domingo, junio 08, 2008

Aritmética emocional.


¡Qué título sugerente! Eso fue lo primero que pensamos al revisar la cartelera. La acababan de estrenar el viernes y eso era otro punto a su favor. Luego, cuando nos percatamos del plantel de actores que participaban (Susan Sarandon, que está espléndida pese a sus muchos años; Max von Sydow, al que hacía una eternidad que no veía; Christopher Plumber) ya no tuvimos dudas. Y no nos equivocamos. Una gran película en todos sus apartados: una historia preciosa, una fotografía espectacular con unos traveling curiosos; unos paisajes de ensueño. Lo tiene todo aunque puede resultar pesada a quienes estén acostumbrados al cine de acción porque lo que tiene es poca acción. Es una película de interiores. Bucea en las personas, las analiza, hace una deconstrucción de las biografías y los sentimientos. Al más puro estilo Bergman (la presencia de von Sydow recuerda constantemente a sus trabajos con él).
La historia que cuenta es una historia doble. Un profesor de historia en la universidad compagina sus clases con el cuidado de una granja. Vive allí con su esposa, su hijo y un nieto. La esposa, Melanie (Susan Sarandon, la gran protagonista del film)se dedica a escribir cartas intentando reencontrar a personas que pasaron por los campos de concentración nazis, experiencia que ella misma había vivido de niña. Los encerraron en Drancy, el campo de reclusión instalado por los alemanes en las afueras de París durante la II Guerra Mundial. Allí conoció a otro preso niño como ella y a un adulto. Con ambos construyó una profunda amistad y una gran complicidad. En sus pesquisas sobre censos y destinos de los judíos descubrió que Jacob, a quien había llevado después a Auschwitz, seguía vivo. Ella le escribe y la historia comienza cuando Jacob le anuncia su visita. Y llega a la granja acompañado de Christopher, aquel niño del campo de concentración que fuera el gran amigo de Melanie. Así que la historia pasa en la actualidad pero se entiende sólo en relación al pasado. Presente y pasado se van vinculando con constantes flashback.
No he logrado entender muy bien el porqué del título. Se habla de “ecuación” o de principios, pero no sé a qué viene lo de la aritmética. Quizás porque Melanie, siguiendo las instrucciones de Jacob, había seguido tomando puntual nota de los movimientos de llegadas y salidas de gente en el campo: número, edad, sexo, etc. Quizás fuera eso. En cambio, lo de “emocional” está claro. Todo el film es una pura emoción contenida. Podría titularse “radiografía emocional” porque eso es lo que sucede.
Pasar por un campo de concentración debe ser una experiencia espeluznante. Aunque sobrevivas te quedan muchas zonas muertas por dentro. Y eso es lo que les pasó a los tres protagonistas. Son incapaces de superar aquellos traumas. Menos aún en el caso de Melanie, pues ella continua hurgando en las heridas, buscando a los desaparecidos, tratando de que aquel horror no se olvide: “sobrevivimos para poder contar lo que pasó”. Pero, en todo caso, no es una película sobre el exterminio nazi (de hecho, las veces que los recuerdos les llevan a aquellas fechas no aparece ninguna escena dolorosa, solo el cariño que existía entre los tres, sus encuentros). Destrozos aparte, lo que quedó de aquellas experiencias, fue una gran fascinación por Jacob y un gran amor infantil entre los niños. Y eso es lo que tratan de ajustar en la película.
Claro que sus vidas siguieron. Melanie es ahora una mujer casada, aunque no parece que las cosas vayan bien con su marido (somos “guerreros en el campo de batalla del matrimonio” dice ella). Él la considera una enferma y ella lo tiene por un pervertido (“¿a qué estudiante aduladora se estará follando en este momento?, le pregunta-afirma a su hijo en un momento en que hablan de él). De la vida de los otros dos se sabe poco, salvo que también están tocados. Jacob, al que le maltrataron durante años ha perdido su vitalidad y su memoria. Christopher se dedica a estudiar a las avispas y es una persona reconcentrada que añora sus amores infantiles con Melanie. Y ése es el meollo de la historia: cómo las personas pueden (o no pueden) reconstruir sus vidas tras una experiencia tan dura. Y sobre cómo los que conviven con ellos deben padecer las secuelas de tanto sufrimiento.
Y no es fácil. El director nos lleva hasta los sentimientos profundos de cada personaje. Por eso es una película de interiores. Y lenta. Las ecuaciones que le sirven de eje son que “si uno ha pasado por un campo nazi hay que ser condescendientes con él”; “si uno ha pasado por un psiquiátrico hay que cuidarle mucho y tratarle con cariño”. Pero la más dolorosa de todas es la consideración de que “si vives con alguien que ha padecido tanto, tú no tienes derecho a quejarte de tus males que nunca serán comparables con aquellos”. Esa es la queja del marido. Y resulta creíble al ver su relación y las reacciones de su mujer: unas veces nerviosa y deprimida, otras cariñosa, otras enloquecida, otras con ataques de asma. Resulta difícil compaginar el papel de enfermero, de compañero, de amante. Y sin embargo se quieren mucho. Llega a producir dolor sentir la angustia de David, el marido, sus celos controlados, su preocupación. Y ella, a veces, resulta tierna hasta hacerte llorar (preciosa la escena donde ella se queja de que él no le dice “te quiero” y le mueve con sus manos la boca y los labios para que lo diga).
Es difícil salir del atolladero en que cada uno se encuentra metido y en las relaciones cruzadas (unas patológicas, otras frustradas, algunas felices pero todas intensas) que se van haciendo visibles a lo largo del film. Y una moraleja: sólo la sinceridad, el afrontar abiertamente los problemas puede hacer posible la reconstrucción de los afectos. Por eso la película acaba bien. Todos se confiesan con todos, todos hacen saber a los “otros” próximos sus sentimientos. Todo un ejercicio de asertividad. Y como son buena gente uno sale del cine un poco cargado de tanta emoción pero satisfecho por cómo las han ido elaborando. Y con la impresión de que ha asistido a una película memorable.

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