martes, febrero 26, 2013

Tiempo de pensar



Eso fue lo que me dijo mi hijo. “sabes, pai, vas a tener mucho tiempo estos días de hospital y podrías aprovecharlo para dos cosas, para pensar y para coger carrerilla en la cosa de la dieta y aprovechar los dos kilitos que perderás en esos días para mantener el ritmo y seguir en casa”. O sea, tiempo para pensar y tiempo para adelgazar.
Con lo de la dieta no estoy seguro porque aquí nos pasamos el día comiendo. Claro que sin gota de sal, pero hay mucho arroz, patatas, pan. La verdad es que no se pasa hambre en el hospital. Eso sí, está todo tan ajustado en los horarios que es escuchar las ruedas del carrito que trae la comida y todos nos ponemos a salivar. Así que, en cuanto te ponen la bandeja a los pies de la cama, saltamos de inmediato a por ella. Da lo mismo que la comida te la traigan a la una del medio día o la merienda a las 5 y la cena a las 8. No pasamos hambre pero tenemos ganas de comer. Buena señal.En fin, van pasando los días y los sinsabores. A mí me han hospitalizado para hacerme pruebas. En esas estamos.

El primer día de hospital comenzó temprano. A las 7 de la mañana no es que toquen diana pero comienza una movida tal que ya da lo mismo que estés en pleno sueño o no. Además, si se día te toca  alguna prueba comienza una preparación concienzuda desde el amanecer. Bueno, ya desde la noche anterior que vienen a poner un cartelito en tu cabecera: EN XAXÚN. Está en gallego y significa, en ayunas.  Pero significa, además, que esa mañana tú vas a ser objeto de cuidados especiales.

El primero, que te vienen a lavar. A mí me hacía mucha gracia cuando me lo contaban amigos que habían pasado por ello, pero esta vez me tocó a mí. Aparecieron dos auxiliares de enfermería experimentadas que me dejaron como una patena en un santiamén. A tomar por el saco cualquier resto de pudor que me pudiera haber quedado de la noche anterior. Ellas van a lo suyo y no se paran en milongas. De los pies a la cabeza, incluidas partes sensibles que son zarandeadas de un lado para otro sin especial consideración. No he llegado a entender cómo hace para no poner perdida la cama pues no escatimaban el agua y el jabón. Pero no, acabaron la fregotina, hicieron la cama (qué maravilla como te mueven sin moverte, cómo meten la ropa por debajo de ti, cómo te dan media vuelta y ya estás con la cama hecha, limpio, con la batita de marras para medio ocultar tus partes delanteras) y me dejaron en perfecto estado de revista.

Luego viene la espera hasta que llega el celador a llevarte a la sala de torturas. Una espera difícil que, con frecuencia, se alarga. Y no sabes si alegrarte porque se alarga o desesperarte por ese aplazamiento del suplicio. La primera prueba que me iban a hacer era el cateterismo. No me asustaba demasiado porque ya se lo habían hecho varias veces a mi padre y mis hermanos, también a otros amigos que pasaron por esto. Así que me dejé llevar sin aprensiones. Sales en cama por los pasillos y te extrañas de la situación. Has pasado por eso mismo muchas veces pero siendo otros lo que van en la camilla y tú quien los ves pasar y te compadeces de ellos (los pobres, unas veces con una cara macilenta y de enfermo, otras con temor que se expresa muy bien en el rostro, siempre resignados). La cosa es que, esta vez eres tú quien va en la camilla, quien ve las miradas compasivas de quienes están sentados en las salas de espera, quien pone la cara de resignado. La gente es buena, en todo caso, y te mira como diciendo “¡que haya suerte, colega!”.

Tras la excursión por los pasillos llegas al quirófano. Bueno, no son aquella cosa que asusta, pero de todas formas, imponen mucho tanta máquina y parafernalia. De la cama a la camilla que es estrecha de carajo. Y comienza el proceso: nuevo despelote para después taparte con esa tela verde. Es curioso cómo los médicos te reducen a ser un cuerpo, pero luego lo tapan, salvo la zona concreta donde van a actuar. Es como si el resto los distrajera. O como si no quisieran que los miraras (incluso cuando me pusieron los implantes me taparon entero, incluida la cabeza, salvo un orificio para respirar y otro para que ellos actuaran sobre la boca). Vamos, que te operan con un burka.  También puede ser que, como van a utilizar diversos utensilios, prefieren protegerlo.

En fin, bien tapadito, comenzó el cateterismo. En mi caso desde la muñeca. Más cortito. “El primer pinchazo es para la anestesia y te va a doler un poco”, me advirtió la médico. Y así fue. La jeringuilla cruzó entre los huesecillos de la muñeca y buscó la arteria. Bueno, fue duro pero soportable. Después ya todo resultó fácil. Sientes que te fozan en la muñeca, que van metiéndote cosas (mejor no verlo, ni siquiera imaginarlo). Al rato les pregunté si ya habían llegado al corazón y me dijeron que no. Sentí que algo subía por el hombro y poco después me anunció la cardióloga que ya estaba en las arterias del corazón y que lo que veía le gustaba mucho. Es curioso, están actuando en tu sancta sanctorum y casi ni te enteras. No tardó mucho y dijo que ya había inspeccionado dos y que iba a por la tercera. Y después que estaba todo perfecto. ¡Guai!, pensé, mientras empezaba a pensar cómo sacarían el catéter que habían metido con tantas curvas y revirivueltas por la arteria. Pero, la verdad, ni me enteré. En un jesús me pusieron una especie de pulsera en la muñeca que apretaba el orificio y me mandaron de vuelta a la habitación. Primero, claro, tienen que quitarte el mar de cables y electrodos que me habían puesto. Y allí volví a mi cubículo y que empezaba a ser mi pequeño hogar.
Yo seguía en xaxún y me quedé ansioso esperando que sonaran las ruedecillas del carro de las comidas. No faltaba mucho, afortunadamente. Por la tarde las primeras visitas y, sobre todo las llamadas a mi casa. Dudé mucho si sería conveniente preocuparlos pero, al final, lo hice. Como yo mismo me sentía bien y con voz serena, me atreví. Comencé por mi madre intentando que no se alarmara. Ella es fuerte pero no está para alarmas innecesarias. Así que le conté lo que pasaba y se lo tomó con mesura. Después fue mi hermana (las mujeres parece que son las que nos dan más seguridad) y con ella casi compartí dolores pues, también, andaba pachucha. A los otros hermanos les fui dejando avisos. Jugaba el Osasuna y ellos estaban disfrutando de su fútbol. También yo lo hacía indirectamente y, menos mal, su triunfo fuera de casa me alegró la tarde que hasta entonces había sido bastante aburrida.
Claro que el aburrimiento se multiplicó los días siguientes. Días de espera a que llegaran las otras pruebas. Días de pensar, como quería mi hijo. De pequeños paseos por el pasillo de la sección de intermedios (como estaba monitorizado con un aparatito que enviaba los datos a los ordenadores del cuarto de enfermeras, no me podía salir de la zona de cobertura pues el bicho comenzaba a pitar). Días de leer la prensa y mirar el correo electrónico.  Días también para tranquilizarme e ir asentándome en aquel espacio en el que aún tenían que pasar muchas cosas. ¡No es fácil la vida del paciente!

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