viernes, marzo 29, 2013

DÍAS EN ÁFRICA




Los compromisos sociales tienen, a veces, estas cosas buenas: te obligan a viajar a lugares apetecibles o, cuando menos, poco frecuentes. En este caso a Rabat para asistir a la boda del hijo de una amiga con una chica marroquí, de origen bereber según nos contaron. Las bodas musulmanas (como las indias) despiertan no poca curiosidad entre los europeos por el carácter festivo y especial de las mismas. Todos los amigos a los que les comentaba que me iba a una boda a Marruecos me miraban con envidia. Eso también tenía su puntito de morbo.
Pues nada, allá nos fuimos la mañana del Jueves Santo. Fueron gentiles con los gentiles y, aunque para ellos la Semana Santa no es nada, nos pusieron la boda en esos días en que nosotros podemos viajar aprovechando las vacaciones. Nosotros ya conocíamos Marruecos. Lo habíamos recorrido  de punta a punta (entramos por Ceuta y salimos por Melilla) de recién casados, allá por el año 1975, en un Renault 5 con dos amigos. Fue una auténtica aventura. Hacíamos noche en los campings a los que no dejaban entrar a los marroquíes y estaban vigilados por el ejército. Creímos estar permanentemente perdidos porque hacíamos kilómetros y kilómetros en los que no nos cruzábamos con nadie y de pronto después de una curva aparecíamos en medio de una aldea con multitud de gente en la carretera que había que ir cruzando poquito a poco. Visitamos las principales ciudades y conocimos a fondo lo que un turista de veintitantos años y poca pasta puede llegar a conocer (incluido algún inocente canuto ). Volvimos a hacer un paseo similar en el año 1996, también en coche, pero ya con nuestros hijos crecidos (en esa época en que ya no quieren ir de vacaciones con sus padres salvo, nos dijeron, que la propuesta sea muy atractiva, y Marruecos se lo pareció). Viajamos junto a otra pareja de amigos con sus hijas. Este viaje ya fue mejor. Muy bien organizado por nuestra amiga que había escogido unos hoteles maravillosos que nos servían de relax al final de días agotadores de coche y callejeo por las medinas. Tenemos anécdotas preciosas de aquel viaje y también un recuerdo nefasto pues ya de regreso en España tuvimos un accidente de tráfico grave. En fin, que Marruecos lo conocíamos lo suficiente si es que alguna vez se puede decir eso de un país como Marruecos (y, además, sin haber llegado al Atlas y todo el sur de Marrakech). Pero esta vez era una boda. Y eso sí que era nuevo.
El viaje estuvo bien. Sin madrugones excesivos. Nos encontramos en Barajas un nutrido grupo de amigos que viajábamos con el mismo objetivo. Y desde allí, todos juntos a Casablanca. Marruecos desde el aire nos pareció magnífico. Todo verde. Es año de lluvias, nos dijeron, vamos alternando los años de sequía con los de lluvia; los primeros son malos años, éste será un buen año. Pero la belleza del país desde el aire se fue al carajo cuando entramos en la vida real. Había unas colas infinitas delante de los cubículos de la policía de inmigración en el aeropuerto. Y aquello no avanzaba nada. Pasaron 10, 15, 20 minutos y estábamos exactamente en el mismo lugar. Desesperante. No éramos capaces de explicarnos qué podía suceder. Tardamos una hora y mucho en pasar la policía. Y el caso es que, llegabas allí y no hacían nada especial: mirar el pasaporte, mirarte a ti, anotar una tontería en la ficha de entrada y poner los consabidos cuños. Todo eso lo podían hacer en minuto y medio. Y de hecho, en nuestro caso fue lo que tardaron. Imposible de entender por qué la cola se demoró tantísimo. Pero entras ya con mal cuerpo, con la sensación de que no eres bien recibido, de que los turistas molestan, de que no se atienden esos detalles tan importantes. Ya me ha pasado a veces en algún otro país. Juras que no volverás, pero al final te olvidas. Y eso que nosotros aún nos podíamos dar con un canto en los dientes porque nuestra fila, mal que bien (mucho más de mal, claro), aún avanzaba. Pero en la que estaba la otra parte del grupo, seguían petrificados.  Nosotros pasamos a recoger las maletas pero como los otros no llegaban allí tuvimos que armarnos de paciencia para esperarles más de media hora de propina. Y, a todas estas, las maletas desperdigadas: unas en las cintas, otras por el suelo. Al ritmo que iba saliendo la gente, cualquier hubiera podido llevarse las maletas de otro. En fin un caos. Al final, salimos y allí nos esperaba el guía que teníamos contratado. Pasaban ya dos horas y pico desde que habíamos aterrizado. En cualquier otro lugar el guía estaría nervioso pensando que algo nos había pasado. Él no, estaba tranquilo. Es lo normal, nos dijo sonriente. Pues nada, nos dijimos, no hay de qué preocuparse. A comer (ya eran las cuatro nuestras, las tres de ellos) y después a dar un paseo por Casablanca.
Salimos del aeropuerto en nuestra furgoneta y comprobamos asombrados que nos adelantaban muchísimos mercedes y autobuses de alta gama. Es que hay una concentración de grandes chef de la cocina francesa, nos dijo el guía. Vive dios que debía ser cierto, grandes e individualistas: en cada uno de los 25 o 30 mercedes que nos adelantaron, iba uno solo. Supongo que a la tropa la mandaron en los autobuses. Nuestra comida estuvo bien. Un restaurante a pie de playa con una vista ancha y preciosa del mar bravío marroquí. Digo bravío porque a la orilladel mar tenían piscinas naturales de agua salada. Osea que no debía poderse bañar en el mar. Estábamos cerquita de donde se celebraba la convención de los chef, lástima que por poco no hubiéramos coincidido, algo se notaría, digo yo. La comida aceptable: ensalada de tomate (las ensaladas se han repetido día tras día en nuestros menús, debe ser que forman parte de la comida habitual); un plato enorme de pescaditos fritos (muy similar al que se podría tomar en cualquier cafetería de Triana con sus acedías, sus gambas, sus calamares…) y macedonia de fruta. La cervecita (que después de la paliza del aeropuerto se hacía imprescindible) hubo que pagarla aparte: 5 euros cada una, que nos parecieron una enormidad.

Desde allí a visitar la Gran Mezquita, un santuario enorme que Mohamed ha construido robándole algunas hectáreas al mar. Resulta impresionante. Nuestro guía aprovechó para ponernos al tanto de los intríngulis de la religión musulmana y sus principios. No pudimos entrar a verla porque ya estaba cerrada. Pero por la mañana está abierta, nos informó, salvo en las horas de culto. De la mezquita a la plaza Mohamed (aquí todo es Mohamed o Hassan en honor a sus últimos reyes) que llamaba la atención por lo animada que estaba a esa hora de la tarde. Bueno y de allí, carretera y manta cara a Rabat, nuestro destino. El tránsito de una ciudad a la otra (otra hora y media larga de furgoneta) se nos hizo eterno. Cada quien fue sobrellevando su agotamiento a base de cabezadas. Y al final, el final, Rabat.
Teníamos alojamiento en el Mercure Sheherazade. Fuimos haciendo el check-in y quedamos para cenar. Según iba bajando la gente al comedor comentaba sus impresiones. Lo más gracioso es que todas las habitaciones eran de cama de matrimonio. Así que a todos nos tocaba compartir lecho con otra persona, lo cual en el caso de los casados estaba bien, pero tuvieron que pasar por el mismo trance también quienes no lo estaban o quienes sí lo estaban pero habían venido solas a la boda. Incluso al novio le tocó dormir con uno de los amigos, que ya le advirtió de antemano que él no respondía si la cosa le gustaba y decidía no casarse al día siguiente.
Y así, mal que bien, cerramos nuestro primer día africano.

miércoles, marzo 27, 2013

Una experiencia gastronómica. A costiña de Santa Comba




Una experiencia gastronómica
Ya sé que es un poco contradictorio aprovechar la cuaresma para darse un capricho sensual. Va contra la tradición cristiana, pero dado que tampoco andamos tan sobrados de satisfacciones, nunca está de más aprovechar las ocasiones para concederse una. La ocasión, en este caso, se lo merecía porque había llegado de México mi hermano pequeño y su esposa que, además de otros muchos méritos (no sé si de orden superior a éste o no), son grandes disfrutadores de los placeres sanos de la vida. Los gastronómicos forman partes de esos placeres, así que establecido el motivo, solo faltaba tomar la decisión.
Cosa compleja en Galicia eso de escoger un buen restaurante. No porque no los haya sino, al contrario, porque sobran. La cosa era decidirse bien por un placer más convencional (marisco, pescado, carne) bien por algo más sofisticado (japonés, francés, nova couciña). Y nos decidimos por esto último. Tampoco ahí es fácil la elección, pero como son menos las alternativas tampoco nos duró mucho la duda. Y nos fuimos a Santa Comba, al Retiro da Costiña.

Ya lo dice su propaganda (esta vez, no engañosa) que comer allí no es sólo comer y bien, es toda una experiencia gastronómica. Como todo en este mundo, el Costiña tiene sus defensores y sus detractores, no deja indiferente y quizás ésa ya sea una de sus principales virtudes.  Para nosotros no era una gran sorpresa lo que allí íbamos a vivir (la mayor parte de nuestros amigos ya han pasado por sus mesas y nos habían contado su experiencia). Pero para mi hermano todo resultaba significativo.

Llegar lleva su tiempo (primer milagro: que una cosa así pueda sobrevivir a treinta y tantos kilómetros de la ciudad y tras una carretera llena de curvas que te van sobando el estómago hasta dejártelo al borde del vómito) pero luego, el lugar donde está ubicado te compensa todos los sinsabores. A los 5 minutos es como hubieras llegado de casa andando.Nos contaron que el restaurante lo inició la abuela, lo siguieron los padres que atienden ahora la cocina y tiene su futuro asegurado con los nietos,hemano y hermana, queson quienes te atienden con una amabilidad que desborda todas las demandas.  En cuanto cruzas la puerta de entrada todo es hermoso y las personas con las que te vas cruzando son todo simpatía (seguramente la mejor plusvalía del lugar: la gente que la atiende, los padres y dos hermanos, él y ella, que cumplen con su papel a las mil maravillas.

Manuel García
El primer acto se desarrolla en el piso bajo donde te esperan unas mesas altas en una cava con cientos de botellas perfectamente organizadas (aunque con una lógica poco clara, según mi hermano) y resguardadas tras un cristal que mantiene la temperatura ideal para el vino. Es como un museo o como uno de esos acuarios en el que tú entras a un espacio rodeado de agua a derecha e izquierda, solo que aquí los peces son las botellas de marcas y añadas increíbles. Nos dejaron entrar por dentro del espacio del vino y fuimos acariciando esas marcas de esas míticas de las diversas denominaciones de origen mientras el somelier Manuel y mi hermano intercambiaban conocimientos. A mí que soy de espíritu sencillo y parco me iba entrando un poco de pánico ante los precios que les oía manejar. De todas formas, la sensación de luz, color y ambiente era espectacular. Y en ese marco te ofrecen un primer vino y unas anchoas del cantábrico en aceite gallego tibio, especialidad dela casa. Debo confesar que no me gustan las anchoas porque siempre están demasiado saladas para mí. Y sin embargo, éstas estaban exquisitas.

Tras esa introducción, que en sus protocolos debe ser corta pero que en nuestro caso duró mucho, subimos al restaurante. Hasta ese momento nos había atendido el hermano; con el tránsito al piso de arriba pasábamos al territorio de la hermana que era quien atendía al comedor. Los padres tienen su reino en la cocina, por lo que nos contaron. La hermana fue igual de simpática que lo había sido el hermano. A cada cosa que decías ella  respondía que “fantástico”. Todo le parecía fantástico, contagiaba optimismo. Pese a que el menú degustación tiene sus platos fijos, nos preguntó si teníamos alguna incompatibilidad alimentaria y si en lugar de la propuesta oficial preferiríamos cambiar el plato por alguna alternativa. Solo mi cuñada Rosy cambió uno de los platos, pero en cualquier caso es un gesto de una gran consideración con los clientes. Por otra parte, la verdad es que el menú que nos ofreció fue estupendo: 7 platos a cada cual mejor.

Comenzamos con (1) una vieira sin concha con salsas especiales y anexos que ya no recuerdo pero que estaba fantástica (mi cuñada la cambio por almejas que también merecieron grandes elogios por su parte); siguió (2) una empanada de maíz deconstruída que contaba con una base crujiente de harina de maíz y sobre ella navajas en su jugo y trigueros, espectacular. Llegados a este punto mi hermano ya estaba rendido y confesaba que, en su opinión, ya en aquel momento la experiencia superaba con mucho a la que había vivido en otros restaurantes del máximo nivel. De tercero (3) nos trajeron un combinado de boletus con queso de cabra y zumo de sirope que se mantenía al mismo nivel que todo lo anterior. A la belleza de los platos y la combinación de colores y olores se unía en cada plato la explicación llena de matices e ideas sugerentes que nos daba la chica con esa voz suave y el tono dulce de las gallegas (que en ella se veía, además, adornado por un ligero frenillo que le añadía un toque mediterráneo fantástico). De los supuestos entrantes pasamos a los platos fuertes y fue entonces cuando llegó (4) la lubina salvaje en salsa de nécora y brotes de soja; aunque la lubina ya la conocemos más, la salsa le daba un toque espectacular, fantástico. El pato fuerte (5) consistía en lomo de vaca vieja al horno sobre base de patatas gallegas asadas. Lo de la vaca vieja precisó de una explicación que atendimos ansiosos y puso las cosas en su sitio (ella nos explicó que Santa Comba es una aldea rural gallega con muchas y buenas vaquerías; los animales se matan o bien de terneros, antes de que cumplan el año, o bien de animales añosos cuando ya han producido y tienen más de 12 años; entonces la carne se deja en un secadero con temperatura controlada durante 12 días para que se cure bien). Bueno, vieja o no, el lomo de la vaca estaba exquisito. Y nosotros con el agua al cuello ya, después de los 6 platos y las dos botellas de vino que nos habíamos metido entre pecho y espalda. Faltaba el postre (7) que con solo nombrarlo ya comenzabas a salivar: un milhojas con crema de no sé qué (a esas alturas uno ya se perdía en las explicaciones tan llenas de matices). Fantástico.

De los vinos que ya se habían escogido en la bodega, nada que decir. Fantásticos. Comenzaron con un Dávila L. 100 del 2009, alvariño de las Rías Baixas que tenía su tiempo de barrica pero como no lo probé no sé decir (aunque las caras de mis co-comensales dejaban entrever que también era fantástico). Yo seguí con mi rioja, un La Viña de Andrés Romeo que mereció todo  mi aprecio desde el primer trago.  No sé repetir toda su historia en San Vicente de la Sonsierra, al pasar el puente, donde hay una viña de vides muy especiales viejas y de las que el propietario, conocido del somelier, hace 2000 botellas de un vino único. Lo del pedigree resulta interesante pero, la verdad, es que el sabor que tenía el vino era espectacular.
Y así fue corriendo la experiencia gastronómica, de la que aún nos faltaba la tercera fase: el paso al salón chimenea, un club donde puedes fumar tu puro y tomar en cómodos sofás tu café y licores. El placer del tabaco ya lo dejamos hace tiempo y de los licores solo quedan los castos, o sea, casi nada. Pero bueno, es una auténtico relax quedarte allá un buen rato con tu café (también sobre una carta de cafés especiales y sofisticados a cada cual más sabroso). Y luego los gintonic (y nueva enciclopedia de ginebras) y los vodkas (y más sibaritismos).

En fin, no sé si una cosa así entra o no en el catálogo de las cosas permitidas, pero lo que es seguro es que de vez en cuando vienen bien. Se ve a la gente feliz, disfrutas, te asombras, aprendes, saboreas, te olvidas de los problemas. Es verdad que no es algo que puedas repetir mucho porque se escapa a tus posibilidades, pero de vez en cuando merece la pena. Al final, si lo piensas bien, no es mucho más caro que el que te metan una multa por exceso de velocidad. Y, sin embargo, es mucho más divertido. Así que nos volvimos respetando escrupulosamente las velocidades y dimos por buena y amortizada nuestra experiencia gastronómica. Fantástica.

lunes, marzo 18, 2013

Los amantes pasajeros



Bueno, pues en el pecado tuvimos la penitencia. Ya nos había advertido un amigo más madrugador en el estreno que nos evitáramos el trance pero claro, cómo vas a dejar de ver la última de Almodóvar. Pues oye, esta vez, podríamos haberlo hecho. Hubiéramos ganado una hora y media de tiempo, o podríamos haber visto otra película con más enjundia. Aunque, pensándolo bien, el perdérnosla habría significado que no la podríamos criticar. Vaya lo uno por lo otro.

Porque la película es mala. Mala de cojones. Aparte de que te introduce en un mundo soez y patético (aunque eso hasta podría haber tenido su gracia) te deja frío (o indignado) en casi todo. Lo que sucede carece de interés, las conversaciones son sinsentidos entrelazados. Agota tanto despropósito. Y hay momentos en que sientes realmente “vergüenza ajena”.
La historia es insulsa. Un pequeño accidente a pie de pista donde una Penélope transitoria manda al carajo la carga de maletas que llevaba a un avión. Algo hace mal su novio/marido que la ve y corre donde ella en lugar de seguir en lo que en ese momento estaba haciendo que no era otra cosa que retirar las calzas del avión. Avión que, sin embargo, parte y se encuentra, luego en vuelo, con que le falla ese tren de aterrizaje con lo que, en lugar de volar a México, se pasan el tiempo sobrevolando Toledo hasta que les encuentren una pista para poder hacer un aterrizaje de emergencia. La pista la encuentran al final de la película en el aeropuerto de Castilla la Mancha, un trasunto del de Castellón que nadie ha utilizado hasta ese momento. Y la hora que dura la película entre ambos episodios estamos en la cabina del avión amenizados por un trío de maricas y unos cuantos personajes patéticos de la cabina de bussiness. Por supuesto no falta el cocktail de sexo, droga, conversaciones y gestos escabrosos,  y pequeñas historias patéticas de personajes siempre dibujados con trazo grueso: un asesino a sueldo, una madame sadomasoquista (que dice haberse follado hasta el lucero del alba, incluido, obviamente, el nº 1, ya saben más más arriba que el presidente del gobierno), un corrupto (el que había hecho el famoso aeropuerto vacío de vuelos y, que, mira tú por donde se llama Mas), una tía que es vidente y virgen (lo primero lo lleva bien, lo segundo muy mal), una pareja de novios que primero duerme y luego se lo montan a base de drogas y sexo (ella como mera comparsa idiota de todo el proceso). ¡Ah, y los tres azafatos y los dos pilotos empeñados en mamarse (en todos los sentidos del término) y en hacer increíbles la situación y los personajes. En fin, una galería de despropósitos.

Y sin embargo, uno no puede dejar de pensar que todo ese montaje de fuegos fatuos tiene que tener algo que tú no eres capaz de ver. Es imposible que Almodóvar haga una cosa así. Tiene demasiada experiencia, demasiado cine en su haber como para intentar colar de matute una cosa tan estúpida. Queda fuera de consideración que lo que pretenda es que nos divirtamos. Ni una sonrisa, oye. Yo que me río con cualquier cosa y disfruto cualquier doble sentido inteligente. Ni una sonrisa. Descartado lo de entretener. ¿Será que quiere provocar, sin más? Tal como están las cosas en la política y en la economía, pensar que su insistencia en las mamadas nos va a provocar es una ofensa a la inteligencia. ¿Qué ha querido Almodóvar con esta película?

He leído que quería hacer una analogía de la situación actual. Por eso presenta a toda la clase turista como dormida con somníferos. Es un buen detalle, la verdad: la clase baja adormecida mientras la vida se juega en la clase preferente, donde a su vez, todo lo que se encuentra son personajillos perdidos en su sexo, su bebida, sus drogas. Pudiera ser, pero es un mensaje demasiado profundo para un montaje tan pobre. Uno no tiene esa sensación mientras ve la película. En fin, quizás tampoco haya pretendido nada. Muchas críticas lo ponen a parir y vaticinan que ha perdido su don y su chispa de cineasta. No me lo creo, eso no se pierde nunca. Pero me intriga, de verdad, qué ha pasado con esta película. ¿Qué quería, Almodóvar? ¿Qué no he visto yo en el film?

miércoles, marzo 06, 2013

De nuevo en casa.




Y, esta vez, ya definitivamente.
Por supuesto volví al hospital a la hora mandada, como el buen paciente que soy. Como un clavo. No hubo sorpresas. Mi cama seguía libre y esperándome. Las enfermeras enseguida me enchufaron  a la cardiometría, me tomaron la tensión y la temperatura y se hicieron con el mando. Volvía a ser un paciente. Hasta fueron tan amables de traerme la cena pero como ya había cenado porque no esperaba esa gentileza, allá fue todo de vuelta. En fin, todo en regla para afrontar mi última jornada.

Dormí mal. Mi compañero de habitación mantuvo la radio encendida toda la puta noche. Él roncaba como un bendito pero la radio seguía dando la murga. Yo que había incluido en las clausulas matrimoniales que nada de radio por la noche, me chupé cuanto programa hay para insomnes, además de la Cope. Chungo.

Y a las 7:03, diana. A esa hora entran las enfermeras rebosantes de energía. Tú estás aún con la cogorza mañanera pero ellas llegan sonrientes, habladoras, poderosas. El termómetro, la tensión, el rapado, la ducha, arreglar la cama. Esa mañana yo era el primero para el quirófano de electrofisiología así que todo fue visto y no visto. Y a las 8 al caldero.

Como ya me conocía la sala de la semana anterior no me sorprendió. Hasta me reconoció la enfermera y estuvo simpática. Seguían con la música alegre y variada, con mucha luz y un frío que te dejaba las pelotillas en estado de congelación. Como era el primero pude asistir a todo el proceso de preparar los utensilios, los apósitos, los aparatos. Yo congelándome en pelota viva y ellos y ellas trajinando a mi alrededor  mil por hora.

Al final, llegó el médico que me había hecho la electrofisiología el jueves pasado. Me saludó pero me presentó a otro médico que sería quien me pondría el Reveal. Era más jovencito, quizás un R4 pero lo hizo bien y era muy amable. Me contó lo que me iba a hacer y insistía en que no era doloroso, salvo el pinchazo de la anestesia. El pobre se pasó todo el tiempo preguntándome si estaba bien, si me dolía, si quería más anestesia (es barata, me dijo, así que por eso no te preocupes). Efectivamente, fue doloroso el pinchazo (encima de la teta izquierda) pero soportable. Y después ya nada. Notas que te están abriendo un hueco (tiran los tejidos para los lados) y nos pasamos hablando todo el tiempo que nos dejaba libre el preguntar si estaba bien, él, y responder yo que sí, que muy bien. En un momento le pregunté si se me notaría mucho que llevaba algo metido ahí. Me dijo que sí, que como yo estaba delgado, se notaría. Vaya, pensé, espero que tenga mejor ojo clínico que vista para observar las gorduras de la gente. Hay que decir en su descargo que yo estaba tapado con la bendita tela verde. En este caso, incluida la cabeza. Eso quisiera yo, le dije. Pero me lo repitió de nuevo: es que usted no tiene nada de grasa en el pecho (¡magnífico, chaval!, me felicité a mí mismo); por eso me ha costado más hacer el nido; cuando hay grasa es más fácil y el Reveal se asienta mejor y se nota menos. Bueno, vaya lo uno por lo otro: se me va a notar pero es porque no tengo grasa. Él fue acabando su tarea, hizo el nido, colocó el aparatejo y fue cosiendo, primero con aguja e hilo y después con una grapadora. Algo más de media hora le llevó.

La tecnología no deja de ser un misterio. Ser enfermo hoy en día es ponerse en manos de una empresa de oficios varios. Primero fueron los fontaneros en el cateterismo; después los electricistas en el estudio electrofisiológico; esta mañana los carniceros con maña para hacer un hueco en pleno pecho y, al final, llegaron los informáticos. Había que sintonizar el aparato, ponerle un login, incluirle parámetros, etc. Me explicaron cómo funcionaba, aunque yo ya lo había leído en Internet y dieron por concluido el trabajo. En mi tierra tocaría irse a almorzar pero a los pobres ya les estaba esperando otro paciente para que le insertaran un marcapasos.

Nuevo deslizamiento hasta la cama, nuevo paseo por los pasillos (esta vez cortito) y entrada triunfal en la habitación. Mi compañero de habitación (el de la radio) me miraba con cara de envidia. También él estaba a la espera de que esa mañana le repusieran su marcapasos, pero lo suyo iba para largo. Aún seguía esperando (y en xaxún) a las 2 de la tarde cuando yo me iba ya para casa.

Yo venía feliz del quirófano pero la opinión de la enfermera que me recibió era bastante distinta. Me debió ver mal. Me dijo que tenía una tensión muy baja y una temperatura imposible (32). Hombre, con el frío siberiano que hacía en el quirófano y después de una hora allí en pelota picada no se podía esperar un cuerpo caribeño. El caso es que se lo tomó en serio y me tuvo bajo su mirada intensiva durante un par de horas. Controles cada 10 minutos, mantas, inmovilidad absoluta. En fin, que casi me asustó. A mí que venía tan feliz de saber que no tengo ni gota de grasa en el pecho (coño, casi como mi amigo Javier). Bueno, todo se recompuso con un café malteado templadito. La médico de sala desdramatizó mucho el asunto, me mandó levantar al sillón y luego pasear y ya me avisó que saldría de alta al final de la mañana.

La salida del hospital tiene sus ritos. Primero te lo anuncian y tú, claro, pones cara de felicidad y dices que cuanto antes mejor. Pero has de esperar a que te entreguen tu parte de alta (los papeles, en el argot hospitalario) y ése se demora y se demora. Entre medias viene la comida (menos mal que yo salía, o quizás fuera por eso, pero me trajeron un caldito limpio y transparente como única vianda). Después han de venir las enfermeras a liberarte de los cables y quitarte la vía. Y luego otras enfermeras a anunciarte que el miércoles hay una charla para cardíacos a la que es muy importante que asistas. Te dan además unas recomendaciones por escrito y la dieta a seguir: el problema es que no diferencian entre unos cardíacos y otros y, al final, son consejos excesivamente duros. Después la ducha final y el vestirte de paisano. Y, ya muy al final de todo, es cuando te echas tu mochila al hombro, te despides de tu compañero de fatigas, metes la cabeza en la sala de enfermeras para decirles “adiós chicas” y te vas por la puerta grande haciendo cruces para no volver. Ojalá, amén.