martes, mayo 06, 2014

Crucero 2: BARI




La primera etapa nos llevaba hasta Bari.
La noche fue bien tranquila.  De hecho, cosa insólita, nos despertamos casi a las 10. Ese mecer constante del mar tiene algo de narcótico. Enseguida al desayuno donde nos encontramos con cientos de personas que tenían la misma idea.  Menos mal que el restaurante para desayunar es tan infinito como el barco. Tienes que andar, andar, pero al final siempre encuentras una mesa.
Luego la mañana fue para reconocer los espacios. Pero ya tuvimos poco tiempo. A las 11 avistamos Bari y a las 12 estábamos ya en el puerto y dispuestos a salir de turisteo. Ya conocíamos Bari, así que fue como un paseo para recordar. Cometimos el error de contratar un autobús de excursiones que te prometía llevarte al centro, pero resulta que el centro estaba a 400 ms. 7,5€ por cabeza por ese paseíto. Fue la primera novatada (aunque es difícil evitarlas aquí pues te cobran por todo).
En Bari ya teníamos nuestro plan de visita al margen de las excursiones. En primer lugar a San Nicolás que por algo es el patrón de los imposibles y, según Elvira, desde siempre les sacó a su familia de muchos apuros. No sé si la mía era también devota del santo, aunque en Pamplona  San Nicolás tiene una importante Iglesia. De todas maneras, nos equivocamos y fuimos primero a la Catedral, un edificio muy interesante con esos toques bizantinos tan frecuentes en el Sur de Italia. Luego dimos enseguida con San Nicolás y callejeamos por el barrio antiguo de Bari. Resultó interesante porque son callejuelas muy apretadas y curiosas. Un poco degradadas. Una japonesa iba fotografiando la ropa que estaba tendida sobre la calle. Le debió llamar la atención.
De todas formas, el encanto de estos lugares se pierde cuando te ves formando parte de una marea humana de turistas que van todos juntos caminando en fila y fotografiando todo cuando sale a su encuentro. En realidad, habíamos desembarcado dos cruceros. El nuestro más grande y otro un poco más pequeño pero también enorme. Así que de pronto aparecieron en la ciudad 5000 personas, cámara en ristre y circulando todas por las mismas rutas. En el caso de Bari, calles estrechitas. Desesperante. Así que nos sobró tiempo y ya que nos despedíamos de Italia decidimos que la mejor opción era entrar en un restaurante y disfrutar de una buena pasta y pizza. Fue una solución acertada: la pasta estaba buena y la pizza excelente.
Desde donde comíamos podíamos ver nuestro barco. Tuvimos dudas de si volver andando o regresar en el autobús de la estafa. Nos decidimos por la última opción (quizás como venganza contra nosotros mismos por haber hecho el primo contratándolo) y, nuevamente, nos equivocamos. Llegamos cuando ya se había llenado  uno y nos tocó esperar hasta que llegara el siguiente. Total 15 minutos o más de espera para 5 minutos de viajes. Ya embarcados aún pudimos descansar un poco antes de ponernos de nuevo en marcha.
El crucero está lleno de actividades. La verdad es que no se da hecho. Es un estrés tener que elegir entre tantas opciones. Nos fuimos al teatro (hay un teatro impresionante, difícil de imaginar como algo metido en un barco: tiene platea y dos pisos de butacas; un escenario enorme y todo lo necesario para actuaciones de alto nivel). Hacen dos sesiones: una primera para los que cenamos en el segundo turno y una segunda para quienes cenan a las 6,30 de la tarde (guiris centroeuropeos y norteamericanos, obviamente). La animación de hoy eran canciones italianas de esas que hemos escuchado toda la vida. Los cantantes eran magníficos y los cantantes, aparte de hacerlo muy bien, fueron capaces de meternos a todos en el lío. Lo pasamos excelente. Al salir del teatro fuimos a dar a un pista de baile donde se daba clase del baile italiano típico (hoy ha sido el día de Italia), la tarantela. Media hora divertidísima de clase en la que hemos aprendido los pasos básicos de la tarantela. Muy divertido. Y de allí a cenar. Ya sabemos cuál es nuestra mesa (hoy los uruguayos nos han faltado, seguramente se han ido a algún comedor temático) y nuestro camarero filipino, aunque nos hemos encontrado con la sorpresa de que al filipino lo han dejado para servirnos el pan y quien nos atiende los pedidos es un hondureño que ya nos entiende. La cena también con su toque italiano. Cada noche te avisan de cuál será la ropa apropiada para la cena de cada día. Hoy nos tocaba llevar ropa con alguno de los colores de la bandera italiana: rojo, verde o blanco. La cena ha estado bien (muy bien, diría yo) y al final nos han obsequiado con una nueva sorpresa italiana: ha entrado una ristra enorme de camareros perfectamente uniformados con colores de la bandera italiana y cada uno de ellos llevando un enorme tiramisú que luego nos han repartido. Exquisito.
La dopo-cena te ofrece muchísimas alternativas. Hemos ido a caer a un salón con pista de baile donde, nuevamente, el equipo de animación dirigía bailes diversos. Nos hemos unido al grupo y allí hemos estado disfrutando hasta agotarnos. Y de allí a la cama, a dejarse mecer por este mar Adriático, amable y tierno.

lunes, mayo 05, 2014

Crucero1-Venecia



Comienza la AVENTURA
Quizás sea un poco exagerado decir que ir de crucero sea una aventura, pero para quien lo hace por primera vez no deja de tener su mandanga: te echas al mar por varios días (una semanita en nuestro caso), te unes a un grupo infinito de gente (casi tres mil turistas y 1400 personas de tripulación), en una nave que parece un rascacielos (estamos en el piso 12, en la habitación 12225, pero hay 14 pisos y, desde luego, casi 300 habitaciones por piso), nuestra mesa en el comedor (uno de los tres o cuatro que hay) es la 910 (pese a lo cual todavía hay muchas otras con números más altos) y estamos en el 2º turno (o sea que hay otro turno anterior en el que esa enormidad de mesas también se han llenado y lo mismo ha debido pasar en los otros restaurantes). Es decir, que para gente como yo a la que le asustan las multitudes y busca siempre espacios tranquilos y sosegados este crucero va a ser una prueba de fuego.
Los prolegómenos no han estado mal. Unos días en Barcelona desfrutando de hijos y nietas por todo lo alto. Uno se va haciendo mayor y de las pocas cosas buenas que eso suele traer consigo, la mejor de todas, sin duda, son los nietos. Nietas en nuestro caso. Berta ya fue una bendición con su etapa de bebé feliz y su infancia inteligente y graciosa. Y ahora, Iria y Mar, llegadas tan seguiditas, tan en su momento, son como un premio gordo repetido. Estar con las tres a la vez, tiene su puntito de sobredosis pero han sido unos días estupendos.
Y de Barcelona a  Venecia para tomar el barco. Una interfaz  magnífica porque nos dio la oportunidad de poder saludar a nuestros consuegros en Venecia, saborear una pasta exquisita en un restaurant de la zona y llegar al puerto bajo su protección. Así que allí estábamos puntuales dos horas antes de que comenzara el viaje.
La primera sorpresa fue que había un grupo de gente enorme de gente esperando. Uno ve en las películas que la gente llega, se abraza tiernamente de despedida y va subiendo por la escala hasta cubierta. ¡Películas! En la vida real todo se ha complicado mucho. La primera espera es para preparar el check-in. Largas filas y una espera media para que miren tu pasaje, te pongan un identificador en la maleta y te den un número que corresponde al grupo con el que harás tu facturación. Pasas de ese primer control y, enseguida llega otra espera hasta que le llegue el turno a tu turno. Esa fue más larga. Luego otra espera hasta que vas avanzando poco a poco en esas filas quebradas, construidas a baje de pilotes y cintas con las que van haciendo pasillos. Se han debido poner de moda porque las encuentras en todas partes. Luego nuevas esperas para pasar los controles y scanneres y al final, cuando creías que ya estabas dentro, aún te quedan una o dos esperas más hasta que te sientes ya dentro del barco. Claro que entonces comienzan las colas para tomar el ascensor, para preguntar a un filipino que ni papa de español y solo un poco de inglés dónde diablos puede estar una habitación con tantos dígitos  y para enterarte de que lo primero que has de hacer es subir mangao a la habitación (encontrarla, que tiene lo suyo) y tomar inmediatamente los flotadores salvavidas para un primer simulacro que se va a realizar en el puente 7. ¡Que estrés, señor! Y eso que uno va de crucero para relajarse.
Encontrar la habitación tuvo su dificultad pero como ya estamos acostumbrados a los hoteles, incluso a hoteles enormes, pues se logró. Más preocupante fue que mientras en otras puertas estaban ya las maletas de sus ocupantes, en la nuestra no había nada. Pero como sonaban los pitidos de la alarma llamando urgentemente al puente 7, tomamos nuestros equipos salvavidas y bajamos echando leches al meeting point. Lo cual tampoco fue fácil. Empezamos como todo el mundo siguiendo a los que iban delante pero resultó que cada uno tenía una letra en su equipo y el lugar de encuentro era distinto para cada uno. Así que tras no pocos titubeos encontramos nuestro refugio y allí hicimos el paripé colectivo de ponernos los flotadores y atender a nuestros posibles salvadores si algo ocurría. El ejercicio acabó como el rosario de la aurora y cada quien se fue a explorar primero la habitación que nos había tocado y después el barco.
Eso de conocer el barco lleva su tiempo y hay que tomárselo con calma. Uno se cruza con gente que camina con paso seguro y parece que sabe a dónde va. Debe ser que ya han hecho más cruceros. Pero la mayoría vamos totalmente despistados. Entre la biodramina que nos habíamos tomado por si las moscas y la novatería que se nos notaba de forma exagerada, no hacíamos otra cosa que avanzar y retroceder. Pero bueno, las cosas esenciales las habíamos descubierto. Nuestra habitación, las piscinas, las salas de música, el restaurante y diversas salas cuya función aún se nos escapaba. Incluso acabaron llegando las maletas, con lo cual, comenzó la operación desestrés y nos fuimos relajando.

La salida de Venecia fue impresionante. El barco-mundo fue pasando por los canales centrales y vimos desde esa perspectiva espectacular que te da el estar en un piso doce y desde el agua, los principales monumentos de la ciudad. Más de hora y media tardamos en cruzar la ciudad. Dos remolcadores, uno a proa y otro a popa iban ayudando al monstruo a circular correctamente y maniobrar por los canales. Los miles de barcos y vaporetos con los que nos cruzábamos nos saludaban (debía ser imponente ver nuestra mole inmensa desde los barcos pequeños en los que ellos iban). Y así comenzamos la travesía. Después ya comenzó el mar con todos sus encantos y la noche se nos echó encima.
En los cruceros, un momento esencial es la cena. Te asignan una mesa que será la tuya durante todo el viaje. Y te asignan, también, unos compañeros de mesa. Así que nos acercamos al comedor llenos de incógnitas. La primera impresión (pese a que una vez más hubimos de sufrir de una gran cola) fue fantástica: el comedor era un salón inmenso pero muy bien distribuido y adornado. Repisas y elementos intermedios permitían crear espacios más reducidos y dotarlos de una cierta intimidad. La decoración fastuosa. Italiana. Miles de detalles todos muy cuidados. Unas tonalidades ocres magníficas y muy bien conjuntadas. Sillas elegantes. En fin, muy bien. Menos suerte tuvimos con el camarero: un filipino que ni papa de español, casi nada de italiano y solo poco inglés. “Nos tendremos que comunicar por señas”, pensé. Como sería la cosa que para el segundo día ya nos lo cambiaron por otro hondureño. Los compañeros de mesa bien. Un matrimonio uruguayo de empresarios que venían de Dinamarca y una pareja de jovencitos (les pregunté si viajaban de viaje de novios y me dijeron que sí de novios pero no de recién casados). Lo sentimos por ellos porque los uruguayos y nosotros éramos dela misma edad, pero ellos iban a sentirse un poco desplazados. Y la cena estuvo bien. La conversación fluida. La comida muy aceptable y el ambiente general aceptable.
Nuestra cena acabó ya tarde y aunque dimos un paseo por las diversas salas de animación ninguna nos pareció excesivamente sugestiva y preferimos acostarnos. Quedaban muchos días por delante. Y en el camarote uno se siente como en su casa. Y con el mar al lado. Ese sonido constante y tranquilizador.
De todo lo que hoy hemos visto me quedo con el paseo por los canales de Venecia y con el mar. El mar es cautivador. Hay algo que te llama, que te atrae como si fuera un imán. Lo ves tan inmenso, tan fluido, tan acogedor (quizás sean resonancias a nuestras primeras experiencias en el vientre materno) pero uno quisiera tirarse a ese inmenso útero y confiarse a él. Debió ser el canto de sirenas de esa zona del Adriático. Pero ganó la cama, que también tiene su encanto.

domingo, marzo 23, 2014

La ladrona de libros




Desde luego, pasarte 11 horas y pico en un avión es un martirio lo mires por donde lo mires. No te queda otra que armarte de paciencia y ponerte a disposición del destino. Pueden surgir tantas cosas que es mejor no pensarlo. Si te cansas, cambias de postura y a lo que dure. La única ventaja que le veo es que te permite ponerte al día en las películas que aún no has visto. Once horas dan para mucho. Esta vez, con intervalos para dormirte un poco, remolonear otro poco, mirar la prensa, lamentarte por las esperas y varias otras tareas circunstanciales, tuve tiempo para ver tres películas. Una por curiosidad “I am from Chile”, de Díaz Ugarte, una historia menor que tenía el encanto de dar a conocer el nuevo cine chileno. Pero lo bueno fue que pude recuperar dos que tenía en mi lista pero que entre unas cosas y otras, se me fueron pasando: “La ladrona de libros”, que me enamoró, y “Agosto” que me dejó bastante frío. Así que dejo en el limbo las otras dos, para centrarme en La ladrona de libros, una hermosa película, en la línea de las muchas que se han hecho sobre la época nazi pero con una ternura muy especial. Es una película con tantos detalles, con tantos mensajes que te llega al alma.
Basada en la novela de Marcus Zusak que llevaba el mismo título, se narra la historia de una niña proveniente de la zona comunista que, tras perder a su hermano, acaba en una casa de acogida alemana. El film está dirigido por Brian Percival con guión de Michael Petroni que, a lo que cuentan (yo no he leído la novela) ha sido bastante fiel a la historia original, aunque insuflándole algo más de dramatismo. La protagonista es Sophie Nélisse una niña encantadora a la que ya había visto y admirado en otra película, Profesor Lazar. La película hace una increíble recreación de ambientes (bueno, uno se figura que pudieron ser así), mantiene un ritmo en el que pocas veces decrece un nivel de tensión que te hace seguir la historia absolutamente metido en ella (incluyendo algunos picos de tensión en los tú mismo te angustias). En fin, ya dije que se trataba de una excelente película (de hecho, fue seleccionada para varios de los oscars de este año).
La historia es sencilla. Su madre la entrega a una familia que, a cambio de dos subvenciones del Estado, está dispuesta a aceptar a los dos hermanos. Como uno muere en el viaje, para gran disgusto de la madre acogedora, será solo la niña la que acabará formando parte del grupo familiar. Las cosas en Alemania están ya fuera de control, con los grupos pro-nazi haciéndose con el control de las calles y de la vida social y el país embarcado en la guerra contra inglaterra. Sus constantes tour de forcé van siempre dirigidos contra los judíos y quienes les amparan. Pero atacan con el mismo furor a todo lo que se escapa a su control y a su obsesión por generar una nueva cultura propia, lo que supone romper con cualquier vestigio de otras culturas. Los libros se convierten en sus enemigos.
La niña acogida se incorpora a la escuela local aunque pronto es objeto de las burlas de sus compañeros pues no sabe leer ni escribir. La pobreza no la ha hecho apocada ni resignada y se enfrenta con valentía a los niñatos que la acosan. A la  vez entabla una preciosa amistad con otro chico de la escuela. Junto a él irá construyendo una historia alucinante de recuperación de sí misma y de su entorno.
El primer golpe emotivo de la película surge en el momento en que los nuevos padres reciben a la niña acogida. La madre huraña, distante, fría. Quejosa no tanto por haber perdido a un niño como por haber perdido una subvención. Mal asunto, piensa uno. Otra pobre criatura que va a ser la cenicienta de esta casa, un objeto a manipular. Pero entonces entra en acción el padre y enseguida se comprueba que es una persona muy especial, muy tierno, con una mirada capaz de romper barreras y despejar temores. “Baje, majestad, le dice…” con un gesto cortesano. Y la niña inicia así su nueva vida. La presencia de este padre amable jugará un papel central en toda la película. El padre que cualquier niño añoraría tener.
Dos ejes o elementos cruzan la película y le dan todo el profundo sentido que, al final adquiere. “Las palabras son vida” dice alguien en el film y en ello radica el núcleo fundamental de la película: las palabras por un lado (palabras que están en los libros) y la vida (que, en su caso es una lucha permanente entre la vida y la muerte). En realidad, es una película sobre las palabras (los libros) y la vida (la muerte).
Obviamente, el mensaje central es que las palabras nos mantienen vivo. Ellas mismas tienen vida y son capaces de transmitírnosla. Los libros, por eso, son una enorme fuente de vida. Ella que no sabía leer, se estaba muriendo sin saberlo y empieza a vivir porque empieza a disponer de palabras. Ella las va apuntando, cada palabra nueva que es capaz de encontrar en un libro. Va haciendo con su padre su diccionario (¡qué hermosa imagen la del sótano convertido en un gran diccionario con todas las palabras nuevas que la niña descubría!).  Y qué impresionante escena cuando la pequeña entra en la biblioteca del alcalde del pueblo: ¡tantos libros juntos! Como un milagro indescriptible. Se queda extasiada, sin palabras. Un hermoso canto a la palabra, las palabras. Palabras escritas y palabras dichas (“el valor de un hombre es su palabra”, se dice en otro momento del film). Y cuando estaban en el refugio antibombas, todos sumidos en un clima de desesperanza y angustia, ella comienza a contar una historia y la historia (las palabras que dan vida) van serenándoles y consolándoles hasta que cesa la alarma.
El otro eje del discurso argumental es esa batalla constante entre la vida y la muerte. Que gane la vida o lo haga la muerte es, a veces, cuestión de azar. De hecho, la narración fílmica está contada por una voz en off, la voz de la muerte que va rondando a los protagonistas, aproximándose y alejándose de ellos en movimientos impredecibles. La muerte está presente desde el inicio, cuando fallece el hermano pequeño de la niña, y no se separará de la historia en ningún momento hasta la traca final. Irónicamente, la historia sucede en la calle Himmer Strasse (la calle del cielo). Pero junto a tanta muerte, también hay mucha vida: la vida enorme e intensa del padre amable (y después, también la de la madre que hace un cambio total del inicio al fin); la vida de la propia niña que acaba contaminando su propia vida a todos aquellos con los que se relaciona; la vida de esa relación de amistad con el muchacho rubio; la lucha por la vida del nuevo inquilino de la casa; la vida de las cosas pequeñas (ese jugar con la nieve en el sótano que les permite volver a sonreír, a jugar, a divertirse); la vida que transmite el acordeón (que, el final, hasta le salva la vida a ella). Todo un canto a la vida. Hermoso canto a ese valor esencial cuando todo alrededor es un territorio de muerte.
Ver una película como esta en un avión a varios kilómetros de altura y cruzando el Atlántico (es decir, con la vida y la muerte jugándose a los naipes tu destino) tiene un impacto mucho más fuerte que cuando la ves en el salón de tu casa o en la cómoda butaca de la sala de cine. Quizás por eso me ha afectado más. Por lo general, no disfruto en las películas de nazis. Me parece una situación tan perversa, tan sinsentido que me angustio enseguida. Sin embargo, la ladrona de libros me ha encantado, me ha colmado de sensaciones intensas, me ha hecho llorar, me ha dado la oportunidad de vivir esa emoción de la vida que nace de las palabras, de los libros, de la música. De las que no se olvidan. Si pueden, no se la pierdan.


miércoles, marzo 19, 2014

NACIO IRIA




Así es. Como se diría en una crónica de actualidad de la prensa de antes, “con gran satisfacción para padres y abuelos, el sábado día 15 de marzo, pasadas las ocho de la noche, vino al mundo Iria Zanchetta Zabalza. Tanto la madre como la niña, que pesó al nacer 3 kilos y 200 gramos, se encuentran bien. Felicidades”.
Y nació, la nacieron, galleguiña. Cierto que hubiera podido nacer en Astorga, porque sus papis, haciendo gala de la bendita inconsciencia de los primerizos, viajaron en coche de Madrid a Santiago el día anterior. Y no solo eso, llegaron a Santiago al anochecer y aún tuvieron los santos bemoles de irse a cenar con los amigos. Y a las 7 de la mañana al hospital porque el parto anunciaba su llegada. Esto debe ser de familia: también cuando nació la ahora feliz madre sucedió algo parecido. También nosotros nos fuimos al cine la noche anterior. Y como las contracciones, todavía débiles, comenzaron mientras veíamos la película, las  recibíamos entre carcajadas. Claro que, en nuestro caso, ya era nuestro segundo hijo y creíamos que lo controlábamos todo con suficiencia.
Las coincidencias no estuvieron solo en la inconsciencia de los padres. Iria ha nacido el mismo día en el que nació su tío Michel. Madre e hija pariendo el mismo día, 15 de Marzo, aunque con una diferencia de 37 años. Yo estoy convencido que fue la luna. Ese día había luna llena y algo parecido debió suceder en aquel ya lejano 15 de Junio de 1977. Nadie sabe cómo, pero la luna, igual que influye en las mareas y en las reglas femeninas, debe influir en los partos. Las matronas nos
decían que también ellas estaban convencidas. Esto es como las meigas, nadie las ha visto pero “haberlas hailas”. Por algo estamos en Galicia.
Bueno, la cosa es que ya está con nosotros la chiquitina de la casa. Es un misterio impresionante éste del nacimiento. Como un milagro de la naturaleza. Esas pocas células que han ido desarrollándose y organizándose a lo largo de 9 meses en el vientre de su madre, salen al mundo como una criatura. Después de 9 meses de vivir a costa de otro organismo, ella tiene ahora que empezar a hacerlo por su cuenta. No debe ser nada fácil comenzar a respirar por tu cuenta, a chupar para alimentarte. Supongo que es un estrés terrible para ese organismo que ha estado viviendo de gorra, sin más tarea que buscar posición en una celdita muy reducida (aunque también eso debe ser de un agobio terrible). La primera cosa que se preguntaba Ainoa era cómo había podido caber en la barriga. Midió al nacer 47 cm. Algo imposible de meter en un espacio tan pequeño. Tenía que estar absolutamente estrujada. Mira, en eso ganó al nacer. Ahora, por lo menos, puede estirarse y mover la cabeza. Angelito.

Y es una santa. Su estado natural es dormir, cosa que hace absolutamente relajada. Da gusto mirarla. Nada más nacer, como la mamá tenía que despertar de la anestesia por la cesárea, tuvo que tomarla en brazos Luca, su papá. Era emocionante verlo. Fue él quien llegó corriendo a la sala de espera para decirnos que ya había nacido Iria. Y, al poco, otra vez para avisarnos de que nos dejaban verla. Lo dijo y salió como si estuviera compitiendo en 100 metros lisos. Metió el turbo, recorrió como un rayo el pasillo y cuando llegamos allí ya estaba con la niña en brazos, mirándose ambos con un asombro intenso. Como si ya se conocieran de antes, pero en sueños, y estuvieran ahora reconociéndose como seres reales. 
Luego en la habitación, el enamorado padre se pasó 3 horas y pico sentado en una silla con la niña en brazos y sin despegar los ojos de ella. Era una postura todavía rígida de padre inexperto y que necesita asegurarse de que la niña no se le va a escurrir entre las manos. Pero lo que llamaba la atención era, sobre todo, su mirada. Era una mirada emocionada, de asombro, de expectación. Seguro que en ese rato, que a él se le debió hacer corto, pasaron por su cabeza muchos episodios de su vida que le habían conducido hasta ese momento maravilloso. Sobre todo, cosas y emociones vividas en los últimos nueve meses, desde que supieron que iban a tener un hijo. Además, como ahora ya puedes hacerles fotografías casi desde que son embriones y sigues su evolución a través de las ecografías, podía contrastar si esa cosita viva que tenía en sus brazos se parecía a la imagen que se había hecho de ella. Entre tanto, la niña dormía feliz y confiada. Los dos, padre e hija, en el cielo.


Es hermoso esto de los nacimientos. Empezando por el propio hospital. Era la sala más alegre del hospital. Es la única ocasión en que vas con gusto a un hospital, espacio de dolores casi siempre, menos en estos casos. Por lo general, ves a la gente alegre. Padres y abuelos paseando dichosos a los  recién nacidos. También hay algunas caras tristes; la vida nunca permite la felicidad completa, pero son los menos. Se mascan las emociones. Sobre todo los primeros momentos, tras el parto, son momentos inolvidables. Ya conté lo emocionante que fue conocer a la niña. Pero aún lo fue más cuando pudimos ver un ratito a la mamá a la que llevaban en camilla a la sala de despertar. Fue otro momento de emociones intensas. Allí estaba la criatura y su mamá, aún semiconsciente tras el parto: se abrazaron los padres emocionados (la larga espera de 9 meses había culminado, la hija que habían acompañado durante todo ese tiempo ya había llegado y estaba bien) y tuvo lugar el primer encuentro entre Ainoa y su hija. También para ella fue un momento milagro: verla, sentirla, besarla, apoyarla en su pecho, vivirla como algo distinto a ella pero sin dejar de ser ella. Muy emocionante, la verdad. Nadie intentó ocultar las lágrimas. Luego a ella se la llevaron y nosotros subimos a la habitación con la niña.
En fin, los nacimientos son el gran canto a la vida. La vida con todo lo que tiene de sueño y de realidad. María y Luca habían soñado mucho este momento, lo habían convertido en su gran fiesta matrimonial en la que casi todo estaba previsto y pensado-disfrutado de antemano: contracciones controladas y seguidas según el protocolo, parto natural sin anestesia, los dos juntos en el paritorio, la niña recién nacida puesta sobre el pecho de la madre en un encuentro a tres que sería todo un compromiso vital. El mundo del deseo era perfecto. Pero la vida es más real, más imperfecta. El plan soñado fue entrando por vericuetos inesperados: dilatación demorada e insuficiente, anestesia, cesárea en quirófano, reanimación prolongada porque te coincide con el cambio de turno… La vida misma. La vida real pero también estimulante. El parto fue bien, la niña salió perfecta, la madre se recuperó de maravilla y ya estamos todos en el punto de salida de una nueva etapa familiar. Los que solo eran pareja se han convertido en familia, los esposos en padres, los hermanos de los padres en tíos y los padres de los padres en abuelos. Y así continuamos el proceso rico y hermoso de vivir. Vivir y dar vida. Lo más hermoso que hay.