
Mezcla, combinación de elementos, cajón de sastre. Todo eso puede significar Poutpurri. Y eso es este blog, una plaza pública virtual en la que se puede hablar de todo según el humor de cada día.
domingo, diciembre 18, 2011
UN MÉTODO PELIGROSO

sábado, diciembre 17, 2011
Viajar

Para algunos, además, viajar tiene ciertas connotaciones terapéuticas. Yo ya lo había notado. Si pasas mucho tiempo sin viajar, la vida cotidiana va creciendo como una niebla cada vez más espesa que acaba ahogándote. Debe ser algo que afecta especialmente a las personas con tantas tareas pendientes que nunca conseguimos ponernos al día. Ese relax, esa ruptura que los inteligentes logran cuando cierran una tarea compleja en la que estaban metidos y ven que ya quedan más libres para empezar con otra. Es esa interface, ese momento de desconexión, el que actúa (digo yo que será así, porque jamás he tenido la suerte de experimentarlo) como ese pequeño cerrar los ojos en la siesta y hacer una desconexión general del sistema nervioso de vigilia. Algunos pueden disfrutar de esa sensación porque están bien organizados y avanzan cosa a cosa, no como otros que lo hacemos con mil cosas entre manos de las que resulta imposible salir. Y como no puedes más, entonces de vas de viaje. Es la forma de desconectar, de olvidarte (o hacer como que te olvidas) de todo lo que quedó pendiente y funcionar durante unos días como si tu única preocupación fuera vivir esos días.

viernes, diciembre 09, 2011
Viena
lunes, noviembre 28, 2011
Un dios salvaje.

La película se estrenó en España el pasado día 20 de Noviembre bajo el título de Un dios salvaje (es una frase extraída de una de las conversaciones de uno de los personajes en la que muestra que él cree en un mundo regido por un dios salvaje, como en África, subraya, en el que las disputas se resuelven mediante la violencia). La versión original en francés, bajo el título de Carnage (carnicería) también tiene resonancias demasiado dramáticas para lo que después se puede ver, que no pasa de un magnífico juego de la verdad entre dos matrimonios.
Siendo un film de Roman Polanski no es de extrañar la perfección hasta el límite de todos los parámetros que son aplicables a las películas de interior: la iluminación, la música, la posición de los personajes, los encuadres, los objetos, el juego con el espacio para intensificar o mitigar la atmósfera de la conversación (a veces los personajes se rozan y eso aumenta el sentimiento de agobio, otras veces las cosas se relajan y basta para ello el dintel del pasillo o la puerta de la calle o el ascensor). En una obra que proviene del teatro (obra del mismo título de Yasmina Reza, que también firma con Polanski el guión de la película. También los actores hacen su papel a las mil maravillas. Las dos mujeres Jodie Foster y Kate Winslet, con tonalidades más intensas; los dos hombres John C. Reilly y Christoph Waltz de forma más racional pero igualmente perturbadora. Por el guión me recordó mucho a las películas de Woody Allen, por la intensidad a aquel viejo film de Brando y Elizabeth Taylor, ¿Quién teme a Virginia Wolf?
Un dios salvaje es una muestra excelente de que nada es lo que parece y de cómo la civilización y la educación nos ha ido generando una serie de costras por debajo de las cuales aún quedan restos de una naturaleza primitiva aunque, evidentemente, domesticada. Polanski da la razón a quienes piensan que la educación es una cuestión de formas, de saber guardar las formas. Cada uno de los personajes tiene un mundo muy particular, una forma original de gestionar sus emociones y de decodificar sus experiencias. Es fácil identificarse con ellos. Unas veces con alguno de ellos y otras veces con todos ellos. Vista desde la psicología es una historia alucinante sobre la estructura en capas de cebolla en la que hemos ido construyendo nuestra imagen de nosotros mismos y nuestra forma de ver las cosas. Y nadie es como parece. En realidad, nada es como parece porque todo tiene una parte externa bien construida y elegantemente configurada según los cánones sociales al uso y una parte interna más caótica y natural. Siendo como son de una clase social media alta, la disyunción entre lo que se es y lo que se aparenta es todavía más clara. Y, en verdad, son buena gente, algo que uno de los personajes, el que aparenta ser más natural, repite constantemente. Y efectivamente, lo son.
Al final quedan claras dos cosas.
Una que cualquiera de los espectadores que nos hubiéramos subido al escenario habríamos podido vivir en piel propia el mismo proceso de desvelamiento que vivieron los personajes y habríamos podido descubrir contradicciones y vacíos similares a los suyos. Quizás el gran mérito
de la película es ése: se trata de hacer una radiografía del ser humano, de sus contradicciones, de sus capas de socialización, del particular equilibrio inestable en que cada uno vamos ajustando nuestro edificio personal.
La segunda cosa que queda clara es que hablar no es siempre un camino hacia la solución de los problemas. O dicho de otra manera, el problema está en que hablando convertimos las cosas en problemas. O quizás, que los problemas solo son problemas si los vemos como problemas. Dos chiquillos se pelean y sus padres entienden que deben ser civilizados y resolver por las buenas el problema. Pero caen en su propia trampa. Lo que no era problema se convierte en problema y de ese no-problema pasan a otros problemas reales. Algo bastante habitual en las discusiones de pareja. Comienzas hablando de algo que parece una tontería y acabas, sin saber cómo, metido en un zarzal del que no ves cómo salir. Polanski muestra ese proceso circular al cierre de su casi cortometraje: después de que los padres se han hecho la autopsia psicológica a causa de una pelea inicial de sus hijos, podemos verlos a ellos jugando tranquilamente en el parque y sin acordarse siquiera de que hubo un momento en el que se pelearon.
En resumen, una magníficapelícula sobre la vida. Les gustará.
viernes, noviembre 18, 2011
Resituándome

¿Qué verguenza, no? Casi dos meses sin escribir en el blog. Dos meses desatendiendo a los miles de personas que vivían solo para entrar cada mañana a ver qué había escrito. ¡Una irresponsabilidad! Ya se ha encargado el propio blog de ponerme a parir, así que nadie tiene por qué hacer más leña del árbol caído.
La cosa, por qué no decirlo, es que me quedé en blanco. Así. De golpe. No sé si fue cosa de algún virus o, simplemente, que necesitaba un descanso. Es bonito escribir pero, claro, hay que tener qué decir, si no la cosa se pone muy cuesta arriba. Y, además, hay que tener tiempo para hacerlo. Si el tiempo desaparece, ¡ni madres!. ..
Pero en todo este tiempo he visto películas preciosas, mi nieta se ha convertido en una diosa sonriente, he hecho viajes muy interesantes, he pasado agobios de esos que te hacen replanteártelo todo. Han pasado muchas cosas, pero no he sido capaz de escribirlas. Es curioso... Y me preocupa. ¿Es eso una señal de normalidad (que uno se libere de todo, incluso de su blog) o síntoma de una patología (que vas perdiendo vista y reflejos incluso mirando hacia ti mismo)? La leche.
De jóvenes nos creíamos aquello de que "la función crea el órgano" (idea con inevitables resonancias sexuales, por supuesto), pero con los blogs pasa también eso. Más escribes, más ganas tienes de hacerlo. Y como lo dejes (por desidia, por necesidad de atender otras cosas más urgentes, por razones varias), estás fastidiado, porque cada vez te cuesta más. Me ha pasado eso con el blog y con el gimnasio. Con lo cual, tengo hechos unos zorros tanto el cuerpo como la mente. También yo estoy con la prima de riesgo por encima de los 500. A punto de rescate, vamos.
En cualquier caso, ya estoy de nuevo aquí. Ha tenido que ser la T4 de Barajas la que me meta en cintura. Algunas personas van al psicoanalista, yo paso de vez en cuando, frecuentemente para ser sinceros, por la T4 y eso es como recostarte en el diván. Y si es, como hoy, la sala VIP de la T4S en la terminal internacional, el proceso es como un tercer grado. Así que después de un par de copas de vino y de una medio cena (horrorosa, esta vez) no he tenido más remedio que sentarme en el ordenador y poner estas cuatro letras. Sólo para decir que ya estamos aquí de nuevo. Veremos qué da de sí la cosa.
Un beso.
domingo, septiembre 25, 2011
El árbol de la vida.

Como ya todo el mundo sabe, “El árbol de la vida”, es la última película de Malick, un icono del cine de autor que no ha hecho más que 5 films en cuarenta años que lleva dedicado a ello. Y cada nueva obra genera tal expectación que rompe todos los records. Se ha estrenado en España la semana pasada, así que estamos en los inicios y ya va de primera en espectadores. Sus dos papeles principales son bordados por Brad Pitt y Jessica Chastais. Aparece un par de veces Sean Penn en un papel un tanto fantasioso, y actúan como protagonistas tres chavales que son magníficos, sobre todo Hunter McCracken que hace de hermano mayor. Hay que destacar, desde luego, a Lubezki que lleva la fotografía.
Yendo a la sustancia, no sabría decir, en verdad, si me ha gustado o no. Probablemente es la película más interesante desde el punto de vista estético que yo haya visto jamás. Aunque solo sea por eso, merece mucho la pena verla. Es una auténtica poesía visual. Una epifanía del cosmos contada con colores. Una auténtica pieza de orfebrería de la que podían extraerse decenas de exposiciones de fotografía e imágenes alucinantes.
El contenido es más complejo. Yo adoro el cine argentino por lo bien que cuenta historias así que, en principio, este tipo de películas tan densas y complejas no me gustan demasiado. De todas formas, soy capaz de entender que tienen un mensaje profundo. Lástima que al utilizar una narrativa tan barroca y abstracta, se haga difícil llegar a él. Pero supongo que eso es, justamente, lo que pretende Malick. En ese sentido la película me trae muchos recuerdos de cuando íbamos al cine a ver a Bergman, solo que entonces teníamos más paciencia. Tampoco es que entendiéramos mucho pero nos daba para tener sesudas discusiones durante muchos días.
La película me ha parecido un sofisticado discurso sobre el proceso de la vida: la vida del universo y la vida de las personas. La parte inicial es como un alucinante “big-bang” sobre los inicios del universo. Unas fotografías y mezclas de colores alucinantes. Si uno supiera dejarse llevar sólo por el placer estético de lo que ve y oye sin pensar en qué demonios está pasando en la pantalla o qué nos están contando, podríamos disfrutar infinitamente porque, la verdad, aquello es un caleidoscopio onírico de colores y sensaciones. Luego cuando del nivel macro se pasa al nivel micro y aparece la familia de Texas que servirá de modelo de análisis del desarrollo de la humanidad, la cosa se hace más comprensible. Y podemos admirar la concepción y nacimiento de los niños y cómo estos van creciendo entre el afecto de la madre y la rigidez del padre. Y ahí se va trenzando la historia.
Una historia que permanentemente se mueve entre dicotomías. Todo lo que sucede tiene dos caras. Quizás sea ésa la moraleja del film: todo es dicotómico y ambivalente. Podemos escoger entre dos caminos, nos dice la voz en off, el camino de la naturaleza o el camino de lo divino. Pero en realidad no podemos escoger porque siempre están presentes los dos caminos. La vida es eso, ambivalencia, juego de opuestos. Y así todo tiene una doble perspectiva, una doble cara. Aparece lo macro del universo y lo micro de la familia; vemos la aparición de la piedad (hermoso el pasaje en el que el dinasaurio apresa pero perdona la vida a un animal más pequeño) y la presencia de la crueldad (terribles algunas secuencias del padre, que sin embargo también es muy afectivo); el odio al padre (hasta desear su muerte) y la necesidad de tenerlo cerca y de abrazarlo y obtener su reconocimiento; lo masculino y lo femenino, lo infantil y lo adulto; lo terrenal y lo divino; las aguas tranquilas y acogedoras del río y las aguas devoradoras de la catarata; la música épica de Sbetana y el gregoriano fúnebre de difuntos. En fin, todo es doble, cambiante, de doble cara. La vida y las personas somos así, contradictorios.
Pues eso, no creo que nadie logre entender bien la película (da para organizar un máster para analizarla) pero pese a ello, a unos les gustará y a otros no. Lo que es seguro es que nadie va a quedar indiferente. Y entre tantas cosas hermosas que se ven y se oyen, todos podemos sacar también alguna impresión. A mí me gustó aquello de que “sin amor, la vida pasa como un destello”.
jueves, septiembre 15, 2011
La piel que habito.

Así es este film de Almodóvar: otra síntesis más de sus esencias, sus mitos, sus obsesiones, su estética, su estilo narrativo (tiene muchas conexiones con otras películas anteriores como “Átame” o “Carne Trémula”). Esta vez, como otras, se ha rodeado de dos actores que se acomodan bien a sus registros, pero como suele suceder, se ven desbordados por la propia historia que nos cuentan y eso les hace parecer menos buenos de lo que son. A veces, incluso, histriónicos y caricaturescos, pero es probable que eso sea lo que el narcisismo del director pretenda: que él mismo y la historia que quiere narrar sean los protagonistas principales de lo que allí acontece. Elena Anaya me pareció un cuerpo precioso y, sobre todo, unos ojos que perturban pero, con seguridad, se merece registros más variables y matizados para mostrarnos todo lo que tiene de actriz. Y Banderas, lleva bastantes filmes mostrando ese rictus hierático y esa cara de palo de quien ni sufre ni padece. Para ser alguien a quien la historia contada concede un papel tan dramático no se le ve con esa capacidad de adecuarse a cada situación y encarnarla desde el hígado. Pero ya digo, entiendo que esa forma de actuar viene marcada en notas al margen del guión que se les entrega. Forma parte del mensaje del film.
Porque lo relevante de La piel que habito es la historia que cuenta. Algo perturbador e inteligente si quien la ve consigue ir un poco más allá de lo que ve en pantalla. No sé si quiere ser una película de terror (algunos críticos la definen así), pero resulta demasiado aséptica para serlo. Y eso que, sólo de imaginarla, una situación así es una auténtica pesadilla. Almodóvar, al fin y al cabo. La historia nos presenta un supuesto médico que tras perder a su mujer en un accidente de coche en el que éste se incendió y ella pereció abrasada, inicia todo un proceso de investigación en busca de una piel que resista el fuego. Luego, su hija en tratamiento psicológico sufre una supuesta violación y él urde su venganza sobre el muchacho que estuvo con ella, uniendo ambas angustias.
Y por detrás de toda la trama y su desarrollo en pantalla se ven con claridad preguntas esenciales sobre nuestra vida: ¿quiénes somos?, ¿qué es lo que nos hace ser lo que somos?, ¿qué papel juega el cuerpo y sus formas en nuestra identidad, en nuestros sentimientos, en las relaciones que mantenemos con los demás? Mucha tarea si uno se lo lleva como deber de reflexión para casa.
Mi amigo Enríque Martínez Reguera nos contaba la otra noche que él anda metido en un berenjenal similar en su último libro: “Las personas que somos”. Y que le está costando un esfuerzo ímprobo el avanzar. También para él (aunque no ha visto la película ni piensa verla), ésa es una cuestión clave, pues es lo que diferencia, en su opinión, a la persona (que es lo que somos por ser nosotros) del individuo (que es lo que somos por formar parte de un grupo social, por tener una historia, por pertenecer a un tiempo y un espacio concretos). Para Enrique, o eso creí entender, lo que nos hace personas es nuestra biografía que es única, irrepetible, solo nuestra (aunque esta nostredad no indique en modo alguno posesión o poder sobre ella, cosa lógica si uno contempla cómo la biografía de cada quien se va configurando a base de mucho azar y sólo un poco de decisiones personales).
En fin, un buen tema de discusión hoy en día en que ya casi ni sabemos quién somos y, quizás por eso, sacralizamos lo que aparentamos (el sexo, o el género, las formas físicas, la apariencia, las rutinas culturales, el personaje que nos toca desempeñar). Pero, si algo cambiara, podríamos ser “otro” con el mismo desparpajo y “autenticidad”.
Almodóvar no da una respuesta a la cuestión, aunque el desarrollo de la historia podría hacer pensar que, efectivamente, somos lo que somos y sentimos lo que sentimos porque las circunstancias que nos han hecho vivir nos han configurado de esa manera. Pero otros ciclos vitales y otras circunstancias nos habrían llevado a vivir y sentir de otra manera.
Y para los que prefieran no pensar en exceso, en el film se encontrarán todo el resto de cosas que Almodóvar sabe hacer tan bien: una estética llena de colores calientes y fuertes, mucho erotismo, música brillante y una historia bien construida, aunque difícil de creer.
miércoles, agosto 24, 2011
Esa sonrisa tuya...
Primero fue verla moverse, reaccionar, sentir que estaba viva y que era ella. Iba asumiendo los ritos y posturas de la vida viva (también se movía en el vientre de su madre, pero allí era otro mundo, otro protocolo). En el blog ha recogido su padre esos momentos preciosos del despertar, del estirarse, del hacer morritos, del mover las manos… Primero el movimiento.
Después fue la mirada. Poco a poco sus ojos se fueron abriendo como ventanas de dos direcciones. Supongo que para ella se abrirían hacia fuera para permitirle ver, desde dentro, lo que pasaba fuera. Para los demás, eran ventanas hacia dentro de ella, para poder interpretar cómo era y cómo se sentía en cada momento. Al inicio eran miradas temerosas y furtivas. Las suyas y las nuestras. Poco a poco fueron siéndolo cada vez más claras y firmes. Ella buscaba con la mirada, te seguía, miraba para donde llegaban los sonidos o la luz. Se fijaba en las caras y en las cosas. Fue, durante semanas, un regalo precioso y las primeras formas de diálogo.
Pero, niña, ahora es la sonrisa. Una sonrisa franca, consciente. De esas que, como dicen, mueven cientos de músculos: los ojos se iluminan, la mirada se fija en ti, la boca se abre, las narices se elevan, los brazos se extienden, los papitos se enrojecen. Es todo un espectáculo. Un derroche de simpatía que enloquece. No hay nada mejor ni tan intenso. Te ríes con ella pero sientes que con eso participas poco. No sabes si llorar, si cogerla en brazos, si gritar para que todos lo vean. Esa sonrisa…
Y ahora empezamos con los sonidos. La mirada se completa con sonidos que expresan satisfacción y contacto. Además, se van haciendo contingentes en una especie de diálogo en que cada uno responde al otro. Son mensajes de bienestar y placer, de conexión con quien está cerca. El cielo debe ser así, estar rodeado de ángeles que te miran y sonríen y te envían sonidos que expresan el placer de estar contigo y que te dejan en una especie de estado catatónico en el que sólo puedes mirar hacia ellos y derretirte en la emoción de ser tú su destinatario.
¡Ay esa sonrisa tuya, Berta, mi niña!