lunes, abril 01, 2013

La post-boda: del espectáculo a la vida







Acostarse a las 7 y pico de la madrugada no lo hacíamos la mayor parte de nosotros desde hace casi 40 años. Así que apuramos bien la mañana y nos levantamos lo justo para no perdernos el desayuno.Tuvimos la ventaja de que no corríamos el riesgo de padecer una resaca de esas que te dejan baldado. Nada de eso, aparecimos todos como rosas matutinas. Nos quedaba un día en Marruecos con algunas cosas por ver y, sobre todo, con muchas cosas por comentar. Era la post-boda.

El comentario general fue, obviamente, que la boda había estado espectacular. Todo muy novedoso para nosotros. Nos costó entrar en la dinámica y en los tiempos marroquíes pero aún fuimos aguantando el tipo. Y eso que luego he sabido por Internet (el programa callejeros de la “Cuatro” había filmado una boda marroquí que se puede ver en You Tube) que al final de las bodas se entrega un carnet de asistencia para certificar que uno estuvo en la boda y se quedó hasta el final. Ese carnet con unas pastas se mete en una bolsita de tela y se lleva a casa como recuerdo y testimonio. No sé si se hizo así en la boda de Javi y Souad, en todo caso nosotros nos lo perdimos porque nos fuimos un pelín antes. De todas formas, no teníamos demasiadas quejas tampoco sobre la extensión de la ceremonia. Te extraña pero, al final, entiendes que para ellos también la duración debe ser un elemento importante de la brillantez de la boda.
Otra de las cosas que he podido ver en Internet es que el número de trajes que utiliza la novia es una expresión del poder adquisitivo de las familias. De hecho, en la boda que grabaron en el programa Callejeros la novia solo vestía tres trajes, así que nuestra novia fue mucho más brillante que aquella (y más guapa, desde luego). Por eso ellos (los del programa), acabaron a las 3 de la mañana y nosotros llegamos hasta las siete. Pero está bien ese programa porque te van explicando las cosas que nosotros vimos pero no supimos entender. Es gracioso que a las señoras que acompañan a la novia les llaman “las gritonas” (yo creí que cantaban algo con letra y mensaje, pero parece ser que no, que simplemente gritan para alertar de que la novia se va a mover). Explican el gesto tan característico que hacían cerrando la mano y abriéndola hacia fuera como si fueran esparciendo agua bendita a los asistentes. Significa “estáis muy bellas” (vamos, estáis que lo tiráis). Aclaran, también, que el papel principal de la novia es lucirse, enseñar todo lo que lleva y por eso abre mucho los brazos. En una cosa, en cambio, no coinciden con lo que pasó en nuestra boda. Dicen en el programa que las mujeres no bailan, al menos cuando hay hombres y que las bodas suelen tener sesiones separadas para hombres y mujeres. Lo cual es un poco contradictorio porque también explican que las jóvenes se ponen tan guapas porque esperan conseguir novio en la boda. En fin, en la nuestra sí que bailaron las mujeres y mucho.  Alguna de ellas de forma tan provocativa que más de uno entramos en fase de alelamiento.
En definitiva, el espectáculo estuvo de lo mejor. Y todo hace suponer que lo que va por dentro, lo que justifica el espectáculo también estuvo bien. Hoy día ya resulta difícil eso de casarse, pero cuando se trata de un casamiento intercultural los problemas deben multiplicarse.  Ellos sabrán las revirivueltas que han tenido que dar hasta llegar a este momento, pero seguro que no ha sido fácil. Deben estar muy seguros de su enamoramiento y eso siempre es emocionante, también para los que lo vemos como amigos de sus padres. En la post-boda, cuando los vimos ya relajados se les veía a ambos con una expresión de enorme satisfacción. Como quien ha pasado un examen con buena nota. Con menos afeites y adornos que en el espectáculo pero mucho más ellos. Incluso más guapos. A veces, los grandes trajes desvían la atención de la persona al vestido, ves la ropa y te pasa inadvertida quien la lleva. 

Pues con todo y con eso, nos fuimos a dar el último paseo por Rabat. Las mujeres querían hacerse con las últimas compras. Los hombres a regañadientes las seguimos un rato y después preferimos buscar entretenimientos más descansados: una terracita agradable para el vermut (es un decir, claro, una café con leche y unas coca-colas). La comida fue algo forzado. Nadie tenía demasiada hambre después del banquete trasnochador de la boda y el desayuno tardío del  domingo. Pero le hicimos honor a una pizza, como para cumplir con el régimen de las 5 comidas. Una siesta reparadora y, después, conversación vespertina para poner al día nuestras últimas impresiones. Venían, además, los novios para pasar un rato con nosotros y, después, cenar todos juntos. Fue un rato amigable y amistoso. Como decía, a ellos se les veía muy bien, satisfechos (¡qué menos, si venían de su noche de bodas!) y relajados. La tensión sostenida durante tantas horas durante la boda había desaparecido.

Todo el mundo estaba contento. Para algunos había sido su primer viaje a Marruecos y estaban sorprendidos, con muchos estereotipos rotos en relación al desarrollo del país, su belleza natural y artística, la organización de las ciudades, etc.  Otros (otras) estuvieron más interesadas en conocer algo más de la cultura islámica. Nuestros guías nos fueron ilustrando un poco sobre ello siempre que encontraban ocasión para hacerlo. Sobre todo, la cuestión de los 5 mandamientos del islam: (1) la profesión de fe que repiten constantemente, eso de “No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta”; (2) la oración en dirección a la Meca que deben hacerla 5 veces al día, cuando avisan los muecines desde las torres delas mezquitas (y se lo toman bien en serio, al menos algunos: vi a uno de los músicos de la orquesta hacerlo debajo de una escalera y, al salir a las 7 de la madrugada y lloviendo había otra persona con su chilaba arrodillándose y rezando en medio del césped); (3) la limosna que puede ser en dinero o especies (una cuarentaava parte de lo que se gana, creí entender, aunque me resulta difícil hacer los cálculos); (4) el ayuno del mes del ramadán en el que no toman nada, salvo agua, de la salida a la puesta del sol y (5) la visita a La Meca una vez en la vida (siempre que puedan hacerlo con sus propios medios económicos, que no tengan que pedir dinero prestado para ello). Tienen la mitad de mandamientos que nosotros los católicos pero los suyos son mucho más concretos, más difícil de escaquearse de ellos.
Siguió llamándonos la atención el complejo papel de las mujeres en las sociedades árabes. Las exaltan en momentos concretos, como en la boda, pero luego las ocultan y mantienen en un segundo plano. No había ninguna mujer en las terrazas de las cafeterías y muy pocas por la calle. También es verdad que ya se ven (al fin y al cabo era Rabat) chicas sin velo (pocas) y vestidas más a la europea. También vimos algunas con burka, tapadas completamente salvo una ranura para los ojos, algo que llama muchísimo la atención.
Fueron 4 días intensos. Dieron para acompañar a una pareja de novios en la fecha más importante de sus vidas, para visitar tres ciudades marroquíes y para recibir una alfabetización apresurada en cultura árabe. No se puede pedir más. Y mañana (ya hoy) de vuelta a  casa.



domingo, marzo 31, 2013

Y llegó la boda marroquí.




Ni qué decir tiene que todo lo anterior era solo llenar los tiempos de espera del gran evento, la boda.  Y aprovechar la ocasión, claro, de poder conocer un poco más de cerca la cultura marroquí. Para quienes no habían estado previamente allí supuso la ruptura de muchos prejuicios y la constatación en directo de algunas diferencias entre Europa y África.
Después de la paliza (sobre todo de coche) del viaje a Fez, lo que más deseábamos era una mañana tranquila paseando por Rabat. Y eso hicimos. Se había apalabrado un guía para las 8,30 de la mañana en la conciencia de que tal como van aquí las cosas de los horarios, no llegaría antes de las 10. Craso error. Allí estaba el hombre a la hora convenida y los que faltaban eran los españoles. Esta vez el que se tuvo que armar de paciencia fue él. El hombre vestía de oscuro pero con ropa normalizada, sin chilaba ni signos externos de ortodoxia, aunque sus mensajes sí que venían cargados de convencimiento musulmán. De camino nos comentó que para ser guía tienen que ir a una escuela coránica donde estudian dos años. Así que, obviamente, los que obtienen acreditación de guías son gente seleccionada y de fiar para el sistema.
El paseo fue bonito: torre y mausoleo de Mohamed, kasbah de los Oudayas, jardines andaluces, Medina, Palacio Real y calles centrales de la ciudad. Mucho andar (sobre todo en el palacio real que tiene una extensión infinita), pero mereció la pena. Las chicas, con la excusa de la peluquería, se tomaron un taxi de regreso. El resto a pie, haciendo cuerpo para lo que nos esperaba por la tarde.

Y así tras la correspondiente siesta, nos fuimos acicalando para asistir en un nivel de guapura aceptable al gran espectáculo de la boda marroquí entre Javi y Souad.

Se nos había dicho que la ceremonia comenzaba a las 19:30. Y para las 7 ya estábamos todos preparados para subirnos a la furgoneta. Solo que no había furgoneta y cuando llegó, ya solo cabían en ella tres personas para el primer viaje. Subieron los padres, por supuesto. Los demás nos quedamos pesarosos pensando que con seguridad llegaríamos tarde. ¡Lo que hace la falta de conocimiento sobre estas cosas…! En fin, la furgoneta llegó a los 20 minutos y allá fuimos lo que restaba de grupo de españoles. Bueno, no llegamos a las 7,30 pero sí dentro del margen de cortesía de los 20 minutos. El lugar estaba a las afueras de la ciudad, en una especie de polígono industrial y al lado de una sala de fiestas. Se trataba de un edificio construido específicamente para albergar espectáculos de este tipo y ubicado lo suficientemente lejos de las casas como para no molestar a los vecinos con las algarabías musicales que allí se producen. Lo entendimos bien a medida que avanzaba la noche.
Decía que llegamos allá por las 19,40. Lo primero que nos extrañó fue que en aquella sala inmensa con 20 mesas redondas de a 10 personas no había aún casi nadie. A la entrada, subiendo la escalera al primer piso, nos recibieron con una vaso de leche y un dátil que llevaba una nuez dentro. La leche riquísima. Algunos decían que era de camella pero no lo parecía. En todo caso tampoco sabemos cómo es la leche de camella. El caso es que estaba riquísima, igual que el dátil.
Como ya estaban allí los padres de Javi, ellos se encargaron de presentarnos a los padres de Souad. Él un señor mayor, alto, con su gorrete blanco (luego se puso la chilaba blanca) y muy expresivo aunque apenas manejaba media docena de palabras en francés y nada de español. Pero lo suplía con su sonrisa, su mirada directa y sus manos. La madre, siempre en una posición secundaria, con su pañuelo y su vestido blanco era menos expresiva (seguramente es lo que le exige la tradición), pero también nos dio la mano y unos besos a las mujeres. Poco pudimos hablar con ellos pero lo suplimos con gestos expresivos y miradas amigables. En todo caso se les notaba mucho más seguros que a los padres de Javi. Claro que ellos tenían mucha más experiencia (ya habían casado a tres hijas) y, además, jugaban en casa.
No estaban señalados los lugares en las mesas y dudamos donde colocarnos para ni ser muy protagonistas (algo que no nos correspondía) ni unos marginados de la fiesta (lo que nos hubiera disgustado). Después de varios intentos encontramos un lugar bien situado que parecía colmar nuestras expectativas. Luego pudimos comprobar que, al menos en eso, habíamos acertado. Nos sentamos educadamente en nuestros lugares. La sala estaba, por entonces, al 15%.
Y comenzó la noche. Las mesas estaban preparadas para 10 personas con tres platitos de tamaños progresivos y una copa. El plato más amplio en el fondo, sobre él uno intermedio y al final el pequeño. No supimos entender el orden. Y la copa, pues eso, una copa. Ya nos habían advertido que no se podía tomar alcohol. Incluso habían insistido en que nadie llevara una petaca de algo porque eso solo haría quedar mal a Javi, el novio. Noche seca pues. Quizás por eso no quisieron escatimar el agua y, al poco de sentarnos aparecieron, con una botella grande de agua para cada mesa. Habían llegado y pasado las 8 pero aquello seguía igual. E igual seguía a las 8,30 y a las 9. Habían llegado algunos más (los españoles todos) pero del grupo marroquí todavía muy poquitos. Nos resultaba extraño. Llevábamos una hora y media de espera con el agua y un dulce que nos habían pasado en el ínterin. Los jugos gástricos comenzaba a inquietarse y crecía la tentación de salirse del protocolo y volver a por una leche y un dátil a la puerta. “Verás cómo esto no comienza antes de las diez”, comente. “No seas exagerado”, me dijeron. Y no lo fui. Ya habían pasado las 10 y 20 cuando empezó a moverse el personal porque se acercaban los novios en su limusina (lo podíamos ver en las pantallas que estaban instaladas en la sala). También se oía en la calle la música bereber que venía acompañándolos.
Después de eso, aún paso un tiempo pero, poco a poco, ya notamos que la sala de iba llenando. Y aparecieron los novios con toda la parafernalia del momento. Guapísimos los dos. Ella toda de blanco, el de traje oscuro. Y tras ellos los bereberes con sus tambores, sus trompetas infinitas, su música grito. Previamente habían preparado un baldaquino que situaron a la entrada de la sala y al que subieron a los novios a lo que pasearon después con el baldaquino a hombros por la sala. Aplausos, fotografías, música, miradas sonrientes y cariñosas. Él y ella como dos reyes en su trono, mirándonos a todos desde la altura de su reinado momentáneo. Tras el paseo, se sentaron en el trono que les habían colocado en el centro de la sala y desde allí siguieron saludando a sus invitados. Tras eso comenzó el primer acto de la ceremonia que se había de alargar hasta el infinito de las 7 de la madrugada. Ellos sentados en el trono y la gente a hacerse fotografías con los novios: de uno en uno, de a dos, de a tres a veces. Cientos de fotografías en un ritual que se repetiría 7 veces a medida que la novia se iba cambiando de traje. En esta primera entrada la sesión fotográfica se prolongó por más de una hora. Cuando ya no  había más gente esperando a fotografiarse, se levantaron los novios y poco a poco fueron saliendo por un lateral a una habitación que allí tenían dispuesta para el cambio de trajes.

 
Tampoco debía ser fácil cambiar el traje porque esa fase se prolongaba por mucho tiempo. Quizás ellos aprovecharan para descansar un poco. Quizás la operación resultaba compleja porque habría que ajustar el maquillaje, el peinado, etc. en función de cada traje. Las maestras de ceremonias (había tres que dirigían todo el cotarro con mano firme, nada se hacía hasta que ellas no aparecían y ellas eran las que decidían cómo había de poner la rodilla la novia, dónde había deposar su mano el novio, cuándo y cómo habían de unir sus cabezas los novios para la fotografía cariñosa, cómo había de bajar el traje y qué vuelos debía mantener, etc.) iban marcando los ritmos y anunciando con unos grititos especiales (un canto, supongo, en el que se decía algo indescifrable para nosotros) cada vez que la novia entraba o salía del salón. Así pues, aparecieron de nuevo los novios allá por las 12 de la noche con su segundo traje: un traje verde con tocados precioso. Nuevo paseo entre músicas, en este caso de un grupo musical instalado en el salón, hasta llegar al trono. Ellos se sentaron y comenzó la segunda sesión de fotografía. Y allí se fueron otros 45 minutos. Cuando las maestras de ceremonias consideraron que la cosa no daba para más comenzaron sus letanías y los novios volvieron a salir para un nuevo cambio.  Y otro periodo de espera que se amenizaba con bailes. Los marroquíes son muy bailarines. Es gente alegre. Entre nosotros, los jóvenes se animaron más pues la música marroquí exige saltar constantemente y eso con un vaso de leche y un dátil se hace tarea árdua para los mayores. Pero algunos se animaron.
Allá hacia la una y pico aparecieron de nuevo los novios. Esta vez ella con un traje rojo bereber y él en chilaba y pantuflas. Se expresaba así el compromiso cultural y religioso que ambos asumían. Él se había convertido al islam, como es obligado en el matrimonio musulmán y ella hacía expresión pública de su origen bereber. La combinación era plena.  Nueva música, nuevo paseíllo por la sala hasta el trono, nueva sesión de fotografías. Una hora y pico más en nuestros relojes. Una eternidad para el estómago. Lo bueno fue que tras la sesión de fotografías, en lugar de irse, los novios se quedaron en la sala. Les pusieron una mesita para ellos y sus padres en el centro de la sala y se sentaron. ¡La cena, al fin! Debíamos estar más allá de las 2 de la madrugada, aunque ya era difícil distinguir la hora.
Nos quitaron el plato pequeño (había tenido un uso escaso, la verdad, porque la pasta de los 12 de la noche la habíamos cogido directamente con la mano) y quedó el mediano. Y en el centro de la mesa colocaron una vasija típica árabe de esas que van cubiertas por una caperuza que, cuando la levantaron, dejo ver una enorme pastela. La pastela es como nuestras tortillas de patatas, de esas grandes y altas, pero hecha a base de cebolla, pollo, frutos secos y miel. Es una mezcla curiosa de sabores dulces y salados, aunque con mucho predominio de los dulces. Eso hace que llene muchísimo. Apenas pudimos, entre los 10, con la mitad de la pastela. Y pensamos que podían habérnosla ofrecido al comienzo de la noche porque así hubiéramos mantenido el tipo durante la primera parte de la ceremonia con más dignidad.
Tras la pastela y mucha agua, llegó el tercer plato. Medio cordero al horno para cada mesa con una presentación extraordinaria. Nos bastó un bocadito a  cada uno para quedar hartos. Supongo que era también la hora la que hacía menos digerible el cordero que estaba, sin embargo, inmejorable. La cena concluyó con una fruta. En total, tardamos en cenar poco más de media hora. Estaba claro que allí lo importante no era la cena sino el desfile de vistidos de la novia. Y a ello pasamos de inmediato. Retiraron la mesa de los novios, ellos marcharon a un nuevo cambio y recomenzamos el proceso. Aún faltaban 4 trajes.
No soy capaz ya de recordar qué tipo de vestido iba sacando la novia en las sucesivas apariciones. Todos ellos preciosos, desde luego. Y a cada aparición se variaba un poco el procedimiento de acceso al trono central. En una ocasión ellos fueron andando poco a poco y recorriendo las mesas de los invitados, en otra ocasión los subieron a una especie de cestos planos y los llevaron a hombros y bailando al ritmo de la música. Debían los novios ponerse de pie y darse la mano cada uno desde su cesto. Al novio le dio por saludar y bailar por lo que a los que le llevaban a hombros se les puso cara de pánico no sé si por el peso de los saltitos, por el desequilibrio de sus movimientos o por el riesgo de que diera con sus huesos en el suelo. En cualquier caso, el paseo de entrada siempre acababa en el trono, ellos se sentaban y los demás se iban acercando allí para hacerse fotografías con los novios.
 


 Así fueron transcurriendo el 4º, el 5º y el 6º de los trajes. Según nos contaron, los  trajes representan a las diversas regiones marroquíes, cada una de ellas con sus coloridos y  tradiciones. De todas formas daba igual como fuera el traje,  con cada uno de ellos la novia aparecía siempre radiante, bella como una escultura, aunque el maquillaje y los sofisticados lazos, coronas y colas le restaban parte de la vitalidad y expresividad que es su mejor patrimonio. El novio, que el principio estaba más hierático y como cumpliendo su papel, se fue animando poco a poco y para la cuarta ronda ya se había soltado del todo y empezó a disfrutar. En el sexto estábamos ya en las 6 de la mañana. Algunos españoles, de los mayores, empezaron a impacientarse y pidieron un cohe para volver al hotel. Los más resistentes esperamos al 7º que decían era el de novia. Y así fue. El novio recuperó su traje oscuro y ella un traje de novia igual de llamativo y espectacular que los anteriores. La novedad de esta última aparición era que se ponían los anillos y se cortaba la tarta. Hasta ahí aguantamos. Se pusieron los anillos, cortaron la tarta, y probamos una pizca de la misma. Muy dulce. Y nos fuimos. Eran casi las 7 de la mañana. Una boda hermosa. Y eterna. No será fácil olvidar esta gran noche.

sábado, marzo 30, 2013

FEZ





Nuestro segundo día amaneció pronto. Ya decía una amiga que “la vida del turista era bien dura”. Eso lo podríamos corroborar nosotros por milésima vez esa misma noche, pero estábamos en el desayuno y las cosas, todavía, estaban tranquilas. Todos habíamos dormido bien, incluido quienes habían tenido que compartir lecho matrimonial sin haberlo solicitado. Parece ser que las camas eran lo suficientemente amplias como para que los roces no pasaran a mayores.
Habíamos quedado con nuestro transporte para la excursión del día, que nos llevaría a FEZ (a unos 200 Kms. de Rabat) a las 8,30 de la mañana, así que apresuramos el desayuno para estar en perfecto estado de revista a la hora marcada. El desayuno buffet estuvo bien con opciones suficientes, incluida la señora que hacía las homelettes sin hablar ni papa de castellano ni francés. Pero hay cosas para las que el lenguaje de señas es suficiente. Todos coincidimos, sin embargo, en que el gran descubrimiento de la oferta matutina era una especie de requesón que estaba buenísimo.
Sobre las 8 y media (tampoco es que la puntualidad de los españoles dé para mucho) estábamos ya preparados, pero aún no había llegado la furgoneta. Fue pasando el tiempo y ni flores. Allí nadie sabía qué estaba pasando. Casi una hora después lograron contactar con él para enterarse de que había habido un malentendido y que, según sus datos, la excursión estaba planeada para el día siguiente. Pidió excusas y prometió que estaría en el hotel en 20 minutos. Nuevo chute de realismo marroquí: aquí los tiempos son flexibles. Da lo mismo si fueron 20 o 40 minutos los que tardó en llegar, pero al final lo hizo. Sólo que, entonces, debíamos esperar a su jefe (el del chofer) supongo que para que le diera las últimas instrucciones y algún dinero para gasolina, autopistas y esas cosas. El jefe se tomó su tiempo en aparecer y allá sobre las diez y pico de la mañana echamos a andar cara a nuestro destino: dos horas y media de furgoneta nos separaban de él. A freír buñuelos el plan de la mañana.
El viaje se hizo eterno aunque tuvo la ventaja de que nos permitió admirar el paisaje: unas llanuras infinitas y verdes. Y también las carreteras, una autopista estupenda. Nada que ver con aquellas carreteras casi de tierra, con enormes socavones que nosotros habíamos experimentado en los viajes anteriores. Nos pareció todo mucho más organizado, más moderno. Se nota que las cosas en Marruecos, al menos en este triángulo de las grandes ciudades (Fez, Casablanca, Rabat) van muy bien.
Llegamos sobre las 12 y bastante. El guía nos esperaba a las puertas del Palacio Real de Fez. Nos saludamos y enseguida nos comunicó que era viernes, (nuestro Viernes Santo), y que los viernes son los días del culto para los musulmanes. Pudimos admirar de cerca las puertas del Palacio (preciosas, hechas en bronce verde, el color del islam, y que se limpian con limón cada tres meses). Estaban cerradas así que ahí se acabó la visita (y eso que es un palacio que cuenta con 850 hectáreas, el más grande del mundo). El guía era un tipo enjuto e hierático de palabras justas y tono bajo, cubierto por una chilaba marrón, tipo hábito de franciscano. De hecho parecía un monje. Nos  recordó que era viernes y, así, que al poco rato de estar con nosotros, el guía nos mandó a pasear un poco solos porque él se tenía que ir a la mezquita al rezo de la una. Nos encontraremos, señaló, al final del barrio judío, en una de las puertas de la Medina.  Efectivamente, había muchos comercios cerrados. Recorrimos el barrio judío (cuya principal manifestación es que los balcones de madera de las casas, muy bonitos y trabajados, dan hacia la calle, mientras los de los árabes dan hacia los patios interiores) y, esta vez sí, a los 5 minutos, tal como había prometido, aparecieron el guía y la furgoneta en la puerta de marras.
Como se había hecho tarde (aquí comen a las 12 y ya estábamos en las 13 y pico), nos dijo que primero iríamos a un castillo elevado desde donde se tiene una visión completa de la Medina y después nos iríamos a comer. La excursión por la Medina, la haríamos después de comer. Y eso hicimos. Fez es una ciudad de unos dos millones de habitantes con dos partes bien diferenciadas: la Medina amurallada que es la ciudad antigua y los distintos  barrios que componen las construcciones modernas. El castillo (una construcción militar elevada) ofrece una visión perfecta dela Medina de Fez. Y allí nos fue desgranando el guía los grandes datos de aquel enorme revoltijo de casas que nosotros veíamos desde el castillo: medio millón de habitantes viven en la Medina; hay 15.000 calles, la mitad de ellas sin salida con lo que todo el conjunto constituye un inmenso laberinto; está dividida en 450 barrios cada uno de ellos con su escuela coránica y su mezquita (lo que significa que se ven 450 minaretes desde los que los muecín llaman a la oración cinco veces al día: debe ser un guirigay aquello en las horas clave). Y lo más llamativo, la nube de antenas parabólicas que se ve coronando cada casa. Infinitas. Debe ser un buen negocio en Marruecos.
Con esa visión macro en la retina nos  fuimos al restaurante. Debía ser un lugar ya preparado para este tipo de situaciones. Espectacular. Entras en una especie de comedor restaurante convencional, pero lo atraviesas y sigues adelante y tras varios pasos intermedios llegas a un espacio absolutamente alucinante: luces bajas, mesas de anticuario, colores ocres, una cúpula inmensa con puntitos de luz que crean como una especie de cielo plagado de estrellas, sofás bajos rodeando mesas bajas, luces difusas tipo velas. Podría ser el espacio interior de una secta o el lugar preparado con esmero para un encuentro romántico. Pero ese tránsito entre la enorme claridad exterior a esta semioscuridad interior te produce un cambio de coordenadas radical, propicio a la entrada en éxtasis. Supongo que parte del encanto del lugar se perdió en cuanto nos sentamos nosotros, gritones por naturaleza y bastante heterodoxos en las formas y conversaciones. Pero lo pasamos bien: la consabida ensalada (esta vez compuesta por platillos de diversas viandas), pinchitos morunos de dos clases (de lo que no nos enteramos hasta el final cuando ya algunos habían apurado sus opciones), cuscús de carne (que teóricamente deberíamos comer con las manos, pero a lo que nadie estuvo dispuesto) y fruta. Suficiente.
La tarde se la dedicamos a la Medina. Medina significa en árabe ciudad vieja y amurallada. Ambas circunstancias se daban de forma plena en Fez. La Medina es vieja de vieja, de estar cayéndose. Al menos las calles por las que nos hizo transitar el guía. Las murallas la cierran totalmente. Eso sí tiene 15 puertas para evitar la claustrofobia. Y fuera de cada puerta un cementerio, no sé si por razones religiosas o pragmáticas (el guía explicó que como los coches no pueden entrar en la medina pues las calles son muy estrechas, ponen los cementerios justo a la salida de cada puerta para poder llevar allí a los muertos). En fin, sea la razón que sea, es apabullante ver que sales de la Medina por cualquiera de las puertas y te das de bruces con un cementerio con miles de lápidas blancas, todas mirando al oriente, a la Meca.
El paseo por la Medina lo tienen muy ritualizado los guías. Siempre te llevan por las mismas calles y te hacen entrar en los mismos comercios (supongo que ellos se llevarán alguna propina por ello). Indefectiblemente (como ya nos había pasado a nosotros en los viajes anteriores) te pasan por un inmenso comercio de alfombras, donde el personal (muchísimos, debe ser que o ganan muy poco, o todos son de la familia, o las cosas les van muy bien) te va sacando, inmisericordes, alfombras de todo tipo. Da lo mismo que no muestres demasiado interés en comprar nada, ellos van a lo suyo. Y pobre de ti como se te ocurra preguntar por el precio de alguna y, más aún, si cometes el error de dar una cifra que estarías dispuesto  a pagar. Entonces te conviertes en objetivo del acoso y puedes dar gracias a Dios (o a Alá) si logras salir de allí sin haber comprado algo. En cualquier caso, con nuestro grupo tuvieron poco éxito y tras casi una hora allí nos fuimos con las manos vacías. Después de las alfombras viene la orfebrería. Otro buen rato escuchando cómo hacen las piezas de oro y plata y el mérito que tienen. Pero tampoco nadie compró nada, aunque a punto estuvo una de las compañeras de caer en la tentación de la tetera bañada en oro. No lo hizo y luego le penó.

La tercera visita obligada es a los curtidores y los tintes. Es una visita espectacular pero como la repites en cada ciudad a la que vas y en cada viaje se hace ya rutinaria. A la entrada te dan tu ramito de hierbabuena para que no te asfixies por los olores y subes al piso superior desde donde ves todos los tarros con los tintes. Y al bajar no te queda más remedio que ir pasando por las distintas piezas donde exponen bolsos, maletas, abrigos y demás productos de piel. Tampoco vi que nadie comprara nada. Tras los malos olores, los buenos y allá fuimos a un comercio de productos cosméticos derivados del argan, una planta milagrosa según el tipo que nos la vendía y que sirve tanto para u roto como para un descosido.  Y ahí si caímos casi todos (todas, mejor dicho, pues fueron ellas las lanzadas). Aún nos faltaba ir al telar, pero ya nos negamos.
Entre comercio y comercio aún dio tiempo a ver algunas cosas interesantes. Pocas, la verdad. Entre ellas la mayor  y la más famosa mezquita del mundo: Al Karaouine. Fundada en el 650, se convirtió en una de las universidades más prestigiosas del mundo con una biblioteca espectacular de más de 300.000 volúmenes que atrajo a estudiosos e investigadores de todo el mundo. Entre ellos Averroes y un papa cuyo nombre ya no recuerdo. Nos decía el guía (aunque nos atrevimos a dudarlo) que en las horas de oración se reunen allí más de 22.000 fieles.
Fez ya no dio para más. Nosotros estábamos agotados (habíamos andado más de 5 kilómetros callejeando por la Medina) y pedimos papas. Así que pese a los intentos del guía por llevarnos al telar, preferimos la furgoneta y regresar a casa. Nos esperaban otras dos horas y media de viaje. Mortal de necesidad. Cada uno se lo tomó lo mejor que pudo pero los silencios se alargaban (seguramente porque quien podía cerraba los ojos y trataba de dormir). Y ver el hotel fue como llegar al oasis. La cena suave y la sobremesa agradable, pero lo que todo el mundo estaba deseando era tumbarse como Dios manda y sobar hasta la mañana siguiente que nos tocaba Rabat. Y la boda.