viernes, septiembre 01, 2023

DÍAS MEJORES

 

Se hace raro comentar una serie, pero calculo que tendremos que ir acostumbrándonos a ello, pues cada vez las conversaciones con los amigos giran más sobre series que sobre películas. Y hay que reconocer que las características de las series como productos cinematográficos las hace muy atractivas. El tiempo se hace mucho más largo y eso permite construir historias más complejas, con más matices, con idas y venidas. Resultan, desde luego, menos espectaculares en lo que a efectos especiales se refiere, pero, por el contrario, ese menor escándalo de estímulos hace que goces más de lo esencial de la trama, de la historia que te están contando.

Claro que, también entre las series, las hay mejores y peores. Por todo lo dicho antes en su favor (tiempo, matices, continuidad), cuando una serie sale mala o no te gusta, se convierte en un suplicio insufrible, sobre todo para quienes somos incapaces de dejar a medias algo, aunque no nos guste demasiado.

La cosa es que esta vez caímos al azar en DÍAS MEJORES y, la verdad, nos atrapó enseguida. Siendo nosotros psicólogos, que se tratara de una terapia grupal para personas que están pasando por un duelo, tuvo mucho que ver en ello. Que en el elenco estuviera Blanca Portillo y otros actores que nos sonaban, también. Y que fuera una miniserie (dos temporadas con 18 episodios en total), también tuvo su influencia. El caso es que nos enganchó enseguida y que la hemos disfrutado mucho.

Desde el punto de vista cinematográfico hay que reconocerle muchos méritos. En primer lugar, la propia idea y construcción del guión. ¡Qué pena que sea tan difícil conocer a directores y guionistas de las series! Todo su mérito queda diluido en el nombre de la empresa que la produce. Saber que es una serie de Amazon y TV5 está bien, pero el mérito creativo y de realización está en los profesionales que la han pensado y construido. Debería haber una ficha técnica de las series, como la hay de las películas. En este caso, ese mérito corresponde a Cristóbal Garrido y Adolfo Valor, (Wikipedia dixit), que han hecho un trabajo fantástico. E igual mérito hay que atribuir a quienes llevaron a cabo el casting porque los actores y actrices seleccionados son magníficos y se han metido en su papel de una manera insuperable. Algo que no era fácil pues sus personajes tienen características muy marcadas y oscilantes a lo largo de la historia. No se trata solo de lo que hacen o dicen, sino de lo que siente, de la forma de expresar y gestionar emociones complejas. Algún momento de sobreactuación aparece, pero todos ellos hacen que la persona que encarnan se haga creíble, que te meta en su historia y te haga emocionarte con ella; que la vivas como si fuera tu compañera de trabajo o tu amiga, o  alguien a quien conoces y aprecias.

También es perfecta la sintaxis que logra la serie encadenando pasado y presente de las historias que van desgranando los sujetos durante la terapia. No hace falta que lo cuenten todo porque el film te lo ofrece tal como sucedió. Y de esa manera quien lo ve puede contrastar la realidad con el relato que de ese momento hace el sujeto en terapia (al final, ése es el secreto de una terapia psicológica, la forma en que cada sujeto construye el relato del conflicto que desea afrontar). Esa superposición entre pasado y presente, entre realidad y relato hace que no puedas aburrirte. Los relatos alargados, sobre todo cuando se refieren a emociones o vivencias personales, acaban haciéndose pesados. Todos lo hemos vivido con esos amigos que vuelven y vuelven a contarte cómo se sienten. Afortunadamente, eso lo evita la serie con el recurso a los flashback permanentes, que por otra parte, tampoco te confunden porque se identifican muy bien.

Finalmente, la historia (las historias) es magnífica. 5 personas que han vivido pérdidas graves y que tienen grandes problemas (unos visibles y otros no tanto) para reconstruir su vida. Visto así podría parecer una historia muy dramática y, de hecho lo es, pero está desarrollada de tal manera que se va conjugando con todos los matices que tiene la vida tanto en su versión drama como en su versión comedia. Lloras y te ríes, sufres por el dolor del personaje, pero disfrutas con él o ella de toda su capacidad de resiliencia, con sus ganas de vivir, de pelear por salir adelante. La terapia los convierte en amigos. Amigos de una amistad sincera, propia de sobrevivientes. Han compartido sus dolores, pero también sus alegrías, sus dudas, su afecto, su singularidad como personas.  Esa sinergia grupal acaba transfiriéndose, también, a quienes seguimos su proceso como espectadores. Te encariñas con el grupo y acabas sintiéndote uno de ellos. Quizás, ni te importaría sumarte a su grupo y compartir con ellos tus propios agobios personales con la seguridad de que entre todos podríais mejorar tu estilo de afrontamiento.

 Supongo que mi propia condición de psicólogo ha tenido algo que ver en que haya disfrutado tanto con la serie. Me ha gustado mucho el papel que desempeñaba Blanca Portillo. No tanto porque estuviera siempre de acuerdo con las cosas que decía o hacía como terapeuta (supongo que la serie ha contado con asesores externos que han velado por la validez psicológica del guión), sino por el acierto (al menos, acierto cinematográfico, que no lo es tanto si de una terapia real se tratase) de incluirla en la historia con sus propios problemas. Ella trata, igual que sus pacientes, de sobrevivir en medio de movimientos sísmicos en su propio espacio vital. Y así genera empatía, también ella, en quienes la vemos más allá de nuestras pantallas.

En fin, una gran serie. Seria técnicamente y muy humana en su contenido. Una reflexión sobre la vida menos fácil que las personas debemos ir afrontando en nuestra vida. 5 historias (incluida la de la propia terapeuta) que han sufrido pérdidas importantes en su vida, pero que están dispuestas a luchar por sobrevivir. Durante la pandemia (que, por cierto, está bien recogida en algunos de los episodios) cantábamos entre aplausos al atardecer aquello del “resistiré”: “soy como el junco que se dobla, pero siempre sigue en pie. Resistiré, para seguir viviendo, decía la canción. Y eso mismo es lo que se aprende en “Días mejores”.

Muy recomendable. De veras.

jueves, agosto 17, 2023

CORUÑEANDO EN AGOSTO

 

Coruña en agosto es volver a ciertas rutinas que, afortunadamente, se repiten año tras año. Son la “habaneras”, los “conciertos” en María Pita, los baños matinales en los días soleados (este año, más frecuentes), las cada vez más sufridas caminadas por el paseo marítimo. Un mes tranquilo, aunque siempre suelen quedar flecos que ir resolviendo en las mañanas más caseras.

De todo ello, quisiera referirme solamente al apartado de las “habaneras”, lugar de encuentro de  los y las coruñesas de siempre, de la tercera edad de esta ciudad. Hay peleas por entrar en el escaso espacio de sillas que suele habilitar el Ayuntamiento (los hay que llegan una hora antes para poderse hacer con un asiento y reservar algún otro para el/la acompañante). A ciertas edades, mantenerse de pie durante la hora y media que suelen durar los conciertos, resulta pesado y exige mucha perseverancia. Pero después, una vez iniciado el concierto, se les ve, encantados.

Este año mis vacaciones comenzaron tarde. Llegué de México el día 13 por la noche. El 14 fue de descanso. Así que las fiestas comenzaron, realmente, el 15, el día grande, el ferragosto coruñés. Y ese día tocaba actuar a los imprescidibles de Amizades. Se trata de un grupo de amigos que comenzaron a cantar y tocar juntos en sus tiempos universitarios y que han logrado configurar un grupo musical de notable éxito. Suelen ser en torno a 20 músicos que, sobre la base de 7 u 8 guitarras acompañadas de percusión y maracas, interpretan y cantan música folk clásica, junto a boleros, baladas, habaneras, etc. Sus conciertos recuperan la vieja música de los Panchos, los Sabandeños, Compay Segundo y el son cubano, y todo ese mundo musical que hace vibrar a quienes superamos los 60.

Fueron dos horas fantásticas. El sonido no era perfecto, pero ya se sabe que esa no es una cuestión relevante porque cada quien va sintiendo la música en función de su memoria y de los recuerdos que las sucesivas canciones les iban provocando. Y eso es lo que me pareció más bonito de la tarde: esos ojos brillantes de señoras de más de 80 años (pero todos y todas, en general) moviéndose al ritmo de sus recuerdos, de aquellas canciones que les acompañaron en su noviazgo, en sus primeros besos y en los buenos días de la juventud. A veces los movimientos los hacían con los ojos cerrados, como si quisieran guardar en secreto sus recuerdos, como si se tratara de un acto íntimo como el que estaban recordando. En qué pensarían, me preguntaba yo, al socaire de las letras y músicas que escuchaban y que ya se veía que les estaban emocionando. Algunas personas no pudieron evitar ponerse a bailar porque, efectivamente, hay músicas capaces de resucitar a un muerto. Fue bonito ver a la gente feliz. Y lo era aún más dado que muchas de esas personas que aplaudían y vivían la música estaban físicamente muy deterioradas, con muletas, en sillas de ruedas, con problemas de movilidad, etc.

 Eso fue el martes. El miércoles 16 tocaba turno a los grupos de diversos coros y agrupaciones del festival de habaneras. Iniciaron el festival tres grupos: la coral del Santo Ángel (regularcillos, con poco ajuste entre las diversas voces); el orfeón de Arteixo (mejores, con buenas voces) y, finalmente, la Tuna de Veteranos, una agrupación clásica en estas fiestas y que siempre logra que el público se le entregue. También fue fantástico, este año, el turno de la tuna de veteranos, un grupo en el que la media de edad debe estar próxima a los 80 años. Pero conservan voces fuertes y el resto lo hace la magia de las bandurrias y guitarras, de la percusión y el acordeón. Y su simpatía personal, claro. Fue otro rato de música llena de nostalgia, de gestos de alegría, de cuerpos moviéndose. Y, en el caso de la tuna de veteranos, su música va, además, sazonada de toques populistas cantando a Coruña. En su repertorio no puede faltar su canción sobre la Torre de Hércules y la Coruña unida al mar; pero, sobre todo, nunca falta el himno más popular de la ciudad: ¡qué más se puede pedir, que vivir en la Coruña; que vivir en la Coruña, mi bien, qué más se pueda vivir!”.

Después, a las 10 de la noche, actuó Ugo Tozzi en la Plaza de María Pita. Un gran concierto, con mucha parafernalia y mucho ruido. De Tozzi lo que más me gusta son las letras y esa música intimista que él, como buen italiano, sabe hacer tan bien. Así que, tras algunas canciones, nos fuimos. No se puede transitar de la tuna de veteranos a Tozzi. Demasiada distancia.

Bueno, pues hemos comenzado las fiestas. Por ahora bien. El tiempo es fantástico y las rutinas siguen su marcha.

 

lunes, agosto 14, 2023

MÉXICO LINDO Y QUERIDO (y caliente).

 

Viajar a México es siempre un placer, incluso aunque el viaje sea de trabajo y convenciones (que es como son siempre los míos).  Han sido muchos años de viajar por prácticamente todos sus Estados, de conocer gente, de encariñarse con sus paisajes y su cultura. México es enorme y variado. Es occidental y, a la vez, caribeño. Es puro contraste de lo mejor y lo peor. Atrae y da miedo, a la vez. Pero enamora y, por tanto, no puedes evitar volver cada vez que se ofrece una oportunidad.

Esta vez mi destino fue la Baja California: Ensenada, Mexicali y Tijuana. Mi primer compromiso era un Congreso de AIDU-Mex en Ensenada, seguido de una semana intensa de actuaciones en los tres campus de la Universidad CETYS. Me han hecho el honor de invitarme para desarrollar algo que ellos llaman “cátedra distinguida”. Consiste en una serie de intervenciones (conferencias y talleres) en los tres campus de la universidad. Y en eso he estado esta segunda semana de agosto.

No es que agosto sea un momento propicio para esta clase de eventos. No lo es en España, porque se trata de nuestro mes de vacaciones (lo que me costó unas buenas broncas en casa); y tampoco lo es en aquella zona de México porque, sobre todo en Mexicali, la temperatura puede subir hasta los 50 grados. Una semana antes de viajar había tenido en Santiago a un grupo de estudiantes de aquella universidad cursando uno de sus módulos de la maestría en Educación. Y me habían asustado: no se pueden llevar anillos o joyas, me decían, porque se calientan tanto que te queman; hay que cuidar el calzado que se lleva porque el suelo está tan caliente que la goma de los zapatos puede derretirse y te quedas pegado a la acera; nada de caminar, ni siquiera media cuadra que te da un golpe de calor…

Luego resulto que ni tanto. Como comencé por Ensenada, allí, al borde del mar, la temperatura se llevaba bien. Mañanas frescas y nubladas, centro del día caliente (30-32 grados) y noche fresquita. Bien. Mexicali fue otra cosa. Allí como es un puro desierto, no hay humedad y el aire está ardiendo. Nadie va caminando por la calle y entres donde entres el aire acondicionado está a tope. Con todo, se lleva bien. Estuve dos días, así que tampoco estoy para sacar conclusiones bien fundadas, pero ni me ahogué de calor, ni se fundieron mis zapatos. Y en Tijuana, nuevamente junto al mar, también hizo mucho calor durante el día, pero se relajaba un poco en la noche. En cambio, allí se sudaba mucho, por la humedad.

Como ya conocía tanto Ensenada como Tijuana de viajes anteriores, mi gran sorpresa en este viaje ha sido Mexicali, capital de Baja California Norte, una ciudad muy interesante, tanto por su posición geográfica como por su significado político. Mexicali está en medio de un desierto que se alarga hasta el Estado vecino de Sonora. Llegar a ella supone cruzar una enorme cordillera de montañas secas y áridas, pura piedra. El descenso del puerto de La Rumorosa es espectacular: una sucesión de eses con desniveles enormes y abajo una llanura infinita que en su tiempo fue una laguna y ahora es un desierto. La llaman “la seca” y, la verdad, impresiona. Kilómetros y kilómetros hasta donde puede alcanzar la vista de tierra seca y baldía en la que, según el dicho popular “quien se adentra en ella nunca vuelve”. De hecho, cuentan que allí suelen llevar tanto el ejército americano como el mexicano a sus soldados de élite para hacer ejercicios de supervivencia. Y que en varias ocasiones ha habido grupos que han desaparecido o aparecido muertos. Impresionante de veras.


 

Y no lo es menos el espectáculo político que supone el famoso muro de separación entre México y EEUU del que tanto se jactó el presidente Trump. Ya lo conocía en su parte final de Tijuana (donde el muro se adentra en el mar para evitar que se pueda cruzar a nado), pero aquí en Mexicali es mucho más patente y amenazador. En la ápoca de Trump lo elevaron por encima de los 7 metros e hicieron un doble muro (si consigues saltar el primero, aún te queda un segundo). Entre ambos, circulan constantemente patrullas armadas en su jeep. Ya es chocante que la ciudad esté literalmente cortada por esta muralla de hierro, pero lo es mucho más ver que el muro continúa más allá de la ciudad y va cruzando las montañas enormes que separan la capital Mexicali de la ciudad de Tijuana. ¡Lo que debió costar en dinero y en logística esa construcción por terrenos inaccesibles y sujetos a una temperatura insoportable!  “Aunque alguien pudiera saltar ese muro en la montaña, moriría por el calor…”, me decía el chofer que me trasladaba de un campus al otro. Yo recordaba el muro de Berlín y lo mucho que los americanos hicieron para que acabara cayendo. ¡Cómo se han cambiado las tornas! Ahora son ellos los que construyen muros. Es verdad que en Berlín era para que la gente no saliera y estos muros de ahora son para que la gente no entre, pero, aunque no lo sea su finalidad, el significado final de los muros sigue siendo el mismo.

Bueno, pues al final ha sido una semana intensa. He vuelto a sentir la calidad humana de los colegas mexicanos. Aún sin conocer previamente a la mayor parte de las personas que me han ido atendiendo en los diversos campus, su trato y el cariño y compromiso con que han asumido su rol de anfitriones ha sido espectacular. Y no es solo que lo tuvieran todo planificado hasta los mínimos detalles, que a eso ya me tienen acostumbrado, sino en la cordialidad que te muestran y en lo mucho que se preocupan porque estés bien. No son los funcionarios que cumplen con el trabajo que se les ha asignado (eso también lo he sentido y sufrido en viajes a otras partes), ¡qué va!, aquí parece que los conoces de toda la vida. Te ofrecen, desde el inicio, su amistad. O son muy buenos actores o, la verdad, es que se trata de gente muy especial y próxima. En la dimensión humana, ha sido una gran experiencia.

En la vertiente académica poco que resaltar. El programa ha sido intenso, pero no agobiante. Han sido 11 intervenciones en 6 días que incluían, también, traslados de una ciudad a otra (3 horas y pico de viaje cada vez). Pero, en realidad, como en cada Campus repetía los mismos temas (calidad de la docencia universitaria; coreografías; aprendizaje experiencial, agenda 2030), pues tampoco ha supuesto un agobio excesivo. A mí me gusta mucho dar cursos, lo paso bien con la gente. Y si, como ha sucedido esta vez, ves que los grupos funcionan, que entran en tu juego, que se interesan por el tema del que les hablas, pues todo resulta mucho más fácil. Yo creo que me he cansado más por estar tres horas de pie en cada sesión, que por el trabajo en sí mismo.

Así que, una vez ya en casa de nuevo (otras 24 horas largas de viaje), solo me queda superar el jet lag y reorganizarme mentalmente para disfrutar de la familia durante este medio mes de agosto que es lo que me queda de vacaciones. A partir del día 15, Coruña comienza a estar más tranquila y espero poder disfrutar de los baños y paseos que hasta ahora no he tenido. Además, llegan nuestros nietos madrileños y hay que cumplir como buen abuelo.