domingo, julio 29, 2012

Maraton cinematográfico

Los regresos suelen parecerse. Comienzas el día algo excitado porque te espera mucho trajín. Desayuno melancólico tratando de echar un vistazo por el buffet del hotel para ver qué te has dejado los días anteriores sin probar, pues la cosa se acaba. Recoger las cosas en la maleta, volviendo a hacer el milagro de que entre todo lo que has de llevar. Check out rápido pues en realidad no tienes nada que pagar salvo el minibar que, en mi caso, jamás toco. Y espera preocupada de quien te ha de llevar al aeropuerto. Siempre cabe que se haya olvidado, que le haya pasado algo. En mi último viaje a Brasil, a punto estuve de tener que tomar un taxi pues la persona que quedó en llevarme al aeropuerto se retgrasó más de una hora del momento previsto y yo ya veía que no llegaba con tiempo. Justo cuando metía mi maleta en el taxi apareció. Esta vez no fue así. El chofer de la universidad estaba allí antes de la hora pactada y todo salió perfectamente. Como era sábado, ni siquiera tuvimos que sufrir el tránsito habitual.

El embarque tampoco tuvo novedades, aunque no es fácil librarte de alguna pegiguera. En Chile son menos histéricos que en otros lugares (en la salida, en la entrada ya es otra cosa). Todo fue bien, incluido el embarque. Y así comienza, una vez más el regreso, con los rituales habituales. Lo peor de estos viajes es el horario. Salir a las 12 de la mañana en un vuelo que durará 13 horas significa que te pasarás toda la tarde en el avión. Tiempo en el que se supone que deberías dormir pues vas a llegar ya de mañana a destino. Pero no es fácil dormir por la tarde. Un ratito sí, en un sustituto de la siesta, pero no las horas reglamentarias. Y así pasa lo que pasa.

Lo que me pasó a mí es que se me hizo eterno porque apenas conseguí dormir. Uno tiene sus rituales. El mío comienza (después de los consabidos inicios del viaje con los avisos de seguridad, el pase con los periódicos, los auriculares, los utensilios de aseo y la copita de cava: beneficios de ser pasajero frecuente y que te pasen a bussiness) con una partida de mus contra la pantalla que lleva cada asiento. Antes me entretenía más. Ahora empieza a ser aburrida porque siempre gano. Después suele venir la comida y con ella se comienza con alguna peliculita. Después la siesta y, a partir de ahí, lo que Dios quiera, porque depende del tiempo que duermas.

Yo dormí poco, así que te encuentras a las tres horas de vuelo, despejado y sin saber qué hacer. Lo que hice fue ver cine. Mucho cine. 5 películas cayeron esa tarde. Me recordó mis tiempos de estudiante en el Pío XII donde hacíamos maratones de cine de 24 y 36 horas donde podíamos llegar a ver entre 15 y 20 películas seguidas. Algo así, pero ya más moderado por la cosa de la edad. Claro que tuve que apuntarme los títulos de las películas en mi libretica del Alzheimer pues estaba seguro de que no me acordaría ni de los títulos al llegar. Gracias a eso las puedo contar: Wanderlust, Alabama Moon, Lorax, Meu País y ¡Qué pena tu boda!.

La primera fue Wanderlust, que en los cines españoles la tradujeron como "Sácame del paraiso". Película americana de este mismo año, con la Jennifer Aniston y Paul Rudd de protagonistas. Bueno, entretenida por aquello del contraste entre el mundo de ejecutivos del que los protagonistas salen y el mundo hippy en el que acaban cayendo. Primero con dudas, luego de forma más consciente y grata. Se pasa bien, lo que no está mal para mitigar la preocupación de ir atravesando la cordillera andina llena de nueve y picos amenazantes.

La segunda fue Alabama Moon, que yo confundí con otra de un campamento de chicos. Pero no, esta es un poco más antigua, de 2009, y que va en plan de niño que vive con su padre en el bosque, al margen de la civilización y sus constricciones. El padre no quería que nadie pudiera exigirle nada, así que se automarginó con su hijo. Vivía de lo que pescaba o cazaba y de los recursos que le daba el bosque, algunos de los cuales podía intercambiar en la aldea del pueblo por productos más vivilizados. Cuando él muere, el hijo tiene que vérselas por su cuenta pero pronto cae en manos de la ley. El policía malo que lo traerá por la calle de la amargura. Lo internan en un horfanato, se escapa con sus compañeros y consigue adentrarse en el bosque con otros dos. Al final, acaba descubriendo que el mundo y quienes lo pueblan no son tan malos como su padre le había ido diciendo; que la amistad es un bien del que los humanos no podemos privarnos si queremos sobrevivir; y de que hay gente buena en la que se puede confiar. Es bonita su idea de las "cartas de humo". Escribe cartas a su padre muerto y las quema para que él  pueda leer  el humo. También lo hace con su amigo enfermo.
La tercera película fue un retorno a la infancia y al relax con Lorax. En busca de la trúfula perdida. Es una película americana animada, dirigida por Chris Renaud y estrenada este mismo año, 2012. Los dibujos animados de hoy en día ya no son como los de antes. La combinación de música, colores, ritmos, personajes, etc. es una maravilla de creatividad e ingenio. Siguen la estructura clásica de los malos malísimos y los buenos que, afortunadamente, son los que triunfan. En este caso, se introducen toques ecológicos (la recuperación de los árboles) e incluso económicos (los malos que buscan su propio provecho económico a costa de bienes esenciales para la población: les venden aire). En fin, se pasa un rato estupendo y se acaba con una sonrisa, lo que es un final más que aceptable.

La cuarta película tuvo mucho más calado. Meu País, película brasileña de 2011 que no creo se haya estrenado en cines españoles. Mitad en italiano, mitad en portugués (se trata de dos hermanos que después de un tiempo se encuentran tras la muerte de su padre), es un canto profundo a los valores de la familia. Me pareció una película extraordinaria. Una buena muestra de ese cine brasileño capaz de entrar a fondo en temas realmente profundos. Te toca el alma, además, pues comienza con la agonía del padre que, enseguida, te llevan a otras agonías y otras pérdidas que tú mismo has vivido. Así que la historia comienza con un nivel enorme de emocionalidad. Y luego, la historia sigue ese mismo ritmo. Para el hermano que viene de Italia con su esposa, hombre exitoso en los negocios, se abre toda una nueva perspectiva en relación a la familia. Descubre una nueva hermana, que no conocía, internada en un psiquiátrico y necesitada del apoyo familiar para no recaer. Descubre que su hermano vive una vida disipada que está arruinando las empresas que dejó el padre. Descubre, en definitiva, que la vida que él estaba llevando en Italia, pese a sus problemas, era una vida cómoda y ajena. Descubre a su familia y lo que significa tener familia. Con no pocos esfuerzos, los tres van reconstruyendo el espacio afectivo y natural que les pertenece y al que pertenecen. Y la fuerza de ese espacio es tanta que incluso su propio matrimonio y sus negocios en Italia pasan a un segundo plano. Un hermoso canto al poder de la familia.

La quinta y última una pelicula chilena del año 2011 fue, sin yo saberlo, la más divertida: ¡Qué pena tu boda! (aunque el título en inglés me pareció mucho más expresivo: Fucking my wedding). Comienza con una pregunta curiosa. ¿cuánto pesa una relación?. Todo lo que le has escrito, todas las fotos, todos los regalos. ¿Cuánto pesa todo eso que has de destruir cuando la cosa se rompe? No está mal para comienzo. La historia es bastante habitual: una de esas relaciones con picos y valles; con un embarazo intermedio, con aparición de exnovios y con alguna que otra infidelidad menor entre medias. Pero contado con ese humor socarrón chileno. Le sobran algunas lágrimas y quizás algunas situaciones poco creíbles como la de la becaria hija del jefe y salida (porque tampoco en Chile se atan los perros con longaniza). Tiene momentos gloriosos como la relación entre la pareja del gay heterosexual o el baile de los dependientes del café, al estilo de lo que sucede en EEUU. Estuvo bien. Un buen final.

Claro, con esta panzada de películas e insomnios, cuando llegué a Madrid, lo primero que busqué fueron las literas que tiene Iberia en la sala VIP. Me quedaban 5 horas hasta el siguiente avión a casa. Y me quedé frito. Menos mal que mis vecinos cabreados me avisaron que mi iPhone llevaba sonando varios minutos, sino hubiera perdido el avión. El jet lag, ya se sabe.



sábado, julio 28, 2012

Chile again



Se acabó, por esta vez, la experiencia chilena.
15 días fuera de casa es un abuso, hay que reconocerlo.  Al principio consigues superarlo mirando solo el presente. Igual que se hace cuando uno sube una cuesta, si miras al suelo donde van avanzando tus pies apenas notas que sea una cuesta. Si miras al frente, ya solo ver el repechón que has de subir, empiezas a palpitar. Así que el secreto es ir subiendo la cuesta sin pensar que lo sea. Con el tiempo pasa un poco lo mismo. Mejor no mirar mucho al frente. Y así, minuto a minuto, llenándolos como mejor puedes, va pasando el tiempo. Los viajes exigen un poco de estrategia que se va aprendiendo con el tiempo. Si comienzas a agobiarte desde el inicio por cada retraso del avión, por cada sorpresa, por todo lo que queda por delante, todo se hace eterno y acabas jodido. Mejor ir dejándolo pasar.

Bueno, pues así, entre unas y otras cosas, se fueron los 15 días. Algunos aburridos de muerte que se sobraban por todos los lados. Otros que resultaron insuficientes, tan intensa era la actividad. Y, para mí, habiendo actividad, el disfrute está garantizado. No sé, debe ser que el tiempo se me pasa volando cuando estoy haciendo algo. O quizás, que como las cosas, en general, salen bien y la gente es generosa, los aplausos y agradecimientos cubren de sobra el desgaste de lo que has estado haciendo. Pues así fueron los 15 días. Muchas cosas envueltas en tiempo.

Porque, la verdad, esta vez, el gran protagonismo de mi viaje fue realmente el tiempo. No sólo porque no hay nada que se pueda zafar del tiempo, sino que además de lo que tenía que ir a hablar era, en parte, del tiempo. Los créditos, la organización de los Planes de Estudio, los tiempos de los estudiantes. El tiempo de los otros y mi propio tiempo fueron los raíles por los que se deslizaron estos 15 días en Chile. Con cosas interesantes, como sucede siempre.

La primera es que me tocó chupar frío. Me encanta romper nuestro invierno con el verano sudamericano, pero me pone menos hacerlo al revés. Y la cosa es que salí de Madrid con 33 grados y llegué a Santiago de Chile con 3. Mucho salto para sorberlo de golpe. Pero luego, a medio día solía salir un sol  hermoso. No me puedo quejar. Y como compensación la Cordillera estaba preciosa de nieve blanca. Un espectáculo.

La segunda es que, tras una primera semana mediocre en un proyecto que, felizmente, ya hemos cerrado (también aquí el tiempo como protagonista), la cosa fue mejorando. Es interesante cómo proyectos que nacen con muchas ínfulas acaban quedándose en nada. Me enamoré de él y por eso me comprometí porque creía ver en la propuesta una voluntad institucional clara de renovar los estudios de Medicina y Ciencias de la Salud en las 8 Escuelas que componen la Facultad. Empezamos hace tres años con la presencia y el compromiso de los equipos decanales y las direcciones de los centros. Tres años después he acabado haciendo cursos para unos pocos profesores metidos con calzador y siempre con la sospecha desesperante de si acudiría alguien. Sospecha que los responsables te comunicaban compungidos “no sabemos cómo nos va a responder la gente; no son buenas fechas”. Frustrante. Pero ya acabó. Por supuesto, sin que nos hayamos acercado lo más mínimo a los propósitos iniciales. “Painting the cafeteria”. Así cuentan algunos colegas norteamericanos que acaban muchas innovaciones que se proponen altas metas: pintando la cafetería. En nuestro caso, no pintaron la cafetería; pero traen y pagan a un especialista español para que dé cursos sobre metodología de casos a docena y media de profesores. Más o menos, lo mismo.

La segunda semana fue más esperanzadora. Quizás porque, en este caso, estamos comenzando el proceso. Y porque se trata de una universidad privada con un liderazgo claro. A quienes provenimos de universidades públicas y llevamos su dinámica en el ADN académico, nos cuesta relacionarnos con las universidades privadas. No siempre es fácil entrar en su lógica porque, en ocasiones, es escandalosamente economicista. Sin embargo, en este caso me encontré con una universidad distinta. No sé si porque la universidad lo es o porque lo eran las personas con las que trabajé estos días. Me encantó estar con ellas. He aprendido mucho de su esfuerzo institucional y de su forma de afrontar el trabajo de formar a sus estudiantes. Pero lo que ha sido más hermoso es la forma cordial con que me han tratado. Han sabido mimarme durante la semana que he pasado con ellos. Y, la verdad, uno está en edad de que lo mimen. Cosa que pocas veces sucede, desgraciadamente.

Me alojaron en un buen hotel. Vino a recibirme un Vicerrector que ya no se apartó de mi lado en toda la semana (y eso, que esa semana le tocaba actuar como Rector suplente, pues el de verdad estaba de viaje). Viajamos juntos a Temuco y allí compartimos mesa y mantel en el mejor hotel de la ciudad; regresamos a Santiago y fue asistiendo una a una a todas mis intervenciones durante la semana (5), aunque a veces eran repetidas pues se dirigían a colectivos distintos. Y siempre estaba contento y siempre dispuesto a hacer todo lo que estuviera en su mano para que mi estancia fuera agradable. Y que comiera bien, eso es lo peor. Pero no faltaron sorpresas agradables, como la cena en el Mesón Patagónico donde asan corderos al espeto. Lo comienzan a hacer de madrugada para la hora de la comida y los tienen toda la tarde al fuego (siempre más de 4 horas) para la cena. Lo había visto ya en Buenos Aires, pero llama mucho la atención. Y el cordero estaba delicioso, la verdad.
Muy agradable todo, de veras. Me encantó sobre manera el entusiasmo de sus líderes académicos. La forma en que viven su trabajo los decanos y decanas, los directores y directoras de carrera que fui conociendo me emocionó. Su entusiasmo, sus ganas de mejorar, su confianza en sus equipos y en sus estudiantes, si identificación con la institución. Cuando la agencia chilena evaluó la institución, uno de los evaluadores les dijo que allí había mucha “mística” y les preguntó qué pasaría cuando acabara esa mística. Es verdad que había mística. Algo que tiene que ver con el convencimiento y el compromiso. Pero no me pareció falsa ni coyuntural. No eran comerciales vendiendo sus productos. Se les notaba que creían en lo que hacían y que se sentían privilegiados por poder estar allí. Hay algunas personas así en nuestras universidades pero son pocos, demasiado pocos.

Bueno, la cosa es que han sido dos semanas largas pero ricas. De las dos he aprendido mucho. Dos semanas, con sorpresa final: resulta que mi regreso estaba pautado para el viernes 27. Yo ya contaba las horas que faltaban para volver. Pero me había equivocado, en algún momento del proceso se había cambiado la fecha de regreso retrasándola un día. La frustración fue enorme. Revolví Roma con Santiago para intentar cambiarlo pero era el día del estreno de los Juegos Olímpicos y el vuelo iba a tope con gente que viajaba a Londres vía Madrid. Pues nada otro día más. Me perdí la fiesta familiar que, con esfuerzo, se había programado para mi regreso. ¡Una putada!


viernes, julio 20, 2012

ABRAHAM LINCOLN



 Los cabrones del cine no pusieron el título completo, así que caí como un pardillo. Yo creí que iba a ver una biografía de ese hombre de culto que fue Abraham Lincoln y resultó que me metí en una parodia de los chupasangre. Pero el título real de la película ya lo advertía: Abraham Lincoln, cazador de vampiros (Abraham Lincoln: Vampire Hunter). Bueno, me consuela que la he visto un mes antes de que se estrene en España y eso tiene su punto chic. Como aquí en Chile, las películas se proyectan subtituladas, eso que ganan de tiempo.
La película está dirigida por Timur Bekmambetov (basada en una novela Grahame-Smith, de título parecido) y con Benjamin Walker, Rufus Sewell y Dominic Cooper en el reparto.
Pues, qué quieren que les diga, la cosa va de eso, de cazar vampiros. Eso sí adobado con muchas frases de esas que parecen profundas pero resultan obviedades o cosas sin mucho sentido, al menos al traducirlas. El montaje del guión se inicia con la supuesta aparición de un diario de Lincoln en el que él va contando de forma ninuciosa todo lo que va sucediendo en el día a día. Y ahí es donde se descubre que su batalla principal no fue sólo contra la esclavitud del Sur sino con un ejército de vampiros que quieren adueñarse del mundo y defienden la esclavitud para que no les falte manjar que llevarse a la boca, sin coste social alto.
Con todo, la película no es aburrida. Hay mucha acción, mucha muerte, mucho efecto especial. Ya se sabe que los vampiros dan mucho juego (aparecen y desaparecen a voluntad, resucitan si los matas solo un poco, no padecen de tiempos y espacios que les limiten y tienen una agresividad salvaje) y acabar con ellos es una tarea prácticamente imposible. Pero que le maten a uno la madre primero y un hijo, después, resulta demasiado y eso es lo que lleva a Abraham a jurarles odio eterno y a convertirse en el mejor cazador de vampiros de la época.
Bueno, el pobre Lincoln no era aquel padre de la patria (que parecía de las tribus esas mormonas, con su barba en pico y su pinta seria de enterrador), que nos hemos acostumbrado a ver en los libros de historia. Un tipo cachas, que manejaba el hacha de una forma increíble, que sabía pelear a oscuras y que podía adivinar por dónde le iba a atacar un vampiro que se había vuelto invisible. También se enamora de una tía muy interesante. Lo de llegar a presidente la película lo deja así como una cosa secundaria (da a entender que lo consiguió de braguetazo, porque el padre de su esposa era senador). Y ya de presidente está a punto de perder la guerra con el Sur por los jodidos vampiros que atacan a los soldados sin que estos lleguen a enterarse de quién les ha partido el pecho.
Bueno, no es una película para amantes de la historia. No sé si lo es para amantes del cine, pues en eso de los amores la cosa está muy dividida y esto de los vampiros parece que tiene mucha clientela. Se lo pasarán bien los que gusten de matanza, de cabezas seccionadas (es que los vampiros son duros de matar y además hay que rematarlos porque vuelven), de sangre y de mucha acción. Para el resto, una película absolutamente prescindible. Es más, yo creía que ya no se hacían cosas de éstas. Me sorprendió.

lunes, julio 16, 2012

Viajaré tu cuerpo.



Y de nuevo de viaje. Esta vez a Chile, por 13 días. Menos mal que es el último. Después viene el verano y después, Dios dirá.
Los viajes no suelen diferenciarse mucho unos de otros, pero siempre tienen algún matiz, un encuentro, una sorpresa. Como los tiempos son largos (esta vez, 5 horas de espera en Barajas; opción pesada pero preferible a la de llegar angustiado con la seguridad de que pierdes la conexión) da para mucho. La sala VIP hace, además, que la cosa no sea tan dramática. Me dio tiempo a dormir, a leer, a despacharme un gin-tonic reparador, a responder los e-mails pendientes y a aburrirme soberanamente. Como cuando llegué estaba todo libre pude escoger un buen lugar para acomodarme: cinco sofás en forma de U. Mientras me iba a los ordenadores dejé allí mi troll, los periódicos y la chaqueta como “huella” que dijera que aquello estaba ocupado, pero a medida que la sala se iba llenando, me sirvió de poco y cuando volví se habían sentado allí dos parejas de brasileños. Mi sofá quedaba en medio (ése lo respetaron) pero todo el resto del espacio quedó ocupado por ellos.
Para ser brasileños me parecieron, al principio, bastante aburridos. Todos ellos con su iPad y cada uno a su bola. Ellos frisando los 40, ellas quizás también, pero mejor llevados. Luego las dos chicas y uno de ellos se fueron de compras por la terminal. Y se quedó a mi lado, el otro que siguió fuchicando su iPad. Poquito tiempo, porque enseguida tomo su móvil y llamó. El “Oi, amorrrrr…” con que comenzó la conversación y la transformación de su postura y de la expresión de su rostro dejó a las claras que estaba hablando con su chica. Vaya, pensé, yo creía que los 4 que estaban aquí eran dos parejas pero me equivoqué. O quizás no, y el tipo ha aprovechado que los otros han marchado para llamar a su amante. A medida que avanzaba la conversación pensé que la situación se parecía más a lo segundo que a lo primero. No sonaba a un “Oi, amorrrr…” muy matrimonial.
Pese a que lo tenía a 20 cms., casi cabeza con cabeza, no entendía todo lo que decia. A veces sólo susurraba (esos sonidos guturales que forman parte de los códigos paraverbales de las parejas). Además él era consciente de que tenía a un desconocido al lado. Y yo, muy digno, parecía absolutamente enfrascado en la lectura el periódico. Pero como ya estoy muy acostumbrado al brasileño sí que seguía los grandes trazos de la conversación. Y la cosa iba elevando el tono. Entre naderías descriptivas (contó que estaba en Barajas de regreso. Que había querido conocer París pero al parecer no había podido) iba intercalando su discurso amoroso. Me tenía fascinado por los saltos que daba de la realidad al deseo. De la descripción del viaje pasó a aquello de “mas a viagem que eu quero fazer é para o seu corpo. Eu quero viajar o seu corpo a partir do ponto do pé ao último cabelo”. No sé si lo escribo bien, pero sonaba fantástico. Tampoco sé lo que le decía ella, pero el tipo se escurría en el asiento mientras susurraba “Eu também, eu também”. Y seguían otras lindezas: “Morro por beijar sua barriguinha”; “Eu não posso esperar ate a segunda...”; “Estou morrendo de vontade por ficar com voçe”.
Toda una lección de cómo mantener una conversación estimulante. Y eso que aquí solo se pueden recoger los textos. Eran mucho más expresivos los gestos, los tonos, la alteración de la vocalización para convertirla en susurro.
Aquello era una melodía. “Quiero viajar tu cuerpo”. ¡Qué cabrón!. ¡Qué arte!.

miércoles, julio 04, 2012

El Viento



Las rutinas diarias caseras tienen sus encantos. Son los que te alegran la vida y te serenan. Después de un día agotador llegas a casa sin resuello. Te sientas en la cocina con tu santa y tomas algún resto del mediodía junto a la copita de vino (bueno dos) y las nueces para el colesterol. Tres ese trámite ya comienzas a sentirte bien. De la cocina a la salita buscando el sofá reparador. Allí te sueltas y comienzas el zapping a ver qué echan esa noche. Casi siempre son cosas irrelevantes. Parece mentira que entre casi cien canales no encuentres nada que te apetezca. Afortunadamente hay excepciones, como la de ayer. Después de tontear en varios canales, decidimos que la más prometedora de las películas de esa noche era El Viento, en la 2. Buena decisión.
El Viento es una película argentina con un Federico Luppi soberbio. Dirigida por Eduardo Mignogna (intentad pronunciarlo, ya veréis qué trabalenguas) se estrenó en el 2005. Como suele suceder con frecuencia con las películas argentinas, la historia es mucho mejor que la técnica. En este caso, el sonido era horrible y apenas se les entendía a los actores. Una pesadilla. Tampoco se hizo un gran dispendio en exteriores ni efectos especiales (casi mejor). La fotografía estuvo bien y de la música ya ni me acuerdo. El guión y la estructura de la historia, extraordinarios. Estoy enamorado del cine argentino, he de confesarlo.

La historia cuenta el viaje de un ranchero a Buenos Aires para encontrarse con su nieta y tratar de reconstruir unas relaciones que se habían roto hasta tal punto que ella (la nieta) ni siquiera había ido al entierro de su madre que vivía con el abuelo. Él le cuenta cómo murió su madre y poco a poco va haciéndole ver qué equivocada estaba ella pensando que su madre (que la había tenido de soltera) no la quería.

La película tiene ciertas resonancias a la novela de Mark Levy, Las cosas que no nos dijimos, llevada después al cine con el mismo título. Solo que El viento, claro, está contada con esa capacidad de hacerte sentir cosas, de mezclar lo intelectual con lo emocional (cosas del psicoanálisis, supongo) que tiene el cine argentino. La nieta (Antonella Costa, que está fantástica) tiene unas enormes ganas de reconstruir su identidad y conocer cómo fue su pasado. Fue hija de soltera y no conoció a su padre. Toda su infancia quedó en un estado bastante borroso. De hecho, creía que su madre no la quería y por ello, en cuanto pudo, se marchó del pueblo a Buenos Aires a estudiar. Hizo medicina y se quedó allí sin querer volver a saber nada de su familia rural. Tiene un novio de medio pelo y un amante que es su jefe en el hospital. Y así va sobreviviendo. Hasta que, de pronto, se entera de que su madre ha muerto. Pero no va al entierro.

Ahí es cuando aparece por su casa el abuelo. Como suele suceder en estos casos la primera fase del encuentro no tiene buena pinta. Demasiado tiempo separados para que la convivencia resulte fácil. Él le va contando poco a poco la muerte de su madre. Le deja que ella saque toda la amargura que lleva dentro, su sentimiento de abandono por parte de ella, de hija no deseada. La escucha y con esa aparente frialdad llena de ternura va soltando carrete. Le habla de ella, le va dejando ver las cartas que ella escribía cuando se quedó embarazada, cuando le hablaba de ella recién nacida. Le cuenta la historia del embarazo. Poco a poco, como en una película de intriga. Con esa lentitud del diván del psicoanalista que te permite ir descubriendo hasta qué punto tus vivencias están distorsionadas. Y ella va queriendo cada vez más a su madre, añorándola más, echándola de menos. Entre las cartas que le trae el abuelo hay, incluso, una suya de cuando vino a Buenos Aires y contaba a su madre cómo se sentía, cómo echaba de menos el pueblo, cómo sentía la falta del viento.

Hermosa toda esa reconstrucción de la figura de la madre, de ambiente cálido del pueblo, de su propia infancia. Y mientras reconstruye su pasado va destruyendo su presente. Se intensifican sus amoríos con el doctor casado y se diluye el deseo de su novio. Y así, sin saberlo ella va repitiendo la vida de su madre. Como ella queda embarazada de un casado que le deja claro que no se separará para hacer pareja con ella.

La historia importante llega hasta ahí. Lo demás son fuegos artificiales de fin de fiesta. El abuelo confiesa un delito antiguo y siente que debe pagar por él aunque nada tiene que pagar tras tanto tiempo. Y su castigo es volver a la aldea. Y allí se irá la nieta, a tener su propia hija que (posiblemente, aunque eso ya sucede fuera del guión) se irá un día a Buenos Aires a estudiar. Sólo que ella, no tendrá un abuelo que la rescate.
Linda historia, che!

miércoles, junio 13, 2012

Días en Honduras.




El enésimo viaje de este final de curso ha sido a Honduras, país centroamericano que yo no conocía salvo esas pequeñas reseñas de problemas confusos del narcotráfico y hace unos años de la destitución (golpe de estado contra su presidente que se había escorado mucho hacia el estilo venezolano).
Los precedentes del viaje no ayudaron mucho a mejorar mi imagen ni a suavizar los prejuicios. El proceso de obtención de los pasajes fue difícil y sometido a la lentitud de las cosas administrativas en aquellas tierras. Total que hasta dos días antes de iniciar el viaje yo no tenía los pasajes. En varios momentos del proceso entendí que la falta de avances suponía que la cosa se quedaba en nada, pero luego siempre volvía a resurgir. En varias ocasiones fui yo mismo quien deseó que el viaje se suprimiera. Incluso había tomado mi propia decisión de dejarlo estar y no preocuparme más. Pero, en fin, tampoco parecía fácil pues se trataba de un curso al que asistirían gentes de los 5 países centroamericanos (Honduras, la anfitriona, Costa Rica, Panamá, El Salvador y Nicaragüa) y de España. Ellos debían tener comprados ya sus pasajes, pensaba yo, no les puedo hacer eso. Pero por esos milagros del destino, la cosa sí fue adelante y el jueves me confirmaron que ya estaba todo listo para volar el sábado. Mi tensión andaba, ya por entonces, con síntomas parecidos a la deuda española, en niveles insoportables.
Luego, sin embargo, todo salió bien. Los vuelos sin retrasos, las condiciones atmosféricas tranquilas y gente esperándome en el aeropuerto. Y eso que el paso por Miami fue, como suele, exagerado en las medidas de seguridad (te toman las huellas de los 10 dedos de las dos manos, te fotografían la pupila, te descalzan, te pasan por la maquinita que te desnuda y te cachean). Eso sí, han hecho un gran esfuerzo de comunicación mediante cartelitos explicativos de las medidas que puedes ir viendo a medida que avanzas en las colas: por qué no se permiten líquidos, por qué la máquina de rallos X (if you prefer an individual exploration, just ask, te ofrecen generosos). En todo caso es un agobio dentro de todo aquel caos que constituye el aeropuerto de Miami.
En cambio, la vista de la ciudad desde el avión fue realmente espectacular. No creo que nunca haya visto nada tan llamativo, con los cayos repartidos por aquel mar azul cuando llegábamos, con la infinidad de enormes lagos artificiales rodeados de casitas-mansiones; con sus rascacielos en pequeñas zonas; con las playas;  con aquella extensión infinita de chalets entre árboles. Me pareció espectacular.
Y al final, ya cansado llegué a Honduras cuando caía la noche. Casi 24 horas de viaje entre vuelos y esperas. Como no conocía Honduras estaba en esa intriga de querer anticipar cómo sería aquel país. La cita en San Pedro Sula y alguien me había hablado bastante mal de la ciudad. La verdad, el primer encuentro fue nulo pues cayó tal manta de agua mientras nos desplazábamos del aeropuerto a la ciudad que apenas se podía ver un metro por delante del morro de la van que nos llevaba. El hotel era sencillo y familiar, pero muy cómodo. Con la gentileza que tanto se agradece cuando llegas de viajes tan largos, de encontrarte con una cesta de fruta y una botella de agua en la habitación.
Muchas cosas me llamaron la atención de Honduras. Primero de todo, la calidez de sus gentes. En eso, son similares a todos los otros países de la zona que yo haya conocido. Había en el grupo personas provenientes de todos los países centroamericanos: Costa Rica, Panamá, Nicaragua, El Salvador y Honduras. Faltaba sólo Guatemala que entre unas cosas y otras, se había quedado al margen de la red que los otros países habían formado. Cierto que unas personas eran distintas a las otras, pero todas tenían en común ese grado de cordialidad, de simpatía que los hace tan acogedores.
La segunda cosa llamativa es que son muy madrugadores. También aquí las clases de los chiquillos comienzan a las 7 de la mañana. Y nosotros, sin madrugar tanto, pero a las 8 ya estábamos en plena faena. Menos mal que los trabajos eran en el mismo hotel donde nos alojábamos, pero al final tenías que darte un madrugón para estar a tiempo en la sala de trabajo. Y no faltaba nadie. Una maravilla.
Tercera cosa, se pasan el día comiendo. Era curioso, con la excusa de los coffe breack ponían zumos, frutas y piscolabis en las mesas cada dos-tres horas. Agobiante. Pero quienes asistían al curso no le hacían ascos y, al final, hasta yo mismo (a quien no le hacía puñetera falta ese exceso de calorías) me contagié. Pero peor aún, la cosa llega a tal punto que como no aparezcan esas constantes medio-comidas empiezas a ponerte nervioso y a echarlas de menos. ¡Qué cosa!.
Otra cosa terrible era el calor. Cada día llovía con esa lluvia descontrolada que parece que va a inundarlo todo. Intensa, fuerte, a chorros en lugar de gotas. La descarga refresca el ambiente y resulta espectacular, pero dura poco y, enseguida, de nuevo el sol (y ahora mucho más húmedo, más agobiante). Nos salvó el aire acondicionado.
Trabajamos mucho, la verdad. Un poco desordenadamente, pero con intensidad. Como son muy habladores (habladoras, pues casi todas eran mujeres) la cosa se hacía más amena y creo que más rica. Pusimos en común muchas cosas y quedaron tareas pendientes que asumieron con una voluntariedad envidiable. Fueron sólo tres días de trabajo intenso, pero con resultados interesantes. Y eso que les queda mucho quehacer por delante, pero ellas lo saben y seguro que lo llevarán a gran recaudo. Para mí fue una enorme satisfacción. Pensar que las universidades más importantes de los 5 países centroamericanos han adoptado tu modelo de competencias docentes como base para programar la formación de sus docentes universitarios, no deja de ser algo por lo que uno puede sentirse orgulloso y muy contento.
Y como no todo es trabajar, el domingo nos llevaron a Copan, una zona arqueológica de restos mayas muy interesante. Una de las más importantes de toda Centroamérica. Con un calor infernal fuimos visitando los diversos espacios de la ciudad maya y reviviendo lo que debió ser aquel mundo inquietante. Estaban, por lo visto, muy condicionados por su propia concepción del inframundo y del supramundo (lugar solo reservado a sus emperadores y gentes especiales); con tensiones bastante similares a las nuestras en relación a la distribución de poder y a la búsqueda de estrategias para mantenerlo. En fin, una sesión de historia y cultura maya muy interesante. Cada vez que asisto a jornadas de este tipo, me llama mucho la atención cómo personas que, con toda probabilidad (no sé si sería el caso del profesor de Historia que nos hacía de guía) tiene muchas dudas para aceptar los nuevos dogmas de la religión católica o de la que profesen (hay muchas iglesias en Honduras), se vuelcan tan intensamente en las creencias de sus antepasados mayas, usan convencidos la jerga religiosa o cultural de ellos y lo explican como si lo que está diciendo resultara evidente de toda evidencia. Choca!. Y, eso sí, el regreso tuvo que ser precipitado porque el chofer del miniautocar que nos llevaba, no quería salir después de las 16,30 porque temía que nos pudieran asaltar en la carretera. Otro componente más de la emoción con la que se vive allí.
En fin, y así entre largas sesiones de trabajo y algunas concesiones al ocio nocturno (salidas a cenar a la ciudad, aunque siempre muy vigilados y por zonas “seguras”) pasaron esos 4 días centroamericanos. Total que vuelve uno  cansado pero contento. Otra experiencia más.

martes, junio 05, 2012

Una cena a tres.



Cena de hombres. Con permiso de las propias, por supuesto (aunque en el caso de Jesús, esta condición no cuenta). Y así nos podemos permitir el lujo de soltar alguna burrada medio verde, aunque sin trascendencia en nuestro caso (nuestros registros cromáticos suelen estar más cerca del amarillo limón en plan bandera de ONG y de gente seria y reflexiva, que del verde).

Primero, claro, nos ponemos al día. Curioso que hasta nosotros hemos convertido en tema central de conversación, la situación de nuestros hijos. ¡Quién nos lo iba a decir hace unos años! Pero la verdad es que como el Alzheimer sigue su proceso, resulta muy conveniente ponerse al día. Yo, por ejemplo, le pregunté a Juan Manuel si su hijo estaba estos días haciendo la selectividad. Me dijo que, en realidad, lo que hacía era un máster tras haber concluido Económicas. Bien, dije, ya veo que tengo mi reloj en horario de invierno… del 2007.

Bueno, el caso es que fue una cena interesante. No por el menú, desde luego (huevos rotos con huellas de jamón y cazón en adobo) pero sí por los temas sucesivos que fueron entrando en la discusión. Los más interesantes, sin duda, los que se referían a nosotros mismos. Aunque nuestras tareas profesionales nos hayan llevado a los tres a zonas periféricas de la Psicología, ninguno ha dejado jamás de serlo en lo más íntimo de su identidad. Por eso no solo no rehuimos sino que nos regodeamos en cuestiones sobre el ser, el estar, el sentirse. Dada nuestra edad y condición (sobre todo la de ellos que se sienten prejubilados felices) tampoco faltan referencias al transcurrir del tiempo, al antes y el ahora, al futuro y a las sensaciones que todo eso produce. Alguien planteó (quizás yo mismo, pues ellos lo negaron enseguida) si no nos sentíamos agobiados por el hecho de ir cerrando cosas a medida que pasaban los años. Cosas de la edad, supongo que añadí. En absoluto, coincidieron. Y ese amago en falso por entrar en una sensación compartida, me candidató para recibir de inmediato sus reconvenciones: está claro que tú haces lo contrario (ir abriendo muchos frentes) para no tener que aceptar que deberías ir cerrándolos; es una huida hacia adelante; acabarás mal.

Desde luego, no me convencieron. No me dejé. ¡Qué difícil es explicar ese sentimiento proactivo de sentirte comprometido con todo lo que esté en tu mano hacer! Y si crees que puedes aportar cosas a los demás, te resulta imposible quedarte quieto. Cierto es que esa sensación tiene un claro tufillo narcisista. No es solo pensar que hay muchas cosas que hacer y que algunas de esas cosas, las puedes/debes hacer tú. La cosa es que la argumentación sigue por vericuetos inconfesables que evidentes: lo tienes que hacer tú porque no hay nadie que las haga o, en todo caso, no hay nadie que las haga tan bien como tú. Esa es la parte débil de las personas excesivamente motivadas y activas. Como mis amigos son listos (psicólogos, todos) estas cosas se las saben y te las sueltan así a bocajarro, sin miramientos. Y uno debe reconocer que algo de verdad hay en todo ello. Pero el saberlo tampoco ayuda mucho porque luego, en la realidad, la gente te insiste, quiere que seas tú quien acuda, te seducen con adulaciones sugerentes, no desean alternativas. Vamos, te tienden la red y tú te dejas caer en ella con facilidad. No puedes dejar de atender su solicitud porque el hacerlo acabaría causándoles importantes daños, piensas. No tienes escapatoria. Pero mis amigos no tragaban. Y repetían sus mantras favoritos: nadie es imprescindible; si no estás tú, otros harán ese trabajo, y si nadie lo hace es que no es importante. Ni manera de convencerles.

Y no hablamos solo del trabajo sino de la edad. Al final, todo está muy relacionado. Hay dos adverbios que me traen loco, les decía yo: “nunca” y “siempre”. Lo del nunca es peor, porque significa cerrar cosas: ya nunca podrás hacer esto, o comer aquello, o vivir de esta manera; ya nunca volverás a ver a esta persona. Terrible nunca que te obliga a abandonar cosas que te han hecho feliz y que te prestaban. Lo del “siempre” es quizás menos agobiante pero igualmente desazonador: tendrás que tomarte esta pastilla para siempre; tendrás que aguantarte ese dolor para siempre, tendrás que seguir estos rituales para siempre, dejas el trabajo para siempre… Antes las cosas eran pasajeras, las tenías que soportar durante un tiempo pero luego retornabas a tu forma normal de ser, volvías a hacer lo que hacías. Lo jodido del siempre es que es para siempre. Una pesadilla.

Y así fue desarrollándose la cena. Mitad catarsis, mitad terapia, mitad bocado de huevos rotos con jamón. La verdad es que los vi satisfechos en su nuevo rol de jubilatas anticipados. Dicen que es una situación magnífica en la que la ausencia de obligaciones perentorias te permite dedicarte más a ti mismo, descubrir otras cosas a las que antes no les podías prestar atención (¿Tú que harías si no tuvieras que hacer lo que ahora haces?), hablar con los amigos (en el caso de Jesús, con las amigas, lo que según él tiene un encanto superior). Puedes leer, pasear, escribir cosas no académicas, disfrutar de los nietos… Me dio la impresión que dibujaban un mundo demasiado idílico como para ser verdad. Seguro que no es tan así. Y que también se comen el coco con sus propios adverbios y fantasmas.

El caso es que pasamos un buen rato y que, aunque por fuera pudiera parecer un diálogo de besugos en el que cada cual va a su rollo y hace poco caso de las aportaciones de los otros, aquello fue como el pasar un rodillo una y otra vez por ideas repetidas (los mantra que decía) que, al final, quedaron ahí como moscas cojoneras que te picotean cada poco para que no te olvides y pienses en ello.

Y en ello estoy.  En plena ebullición de propósitos. De hecho, creo que ha llegado el momento de organizarme de otra manera, de desenmascarar algunos narcisismos que se han hecho fuertes y de retornar a una vida más doméstica y tranquila. Los huevos rotos con jamón hicieron su efecto.



martes, mayo 29, 2012

Brasil inhóspito.


Parece una contradicción in términis pero, desgraciadamente esta vez ha sido cierto. Había leído algo en la prensa (que Brasil estaba respondiendo a las mismas presiones migratorias que los españoles aplicaban a los brasileños que venían a España) pero la noticia decía que se habían reunido los dos gobiernos y que la cosa se estaba arreglando. ¡Y una leche!
De todas formas yo ya había tomado mis previsiones. Les había pedido a quienes me invitaban que me mandaran una carta de invitación para acudir al congreso como conferenciante. Y me la enviaron en duplicado.  Pero les dio igual.
Total que salí el primero del avión y llegué el segundo a la policía de inmigración en Natal. La primera sorpresa (intencional supongo, pero difícil de entender) fue ver que había media docena (o quizás más) cabinas de policía pero habían dejado solo una para los extranjeros y todas las otras para los brasileños. Parecía una ofensa verlo, una cola enorme de extranjeros (el vuelo era de la TAP y llegaba desde Lisboa) y los policías para brasileños prácticamente sin nadie.
El primer extranjero pasó sin muchos apuros. Y allí fui yo. En cuanto cogió mi pasaporte la funcionaria, llamó al coordinador, el tipo que estaba organizando las filas. Y éste me sacó de inmediato de la fila. Le mandó a la funcionaria que fotocopiara el pasaporte (lo único que hacía con todos los demás) y me llevó detrás de la cabina. ¿Tiene usted el vuelo de regreso comprado? Claro, le dije. Y le enseñé la reserva. La miró sin entender. Le dije, mire vengo a dar una conferencia en un Congreso y tengo una carta de invitación. Se la enseñé, la miró sin leer y sin enterarse, por supuesto. Tampoco parece que le interesara mucho. Después me pidió, de forma poco amable, mi extracto bancario. Estuve por decirle que eso es un secreto personal, pero para qué vas a discutir con un policía. Un extracto bancario, ¿qué es? Le enseñé una cartilla donde se marcaban de saldo 18.000 €. Tampoco la entendió. ¡Qué coño va a saber un policía brasileño del formato de las libretas bancarias españolas! No sabía ni dónde mirar. Y el banco, esa cosa nueva que se acaban de inventar de Nova Galicia banco, a él le debía sonar a chino. Todo un absurdo, incluso para él. De todas formas me dijo que me fuera a por la maleta y que después regresara a por el pasaporte. Le dije que no llevaba maleta pues iba por pocos días. Le dio igual. Que esperara.
Y se llevó el pasaporte a una oficina que había allí cerca. Por la fila de extranjeros iban pasando las personas. No debían ser españoles, o la historia esta la hacían de forma aleatoria. Al rato, sin embargo ya vi que había otro pobre despistado extrañándose de lo que le estaba pidiendo la funcionaria, que salió de su cabina con el pasaporte del fulano y se fue a la oficina donde había ido hace poco habían llevado el mío. Y la fila de extranjeros, para más INRI, parada. Por supuesto, debían estar pensando que los que estábamos allí retenidos éramos gente extraña que quería colarse en el país para ocultar sus delitos. Al poco apareció otro tipo con mi pasaporte. Se encaró conmigo para decirme cuánto dinero llevaba. Como quinientos Euros, le dije. Quiero verlos. Todo eso con bastante poca educación. Le enseñé mi capital: como siempre llevaba euros, dólares y moneda brasileña. Se lo enseñé, pero no sin decirle que aquello me parecía injusto. Hizo como que no me entendía, pero como se lo repetí me dijo que también se lo hacían a los brasileños en España. Si es como usted lo está haciendo, también me parece injusto, le dije. Llevo muchos años viniendo a Brasil y jamás me había pasado esto. Yo solo hago mi trabajo. Lo ha mandado la no sé qué (unas siglas, había dicho) y yo lo hago. Sí, le dije, pero incluso usted sabe que eso no es justo. Yo hago mi trabajo, me respondió. No volveré más a Brasil, me dije diciéndoselo mientras me marchaba. Es su problema, oí que me decía.
Y es probable que lo haga. Brasil era un mito para mí. El país de la amistad y la alegría, mi modelo por tantos motivos. Parece ser que las cosas están cambiando. Ellos dicen que cambian para defenderse, para pagar con la misma moneda con que tratamos a los suyos. Quizás tengan razón. Lo triste de todo eso, es que estamos tirando por la borda todo un estilo de relación. Una forma de colaboración que nos proporcionó tantas alegrías a colegas de ambos países.
Salí triste del aeropuerto. Y eso que el viaje había sido perfecto y que al otro lado de la puerta me esperaban las organizadoras del Congreso al que venía. Se lo conté, pero tampoco ellas tenían mucho que decir o hacer al respecto. Una historia esto de las fronteras. Yo me sentí humillado. Supongo que eso mismo les pasa a muchos y muchas (creo que con las mujeres son especialmente bordes, como si todas ellas vinieran a prostituirse) en Barajas. Lo siento de veras por ellos y ellas. Ahora ya sé lo que sienten.  

viernes, mayo 25, 2012

Hemeroteca



Los viajes en los aviones, sobre todo los de regreso, acaban siendo agotadores. Debe ser por el propio estado psicológico en el que te encuentras: agotado de los días de trabajo, con esa melancolía típica del final de las cosas (agobia el tener que empezar algo nuevo pero también te desazona el concluirlas, un contrasentido muy típico de lo emocional), y con esa duda existencial que suelen imponer los ritmos impredecibles de los aviones. De todas formas, volver también tiene sus encantos: vuelves a tu casa, a tu familia, a tu seguridad, a lo cotidiano.  Y basta de rollo. La cosa es que, al menos esta vez, tengo algo que contar del regreso de Italia.
De Urbino a Bolonia fue fácil. Taxi a Pesaro (con un taxista comunicativo, habituado a hacer ese trayecto con profesores universitarios: agradable) y de allí tren a Bolonia. Un calor infernal, en Bolonia, pero como aún tenía unas horas me animé a dar un paseo por la ciudad. Sobre todo por llegarme hasta le due torri que me tienen abducido. Ellas y la librería Feltrinelli que está a sus pies. Es  un placer quedarse extasiado mirando las torres e imaginando su historia. Y otro placer inmenso perderse en la librería (lo que no deja de tener su mérito, que puedas perderte en una librería). Yo no solo me perdí en la librería, sino que desde que tomé la vía Zamboni, ya estuve perdido todo el tiempo. Eso me pasa por querer explorar nuevos itinerarios. Convencido estaba yo de que, Zamboni adelante, acabaría saliendo cerca de la Stazione Centrale. ¡Y un huevo! Más andaba, más me iba alejando de mi destino. No sé cómo hice, la verdad, pero se me hizo interminable el camino a la estación: dos horas y pico andando bajo un sol tórrido. Varias preguntas a gente que me mandaba ir en la dirección exactamente contraría a la que yo llevaba. Un agobio.
Luego, el avión salió bien y el viaje fue agradable. Me entretuve con un Pais semanal antiguo. De ahí lo de “hemeroteca”, como título de esta entrada, porque se trataba de un Suplemento de Diciembre del año pasado. Ya llovió, pero para los textos de ese número no importaba mucho. Dos artículos me dejaron especialmente tocado.
El primero, el que escribe Rosa Montero sobre la corrupción. Rosa escribe fantástico. Escribe como piensa, lo que para mí es un mérito especialmente relevante. También yo lo intento, pero claro, no compares… Fuimos compañeros en la Facultad de Psicología de la Complutense en los inicios de los años 70, pero ya de entonces ella debía estar vinculada a temas de periodismo. Lo mismo hubiera debido hacer yo, de haber seguido la tradición de los estudiantes del Colegio Mayor Pío XII que nos obligaba a hacer dos carreras, la que cada uno hubiera elegido y Periodismo o Sociología. Yo, que ya había intentado estudiar periodismo en Pamplona pero no logré superar el exagerado examen que entonces hacían con preguntas todas de actualidad (presidentes de países, deportistas, guerras y procesos de independencia y otras lindezas de las que entonces no tenía ni la más pajolera idea), preferí combinar mis estudios de Psicología con los de Pedagogía (para alcanzar por otra vía lo que siempre fue mi objetivo: la Psicopedagogía, que no existía en España y sólo se podía estudiar en el PAS de Roma). En fin, retornando al texto de Rosa Montero, me encantó lo que decía sobre la corrupción y los corruptos. También yo me he preguntado muchas veces y lo hemos hablado entre los amigos, por qué esa gente hace lo que hace. ¿Qué necesidad tiene de enmierdarse por unos miles de euros? ¿Cómo lo piensan, cómo lo cuentan en casa, cómo se autojustifican? Ella hipotetiza que es la sensación de impunidad la que lleva a la gente a ir abusando cada vez más de su posición. Y así, comenzando por pequeñas cosas, va poco a poco arriesgándose a lo mucho. Seguramente es eso lo que pasa, sí. Claro que nosotros nos escandalizamos con los que se llevan grandes cosas, los que cometen tropelías que llaman mucho la atención. Y uno se queda tranquilo porque siente que él no hace esas cosas. Uno mismo no roba miles de euros, no se queda con cantidades o regalos millonarios. La cuestión es si no estamos todos, cada uno en el nivel en que se mueve, metidos en el mismo lodazal que criticamos. Cada uno se hace con su propio discurso de justificación pero, al final, no hay tanta diferencia. Sólo en la cantidad. No es cuestión de apuntar a nadie, tampoco de hacer una confesión personal pública, pero es tan tenue la línea entre lo correcto y lo incorrecto (sobre todo si se analiza desde la perspectiva moral) que no pisarla o no cruzarla resulta casi heroico y, a veces, incomprensible. Últimamente me voy dando cuenta, además, de que aquellas personas que más critican ciertas cosas más tienden a caer ellas mismas en lo que critican. Es como si quisieran darse a sí mismas la sensación de que ellos o ellas no son así. Hace unos años me quedé de una pieza cuando supe que la persona que cada semana jugaba conmigo al squash y que había escrito varios artículos en la prensa contra la corrupción era justamente la persona del maletín, quien iba reclamando a los constructores un porcentaje de las obras que realizaban para entregarla (quien sabe si completa) al partido gobernante. Con frecuencia oigo que critican a ciertos colegas por sus relaciones extramatrimoniales (con palabras malsonantes, incluso) los mismos a los que he conocido con amantes desde hace años. Claro que pocos pueden robar millones y por eso los anatematizamos, pero probablemente, como dice Rosa Montero, eso empieza poco a poco, “no es que de la noche a la mañana vengan a intentar comprarte por un millón de euros; es que ya desde mucho antes has debido ir haciendo tu pequeña carrera de delincuente. Por ejemplo, recibiendo regalos de empresa demasiado costosos, favoreciendo en algún examen o concurso al hijo de un amigo”. En fin, esa corrupción venial a la que damos poca importancia cuando somos nosotros, pero nos lanzamos a degüello cuando es ajena. Es una cosa casi más estética que ética, pero por ahí comienza todo. Y a ver quién tira la primera piedra. (
(La imagen es de la Wikipedia y refleja las percepciones sobre la corrupción política en el mundo).
El otro texto magnífico de ese número del PAIS semanal, era el de Javier Marías criticando la imagen que una reciente encuesta daba de los adolescentes actuales. Marías se cura en salud señalando que no suele creer en las encuestas (“casi siempre están mal hechas o están sesgadas, por no decir que nacen amañadas”) pero que los resultados de esta le dejaron abatido. Y es verdad. Hicieron la encuesta entre mil y pico estudiantes de secundaria sobre las relaciones entre chicos y chicas. No dice de dónde eran esos estudiantes, pero es probable que eso tampoco importe mucho. Las respuestas, desde luego, alucinan. Reflejan una visión absolutamente inmadura y retro de las relaciones: las chicas deben complacer a sus novios (60% de respuestas) y los chicos proteger a sus chicas (90%); los celos son una prueba de amor (65%); las chicas necesitan, para realizarse, del amor de un hombre (el 44% de las chicas están de acuerdo) y, también ellas, piensan (un 52%) que los chicos son agresivos, mientras sólo un escaso 1,8% los ve como tiernos (claro que ni uno solo de los chicos, un 0%,se atribuye a sí mismo esa condición de tierno  y comprensivo). Quizás esas respuestas no respondan a la realidad y sólo sean una buena muestra de los estereotipos con los que funcionan los chicos y chicas cuando responden a una encuesta. Quizás hayan querido muchos de ellos jugar con sus respuestas, o puede que la propia encuesta, al permitir solamente una respuesta haya distorsionado los resultados. Pero la verdad es que no me figuro a mí mismo respondiendo eso en mis tiempos de adolescente. Y tampoco creo que las chicas con las que nosotros nos las tuvimos que ver, allá en los 60, dijeran esas cosas. Aunque solo fuera por vergüenza torera. Y a quien se le ocurriera decir algo parecido, bien podría recibir una leche por gilipollas. Pero es verdad que los modelos de relación tardan mucho en cambiar. O cambian aceleradamente en unas cosas y poco en otras. Cada vez que veo a una chica llevando la moto y al tío detrás de paquete me dan ganas de aplaudirles; o a ella conduciendo el coche y a él de copiloto. Pero no es fácil que el esquema clásico de ellos conduciendo y ellas dejándose llevar se altere.  Y supongo que así será también en otras cosas. De todas formas, yo no me creo los resultados de esa encuesta. O mucho se nos han torcido las cosas.
En fin, fue un viaje de regreso muy entretenido. Y provechoso. Salí de Urbino a las 9 y media de la mañana y llegué a casa a medianoche. Parece mentira que estemos en el siglo de las comunicaciones rápidas. Llegué agotado, pero bueno, me dio tiempo a leer cosas interesantes.

martes, mayo 22, 2012

Il Richiamo

Urbino te sorprende desde que lo ves de lejos. Una ciudad construida sobre una colina. La ciudad del milagro. La ciudad ideal,  como reza el título de la exposición que en este momento se exhibe en el Palazo Ducale (todo un conjunto de cuadros renacentistas sobre la ciudad ideal partiendo del más representativo atribuido a Luciano Laurana y que la tradición cree que representa justamente a Urbino). Una vez dentro es una ciudad espectáculo, increíble. Un monumento global. Una ciudad universitaria (los documentos dicen que tiene 15.900 habitantes pero no debe ser cierto porque la universidad tiene unos 12.000 estudiantes).
Bueno, pues yo entre mal. Me baje del taxi que me había ido a buscar y me resbalé. La leche fue también espectacular, como la ciudad. Y aunque no necesité la ayuda de los que corrieron a auxiliarme (uno me dijo que había oído el golpe y que con el ruido seco que hice era imposible que no me hubiera roto algo; soy de cabeza dura, le dije) quedé medio dolorido.  Pero bueno, la cosa no pasó a mayores, salvo esos dolorcitos en la rabadilla y la muñeca que poco a poco desaparecieron.

 Así que, llegada la hora me dije que era mejor olvidarse de las tareas pendientes y marchar al cine. De las dos opciones que tenía me pareció más interesante Il Richiamo. Y acerté.

Il Richiamo, película italo-argentina estrenada el 15 de este mes, o sea, hace casi nada, es una película distinta pero muy interesante. Está dirigida por Stefano Pasetto e interpretada en los papeles principales por dos actrices italianas magníficas Francesca Inaudi e Sandra Ceccarelli. El film toca todos los tabús que se pueden incorporar a una historia de amor (en este caso entre las dos mujeres): dos mujeres, una casada y la otra que vive con su novio, se encuentran casualmente y se desarrolla un romance incierto pero intenso entre ambas. Todo ello aderezado con unos hermosos paisajes de la Patagonia argentina. La película está muy bien hecha (de hecho, recibió uno de los premios principales del festival de Toronto).

La moraleja final es que el amor es siempre difícil. Lo es entre hombres y mujeres pero lo es, igualmente, entre la pareja de mujeres. Un amor siempre lleno de matices, de momentos de gozo y otros de desilusión, de expectativas y nostalgias.  La Cecarelli es una azafata casada con un médico alergólogo famoso. Ambos viajan mucho y aunque parece que todo va bien entre ellos se nota una cierta frialdad (quizás porque él se dedica demasiado intensamente a su trabajo y sus congresos). La otra, Francesca Inaudi, es una mujer rompedora en su vida, es toda alegría y desapego de las cosas  que hace. No quiere vincularse a nadie aunque vive intensamente la relación con su novio, un tipo que hace piercings y tatuajes, que la ama sinceramente y quiere construir un futuro con ella. Improvisamente la mujer del médico, tras un embarazo malogrado, empieza a sentirse mal y deja el trabajo. Aburrida en casa, recupera su viejo deseo de dar clases de piano y ahí conoce a la Inaudi. Son tan distintas entre ellas, una muy racional y convencional y la otra absolutamente rompedora y antisistema que, al principio, todo son problemas. Pero la convencional descubre que su marida la engaña y la desarraigada que su novio quiere consolidar la relación y casarse. Un shock para ambas. Y poco a poco los extremos se van aproximando y ambas se descubren y se aman intensamente.

La vida de ambas cambia cuando a la joven le confirman un puesto en el equipo de investigación de la Patagonia para observar animales. Justo en el lugar donde su padre poseía una barca que había abandonado por algún tipo de problema económico que no se aclara. Ella anuncia su marcha y la mujer del médico sorprende a su marido hablando con otro doctor sobre su enfermedad que, según ellos, es cáncer. Eso lo cambia todo y decide marcharse con la amiga a la Patagonia.


Allí van consolidando su relación. Pero si el amor heterosexual no les fue fácil, tampoco lo será el homosexual y su relación en aquellos paisajes idílicos, con un estilo de vida absolutamente diferente, también va sufriendo los mismos vaivenes. Es muy interesante esa relación intensa y complicada entre las dos mujeres. Al final, acaban reproduciéndose muchos de los problemas que ya tenían en sus relaciones anteriores: el rechazo a la posesión y entrega al otro, los celos, la dificultad de construir un proyecto común, la incomunicación, las nostalgias, el juego de confianza y desconfianza en darse completamente al otro, el ataque y la reconciliación. No es fácil ser fiel a uno mismo y a la situación que se vive y llegar a esa compenetración que exige la convivencia amorosa. Ellas no lo consiguen. O quizás sí, porque no se puede llegar más allá de donde ellas llegaron.  

Obviamente, se puede hacer una lectura feminista de la película. Mujeres cansadas de una relación desequilibrada con sus parejas masculinas que son capaces de reconstruir un nuevo espacio de relación sexual entre ellas. Me ha gustado mucho el comentario que hace una internauta italiana sobre el asunto (a la que, por cierto, le asombra que un film así haya sido dirigido por un hombre):

Il richiamo parla del femminile, ma non è un film ideologico o femminista. Non sostiene che le donne siano superiori agli uomini, nonostante questi nel film cerchino di imbrigliarle in codici e regole per loro superati, o subiscano passivamente la loro “ribellione”. Esprime però un disagio, un'ansia e un'insoddisfazione comuni a molte donne di oggi (e parlo per esperienza personale). Il desiderio di non arrendersi, di uscire dalla depressione magari facendo una pazzia, di smetterla di farsi soffocare da un marito che ha l'amante e che ti tratta come una sua paziente, la fuga dalla coscienza di una grave malattia, da una metropoli affollata in cui la solitudine viene per contrasto amplificata, e la voglia di tornare ai primordi, al deserto, all'oceano, alla natura. Per ritrovare il proprio io interiore più solido e antico, ancorato alla terra.


No es esa la conclusión que yo sacaría, pero me parece acertada. Vista desde la posición masculina, los hombres de la película no son desconsiderados, al contrario, parecen muy enamorados de sus mujeres. Dejando aparte la historia de la amante del médico, una cuestión superficial, éste se desvive por su esposa, le busca solución a su problema, pelea por ella. Es cierto que la situación hace que se mezclen mucho las cosas, que él sea médico y ella enferma complica mucho su relación. Su mujer se convierte en su paciente, el deseo que debería sentir por ella se diluye en esa preocupación más profesional que le lleva a cuidarla más que a desearla. Sin duda eso rompe todas las expectativas de relación de pareja para ambos, pero sobre todo para ella (situación sofocante, dice la comentarista italiana). De esta manera la huida de ambas es como un salto en el vacío. Pero no es tanto un problema de los hombres con los que se han relacionado. Es la relación misma, o aquello en lo que esta relación se ha convertido lo que las agobia. Ellos son buena gente. Pero, a la vista está, que eso no es suficiente.

Y junto a esta historia preciosa de amor, la película está llena de detalles: el espejo que acompaña a la chica joven como un amuleto, la visión de la muerte simbolizada en la fábrica de despiece de pollos, las llamadas constantes al padre por parte de la chica joven, los recuerdos de su etapa infantil de la ex esposa. En fin, mil matices para adornar y dar sentido a ese recorrido por los sentimientos y las fidelidades.

La historia no sale bien. O quizás sí. Depende de lo que cada uno espere. En cualquier caso, no es una película triste. Se disfruta con la historia, con los paisajes infinitos de la Patagonia, con el carácter alegre y rompedor de la Inaudi. También se sufre. Como en la vida. Y lo mejor en este tipo de cosas: sales del cine con una sensación placentera, preguntándote qué harías tú en una situación parecida, identificándote y desidentificandote con los personajes. Y con unas ganas enormes de viajar a la Patagonia.