domingo, marzo 03, 2013

Un poco de calma.



 El jueves que comenzó en plan dramático con el agobio de pruebas duras y dobladas acabó, sin embargo, muy bien.  Me había quedado solo en la habitación, pues dieron de alta a mi compañero. Pude reponer fuerzas con la cena y ya me habían liberado del corsé que me atenazaba la pierna para que no sangrara la herida de la mañana (me la había atado a la pata de la cama para que no la moviera, así que liberarse de aquello fue eso, una liberación).

Por la noche llego mi hijo cardiólogo desde Barcelona y el pobre, agotado tras la guardia del día anterior, se fue reuniendo con los médicos que estaban por allí para enterarse de los datos que habían ido acumulando. Bueno, en realidad, su principal trabajo fue tranquilizarme y contarme lo que ya sabía. Me prometió que el viernes analizaría con los diversos equipos las pruebas que me habían hecho. Supongo que no es fácil, tampoco para él, encontrarse en una situación así. Me repite muchas veces que él atiende cada día a muchos señores como yo y que todo depende de que las cosas se afronten a tiempo o no. Por él vinimos a urgencias. Nos explicó qué eran los síncopes y como de unos te levantas pero de otros ya no. Y que eso unido a las arritmias que me habían detectado era un cuadro peligroso. Me alegró mucho verlo pero, a la vez, uno no puede dejar de sentir el pesar que causa a su entorno con estas historias. Pones a la  familia patas arriba y eso es casi peor que la enfermedad.

En fin, de todas formas dormí mal. Habían acabado las pruebas pero la puta costilla sigue doliendo de lo suyo y no me deja recostarme sobre el lado derecho que es mi preferido para sobar. A nada que me muevo, me despierto de dolor. Así que fui superando las horas en duermevelas forzadas, soñando cosas raras, despertando, maldiciendo mi costillar y esperando que amaneciera.

En cuanto pude me levanté, me duché y me dispuse a trastear un poco con el ordenador. Pronto llegó mi hijo que quería hablar con los médicos y comentar las pruebas. Así que eso hizo mientras yo redactaba una de las entradas del blog. La doctora que coordinaba mi caso había sido compañera suya de carrera y amiga personal así que todo fue muy fácil. También se enrolló bien con la médico de sala y con los otros que habían intervenido en mis pruebas. Total que aprovechó bien el viaje. La historia parecía clara y oscura a la vez: una arritmia que no da la cara. Está ahí pero no se ha podido comprobar con las pruebas hechas (todas las que se utilizan en cardiología) cuándo actúa ni cómo. Pero tenemos una buena noticia, las arterias están muy bien así que no hay riesgo de infarto. Eso es muy bueno en tu caso, me decía, porque tus antecedentes familiares van en esa línea. Has tenido suerte o te has cuidado mejor. Bienvenidas sean las buenas noticias. Todo parece presagiar que me iré del hospital sin una etiqueta (lo que es malo) pero con alguna buena noticia.
 
Como tenía que hacer otras cosas, aprovechando el viaje él marchó, pero apareció por allí a hacerme una visita mi vecino de casa que es también cardiólogo, aunque él se jubiló hace unos meses. También se empeñó en hablar con sus antiguos colegas del servicio sobre mi caso (debían estar las pobres hasta el moño de tantas preguntas y tan seguidas sobre un mismo paciente) y luego vino a hacerme el resumen. Idéntico al de mi hijo y al que ya me habían hecho ellos mismos. Pero claro, mi vecino me hablaba desde su enorme experiencia como cardiólogo y tratando de tranquilizarme, por un lado, y de asegurarme de que me habían hecho todo lo que se podía hacer. Está bien escucharlo porque su sabiduría es más manual, de viejo médico con mucha experiencia. Reconoce que ahora hay más aparatos de los que él es capaz de entender pero que hay cosas que se aprenden de la experiencia y esas no se olvidan. Y curiosamente fue el único que me hizo caso cuando le hable de los eruptos que siempre se asocian a los episodios de mareos. Sí, me dijo, esa explosión de aire que conlleva el erupto puede hacer que el estómago oprima la base del corazón y la arritmia se active. En fin, seguro que no entendí bien, pero hasta ahora nadie me ha hecho puñetero caso  cuando les hablo del erupto. Me miran con ojos de paciencia contenida, como diciendo “¿qué tendrá que ver…?”. Ya me había pasado hace muchos años con un médico oculista de mucha fama en Sevilla. Había ido a verlo por recomendación del padre de una colega amiga. Aunque yo le pagué religiosamente, lo primero que hizo fue echarme una bronca por ir a su Instituto porque, me decía, era algo estúpido teniendo tan buenos oculistas como tenemos en Santiago. Y después cuando le conté lo que me pasaba me dijo, simple y llanamente, que aquello que yo decía (que cuando miraba con el ojo derecho las letras me bailaban y era incapaz de leer) era imposible. No dijo que era mentira o que yo chocheaba porque se contuvo, pero la cara que puso fue de eso. Y salí de allí como había entrado (probablemente, él me habría aconsejado ir a un psiquíatra).

En fin, vayamos a lo que estamos. La mañana pasó tranquilo entre varias visitas de amigos y la aparición de otro paciente en la cama de al lado. Trajeron la comida, regresó mi hijo, volvió a hablar con los médicos y me trajo de postre una noticia estupenda: me daban permiso de fin de semana (bajo su responsabilidad supongo). Vi el cielo abierto. Y aunque las cosas del hospital tienden a demorarse mucho  yo me vestí a toda prisa y quedé en perfecto estado de revista (experiencia que tiene uno de la mili, donde si te encontraban una mancha o algo mal puesto te quedabas sin salir). Luego se hizo eterna la espera y cuando ya casi desesperábamos de que llegara el bendito papel con el alta transitoria, al final llegó. Lo firmé (aquí hay que firmarlo todo), me sacaron la vía que llevaba puesta y nos marchamos para casa.

Y así ha sido mi fin de semana. Casero pero sin restricciones. Hemos salido a pasear, de compras al mercado, a misa, y hasta a sentarnos en una terracita hoy domingo que hacía un día precioso. Lo peor es prepararse ahora para volver al hospital. Otra vez la batita, otra vez a rasurarme para estar preparado mañana, otra vez a dormir allí, otra vez a ser un paciente resignado.

Mañana me pondrán el REVEAL un pequeño holter que te lo meten en el pecho para que vigile los ritmos cardíacos. Dicen que deberé apretar un mandito que llevaré en el bolsillo cada vez que me dé un mareo o que sienta que algo me falla. El aparato graba los diez minutos antes y los diez minutos después. Claro que si te caes redondo, como yo el otro día, deberás despertar pronto para que la grabación tenga efecto. Y si no te levantas pues ya, ni modo...lo misma da que grabe como que no. En fin, a ver si acaba pronto este viacrucis.

viernes, marzo 01, 2013

Un mal día.



Cuando llevas ya casi cuatro días de hospital, las cosas se van haciendo rutinarias. Más todavía, en mi caso, porque los dos últimos había sido de simple espera a que llegara el jueves, el gran día, el mal día. Cuando estás a martes aún lo ves lejos. La mañana del miércoles también va pasando; la cosa se va poniendo cada vez más negra pero va pasado. La tarde es ya de pura espera, ese estrés que te entra cuando esperas la salida del vuelo, o el inicio de un viaje largo.

Las propias rutinas hospitalarias van cambiando porque todas las enfermeras y asistentes saben que mañana te toca. Aparece nuevamente el EN XAXÚN en la cabecera de tu cama. Te vuelven a rapar las partes afectadas (en mi caso, fue la ingle, que ya había sido depilada en urgencias, la que quedó como culito de bebé), te toman más veces la tensión y la temperatura, en fin, te empiezas a sentir en capilla.

Y llegó la mañana del jueves. Acababan de dar las siete y empezó el trajín. Vinieron las enfermeras para tomar los últimos datos médicos. Vinieron las impiadoras para arreglar la cama y lavarme a mí, pero como podía ducharme por mí mismo les agradecí la oferta y lo hice por mi cuenta. La cama quedó perfecta, yo en perfecto estado de revista y con el alma en vilo. Acojonado, quiero decir. Me metí en la cama como un buen chico y me quedé a esperar. Ya había llegado Elvira, así que hube de sostenerme un poco más varonil en los ánimos y dejar que la procesión fuera por dentro. La primera prueba era de electrofisiología. Nuevamente, tenían que introducirme unos catéter desde la ingle al corazón, pero esta vez sí entraban en el corazón para provocar ellos una arritmia y así poder controlar cómo sucedían las cosas. Cuando me hicieron el lunes el primer cateterismo me había dicho la médico, “bueno, los fontaneros ya hemos actuado y todo va bien. Ahora tienen que venir los electricistas”. Esa mañana me tocaba con los electricistas.

Aunque el tiempo se te hace eterno y no sabes si alegrarte o desesperarte, al final las cosas llegan. Y allí llegó la celadora que me debía bajar al quirófano. Muy jovencita ella. Tuvo algún que otro problema para sacar la cama de la habitación, tarea no fácil pues como estamos dos pacientes no es fácil hacerla girar. Pero su inexperiencia quedó más patente después: nos perdimos en el hospital. La pobre no sabía muy bien donde quedaba el quirófano al que íbamos y nos perdimos por los pasillos. Hasta fue divertido y me relajó un poco.  Tenía que preguntar, avanzaba y retrocedía, teníamos que hacer alguna maniobra brusca para buscar conexiones entre pasillos. Habíamos salido de la habitación en compañía de un enfermero que había seguido por delante y el pobre andaba loco buscándonos. Al fin nos encontró y, de su mano, llegamos a la pieza.
 
Era una sala grande y fría. Con la música alta (música andaluza ese día, luego me enteré que era el día de Andalucía).Aquello estaba lleno de monitores. Pude hacer yo mismo el tránsito de la cama a la mesa de operaciones, otra vez estrechísima. Y comenzó el proceso. Te ponen electrodos por todo el cuerpo (todo es todo, incluido el trasero, la espalda, las piernas, el pecho, la cabeza). Estos eran, además, muy especiales, muy grandes, como para cubrir grandes zonas. El enfermero que llevaba la voz cantante y que ya se veía que sabía mucho de aquello, trataba de congratularse conmigo. “nosotros como torturadores, no tendríamos precio”. Pasó por allí el médico que llevaría a cabo la operación pero por las conversaciones colegí que debía faltar alguien, otra doctora (quizás alguna residente) y eso le enfadaba a él que decía que él tenía que comenzar. Había varias enfermeras de prácticas porque les tenían que explicar todo lo que debían hacer. En fin, suficiente follón como para estar bastante distraído en la preparación que lleva su tiempo. Ya me habían puesto la telita verde con su agujerito en la ingle, aunque esta vez sin taparme la cara. Se puso su bata el médico, sus guantes, preguntó si todo estaba a punto, le dijeron que sí y allá nos fuimos. Llegó el momento tan temido.

Primero sentirá un pinchazo que duele un poco. Es la anestesia. Siempre empieza así la cosa. Efectivamente sientes que te clavan la aguja. Nada insoportable. Líquido que entra. Pas mal! Ratito de espera y, al poco, movimientos enérgicos en la zona, más pinchazos que ya no duelen y vas sintiendo cómo el médico aprieta fuerte donde te ha agujereado y va metiendo el catéter por el orificio. A veces sientes que algo va caminando por tu interior pero no molesta, no mucho. De todas formas la cosa se demora. En este caso más que en el primer día. Luego supe que habían entrado no con un catéter sino con dos, por dos puntos distintos de la vena. No sé si el médico avanzó con los dos a la vez o primero lo hizo con uno y luego con el otro. Al rato les pregunté si ya habían llegado al corazón y me dijo el enfermero que estaba a mi cabeza que no, no, aún estaban lejos. Y siguieron adelante durante otro buen rato. Esta vez si noté cuando entraron en el corazón: una especie de calor especial, de movimientos extraños. El médico hablaba con alguien que estaba fuera de la sala y no se entendían bien, así que a veces tenían que gritarse cosas. La música por todo lo alto. Por lo que entendí, no siempre se veía bien o quizás no encontraba lo que él estaba buscando con el catéter. A veces decía, “ahí esta´, ahí está”. Bueno la cosa es que después de distintos movimientos (él seguía apretándome fuerte en la zona de entrada de la ingle y moviendo allí sus dedos de un lado para otro) parece que quedó satisfecho de donde había llegado y se puso a comentárselo a alguien que debía estar con él. Como ya no me hacía nada y seguía pasando el tiempo se me hizo raro. Pensé que era una descortesía, tenerme a mí a sí y quedarse él charlando con otra persona. Después entendí que su parte había acabado y ahora comenzaba la otra fase de la prueba. Se marchó de la sala y desde fuera comenzaron a actuar. Eso me lo explicaba el enfermero a mi lado. Empezaron a darme descargas eléctricas en el ventrículo que era lo que yo tenía jodido según los electrocardiogramas. Yo sentía un calorcillo especial pero agradable y golpeteos del corazón similares a los que suelo sentir cuando estoy haciendo la digestión. Pasaron un tiempo así pero yo seguía tranquilo. El enfermero me explicaba que otros pacientes con esas descargas ya hacen arritmias fuertes. Tras la fase eléctrica iniciaron la fase química y le iban dando instrucciones al enfermero a mi lado para que me fuera inyectando los medicamentos que ellos le decían. Como ya los tenía preparados fue fácil irlos metiendo por la vía que llebava puesta. “Esto es echar gasolina al fuego, me explicaba el enfermero, lo que queremos es provocarte una arritmia fuerte para poder estudiarla. Tú no te preocupes que nosotros estamos aquí preparados para recuperarte si pasa algo”. Y qué harían si me da un infarto o se produce otro síncope, le pregunté. Me sonrió y señaló algo que yo no veía detrás de mi cabeza: ahí tenemos preparadas las planchas para darte un chispazo. Entonces entendí que él y otra chica no se apartaran ni un momento de mi cabeza. Lo que me iban inyectando no producía efectos y fueron aumentando la dosis.  Cuando ya les pareció que aquello no daba para más, dieron por finalizada la prueba. Sacaron los catéter y el enfermero se quedó apretando el agujero de la herida para que no saliera sangre. Le expliqué que yo solía andar mal de plaquetas y me prometió cinco minutos más de apriete. Y vaya si apretaba, tanto que dejé de sentir la pierna porque se dormía. La chica le avisó que no apretara tanto y lo  relajó un poco. Cuando acabó, me pusieron una cura presionante para que no saliera sangre. Bueno, más que cura fue un corsé que me cogía desde el estómago a media pierna y, efectivamente, con una presión enorme sobre el lugar de los pinchazos. Luego comenzó el suplicio chino de quitarme los electrodos que es un proceso de depilación a la brava. Más doloroso que toda la operación anterior. Las enfermeras, en lugar de ponértelos en zonas que ya ven depiladas de otros electrodos anteriores, lo que hacen es buscar lugares vírgenes y llenos de pelos. Quizás, para ir igualando la zona. Y cada quita y pon se convierte en un suplicio. Como no podía moverme para evitar los  hematomas y la hemorragia, el paso de la mesa de operaciones a la cama, fue mucho más divertido. Se han inventado una especie de tobogán por el que deslizan tu cuerpo. Pero en fin, la primera operación del día había acabado. Podía sentirme contento porque no se había producido arritmia pese a las provocaciones sobre el corazón, aunque eso alejara un poco más la posibilidad de tener un diagnóstico claro para mi síncope. Y volvimos para la habitación. Esta vez el camino se hizo más corto y llegamos bien. La fase más temida de aquel día penoso había acabado. Y sin especial sufrimiento.Aún no sabía yo cuánto me había equivocado con respecto a las pruebas de ese día.

Luego la mañana siguió su proceso. Y la espera de la segunda prueba siguió manteniendo el alto nivel de estrés, aunque esta vez, al tratarse de una resonancia magnética donde ya no había pinchazos, me parecía menos agobiante. Tardaron mucho en llegar a buscarme. Estaba programada para las 12, pero pasó la una y allí seguía yo. Lo malo de eso es que en cualquier momento pueden suspender la prueba si surge otra cosa urgente. Pero, al final, casi a las dos vinieron a buscarme. Tampoco fue fácil llegar esta vez. Van a tener que poner GPS en las camillas. Ya me estaban esperando y como el protocolo se parece de unos lugares a otros, yo ya podía anticipar con facilidad lo que venía después. Lo que sucede es que, en esta ocasión yo no me podía mover porque tenía la pierna derecha inmovilizada por la prueba anterior, así que tuve que dejar que hicieran ellas y ellos todo. También tiene su encanto que te muevan con la sábana de una cama a la otra.

Yo estaba tranquilo con la resonancia. Ya la había hecho alguna otra vez y recuerdo que en una ocasión hasta me dormí dentro del tubo al que te meten. Esta vez me alarmé un poco más a la vista de los preparativos que hicieron conmigo. Me ataron a la plataforma de una manera terrible, sobre todo el estómago: le pusieron algo que parecía una tabla encima, pasaron las cinchas por debajo del cuerpo y la ataron como si fuera un arnés al caballo. Yo que andaba con una costilla jodida por la caída me quedé templando entre la opresión y el dolor. Cómo será la cosa que hasta te preguntan si puedes respirar. Yo podía respirar, pero justito. Supongo que es para que no hagamos respiraciones abdominales sino torácicas pero la verdad es que agobia mucho. Por supuesto, otra vez infinidad de electrodos. Me sentía tan atado que les dije: de aquí no se les habrá escapado nadie, ¿no? No, hasta ahora no, me dijo la médico que tenía a mi lado. Y me advirtió, mire, esta prueba tiene dos cosas: mucho tiempo y que yo le iré diciendo que tome aire, que lo expulse y que se quede sin respirar. Y se lo diré unas treinta veces. Me parecieron muchas, pero bueno, ni me imaginaba lo que aquello iba a ser. Te ponen unos cascos para comunicarse contigo y te ponen en la mano una especie de botón para que lo aprietes si te sientes mal.

Pese a lo atado y apretado que estaba a la tabla, aún tuvieron que apretarme más para que todo el bulto que yo llevaba en la barriga cupiera por el tubo. Y allí fui. Al principio fue fácil pero tampoco pasaba nada. Me dediqué a relajarme y eché de menos no saber meditar pues hubiera sido una actividad cojonuda para ese momento. Había pasado ya mucho tiempo cuando oí, por primera vez, la orden, “Miguel, tome aire… échelo… quédese sin respirar nada, nada”. Eso hice. Se alargó un poco la fase de no respirar mientras se oían ruidos inclasificables en la máquina pero como estaba fresco lo conseguí bien. Enseguida el “respire normal, respire normal…”. Bueno, esto no es difícil, pensé pero, a la vez, comencé a preocuparme porque, decía para mí, como vayan a este ritmo, las 30 veces que me dijo la médico que habría de hacerlo se van a alargar muchísimo. Y así fue. Hacían lapsos enormes entre cada coger-echar-no respirar. Y mientras tanto  yo iba buscando temas en los que pensar sin agobiarme por la claustrofobia. Pensé en dar un repaso a mi vida, pero me pareció demasiado pretencioso. Creí que sería bueno pensar, sobre todo en situaciones agradables que me hubieran pasado, pero exigía demasiado pesado el esfuerzo de discriminar. ¿Pensar en mujeres?, me sugerí. Me parecióun tema interesante pero sobre el que yo que tenía poco material para hacerlo (si fuera mi amigo Jesús, ése podría ser un buen tema para mantener la mente ocupada, pensé con envidia). Pero mi mente se iba de unos lugares a otros, sin sistematicidad. Los temas se me acababan pronto y el tiempo se alargaba sin que yo fuera cubriendo el catálogo de las treinta voces que me tenían que dar los médicos. El tiempo iba pasando y solo de ven en cuando aparecían las instrucciones. Esperaba ansioso que comenzara algún ruido de la máquina pues eso presagiaba que tendría que coger aire, echarlo y quedarme sin respirar. En algún caso, los periodos de no respiración fueron tan largos que no conseguía llegar al final. Y el tiempo pasaba. Yo conseguía estar con los ojos cerrados pero, de vez en cuando, necesitaba abrirlos y me encontraba con el tubo amenazante a dos dedos de la cara. Los cerraba rápido y comenzaba la nueva pelea por buscar temas en los que pensar, pero era difícil controlar el pensamiento que se iba y venía. Yo quería evitar a toda costa en pensar en que estaba encerrado en un tubo y atado (lo único que podía mover eran los dedos de los pies y los de las manos), con la costilla machacada y los nervios a flor de piel. De vez en cuando sentía calor en la muñeca y en el pecho; pensé que me estaban inyectando algún tipo de contraste para que se viera mejor. El tiempo se alargaba, se me iba haciendo eterno. De vez en cuando llegaban las instrucciones, pero a cuentagotas. Para dármelas, el médico que lo hacía encendía el micro; entonces yo podía oír sus conversaciones en esas décimas de segundo. En una de ellas oí a una médica que decía la palabra cáncer. Me asustó. Enseguida quise tranquilizarme pensando que estarían hablando de otras cosas y que no podía referirse a mí, que no hay cáncer de corazón. De todas formas, la puñetera palabra quedó ahí como una mosca cojonera que daba vueltas cada vez que yo quería pensar en otra cosa. El tiempo, a esa altura se me estaba haciendo eterno. Sentía calor y noté que empezaba a sudar y al sudar, sentía, a la vez, un frío enorme. Vaya, pensé, seguro que me están inyectando alguna cosa que va excitando al corazón. Notaba cómo me caían los chorretes de sudor por la  cara y por la calva y cómo se iba encharcando lo que tuviera debajo de mi cuerpo, pero no podía moverme lo más mínimo, así que “eche o que hai”, me decía a mí mismo. También me sentía cada vez más cansado. Me costaba más seguir las instrucciones de tomar-echar aire y no respirar. “¿Qué tal está, Miguel?”, me dijeron por el altavoz. Estoy sudando mucho, les dije. Pero todo siguió adelante. Ahora era una médica la que me daba las instrucciones. Al  rato entró alguien en la sala y por la parte de atrás del tubo, por donde tenía la cabeza, comenzó a secarme un poco la cabeza. Poco podía hacer, de todas maneras porque todo estaba muy ajustado. No falta mucho me dijo. Y marchó. La cosa siguió adelante. Nuevas instrucciones, más periodos de no respirar, más ruidos inclasificables de la máquina, mayor esfuerzo por mi parte por mantenerme relajado. Casi ya no lo conseguía. Me empezó a preocupar que el corazón latía cada vez más fuerte, que yo sudaba cada vez más y que estaba helado, que no había como sacarme de la cabeza que aquello no iba bien. Aguanté otros diez minutos pero ya en proceso de incipiente angustia y no pude más. Toqué el timbre. Me preguntaron si estaba bien y les dije que sudaba mucho y tenía mucho frío. Me dijeron que ya faltaba poco. Traté de tranquilizarme y seguimos con el ritmo cansino de tome aire-échelo-no respire nada, nada. Yo ya me sentía mal. Creí que me daba un infarto allí dentro. Me consolaba diciendo que ellos debían notar cómo iba mi corazón pues para eso tenía los electrodos puestos. Además el orgullo me impedía quejarme. No puede ser “llegar a la orilla y ahogar”, me decía. Y de nuevo tome aire- échelo- no respire… Y el tiempo seguía. Al final, ellos mismos trataban deanimarme. “Sólo un minutiño, Miguel”. No fue un minuto, pero se lo agradecí. El tiempo siguió y allá cuando ya tenía perdida cualquier esperanza de que aquello acabara alguna vez oí que decían “ya hemos acabado”. Estaba tan agotado que ni me alegré. Hasta hubiera vuelto a tomar aire- echar y dejar de respirar. Aún tardaron un rato en entrar en la sala y algo más en que la tabla sobre la que yo estaba comenzara a deslizarse hacia afuera.  Cuando abrí los ojos, vi a los médicos: “¿Cómo está?”, me preguntó uno de ellos. Agotado, le dije, y helado, pónganme una manta por encima les supliqué. Había pasado una hora y media dentro de aquel tuvo. Me pareció una eternidad y fue, sin duda, la prueba más dura que yo he hecho en mi vida. “Ha estado usted magnífico, dijo para animarme, se ha portado de maravilla”. Bueno, pensé para mí, escaparme, que era lo que me hubiera apetecido al final, no era fácil, así que no tengo tanto mérito”.

Me fueron liberando de los arneses. Me volvieron a hacer ver las estrellas al sacarme los electrodos. Me cambiaron a la cama con ese ingenioso sistema rodante que ya había probado por la mañana y volvimos a la habitación. Esta vez con un camillero que se estrenaba en el hospital. Ni puta idea de adonde debíamos ir. Le dijeron que al salir del ascensor a la izquierda, pero en el laberinto del hospital esa es una información poco eficaz porque a la izquierda hay todo un laberinto de puertas y pasillos por el que, obviamente, nos perdimos. Yo tampoco podía orientarle mucho, así que el pobre tenía que ir preguntando. Al final fue otro camillero que pasaba por allí el que al verle tan despistado le preguntó dónde iba y le indicó el camino correcto. Al final llegamos a la habitación. Por lo que me cuentan, llegué blanco leche y con el tono vital bajísimo. Como eran ya las 4:30 de la tarde apenas había personal de limpieza, así que tuve que resignarme a quedarme chirriao como estaba.

Bueno, mal que bien había acabado ese día nefasto de las dos pruebas. Lo hicieron por mi bien, para que no se demoraran mucho en el tiempo pero, creo que es demasiado para el cuerpo y para el corazón. Por la mañana lo castigaron duramente para ver si reaccionaba y poco después ese agobio de sonares y angustias de encierro. Mi pobre patata no sé si está para esos trotes, aunque hoy se ha portado muy bien.

martes, febrero 26, 2013

Tiempo de pensar



Eso fue lo que me dijo mi hijo. “sabes, pai, vas a tener mucho tiempo estos días de hospital y podrías aprovecharlo para dos cosas, para pensar y para coger carrerilla en la cosa de la dieta y aprovechar los dos kilitos que perderás en esos días para mantener el ritmo y seguir en casa”. O sea, tiempo para pensar y tiempo para adelgazar.
Con lo de la dieta no estoy seguro porque aquí nos pasamos el día comiendo. Claro que sin gota de sal, pero hay mucho arroz, patatas, pan. La verdad es que no se pasa hambre en el hospital. Eso sí, está todo tan ajustado en los horarios que es escuchar las ruedas del carrito que trae la comida y todos nos ponemos a salivar. Así que, en cuanto te ponen la bandeja a los pies de la cama, saltamos de inmediato a por ella. Da lo mismo que la comida te la traigan a la una del medio día o la merienda a las 5 y la cena a las 8. No pasamos hambre pero tenemos ganas de comer. Buena señal.En fin, van pasando los días y los sinsabores. A mí me han hospitalizado para hacerme pruebas. En esas estamos.

El primer día de hospital comenzó temprano. A las 7 de la mañana no es que toquen diana pero comienza una movida tal que ya da lo mismo que estés en pleno sueño o no. Además, si se día te toca  alguna prueba comienza una preparación concienzuda desde el amanecer. Bueno, ya desde la noche anterior que vienen a poner un cartelito en tu cabecera: EN XAXÚN. Está en gallego y significa, en ayunas.  Pero significa, además, que esa mañana tú vas a ser objeto de cuidados especiales.

El primero, que te vienen a lavar. A mí me hacía mucha gracia cuando me lo contaban amigos que habían pasado por ello, pero esta vez me tocó a mí. Aparecieron dos auxiliares de enfermería experimentadas que me dejaron como una patena en un santiamén. A tomar por el saco cualquier resto de pudor que me pudiera haber quedado de la noche anterior. Ellas van a lo suyo y no se paran en milongas. De los pies a la cabeza, incluidas partes sensibles que son zarandeadas de un lado para otro sin especial consideración. No he llegado a entender cómo hace para no poner perdida la cama pues no escatimaban el agua y el jabón. Pero no, acabaron la fregotina, hicieron la cama (qué maravilla como te mueven sin moverte, cómo meten la ropa por debajo de ti, cómo te dan media vuelta y ya estás con la cama hecha, limpio, con la batita de marras para medio ocultar tus partes delanteras) y me dejaron en perfecto estado de revista.

Luego viene la espera hasta que llega el celador a llevarte a la sala de torturas. Una espera difícil que, con frecuencia, se alarga. Y no sabes si alegrarte porque se alarga o desesperarte por ese aplazamiento del suplicio. La primera prueba que me iban a hacer era el cateterismo. No me asustaba demasiado porque ya se lo habían hecho varias veces a mi padre y mis hermanos, también a otros amigos que pasaron por esto. Así que me dejé llevar sin aprensiones. Sales en cama por los pasillos y te extrañas de la situación. Has pasado por eso mismo muchas veces pero siendo otros lo que van en la camilla y tú quien los ves pasar y te compadeces de ellos (los pobres, unas veces con una cara macilenta y de enfermo, otras con temor que se expresa muy bien en el rostro, siempre resignados). La cosa es que, esta vez eres tú quien va en la camilla, quien ve las miradas compasivas de quienes están sentados en las salas de espera, quien pone la cara de resignado. La gente es buena, en todo caso, y te mira como diciendo “¡que haya suerte, colega!”.

Tras la excursión por los pasillos llegas al quirófano. Bueno, no son aquella cosa que asusta, pero de todas formas, imponen mucho tanta máquina y parafernalia. De la cama a la camilla que es estrecha de carajo. Y comienza el proceso: nuevo despelote para después taparte con esa tela verde. Es curioso cómo los médicos te reducen a ser un cuerpo, pero luego lo tapan, salvo la zona concreta donde van a actuar. Es como si el resto los distrajera. O como si no quisieran que los miraras (incluso cuando me pusieron los implantes me taparon entero, incluida la cabeza, salvo un orificio para respirar y otro para que ellos actuaran sobre la boca). Vamos, que te operan con un burka.  También puede ser que, como van a utilizar diversos utensilios, prefieren protegerlo.

En fin, bien tapadito, comenzó el cateterismo. En mi caso desde la muñeca. Más cortito. “El primer pinchazo es para la anestesia y te va a doler un poco”, me advirtió la médico. Y así fue. La jeringuilla cruzó entre los huesecillos de la muñeca y buscó la arteria. Bueno, fue duro pero soportable. Después ya todo resultó fácil. Sientes que te fozan en la muñeca, que van metiéndote cosas (mejor no verlo, ni siquiera imaginarlo). Al rato les pregunté si ya habían llegado al corazón y me dijeron que no. Sentí que algo subía por el hombro y poco después me anunció la cardióloga que ya estaba en las arterias del corazón y que lo que veía le gustaba mucho. Es curioso, están actuando en tu sancta sanctorum y casi ni te enteras. No tardó mucho y dijo que ya había inspeccionado dos y que iba a por la tercera. Y después que estaba todo perfecto. ¡Guai!, pensé, mientras empezaba a pensar cómo sacarían el catéter que habían metido con tantas curvas y revirivueltas por la arteria. Pero, la verdad, ni me enteré. En un jesús me pusieron una especie de pulsera en la muñeca que apretaba el orificio y me mandaron de vuelta a la habitación. Primero, claro, tienen que quitarte el mar de cables y electrodos que me habían puesto. Y allí volví a mi cubículo y que empezaba a ser mi pequeño hogar.
Yo seguía en xaxún y me quedé ansioso esperando que sonaran las ruedecillas del carro de las comidas. No faltaba mucho, afortunadamente. Por la tarde las primeras visitas y, sobre todo las llamadas a mi casa. Dudé mucho si sería conveniente preocuparlos pero, al final, lo hice. Como yo mismo me sentía bien y con voz serena, me atreví. Comencé por mi madre intentando que no se alarmara. Ella es fuerte pero no está para alarmas innecesarias. Así que le conté lo que pasaba y se lo tomó con mesura. Después fue mi hermana (las mujeres parece que son las que nos dan más seguridad) y con ella casi compartí dolores pues, también, andaba pachucha. A los otros hermanos les fui dejando avisos. Jugaba el Osasuna y ellos estaban disfrutando de su fútbol. También yo lo hacía indirectamente y, menos mal, su triunfo fuera de casa me alegró la tarde que hasta entonces había sido bastante aburrida.
Claro que el aburrimiento se multiplicó los días siguientes. Días de espera a que llegaran las otras pruebas. Días de pensar, como quería mi hijo. De pequeños paseos por el pasillo de la sección de intermedios (como estaba monitorizado con un aparatito que enviaba los datos a los ordenadores del cuarto de enfermeras, no me podía salir de la zona de cobertura pues el bicho comenzaba a pitar). Días de leer la prensa y mirar el correo electrónico.  Días también para tranquilizarme e ir asentándome en aquel espacio en el que aún tenían que pasar muchas cosas. ¡No es fácil la vida del paciente!

domingo, febrero 24, 2013

Y todo se fue al carajo.



No da mucho tiempo a pensar, la verdad, cuando pasa algo de eso. Primero, que no tienes experiencia. Y luego que todo es tan rápido, tan inesperado que tú mismo te quedas sorprendido.
Yo había pasado una mañana de domingo estupenda jugueteando con los sobrinos-nietos en la Ciudad de la Cultura y comiendo después con ellos en una pizzería. Todo muy familiar y agradable. Y tras la comida nos despedimos de ellos y regresamos a casa. Obviamente, lo que siguió a eso fue una siestecita en el sofá mientras seguíamos la voz of the record de quien hablaba en la televisión (alguna película de sobremesa que no  recuerdo). Desperté, como siempre, en esos despertares a cámara lenta en los que vas recuperando, poco a poco, la consciencia. Fue entonces, ya cuerdo y presente, cuando me levanté del sofá para buscar algo. He de bordear la mesita baja donde ponemos las cosas(y a veces los pies) mientras estamos en el sofá  para salir de la sala, y en esas estaba cuando sentí, como en otras ocasiones cuando me agacho a recoger algo y me levanto rápido, un pequeño mareo. Normalmente eso se resuelve esperando de pie unos segundo hasta recuperar el equilibrio. Solo que esta vez no iba de eso y caí redondo al suelo. Y todo se fue al carajo.
Primero es la nada, no sabes qué pasa solo que te estás yendo al suelo tirando sillas y todo lo que se pone por delante. Luego los gritos de quien está contigo. Luego la sorpresa de verte tendido en el suelo, magullado y sin poder explicar qué coño ha pasado. Todo en pocos segundos (vamos, al menos ésa es la sensación que tú tienes). Es curioso cómo una vida puede cambiar en pocos segundos. Así, sin comerlo ni beberlo. Sin preaviso.
Mientras Elvira llamaba angustiada por teléfono y me mandaba quedarme quieto, yo no salía de mi sorpresa. Te puedes caer por un tropezón o un mal paso. De eso ya tienes experiencia. Pero caerte así por las buenas, porque has perdido el conocimiento, es raro. Ella llamaba por teléfono, yo le decía que no había pasado nada, que estaba bien (salvo el leñazo en las costillas al chocar con la silla). Y por mi cabeza pasaba toda una película de destrozos: a tomar por el saco todos mis planes para los próximos meses (el viaje a México para el que faltaban dos días; el proyecto de Perú; los Congresos que tengo por delante, todo). Me había pasado una cosa así cuando tuve un accidente de coche: mientras el coche derrapaba y cruzaba milagrosamente entre árboles para ir a chocar contra la rueda trasera de un tractor (¡ya es tener suerte, que de todos los árboles, muros, terraplenes contra los que pude chocar y destrozarme, ir a hacerlo contra la enorme rueda de atrás de un tractor, algo mullido y acogedor!), yo iba repasando mi vida, pero sobre todo los proyectos que tenía por delante y que tendría que anular. Pues ahora me pasó lo mismo. Como se lo he tenido que contar múltiples veces a los amigos y familiares, he ido perfeccionando el relato. Lo que me pasaba por la cabeza, les he dicho, era como un gran montón de escombros. El edificio que había planeado para los próximos meses, lleno de viajes y conferencias, convertido en escombros.

Después me levanté y sentí que estaba bien. Con el miedo metido en el cuerpo, desde luego.  Incluso salimos a la calle y hasta pensamos en ir al cine como solemos hacer los domingos. Solo que se impuso el buen criterio del hijo cardiólogo que nos envió a urgencias. Has tenido un síncope, me dijo, y eso es grave. Así que caía la tarde cuando entramos en urgencias. Con suerte esta vez porque me llamaron enseguida y ahí comenzó esta nueva fase de mi vida. La de enfermo cardíaco.

Es curioso esto de entrar en un hospital. Yo lo había hecho muchas veces como acompañante o como visita, pero nunca como paciente. Es un proceso muy especial. Para un psicólogo como yo, resulta toda una aventura personal e intelectual.
Lo primero de todo es que tú mismo cambias el chip. Entrar en el hospital es como renunciar a ti mismo, alienarte, dejarte en manos de otros que harán de ti lo que consideren oportuno. Es como un acto de fe en la institución. Para mí no representó demasiado problema. Soy buen paciente (y ya lo dice la propia palabra, el paciente debe ser alguien que se llene de paciencia). Tampoco me cuesta resignarme. Va en mi ADN. Y resignarse es un sentimiento que va unido a la categoría de paciente hospitalario. O sea, que reúno buenas cualidades para ser un buen paciente. Y allí entré. Me sentaron en una silla de ruedas y me llevaron “adentro”.

Curiosamente, lo primero que pasa es que te desnudan. Es muy simbólico eso. Desaparece el personaje, lo que tú eres por tu apariencia, por tus gustos, por tu forma de presentarte. Todo lo que representamos con nuestra ropa. Y se queda solo el cuerpo. Te reducen al cuerpo, a esa amalgama de carne, funciones fisiológicas, órganos y demás componentes del soma. Eso es lo que los médicos van a tratar. Toda la policromía del atrezzo con que nos adornamos se queda reducida a esa curiosa bata abierta que te deja el culo al aire. Adiós, también, al pudor. Todo lo que ocultabas en la vida ordinaria se pone al descubierto.

Así que en pelotas a la camilla que te toca. Primero, claro, en uno de los cubículos de urgencias: la camilla y una cortina que te separa del otro enfermo que está un poco más allá. Y comienzan las pruebas: te toman el pulso, la tensión, la temperatura, te sacan sangre, te empiezan a agujerear poniéndote una vía (que como me la pusieron en el brazo derecho, luego tuvieron que cambiarla al izquierdo), a afeitarte (a mí me pelaron la muñeca derecha y la toda ingle: un trabajo de aliño). De pronto apareció una especie de grúa y pensé qué exagerados si me han de cambiar a otra camilla no precisaban grúa, lo puedo hacer yo mismo. Pero no era eso, era una máquina portátil de radiografías. Bueno, pues radiografías del pecho. Fue curioso porque la médico que las hacía gritaba en voz alta. ¡Ojo, rayos, todos fuera! Luego trajeron a urgencias a una señora que gritaba desconsolada “¡¡eu morro, eu morro!!” (me muero, me muero) mientras las enfermeras trataban de tranquilizarla. Dos camillas más allá había alguien que suspiraba y repetía como un karma, ¡Dios mío, Dios mío! Al poco oí a alguien gritar en el pasillo: “¿Quién ha visto al de la funeraria?” Mucho follón.

Después llegó una médico que volvió a preguntarme qué me había pasado. Yo comencé…”como ya le he dicho a su compañero…”, pero enseguida me cortó: No, quiero que me lo cuente a mí. Y empecé de nuevo la historia. Ella estaba obsesionada con los detalles: y cómo se levantó del sofá, y cuántos pasos dio, y cuánto tiempo perdió el conocimiento, y qué cara tenía cuando se cayó (las alternativas eran chocantes: estaba amarillo, blanco, rojo),  y cómo me quedé en el suelo (que si despatarrado o bien colocado). En fin, seguro que todas son preguntas sensatas pero tanta precisión en un momento así, resulta difícil. Además, como estaba con mi mujer, bastaba que yo escogiera una alternativa para que a ella le pareciera más acertada otra.

Y así, se fue echando la noche. La cosa se alargó porque, al parecer, la gente se había ido a cenar (y yo allí con un hambre que me moría). Pero, al final, tras un buen rato me llevaron a la habitación. Zona intermedia, me dijeron, ni con los enfermos críticos ni con los de planta.
Y así llegué a la primera noche. Estaba solo en la habitación y como me sentía bien no quise que nadie se quedara conmigo. Al final, aquello era como una noche más de las que suelo pasar en los hoteles de medio mundo.

viernes, febrero 22, 2013

10 MUJERES



Retrato implacable del alma femenina”, dice el subtítulo de este libro de Marcela Serrano, la extraordinaria novelista chilena. Desde luego es un retrato, pero no tiene nada de implacable, al menos si ese adjetivo se entiende como una actitud inmisericorde y cruel. Todo lo contrario, hay mucho de piedad, de cariño en la forma de contar las historias de estas diez mujeres. Un libro precioso, tengo que decir. Uno sabe poco de mujeres (y cada año que pasa, menos). Ellas saben guardar bien el misterio y hacer fintas y regates que te despistan. Y así se va manteniendo esa sensación de complejidad y enigma. Sin embargo, cuando ellas cuentan su historia, así a borbotones y como si nadie las escuchara, en realidad, nos parecemos mucho.
A Marcela Serrano le gusta novelar reuniones de mujeres en un espacio cerrados, más proclives a las confidencia. Ya lo hizo en El albergue de las mujeres tristes y lo vuelve a hacer ahora con 10 Mujeres. En esta ocasión las reúne en una casa de campo a las afueras de Santiago (de Chile), en los aledaños de la cordillera andina. Son mujeres que están en terapia con una psicóloga y se reúnen allí para una sesión de grupo de fin de semana. Y nos cuentan su vida. La coreografía es sencilla (de aprendiz de novelista) pero el resultado es fantástico. Sobre todo para quienes nos gustas los diarios o las autobiografías. Nos gusta poder llegar al alma de las personas, tenemos cultura de voiyeur. Eso que tanto cultiva ahora la televisión con esos dramones de plató.
En fin, lo de las diez mujeres de Marcela Serrano es mucho más serio e interesante. Son historias realmente fuertes, cada una con su propio calvario personal, pero todas llevándolo con una inmensa dignidad personal. Comienza la primera historia, Francisca, diciendo “odio a mi madre” y a partir de ahí se trenza su historia desde niña hasta que llegó a la consulta de Natasha, la psicóloga que las convocó a ese fin de semana. Ana Rosa, comienza su relato recordando que la frase preferida de su madre era que tenía una hija insustancial (ya hay que ser rebuscada y cruel). Y así una tras otra te van contando su vida, sus amores, su relación con la vida y con el mundo. ¡Cuántas cosas encierra una vida! A veces se tuerce y parece que todo se convierte en una conspiración. Otras veces, el mundo y la vida son más agridulces. Pero en todas las historias (las de ellas y las de cada uno de nosotros) acaban estando los mismos ingredientes: la infancia, la familia (la de origen y la que después cada uno va formando), el sexo, el trabajo, la edad, la vida. En algunos casos aparece la enfermedad o la pobreza o la droga y todo se hace más complicado. Pero en el fondo lo que más se nota es cómo la vida va buscando su cauce para avanzar. Somos como un río que va avanzando, a veces haciendo meandros complejos que lentifican la marcha, otra con saltos y cascadas que te dejan caer en el vacío, pero siempre sigues. Ninguna de las diez historias es la historia de un parón, de un estancamiento que renuncie al futuro. Esa es la sensación que te queda al final: que hay mucha vida en las vidas de estas mujeres.
¿Y si en lugar de ser historias de mujeres hubieran sido historias de hombres, cambiaría mucho la cosa? Creo que no. Quizás en detalles, pero no en lo fundamental. En el fondo, como decía, nos parecemos bastante. Vamos eso creo después de esta sobredosis de realismo vital.
Y luego, como en toda novela buena, uno se queda con retazos preciosos. Frases o ideas que merece la pena anotar y quedarse con ellas. Cuando me encuentro con alguna de ellas mientras leo, voy doblando la esquina inferior de la página para no olvidarme. Esta vez el libro ha quedado hecho un cromo de tantas dobleces. Cierto es que hay que situarlas en la historia de quien las dice pero, incluso así, descontextualizadas, son hermosas. Aquí dejo algunas de ellas:
-“Un marido es un lugar. Un lugar de solidez. De pureza, incluso, si una se empeña. Me hacía falta un lugar de sosiego” (Mané, p. 57). ¿Qué interesante, no? Un marido es un lugar. “¡Tú eres mi lugar, querido! Creo que no habría podido resistir un piropo tan sugerente.
Y ella misma sigue en su soliloquio. “Amar y ser amada, según me han confirmado el tiempo y los ojos es raro. Muchos lo dan por sentado, creen que es moneda común, que todos, de una u otra forma, lo han experimentado. Me atrevo a afirmar que no es así. Yo lo veo como un enorme obsequio. Una riqueza. Son tantas las personas que no lo conocen, no es un bien que se encuentre en cada esquina. Es como que te toque la lotería. Te transformas en una millonaria” (p. 58).
Ella misma, que era la mayor del grupo, hace muchas reflexiones sobre la vejez. “Ser vieja es estar siempre cansada. Es despertarte cansada, es andar cansada durante el día y acostarte cansada”(p.59). “La vejez es, también, dejar de reírse” (p.61).
A Simona que era una chica bien, es el lenguaje el que le va poniendo sobre la vida y le va descubriendo mundos: “Y el lenguaje: maldito y bendito a la vez, el que nunca descansa, el que desenmascara todo, el que te sitúa en un espacio en el mundo, el que te da identidad. También el que te hace mostrar la hilacha”(p. 119). En su entorno había muchas palabras indecibles. Unas por pijas, otras por progres. Y desde luego las palabrotas (garabatos, en Chile). Se sorprendía cuando se había acostado con alguien que era capaz de decir “ambo” (el traje de dos piezas) sin sonrojarse.
Muy interesante la historia de Simona y sus relaciones matrimoniales. “Entonces me digo: ¡abolir la cantidad de obligaciones sociales maritales! Ya cada ser humano tiene bastante con las suyas, pero ¿además tomar las de la pareja como propias? Acompañar a otro es a veces bonito. Ven, acompáñame, estoy solo. La acción de ir hace aquel otro por sí mismo tiene sentido. Yo, sujeto primero, acompaño a sujeto segundo y el verbo acompañar se cierra hermosamente. Pero cuando la acción se alarga a terceros: ve, acompáñame a acompañar a otros… No, eso no.
“Una pareja se compone de dos personas autónomas, ¡no es una amalgama única, por Dios!”.
“Creo que cada ser humano nace con una porción determinada de capacidad para aburrirse. A algunos, qué duda cabe, les tocaron porciones más grandes que a otros. Pero pienso que debemos estar atentas al momento en que la nuestra se va acabando, tenemos el deber de verlo a tiempo. Si no te das cuenta, puedes colapsar de formas bastante fatales. ¡Ojo! Ya viviste tu pedazo de aburrimiento entero? Entonces retírate, corta, termina. No te hagas daño” (p.135)

Y la propia Simona señala: “No estoy sola cuando estoy sola”. “La condición para que una visa así resulte es la de entretenerse consigo misma. La de tenerse. Sin los recursos interiores,pues nada. Samuel Beckett escribió una frase que suelo citarme en silencio cuando me viene la duda sobre mi proceder: (p.141).

El caso de Layla es más duro porque heredó el sufrimiento ocasionado por los nazis y a alió con el trago al encontrarse sin salidas. “Mi única certeza era que la realidad se había convertido en una región helada e infeliz donde yo no quería habitar”. (p.165)

Andrea dice aquello que yo también he sentido a veces. “Recordé aquella manida frase de que el viaje no se hace sino que él te hace a ti – o te deshace- y pensé en viaje como desaparición” (p.230).

El problema de Andrea era su éxito televisivo. Y también ella deja frases interesantes. “Es raro que la palabra que mejor defina mi vida sea el éxito. Las penas, los dolores, la incertidumbre, todo aquello cubierto por la pátina de esas cinco letras” (p. 234). Y en otro momento trae a colación una frase oportunísima de James Joyce “Ya que no podemos cambiar la realidad, cambiemos la conversación” (p. 236). Es lo que me gustaría hacer a mí con este revoloteo obsesivo por la crisis, la corrupción, la política. Un poco está bien, pero que no haya otra cosa más esperanzada de que hablar es insufrible.
Y ella misma, la mujer de éxito en lo de afuera reconoce que no lo tiene tanto en lo de adentro. “Fernando me ama pero no me quiere. Las parejas que pelean suelen tener buen sexo. Si se piensa no es raro, tanto una cosa como la otra derivan de la pasión. En mi caso, me quedaron solo las peleas. Cuando se acaba la pasión, cambia el reclamo, cambia la atención interior. No más vendavales que lo borran todo. No más sexo.
El sexo es como la red que protege al equilibrista. Está ahí para contener la caída. Si la red no existiera, supongo que tampoco existiría el equilibrismo. Entonces, cuando por alguna razón la red ha sido retirada, ¿cómo te proteges? Puedes hacer la acrobacia que desees en la altura y reproducir grandes sobresaltos y miedos y desajustes, porque sabes que la red te espera y que te abrazará y detendrá el terror de la caída. Es parte del juego, es la ley del juego. Y un día la red ya no está… y el equilibrista, preso en sus propios hábitos, insiste en seguir haciendo las acrobacias. Tienta al vacío. Baja la altura de la cuerda para correr menos riesgos. Para poder caerse. Y, por supuesto se cae. Y se llena de heridas. Nada lo sujeta ya.
La libido, como la red, está  al acecho, preparándose, nunca en sosiego, expectante. Ya en sus garras, cualquier pasado, cualquier maltrato, cualquier miedo se anula.
Esa es la acción del sexo: restañar. La explosión, la pelea, el gesto hiriente, todo cabe dentro de la pareja porque tarde o temprano recurrirán al sexo que sanará toda herida, o al menos hará el amago de sanación. Cuando el sexo desaparece, las heridas quedan a flor de piel, ya no se cierran. (p. 243-244). Difícil decirlo mejor.

Muy interesante el libro. Toda una radiografía de la vida, vista en femenino (o quizás, no; yo me he sentido identificado con muchísimas cosas de todas ellas). Casi se podía decir aquello que la canción de Sabina atribuía a la poesía de Gala: oye qué poesías, si sabe de una cosas que ni una sabe que sabía.

miércoles, febrero 20, 2013

De vuelta al redil

Se ha hecho larga, de carajo, la cuesta de Enero. Tanto que algunos hemos tardado en subirla hasta mediados de Febrero. Pero bueno, se logró y aquí estamos de nuevo, de vuelta al redil.

El blog me mira con suspicacia. No sé si lo hace como un padre que mira a su hijo que llega las cuatro de la mañana o como la señora que mira a su gato que regresa a casa después de varios días perdido pero suponiendo que en ese tiempo ha hecho de las suyas. No es mi caso, la verdad. Anduve enclaustrado primero por los exámenes y otros avatares que se comieron medio Enero y, después, porque me había comprometido a concluir un libro para primeros de Febrero y no fui capaz. Así que la cosa se alargó. 

Todo bien, de momento, blog. Gracias!. 
Y qué frío, oye! Estamos en un invierno de los de veras. En Galicia, aún vaya por Dios, lo vamos llevando mal que bien. Con frío y mucha lluvia, pero es lo típico nuestro. Pero cuando ves en la televisión esas tempestades de nieve en Navarra y el Pirineo... qué cosa! Me recuerda mucho mi infancia en Saigós, un pueblico del norte de Navarra, tocando a Zubiri a donde íbamos todos los días a la escuela. Bueno, cuando nevaba así, no, claro. Pero las nevadas de entonces eran como las de estos días pasados. Recuerdo que teníamos que hacer con palas un pasillo en la nieve, que medía metro y pico de altura, para salir de casa. Era emocionante. Y mi padre, que era caminero de la Diputación de Navarra, nos vino diciendo un día que allá por la zona de Erro cuando estaban quitando la nieve de la carretera se le había caído encima uno de esos muros que hacían en la nieve y a poco estuvo de palmarla. Menos mal que lo rescataron enseguida.

La nieve duraba varias semanas entonces. Era buen tiempo para cazar gorriones. Les poníamos un poco de estiercol en la nieve y allí disimulado un cepo. Supongo que ellos distinguían esa mancha oscura en el blanco de la nieve y se iban a comer. Pero los que los comíamos después en casa éramos nosotros. Pobres bichos.

Bueno, ya se ve que hoy no estoy para altas elucubraciones. Tengo el cerebro un poco seco después del esfuerzo de estos días con el libro. Hay que dejarlo que se refresque un poco. Pero lo importante es superar ese primer momento de azoramiento (embarrassed) de cuando llegas a casa después de un tiempo. Una buena estrategia es hablar de cualquier cosa hasta que uno se va adaptando y la mirada de los otros se va templando. 
Hasta veo que el blog, sonríe un poco.
Pues nada, situación salvada. Ahora ya solo se trata de volver a la normalidad.

Angel

(La imagen es de comunero-comunerolandiaalosotrospoemas.blogspot.com )