente que su jefa le permita adelantarse a la mesa y sentarse tras ella para comenzar el trabajo. Ahí es donde se le cruzan los cables a la Tatou y comienza un proceso sin sentido, sin lógica (sin la lógica habitual). Ella ni se da cuenta de lo que hace y él debe pensar que su jefa se ha vuelto loca. Pero, visto en perspectiva, algo así hace falta para que se rompa la narrativa convencional y otra historia comience.

¿Es indelicado el jefe que pretende acostarse con ella y ayudarle a superar el duelo? ¿Es delicado el sueco que se ve atrapado en un sueño en el que en sus horas cuerdas ni se habría atrevido a soñar? Bueno, ambos usan sus recursos. La principal diferencia es que el primero cree que se merece lo que pretende y trata de conquistarlo. Va a satisfacer su deseo y, por tanto, él mismo se sitúa en el centro de la acción y de la propuesta. Pero no es indelicado (salvo ese toque de prepotencia e impaciencia con que trata a la chica de sus sueños). Su delicadeza va por otra vía: se expresa en el restaurante al que la lleva, en la cosecha del vino que pide para ella, en el perfume que seguramente le regalaría o en el viaje al que le invitaría a ir juntos. Es un tipo de delicadeza. La delicadeza del sueco es más interna. Él no se ve como protagonista de la historia, le concede a ella el protagonismo. Lo rico de la situación no está fuera de la propia relación: lo importante no es dónde van (¡un chino, por dios!), qué comen, o qué regalos le hace. Lo importante es que aquella mujer y lo que le hace sentir le ha sacado de sus casillas, que casi no sabe qué decirle y que, llegado un momento, él mismo desaparece porque en su universo sólo existe ella. Alguna vez leí que en una relación lo importante no es quién es el otro, sino lo que te hace sentir.

Dos tipos de delicadeza. Supongo que habrá mujeres que prefieran una de ellas y otras que prefieran la otra. Pero los dos llevan con dignidad su propio papel. Los dos sufren por lo que sienten. El jefe se muere de celos y va chapoteando en el agua de su propia ansiedad como un naufrago que se ahoga. El sueco lo lleva con más calma, quizás porque no acaba de creerse que una cosa tan estupenda le haya pasado a él. Pero es un buen tipo. No es frase suya, porque ya la conocemos desde hace tiempo, pero sienta bien aquello que dice de Tatou cuando le pregunta el otro qué es lo que le gusta de ella. Lo que más me gusta, le dice él, es que cuando estoy con ella me hace ser “la mejor versión de mí mismo”. Magnífico, tío.

De todas formas, me quedo sin saber qué ha querido decir Foenkinos sobre la delicadeza. Entiendo que no es delicado el jefe cuando le hace proposiciones crudas (de todas formas, dicen algunas, que a ellas les gusta que les vayan de frente), pero tiene su toque cuando le pide que descanse, cuando soporta con resignación sus desplantes y escucha paciente su frialdad. Es un pijo pero con clase: no la amenaza, no la desconsidera, no trata de forzar la situación. En el caso del sueco, yo le veo más paradito que delicado. Es ese tipo de delicadeza temerosa, como quien está manipulando una pieza de porcelana de gran valor, que además no es tuya, y temes que se te rompa. Una delicadeza insegura y poco creativa, sosa. ¡Mira que llevarla a un chino, en Francia!

En fin, no sé. Tendré que leer el libro para ver si capto mejor qué moraleja quiere señalarnos Foenkinos que es, además, el autor de la novela. Lo hago por la cuenta que me trae. Como nunca fui del grupo de los pijos-guapos, solo me queda reforzar el flanco de la delicadeza, si no a ver de dónde…

viernes, agosto 03, 2012

Rupturas sentimentales.




“¿Cuánto pesa una relación?”, así con interrogantes, no con signos admirativos (¡cuánto pesa una relación!), comenzaba la película chilena ¡Qué pena tu boda! que pude ver en mi maratón de cine con Iberia y que comenté en una entrada anterior. El protagonista se refería a la cantidad de cosas de las que tendrías que desprenderte cuando la relación se rompía (cartas, regalos, libros, postales…). La primera impresión es que ahora ese peso ya es mucho menor de lo que fue en otros tiempos. Ahora que no se escriben cartas sino emails, no se regalan libros sino ibooks, los pesos, ciertamente, han descendido mucho. Quedan cuatro fruslerías que cuesta poco tirar. Y apretar la tecla del delete  es un gesto que no duele.  Quizás por eso es más fácil romper ahora. Claro que esta historia del peso puede tener una lectura menos material y más simbólica. Librarse del peso de la relación es más que tirar las cartas o borrar los emails. Cuesta de cojones sacarse de dentro todo el conjunto de experiencias, sensaciones y amores /y desamores) que se han ido acumulando, da lo mismo cuánto haya durado la experiencia.

Viene todo esto a que este inicio de verano no está siendo buen tiempo para la lírica. Parece que con los calores se rompe más. Acabo de leer que el Facebook ha causado 28 millones de rupturas (debe ser porque aparecen fotografías comprometedoras de unos con otras y viceversa). Por alguna extraña coincidencia, también me he ido tropezando estos días con historias chocantes de rupturas. Algunas aquí y otras en los viajes. A lo que se ve, en eso no hay mucha diferencia entre unos países y otros.

La primera ha sido una historia sencilla. Una ex - alumna nuestra que marchó a otra ciudad para completar su formación y, aunque no solía decirlo, para acercarse un poco más a su novio. La última vez que la vi estaba bastante animada, concluyendo el máster y haciendo planes de futuro. Esta vez, en cambio, estaba más triste y nerviosa. Pensé que serían los apuros finales del máster. Pero no, es que había roto con su novio hacía un par de semanas. Uno no está en posición de hurgar mucho en esas heridas demasiado personales pero hasta puede parecer de mala educación (como si su problema no te interesara) el no preguntar por qué. Que una pareja rompa tras un año de convivencia (convivencia relativa, pues no vivían juntos) no suele ser extraño. Me llamó la atención las razones que ella daba: tenía que dejarlo, la relación no me aportaba nada, la cosa se fue desvaneciendo poco a poco y al final sientes que te has convertido en amiga. No es fácil de explicar el proceso y menos aún de verbalizarlo. Pero lo que quedaba claro era que todo ese proceso le había sucedido a ella. Ella sabía que tenía que romper y quería hacerlo cuanto antes y de la forma menos indolora posible. Sabía que debía romper pero no sabía cómo. Hasta fue a preguntar a su tutor personal cuál sería la mejor forma de hacerlo. Él todavía andaba preguntándose qué había sucedido. No quería que las cosas acabaran así. Le escribía, escribía a sus padres. Supongo que se sentía angustiado ante algo que no lograba entender. ¿Pero, no habéis hablado?, le pregunté. Sí, tres veces, me dijo ella. Me figuro en el lugar de él haciéndome las mismas preguntas: qué pasó, qué hicimos mal (qué hice mal), dónde empezaron a torcerse las cosas sin que yo me diera cuenta. Él supone que hay otra persona, decía ella, pero no lo hay. No, simplemente se acabó. Supongo que ambos lo debieron pasar mal, pero el más confuso, humillado y destrozado es él que debe aceptar una situación que no entiende. No es sencillo.

La otra historia la conocí hace poco en uno de los viajes a Iberoamérica. Historia bien convencional de académicos y estudiantes. Él, profesor, ella estudiante. Él 45, ella 25. Vivieron durante años una relación compleja. La historia la supe de él, así que es probable que su versión no sea del todo neutral. También en su caso, estaba perplejo y muy dolorido. Sin darse cuenta había pasado de sentir que ella lo deseaba, que le apetecía estar con él, que disfrutaban juntos a una situación en la que se habían perdido todos los referentes. Como un caballo que se para de golpe y te arroja con violencia de su grupa. En su caso, la edad le permitía poder volver la vista atrás y analizar lo que pudo pasar. De todas formas, lo contaba con una fuerte dosis de angustia. En realidad, la historia había sucedido hacía casi 10 años y aún subsistía en él esa sensación de derrota inmerecida. Cuando lo contaba mezclaba su propia narrativa con las explicaciones que, según él, le había dado ella. Según contaba, la relación había seguido los patrones habituales de esas relaciones desequilibradas: momentos de pico y de valle; discusiones frecuentes; sexo intenso; rupturas o amagos de rupturas de vez en cuando; algunos celos, más fuertes en él. Lo llamativo de la historia fue que la cosa comenzó a adquirir tintes graciosos si no fuera por lo dramáticos que resultaron. Primero ella cambió de casa y, en la nueva, ya no quería que se acostaran en la habitación (ahí sólo entrará quien vaya a ser mi marido, le decía ella) y habilitó una especie de sofá en el salón donde se encontraban. Algo después, comenzó a tener fuertes dolores vaginales que hicieron imposible mantener relaciones sexuales. Continuaron durante algún tiempo buscando otras alternativas pero con entusiasmo decrecido. Al final, comentaba él entre una media sonrisa irónica, me dijo que le representaba a su padre. Y ahí sentí, concluyó, que todo había acabado. Y lo resumía en una síntesis que parecía un puñal: primero me echó de su cama, después de su vagina y, al final, de su imaginario. Fue un delete completo. Le pregunté qué tal lo había vivido él toda la experiencia. Por su explicación vi que ya lo había racionalizado. Seguía haciéndole daño pero lo tenía bastante controlado. Lo había vivido muy mal en su momento. Le costó mucho entender. ¿Sabes?, me decía, lo que más me dolió fue que cuando le pregunté qué había pasado, por qué me había tratado así, me contestó que no sabía cómo romper conmigo. Eso me hizo sentir ridículo, confesaba. Yo había estado durante todo ese tiempo pensado que ella estaba encantada conmigo y, mira tú, ella andaba buscando la fórmula para mandarme al carajo. Un ridículo de cojones, decía cariacontecido.

Algo parecido a esto escuché en otra ocasión, ya no me acuerdo dónde. Tampoco sé los detalles, pero el caso es que el tipo se había encontrado con la chica con la que mantenía relaciones esporádicas. Habían quedado esa tarde y las cosas iban saliendo de maravilla. Ella, que tenía una hija, la había dejado con unos amigos. El programa de la tarde había sido agradable. Habían reservado un restaurante precioso para cenar. Total, el tío se las prometía felices. Así se las ponían a Felipe VII, debió pensar. Pero hete aquí que llegó la cena y en el momento culminante en el que él esperaba que hablaran de dónde iban a pasar la noche, ella le soltó que había conocido a un tipo y que estaba muy enamorada. ¡Ah, fantástico!, decía él que le dijo, pero ya me figuro que poniendo esa cara de quien se tira por una ventana del décimo piso. Pero lo peor no fue eso, según contaba. Lo peor vino cuando le dijo que ya andaba en eso desde hacía un año.  Como en la ruptura anterior, otro pobre estúpido que andaba en las berzas: él creyendo que mantenía una relación muy especial con ella y prometiéndoselas felices para esa noche y ella que llevaba un año saliendo con otro. ¡Estúpido, estúpido, estúpido!, se quejaba de sí mismo dándose golpes en la cabeza.

En fin, que esto de las rupturas es toda una historia. Cada una debe tener su propio proceso, pero seguro que hay algo en lo que todas se parecen: los tíos no se enteran hasta el final. No sé qué sucede cuando son ellos los que rompen: no me ha tocado escuchar historia de ese tipo, aunque seguro que las hay. Pero, estaría por apostar a que, en esos casos, ellas ya lo van oliendo desde antes. Esos pequeños detalles que a nosotros se nos pasan desapercibidos. Tú vas, te confías y, de pronto, te encuentras en la mitad de la nada, con una cara de idiota que pa qué.

“¿Algún mensaje subliminal detrás de todo esto?”, me pregunta intrigado el blog. Y sigue, el muy cenizo, “¿no será que estás espantando tus propios fantasmas?”. No, por favor, le he tenido que decir. Yo solo cuento historias. Ya sabes que el verano es buen tiempo para eso. Pero, por si acaso, toco madera. En todo esto de los desamores es mejor ser el narrador que el protagonista. En lo de los amores, ya es otra cosa.

miércoles, agosto 01, 2012

Tan fuerte, tan cerca.



A parte del misterio del título (Extremely Loud and Incredibly Close), el resto de la película de Daldry es toda una historia. Estrenada en 2011, tuvo varias nominaciones a los Oscars de 2011 (mejor película y mejor actor secundario, nada menos que Max Von Sydow) y varios otros premios, incluido uno en el festival de Berlín.
La historia protagonizada por Thomas Horn, Tom Hanks, Sandra Bullock y Max Von Sydow, se sitúa en los terribles acontecimientos de las Torres Gemelas, donde mure el padre de un niño hiperdotado quien cree que su padre le ha dejado un mensaje porque encuentra un sobre con una llave en un jarrón que él guardaba en su escritorio. Partiendo de un nombre que figura en el sobre (Black), va indagando entre todos los Black que figuran en el listín telefónico de N.York (doscientos y pico) si conocían a su padre y si sabían de qué podía ser aquella llave. En su ayuda acude un huésped misterioso y mudo que se aloja en casa de su abuela.
Ésa es la historia, pero la película es mucho más profunda y jugosa. No ha gustado excesivamente a los críticos ni a los listillos que van al cine a comprobar si el producto que les ofrecen se parece o no a lo que ellos esperaban. Casi ninguno de ellos ha salido contento: no es la película que ellos habrían hecho; no es la película paradigmática del 11S; no resulta creíble; está hecha a la búsqueda de algún Oscar. Allá ellos. A mí me ha encantado. Cierto que acaba agobiándote un poco con tanta emoción, pero entiendo que de eso se trataba. Y tiene cosas espectaculares.
El primer espectáculo es la figura del propio niño. Un poco repipi y sabelotodo al principio pero una buena muestra de lo que puede ser un niño inteligente y que lleva dentro un peso emocional tan fuerte como le sucede a él. El otro espectáculo es el huésped mudo. Max Von Sydow borda un papel que no es fácil. Entre la ternura, el distanciamiento y el pragmatismo resulta, al final, todo un personaje. Vas conociendo su sistema de comunicación (izquierda sí, derecha no). Disfrutas con las frases tan concisas con las que sabe expresar sus ideas y emociones. Su propia pose, su forma de andar, su rostro es toda una partitura de modalidades expresivas. No dice nada pero sabes en cada momento qué piensa y cómo se siente. Magnífico. Tom Hanks está cordial y cariñoso, el padre que a todos nos gustaría ser para nuestros hijos: conversaciones inteligentes, complicidades que generan una fuerte comunicación y sintonía, propuestas irresistibles para el niño que encuentra en él un magnífico referente para sus altas inquietudes intelectuales (jugar al oxímoron, las palabras que se contradicen debe ser divertidísimo). También la madre Sandra Bullock hace un papel interesante: atractiva como siempre, cariñosa cuando todo va bien, dolorida y perdida tras la tragedia, maternal e inteligente con el hijo que, supuestamente, se va alejando de ella). Quizás esa parte final, donde ella se anticipa a los pasos que va a dar su hijo es la menos creíble de todo el film, pero resulta aceptable, sobre todo por lo que tiene de equipararse a la inteligencia del hijo, de respetarla sin intentar dominarla.
Parece lógico pensar que cada quien va a ver la película desde su propia perspectiva. También lo hago yo. Al final, nadie puede desprenderse de las diversas mochilas vitales con las que va cargando: ser padre y esposo, ser psicólogo, ser educador, ser emotivo. En este caso, las mochilas que más se activaron fueron las dos primeras.
Identificarse con el padre y esposo que muere en un atentado resulta fácil. Ya decía que Tom Hanks lo hace muy bien. Te gustaría ser como él en el trato con tus hijos, haber sido capaz de hacerles propuestas tan interesantes, haber sido capaz de crear con ellos esa sintonía que les da fuerza y despierta sus sentidos. Es fácil después vivir su propia angustia. Es dramático cómo consigue Daldry ir aumentando la intensidad de la angustia con esas llamadas sucesivas desde la torre que va destruyéndose. Pero cualquiera haríamos eso: estás perdiendo lo que más quieres y quieres tranquilizarlos y tranquilizarte. En definitiva no quiere morir y se agarra a lo que más le ata a la vida. Emocionante todo lo que pasa con el teléfono. Pero no es sólo eso. Lo rico de la situación es cómo hablan de él cuando ya no está, cómo lo va presentando a los Black que visita, cómo habla de él con el mudo o cuando se reencuentra con su madre. Los recuerdos de un padre. ¿Qué recordarán de nosotros nuestros hijos? En general, ya se ve, son esas pequeñas cosas que forman parte de la vida cotidiana: cómo movía los hombros en plan interrogante, cómo saludaba al llegar a casa, cómo jugaban a los axímoros, cómo te tocaba la cabeza. Es curioso, son cosas casi insignificantes, que nos pasan desapercibidas. Cosas pequeñas que integran ese gran mundo de la presencia y se mantienen, al menos un tiempo, en la ausencia.
La otra referencia magnífica de la película es todo el juego con la llave. La llave está llena de simbolismo en este film. Una llave que abre algo, una llave que le llevará al mensaje de su padre. ese mensaje que no pudo oír por el teléfono. Una llave que tiene una clave (algo lógico en una relación en la que el ponerse retos a descubrir ha sido una de las formas de comunicarse). La llave del misterio. Y el niño (signo de que la inteligencia está construida de tesón y constancia) se traza un plan y lo sigue cueste lo que cueste. Un plan digno de un chaval superdotado, con sus cuadrículas, sus sistemas clasificatorios, su sistema de documentación y archivo de las evidencias. Pero, en realidad la llave no lleva a ningún mensaje. Pertenecía a un tipo que guardaba allí cosas suyas. O quizás sí tenía un mensaje, aunque de otro tipo. El mensaje de ir poniendo en marcha su capacidad de investigar, de crear sistemas, de ir conociendo cómo es la gente (perfecto el diálogo con su madre recordando las peculiaridades de cada persona). La llave no abría cajas pero le abrió a cosas y personas muy interesantes.
Bueno, pues todo esto no gustó a los críticos ni a quienes comentan el film en internet. ¡Que les den!

domingo, julio 29, 2012

Maraton cinematográfico

Los regresos suelen parecerse. Comienzas el día algo excitado porque te espera mucho trajín. Desayuno melancólico tratando de echar un vistazo por el buffet del hotel para ver qué te has dejado los días anteriores sin probar, pues la cosa se acaba. Recoger las cosas en la maleta, volviendo a hacer el milagro de que entre todo lo que has de llevar. Check out rápido pues en realidad no tienes nada que pagar salvo el minibar que, en mi caso, jamás toco. Y espera preocupada de quien te ha de llevar al aeropuerto. Siempre cabe que se haya olvidado, que le haya pasado algo. En mi último viaje a Brasil, a punto estuve de tener que tomar un taxi pues la persona que quedó en llevarme al aeropuerto se retgrasó más de una hora del momento previsto y yo ya veía que no llegaba con tiempo. Justo cuando metía mi maleta en el taxi apareció. Esta vez no fue así. El chofer de la universidad estaba allí antes de la hora pactada y todo salió perfectamente. Como era sábado, ni siquiera tuvimos que sufrir el tránsito habitual.

El embarque tampoco tuvo novedades, aunque no es fácil librarte de alguna pegiguera. En Chile son menos histéricos que en otros lugares (en la salida, en la entrada ya es otra cosa). Todo fue bien, incluido el embarque. Y así comienza, una vez más el regreso, con los rituales habituales. Lo peor de estos viajes es el horario. Salir a las 12 de la mañana en un vuelo que durará 13 horas significa que te pasarás toda la tarde en el avión. Tiempo en el que se supone que deberías dormir pues vas a llegar ya de mañana a destino. Pero no es fácil dormir por la tarde. Un ratito sí, en un sustituto de la siesta, pero no las horas reglamentarias. Y así pasa lo que pasa.

Lo que me pasó a mí es que se me hizo eterno porque apenas conseguí dormir. Uno tiene sus rituales. El mío comienza (después de los consabidos inicios del viaje con los avisos de seguridad, el pase con los periódicos, los auriculares, los utensilios de aseo y la copita de cava: beneficios de ser pasajero frecuente y que te pasen a bussiness) con una partida de mus contra la pantalla que lleva cada asiento. Antes me entretenía más. Ahora empieza a ser aburrida porque siempre gano. Después suele venir la comida y con ella se comienza con alguna peliculita. Después la siesta y, a partir de ahí, lo que Dios quiera, porque depende del tiempo que duermas.

Yo dormí poco, así que te encuentras a las tres horas de vuelo, despejado y sin saber qué hacer. Lo que hice fue ver cine. Mucho cine. 5 películas cayeron esa tarde. Me recordó mis tiempos de estudiante en el Pío XII donde hacíamos maratones de cine de 24 y 36 horas donde podíamos llegar a ver entre 15 y 20 películas seguidas. Algo así, pero ya más moderado por la cosa de la edad. Claro que tuve que apuntarme los títulos de las películas en mi libretica del Alzheimer pues estaba seguro de que no me acordaría ni de los títulos al llegar. Gracias a eso las puedo contar: Wanderlust, Alabama Moon, Lorax, Meu País y ¡Qué pena tu boda!.

La primera fue Wanderlust, que en los cines españoles la tradujeron como "Sácame del paraiso". Película americana de este mismo año, con la Jennifer Aniston y Paul Rudd de protagonistas. Bueno, entretenida por aquello del contraste entre el mundo de ejecutivos del que los protagonistas salen y el mundo hippy en el que acaban cayendo. Primero con dudas, luego de forma más consciente y grata. Se pasa bien, lo que no está mal para mitigar la preocupación de ir atravesando la cordillera andina llena de nueve y picos amenazantes.

La segunda fue Alabama Moon, que yo confundí con otra de un campamento de chicos. Pero no, esta es un poco más antigua, de 2009, y que va en plan de niño que vive con su padre en el bosque, al margen de la civilización y sus constricciones. El padre no quería que nadie pudiera exigirle nada, así que se automarginó con su hijo. Vivía de lo que pescaba o cazaba y de los recursos que le daba el bosque, algunos de los cuales podía intercambiar en la aldea del pueblo por productos más vivilizados. Cuando él muere, el hijo tiene que vérselas por su cuenta pero pronto cae en manos de la ley. El policía malo que lo traerá por la calle de la amargura. Lo internan en un horfanato, se escapa con sus compañeros y consigue adentrarse en el bosque con otros dos. Al final, acaba descubriendo que el mundo y quienes lo pueblan no son tan malos como su padre le había ido diciendo; que la amistad es un bien del que los humanos no podemos privarnos si queremos sobrevivir; y de que hay gente buena en la que se puede confiar. Es bonita su idea de las "cartas de humo". Escribe cartas a su padre muerto y las quema para que él  pueda leer  el humo. También lo hace con su amigo enfermo.
La tercera película fue un retorno a la infancia y al relax con Lorax. En busca de la trúfula perdida. Es una película americana animada, dirigida por Chris Renaud y estrenada este mismo año, 2012. Los dibujos animados de hoy en día ya no son como los de antes. La combinación de música, colores, ritmos, personajes, etc. es una maravilla de creatividad e ingenio. Siguen la estructura clásica de los malos malísimos y los buenos que, afortunadamente, son los que triunfan. En este caso, se introducen toques ecológicos (la recuperación de los árboles) e incluso económicos (los malos que buscan su propio provecho económico a costa de bienes esenciales para la población: les venden aire). En fin, se pasa un rato estupendo y se acaba con una sonrisa, lo que es un final más que aceptable.

La cuarta película tuvo mucho más calado. Meu País, película brasileña de 2011 que no creo se haya estrenado en cines españoles. Mitad en italiano, mitad en portugués (se trata de dos hermanos que después de un tiempo se encuentran tras la muerte de su padre), es un canto profundo a los valores de la familia. Me pareció una película extraordinaria. Una buena muestra de ese cine brasileño capaz de entrar a fondo en temas realmente profundos. Te toca el alma, además, pues comienza con la agonía del padre que, enseguida, te llevan a otras agonías y otras pérdidas que tú mismo has vivido. Así que la historia comienza con un nivel enorme de emocionalidad. Y luego, la historia sigue ese mismo ritmo. Para el hermano que viene de Italia con su esposa, hombre exitoso en los negocios, se abre toda una nueva perspectiva en relación a la familia. Descubre una nueva hermana, que no conocía, internada en un psiquiátrico y necesitada del apoyo familiar para no recaer. Descubre que su hermano vive una vida disipada que está arruinando las empresas que dejó el padre. Descubre, en definitiva, que la vida que él estaba llevando en Italia, pese a sus problemas, era una vida cómoda y ajena. Descubre a su familia y lo que significa tener familia. Con no pocos esfuerzos, los tres van reconstruyendo el espacio afectivo y natural que les pertenece y al que pertenecen. Y la fuerza de ese espacio es tanta que incluso su propio matrimonio y sus negocios en Italia pasan a un segundo plano. Un hermoso canto al poder de la familia.

La quinta y última una pelicula chilena del año 2011 fue, sin yo saberlo, la más divertida: ¡Qué pena tu boda! (aunque el título en inglés me pareció mucho más expresivo: Fucking my wedding). Comienza con una pregunta curiosa. ¿cuánto pesa una relación?. Todo lo que le has escrito, todas las fotos, todos los regalos. ¿Cuánto pesa todo eso que has de destruir cuando la cosa se rompe? No está mal para comienzo. La historia es bastante habitual: una de esas relaciones con picos y valles; con un embarazo intermedio, con aparición de exnovios y con alguna que otra infidelidad menor entre medias. Pero contado con ese humor socarrón chileno. Le sobran algunas lágrimas y quizás algunas situaciones poco creíbles como la de la becaria hija del jefe y salida (porque tampoco en Chile se atan los perros con longaniza). Tiene momentos gloriosos como la relación entre la pareja del gay heterosexual o el baile de los dependientes del café, al estilo de lo que sucede en EEUU. Estuvo bien. Un buen final.

Claro, con esta panzada de películas e insomnios, cuando llegué a Madrid, lo primero que busqué fueron las literas que tiene Iberia en la sala VIP. Me quedaban 5 horas hasta el siguiente avión a casa. Y me quedé frito. Menos mal que mis vecinos cabreados me avisaron que mi iPhone llevaba sonando varios minutos, sino hubiera perdido el avión. El jet lag, ya se sabe.



sábado, julio 28, 2012

Chile again



Se acabó, por esta vez, la experiencia chilena.
15 días fuera de casa es un abuso, hay que reconocerlo.  Al principio consigues superarlo mirando solo el presente. Igual que se hace cuando uno sube una cuesta, si miras al suelo donde van avanzando tus pies apenas notas que sea una cuesta. Si miras al frente, ya solo ver el repechón que has de subir, empiezas a palpitar. Así que el secreto es ir subiendo la cuesta sin pensar que lo sea. Con el tiempo pasa un poco lo mismo. Mejor no mirar mucho al frente. Y así, minuto a minuto, llenándolos como mejor puedes, va pasando el tiempo. Los viajes exigen un poco de estrategia que se va aprendiendo con el tiempo. Si comienzas a agobiarte desde el inicio por cada retraso del avión, por cada sorpresa, por todo lo que queda por delante, todo se hace eterno y acabas jodido. Mejor ir dejándolo pasar.

Bueno, pues así, entre unas y otras cosas, se fueron los 15 días. Algunos aburridos de muerte que se sobraban por todos los lados. Otros que resultaron insuficientes, tan intensa era la actividad. Y, para mí, habiendo actividad, el disfrute está garantizado. No sé, debe ser que el tiempo se me pasa volando cuando estoy haciendo algo. O quizás, que como las cosas, en general, salen bien y la gente es generosa, los aplausos y agradecimientos cubren de sobra el desgaste de lo que has estado haciendo. Pues así fueron los 15 días. Muchas cosas envueltas en tiempo.

Porque, la verdad, esta vez, el gran protagonismo de mi viaje fue realmente el tiempo. No sólo porque no hay nada que se pueda zafar del tiempo, sino que además de lo que tenía que ir a hablar era, en parte, del tiempo. Los créditos, la organización de los Planes de Estudio, los tiempos de los estudiantes. El tiempo de los otros y mi propio tiempo fueron los raíles por los que se deslizaron estos 15 días en Chile. Con cosas interesantes, como sucede siempre.

La primera es que me tocó chupar frío. Me encanta romper nuestro invierno con el verano sudamericano, pero me pone menos hacerlo al revés. Y la cosa es que salí de Madrid con 33 grados y llegué a Santiago de Chile con 3. Mucho salto para sorberlo de golpe. Pero luego, a medio día solía salir un sol  hermoso. No me puedo quejar. Y como compensación la Cordillera estaba preciosa de nieve blanca. Un espectáculo.

La segunda es que, tras una primera semana mediocre en un proyecto que, felizmente, ya hemos cerrado (también aquí el tiempo como protagonista), la cosa fue mejorando. Es interesante cómo proyectos que nacen con muchas ínfulas acaban quedándose en nada. Me enamoré de él y por eso me comprometí porque creía ver en la propuesta una voluntad institucional clara de renovar los estudios de Medicina y Ciencias de la Salud en las 8 Escuelas que componen la Facultad. Empezamos hace tres años con la presencia y el compromiso de los equipos decanales y las direcciones de los centros. Tres años después he acabado haciendo cursos para unos pocos profesores metidos con calzador y siempre con la sospecha desesperante de si acudiría alguien. Sospecha que los responsables te comunicaban compungidos “no sabemos cómo nos va a responder la gente; no son buenas fechas”. Frustrante. Pero ya acabó. Por supuesto, sin que nos hayamos acercado lo más mínimo a los propósitos iniciales. “Painting the cafeteria”. Así cuentan algunos colegas norteamericanos que acaban muchas innovaciones que se proponen altas metas: pintando la cafetería. En nuestro caso, no pintaron la cafetería; pero traen y pagan a un especialista español para que dé cursos sobre metodología de casos a docena y media de profesores. Más o menos, lo mismo.

La segunda semana fue más esperanzadora. Quizás porque, en este caso, estamos comenzando el proceso. Y porque se trata de una universidad privada con un liderazgo claro. A quienes provenimos de universidades públicas y llevamos su dinámica en el ADN académico, nos cuesta relacionarnos con las universidades privadas. No siempre es fácil entrar en su lógica porque, en ocasiones, es escandalosamente economicista. Sin embargo, en este caso me encontré con una universidad distinta. No sé si porque la universidad lo es o porque lo eran las personas con las que trabajé estos días. Me encantó estar con ellas. He aprendido mucho de su esfuerzo institucional y de su forma de afrontar el trabajo de formar a sus estudiantes. Pero lo que ha sido más hermoso es la forma cordial con que me han tratado. Han sabido mimarme durante la semana que he pasado con ellos. Y, la verdad, uno está en edad de que lo mimen. Cosa que pocas veces sucede, desgraciadamente.

Me alojaron en un buen hotel. Vino a recibirme un Vicerrector que ya no se apartó de mi lado en toda la semana (y eso, que esa semana le tocaba actuar como Rector suplente, pues el de verdad estaba de viaje). Viajamos juntos a Temuco y allí compartimos mesa y mantel en el mejor hotel de la ciudad; regresamos a Santiago y fue asistiendo una a una a todas mis intervenciones durante la semana (5), aunque a veces eran repetidas pues se dirigían a colectivos distintos. Y siempre estaba contento y siempre dispuesto a hacer todo lo que estuviera en su mano para que mi estancia fuera agradable. Y que comiera bien, eso es lo peor. Pero no faltaron sorpresas agradables, como la cena en el Mesón Patagónico donde asan corderos al espeto. Lo comienzan a hacer de madrugada para la hora de la comida y los tienen toda la tarde al fuego (siempre más de 4 horas) para la cena. Lo había visto ya en Buenos Aires, pero llama mucho la atención. Y el cordero estaba delicioso, la verdad.
Muy agradable todo, de veras. Me encantó sobre manera el entusiasmo de sus líderes académicos. La forma en que viven su trabajo los decanos y decanas, los directores y directoras de carrera que fui conociendo me emocionó. Su entusiasmo, sus ganas de mejorar, su confianza en sus equipos y en sus estudiantes, si identificación con la institución. Cuando la agencia chilena evaluó la institución, uno de los evaluadores les dijo que allí había mucha “mística” y les preguntó qué pasaría cuando acabara esa mística. Es verdad que había mística. Algo que tiene que ver con el convencimiento y el compromiso. Pero no me pareció falsa ni coyuntural. No eran comerciales vendiendo sus productos. Se les notaba que creían en lo que hacían y que se sentían privilegiados por poder estar allí. Hay algunas personas así en nuestras universidades pero son pocos, demasiado pocos.

Bueno, la cosa es que han sido dos semanas largas pero ricas. De las dos he aprendido mucho. Dos semanas, con sorpresa final: resulta que mi regreso estaba pautado para el viernes 27. Yo ya contaba las horas que faltaban para volver. Pero me había equivocado, en algún momento del proceso se había cambiado la fecha de regreso retrasándola un día. La frustración fue enorme. Revolví Roma con Santiago para intentar cambiarlo pero era el día del estreno de los Juegos Olímpicos y el vuelo iba a tope con gente que viajaba a Londres vía Madrid. Pues nada otro día más. Me perdí la fiesta familiar que, con esfuerzo, se había programado para mi regreso. ¡Una putada!


viernes, julio 20, 2012

ABRAHAM LINCOLN



 Los cabrones del cine no pusieron el título completo, así que caí como un pardillo. Yo creí que iba a ver una biografía de ese hombre de culto que fue Abraham Lincoln y resultó que me metí en una parodia de los chupasangre. Pero el título real de la película ya lo advertía: Abraham Lincoln, cazador de vampiros (Abraham Lincoln: Vampire Hunter). Bueno, me consuela que la he visto un mes antes de que se estrene en España y eso tiene su punto chic. Como aquí en Chile, las películas se proyectan subtituladas, eso que ganan de tiempo.
La película está dirigida por Timur Bekmambetov (basada en una novela Grahame-Smith, de título parecido) y con Benjamin Walker, Rufus Sewell y Dominic Cooper en el reparto.
Pues, qué quieren que les diga, la cosa va de eso, de cazar vampiros. Eso sí adobado con muchas frases de esas que parecen profundas pero resultan obviedades o cosas sin mucho sentido, al menos al traducirlas. El montaje del guión se inicia con la supuesta aparición de un diario de Lincoln en el que él va contando de forma ninuciosa todo lo que va sucediendo en el día a día. Y ahí es donde se descubre que su batalla principal no fue sólo contra la esclavitud del Sur sino con un ejército de vampiros que quieren adueñarse del mundo y defienden la esclavitud para que no les falte manjar que llevarse a la boca, sin coste social alto.
Con todo, la película no es aburrida. Hay mucha acción, mucha muerte, mucho efecto especial. Ya se sabe que los vampiros dan mucho juego (aparecen y desaparecen a voluntad, resucitan si los matas solo un poco, no padecen de tiempos y espacios que les limiten y tienen una agresividad salvaje) y acabar con ellos es una tarea prácticamente imposible. Pero que le maten a uno la madre primero y un hijo, después, resulta demasiado y eso es lo que lleva a Abraham a jurarles odio eterno y a convertirse en el mejor cazador de vampiros de la época.
Bueno, el pobre Lincoln no era aquel padre de la patria (que parecía de las tribus esas mormonas, con su barba en pico y su pinta seria de enterrador), que nos hemos acostumbrado a ver en los libros de historia. Un tipo cachas, que manejaba el hacha de una forma increíble, que sabía pelear a oscuras y que podía adivinar por dónde le iba a atacar un vampiro que se había vuelto invisible. También se enamora de una tía muy interesante. Lo de llegar a presidente la película lo deja así como una cosa secundaria (da a entender que lo consiguió de braguetazo, porque el padre de su esposa era senador). Y ya de presidente está a punto de perder la guerra con el Sur por los jodidos vampiros que atacan a los soldados sin que estos lleguen a enterarse de quién les ha partido el pecho.
Bueno, no es una película para amantes de la historia. No sé si lo es para amantes del cine, pues en eso de los amores la cosa está muy dividida y esto de los vampiros parece que tiene mucha clientela. Se lo pasarán bien los que gusten de matanza, de cabezas seccionadas (es que los vampiros son duros de matar y además hay que rematarlos porque vuelven), de sangre y de mucha acción. Para el resto, una película absolutamente prescindible. Es más, yo creía que ya no se hacían cosas de éstas. Me sorprendió.

lunes, julio 16, 2012

Viajaré tu cuerpo.



Y de nuevo de viaje. Esta vez a Chile, por 13 días. Menos mal que es el último. Después viene el verano y después, Dios dirá.
Los viajes no suelen diferenciarse mucho unos de otros, pero siempre tienen algún matiz, un encuentro, una sorpresa. Como los tiempos son largos (esta vez, 5 horas de espera en Barajas; opción pesada pero preferible a la de llegar angustiado con la seguridad de que pierdes la conexión) da para mucho. La sala VIP hace, además, que la cosa no sea tan dramática. Me dio tiempo a dormir, a leer, a despacharme un gin-tonic reparador, a responder los e-mails pendientes y a aburrirme soberanamente. Como cuando llegué estaba todo libre pude escoger un buen lugar para acomodarme: cinco sofás en forma de U. Mientras me iba a los ordenadores dejé allí mi troll, los periódicos y la chaqueta como “huella” que dijera que aquello estaba ocupado, pero a medida que la sala se iba llenando, me sirvió de poco y cuando volví se habían sentado allí dos parejas de brasileños. Mi sofá quedaba en medio (ése lo respetaron) pero todo el resto del espacio quedó ocupado por ellos.
Para ser brasileños me parecieron, al principio, bastante aburridos. Todos ellos con su iPad y cada uno a su bola. Ellos frisando los 40, ellas quizás también, pero mejor llevados. Luego las dos chicas y uno de ellos se fueron de compras por la terminal. Y se quedó a mi lado, el otro que siguió fuchicando su iPad. Poquito tiempo, porque enseguida tomo su móvil y llamó. El “Oi, amorrrrr…” con que comenzó la conversación y la transformación de su postura y de la expresión de su rostro dejó a las claras que estaba hablando con su chica. Vaya, pensé, yo creía que los 4 que estaban aquí eran dos parejas pero me equivoqué. O quizás no, y el tipo ha aprovechado que los otros han marchado para llamar a su amante. A medida que avanzaba la conversación pensé que la situación se parecía más a lo segundo que a lo primero. No sonaba a un “Oi, amorrrr…” muy matrimonial.
Pese a que lo tenía a 20 cms., casi cabeza con cabeza, no entendía todo lo que decia. A veces sólo susurraba (esos sonidos guturales que forman parte de los códigos paraverbales de las parejas). Además él era consciente de que tenía a un desconocido al lado. Y yo, muy digno, parecía absolutamente enfrascado en la lectura el periódico. Pero como ya estoy muy acostumbrado al brasileño sí que seguía los grandes trazos de la conversación. Y la cosa iba elevando el tono. Entre naderías descriptivas (contó que estaba en Barajas de regreso. Que había querido conocer París pero al parecer no había podido) iba intercalando su discurso amoroso. Me tenía fascinado por los saltos que daba de la realidad al deseo. De la descripción del viaje pasó a aquello de “mas a viagem que eu quero fazer é para o seu corpo. Eu quero viajar o seu corpo a partir do ponto do pé ao último cabelo”. No sé si lo escribo bien, pero sonaba fantástico. Tampoco sé lo que le decía ella, pero el tipo se escurría en el asiento mientras susurraba “Eu também, eu também”. Y seguían otras lindezas: “Morro por beijar sua barriguinha”; “Eu não posso esperar ate a segunda...”; “Estou morrendo de vontade por ficar com voçe”.
Toda una lección de cómo mantener una conversación estimulante. Y eso que aquí solo se pueden recoger los textos. Eran mucho más expresivos los gestos, los tonos, la alteración de la vocalización para convertirla en susurro.
Aquello era una melodía. “Quiero viajar tu cuerpo”. ¡Qué cabrón!. ¡Qué arte!.

miércoles, julio 04, 2012

El Viento



Las rutinas diarias caseras tienen sus encantos. Son los que te alegran la vida y te serenan. Después de un día agotador llegas a casa sin resuello. Te sientas en la cocina con tu santa y tomas algún resto del mediodía junto a la copita de vino (bueno dos) y las nueces para el colesterol. Tres ese trámite ya comienzas a sentirte bien. De la cocina a la salita buscando el sofá reparador. Allí te sueltas y comienzas el zapping a ver qué echan esa noche. Casi siempre son cosas irrelevantes. Parece mentira que entre casi cien canales no encuentres nada que te apetezca. Afortunadamente hay excepciones, como la de ayer. Después de tontear en varios canales, decidimos que la más prometedora de las películas de esa noche era El Viento, en la 2. Buena decisión.
El Viento es una película argentina con un Federico Luppi soberbio. Dirigida por Eduardo Mignogna (intentad pronunciarlo, ya veréis qué trabalenguas) se estrenó en el 2005. Como suele suceder con frecuencia con las películas argentinas, la historia es mucho mejor que la técnica. En este caso, el sonido era horrible y apenas se les entendía a los actores. Una pesadilla. Tampoco se hizo un gran dispendio en exteriores ni efectos especiales (casi mejor). La fotografía estuvo bien y de la música ya ni me acuerdo. El guión y la estructura de la historia, extraordinarios. Estoy enamorado del cine argentino, he de confesarlo.

La historia cuenta el viaje de un ranchero a Buenos Aires para encontrarse con su nieta y tratar de reconstruir unas relaciones que se habían roto hasta tal punto que ella (la nieta) ni siquiera había ido al entierro de su madre que vivía con el abuelo. Él le cuenta cómo murió su madre y poco a poco va haciéndole ver qué equivocada estaba ella pensando que su madre (que la había tenido de soltera) no la quería.

La película tiene ciertas resonancias a la novela de Mark Levy, Las cosas que no nos dijimos, llevada después al cine con el mismo título. Solo que El viento, claro, está contada con esa capacidad de hacerte sentir cosas, de mezclar lo intelectual con lo emocional (cosas del psicoanálisis, supongo) que tiene el cine argentino. La nieta (Antonella Costa, que está fantástica) tiene unas enormes ganas de reconstruir su identidad y conocer cómo fue su pasado. Fue hija de soltera y no conoció a su padre. Toda su infancia quedó en un estado bastante borroso. De hecho, creía que su madre no la quería y por ello, en cuanto pudo, se marchó del pueblo a Buenos Aires a estudiar. Hizo medicina y se quedó allí sin querer volver a saber nada de su familia rural. Tiene un novio de medio pelo y un amante que es su jefe en el hospital. Y así va sobreviviendo. Hasta que, de pronto, se entera de que su madre ha muerto. Pero no va al entierro.

Ahí es cuando aparece por su casa el abuelo. Como suele suceder en estos casos la primera fase del encuentro no tiene buena pinta. Demasiado tiempo separados para que la convivencia resulte fácil. Él le va contando poco a poco la muerte de su madre. Le deja que ella saque toda la amargura que lleva dentro, su sentimiento de abandono por parte de ella, de hija no deseada. La escucha y con esa aparente frialdad llena de ternura va soltando carrete. Le habla de ella, le va dejando ver las cartas que ella escribía cuando se quedó embarazada, cuando le hablaba de ella recién nacida. Le cuenta la historia del embarazo. Poco a poco, como en una película de intriga. Con esa lentitud del diván del psicoanalista que te permite ir descubriendo hasta qué punto tus vivencias están distorsionadas. Y ella va queriendo cada vez más a su madre, añorándola más, echándola de menos. Entre las cartas que le trae el abuelo hay, incluso, una suya de cuando vino a Buenos Aires y contaba a su madre cómo se sentía, cómo echaba de menos el pueblo, cómo sentía la falta del viento.

Hermosa toda esa reconstrucción de la figura de la madre, de ambiente cálido del pueblo, de su propia infancia. Y mientras reconstruye su pasado va destruyendo su presente. Se intensifican sus amoríos con el doctor casado y se diluye el deseo de su novio. Y así, sin saberlo ella va repitiendo la vida de su madre. Como ella queda embarazada de un casado que le deja claro que no se separará para hacer pareja con ella.

La historia importante llega hasta ahí. Lo demás son fuegos artificiales de fin de fiesta. El abuelo confiesa un delito antiguo y siente que debe pagar por él aunque nada tiene que pagar tras tanto tiempo. Y su castigo es volver a la aldea. Y allí se irá la nieta, a tener su propia hija que (posiblemente, aunque eso ya sucede fuera del guión) se irá un día a Buenos Aires a estudiar. Sólo que ella, no tendrá un abuelo que la rescate.
Linda historia, che!

miércoles, junio 13, 2012

Días en Honduras.




El enésimo viaje de este final de curso ha sido a Honduras, país centroamericano que yo no conocía salvo esas pequeñas reseñas de problemas confusos del narcotráfico y hace unos años de la destitución (golpe de estado contra su presidente que se había escorado mucho hacia el estilo venezolano).
Los precedentes del viaje no ayudaron mucho a mejorar mi imagen ni a suavizar los prejuicios. El proceso de obtención de los pasajes fue difícil y sometido a la lentitud de las cosas administrativas en aquellas tierras. Total que hasta dos días antes de iniciar el viaje yo no tenía los pasajes. En varios momentos del proceso entendí que la falta de avances suponía que la cosa se quedaba en nada, pero luego siempre volvía a resurgir. En varias ocasiones fui yo mismo quien deseó que el viaje se suprimiera. Incluso había tomado mi propia decisión de dejarlo estar y no preocuparme más. Pero, en fin, tampoco parecía fácil pues se trataba de un curso al que asistirían gentes de los 5 países centroamericanos (Honduras, la anfitriona, Costa Rica, Panamá, El Salvador y Nicaragüa) y de España. Ellos debían tener comprados ya sus pasajes, pensaba yo, no les puedo hacer eso. Pero por esos milagros del destino, la cosa sí fue adelante y el jueves me confirmaron que ya estaba todo listo para volar el sábado. Mi tensión andaba, ya por entonces, con síntomas parecidos a la deuda española, en niveles insoportables.
Luego, sin embargo, todo salió bien. Los vuelos sin retrasos, las condiciones atmosféricas tranquilas y gente esperándome en el aeropuerto. Y eso que el paso por Miami fue, como suele, exagerado en las medidas de seguridad (te toman las huellas de los 10 dedos de las dos manos, te fotografían la pupila, te descalzan, te pasan por la maquinita que te desnuda y te cachean). Eso sí, han hecho un gran esfuerzo de comunicación mediante cartelitos explicativos de las medidas que puedes ir viendo a medida que avanzas en las colas: por qué no se permiten líquidos, por qué la máquina de rallos X (if you prefer an individual exploration, just ask, te ofrecen generosos). En todo caso es un agobio dentro de todo aquel caos que constituye el aeropuerto de Miami.
En cambio, la vista de la ciudad desde el avión fue realmente espectacular. No creo que nunca haya visto nada tan llamativo, con los cayos repartidos por aquel mar azul cuando llegábamos, con la infinidad de enormes lagos artificiales rodeados de casitas-mansiones; con sus rascacielos en pequeñas zonas; con las playas;  con aquella extensión infinita de chalets entre árboles. Me pareció espectacular.
Y al final, ya cansado llegué a Honduras cuando caía la noche. Casi 24 horas de viaje entre vuelos y esperas. Como no conocía Honduras estaba en esa intriga de querer anticipar cómo sería aquel país. La cita en San Pedro Sula y alguien me había hablado bastante mal de la ciudad. La verdad, el primer encuentro fue nulo pues cayó tal manta de agua mientras nos desplazábamos del aeropuerto a la ciudad que apenas se podía ver un metro por delante del morro de la van que nos llevaba. El hotel era sencillo y familiar, pero muy cómodo. Con la gentileza que tanto se agradece cuando llegas de viajes tan largos, de encontrarte con una cesta de fruta y una botella de agua en la habitación.
Muchas cosas me llamaron la atención de Honduras. Primero de todo, la calidez de sus gentes. En eso, son similares a todos los otros países de la zona que yo haya conocido. Había en el grupo personas provenientes de todos los países centroamericanos: Costa Rica, Panamá, Nicaragua, El Salvador y Honduras. Faltaba sólo Guatemala que entre unas cosas y otras, se había quedado al margen de la red que los otros países habían formado. Cierto que unas personas eran distintas a las otras, pero todas tenían en común ese grado de cordialidad, de simpatía que los hace tan acogedores.
La segunda cosa llamativa es que son muy madrugadores. También aquí las clases de los chiquillos comienzan a las 7 de la mañana. Y nosotros, sin madrugar tanto, pero a las 8 ya estábamos en plena faena. Menos mal que los trabajos eran en el mismo hotel donde nos alojábamos, pero al final tenías que darte un madrugón para estar a tiempo en la sala de trabajo. Y no faltaba nadie. Una maravilla.
Tercera cosa, se pasan el día comiendo. Era curioso, con la excusa de los coffe breack ponían zumos, frutas y piscolabis en las mesas cada dos-tres horas. Agobiante. Pero quienes asistían al curso no le hacían ascos y, al final, hasta yo mismo (a quien no le hacía puñetera falta ese exceso de calorías) me contagié. Pero peor aún, la cosa llega a tal punto que como no aparezcan esas constantes medio-comidas empiezas a ponerte nervioso y a echarlas de menos. ¡Qué cosa!.
Otra cosa terrible era el calor. Cada día llovía con esa lluvia descontrolada que parece que va a inundarlo todo. Intensa, fuerte, a chorros en lugar de gotas. La descarga refresca el ambiente y resulta espectacular, pero dura poco y, enseguida, de nuevo el sol (y ahora mucho más húmedo, más agobiante). Nos salvó el aire acondicionado.
Trabajamos mucho, la verdad. Un poco desordenadamente, pero con intensidad. Como son muy habladores (habladoras, pues casi todas eran mujeres) la cosa se hacía más amena y creo que más rica. Pusimos en común muchas cosas y quedaron tareas pendientes que asumieron con una voluntariedad envidiable. Fueron sólo tres días de trabajo intenso, pero con resultados interesantes. Y eso que les queda mucho quehacer por delante, pero ellas lo saben y seguro que lo llevarán a gran recaudo. Para mí fue una enorme satisfacción. Pensar que las universidades más importantes de los 5 países centroamericanos han adoptado tu modelo de competencias docentes como base para programar la formación de sus docentes universitarios, no deja de ser algo por lo que uno puede sentirse orgulloso y muy contento.
Y como no todo es trabajar, el domingo nos llevaron a Copan, una zona arqueológica de restos mayas muy interesante. Una de las más importantes de toda Centroamérica. Con un calor infernal fuimos visitando los diversos espacios de la ciudad maya y reviviendo lo que debió ser aquel mundo inquietante. Estaban, por lo visto, muy condicionados por su propia concepción del inframundo y del supramundo (lugar solo reservado a sus emperadores y gentes especiales); con tensiones bastante similares a las nuestras en relación a la distribución de poder y a la búsqueda de estrategias para mantenerlo. En fin, una sesión de historia y cultura maya muy interesante. Cada vez que asisto a jornadas de este tipo, me llama mucho la atención cómo personas que, con toda probabilidad (no sé si sería el caso del profesor de Historia que nos hacía de guía) tiene muchas dudas para aceptar los nuevos dogmas de la religión católica o de la que profesen (hay muchas iglesias en Honduras), se vuelcan tan intensamente en las creencias de sus antepasados mayas, usan convencidos la jerga religiosa o cultural de ellos y lo explican como si lo que está diciendo resultara evidente de toda evidencia. Choca!. Y, eso sí, el regreso tuvo que ser precipitado porque el chofer del miniautocar que nos llevaba, no quería salir después de las 16,30 porque temía que nos pudieran asaltar en la carretera. Otro componente más de la emoción con la que se vive allí.
En fin, y así entre largas sesiones de trabajo y algunas concesiones al ocio nocturno (salidas a cenar a la ciudad, aunque siempre muy vigilados y por zonas “seguras”) pasaron esos 4 días centroamericanos. Total que vuelve uno  cansado pero contento. Otra experiencia más.