jueves, agosto 17, 2023

CORUÑEANDO EN AGOSTO

 

Coruña en agosto es volver a ciertas rutinas que, afortunadamente, se repiten año tras año. Son la “habaneras”, los “conciertos” en María Pita, los baños matinales en los días soleados (este año, más frecuentes), las cada vez más sufridas caminadas por el paseo marítimo. Un mes tranquilo, aunque siempre suelen quedar flecos que ir resolviendo en las mañanas más caseras.

De todo ello, quisiera referirme solamente al apartado de las “habaneras”, lugar de encuentro de  los y las coruñesas de siempre, de la tercera edad de esta ciudad. Hay peleas por entrar en el escaso espacio de sillas que suele habilitar el Ayuntamiento (los hay que llegan una hora antes para poderse hacer con un asiento y reservar algún otro para el/la acompañante). A ciertas edades, mantenerse de pie durante la hora y media que suelen durar los conciertos, resulta pesado y exige mucha perseverancia. Pero después, una vez iniciado el concierto, se les ve, encantados.

Este año mis vacaciones comenzaron tarde. Llegué de México el día 13 por la noche. El 14 fue de descanso. Así que las fiestas comenzaron, realmente, el 15, el día grande, el ferragosto coruñés. Y ese día tocaba actuar a los imprescidibles de Amizades. Se trata de un grupo de amigos que comenzaron a cantar y tocar juntos en sus tiempos universitarios y que han logrado configurar un grupo musical de notable éxito. Suelen ser en torno a 20 músicos que, sobre la base de 7 u 8 guitarras acompañadas de percusión y maracas, interpretan y cantan música folk clásica, junto a boleros, baladas, habaneras, etc. Sus conciertos recuperan la vieja música de los Panchos, los Sabandeños, Compay Segundo y el son cubano, y todo ese mundo musical que hace vibrar a quienes superamos los 60.

Fueron dos horas fantásticas. El sonido no era perfecto, pero ya se sabe que esa no es una cuestión relevante porque cada quien va sintiendo la música en función de su memoria y de los recuerdos que las sucesivas canciones les iban provocando. Y eso es lo que me pareció más bonito de la tarde: esos ojos brillantes de señoras de más de 80 años (pero todos y todas, en general) moviéndose al ritmo de sus recuerdos, de aquellas canciones que les acompañaron en su noviazgo, en sus primeros besos y en los buenos días de la juventud. A veces los movimientos los hacían con los ojos cerrados, como si quisieran guardar en secreto sus recuerdos, como si se tratara de un acto íntimo como el que estaban recordando. En qué pensarían, me preguntaba yo, al socaire de las letras y músicas que escuchaban y que ya se veía que les estaban emocionando. Algunas personas no pudieron evitar ponerse a bailar porque, efectivamente, hay músicas capaces de resucitar a un muerto. Fue bonito ver a la gente feliz. Y lo era aún más dado que muchas de esas personas que aplaudían y vivían la música estaban físicamente muy deterioradas, con muletas, en sillas de ruedas, con problemas de movilidad, etc.

 Eso fue el martes. El miércoles 16 tocaba turno a los grupos de diversos coros y agrupaciones del festival de habaneras. Iniciaron el festival tres grupos: la coral del Santo Ángel (regularcillos, con poco ajuste entre las diversas voces); el orfeón de Arteixo (mejores, con buenas voces) y, finalmente, la Tuna de Veteranos, una agrupación clásica en estas fiestas y que siempre logra que el público se le entregue. También fue fantástico, este año, el turno de la tuna de veteranos, un grupo en el que la media de edad debe estar próxima a los 80 años. Pero conservan voces fuertes y el resto lo hace la magia de las bandurrias y guitarras, de la percusión y el acordeón. Y su simpatía personal, claro. Fue otro rato de música llena de nostalgia, de gestos de alegría, de cuerpos moviéndose. Y, en el caso de la tuna de veteranos, su música va, además, sazonada de toques populistas cantando a Coruña. En su repertorio no puede faltar su canción sobre la Torre de Hércules y la Coruña unida al mar; pero, sobre todo, nunca falta el himno más popular de la ciudad: ¡qué más se puede pedir, que vivir en la Coruña; que vivir en la Coruña, mi bien, qué más se pueda vivir!”.

Después, a las 10 de la noche, actuó Ugo Tozzi en la Plaza de María Pita. Un gran concierto, con mucha parafernalia y mucho ruido. De Tozzi lo que más me gusta son las letras y esa música intimista que él, como buen italiano, sabe hacer tan bien. Así que, tras algunas canciones, nos fuimos. No se puede transitar de la tuna de veteranos a Tozzi. Demasiada distancia.

Bueno, pues hemos comenzado las fiestas. Por ahora bien. El tiempo es fantástico y las rutinas siguen su marcha.

 

lunes, agosto 14, 2023

MÉXICO LINDO Y QUERIDO (y caliente).

 

Viajar a México es siempre un placer, incluso aunque el viaje sea de trabajo y convenciones (que es como son siempre los míos).  Han sido muchos años de viajar por prácticamente todos sus Estados, de conocer gente, de encariñarse con sus paisajes y su cultura. México es enorme y variado. Es occidental y, a la vez, caribeño. Es puro contraste de lo mejor y lo peor. Atrae y da miedo, a la vez. Pero enamora y, por tanto, no puedes evitar volver cada vez que se ofrece una oportunidad.

Esta vez mi destino fue la Baja California: Ensenada, Mexicali y Tijuana. Mi primer compromiso era un Congreso de AIDU-Mex en Ensenada, seguido de una semana intensa de actuaciones en los tres campus de la Universidad CETYS. Me han hecho el honor de invitarme para desarrollar algo que ellos llaman “cátedra distinguida”. Consiste en una serie de intervenciones (conferencias y talleres) en los tres campus de la universidad. Y en eso he estado esta segunda semana de agosto.

No es que agosto sea un momento propicio para esta clase de eventos. No lo es en España, porque se trata de nuestro mes de vacaciones (lo que me costó unas buenas broncas en casa); y tampoco lo es en aquella zona de México porque, sobre todo en Mexicali, la temperatura puede subir hasta los 50 grados. Una semana antes de viajar había tenido en Santiago a un grupo de estudiantes de aquella universidad cursando uno de sus módulos de la maestría en Educación. Y me habían asustado: no se pueden llevar anillos o joyas, me decían, porque se calientan tanto que te queman; hay que cuidar el calzado que se lleva porque el suelo está tan caliente que la goma de los zapatos puede derretirse y te quedas pegado a la acera; nada de caminar, ni siquiera media cuadra que te da un golpe de calor…

Luego resulto que ni tanto. Como comencé por Ensenada, allí, al borde del mar, la temperatura se llevaba bien. Mañanas frescas y nubladas, centro del día caliente (30-32 grados) y noche fresquita. Bien. Mexicali fue otra cosa. Allí como es un puro desierto, no hay humedad y el aire está ardiendo. Nadie va caminando por la calle y entres donde entres el aire acondicionado está a tope. Con todo, se lleva bien. Estuve dos días, así que tampoco estoy para sacar conclusiones bien fundadas, pero ni me ahogué de calor, ni se fundieron mis zapatos. Y en Tijuana, nuevamente junto al mar, también hizo mucho calor durante el día, pero se relajaba un poco en la noche. En cambio, allí se sudaba mucho, por la humedad.

Como ya conocía tanto Ensenada como Tijuana de viajes anteriores, mi gran sorpresa en este viaje ha sido Mexicali, capital de Baja California Norte, una ciudad muy interesante, tanto por su posición geográfica como por su significado político. Mexicali está en medio de un desierto que se alarga hasta el Estado vecino de Sonora. Llegar a ella supone cruzar una enorme cordillera de montañas secas y áridas, pura piedra. El descenso del puerto de La Rumorosa es espectacular: una sucesión de eses con desniveles enormes y abajo una llanura infinita que en su tiempo fue una laguna y ahora es un desierto. La llaman “la seca” y, la verdad, impresiona. Kilómetros y kilómetros hasta donde puede alcanzar la vista de tierra seca y baldía en la que, según el dicho popular “quien se adentra en ella nunca vuelve”. De hecho, cuentan que allí suelen llevar tanto el ejército americano como el mexicano a sus soldados de élite para hacer ejercicios de supervivencia. Y que en varias ocasiones ha habido grupos que han desaparecido o aparecido muertos. Impresionante de veras.


 

Y no lo es menos el espectáculo político que supone el famoso muro de separación entre México y EEUU del que tanto se jactó el presidente Trump. Ya lo conocía en su parte final de Tijuana (donde el muro se adentra en el mar para evitar que se pueda cruzar a nado), pero aquí en Mexicali es mucho más patente y amenazador. En la ápoca de Trump lo elevaron por encima de los 7 metros e hicieron un doble muro (si consigues saltar el primero, aún te queda un segundo). Entre ambos, circulan constantemente patrullas armadas en su jeep. Ya es chocante que la ciudad esté literalmente cortada por esta muralla de hierro, pero lo es mucho más ver que el muro continúa más allá de la ciudad y va cruzando las montañas enormes que separan la capital Mexicali de la ciudad de Tijuana. ¡Lo que debió costar en dinero y en logística esa construcción por terrenos inaccesibles y sujetos a una temperatura insoportable!  “Aunque alguien pudiera saltar ese muro en la montaña, moriría por el calor…”, me decía el chofer que me trasladaba de un campus al otro. Yo recordaba el muro de Berlín y lo mucho que los americanos hicieron para que acabara cayendo. ¡Cómo se han cambiado las tornas! Ahora son ellos los que construyen muros. Es verdad que en Berlín era para que la gente no saliera y estos muros de ahora son para que la gente no entre, pero, aunque no lo sea su finalidad, el significado final de los muros sigue siendo el mismo.

Bueno, pues al final ha sido una semana intensa. He vuelto a sentir la calidad humana de los colegas mexicanos. Aún sin conocer previamente a la mayor parte de las personas que me han ido atendiendo en los diversos campus, su trato y el cariño y compromiso con que han asumido su rol de anfitriones ha sido espectacular. Y no es solo que lo tuvieran todo planificado hasta los mínimos detalles, que a eso ya me tienen acostumbrado, sino en la cordialidad que te muestran y en lo mucho que se preocupan porque estés bien. No son los funcionarios que cumplen con el trabajo que se les ha asignado (eso también lo he sentido y sufrido en viajes a otras partes), ¡qué va!, aquí parece que los conoces de toda la vida. Te ofrecen, desde el inicio, su amistad. O son muy buenos actores o, la verdad, es que se trata de gente muy especial y próxima. En la dimensión humana, ha sido una gran experiencia.

En la vertiente académica poco que resaltar. El programa ha sido intenso, pero no agobiante. Han sido 11 intervenciones en 6 días que incluían, también, traslados de una ciudad a otra (3 horas y pico de viaje cada vez). Pero, en realidad, como en cada Campus repetía los mismos temas (calidad de la docencia universitaria; coreografías; aprendizaje experiencial, agenda 2030), pues tampoco ha supuesto un agobio excesivo. A mí me gusta mucho dar cursos, lo paso bien con la gente. Y si, como ha sucedido esta vez, ves que los grupos funcionan, que entran en tu juego, que se interesan por el tema del que les hablas, pues todo resulta mucho más fácil. Yo creo que me he cansado más por estar tres horas de pie en cada sesión, que por el trabajo en sí mismo.

Así que, una vez ya en casa de nuevo (otras 24 horas largas de viaje), solo me queda superar el jet lag y reorganizarme mentalmente para disfrutar de la familia durante este medio mes de agosto que es lo que me queda de vacaciones. A partir del día 15, Coruña comienza a estar más tranquila y espero poder disfrutar de los baños y paseos que hasta ahora no he tenido. Además, llegan nuestros nietos madrileños y hay que cumplir como buen abuelo.

 

 

domingo, julio 30, 2023

Ad amici memoriam. Adiós amigo Alfonso

 

 

 

Se nos fue. Alfonso Cid, el amigo de siempre, el compañero de al lado durante los cuarenta y pico años en que he transitado por la vida académica se nos fue. Y esta vez para siempre. El ya llevaba tiempo yéndose, desapareciendo periódicamente en las brumas del agujero negro en que te sume la depresión y la angustia. Las veces anteriores había logrado engañar a sus fantasmas y recuperar su lucidez habitual, pero esta vez ya no pudo, o no supo o, quizás, no quiso. Metidos en el torbellino de las obsesiones es difícil saber dónde está el norte, no te queda suelo en el que pisar con firmeza y te escurres entre las rejas de la enfermedad... Se fue.

Mi último recuerdo es de hace dos años en una comida que hacíamos periódicamente un grupo de amigos en Pontevedra. La misma a la que ya no vino cuando nos encontramos de nuevo hace un par de semanas. Nunca habría faltado en otro tiempo, él era el alma de nuestros encuentros. Le escribí, le llamé, le pedí de mil maneras y a través de múltiples intermediarios, pero fue en vano. Ni siquiera me contestó. Tuve el presentimiento de que nunca más lo volvería a ver. Su círculo vital se había estrechado mucho, sus preocupaciones habían mudado en dirección e intensidad, su pelea estaba en otras batallas. Y esa fue la primera pérdida. Dolorosa por difícil de entender y porque nos dejaba inermes, sin posibilidades de echar una mano. Menos mal que siguió manteniendo su círculo más próximo de amigos y a través de ellos íbamos teniendo noticias.

El caso es que comenzamos el verano con el lastre emocional de la pérdida de un amigo querido. Un amigo Premium, de esos que sabes que siempre van a estar ahí, amigo a toda prueba. Tanto él como yo pasamos por los mismos profesores de Pedagogía en la Complutense y eso supuso que cuando llegué a la USC en el año 78, Alfonso y Gerino fueran mis mejores anfitriones en la UNED de Pontevedra. Allá nos veíamos cada sábado, nos tomábamos generosos vermuts en un bar cercano e íbamos tejiendo esa amistad entrañable que ha durado hasta ahora. Y desde entonces hemos recorrido interminables etapas de vida académica: muchas tesis, innúmeras oposiciones, proyectos de investigación, congresos de Poio, Asociación de Docencia Universitaria, cientos de reuniones y no pocos encuentros lúdicos. Tanta vida compartida fue generando vínculos que traspasaron con mucho el ámbito de lo profesional para adentrarse en lo personal. Aunque los avatares académicos hicieron que me tocara a mí liderar buena parte de las actividades que llevamos a cabo durante estos años, nunca sentí que yo fuera su jefe (ni él me lo hubiera permitido); al contrario, siempre me apoyé en él porque sentía que su fortaleza y energía a la hora de dirigir el grupo complementaba bien mis debilidades en ese terreno.

Hoy, de pie ante su féretro, he tratado de agradecerle lo mucho que le debo por todos estos años de compañía y colaboración, de aprendizajes compartidos, de charlas, de discusiones, de aprecio mutuo. Siempre lo he sabido, pero en ese momento singular y dramático es cuando más patente se ha hecho lo importante que ha sido Alfonso en mi propia vida, en la de mi hija, y en el desarrollo de todas y cada una de las iniciativas académicas que hemos ido afrontando juntos durante todos estos años. Duele mucho sentir que todo eso se acabó.

Como en toda relación intensa y duradera, tampoco es que la sintonía entre nosotros estuviera garantizada. Alfonso era muy peleador, muy suyo. Político y sindicalista hasta tomando un café, fue siempre un discutidor tajante, poco dado a consensos y componendas. Tenía su idea sobre las cosas, los acontecimientos y las personas. Y la defendía a capa y espada, sin demasiadas contemplaciones. Así que nunca nos faltaron temas en los que disentir. Pero lo llevamos con deportividad, nos aceptamos tal como éramos y nunca fue algo que perturbara nuestra relación. A veces me miraba con una cierta condescendencia, como queriéndome decir “tío, estás equivocado, no tienes ni idea de cómo funcionan estas cosas… o de cómo es esta persona… no te enteras de nada...“, pero cambiábamos de tema y todo seguía igual. Al final, la amistad es eso, la capacidad de seguir juntos porque pones más el acento en el aprecio mutuo, en lo que te une, que en lo que te diferencia. La resiliencia frente a la entropía.

Lo que más me duele de esta última fase de la vida de Alfonso es cómo la enfermedad le ha atacado, justamente, en aquellas dimensiones que constituían las cualidades más positivas de su forma de ser. Y por eso ha sido tan destructiva. Si algo tenía Alfonso de singular, de fantástico, era su sociabilidad y su generosidad. No concibo a Alfonso caminando ensimismado o ausente y solo por la calle. Era, ante todo, un ser social. Resultaba agobiante caminar con él porque conocía a todo dios y se paraba encantado a hablar con ellos. Como buen orensano era un excelente conversador, largo en el diálogo y muy ameno. Daba gusto charlar con él, escucharlo, discutir. Supongo que sus amigos de los vinos estarán de acuerdo con eso. En la vida académica también lucía esa imagen agradable de quien habla bien, sobre cosas concretas, sin morderse la lengua ni irse por las ramas. Social y apasionado. Justo lo que la enfermedad le robó en cada una de las crisis que atravesó: se encerraba en casa, no le apetecía ver a los amigos, no te contestaba a los mensajes, huía.  Y su otra virtud fantástica fue siempre la generosidad. Una generosidad nada ostentosa, practicada casi como una rutina. Lo he admirado siempre por ello: era el primero en querer pagar, el invitador nato, el que te ofrecía su tiempo y sus recursos para lo que necesitaras, el que gestionaba con alegría el dinero de todo lo que hacíamos (aún ahora seguía siendo nuestro tesorero en AIDU). Y disfrutaba con ello. Pero ha llegado la enfermedad y ha ido a necrosarle, justamente, ese eje vital, a hacerle dudar de su capacidad para afrontar la economía personal y familiar, a obsesionarle con el dinero. A veces la vida resulta penosa y cruel en exceso.

Sumado todo, yo veo a Alfonso, al final de esta larga caminada juntos (cuarenta y cinco años, que se dice pronto), como un personaje y un compañero amigable y leal. Combinaba muchas cualidades y contradicciones en su forma de ser, lo que lo convertía en una persona polícroma y llena de matices: era fuerte y débil a la vez (lo hemos visto con su enfermedad); exigente, pero empático con los demás; complejo y a la vez simple en su forma de enfocar las cosas; guapo y presumido, pero nunca presuntuoso ni ligón (en sus amores solo había lugar para Ma. José); generoso hasta la exageración, pero ahora se ve que muy preocupado por el dinero; reconocido en política pero sin buscar su promoción personal ni las ventajas que esa posición podría depararle; persona con notable poder académico, pero sin pretensiones de escalar en la carrera académica ni en los puestos de gestión universitaria (aunque llegó a ser miembro del Consejo de Universidades de Galicia). En fin, son esas contradicciones las que nos definen como humanos, las que enriquecen nuestras relaciones, las que nos obligan a surfear entre las olas de la vida cotidiana y buscar ese cierto equilibrio que necesitamos para sobrevivir.

En fin, amigo Alfonso, cuesta mucho decirte adiós. Aunque este último periodo estabas desaparecido, sabíamos que estabas ahí, te podíamos llamar o escribir, aunque no contestaras, pedirte que hicieras una transferencia de la cuenta de AIDU a algún acreedor sobrevenido, contar contigo para nuestros reencuentros. Ahora eso se acabó. Se acabó todo menos el recuerdo de lo que han sido estos muchos años juntos. Y tampoco se acaba el cariño y el agradecimiento que durante en ese tiempo te has merecido. Los muchos amigos que has dejado te estamos preparando un merecido homenaje. Dejo para ese momento las consideraciones sobre tus méritos académicos. Esta despedida es para recordarte como el amigo y compañero que siempre has sido. Una forma de aliviar el agobio que tu pérdida me produce. No quiero perder esos recuerdos. Por eso necesito escribirlos.

Buen viaje,  Alfonso!