miércoles, mayo 07, 2014

CRUCERO 3- Katakolon, Grecia




Esta noche nos hemos ido adentrando en territorio Griego. Y la primera sorpresa es lo bien que hemos dormido. Nos hemos despertado casi a las 10 de la mañana, cosa bien rara en nosotros. Así que ya estábamos entrando en el puerto de Katakolon. Ducha rápida y desayuno a toda leche pensando que íbamos a llegar tarde al desembarco. Fallo de novatos. Aquí las cosas van lentas y los desembarcos son procesos complejos con muchos controles. Así que aún nos tocó esperar lo suyo para poder desembarcar. Y como no habíamos contratado ninguna excursión, tuvimos que  hacer otra cola enorme para sacar los tickets para el autobús que nos llevaría a Olympia, verdadero objetivo de este viaje.
Las ruinas de Olympia están a 40 kilómetros del puerto. Y son eso, unas ruinas.  Espectaculares, desde luego. Parecidas a las que se pueden encontrar en Roma en el Foro. Buena ocasión para poder recordar nuestras clases de Arte de los comunes en la Universidad. Elvira se acordó de su profesor compostelano Moralejo y yo del mío en Zaragoza, que creo que se llamaba Abad. Allí estaban los capiteles dóricos(los intermedios entre los jónicos y los corintios). Allí las columnas estriadas de los templos. Luego en el Museo (muy interesante) pudimos admirarnos de nuevo de la belleza de las estrías en los vestidos. La ciudad de Olympia (difícil de reconstruir mentalmente a partir de las ruinas) debió ser enorme y maravillosa. Desde el templo de Zeus, hasta los diversos edificios (todos de ricos, claro; a saber dónde vivían los pobres de entonces), el estadio para 45.000 espectadores. Ya digo, un repaso de nuestras clases de arte e historia (aquellos temas sobre los griegos en los que siempre nos deteníamos muchos… lo que significaba que nunca llegábamos ni al arte ni a la historia contemporánea).
 Regresamos a la hora prevista (mal que bien la gente es correcta, todos procuramos estar en el autobús a la hora marcada, quizás porque a todos nos apetece volver al barco). Nuestro autobús fue el primero en regresar. Se diría que el conductor tenía prisa porque, a pesar de que la carretera esa estrecha, iba a toda leche. Nuevos controles para entrar en el barco (tenemos una tarjeta personalizada que nos entregaron en el check-in con un código de barras que reproduce nuestra fotografía), así que no hay forma de escaquearse. Con todo siempre pasan cosas curiosas.








Hoy ya habíamos embarcado, ya habían retirado las escalas para acceder al barco y ya habíamos desatracado y comenzado el viaje (la verdad que con unos minutos de adelanto sobre el horario previsto) cuando apareció en el puerto una señora haciendo gestos. Yo estaba en mi balconcito siguiendo la operación y me pareció que se despedía de alguien, pero qué va. Había llegado con retraso. El barco, esta mole inmensa, ya se había apartado como unos 20 metros agua adentro y comenzó de nuevo la operación de atraque. Cambiaron de sentido los motores, el barco comenzó a acercarse nuevamente a tierra hasta alinearse completamente con el puerto, abrieron una esclusa y por ella subieron a la señora. Supongo que le caería un buen chorreo, pero no dejó de ser una muestra de amabilidad grande por parte de la tripulación.
Hoy es el día del capitán. Ya nos lo avisaron ayer. Es el día de gala. El capitán nos presentará a la tripulación (a los jefes, claro), nos dirigirá unas palabras, tendremos la cena de gala (todo el mundo vestido de gala, y qué galas, señor! Había gente que ni en su boda se habría puesto tan elegante: ganaban por mucha las japonesas, preciosas, con esos trajes impresionantes que suelen ponerse en los días grandes), dedicará un tiempo para que quien lo desee pueda fotografiarse con él (el negocio de las fotografías es uno de los más potentes en el crucero; los encuentras en todas partes) y en el colmo del convencionalismo ( o narcisismo, no sé) se ha anunciado a bombo y platillo que a partir de las 23 horas todos los oficiales se pondrán a nuestra disposición para que quienes quieran puedan bailar con ellos. Será la única oportunidad que tendrán ustedes de poder bailar con nuestros oficiales repetía una y otra vez la presentadora. No sé si es un gesto de sacrificio por parte de los oficiales o ganas de ligar para el resto del crucero.
La presentadora fue llamando uno por uno a los jefecillos de los diversos departamentos del barco. Esto es, efectivamente, como una ciudad enorme que hay que saber dirigir. Allí nos enteramos, por ejemplo, de que hay 270 cocineros y más de 300 camareros.  Que se sirven al día más de 35.000 raciones. No pude entender el número de personas que se dedican a la limpieza de las habitaciones pero era otra multitud. Me encantó que muchos de los jefes eran, en realidad jefas y, además, muy jóvenes. Tras el pobre speech del capitán, simpático pero sin mucha facilidad de palabra (todo lo contrario de la presentadora del acto, una hermosísima señora que hablaba con una facilidad pasmosa multitud de idiomas, sabiéndole dar a cada uno, incluso, el tonillo particular que le dan los que lo tienen como lengua madre), comenzó el espectáculo de ese día (arias de ópera y canciones de esas super conocidas). Las interpretaba un tenor con un vozarrón enorme y una mezzosoprano mucho más ajustada en sus tonos. La verdad es que lo pasamos muy bien. Tenían un cuerpo de baile de 9 personas que lo hacían muy bien. Por supuesto, también cantaron Granada y alguna otra española más y allí salieron a relucir todos los tópicos del toreo. Bah!, pese a todo estuvo muy bien.
Del teatro corriendo a la clase de baile de hoy: la rumba. Ya estaba empezada pero nos integramos enseguida. Ya habíamos tenido clases de rumba hace algunos años. Te cuesta cogerlo de nuevo pero ya no es lo mismo que empezar de nuevo. Muy bien. No ganaremos “Mira quién baila”, pero da para entretenerse y hacer un poco de ejercicio (que esa es otra, aquí no hace uno sino comer y eso es una desgracia).
La cena de gala fue realmente de gala. Ver entrar a la gente en el comedor era como si paseara por la alfombra roja de Cannes. Todos muy señores y señoras. Luciendo palmito. Y la cena bien. No hay mucho donde escoger pero tampoco faltan opciones y, la verdad, viene todo muy bien preparado.
Al final, resultó un día agotador. Así que tras cenar (que ya eran las 11,30), a la cama. Mañana hay que levantarse a las 7 porque a las 9 estamos ya desembarcando en Santorini.
Y lo mejor de todo sigue siendo el mar, este bendito y ondulante Adriático. Hoy un poco más movido, aunque desde este piso 12 apenas si se siente.

martes, mayo 06, 2014

Crucero 2: BARI




La primera etapa nos llevaba hasta Bari.
La noche fue bien tranquila.  De hecho, cosa insólita, nos despertamos casi a las 10. Ese mecer constante del mar tiene algo de narcótico. Enseguida al desayuno donde nos encontramos con cientos de personas que tenían la misma idea.  Menos mal que el restaurante para desayunar es tan infinito como el barco. Tienes que andar, andar, pero al final siempre encuentras una mesa.
Luego la mañana fue para reconocer los espacios. Pero ya tuvimos poco tiempo. A las 11 avistamos Bari y a las 12 estábamos ya en el puerto y dispuestos a salir de turisteo. Ya conocíamos Bari, así que fue como un paseo para recordar. Cometimos el error de contratar un autobús de excursiones que te prometía llevarte al centro, pero resulta que el centro estaba a 400 ms. 7,5€ por cabeza por ese paseíto. Fue la primera novatada (aunque es difícil evitarlas aquí pues te cobran por todo).
En Bari ya teníamos nuestro plan de visita al margen de las excursiones. En primer lugar a San Nicolás que por algo es el patrón de los imposibles y, según Elvira, desde siempre les sacó a su familia de muchos apuros. No sé si la mía era también devota del santo, aunque en Pamplona  San Nicolás tiene una importante Iglesia. De todas maneras, nos equivocamos y fuimos primero a la Catedral, un edificio muy interesante con esos toques bizantinos tan frecuentes en el Sur de Italia. Luego dimos enseguida con San Nicolás y callejeamos por el barrio antiguo de Bari. Resultó interesante porque son callejuelas muy apretadas y curiosas. Un poco degradadas. Una japonesa iba fotografiando la ropa que estaba tendida sobre la calle. Le debió llamar la atención.
De todas formas, el encanto de estos lugares se pierde cuando te ves formando parte de una marea humana de turistas que van todos juntos caminando en fila y fotografiando todo cuando sale a su encuentro. En realidad, habíamos desembarcado dos cruceros. El nuestro más grande y otro un poco más pequeño pero también enorme. Así que de pronto aparecieron en la ciudad 5000 personas, cámara en ristre y circulando todas por las mismas rutas. En el caso de Bari, calles estrechitas. Desesperante. Así que nos sobró tiempo y ya que nos despedíamos de Italia decidimos que la mejor opción era entrar en un restaurante y disfrutar de una buena pasta y pizza. Fue una solución acertada: la pasta estaba buena y la pizza excelente.
Desde donde comíamos podíamos ver nuestro barco. Tuvimos dudas de si volver andando o regresar en el autobús de la estafa. Nos decidimos por la última opción (quizás como venganza contra nosotros mismos por haber hecho el primo contratándolo) y, nuevamente, nos equivocamos. Llegamos cuando ya se había llenado  uno y nos tocó esperar hasta que llegara el siguiente. Total 15 minutos o más de espera para 5 minutos de viajes. Ya embarcados aún pudimos descansar un poco antes de ponernos de nuevo en marcha.
El crucero está lleno de actividades. La verdad es que no se da hecho. Es un estrés tener que elegir entre tantas opciones. Nos fuimos al teatro (hay un teatro impresionante, difícil de imaginar como algo metido en un barco: tiene platea y dos pisos de butacas; un escenario enorme y todo lo necesario para actuaciones de alto nivel). Hacen dos sesiones: una primera para los que cenamos en el segundo turno y una segunda para quienes cenan a las 6,30 de la tarde (guiris centroeuropeos y norteamericanos, obviamente). La animación de hoy eran canciones italianas de esas que hemos escuchado toda la vida. Los cantantes eran magníficos y los cantantes, aparte de hacerlo muy bien, fueron capaces de meternos a todos en el lío. Lo pasamos excelente. Al salir del teatro fuimos a dar a un pista de baile donde se daba clase del baile italiano típico (hoy ha sido el día de Italia), la tarantela. Media hora divertidísima de clase en la que hemos aprendido los pasos básicos de la tarantela. Muy divertido. Y de allí a cenar. Ya sabemos cuál es nuestra mesa (hoy los uruguayos nos han faltado, seguramente se han ido a algún comedor temático) y nuestro camarero filipino, aunque nos hemos encontrado con la sorpresa de que al filipino lo han dejado para servirnos el pan y quien nos atiende los pedidos es un hondureño que ya nos entiende. La cena también con su toque italiano. Cada noche te avisan de cuál será la ropa apropiada para la cena de cada día. Hoy nos tocaba llevar ropa con alguno de los colores de la bandera italiana: rojo, verde o blanco. La cena ha estado bien (muy bien, diría yo) y al final nos han obsequiado con una nueva sorpresa italiana: ha entrado una ristra enorme de camareros perfectamente uniformados con colores de la bandera italiana y cada uno de ellos llevando un enorme tiramisú que luego nos han repartido. Exquisito.
La dopo-cena te ofrece muchísimas alternativas. Hemos ido a caer a un salón con pista de baile donde, nuevamente, el equipo de animación dirigía bailes diversos. Nos hemos unido al grupo y allí hemos estado disfrutando hasta agotarnos. Y de allí a la cama, a dejarse mecer por este mar Adriático, amable y tierno.

lunes, mayo 05, 2014

Crucero1-Venecia



Comienza la AVENTURA
Quizás sea un poco exagerado decir que ir de crucero sea una aventura, pero para quien lo hace por primera vez no deja de tener su mandanga: te echas al mar por varios días (una semanita en nuestro caso), te unes a un grupo infinito de gente (casi tres mil turistas y 1400 personas de tripulación), en una nave que parece un rascacielos (estamos en el piso 12, en la habitación 12225, pero hay 14 pisos y, desde luego, casi 300 habitaciones por piso), nuestra mesa en el comedor (uno de los tres o cuatro que hay) es la 910 (pese a lo cual todavía hay muchas otras con números más altos) y estamos en el 2º turno (o sea que hay otro turno anterior en el que esa enormidad de mesas también se han llenado y lo mismo ha debido pasar en los otros restaurantes). Es decir, que para gente como yo a la que le asustan las multitudes y busca siempre espacios tranquilos y sosegados este crucero va a ser una prueba de fuego.
Los prolegómenos no han estado mal. Unos días en Barcelona desfrutando de hijos y nietas por todo lo alto. Uno se va haciendo mayor y de las pocas cosas buenas que eso suele traer consigo, la mejor de todas, sin duda, son los nietos. Nietas en nuestro caso. Berta ya fue una bendición con su etapa de bebé feliz y su infancia inteligente y graciosa. Y ahora, Iria y Mar, llegadas tan seguiditas, tan en su momento, son como un premio gordo repetido. Estar con las tres a la vez, tiene su puntito de sobredosis pero han sido unos días estupendos.
Y de Barcelona a  Venecia para tomar el barco. Una interfaz  magnífica porque nos dio la oportunidad de poder saludar a nuestros consuegros en Venecia, saborear una pasta exquisita en un restaurant de la zona y llegar al puerto bajo su protección. Así que allí estábamos puntuales dos horas antes de que comenzara el viaje.
La primera sorpresa fue que había un grupo de gente enorme de gente esperando. Uno ve en las películas que la gente llega, se abraza tiernamente de despedida y va subiendo por la escala hasta cubierta. ¡Películas! En la vida real todo se ha complicado mucho. La primera espera es para preparar el check-in. Largas filas y una espera media para que miren tu pasaje, te pongan un identificador en la maleta y te den un número que corresponde al grupo con el que harás tu facturación. Pasas de ese primer control y, enseguida llega otra espera hasta que le llegue el turno a tu turno. Esa fue más larga. Luego otra espera hasta que vas avanzando poco a poco en esas filas quebradas, construidas a baje de pilotes y cintas con las que van haciendo pasillos. Se han debido poner de moda porque las encuentras en todas partes. Luego nuevas esperas para pasar los controles y scanneres y al final, cuando creías que ya estabas dentro, aún te quedan una o dos esperas más hasta que te sientes ya dentro del barco. Claro que entonces comienzan las colas para tomar el ascensor, para preguntar a un filipino que ni papa de español y solo un poco de inglés dónde diablos puede estar una habitación con tantos dígitos  y para enterarte de que lo primero que has de hacer es subir mangao a la habitación (encontrarla, que tiene lo suyo) y tomar inmediatamente los flotadores salvavidas para un primer simulacro que se va a realizar en el puente 7. ¡Que estrés, señor! Y eso que uno va de crucero para relajarse.
Encontrar la habitación tuvo su dificultad pero como ya estamos acostumbrados a los hoteles, incluso a hoteles enormes, pues se logró. Más preocupante fue que mientras en otras puertas estaban ya las maletas de sus ocupantes, en la nuestra no había nada. Pero como sonaban los pitidos de la alarma llamando urgentemente al puente 7, tomamos nuestros equipos salvavidas y bajamos echando leches al meeting point. Lo cual tampoco fue fácil. Empezamos como todo el mundo siguiendo a los que iban delante pero resultó que cada uno tenía una letra en su equipo y el lugar de encuentro era distinto para cada uno. Así que tras no pocos titubeos encontramos nuestro refugio y allí hicimos el paripé colectivo de ponernos los flotadores y atender a nuestros posibles salvadores si algo ocurría. El ejercicio acabó como el rosario de la aurora y cada quien se fue a explorar primero la habitación que nos había tocado y después el barco.
Eso de conocer el barco lleva su tiempo y hay que tomárselo con calma. Uno se cruza con gente que camina con paso seguro y parece que sabe a dónde va. Debe ser que ya han hecho más cruceros. Pero la mayoría vamos totalmente despistados. Entre la biodramina que nos habíamos tomado por si las moscas y la novatería que se nos notaba de forma exagerada, no hacíamos otra cosa que avanzar y retroceder. Pero bueno, las cosas esenciales las habíamos descubierto. Nuestra habitación, las piscinas, las salas de música, el restaurante y diversas salas cuya función aún se nos escapaba. Incluso acabaron llegando las maletas, con lo cual, comenzó la operación desestrés y nos fuimos relajando.

La salida de Venecia fue impresionante. El barco-mundo fue pasando por los canales centrales y vimos desde esa perspectiva espectacular que te da el estar en un piso doce y desde el agua, los principales monumentos de la ciudad. Más de hora y media tardamos en cruzar la ciudad. Dos remolcadores, uno a proa y otro a popa iban ayudando al monstruo a circular correctamente y maniobrar por los canales. Los miles de barcos y vaporetos con los que nos cruzábamos nos saludaban (debía ser imponente ver nuestra mole inmensa desde los barcos pequeños en los que ellos iban). Y así comenzamos la travesía. Después ya comenzó el mar con todos sus encantos y la noche se nos echó encima.
En los cruceros, un momento esencial es la cena. Te asignan una mesa que será la tuya durante todo el viaje. Y te asignan, también, unos compañeros de mesa. Así que nos acercamos al comedor llenos de incógnitas. La primera impresión (pese a que una vez más hubimos de sufrir de una gran cola) fue fantástica: el comedor era un salón inmenso pero muy bien distribuido y adornado. Repisas y elementos intermedios permitían crear espacios más reducidos y dotarlos de una cierta intimidad. La decoración fastuosa. Italiana. Miles de detalles todos muy cuidados. Unas tonalidades ocres magníficas y muy bien conjuntadas. Sillas elegantes. En fin, muy bien. Menos suerte tuvimos con el camarero: un filipino que ni papa de español, casi nada de italiano y solo poco inglés. “Nos tendremos que comunicar por señas”, pensé. Como sería la cosa que para el segundo día ya nos lo cambiaron por otro hondureño. Los compañeros de mesa bien. Un matrimonio uruguayo de empresarios que venían de Dinamarca y una pareja de jovencitos (les pregunté si viajaban de viaje de novios y me dijeron que sí de novios pero no de recién casados). Lo sentimos por ellos porque los uruguayos y nosotros éramos dela misma edad, pero ellos iban a sentirse un poco desplazados. Y la cena estuvo bien. La conversación fluida. La comida muy aceptable y el ambiente general aceptable.
Nuestra cena acabó ya tarde y aunque dimos un paseo por las diversas salas de animación ninguna nos pareció excesivamente sugestiva y preferimos acostarnos. Quedaban muchos días por delante. Y en el camarote uno se siente como en su casa. Y con el mar al lado. Ese sonido constante y tranquilizador.
De todo lo que hoy hemos visto me quedo con el paseo por los canales de Venecia y con el mar. El mar es cautivador. Hay algo que te llama, que te atrae como si fuera un imán. Lo ves tan inmenso, tan fluido, tan acogedor (quizás sean resonancias a nuestras primeras experiencias en el vientre materno) pero uno quisiera tirarse a ese inmenso útero y confiarse a él. Debió ser el canto de sirenas de esa zona del Adriático. Pero ganó la cama, que también tiene su encanto.

domingo, marzo 23, 2014

La ladrona de libros




Desde luego, pasarte 11 horas y pico en un avión es un martirio lo mires por donde lo mires. No te queda otra que armarte de paciencia y ponerte a disposición del destino. Pueden surgir tantas cosas que es mejor no pensarlo. Si te cansas, cambias de postura y a lo que dure. La única ventaja que le veo es que te permite ponerte al día en las películas que aún no has visto. Once horas dan para mucho. Esta vez, con intervalos para dormirte un poco, remolonear otro poco, mirar la prensa, lamentarte por las esperas y varias otras tareas circunstanciales, tuve tiempo para ver tres películas. Una por curiosidad “I am from Chile”, de Díaz Ugarte, una historia menor que tenía el encanto de dar a conocer el nuevo cine chileno. Pero lo bueno fue que pude recuperar dos que tenía en mi lista pero que entre unas cosas y otras, se me fueron pasando: “La ladrona de libros”, que me enamoró, y “Agosto” que me dejó bastante frío. Así que dejo en el limbo las otras dos, para centrarme en La ladrona de libros, una hermosa película, en la línea de las muchas que se han hecho sobre la época nazi pero con una ternura muy especial. Es una película con tantos detalles, con tantos mensajes que te llega al alma.
Basada en la novela de Marcus Zusak que llevaba el mismo título, se narra la historia de una niña proveniente de la zona comunista que, tras perder a su hermano, acaba en una casa de acogida alemana. El film está dirigido por Brian Percival con guión de Michael Petroni que, a lo que cuentan (yo no he leído la novela) ha sido bastante fiel a la historia original, aunque insuflándole algo más de dramatismo. La protagonista es Sophie Nélisse una niña encantadora a la que ya había visto y admirado en otra película, Profesor Lazar. La película hace una increíble recreación de ambientes (bueno, uno se figura que pudieron ser así), mantiene un ritmo en el que pocas veces decrece un nivel de tensión que te hace seguir la historia absolutamente metido en ella (incluyendo algunos picos de tensión en los tú mismo te angustias). En fin, ya dije que se trataba de una excelente película (de hecho, fue seleccionada para varios de los oscars de este año).
La historia es sencilla. Su madre la entrega a una familia que, a cambio de dos subvenciones del Estado, está dispuesta a aceptar a los dos hermanos. Como uno muere en el viaje, para gran disgusto de la madre acogedora, será solo la niña la que acabará formando parte del grupo familiar. Las cosas en Alemania están ya fuera de control, con los grupos pro-nazi haciéndose con el control de las calles y de la vida social y el país embarcado en la guerra contra inglaterra. Sus constantes tour de forcé van siempre dirigidos contra los judíos y quienes les amparan. Pero atacan con el mismo furor a todo lo que se escapa a su control y a su obsesión por generar una nueva cultura propia, lo que supone romper con cualquier vestigio de otras culturas. Los libros se convierten en sus enemigos.
La niña acogida se incorpora a la escuela local aunque pronto es objeto de las burlas de sus compañeros pues no sabe leer ni escribir. La pobreza no la ha hecho apocada ni resignada y se enfrenta con valentía a los niñatos que la acosan. A la  vez entabla una preciosa amistad con otro chico de la escuela. Junto a él irá construyendo una historia alucinante de recuperación de sí misma y de su entorno.
El primer golpe emotivo de la película surge en el momento en que los nuevos padres reciben a la niña acogida. La madre huraña, distante, fría. Quejosa no tanto por haber perdido a un niño como por haber perdido una subvención. Mal asunto, piensa uno. Otra pobre criatura que va a ser la cenicienta de esta casa, un objeto a manipular. Pero entonces entra en acción el padre y enseguida se comprueba que es una persona muy especial, muy tierno, con una mirada capaz de romper barreras y despejar temores. “Baje, majestad, le dice…” con un gesto cortesano. Y la niña inicia así su nueva vida. La presencia de este padre amable jugará un papel central en toda la película. El padre que cualquier niño añoraría tener.
Dos ejes o elementos cruzan la película y le dan todo el profundo sentido que, al final adquiere. “Las palabras son vida” dice alguien en el film y en ello radica el núcleo fundamental de la película: las palabras por un lado (palabras que están en los libros) y la vida (que, en su caso es una lucha permanente entre la vida y la muerte). En realidad, es una película sobre las palabras (los libros) y la vida (la muerte).
Obviamente, el mensaje central es que las palabras nos mantienen vivo. Ellas mismas tienen vida y son capaces de transmitírnosla. Los libros, por eso, son una enorme fuente de vida. Ella que no sabía leer, se estaba muriendo sin saberlo y empieza a vivir porque empieza a disponer de palabras. Ella las va apuntando, cada palabra nueva que es capaz de encontrar en un libro. Va haciendo con su padre su diccionario (¡qué hermosa imagen la del sótano convertido en un gran diccionario con todas las palabras nuevas que la niña descubría!).  Y qué impresionante escena cuando la pequeña entra en la biblioteca del alcalde del pueblo: ¡tantos libros juntos! Como un milagro indescriptible. Se queda extasiada, sin palabras. Un hermoso canto a la palabra, las palabras. Palabras escritas y palabras dichas (“el valor de un hombre es su palabra”, se dice en otro momento del film). Y cuando estaban en el refugio antibombas, todos sumidos en un clima de desesperanza y angustia, ella comienza a contar una historia y la historia (las palabras que dan vida) van serenándoles y consolándoles hasta que cesa la alarma.
El otro eje del discurso argumental es esa batalla constante entre la vida y la muerte. Que gane la vida o lo haga la muerte es, a veces, cuestión de azar. De hecho, la narración fílmica está contada por una voz en off, la voz de la muerte que va rondando a los protagonistas, aproximándose y alejándose de ellos en movimientos impredecibles. La muerte está presente desde el inicio, cuando fallece el hermano pequeño de la niña, y no se separará de la historia en ningún momento hasta la traca final. Irónicamente, la historia sucede en la calle Himmer Strasse (la calle del cielo). Pero junto a tanta muerte, también hay mucha vida: la vida enorme e intensa del padre amable (y después, también la de la madre que hace un cambio total del inicio al fin); la vida de la propia niña que acaba contaminando su propia vida a todos aquellos con los que se relaciona; la vida de esa relación de amistad con el muchacho rubio; la lucha por la vida del nuevo inquilino de la casa; la vida de las cosas pequeñas (ese jugar con la nieve en el sótano que les permite volver a sonreír, a jugar, a divertirse); la vida que transmite el acordeón (que, el final, hasta le salva la vida a ella). Todo un canto a la vida. Hermoso canto a ese valor esencial cuando todo alrededor es un territorio de muerte.
Ver una película como esta en un avión a varios kilómetros de altura y cruzando el Atlántico (es decir, con la vida y la muerte jugándose a los naipes tu destino) tiene un impacto mucho más fuerte que cuando la ves en el salón de tu casa o en la cómoda butaca de la sala de cine. Quizás por eso me ha afectado más. Por lo general, no disfruto en las películas de nazis. Me parece una situación tan perversa, tan sinsentido que me angustio enseguida. Sin embargo, la ladrona de libros me ha encantado, me ha colmado de sensaciones intensas, me ha hecho llorar, me ha dado la oportunidad de vivir esa emoción de la vida que nace de las palabras, de los libros, de la música. De las que no se olvidan. Si pueden, no se la pierdan.