domingo, junio 19, 2016

La ciudad de Rosario y los niños




Una de las experiencias más gratas de estos días en la ciudad de Rosario, Argentina, ha sido la visita a la Isla de los Inventos que el Departamento de Cultura Municipal ha montado para disfrute de los niños y sus familias.

Rosario se enorgullece de ser una ciudad con una especial sensibilidad hacia los niños. Y creo que, en este caso, es verdad. Cuenta con una trilogía de iniciativas muy interesantes: La granja de la infancia,  El jardín de los niños y La isla de los inventos. Son tres lugares en distintas partes de la ciudad con posibilidades preciosas de entretenimiento y aprendizaje para niños pero también para los adultos. De hecho, yo lo pasé como un enano, y nunca mejor dicho.

En la granja de la infancia  hay animales (sobre todos aquellos típicos de la fauna argentina) y las cosas y utensilios típicos de una granja. Los niños ven y se relacionan con animales de todo tipo y colaboran en su cuidado y en la realización de las tareas típicas de una granja, incluida la de hacer pan casero. Cuenta además con laboratorio, biblioteca y videoteca.

El jardín de los niños es una especie de parque temático dedicado a dar rienda suelta a la imaginación y a la creación.  Como reza su presentación, ofrece juegos, aventuras, misterios, construcciones y poesía. Allí se encuentran el laberinto de “montaña encantada”; la “máquina de volar” a la que te sujetan con arneses y vuelas, la “máquina de trepar” como si fueras pirata; la “máquina de sonar” para componer secuencias de sonidos-ruidos y algunas exposiciones interactivas de artistas famosos.

Pero a la que yo asistí fue a la Isla de los inventos, una antigua estación ferroviaria en el centro mismo de la ciudad que se asemeja a nuestros museos de la ciencia pero con una visión más amplia y dando cabida a muy diversas formas de entretenimiento y aprendizaje. Cada periodo de tiempo van cambiando las propuestas. En este momento, está el proyecto que, con ese lenguaje sugerente de los argentinos, han denominado “Como cosa de tu corazón. Motivos para jugar y no perder la costumbre”. Es entrar en el espacio y solo tienes que dejarte llevar. Dejar que salga ese algo de niño/niña que a todos nos queda dentro y permitirle que disfrute sin fijarse mucho en la cara que ponen los que tienes al lado. No es fácil, pero esta vez lo logré. Quizás es todo cuestión de un momento inicial. Si lo piensas ya no sale y te reviertes en mero observador. Pero lo primero que vi fue una hamaca. Me apetecía tumbarme en ella pero pensé que quizás era solo para niños y que haría el ridículo. Afortunamente, hice caso omiso de la duda y me subí a ella. Seguramente hice, efectivamente el ridículo, pero ya allí todo lo demás vino como la secuencia apropiada.

Claro que junto al niño, uno también lleva al  pedagogo y psicólogo que cuando llegaron ya no se era tan niño, así que por lo general ellos solo te dicen cosas serias y más de la cabeza. Pero en este caso se comportaron bien. Probablemente porque desde que entraron en aquel lugar quedaron sorprendidos. Muy gratamente sorprendidos. Y se dejaron llevar. ¡Lo que se lo agradezco!


De la hamaca pasé al depósito de los miedos. Coges tu número  y, cuando te toca, vas a la mesa donde puedes depositar tus miedos. Es fantástico, ¿no? Tú apuntas tus miedos y los dejas depositados. La cuestión está en que tienes que identificarlos en el prospecto pertinente. No es lo mismo un temor que un susto, o que un pavor o pánico o terror. Casa cosa tiene su procedimiento. Luego has de señalar las razones o causantes (noche-oscuridad; altura; tormentas o ruidos fuertes; monstruos, fantasmas u otras apariciones; el amor; los insectos o bichos; los exámenes; la soledad). Está claro que en todas partes cuecen habas y que también los adultos podemos dejar nuestros miedos. Luego se especifica tu modo habitual de presentarse el miedo (escalofrío, sobresalto, pesadilla, dolor de tripas, temblores, tartamudeos, parálisis u otros a detallar) y la forma de reaccionar que tenemos (cerrar los ojos, esconderse, salir, buscar compañía, buscar algo con que distraerse, revisar los lugares –debajo de la cama, detrás de las cortinas- u otros a detallar. También se ha de señalar la frecuencia (minutos, horas, días, meses, años); y si es algo crónico. Luego te piden que señales si se lo has contado a alguien ese miedo. Todo un trabajo analítico sobre tus miedos. Y por si esa trabajera no fuera suficiente aún has de rellenar otro papel  para aclarar que dejas a tu miedo en buenas condiciones o estropeado y de cualquier manera porque en ese caso no se hacen responsables. Tienes que decir cómo se llama tu miedo, su antigüedad, su peso, su aroma (¡no es fantástico esto de poner un aroma al miedo!), su tamaño y el lugar del cuerpo en el que ha estado almacenado. Una vez concluido el depósito, ellos te dan un certificado de haberlo depositado. Los niños se metían absolutamente en el papel y cuando no entendían algo lo preguntaban y se iban felices con su certificado de desprendimiento del miedo.  Un compañero nos contó que él había estado el día anterior. Antes de que le tocara el turno coincidió con una niña que estaba preocupada  en la fila. “¿Vas a dejar tus miedos?”, le preguntó. “Sí, dijo ella, y tú también los vas a dejar”, “Claro, le respondió él, ahora estoy pensado qué miedos tengo”. “Yo ya sé mis miedos”, le dijo la pequeña. “¿Sí?, qué suerte”, le dijo el profe. “Voy a poner el miedo a la oscuridad y a los exámenes”. “¡Qué buena idea!”, le contestó. Y entonces le tocó el turno a ella. Se fue, le llevó un tiempo rellenar el formulario, y al salir iba feliz. “”Ya los dejé, le dijo al pasar, y ya como enterada del procedimiento le indicó: puedes poner varios”. “Eso haré. Gracias”. También yo me encontré con una niña que hablaba con su mamá tratando de concretar sus miedos y cuando le tocó el turno allí se fue con ella a cumplimentar los papeles. Lo pasé de miedo en el diálogo con la monitora sobre los ídem. Ella me fue aclarando con paciencia mis dudas. Aunque había varios en la mesa escribiendo sus papeles (entre ellos la madre y la niña que me precedieron cada una con sus propios miedos) ya se dio cuenta enseguida la monitora que los míos eran más difíciles de definir (sobre todo porque había algunos que escapaban a mi jerga española: julepe, cuiqui). Pero fue muy amistosa y pude concluir la tarea. Puse que olía a quemado el miedo a la salud y no estoy muy seguro que eso lo hiciera bien, pero ella lo dio por bueno y me certificó el depósito. Oye, salí como más ágil y aliviado.

Después pasamos al “taller de corazones” donde se trataba de recomponer corazones. “Lustramos y hacemos brillar corazones deslucidos”, decía el cartel de entrada. Y “Este mes corazones mirando al sur, descuentos especiales”. Y “Precios especiales para perdedores del amor”, Podías hacer el proceso completo dando forma a un hierro y soldándolo para armarlo internamente con alambres. Interesante pero sin la emoción de los miedos. Fue curioso que una de las monitoras quizás porque le sonaba la cara me dijo. “usted es Miguel Ángel Santos Guerra”. “no, le dije, no soy ese Miguel Ángel, pero somos buenos amigos”. Y los que venían conmigo se chivaron quién era yo. “Ah sí, dijo ella, yo le he leído mucho”. Estuvo bien porque me trató con muchas atenciones el reto que estuve allí. Pero la pobre me hablaba de cosas que no fui capaz de reconocer. Seguro que eran de Santos Guerra.


Y así, a cada sitio que íbamos, actividades originalísimas y preciosas. “El color de los recuerdos”, tenías que buscar en un inmenso papel de objetos de todo tipo (desde una sartén a un zapato, libros o discos, un berbiquí o una raqueta, una bota de vino o un sostén, quizás hasta mil objetos). Tenías que contemplarlos y ver si alguno de ellos te sugería un recuerdo hermoso de tu vida. Después había que buscarle un color entre cintas de papel de todas las tonalidades. Escribías el recuerdo y lo colgabas en otro inmenso panel de red para colocar las tiritas de papel. Dabas ganas de pararse a mirar qué recuerdos había seleccionado la gente y con qué colores los había relacionado. Espero que los organizadores lo hagan, será un bonito estudio.

Muchos lugares con actividades hermosas. Tumbarse en el suelo para ver las estrellas (“mar de fueguitos”); descubrir nombres en los mapas dibujados en las paredes (“mapa del nombre”), cambiar las figuras de un teatrillo alterando sus componentes y posiciones (“teatrillo de comediantes”). Me encantó la construcción de poemas con piezas rectangulares de madera que tenían una frase escrita en cada lado. Me salieron poesías realmente hermosas. ¡Lástima no haberlas escrito! Las “palabras giratorias” me pareció un juego fantástico para fomentar la expresión oral, la construcción de mensajes que relacionaran las palabras o frases que coincidieran en cada una de las tres ruedas cada una con palabras o frases distintas. Por ejemplo, en la rueda central estaba la consigna general (¿qué sucedió entre? Luego en la primera rueda una serie de palabras y en la segunda rueda otra serie de palabras o expresiones. El resultado podía ser: ¿qué sucedió  entre – las cosquillas –y la oscuridad? O ¿qué sucedió entre -  las almohadas -y las mariposas? Había varias de esas ruedas con cuestiones diferentes. ¿Por qué – el río – se asustó? ¿Qué pasaría si los edificios comenzarán a – jugar? ¿Cuándo – los paraguas – enloquecieron?

 Y así, treinta o cuarenta actividades: la construcción de ciudades, el taller de las pócimas, los verbos del nosotros, la fabrica del papel, el taller de encuadernación; el taller de serigrafía y de pintura en el agua.

Y colgados del techo algunas frases para recordar siempre:

“¿Cuándo le cedimos la sabiduría al conocimiento, cuándo el conocimiento a la información y, sobre todo, cuándo dejamos que la información se convirtiera en puro ruido?

Porque empezaste a jugar dentro del útero, porque entraste jugando a la cultura, al lenguaje, al movimiento…Porque jugando supiste del tiempo y del espacio. Porque jugando fuiste amiga, grupo, colectivo resplandeciente. Porque jugando aprendiste a amar, a razonar, a imaginar y penetrar en todos los misterios. Por eso decile gracias al juego y seguí jugando.

No se puede jugar a medias.

Si se juega se juega a fondo.

Para jugar hay que apasionarse.

Para apasionarse hay que salir del mundo de lo concreto. Salir del mundo de lo concreto es incursionar en el mundo de la locura.

Sin meterse en la locura no hay creatividad.

Sin creatividad uno se burocratiza, se torna hombre concreto, repite palabras de otro. Eduardo Pavlovsky



La infancia es una manera de estar en el mundo, una lógica que no puede decirse ni verse en condiciones normales de percepción sensible. Su función es penetrar en lo remoto, lo ausente, lo oscuro, lo extraordinario.

En fin, no sé cómo agradecer a los amigos y amigas argentinas esa tarde de disfrute global: como el niño que fui (y que me resisto a dejar de ser; como el adulto capaz de sorprenderse con la creatividad; como profesor que descubre el gran poder educativo de recursos no escolares; como psicólogo y pedagogo que ve cómo cosas sencillas pueden tener un gran valor educativo y lúdico. Y a todo ello he de añadir que me liberé de algunos miedos que quedaron allí archivados para mejor tiempo.


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