jueves, marzo 19, 2020

ARRESTO DOMICILIARIO, QUINTO DÍA



Y van pasando los días del encierro. El nuestro comenzó el 15, así que hoy 19 hacemos el quinto día. Y aquí estamos, en una especie de sopor (léase atontamiento) adaptativo, como tratando de acostumbrarse al territorio mermado de nuestra casa.
Todo lo que está pasando es una experiencia novedosa. Muy a contracorriente de lo que estamos acostumbrados a hacer. Quizás por eso cuesta tanto la adaptación. El arresto domiciliario nos ha privado de dos necesidades básicas para muchos de nosotros: la autonomía (el que puedas decidir qué haces) y el aire libre. En mi caso que me paso la vida viajando por América, cuando llego al hotel, lo primero que hago siempre es dejar las cosas en el cuarto y salir a pasear para no deprimirme. Llego agotado después de más de 20 horas de viaje, pero sé que si me quedo en el hotel a descansar se me cae el alma a los pies y me desmorono. Así que salgo, aunque solo sea, por seguridad, a dar la vuelta a la manzana y respirar. Así que quedarme en casa sin poder salir, aunque sea la casa de uno, me está costando bastante. Y supongo que a todos nos pasa un poco lo mismo.
Pero he de reconocer que, por otra parte, tampoco es tan dramático. Uno se puede acostumbrar a este ritmo cansino y sin compromisos. Te levantas cuando te peta (total, va a ser más o menos a la misma hora de siempre); desayunas tranquilo sin el agobio de salir corriendo al trabajo; te vas a tu ordenador para hacer quién sabe qué; te sientas y te levantas a voluntad; y, así, casi sin notarlo, va pasando el tiempo. Luego preparar la comida, la siestecilla y vuelta al vaivén del ordenador y las pequeñas cosas del atardecer. No es que resulte emocionante, pero tampoco es que te tengas que estresar.
Lo peor del encierro es, desde luego, el motivo por el que estamos en él. Motivo indefinido y ajeno al inicio (había que prevenir que los contagios se extendieran), pero que poco a poco se ha ido llenando de ansiedad y miedo (evitar que nosotros nos contagiemos y tengamos que acudir a un hospital desbordado con serio riesgo para nuestra vida). Hemos hecho nuestro el peligro, podemos ser una de las muchas víctimas que aún quedan por producirse. La situación es grave y estamos muy involucrados en ella. Y los que tenemos la edad que tenemos, pues aún más porque somos grupo de riesgo y grupo marginal (de esos que, en igualdad de condiciones con otros más jóvenes, seremos descartados a la hora de acceder a un respirador). Chungo!
Lo mejor de estos días de agobio es que, como sucede siempre, en las situaciones complejas aparece lo mejor de nosotros. Lo mejor de la mucha gente buena que tenemos a nuestro alrededor. Las dinámicas políticas de los últimos tiempos han exacerbado tanto las diferencias, los desacuerdos, los odios, que han provocado una desconfianza generalizada respecto a los otros. Cada quien agarrado a su bandera ha dibujado a los otros de forma perversa como enemigos, como malas personas, como carentes de valores. Y resulta que no, que hay mucha buena gente. Que todos podemos coincidir en el aprecio mutuo cuando lo que nos estamos jugando es algo tan serio como la vida. Siempre queda algún descerebrado que se aprovecha del mal ajeno, pero no son tantos. Y así, en medio del fragor mediático del coronavirus han ido apareciendo momentos emocionantes de apoyo mutuo, de comunión y compasión con los otros.

A mí me emocionan cada noche los aplausos a los sanitarios. Me emocionan las noticias de la gente que se ofrece a ayudar a quienes viven solos y precisan de ayuda. Me emocionan los pequeños y grandes empresarios que ofrecen su apoyo y se ponen a disposición de las autoridades para lo que puedan aportar. Quizás sea un ingenuo que ve solo lo bueno y no sabe distinguir las malas artes de muchos. Es probable, pero la verdad es que lo que siento a mi alrededor es que tras estos días de encierro la gente comienza a plantearse no lo jodida que está sino qué podríamos hacer para encarar positivamente la situación, para ser proactivos y útiles para la gente que lo está pasando mal. Han bastado unos pocos días para que empiecen a correr correos y whatsapps sugiriendo iniciativas para ayudar a los demás: cadenas telefónicas para llamar a quienes están solos; música y canciones en los balcones para animarnos, textos de análisis que ayuden a entender mejor la situación; ayuda domiciliaria a estudiantes que han de trabajar desde su casa; voluntariado de diverso tipo. La dinámica cotidiana de la vida nos fuerza a una supervivencia autoreferida y eso nos hace parecer egocéntricos y muy preocupados cada uno por lo suyo (“aquí cada uno va a lo suyo, menos yo que voy a lo mío”, decía con gracia un candidato a rector). Pero llegan momentos como este y va apareciendo esa otra dimensión de comunidad, esos rescoldos aún vivos de sentido colectivo y fraterno con los demás. En fin, la buena gente que somos. 

Buenos y, a la vez, creativos. Es fantástico ver cómo la gente va afrontando el encierro y buscando soluciones creativas a las necesidades que el encierro provoca. Los cientos de whatsapp que estamos recibiendo estos días son la punta de ese iceberg de originalidad que la gente posee. Hace unos días, mi nieta Iria cumplía sus 6 años. Una fecha que ella había esperado con enorme ansiedad esperando la fiesta que celebraría con sus amiguitas. Y todo se frustró. Con enorme desespero la niña aceptó que no podría reunirse con sus amigas porque no se podía salir de casa. Y así amaneció el día de su cumple, entre alegre por la fecha, sus nuevos 6 años y los regalos, pero triste por no poder celebrarlo. Pero luego se acercó al balcón y se encontró que sus amigas (las que vivían en su misma manzana) habían colgado grandes carteles en los balcones de sus casas en los que la felicitaban. Me emocioné cuando me lo contaron.
En definitiva, vamos por el quinto día y esto tiene pinta de que se va a alargar. Poco a poco iremos estableciendo nuestras rutinas y nos acostumbraremos a esta reclusión domiciliaria. Aprenderemos a aburrirnos y a entretenernos. Podremos experimentar eso que llaman la slow life, es decir vida lenta,  pero el movimiento slow no significa ser vago y trabajar poco. Significa tomarse la vida de otra manera, lejos de la prisa que envuelve nuestro día a día. Significa disfrutar de cada acción, de cada momento y de cada persona” (https://efectogreen.com/que-es-el-movimiento-slow). Pues eso.

martes, marzo 17, 2020

SABELA CUMPLE 4 AÑOS.



La Sabeliña, aquel bebé pequeñito y rechoncho que nos había enamorado desde que nació se ha convertido en una niña preciosa, cariñosa, jovial e imprescindible. Ser la hija pequeña, la menor de tres hermanas no debe ser fácil. Uno, una en este caso, tiene que hacerse con habilidades especiales para poder sobrevivir a la influencia de los mayores. Yo no tuve esa experiencia porque fui el mayor de siete hermanos (lo que también tiene lo suyo), pero he podido comprobar que tampoco ser el pequeño o la pequeña es fácil. De hecho, nuestra hija pequeña solo se atrevió a echarse a andar cuando yo me llevé al mayor unos días de camping. Vio el panorama libre, constató que nadie la iba a atropellar en sus primeros pasos balbuceantes y comenzó a andar.
En fin, que tienen que ser fuertes (de ánimo y de vitalidad) las pequeñas de la casa. Y Sabela, a los pocos, se ha ido haciendo con su propio espacio y con una forma de ser muy suya y diferente a sus hermanas. Le gusta, desde luego, que sus hermanas le atiendan y le ayuden, pero defiende y gestiona bien su autonomía. Eso del “no es no” lo tiene bastante claro. Con sus hermanas y con sus primos.  Cuando se encuentra con su primo Matteo, unos meses menor que ella, hacen una pareja muy igualada. Y los lloros y quejas se reparten por igual. Entre ellos no hay machismo que valga. Juegan, se quieren, se pelean, se buscan y rechazan con una energía muy simétrica.
Ahora, ella está orgullosa de marcar con sus cuatro dedos la nueva etapa que inicia: cuatro, tengo cuatro, abuelo. Y es como si hubiera conquistado una meta importante en su vida. Y, seguramente, eso es lo que ha sucedido: día a día, mes a mes, ha ido escalando esos primeros peldaños de su vida. Y cada uno de ellos suponía una conquista. Ella quizás no es consciente de ello, simplemente va viviendo, pero quienes la vemos desde fuera somos testigos de cómo va creciendo feliz e inteligente.
Pero si algo caracteriza a Sabela es lo cariñosa que resulta. Especialmente con sus abuelos, pero supongo que lo es con todos. Eso de que pregunte constantemente por “l’abuelo”, así con apócope, que te busque, que adore estar a tu lado y sentarse en tus rodillas es uno de los mayores placeres que la vida te puede otorgar. Uno es consciente de que ese amor se les va a ir pasando a medida que se vayan haciendo conscientes de tus debilidades de persona mayor. También es fácil entender que ese cariño es una seña de identidad de ella y que, por tanto, no te lo puedes atribuir a ti mismo (ella te quiere porque sale de ella el quererte, no porque tú te lo merezcas especialmente), ni pensar que eres el único al que muestra ese afecto. Eso te obliga a relativizar tus méritos y puedes disfrutar con ella sin sentirte puesto a prueba en cada ocasión. Y evita los celos (qué cosa esta: con la edad vas perdiendo los celos en relación a tu pareja pero van apareciendo con tus nietos: que te prefieran a ti, que seas su preferido, que logres una relación especial con ellos). Quizás porque los necesitas mucho.
Lo vi en México hace unos días. Fuimos a comer a un restaurante. Frente a la mesa donde nos sentaron había una mesa enorme preparada. Daba la impresión de que estaba destinada a un gran grupo que irían a celebrar algún acontecimiento. Y así fue. Como suele acontecer en México, el concepto de comida (almuerzo para ellos) no está muy claro y la gente va llegando según le peta. La diferencia entre los primeros y los últimos puede llegar a dos horas. Un caos. Pero fueron llegando. Eran familias enteras con padres e hijos pequeños. Los primeros en llegar se colocaron en una esquina de la mesa que era enorme. La siguiente familia, también con niños, se sentó a su lado. Después vino una pareja de abuelos que por el recibimiento entendimos que eran los que celebraban algo: quizás el aniversario del abuelo. Pero lo curioso es que los abuelos se colocaron no a continuación sino casi en la otra esquina de la mesa. Solos. Y según iban viniendo se iban añadiendo a la esquina de las parejas jóvenes dejando a los abuelos solos en la otra esquina. Me dieron pena los pobres. Los jóvenes hablaban entre sí y atendían a sus hijos adolescentes. Los abuelos hablaban solos. Y entonces llegó otra pareja y con ellos una niña pequeñita. Y fue la niña la única que en cuanto vio a sus abuelos dio un grito “ABUELO…” y corrió como loca a darle un beso. Bueno, dije, menos mal que vino la nieta. El pobre abuelo, pese a ser el protagonista, resultaba invisible a todos. Menos a su nieta. Eso es lo que marca la diferencia. Benditos nietos.
Y con Sabela esa sobredosis de afecto es siempre un regalo. Pese a que no nos vemos mucho, cada encuentro es un chute de afecto que sirve para compensar las dificultades y penas que hayas podido ir acumulando. Una bendición.
Y así, entre miradas constantes al whastapp para ver qué decían Torra y los ministros; entre precauciones disimuladas para que los niños no contagien a los abuelos ni los abuelos a los niños; así con esa aceleración y ansiedad que la situación nos ha ido inoculando en las venas y en las neuronas, así hemos celebrado los 4 años de Sabela. Los mayores estamos un poco tocados por el virus, pero ella lo ha disfrutado sin remilgos.  Está con sus padres, sus abuelos y sus tíos; sabe que esto es solo un anticipo de la fiesta que celebrará en unos días con más abuelos y más tíos… y tiene 4 años. Es la niña más feliz del mundo. Se lo merece.