domingo, marzo 15, 2015

BUENA GENTE




Este fin de semana lo hemos pasado en Madrid. Yo tenía que dar una conferencia y aprovechamos la oportunidad para encontrarnos con los amigos y recordar viejos tiempos. Ya he contado mis paseos por los Colegios Mayores donde pasamos nuestra etapa universitaria. Pero, además, pudimos acercarnos al museo del Prado para ver la exposición de los cartones de Goya  que resultó muy interesante. Y no faltó el regodeo por Las Meninas y las salas anexas, todo un goce para la vista. Después El Bosco. Fue como esos vasos de agua fresca en una tarde asolarada de verano. Solo que ese día hacía un frío tremendo.
El sábado fuimos al teatro. Una pieza menor aunque la publicidad decía que se trataba de una obra que se había representado con mucho éxito en Broadway: Somos Buena Gente, creo que se titulaba. Con la Verónica Forqué de protagonista. Una mujer a la que su jefe (también vecino de su barrio y supuesto amigo) la tiene que despedir porque llega tarde al trabajo. Ella tiene, por supuesto, sus motivos porque ha de cuidar de su hija que tiene alguna discapacidad. El perfil de los buenos y los malos comienza ya en ese momento: ella es la pobre y sufridora y quien la despide una mala persona que la deja en la calle pese a toda su amistad y a la necesidad que ella tiene. Luego sus amigas le sugieren que vaya a ver a un antiguo novio, ahora casado y prestigioso médico. Eso hace y allí las cosas vuelven a plantearse de la misma manera: ella es una pobre mujer, buena gente durante toda su vida, a la que quienes podrían hacerlo no le dan trabajo, cosa que, sin embargo estarían casi obligados a hacer por la amistad y las relaciones que previamente han mantenido, por la suerte que a ellos les ha dado la vida frente a las desgracias que le ha traído a ella. Una mirada simple dejaría enseguida a la vista quién es la buena gente y quién no lo es. Pero eso mismo es muy complejo, la protagonista  que se otorga a sí misma la cualidad de buena gente, no lo es tanto. Resulta pesada, egocéntrica, cizañera, desconfiada, acusica, mala. Intenta destruir ante su esposa la buena imagen que de sí mismo y de su infancia que se ha construido el médico. Malmete en sus relaciones matrimoniales sugiriendo que se acuesta con su enfermera. La buena oficial no parece tan buena y a quienes hace aparecer como malos resulta que son mejores que ella, con mayor capacidad de empatía.
 
Nuestros amigos protestaban porque no les había gustado la obra. A mí tampoco es que me enloqueciera, pero me hizo pensar. No sé si era eso lo que el autor quería comunicarnos, pero yo también siento esa sensación de confusión y mezcla entre el bien y el mal, entre buenos y malos. En principio, todos tenemos mucho de buena gente. Salvo los pirados o los enfermos que pueden llegar a ser malvados netos, todos tenemos cosas de buena gente y otras que no son tan buenas. De hecho, todos podemos llegar a hacer daño a sabiendas, mayor o menor según el grado de depravación al que hayamos llegado. O según las oportunidades que hayamos tenido tanto para ser buena como mala gente. La protagonista de la obra se escudaba mucho en la difícil vida que le había tocado vivir para justificar sus quejas y sus agresiones. Pero solo era una coartada.
Con todo el cristo que se está montando últimamente con la corrupción, lo que más me asombra a mí es la desmesura de algunas críticas y la desfachatez de quienes las hacen. Ya he contado alguna vez que hace ya algunos años yo jugaba al squash con un parlamentario amigo de mi mismo partido. Un día escribió un artículo en la prensa en contra de la corrupción que me pareció muy interesante. Le felicité por ello. Al poco tiempo en una conversación con otros amigos me aseguraron que era él quien pasaba por las constructoras recogiendo el porcentaje que debían pagar al partido. Me negué a creerles porque no podía entender que fuera posible manejarse con tanta doblez. Y algo parecido siento cuando ahora los políticos se acusan mutuamente, cuando todo el mundo actúa como si él o ella fuera perfecto a la hora de juzgar a los demás.
No es fácil ser buena gente. Algunos pretenden serlo acusando a otros de ser los malos. Al final, eso fue lo que sentí al concluir la obra de teatro, que la protagonista más que buena gente era una cabrona quejica.

sábado, marzo 14, 2015

PASEANDO POR EL PASADO




¡Qué recuerdos! Esta mañana, el tiempo libre (¡qué milagro!) me ha permitido dar un paseo por Madrid antes de acudir a la cita que tenía para el medio día. Y se me ha ocurrido volver sobre el terreno conocido de mis viejos territorios universitarios de Moncloa, desde Cuatro Caminos a la zona de los Colegios Mayores.
¡Cuántos recuerdos! Y, también, cuántos olvidos. Qué lejos queda todo aquel tiempo. Incluso siendo tiempos inolvidables, incluso habiendo sido una etapa espectacular de nuestra vida, incluso siendo la base directa de lo que ahora soy (allí me enamoré de la compañera de curso que aún hoy, aunque parezca increíble dados los tiempos que corren, sigue siendo mi esposa; de entonces son los mejores amigos que mantuvieron ese título hasta la actualidad; allí se tejió buena parte del proyecto de vida que posteriormente hemos ido desarrollando), qué lejos queda todo aquello. Y eso, que ni el espacio ni los edificios son muy diferentes de lo que entonces eran.
Eran los años 1970-1973. Hace una eternidad.
En Bravo Murillo, entre en el Mercado Maravillas. En algún momento de aquellos años llegamos a vivir por aquella zona. Recuerdo que, aunque cada día debía hacer uno la comida, era yo quien mejor me las apañaba pues me tocaba repetir muchos días. No daba para exquisiteces, por supuesto, así que echábamos mano de cosas baratas. De ese mercado recuerdo que compraba un kilo de macarrones a 5 pesetas y con eso nos llegaba a comer para todos. También alcachofas, que hoy se han convertido en plato exquisito pero entonces estaban baratas y cundían mucho. Y las japutas. Hoy estaba precioso el mercado.
En Cuatro Caminos eché mucho de menos los cines de a duro, a donde íbamos con una cierta frecuencia. A sesión continua, por supuesto, que no era cosa de despilfarrar. Bajando Reina Victoria me crucé  dos veces con el autobús F, ¡cuántos recuerdos, de ese autobús! Cuántos viajes hicimos en él. Llegando a los Colegios está ahora el metro. Nosotros no tuvimos esa suerte. Nos teníamos que conformar con el Circular que, si tenías paciencia, te enseñaba todo Madrid (por algo era el circular).
Y luego, en La Avenida de la Moncloa y Juan XXIII, los colegios mayores. Esos siguen igual, aunque ahora con tantas vallas, tantas cámaras de vigilancia, se te hacen más reservados y un poco amenazantes. Iba viendo los nombres y trataba de recuperarlos en el disco duro de mis recuerdos. Del Berrospe no me acordaba casi nada salvo que sí, que estaba allí en medio dela cuesta. Cuando llegué a los míos, la cosa ya fue aclarándose y eso que la zona es la que más ha cambiado. El Pío XII, donde yo residí dos cursos, cambió de edificio. Y el que fue suyo es ahora un edificio de la Pontificia de Salamanca que ha extendido sus campus a Madrid. Y los edificios que había enfrente han pasado a ser diversas facultades del CEU que se ha ido adueñando de toda la zona. Me ha llamado la atención un edificio enorme al otro lado en la rotonda al que da el Pío XII. Nunca me había fijado en él en mis tiempos de estudiante y hete aquí que es un centro de secundaria. Me parece imposible que tuviéramos un colegio público enfrente y nosotros ni nos hubiéramos enterado con la cantidad de chavales que debía movilizar. Algún recuerdo me viene de autobuses que llegaban con críos, pero nada claro.
Obviamente los mejores recuerdos tienen que ver con mi propio colegio (hoy centro de la Univ. Pontificia de Salamanca: se me hace imposible entender cómo han logrado pasar de una estructura de habitaciones a otra de aulas o despachos) y su entorno: el salón de actos donde hacíamos aquellos maratones de cine maravillosos (a veces hasta treinta y pico horas viendo una película tras otra sin interrupción), el edificio del León XIII, donde gente mayor que nosotros estudiaba periodismo y sociología (tradicionalmente, los colegiales del PÍO XII debíamos hacer dos carreras en simultáneo, una la que tú estuvieras haciendo y la otra o periodismo o sociología; una pena que esa norma se hubiera ya relajado en mi tiempo porque me hubiera encantado hacer cualquiera de esas dos carreras, aunque en mi caso yo ya estaba haciendo dos carreras: psicología y pedagogía).
El paseo continuó por las  grandes instituciones que rodeaban nuestro colegio: la Escuela Diplomática, la Escuela de Organización Empresariales, etc. Y los otros Colegios Mayores  que llenaban aquel espacio privilegiado de contactos y experiencias: el Jony (quizás por no llamarlo por su nombre de San Juan Evangelista, demasiado clerical para el tono laico y descreído del colegio), el Negro (que por primera vez constaté que, efectivamente, era oscuro, aunque no creo que fuera por eso que lo llamásemos negro), el Alcalá, el Jaime del Amo, que era mucho más pijo, etc. Pero sobre todo, el Isabel de España con el que en mi grupo teníamos más contacto. Allí residían nuestras mejores amigas, luego novias y ahora esposas; bajo sus arcos aprendimos a besar en las despedidas y a esperar ansiosos la llegada de nuestras chicas. Y luego más allá, el Mara, el Aquinas, el Chaminade, etc. etc. donde se distribuían otra parte de nuestra pandilla. La zona de los Colegios apenas ha cambiado, si exceptuamos la aparición en aquellos contextos de la Facultad de Educación de la Complutense, el Rectorado de la Politécnica y creo que también el de la Complutense. Pero, de todas formas, sigue teniendo aquel sabor de los recuerdos imborrables.
¡Cuánta vida derrochamos en aquellos lugares! ¡Cuántos proyectos construimos en aquellos pequeños paseos de un colegio mayor al otro! Ya sé que es un canto a la nostalgia, una idealización (nuestros agobios de entonces no debieron ser mucho menores de los que ahora nos acechan). Pero, en fin, no quiero hacer arqueología afectiva. Solo decir que me prestó ese baño de recuerdos. Baño que, de todas formas, enseguida se frustró pues, como aún me quedaba algún tiempo, entre en una cafetería de la calle Almansa (esa zona sí que ha cambiado desde entonces que eran puros campos y te hace saltar del pasado al  presente sin escafandra de adaptación). Busqué una mesa junto a la ventana y fui a sentarme. Debi cruzar por delante de una pareja. La chica se quedó mirándome fijamente, tanto que no pude pasar sin más y le pregunté si nos conocíamos. No decía nada. El señor que estaba con ella también me miraba pero no lograban ponerme nombre, sois de la Facultad de Educación, les pregunté, y me dijeron que sí. Quizás me conozcáis por eso, les dije y añadí mi nombre. El tipo me dijo que habíamos coincidido hace unos meses en el Ministerio, pero en eso, ciertamente, se equivocaba. Al final no supieron si me conocían o no. Más grave fue, que en el rato que allí estuve vinieron otros muchos profesores y profesoras de la Facultad de Educación (debían celebrar alguna despedida o algún evento especial). Y nada, ni uno de ellos me reconoció, ni yo a ellos.  Ahí sí que se nota el paso del tiempo. No solo en que, obviamente, ahora hay profesores jóvenes que yo no conocí, pero algunos de ellos no eran más jóvenes que yo y tampoco a ellos los conocía. Falta de memoria, desde luego. Y lejanía.
En fin, navegar por los recuerdos es siempre muy agradable. Quien me había invitado a dar la conferencia, era un antiguo profesor mío, el profesor Ibáñez Martín. Pues cuando me presentó como uno de sus discípulos que había llegado a catedrático de universidad (él es de los que aún dan mucha importancia a esas cosas) se atrevió a sacar la ficha que conservaba de mi tiempo como estudiante con los apuntes que él había hecho sobre mi trabajo en su asignatura. La foto era estupenda, yo era un crio lleno de pelo en la cabeza y de ilusión en los ojos. Y las notas, afortunadamente, eran buenas. Había sacado matrícula de honor en su materia. Otro chapuzón en los recuerdos.
Luego la conferencia salió bien, pero eso ya pertenece al presente.

miércoles, febrero 25, 2015

ROMA MEMORIES







Casi una semana en Roma. De jueves a miércoles. Todo un lujo si fueran vacaciones. Más complicado si lo que te ha traído hasta aquí es la celebración de un Congreso sobre Montessori y su impacto en la Educación Infantil, en cuya organización has estado implicado desde hace meses- Pues eso, de congreso en Roma: ad maioren Montessori gloriam.
Organizar un Congreso internacional en un país extranjero, aunque esté ahí al lado, como en este caso es, siempre, una aventura poco recomendable para cardíacos. Al final, las cosas salen. Y, hasta podría decirse que salen bien. Pero te dejan agotado. Y eso que casi todo lo ha hecho la gente de aquí, pero es mucha tensión durante mucho tiempo. Bueno, pues ya hemos acabado.
La parte logística del Congreso estuvo estupenda. Nos alojaron en el Antico Palazzo Rospigliosi en plena Sta. Maria Maggiore. Más en el centro imposible. Podiamos ir perfectamente a la Lateranense, donde se celebraban las sesiones. Y andando, lo que en Roma no deja de ser un lujo. También la parte académica del Congreso ha funcionado muy bien. Hemos tenido una gran presencia de personajes importantes de la Pedagogía italiana (aquí o logras eso, o no eres nadie: los grandes catedráticos son como dioses del Olimpo; parece mentira que seamos tan diferentes italianos y españoles: los catedráticos españoles, la casta académica, apenas significamos nada o muy poco). Bueno la cosa es que, salvo alguna excepción, sí han venido a nuestro Congreso los que tenían que venir. Y eso ha dado reconocimiento al Congreso y a sus organizadores.
Yo ya empiezo a ser muy conocido entre los colegas italianos. Para bien y para mal. Dos años formando de la Comisión que los evaluaba y que los habilitaba (o no) para ser catedráticos o Asociados te convierte en una figura identificable, apreciada y odiada a la vez (espero que más lo primero que lo segundo pues resulta obvio que un español metido en una comisión de 5 italianos, cada uno con sus propios intereses, bien poco puede hacer). En fin, allí estaba parte de la flor y nata de la Didáctica italiana. Lo que no hizo sino aumentar mis propios agobios al tener que pronunciar mi conferencia, que me parecía escasa y pobre, y tener que hacerlo, además, como uno de los líderes del Congreso. Pero salió bien. Y no quedó mal el pabellón español.
 
Por otra parte ha sido un Congreso muy especial. Lo mejor de todo es que he tenido a la familia cerca. Primero a hija y nieta (su primer congreso a los 11 meses: precocidad insuperable. Espero que, al menos, le den certificado de asistencia: ella ha hablado más en el Congreso que buena parte de los participantes). Luego el yerno y sus padres. Ha sido bonito llevar esa doble vida de vida de congreso y vida familiar. Creí que me provocaría incertidumbre y estrés por querer atender a muchos frentes a la vez pero no ha sido así en absoluto, siempre me ha apetecido mucho más la familia. Sobre todo, desde luego, por Iría, que crea adicción. Su entrada en el Congreso fue genial porque se puso a gatear entre donde estaba su madre y donde estaba yo y a hablar como una cotorra y, claro, en un congreso sobre Educación Infantil nadie podía quejarse. Al contrario, todos estaban encantados con ella. En seguida se hizo la protagonista de la sesión. Y tengo que decir que he recibido muchos más parabienes por ser su abuelo que por mi conferencia.
En esta ocasión, se trataba de un congreso en dos etapas (la primera más tipo Congreso, conferencias, mesas redondas, comunicaciones; la segunda más tipo jornadas de formación con visitas a escuelas y talleres prácticos). Es una apuesta original mía en la que los académicos, en general, no creían mucho. De hecho, casi ninguno de ellos continuó en la segunda etapa. Pero se trata de un formato muy interesante cuando tienes a gente que ha hecho una gran inversión en viajes (en este caso todos los que venían de Sudamérica, por ejemplo). Hay que darles la oportunidad de que puedan rentabilizar más el esfuerzo. Y la verdad es que organizativamente funcionó muy bien. De los 200 inscritos, más del 80% continuó en los talleres de la segunda fase. Incluidos los profesores y profesoras italianas.
La visita a las escuelas estuvo bien, aunque obviamente la satisfacción de cada uno dependió de la escuela a la que le tocó ir. La que visité yo, una escuela infantil financiada por la Banca de Italia para sus empleados, me resultó poco llamativa. Primero, porque la propia institución pone muchas restricciones para las visitas y las fotografías, con lo cual te sientes permanentemente vigilado. Después, que había muy poquitos niños. Pudimos ver espacios y materiales pero poco a los niños en acción. Eso sí, los espacios, sobre todo el exterior de la escuela era un enorme jardín-bosque que, con seguridad, haría felices a los niños en cuanto llegara el buen tiempo. También los recursos internos eran abundantes. Fue lo que más me interesó, ver los materiales Montessori, aunque fuera en sus estanterías. Pero, al final, me supo a poco, sobre todo porque me faltó ver a los niños en acción. Por lo que contaron otros que visitaron escuelas diferentes, tuvieron más suerte.
Y los cursos prácticos que siguieron dejaron bastante que desear. Las temáticas eran muy interesantes: la Documentación, los materiales y espacios, el lenguaje, el arte, las matemáticas, la naturaleza, etc. Pero, como nuestra expectativa estaba en que se trataría de sesiones tipo laboratorio y workshop, al verlas convertidas en simples sesiones teóricas, nos defraudaron bastante. Con todo, he descubierto que ese es un poco el modelo italiano. Es como si dijeran que no hay práctica sin teoría y que primero hay que revisar la teoría para entrar, después, en la práctica. No lo veo mal el planteamiento. Solo que, al ser sesiones cortas, acaban finalizando antes de que realmente se llegue a la práctica. Quizás si la secuencia fuera al revés, primero la práctica y después la teoría que ayudara a entenderla, el resultado sería mucho más satisfactorio. Al menos, la gente saldría con la sensación de que había aprendido a hacer algo nuevo. Sensación que no te queda aunque lo que te hayan contado sea interesante y novedoso para ti.
Y así, con dos días iniciales de congreso con todos sus rituales (incluidos los grandes speech de los catedráticos que coordinaban las mesas redondas), un domingo intermedio de turismo y colas (en Italia hay pocas cosas que puedas hacer sin tener que pagar el precio de una enorme cola) y los dos días finales de visita a escuelas y cursos dimos por completada esta nueva experiencia académica italiana. Creo que la gente ha quedado muy contenta. Roma reúne todos los  ingredientes para hacer que la gente se sienta bien. Fue un acierto, organizarlo aquí. Claro que esto habría sido un caos de no contar con Ferruccio y Andrea, los infatigables organizadores que hemos tenido.
También para mí la experiencia ha sido estupenda. Con sus claroscuros, por supuesto. Estar en la cabecera de los congresos genera muchos compromisos que son difíciles de gestionar: dónde te sientas, con quién comes o cenas, cómo haces para reconocer a todos los que tienes que conocer porque si no quedas fatal, cómo atiendes y agradeces a las muchas personas que han venido desde Sudamérica porque tú les has convocado o porque quieren conocerte… Yo soy un desastre en ese tipo de cosas. Y como siempre me voy con la sensación de que no he hecho las cosas bien. Ni para mí (porque no me permito atender más y mejor a la gente a la que me apetecería hacerlo) ni para los demás (que deberán pensar que les he atendido muy poco). “Usted tiene muchas fans aquí”, me decía una colombiana al poco de comenzar el congreso. Y eso parecía, desde luego por los abrazos y los besos que iba recibiendo a medida que la gente entraba en la sala de conferencias. Pero al final, por querer estar con todos, acabo estando solo. Y así ha sido, literalmente al final del Congreso. No sé cómo fue (con seguridad, culpa mía) pero todo el mundo se distribuyó en grupos de amigos y se fueron a cenar juntos y yo me vi más solo que la una, deprimido y yendo solo y en soledad a tomarme una sopa en el restaurante de al lado del hotel. Una mierda de final para un Congreso que salió muy bien. Aunque,  estando en Roma, siempre puedes contar con algún ángel que te eche una mano y te serene el ánimo.

lunes, febrero 16, 2015

50 SOMBRAS DE GREY





Había prometido que no leería la novela y, pese a ser una promesa estúpida, la cumplí. No me atreví a hacer lo mismo con la película (¡qué demonios, al final la va a ver todo el mundo y no voy a poder participar de las conversaciones en torno a ella!) y esta tarde hemos ido a verla.
Bueno, con la ventaja de no haber leído el libro (así no  tengo que echar de menos nada) y quedándome con lo que el film presenta, no me ha parecido una mala película. Terrible por su contenido y la visión enfermiza del sexo que supone el sadomasoquismo (aunque allí solamente hay sado y aun así, bastante light). La película está muy bien hecha en sus aspectos formales, los actores trabajan estupendamente, los paisajes y ambientes en que se lleva a cabo la grabación están bien seleccionados y el ritmo, en general, es bueno. Yo, al menos, no me aburrí (bastante tenía con ir controlando mis propias fantasías). El protagonista  Jamie Dorman está correcto (aunque quizás un tanto hierático y reconcentrado en lugar de expresar la emoción que cualquiera hubiera sentido en situaciones como las que iba viviendo, o quizás es que los sados tiendan a ser tristes, no lo sé) y ella,  Dakota Johnson pues perfecta. Dicen que el cuerpo que aparece en las escenas eróticas no es el suyo, que tuvo una sustituta, pero su expresividad estaba en la cara, en cómo expresaba sus emociones. Y esa sí fue ella. A mí me encantó.
Pero, obviamente, el morbo de la película está en el sexo y la forma en cómo lo viven los protagonistas. Decían del libro que era “porno” para señoras casadas. Y supongo que mucha gente  iba al cine esperando ver en pantalla aquello que ellos/as se habían imaginada mientras leían la novela. De ahí la frustración. Pero, en todo caso, resulta poco realista ir a ver porno a cines comerciales. El porno se ve en casa o en cines X. La película llega a donde se puede llegar sin romper en exceso las costuras de lo socialmente permitido. Y ese trecho lo cubre bien. Hay escenas eróticas excelentes que te hacen soñar.
Lo que perturba todo el  tiempo es el fondo patológico sobre el que se construye la relación entre ambos. La frialdad racional de él, rota solo a ratos; la mezcla de deseo y temor por parte de ella. Es difícil concebir algo tan hermoso y gratificante como el sexo en un contexto así. La propia idea de la “sumisión” resulta escalofriante. “¿Qué gano yo con eso?”, le pregunta ella.  “A mí”, responde él. En el fondo, él puede gozar con ella solo si goza de ella sin restricciones, sintiéndose su “amo” (la otra palabra desasosegante). Y no es que la idea de “sumisión” no carezca de encanto ni deje de tener su parte erótica.  Eso de no tener que tomar decisiones, que el otro las tome por ti; eso de dejarte sorprender, dejarte llevar a las cotas de placer más altas que tu compañero/a de experiencia sea capaz de proporcionarte, suena guai. Claro  que tal cosa requiere mucha confianza en el otro o la otra y la certeza de que no te hará daño. Todo lo contrario de lo que sucede en relaciones sadomasoquistas en las que el hacer daño forma parte sustantiva del juego.
La película, en ese sentido, es una montaña rusa en las que vas pasando por momentos de complicidad profunda con los protagonistas disfrutando con ellos, imaginándote en sus personajes, fantaseando con pezones y hielos y suspiros; luego, de pronto, aparecen gestos duros, silencios, contratos, la frialdad de planteamientos que eres incapaz de concebir en una persona. La solución final me pareció estupenda. No entiendo cómo contar esta historia requirió tres enormes tomos de novela escrita. La chica es capaz de recuperar su capacidad de ser ella misma, lejos de la “sumisa” que requiere su pareja. Ellos dos están buscando cosas diferentes. Él le está ofreciendo una vida llena de lujos y transgresiones a cambio de que renuncie a sí misma. No es una alternativa
De vez en cuando, yo miraba de reojo a mi mujer para ver si podía leer sus emociones. Pensaba para mí que también ella andaría danzando en sus fantasías lamentando, quizás, no haber vivido la intensidad de algunas de las experiencias de la protagonista o deseando repetirlas. Y miraba a los que nos rodeaban extrañándome de que chicos y chicas jóvenes miraran la pantalla como observadores de una historia ajena que apenas les conmovía.
Así pues, es una película técnicamente buena y que, en su contenido, te hace pensar en lo complicados que somos los seres humanos.  La complicación se centra esta vez en el sexo, pero podría aplicarse a cualquiera de los ámbitos de la existencia humana. Obviamente eso es lo que nos hace interesantes. Y distintos.
Y al salir escuché, “¿pero por qué le llaman a esto 50 sombras de Grey si es La Cenicienta?”.