jueves, abril 23, 2015

Cuba, el día D.




Bueno, llegó (y pasó) el día D del  Congreso. Esta vez la cosa no estaba fácil. No es solo que cada vez me siento más vulnerable en las intervenciones ante grandes auditorios (acabará pasándome lo de Sabina: el pánico escénico), sino que esta vez el auditorio era realmente complicado: médicos y responsables de salud de muchos países, incluidos los EEUU (ahora que se han reanudado las relaciones, andan de luna de miel).
Me cambiaron de chofer y el nuevo llegó una hora antes a buscarme. Lo interesante es que parece que he ascendido. Me han otorgado un coche de ministro o rector (un modelo chino de gama alta). Me extrañó. ¿Pero no es usted Presidente de la Sociedad Americana de Medicina?, me preguntó la chica de enlace en el hotel. No quise romper la magia del momento y me quedé en responder con un "Ummmm" que tanto podía que ser eso como lo contrario. Seguramente leyeron Presidente de la Sociedad Iberoamericana de Docencia Universitaria y lo leyeron en clave médica. En todo caso, hay ciertos malentendidos que no merece la pena aclarar. Pues nada, tengo chofer privado hasta el domingo cuando me vaya. Un lujo.
Luego en el Congreso pasó lo que suele. Se empezó tarde y luego los desfases se fueron acumulando hasta tal punto que la sesión inicial que era abierta a todos los congresitas estaba formada por 4 personas que iban a hablar.  Pues cuando aún estaba hablando la segunda, un político argentino pesadísimo, ya se habían chupado una hora de las sesiones múltiples siguientes en una de las cuales participaba yo. Así que me temí lo peor, que llegáramos allí y de los 45 minutos que teníamos cada uno, la cosa se redujera de manera dramática. Y de nuevo, la cuestión de siempre, ¿merece la pena todo este viaje para después intervenir media hora ante un auditorio que será, con toda probabilidad escaso? En fin, hay ciertas preguntas que uno no debe hacerse a poco de iniciar su conferencia en un Congreso. ¡Fuera!.
Y pasó lo que tenía que pasar, aún no había acabado la primera sesión común, nos tuvimos que salir porque ya habían comenzado las sesiones simultáneas. Cuando llegamos allí, ya estaba hablando la que me precedía, una doctora, creo que salvadoreña, muy mayor que debía ser todo un referente en la Educación Médica centro-americana. Las cosas que le oí, me parecieron interesantes y bastante coincidentes con algunas que yo diría a continuación. La cosa es que las canas pesan y a ella no le cortaron, con lo cual su intervención se alargó mucho. Y si yo tenía que iniciar mi conferencia a las 11, debían ser las doce y mucho cuando la iniciaba.
Aquí son bastante pragmáticos y no se pierde tiempo en presentaciones. Tampoco lo perdí yo en agradecimientos porque me temía lo peor en cuanto a la gestión del tiempo. De hecho, mi mayor preocupación en ese momento era cómo reducía la presentación a su esqueleto. Y lo que tenía que pasar, pasó. A los 20 o 25 minutos me advirtieron que me quedaban 5 para concluir. Demonios!, acababa justo de concluir la introducción. A partir de ahí comencé a correr mi particular encierro. En este caso, no me perseguían los toros sino la mirada y los gestos dela coordinadora de la sesión. El discurso fue a saltos. Las dispositivas se pasaban desde la cabina, así que en lugar de decirle "vamos a la siguiente” yo lo que iba diciéndole es “vamos tres más allá” y “siga pasando, siga pasando, siga...”.
Bueno, quizás la cosa no fueran tan dramática. Al final, el salón estaba lleno y la conferencia gustó mucho. Asistieron a ella varios rectores de las Universidades Médicas cubanas y mucha gente de la dirección central de Educación Médica del Ministerio de Sanidad MINSAP (aquí las universidades médicas dependen del ministerio de salud, por eso juegan por libre en relación el resto de universidades y facultades). Luego todos se lamentaban que la falta de tiempo no nos hubiera permitido profundizar más en los diversos puntos que les fui presentando. Y algo curioso, en otros sitios, al final de la conferencia, mucha gente viene a hacerse una fotografía conmigo, aquí la gente que se acercó después lo que quería era que le pasara la presentación. Listos estos cubanos. Menos mito y más pragmatismo. También me tocó oír mucho aquello de “esto ya lo hacemos nosotros”.
El resto del día fue de muchas esperas y un poco de relax. Comimos en una sala infinita del Palacio de Congresos, después me tocó esperar aburrido a que viniera de la sede central de la OPS (Organización Panamericana de Salud) el cheque que serviría para pagar mis gastos de viaje. Yo no las tenía todas conmigo en que pudiera recuperar los 700€ que me costó el pasaje. Al final llegó y espero que todo acabe bien cobrándolo mañana en el banco. Después aproveché mi reciente estatus de tipo importante y llamé a mi chofer para que me llevara al hotel. Ningún problema, allí estaba él en 5 minutos. ¡Da gusto ser importante!

Camino del hotel, pensé que dado que tenía chofer podría aprovecharlo para no quedarme encerrado lo que quedaba de tarde. Y pensé en que me llevara al centro de la ciudad para recuperar recuerdos y volver, después, andando. Así mataba dos pájaros de un tiro, volver al Centro de La Habana y andar un poco, que buena falta me hace después de estos días de quietud.  Me cambié en el hotel (el resultado quedó un poco chapucero: traje de baño, camiseta amarilla limón, hasta ahí bien; zapatos marrones de diario con calcetines negros; esto me quedaba como a un cristo dos pistolas, de guiri total, pero no había traído zapatillas y no creí que pudiera hacer el camino con unas chancletas, que sí tenía) y salimos cara al centro. La visita al centro se hizo bonita, fui recuperando muchos recuerdos de Cuba. Cada uno de los viajes realizados tuvo su historia (mis viajes iniciales a Congresos de Infantil; mis dos viajes con Rafa; el viaje con Elvira y los Gestal; el viaje en que coincidí  con Jesús Valverde y su novia canaria de entonces…). Pasé por La Cecilia, restaurante donde celebramos con los Gestal un cumpleaños mío; paseé por el malecón que me trajo muchos recuerdos con Jesús; paseé por el centro con muchos recuerdos con Rafa y mis hermanos. Un refresh de recuerdos muy agradable.
Yo había pensado que podría volver andando desde el Centro de la ciudad, pero ya en la ida me di cuenta de que eso no sería posible porque las distancias son enormes. Al final, el chofer me dejó en una plaza intermedia en la que había un festival de samba cubana. Me encantó el dinamismo y la alegría de la gente que bailaba desde niños muy pequeños hasta jóvenes veinteañeros de distintas escuelas, supuse. Iban con ellos sus entrenadores o cuidadores, no sé. El sol caía a fuego sobre el lugar, treinta y pico grados, pero eso no les afectaba porque cada nuevo grupo que entraba en acción se mostraba más enérgicos y motivados.

Después de un rato, comencé a andar cara al Hotel. No sabía a qué distancia estaba y no quería que me cogiera la noche. El camino me lo conocía en cuanto a la dirección (tampoco hay que ser muy listo: al final el hotel está tocando al mar; bastaría seguir el malecón para llegar). Pasé por la oficina de negocios americana y todo el tinglado de banderas cubanas y la plaza para manifestarse que le han puesto por delante para joderlos (aunque ahora parece que la van a remodelar para acomodarse a los nuevos tiempos) ; por el Meliá Cohíba; por los campos de deporte; por el torreón (estaba la terraza llena de gente). Y así fui siguiendo el camino hasta que perdí el malecón porque llega un río y cruzarlo te aleja de él. El sol seguía inmisericorde y yo sudando como una fregona. Y el camino seguía. A la media hora pensé en rendirme o, cuando menos, relajarme con una cervecita intermedia, pero seguí. Mejor no pensar. A la hora estaba realmente cansado y ni siquiera había llegado a la mitad del camino. Luego me perdí un rato buscando la 5ª avenida y cuando la encontré la seguí como mi clavo ardiendo. Luego volví a perderme porque aparecí en la 7ª. Me costó recuperarla. Una señora con la que me crucé ya debió ver que andaba perdido y me dijo cómo volver a mi ruta. Posteriormente tuve que preguntar a un guardia que vigilaba en su garita y poco después a otro joven con el que me crucé. Y todos sin excepción me miraban extrañados diciéndome que el hotel seguía muy lejos. Como yo insistía en que quería andar, me daban orientaciones parciales con el consabido y “cuando llegué por allí… pregunte de nuevo". En fin, para que el relato no resulte tan largo como la caminada, diré que tardé en torno a dos horas en llegar al hotel. Calculo que hice en torno a los 8 o 9 kilómetros.
Una vez en el hotel, me pasé primero por el supermercado a comprar una cervecita porque lo que me apetecía era salir a la piscina para darme un baño y quedarme allí tumbado, cerveza en mano. Escogí una cerveza holandesa que no me gustó pero que, pese a ello, me la fui tomando mientras leía a Vázquez Montalbán. Me pegué otras dos horas de relax en la piscina y llegada la hora me pasé a degustar una pasta y una copita de vino. Después había un espectáculo en el hotel, un grupo flamenco que fue fantástico y que sirvió para levantarme el ánimo. Llegué a la habitación dando las 11 y diez minutos después ya estaba sopa. Un día intenso.

miércoles, abril 22, 2015

¡Cuba, hermano!




Nueva aventura en la agenda de este servidor de ustedes. Esta vez, con elementos bastantes particulares: ¡de nuevo Cuba, hermano!
Viajar a Cuba siempre es apetecible. Quizás más antes que ahora, pero Cuba sigue estando en una posición central en el imaginario de muchos de nosotros. Solo que esta vez todo tiene un cierto aire de contrasentido:¡qué pinto yo en un Congreso de médicos!!!  Mira que les advertí desde el inicio, desde su primera invitación: yo no soy médico, pero aquí en Santiago tenemos gente muy valiosa a la que ustedes podrían invitar. Incluso les mandé el email de mi amigo Juan Gestal para que redirigieran a él su invitación. O nuestro Rector, al que supongo que le encantaría viajar a Cuba y reforzar las relaciones que ya tenemos con las universidades de aquel país. Pero un hubo manera, insistieron en invitarme a mí personalmente. Incluso, y eso sí que es milagroso, me dijeron que correrían ellos con todos los gastos. ¡Increíble! La invitaciones cubanas son solo semi-invitaciones. No pagas la inscripción al Congreso (solo faltaba que invitándote ellos tuvieras que pagar la matrícula) y, si el interés es grande, incluso corren con los gastos de hotel y alimentación. Pero en este caso, aunque no me lo llegué a creer hasta el final, hasta prometieron correr con los gastos de viaje. Un milagro, ya digo. Eso sí, primero lo tenía que pagar yo y después me darían un cheque para ir a cobrarlo al un banco cubano. Ya veremos cómo va esta segunda parte.Temblando estoy.
El caso es que aquí estoy. Tras un viaje complicado (tuve que volar hasta México ante la falta de vuelos directos a La Habana), hacer noche allí porque ya no había vuelos a la Habana cuando yo llegaba a México y a la mañana siguiente seguir ruta hasta aquí. Un viaje largo en el que sobrevuelas Cuba para llegar a México con la perspectiva de volver hacia atrás dos horas y media para alcanzar tu destino. Con todo es verdad aquello de que no hay mal que por bien no venga. Recalar en México, aunque fuera unas horas me dio la posibilidad de encontrarme con colegas y poder ponernos al día en iniciativas y afectos. Además, descansar una noche antes de reiniciar otro trayecto siempre te relaja un poco.
Volar de México a Cuba es una experiencia que tiene lo suyo. Cuba pone tantas cautelas como si fueran los EEUU para la gente que quiere que viajar allí. Por ejemplo, tienes que sacarte una VISA. No es la primera vez que viajo a Cuba pero eso de la Visa no lo había oído nunca. Me lo avisaron el vienes por la tarde (yo viajaba el martes) y entré en estado de pánico. Ya estaban los billetes comprados,  el lunes tenía que ir al hospital para hacerme una resonancia magnética lo que me llevaría toda la mañana y el martes a primera hora salía mi avión. ¿Qué demonios hacía con la Visa? Debe ser verdad eso de que Dios aprieta pero no ahoga. La agencia de viajes me dijo que podría obtener la Visa el lunes por la mañana en el consulado de Cuba en Santiago (ni puta idea de que hubiera un consulado de Cuba en Santiago de Compostela; cabreo supino pensando que, la semana pasada, para obtener la Visa a México yo había tenido que concertar una cita, viajar a Madrid, perder todo un día y gastar más de 500€). Pero esta vez la cosa salió bien y tuve la bendita Visa y los complementos que ese trámite añade como el seguro de viaje y de salud, etc. Una pasta. Luego resulta que el viaje a Cuba tiene sus reglas (todas vinculadas al sacarte dinero o al control), lo que significa que no puedes sacar tus tarjetas de embarque por Internet. Ya estaba temblando. Me conozco Aeroméxico y ya me ha tocado presenciar muchos dramas de última hora de gente que se encontraba con un overbooking y sin plaza para volar. Así que una vez en el DF quise hacer lo primero la tarjeta de embarque para el día siguiente. Eso significa cambiar de terminal y tener suerte en que no haya mucha cola. Pero no fue posible. Me dijeron que esas tarjetas de embarque no se daban hasta el mismo día por cautelas oficiales. Y que no se podía sacar por Internet. Pero alguien no se entera y/o todo es una trampa, porque sí pude entrar en Internet esa noche a última hora y vi angustiado que ya estaban todas las plazas otorgadas, menos tres. Conseguí una de esas plazas en salida de emergencia. Pero, claro, como estaba en el hotel no pude imprimirlas y cuando lo intenté a la mañana siguiente, lo que salió fue un churro. Así que ya vi que me tocaba madrugar y marchar al aeropuerto pronto en la mañana. Eso hice y me dieron mis tarjetas advirtiéndome la azafata de tierra que no se explicaba cómo yo había sido capaz de sacarlas por Internet porque eso era imposible (vamos que según las reglas no se podía hacer; pues sí se podía y además no era verdad que las plazas se dieran solamente el día del vuelo porque los asientos estaban ya todos dados un día antes).
El vuelo fue bien. Se sentó a mi lado una señora joven. Me pareció que traía pasaporte español por el color de las tapas pero luego, cuando nos repartieron los protocolos de inmigración, ella dijo que era residente mexicana. Me pidió el bolígrafo para rellenar solo lo de Aduanas (yo tenía que cumplimentar tres documentos). Se lo dejé pero apenas hablamos durante el viaje. Los dos dormimos un rato, leímos, ella no quiso el pequeño brunch que nos ofrecieron, solo frutos secos. En un momento, ya llegando, hubo turbulencias y los pilotos nos pidieron que estuviéramos sentados y con los cinturones abrochados. Ella se mostró muy temerosa y se agrarraba al asiento como si fuera su tabla de salvación. Y fue ahí cuando comenzamos a hablar. Que no le gusta volar, que le daban mucho miedo esos movimientos del avión… Yo la animé diciéndole que no era nada, una nube. Vamos, lo normal. Y esa pequeña intimidad nos permitió iniciar una conversación. Le pregunté si era mejicana y me dijo que no, que era española. Gallega, me dijo. No me digas, le dije. Y de dónde. De la Coruña. Increíble, le dije, De dónde, de Mazaricos. Pero ya llevo 10 años en Cuba. Luego me tocó a mí decirle que trabajaba en la USC. Hombre, me dijo ella. Yo estudié Historia en Santiago. Y luego pasé un tiempo aquí en Cuba trabajando en temas vinculados a la cultura y la inmigración. Pero me casé, me dijo, y ya me quedé aquí. ¿Das clases de Historia?, le pregunté. No, trabajé un tiempo en cosas de emigración pero después tuvimos gemelas y ahora me dedico a preparar los conciertos de mi marido que es músico. Un gran cambio, pensé. Quizás lo conozcas, me dijo humilde, porque es bastante famoso, se llama Pablo Milanés. No le di un abrazo de milagro. Quizás no le guste que la reconozcan por su marido, pensé imaginándome una situación similar con mi mujer. Pero enseguidá comencé a insultarme: soy idiota, dos horas y media sentado al lado de la mujer de Pablo Milanés y yo haciendo el gilipollas sin charlar con ella. Claro que los 15 minutos que faltaban dieron para mucho. Me enteré de que acababan de hacer  una gira por España presentando su último disco (ya no tan reciente, me dijo), de que él no piensa ni por el forro emigrar, que no aguanta más de tres meses fuera de Cuba, etc. etc. Hasta nos dio tiempo para hablar de los novelistas cubanos actuales y que me recomendara tres novelas interesantes.
Pero, en esas, ya estábamos desembarcando. Y hete aquí que tomamos el finger y al salir, antes de tomar el pasillo para llegarnos a los controles de inmigración, nos tropezamos con un tipo de protocolo con un cartel con mi nombre. Como en los viejos tiempos, pensé, cuando llegábamos a Brasil y nos llamaban por la megafonía antes de salir del avión. Pues nada, saludé al tipo que me esperaba y le seguí. Me llevó por un camino distinto al resto de la gente hasta la sala de autoridades. Me pidió el pasaporte y él se encargó de pasar por mí el control de inmigración y la aduana. Me invitaron a un café y, al poco, llegaron dos rectoras que formaban la comisión de bienvenida para llevarme al hotel Comodoro que es donde residiré estos días de Congreso.  Me entregaron una carta que contenía la invitación del Ministro de salud para cenar esta noche. Le dieron tanta importancia a la invitación que creí que casi era un convite particular: vaya pensé, se lo han tomado en serio los cubanos esta vez; ¡qué honores! Luego, cuando leí la carta, ya vi que me habían situado en la mesa 12. A tomar por el saco la intimidad. ¡Menos lobos, migueliño, pensé enseguida, la cosa está bien pero no es para subirse a la parra!

El hotel Comodoro está en Miramar una zona que ya conocía. Tiene una playa propia, aunque hoy el mar estaba destemplado. Me han colocado en un bungalow y me han asignado un chofer (también esto como en los buenos tiempos de la Ulbra en Porto Alegre). Aún me dio tiempo de ver cómo ganaba el Madrid, de dormir un poco, de darme un baño en la piscina y de estar a la hora previsto en perfecto estado de revista para acudir a la cena (toda llena de ministros de salud, representantes de gobiernos, rectores de universidades extranjeras y gente muy importante). Era, efectivamente, una cena exclusiva para autoridades. Y no he podido sino volver a pensar qué demonios hago yo en un sitio como este. Había más de 29 ministros de educación, muchos embajadores, rectores de universidades. En fin, la leche. Pero no conocía a nadie y ni sabía cómo entablar conversación. ¿De qué se habla con un ministro de salud asiático o africano? 

Y en eso llegó el Rector de la Universidad de Puerto Rico y nos pusimos a hablar mojito en mano. La cena estuvo bien, muy cubana: un quiche de entrada, una crema, un plato de atún rojo y tarta de postre. Vino chileno del Maipu y algo de ron para los más viciosos al final. En mi mesa, la 12: un alto representante de la sanidad cubana como jefe de Mesa, otro director nacional de formación de recursos humanos en el ámbito sanitario, el ministro de salud de Sudán, el Rector de la Univ. de Puerto Rico, una alto cargo de sanidad del norte de Francia, y este chaíñas servidor de ustedes. Menos mal que uno ya ha aprendido a hablar como alguien importante. Estoy convencido de que al final se creyeron que yo estaba a su nivel. La francesa hasta me dio un beso de despedida. O se lo di yo a ella, no sé. Salimos afuera y allí a esperar cada uno de nosotros a su chofer y su coche: ¿60 coches con 60 choferes? Todos los cohes mercedes o audis, no se vayan a creer. Era impresionante ver aquella fila de coches de alta gama. Con lo sencillo (y barato) que hubiera ponernos un autobús e irnos dejando por los hoteles.
Y ahí acabó el primer día. Interesante.
  

miércoles, marzo 18, 2015

Volando a México




De nuevo en el avión. Como si fuera una necesidad. Como si fuera una condena. Y quizás tenga algo de ambas cosas. A pesar de las presiones para que baje el ritmo de viajes, a pesar de que no sabría explicar por qué acepto las invitaciones (lo que me lleva a preguntarme a mí mismo, con mucha frecuencia, cuando estoy en esos lugares de Dios, “¿qué demonios hago yo aquí?”), a pesar de que llegado el día de viajar con gusto renunciaría a hacerlo porque me entra una pereza que me muero, pues bien, a pesar de los muchos pesares aquí estoy de nuevo, camino de México.  Un viaje de cuatro días, para dar dos conferencias a personas que no conozco, o quizás sí pero de esos conocimientos puntuales y efímeros de que te han oído en alguna intervención o han leído algún libro mío. Esto sería muy estimulante hace 20 años. Hoy casi lo llevo como una cruz. No me pregunten por qué.
Así de compleja es la vida, a veces. O, al menos, la mía. Y no es solo en esta cuestión. Todas se me van haciendo enormemente complejas. Desde las cuestiones políticas a las académicas, de las emociones a las conductas. Admiro o envidio, no sé, a la gente que lo tiene todo claro. Toma una idea como cierta, se la cree y no se mueve de ella. Saben dónde está el bien y dónde el mal y quiénes son los buenos y quiénes los malos. A mí todo me parece muy borroso, a todo le veo ventajas e inconvenientes. Y así la vida se te va convirtiendo, poco a poco, en una especie de caos. Eso solo tiene una ventaja: que no puedes juzgar a nadie ni emitir juicios tajantes.
Estos viajes tan largos (son 11 horas y pico de Madrid al DF) dan para pensar mucho. Ya llevo dos películas, he leído un par de periódicos, he comido, he echado una siesta y aún vamos por la mitad del viaje. Así que aquí estoy con las elucubraciones de siempre, haciéndome preguntas muy manoseadas ya pero que siguen igual de desconcertantes. Cuando nuestra hija María era pequeña, regresó de un verano en Londres y le dieron un diploma por ser la niña que hacía más “unanswered questions”. De raza le viene al galgo. Así son también mis preguntas, sin respuesta, o quizás mejor, con muchas respuestas. Pero el caso es que aquí estoy, comiéndome el coco encima del Atlántico. ¡Qué cosa, Señor!

martes, marzo 17, 2015

IRIA, un año juntos.





Ay, cariño, si tú supieras qué bonito ha sido este año que nos has regalado. Ni te imaginas la cantidad de momentos inolvidables que han cabido en estos 12 meses. Ha sido todo tan intenso, tan fuerte, tan profundo que hasta cuesta verbalizarlo. Y quizás sea eso lo más impactante, cómo podemos llegar a comunicarnos tanto con alguien que no habla pero que sabe decirte tantas cosas con un gesto, una mirada, con el simple contacto de su mano. Leí en una ocasión que cuando un recién nacido agarra con su mano el dedo de un adulto ya lo tiene atrapado para toda su vida. Y si ese adulto es su abuelo esa cadena se hace eterna. Es una sensación tan entrañable, tan emocionante que te deja una huella imborrable.
Ay, cariño, si tú supieras cómo has revuelto nuestras emociones. Sabes, corazón, tu abuela me riñe a veces porque le gustaría que escribiera sobre ti. Yo lo he intentado muchas veces pero no he sido capaz. Es difícil contar las emociones. Cuando lo he intentado se me llenan los ojos de lágrimas y me quedo sin palabras. Ni siquiera sé si lograré acabar esta entrada al blog que quiere ser mi felicitación en tu primer añito.
 Un año juntos… ¡qué largo y qué corto se nos ha hecho! En realidad, tu historia es mucho más larga que este año que ahora se cierra. Una historia con suspense como las buenas historias. Ya te lo contaremos cuando puedas entenderlo, pero la tuya es una historia bien larga, como si quisieras echar raíces profundas, como si necesitaras estar bien segura de que tus papis querían que vinieras costase lo que costase. Y costó lo suyo. Pero la vida es hermosa cuando todo acaba bien. Y el día en que, por fin, se oyeron tus latidos y supimos que allí estabas tú fue nuestro gran día de pascua, el inicio de un tiempo nuevo. Aquellos latidos fueron la mejor terapia, el gran regalo que la vida nos hacía. Tus papás se lo merecían y, también a ellos, aquellos latidos los transportaron del mundo de la resignación al de la exaltación y la esperanza. Fue como cuando sale el sol, un sol brillante, cálido, luminoso, después de muchos días de nubes y tormentas. Y allí, entonces sí, comenzó la parte bella de esta hermosa historia. Y siguieron meses de ansiedad para tus papás, de muchos cuidados para que todo saliera bien. Y vaya si salió.
Ay pequeñita si tú supieras qué emoción hace ahora un año cuando, finalmente, te decidiste (o te decidieron, que no está claro) a salir de tu escondrijo uterino. Mamá te contará cómo fue, porque sólo ella lo sabe, pero todos estábamos nerviosos tirando a histéricos. Yo ese día estaba en Lisboa. Tenía una conferencia que comenzaba hacia las 11 de la mañana y antes de empezarla ya sabía que tu mamá estaba en el hospital de parto. Solo quería que el que hablaba antes que yo acabara rápido para comenzar yo y acabar enseguida. Le dije a todo el mundo en la conferencia que iba a tener una nieta y que tenía que volver a Santiago (600 y pico kilómetros en coche). Así que me perdonaron las prisas (al fin y al cabo era un Congreso sobre Educación Infantil) y que saliera corriendo en cuanto acabé, sin preguntas ni nada. Me prometí que no correría pero seguro que no lo cumplí. El caso es que cuando llegué a Santiago, directamente al hospital, por supuesto, tú aún no habías nacido. Y como te retrasabas más de lo recomendable, los médicos nos avisaron que harían una cesárea. Todos los planes de tus papás para vivir ese momento de tu nacimiento juntos, conscientes y viviéndolo intensamente se fueron al carajo. Mamá pasó al quirófano, la operación salió muy bien y al rato nos llamaron para que tu papá pudiera conocerte y tomarte en brazos. ¡Qué momento, pichurrita, tan especial! Él corrió, corrió hasta la puerta donde lo esperaban y al poco salió conmocionado y con un bulto en brazos que sostenía como si fuera el tesoro más valioso y frágil del mundo y tuviera miedo a romperlo. Para él, eso eras tú, un tesoro tierno y entumecido con los ojitos cerrados. Él te hablaba entre susurros emocionados y todos tuvimos la sensación de que tú reconocías la voz que tantas veces te había hablado durante el embarazo y te tranquilizabas. Después pasó mamá en la camilla camino de la sala de rehabilitación y aún tuvimos un momento para besarla y ella lo tuvo para darte un coliño y llorar de emoción al tenerte tan cerquita. De allí nos fuimos a la habitación donde pasarías tus primeros días hasta que mamá se recuperase. Allí te esperamos ansiosos y cuando te trajeron y te pusieron de nuevo en manos de papá, él se sentó y, simplemente, entró en trance abrazado a ti. Te miraba y remiraba, te sentía y se asombraba en cada gesto que tú hacías. Y así mucho tiempo, tanto que las enfermeras empezaron primero a sugerir y luego a ordenar que había que darte un biberón porque mamá tardaba en subir. Pero, al final subió, rabiosa también ella porque todo se había ralentizado mucho y se moría de ganas de estar contigo. Fueron momentos preciosos, pequeñita, todos allí pendientes de ti. Y así empezó esta historia que acaba de cumplir un año.
Ay, cariño si supieras cuánto hemos aprendido contigo. Nuestros tiempos de padres de bebés quedaban lejos y, además, todo ha cambiado mucho desde entonces. Como ya tu prima Berta y tus tíos habían abierto camino, sabíamos de las nuevas pautas de crianza y las habíamos podido observar en directo cuando nos visitaban. Pero es distinto verlo unos cuantos días a vivirlo en la vida cotidiana. Eso de la alimentación a demanda, del colecho, de evitar los lloros, de experimentar con la textura y sabor de los alimentos, etc. nos ha cogido un poco mayores y dubitativos, pero hemos aceptado con gusto nuestro papel de ver-oir-callar y, al final, hasta hemos disfrutado mucho con los nuevos planteamientos. Es un placer veros comer, saboreando las cosas que os gustan y tirando las que no os gustan o no os apetecen. Es un placer ver cómo disfrutas de los libros y de algunos juguetes, cómo te gusta la música y te metes en situación cuando tu papá te incita con la guitarra. No podemos dejar de admirarnos de cómo vas superando etapas, de cómo cambias de semana en semana, de cómo lo miras todo con cara de curiosidad. Y de todo lo que podemos admirar de ti, lo que más me gusta es ver tu energía, ese deseo eterno por saltar y cómo te cambia la expresión cuando lo haces, como te refuerzas tú misma. Solo el verte hablar, gesticular, moverte es ya todo un espectáculo. Hacía muchísimo tiempo que yo no veía reírse tanto y con tantas ganas a mi madre como cuando estuvo contigo. Otra cosa más que agradecerte.
Pero sabes, corazón, de todo lo que han significado estos 12 meses, lo más importante para mí (y para tu abuela) es sentir lo mucho que nos quieres. No importa mucho si ese querer es solo que nos conoces porque convivimos, porque es lo que tienes cerca, porque somos los que te hacemos cosas. Quizás desaparezcamos de tu mente cuando no estamos contigo y estás feliz con tus papás o con tus nonni. Eso es perfecto. Pero lo que yo siento cuando me echas los brazos para que te coja, cuando reposas tu cabecita en mi hombro y me abrazas con tus dos manos, cuando te relajas en mis brazos, cuando me buscas para que no me vaya, cuando sueltas el Ta-Ta para referirte a mí, todo eso, pequeñita, eso no se puede contar. Solo se vive y es tan profundo que ni siquiera se puede comparar con nada. Tu tío Michel cuando era pequeño y visitábamos lugares que le gustaban mucho, por ejemplo, Florencia, lo expresaba muy bien “es que, papá, no tengo palabras para decirlo”. Es verdad, no hay palabras para decirlo, pero es muy bello. Ha sido un gran regalo que ha durado todo este año. Y ojalá siga.
Ay cariño, si supieras… cuántas cosas que agradecerte, cuántos cambios en mi vida que tú has provocado. No es fácil ser abuelo, un buen abuelo, se entiende. Yo ya era abuelo antes de nacer tú y aunque la distancia siempre aminora las sensaciones, fue una experiencia hermosa la vivida con Berta. Pero ser abuelo a tiempo completo lo he experimentado contigo. Ese deseo-necesidad de verte, ese dejarlo todo para ir a bañarte, esa resistencia al cansancio para poder seguirte el ritmo, ese placer inmenso por mirarte, por enseñar tu fotografía y disfrutar contando cómo eres, esa curiosidad por ver lo que se te ocurre, por ayudarte a saltar, por ir explicándote las cosas que pasan, lo que hago… Es fantástico esto de ser abuelo. Ya no te da vergüenza cantar canciones infantiles, contar cuentos sencillos, pasar páginas de cuentos de imágenes y describir imaginando lo que allí aparece. Ese volverse de nuevo niño para poder disfrutar contigo.
Y ahora, pequeñita, a comenzar una nueva etapa. La etapa de las escuelas infantiles, la de andar y hablar, la de pasar más tiempo fuera de casa, la de descubrir otros mundos y otras personas. Nos va a costar a todos mucho. Probablemente a ti la que menos. Pero vamos a iniciar esta nueva etapa con la misma ilusión con que hemos vivido la anterior. Eres una niña hermosa, inteligente, sociable y cariñosa. Ya verás cómo cuando cumplas 2 años vamos a poder contar cosas igualmente emocionantes que las que hemos contado ahora. Y, además, lo podremos hacer con tus propias palabras porque seguro que vas a ser una niña muy habladora.
Feliz cumpleaños, pichurrita. Ay, cariño, si tú supieras…