domingo, julio 03, 2016

NICOLA CUOMO





La muerte de un amigo conmociona siempre. Hermosa palabra ésta (con-mocionar), muy adecuada para aplicar a la pérdida de Nicola. Él nos hablaba de la emoción de aprender y quienes tuvimos la fortuna de poder compartir algún trecho de su vida sabemos, por experiencia, lo qué supone la emoción de vivir, de hablar, de soñar. Por eso su pérdida no puede dejar de ser una con-moción, una emoción compartida por cuantos sentimos su pérdida como algo emocionante y perturbador.
Lo supe de forma bastante rocambolesca. Me invitaron desde Bolonia a participar en un homenaje que le estaban preparando. Me extrañó. Suelo vincular los homenajes a los amigos a su jubilación o a una fecha especial para ellos. Pero siempre creí que Nicola era más joven que yo y que, por tanto, aún no le tocaba la jubilación. Bueno, pensé, quizás en Italia tengan otra normativa diferente. Pero algo me sonó mal. Luego, muchos colegas de diferentes países fueron contestando al correo diciendo que participarían gustosos en el homenaje. Eso me extrañó menos, aunque algo había en el tono de ellos y ellas que no acababa de encajar. No le felicitaban, no decían lo mucho que les apetecía volver a verlo de nuevo. Era como una ausencia clamorosa. ¿Pero cómo preguntas a alguien si es que le ha pasado algo al homenajeado? Finalmente una amiga común de Nicola me lo aclaró: Nicola murió hace unos meses. Y el espejismo se quebró. He perdido a un gran amigo.
Este tipo de noticias actúan como un sismo en los recuerdos. Elementos conscientes e inconscientes comienzan a aflorar por debajo de las capas del tiempo. Pobre Nicola. Gran Nicola de nuestras vidas.
Conocí a Nicola Cuomo hace ya muchos años. Quizás a mediados de los 80. Él era un profesor colaborador en la Facultad de Educación o en la de Psicología, no recuerdo bien. Yo iba a ver al Prof. Canevaro con quien tenía en común el trabajo con muchachos inadaptados, pero fue un viaje de  suerte porque regresé de Bolonia con una serie de amistades que me han durado toda la vida: Franco Frabboni, Giacomo Grossi y el propio Nicola Cuomo. De los tres, ya he perdido a dos. Y los echo muchísimo de menos. Ojalá pueda seguir con la amistad con Franco durante mucho tiempo.

Nicola te atraía desde el primer momento en que le conocías. Alto, guapo, con esa elegancia natural que algunos italianos llevan en su ADN. Y con una potencia intelectual, una convicción en las cosas que decía que te atrapaba. Su ceguera, en lugar de debilitarlo, lo hacía más fuerte, más seguro, más alejado de los convencionalismos. Esa combinación entre dependencia de los demás y capacidad de liderazgo fue el cocktail del que se alimentó nuestra amistad y la de muchos colegas de todo el mundo.
El era muy especial. Y por eso los recuerdos que se agolpan en mi memoria son tan vívidos. Un ciego que se pasa 20 minutos cada mañana delante del espejo repasando cada detalle de su cara, su cabello, su atuendo, etc. hasta quedar satisfecho. Así estaba después, siempre como un dandi. Un ciego que nos enseñó a muchos a hacernos el nudo de la corbata para que quedara perfecto. Un ciego especialista en vídeo y que cuando veíamos juntos vídeos relacionados con la formación de profesores o la inclusión te iba explicando lo que veías y te señalaba los aspectos a los que debías prestar especial atención: “fíjate en ese niño”, te insistía; “observa cómo el profesor contradice con su gesto lo que está diciendo con palabras”. Nunca supe cómo lo lograba, pero era magnífico verle en esas circunstancias.
Recuerdo, como si fuera hace un rato, un viaje a Amsterdam (participamos en muchos programas europeos juntos). Me tocó escoger el restaurante donde comeríamos y desde que hice la reserva comencé a arrepentirme pensando lo inapropiado de mi elección. Era un restaurante en el que te servían carne a la piedra, es decir, que venía cruda en pequeños trozos y tú la ibas cocinando a tu gusto en la piedra ardiente que había sobre la mesa. “Lo que tal para una persona ciega, me culpabilicé, se va a abrasar los dedos”.  ¡Qué poco lo conocía, aún! Ciertamente, corrí yo muchos más riesgos que él  que con sus dedos hipersensibles sabía perfectamente cómo acercarse a la piedra y con su oído fino acertaba sin dudarlo dónde estaba cada pieza de carne chisporroteando en la piedra. De esas experiencias comiendo tuvimos muchísimas, siempre para acabar asombrándome. Yo se lo decía y él sonreía.
Uno no sabía si no ver era para él una discapacidad o un privilegio. Siempre le envidié su forma de reconocer a las personas. Él te tocaba la cara suavemente, te la recorría de arriba abajo con sus dedos mágicos y supongo que, al igual que hacen ahora las fotocopiadoras 4D, se hacía un esquema de cómo éramos: facciones, altura, gordura, expresividad, empatía. Fantástico, pensaba yo, sobre todo cuando has de reconocer a una chica. También a mí me encantaría cerrar los ojos y explorar su rostro. Pero seguro que me ponía nervioso y no lo sabría hacer. No como él. Y después de ese proceso, él escuchaba tu voz y la archivaba. A partir de ahí ya sabía quién eras. No nos veíamos con mucha frecuencia, sobre todo en estos últimos años, pero siempre que pasaba por Bolonia lo llamaba. Daba lo mismo que hubieran pasado meses o incluso más de un año desde nuestro encuentro anterior, era escuchar mi voz por el teléfono y saber quién le estaba llamando.

En uno de sus viajes a Santiago de Compostela, vino a mi casa a cenar. Era una gran visita y una novedad para mis hijos, todavía pequeños, que no sabían muy bien cómo había que tratar a una persona invidente. Mi mujer, que también lo conocía de viajes a Bolonia, puso la vajilla ordinaria (si, al final, no la va a poder ver para qué sacar la de las grandes fiestas, se justificó). Mi hija pequeña se puso furiosa: ¡vaya, mamá, porque es ciego no le pones la vajilla buena, cómo eres! Es probable que tuviera razón mi hija y que él sabría apreciarla. Se lo conté y se rió encantado.
Con Nicola, las cosas pequeñas de la vida se hacían grandes e importantes. Y las importantes casi pasaban desapercibidas porque no les atribuía excesivo valor. Esa es una de las cosas que yo aprendí de él. Cómo los pequeños detalles marcan una vida, cuando tu vida depende de pequeños detalles. Un día en su casa, en la que él se movía con absoluta certeza como si conociera al dedillo sus dimensiones y objetos, yo me descuidé y cambié una silla de lugar. Y se dio un batacazo, el pobre. Al final, todos fuimos aprendiendo esa lógica especial con que cada persona merece ser tratada en función de sus circunstancias. Quizás, ése sea el gran aprendizaje que podemos extraer del contacto con Nicola. Él nunca hizo ostentación de sus dificultades ni se aprovechó de ellas. Te seguía con un roce leve de su mano sobre tu brazo. Nada de agarrarte, le bastaba un simple roce. No le gustaba que disminuyeras tu paso para facilitarle el seguirte, ni que le fueras advirtiendo a cada paso de lo que venía después.
Una de las experiencias que recuerdo con más cariño en mi vida fue un paseo por Bruselas. Del bracete, por un lado, con Miguel López Melero, con problemas de movilidad en una pierna (y con un espíritu muy similar al de Nicola: otra de esas fuentes inagotables de aprendizajes valiosos para la vida) y con Nicola Cuomo por el otro lado. De noche en La Grand Place. Y en un momento en el que se desarrollaba un espectáculo de luz y sonido. El espectáculo en francés que yo tenía que describir en italiano para Nicola. Un suplicio lingüístico porque me daba cuenta de que lo que yo decía, ni de cerca era capaz de expresar lo que allí estaba sucediendo. Y como la plaza estaba llena de cosas y turistas también teníamos Miguel y yo que tratar de ir contando a Nicola lo que había por allí. Nosotros empeñados en describirle cosas y actividades que cruzábamos. Y de pronto nos dice Nicola, os habéis fijado en esa chica preciosa que acaba de pasar a nuestro lado. ¿Chica, dijimos ambos volviendo al unísono la cabeza para atrás, y cómo la has sentido? Es que yo veo cosas que vosotros no veis, nos respondió. Y efectivamente, allí iba la chica. Y así nos íbamos completando: cada uno de nosotros veía-sentía cosas diferentes. Fue una experiencia magnífica.
Y, en otro terreno, también ha sido una de las experiencias más impactantes de mi vida, la visita a centros de Educación Especial para sujetos con multideficiencias que realizamos en Bolonia en uno de los cursos organizados por Nicola al que pude asistir. ¡La situación era tan dramática! Personas que no veían, no oían, tenían parálisis cerebral, tumbadas en la cama sin poder moverse… La única posibilidad de comunicarse con ellos/as era posar las manos sobre su estómago o su cara para ver si estaban tranquilos o tranquilizarlos, para comunicarles que sus cuidadores estaban ahí. Aquel desvalimiento extremo de los pacientes junto a la infinita paciencia y disponibilidad de sus cuidadores constituyó una profunda lección sobre qué  significa ser educador y trabajar en el ámbito de las personas con necesidades especiales.
Después de experiencias tan fuertes, los vínculos académicos que hemos mantenido durante todos estos años coordinando los intercambios de estudiantes Erasmus entre Bolonia y Santiago han sido menos emocionantes pero han servido para que muchos otros estudiantes españoles hayan podido conocerle y hayan podido respirar ese profundo talante educativo que transmitía en sus clases (todos mis estudiantes desplazados a Bolonia sabían que sí o sí tenían que matricularse en la disciplina que impartía). Ir a Bolonia en el futuro ya no va a ser lo mismo.
En fin, querido Nicola, poder compartir contigo experiencias tan cargadas de emociones y de vida pedagógica ha sido para mí un privilegio del que siempre me he sentido muy orgulloso. Marcaste mi vida, como la de muchas otras personas que te conocimos y pudimos gozar de tu amistad y compañía. Por eso me resulta desconcertante tu pérdida. Vivo amargamente esa sensación angustiosa de pensar que no pude despedirme de ti, que ni siquiera me enteré en su momento de que te habíamos perdido. Supongo que ya sabes que tus muchos amigos te queremos hacer un homenaje. Saldrá precioso, ya verás. Si mis experiencias contigo son magníficas, aún lo han de ser más las de otros compañeros y compañeras que compartieron vivencias más profundas y constantes. Ojalá podamos hacer algo en tu honor también en España. Nos quisiste y te quisimos mucho, en Málaga, Murcia, Sevilla, Santiago, Barcelona. Tienes muchos admiradores en la Pedagogía española.  Una vez más, tu recuerdo servirá para que nos reunamos de nuevo y pensemos algo en tu honor.
Un gran abrazo, querido Nicola. Espero que en ese otro mundo desde el que, seguro, nos atiendes sonriente, sigas transmitiendo tu ilusión y simpatía. Con palabras o sin ellas. Un beso.

lunes, junio 27, 2016

La ANTIGUA, Guatemala.




Después de hora y media para hacer 40 kilómetros sorteando un tráfico endiablado  medio dormido, medio desesperado llegas a La Antigua, una forma apocopada de decir La Ciudad Antigua de Guatemala, destruida por un terremoto en el siglo XVIII a raíz de lo cual, la capital se trasladó a la actual Ciudad de Guatemala. En 1979 fue declarada por la Unesco, Patrimonio de la Humanidad.
Lo primero que hay que decir de La Antigua es que es una ciudad colonial preciosa. Calles largas, regulares, con casitas bajas, multicolores. Está llena de palacios antiguos, la mayor parte de ellos en ruinas. A medida que iba avanzando por las calles, cuando se me permitía esa  curiosidad, entraba en los patios de las casas. Una preciosidad, la mayor parte de ellos: con pozos de agua, con plantas que los convertían en vergeles, sombreados frente al calor terrible del exterior. La paz frente al bullicio turístico del exterior.


Todo parte de una plaza central en la que, como resulta obvio, está el palacio municipal y la catedral. El primero es un espléndido edificio columnado que se ha convertido ahora en un centro cultural abierto a los turistas. Y, al lado, la catedral, buena muestra del gran poder que en su momento tuvo la Iglesia en esta ciudad. 

Visité dos veces la ciudad, una de ellas un jueves y la otra un domingo. Parecía una ciudad distinta, desde luego. El domingo estaba repleta de turistas. En la plaza mayor varios grupos de diversas religiones celebraban sus actos con aspectos llamativos: imposición de manos, rezos (más bien recitaciones alocadas de frases seguidas cuyo sentido no era fácil  de rescatar).  Me dejó bastante impactado las cosas que ví: unos cantaban y tocaban (y no mal, por cierto); otros se acercaban a las personas y les ponían la mano en el pecho y, calculo, rezaban por ellos (esas frases enlazadas como trabalenguas que no parecían tener sentido aunque oraciones debían ser y quizás tranquilizaban) un señor mayor sentado en medio de dos jóvenes a quienes daba la mano y rezaba (esas frases de nuevo) mirando fijamente al suelo los tres. 


Pero La Antigua es, sobre todo, la ciudad del  jade. Las mejores tiendas están vinculadas al jade. Y no es para menos. Hay dos tipos más notables de jade en el mundo, el chino y el centroamericano (el jade maya). 

 Tiene muy diversos colores en función de la pureza y la antigüedad de la gema. Los más reconocidos en Guatemala son el jade negro y el jade blanco. También son los más caros. Pero, en fin, siendo la primera vez que visito Guatemala y pese a que todo me ha parecido desmesuradamente caro, esta vez mi visita a La Antigua ha sido, sobre todo de compras. Tarea que no es fácil y que complica la vida de turista que debería ser más relajada. Pero tienes que pensar en cada persona querida, en sus posibles gustos, en qué le quedaría bien en función del cabello, de los ojos, de sus vestimentas habituales. En fin, un estrés. Pero bueno, merece la pena porque también se disfruta mucho en ese proceso de selección y eliminación de posibilidades. Y al final, pues hay lo que hay.  Y si no les gusta que los devuelvan.

miércoles, junio 22, 2016

Guatemala




Tras la hermosa experiencia argentina tocaba mudanza y nueva preparación de los bártulos para la siguiente etapa de este periplo, Guatemala.
No conocía Guatemala  o, peor aún, solo la conocía por los estereotipos que me habían ido transmitiendo, sobre todo en México, en Chiapas. Chiapas hace frontera con Guatemala y es el punto de cruce de miles de guatemaltecos (y de otros países centroamericanos) que van buscando la tierra prometida de los USA. Cruzan de cualquiera manera la frontera que se ha convertido en un espacio de mucha violencia pues las mafias se aprovechan  de ellos, los esclavizan, los abusan y muchas veces los hacen desaparecer. Allí se montan en ese terrible tren que cruza todo México hasta alcanzar la frontera norte. Un tren que es una especie de patera de la que con frecuencia les secuestran las mafias. Historias terribles me han contado. Así que me esperaba una Guatemala primitiva y deprimida. Y ha sido una sorpresa. Realmente una sorpresa. Hay momentos en que no sabes si estás en Guatemala (la ciudad) o en Suiza.
La gente es realmente amable. Con la ventaja añadida de que en su mayoría son de estatura media-baja, y con tamaño de barriga medio-alto. Con lo cual, me he encontrado con un genoma muy familiar para mí. Era como sentirse en casa. Sensación oportuna que sirvió para compensar el agobiante viaje de Buenos Aires a Guatemala en compañía de un equipo de baloncesto uno de cuyos componentes (2,07 medía el angelito) se sentó a mi lado y me provocó una dolorosa tortícolis de tanto mirar hacia arriba. Otro aspecto destacable de ese primer contacto con los/las guatemaltecos es la sensación de que no te entienden. Ellos hablan muy rápido y con una pronunciación un tanto especial. Cuando hablan con extranjeros se esfuerzan pero uno tiene la sensación de que, de inicio, no te entienden. Se quedan mirando y esperando que les repitas de nuevo. Luego, se conoce que reajustan el decodificador y las cosas ya van mejor, pero las primeras frases requieren tiempo y paciencia. Y, por lo demás, el tráfico es caótico. De esos del sálvese quien pueda. Con guardias de tráfico en los cruces a los que les pitan más que a los árbitros en el fútbol. Un tráfico tan intenso que se hace muy penoso avanzar, sobre todo en las horas punta.
Nos alojaron en el hotel Barceló. Un hotel que no desmerece en nada con el Barceló de Valencia, en el que acabo de estar hace unos días. Claro que aquí, se nota que el personal tiene salarios bajos pues hay empleados por todas partes. La vigilancia es extrema. Pero todos son muy cordiales, no te molestan (quizás es que tenemos cara de personas serias). La siguiente sorpresa son los precios: inalcanzables. Por caros, aunque parezca extraño. La moneda aquí es el Quetzal (como la ruta de De la Cuadra Salcedo). 7,5 quetzales por dólar. Y una cerveza te sale por Q39 (5 dolares y pico, como en Florencia). No puedes tomarte una sopa  por menos de Q 60 (8 dolares) y el buffet de la comida que en Europa puede ser de
12-15 dólares, en Guatemala son Q160 (22 dólares), sin bebida y sin contar el 10% obligatorio de propina. Una noche que salimos a cenar un grupo, sin tomar bebidas que desmadrarían la cuenta, nos salió a cada uno por 36 dólares. Las profes del congreso nos dijeron que la ropa estaba igual de cara. De hecho, nadie compró aquí cosas. Salvo el Jade, claro, pero eso ya pertenece a otro negociado (el de los regalos, en el que no miras tanto el precio). La pregunta que nos hacíamos era: ¿será que la gente tiene unos salarios tan altos aquí? No lo parecía, la verdad.
De todas formas, volviendo a la ciudad de Guatemala, tiene zonas realmente espectaculares. Parece ser que las autoridades municipales, sobre todo el alcalde (creo que lleva ya 4 o 5 elecciones ganadas con mayoría absoluta) se ha tomado muy en serio lo de adecentar la ciudad. Ayer nos contaba el guía que una consultora inglesa lo incluyó entre los 15 mejores alcaldes de toda América. No me extraña. La ciudad está dividida en zonas. Algunas de ellas resultan irrelevantes. Muy parecidas a otras ciudades de México o Perú. Pero las hay de una belleza fantástica. Con edificios singulares espectaculares o con una configuración arquitectónica muy original . Entre ellas, destaca el paseo Cayalá, un conjunto arquitectónico muy original, con una especie de templo griego en el centro que funciona como centro cultural y una serie de edificaciones sorprendentes.  Se ha convertido en la zona de ocio y paseo más interesante de la ciudad.
Y por lo demás, el Congreso discurrió según los cauces habituales. No exageran tanto en las fotografías como en México o Argentina, aunque también son muy amables y reforzadores. Y, en lo que se refiere al clima político del país, no fue ninguna sorpresa descubrir que, también allí, igual que había constatado la semana anterior en Argentina, están metidos hasta el cuello en problemas de corrupción. De hecho tanto el expresidente como la vicepresidenta están en prisión acusados de haber desvalijado el país durante su mandato quedándose con inmenso capital. Como dicen los italianos: tutto il mondo é paese! (en todas partes cuecen habas, que decimos nosotros).
Pero, en resumen, una experiencia muy interesante que no me importaría repetir.



domingo, junio 19, 2016

La ciudad de Rosario y los niños




Una de las experiencias más gratas de estos días en la ciudad de Rosario, Argentina, ha sido la visita a la Isla de los Inventos que el Departamento de Cultura Municipal ha montado para disfrute de los niños y sus familias.

Rosario se enorgullece de ser una ciudad con una especial sensibilidad hacia los niños. Y creo que, en este caso, es verdad. Cuenta con una trilogía de iniciativas muy interesantes: La granja de la infancia,  El jardín de los niños y La isla de los inventos. Son tres lugares en distintas partes de la ciudad con posibilidades preciosas de entretenimiento y aprendizaje para niños pero también para los adultos. De hecho, yo lo pasé como un enano, y nunca mejor dicho.

En la granja de la infancia  hay animales (sobre todos aquellos típicos de la fauna argentina) y las cosas y utensilios típicos de una granja. Los niños ven y se relacionan con animales de todo tipo y colaboran en su cuidado y en la realización de las tareas típicas de una granja, incluida la de hacer pan casero. Cuenta además con laboratorio, biblioteca y videoteca.

El jardín de los niños es una especie de parque temático dedicado a dar rienda suelta a la imaginación y a la creación.  Como reza su presentación, ofrece juegos, aventuras, misterios, construcciones y poesía. Allí se encuentran el laberinto de “montaña encantada”; la “máquina de volar” a la que te sujetan con arneses y vuelas, la “máquina de trepar” como si fueras pirata; la “máquina de sonar” para componer secuencias de sonidos-ruidos y algunas exposiciones interactivas de artistas famosos.

Pero a la que yo asistí fue a la Isla de los inventos, una antigua estación ferroviaria en el centro mismo de la ciudad que se asemeja a nuestros museos de la ciencia pero con una visión más amplia y dando cabida a muy diversas formas de entretenimiento y aprendizaje. Cada periodo de tiempo van cambiando las propuestas. En este momento, está el proyecto que, con ese lenguaje sugerente de los argentinos, han denominado “Como cosa de tu corazón. Motivos para jugar y no perder la costumbre”. Es entrar en el espacio y solo tienes que dejarte llevar. Dejar que salga ese algo de niño/niña que a todos nos queda dentro y permitirle que disfrute sin fijarse mucho en la cara que ponen los que tienes al lado. No es fácil, pero esta vez lo logré. Quizás es todo cuestión de un momento inicial. Si lo piensas ya no sale y te reviertes en mero observador. Pero lo primero que vi fue una hamaca. Me apetecía tumbarme en ella pero pensé que quizás era solo para niños y que haría el ridículo. Afortunamente, hice caso omiso de la duda y me subí a ella. Seguramente hice, efectivamente el ridículo, pero ya allí todo lo demás vino como la secuencia apropiada.

Claro que junto al niño, uno también lleva al  pedagogo y psicólogo que cuando llegaron ya no se era tan niño, así que por lo general ellos solo te dicen cosas serias y más de la cabeza. Pero en este caso se comportaron bien. Probablemente porque desde que entraron en aquel lugar quedaron sorprendidos. Muy gratamente sorprendidos. Y se dejaron llevar. ¡Lo que se lo agradezco!


De la hamaca pasé al depósito de los miedos. Coges tu número  y, cuando te toca, vas a la mesa donde puedes depositar tus miedos. Es fantástico, ¿no? Tú apuntas tus miedos y los dejas depositados. La cuestión está en que tienes que identificarlos en el prospecto pertinente. No es lo mismo un temor que un susto, o que un pavor o pánico o terror. Casa cosa tiene su procedimiento. Luego has de señalar las razones o causantes (noche-oscuridad; altura; tormentas o ruidos fuertes; monstruos, fantasmas u otras apariciones; el amor; los insectos o bichos; los exámenes; la soledad). Está claro que en todas partes cuecen habas y que también los adultos podemos dejar nuestros miedos. Luego se especifica tu modo habitual de presentarse el miedo (escalofrío, sobresalto, pesadilla, dolor de tripas, temblores, tartamudeos, parálisis u otros a detallar) y la forma de reaccionar que tenemos (cerrar los ojos, esconderse, salir, buscar compañía, buscar algo con que distraerse, revisar los lugares –debajo de la cama, detrás de las cortinas- u otros a detallar. También se ha de señalar la frecuencia (minutos, horas, días, meses, años); y si es algo crónico. Luego te piden que señales si se lo has contado a alguien ese miedo. Todo un trabajo analítico sobre tus miedos. Y por si esa trabajera no fuera suficiente aún has de rellenar otro papel  para aclarar que dejas a tu miedo en buenas condiciones o estropeado y de cualquier manera porque en ese caso no se hacen responsables. Tienes que decir cómo se llama tu miedo, su antigüedad, su peso, su aroma (¡no es fantástico esto de poner un aroma al miedo!), su tamaño y el lugar del cuerpo en el que ha estado almacenado. Una vez concluido el depósito, ellos te dan un certificado de haberlo depositado. Los niños se metían absolutamente en el papel y cuando no entendían algo lo preguntaban y se iban felices con su certificado de desprendimiento del miedo.  Un compañero nos contó que él había estado el día anterior. Antes de que le tocara el turno coincidió con una niña que estaba preocupada  en la fila. “¿Vas a dejar tus miedos?”, le preguntó. “Sí, dijo ella, y tú también los vas a dejar”, “Claro, le respondió él, ahora estoy pensado qué miedos tengo”. “Yo ya sé mis miedos”, le dijo la pequeña. “¿Sí?, qué suerte”, le dijo el profe. “Voy a poner el miedo a la oscuridad y a los exámenes”. “¡Qué buena idea!”, le contestó. Y entonces le tocó el turno a ella. Se fue, le llevó un tiempo rellenar el formulario, y al salir iba feliz. “”Ya los dejé, le dijo al pasar, y ya como enterada del procedimiento le indicó: puedes poner varios”. “Eso haré. Gracias”. También yo me encontré con una niña que hablaba con su mamá tratando de concretar sus miedos y cuando le tocó el turno allí se fue con ella a cumplimentar los papeles. Lo pasé de miedo en el diálogo con la monitora sobre los ídem. Ella me fue aclarando con paciencia mis dudas. Aunque había varios en la mesa escribiendo sus papeles (entre ellos la madre y la niña que me precedieron cada una con sus propios miedos) ya se dio cuenta enseguida la monitora que los míos eran más difíciles de definir (sobre todo porque había algunos que escapaban a mi jerga española: julepe, cuiqui). Pero fue muy amistosa y pude concluir la tarea. Puse que olía a quemado el miedo a la salud y no estoy muy seguro que eso lo hiciera bien, pero ella lo dio por bueno y me certificó el depósito. Oye, salí como más ágil y aliviado.

Después pasamos al “taller de corazones” donde se trataba de recomponer corazones. “Lustramos y hacemos brillar corazones deslucidos”, decía el cartel de entrada. Y “Este mes corazones mirando al sur, descuentos especiales”. Y “Precios especiales para perdedores del amor”, Podías hacer el proceso completo dando forma a un hierro y soldándolo para armarlo internamente con alambres. Interesante pero sin la emoción de los miedos. Fue curioso que una de las monitoras quizás porque le sonaba la cara me dijo. “usted es Miguel Ángel Santos Guerra”. “no, le dije, no soy ese Miguel Ángel, pero somos buenos amigos”. Y los que venían conmigo se chivaron quién era yo. “Ah sí, dijo ella, yo le he leído mucho”. Estuvo bien porque me trató con muchas atenciones el reto que estuve allí. Pero la pobre me hablaba de cosas que no fui capaz de reconocer. Seguro que eran de Santos Guerra.


Y así, a cada sitio que íbamos, actividades originalísimas y preciosas. “El color de los recuerdos”, tenías que buscar en un inmenso papel de objetos de todo tipo (desde una sartén a un zapato, libros o discos, un berbiquí o una raqueta, una bota de vino o un sostén, quizás hasta mil objetos). Tenías que contemplarlos y ver si alguno de ellos te sugería un recuerdo hermoso de tu vida. Después había que buscarle un color entre cintas de papel de todas las tonalidades. Escribías el recuerdo y lo colgabas en otro inmenso panel de red para colocar las tiritas de papel. Dabas ganas de pararse a mirar qué recuerdos había seleccionado la gente y con qué colores los había relacionado. Espero que los organizadores lo hagan, será un bonito estudio.

Muchos lugares con actividades hermosas. Tumbarse en el suelo para ver las estrellas (“mar de fueguitos”); descubrir nombres en los mapas dibujados en las paredes (“mapa del nombre”), cambiar las figuras de un teatrillo alterando sus componentes y posiciones (“teatrillo de comediantes”). Me encantó la construcción de poemas con piezas rectangulares de madera que tenían una frase escrita en cada lado. Me salieron poesías realmente hermosas. ¡Lástima no haberlas escrito! Las “palabras giratorias” me pareció un juego fantástico para fomentar la expresión oral, la construcción de mensajes que relacionaran las palabras o frases que coincidieran en cada una de las tres ruedas cada una con palabras o frases distintas. Por ejemplo, en la rueda central estaba la consigna general (¿qué sucedió entre? Luego en la primera rueda una serie de palabras y en la segunda rueda otra serie de palabras o expresiones. El resultado podía ser: ¿qué sucedió  entre – las cosquillas –y la oscuridad? O ¿qué sucedió entre -  las almohadas -y las mariposas? Había varias de esas ruedas con cuestiones diferentes. ¿Por qué – el río – se asustó? ¿Qué pasaría si los edificios comenzarán a – jugar? ¿Cuándo – los paraguas – enloquecieron?

 Y así, treinta o cuarenta actividades: la construcción de ciudades, el taller de las pócimas, los verbos del nosotros, la fabrica del papel, el taller de encuadernación; el taller de serigrafía y de pintura en el agua.

Y colgados del techo algunas frases para recordar siempre:

“¿Cuándo le cedimos la sabiduría al conocimiento, cuándo el conocimiento a la información y, sobre todo, cuándo dejamos que la información se convirtiera en puro ruido?

Porque empezaste a jugar dentro del útero, porque entraste jugando a la cultura, al lenguaje, al movimiento…Porque jugando supiste del tiempo y del espacio. Porque jugando fuiste amiga, grupo, colectivo resplandeciente. Porque jugando aprendiste a amar, a razonar, a imaginar y penetrar en todos los misterios. Por eso decile gracias al juego y seguí jugando.

No se puede jugar a medias.

Si se juega se juega a fondo.

Para jugar hay que apasionarse.

Para apasionarse hay que salir del mundo de lo concreto. Salir del mundo de lo concreto es incursionar en el mundo de la locura.

Sin meterse en la locura no hay creatividad.

Sin creatividad uno se burocratiza, se torna hombre concreto, repite palabras de otro. Eduardo Pavlovsky



La infancia es una manera de estar en el mundo, una lógica que no puede decirse ni verse en condiciones normales de percepción sensible. Su función es penetrar en lo remoto, lo ausente, lo oscuro, lo extraordinario.

En fin, no sé cómo agradecer a los amigos y amigas argentinas esa tarde de disfrute global: como el niño que fui (y que me resisto a dejar de ser; como el adulto capaz de sorprenderse con la creatividad; como profesor que descubre el gran poder educativo de recursos no escolares; como psicólogo y pedagogo que ve cómo cosas sencillas pueden tener un gran valor educativo y lúdico. Y a todo ello he de añadir que me liberé de algunos miedos que quedaron allí archivados para mejor tiempo.