domingo, marzo 23, 2014

La ladrona de libros




Desde luego, pasarte 11 horas y pico en un avión es un martirio lo mires por donde lo mires. No te queda otra que armarte de paciencia y ponerte a disposición del destino. Pueden surgir tantas cosas que es mejor no pensarlo. Si te cansas, cambias de postura y a lo que dure. La única ventaja que le veo es que te permite ponerte al día en las películas que aún no has visto. Once horas dan para mucho. Esta vez, con intervalos para dormirte un poco, remolonear otro poco, mirar la prensa, lamentarte por las esperas y varias otras tareas circunstanciales, tuve tiempo para ver tres películas. Una por curiosidad “I am from Chile”, de Díaz Ugarte, una historia menor que tenía el encanto de dar a conocer el nuevo cine chileno. Pero lo bueno fue que pude recuperar dos que tenía en mi lista pero que entre unas cosas y otras, se me fueron pasando: “La ladrona de libros”, que me enamoró, y “Agosto” que me dejó bastante frío. Así que dejo en el limbo las otras dos, para centrarme en La ladrona de libros, una hermosa película, en la línea de las muchas que se han hecho sobre la época nazi pero con una ternura muy especial. Es una película con tantos detalles, con tantos mensajes que te llega al alma.
Basada en la novela de Marcus Zusak que llevaba el mismo título, se narra la historia de una niña proveniente de la zona comunista que, tras perder a su hermano, acaba en una casa de acogida alemana. El film está dirigido por Brian Percival con guión de Michael Petroni que, a lo que cuentan (yo no he leído la novela) ha sido bastante fiel a la historia original, aunque insuflándole algo más de dramatismo. La protagonista es Sophie Nélisse una niña encantadora a la que ya había visto y admirado en otra película, Profesor Lazar. La película hace una increíble recreación de ambientes (bueno, uno se figura que pudieron ser así), mantiene un ritmo en el que pocas veces decrece un nivel de tensión que te hace seguir la historia absolutamente metido en ella (incluyendo algunos picos de tensión en los tú mismo te angustias). En fin, ya dije que se trataba de una excelente película (de hecho, fue seleccionada para varios de los oscars de este año).
La historia es sencilla. Su madre la entrega a una familia que, a cambio de dos subvenciones del Estado, está dispuesta a aceptar a los dos hermanos. Como uno muere en el viaje, para gran disgusto de la madre acogedora, será solo la niña la que acabará formando parte del grupo familiar. Las cosas en Alemania están ya fuera de control, con los grupos pro-nazi haciéndose con el control de las calles y de la vida social y el país embarcado en la guerra contra inglaterra. Sus constantes tour de forcé van siempre dirigidos contra los judíos y quienes les amparan. Pero atacan con el mismo furor a todo lo que se escapa a su control y a su obsesión por generar una nueva cultura propia, lo que supone romper con cualquier vestigio de otras culturas. Los libros se convierten en sus enemigos.
La niña acogida se incorpora a la escuela local aunque pronto es objeto de las burlas de sus compañeros pues no sabe leer ni escribir. La pobreza no la ha hecho apocada ni resignada y se enfrenta con valentía a los niñatos que la acosan. A la  vez entabla una preciosa amistad con otro chico de la escuela. Junto a él irá construyendo una historia alucinante de recuperación de sí misma y de su entorno.
El primer golpe emotivo de la película surge en el momento en que los nuevos padres reciben a la niña acogida. La madre huraña, distante, fría. Quejosa no tanto por haber perdido a un niño como por haber perdido una subvención. Mal asunto, piensa uno. Otra pobre criatura que va a ser la cenicienta de esta casa, un objeto a manipular. Pero entonces entra en acción el padre y enseguida se comprueba que es una persona muy especial, muy tierno, con una mirada capaz de romper barreras y despejar temores. “Baje, majestad, le dice…” con un gesto cortesano. Y la niña inicia así su nueva vida. La presencia de este padre amable jugará un papel central en toda la película. El padre que cualquier niño añoraría tener.
Dos ejes o elementos cruzan la película y le dan todo el profundo sentido que, al final adquiere. “Las palabras son vida” dice alguien en el film y en ello radica el núcleo fundamental de la película: las palabras por un lado (palabras que están en los libros) y la vida (que, en su caso es una lucha permanente entre la vida y la muerte). En realidad, es una película sobre las palabras (los libros) y la vida (la muerte).
Obviamente, el mensaje central es que las palabras nos mantienen vivo. Ellas mismas tienen vida y son capaces de transmitírnosla. Los libros, por eso, son una enorme fuente de vida. Ella que no sabía leer, se estaba muriendo sin saberlo y empieza a vivir porque empieza a disponer de palabras. Ella las va apuntando, cada palabra nueva que es capaz de encontrar en un libro. Va haciendo con su padre su diccionario (¡qué hermosa imagen la del sótano convertido en un gran diccionario con todas las palabras nuevas que la niña descubría!).  Y qué impresionante escena cuando la pequeña entra en la biblioteca del alcalde del pueblo: ¡tantos libros juntos! Como un milagro indescriptible. Se queda extasiada, sin palabras. Un hermoso canto a la palabra, las palabras. Palabras escritas y palabras dichas (“el valor de un hombre es su palabra”, se dice en otro momento del film). Y cuando estaban en el refugio antibombas, todos sumidos en un clima de desesperanza y angustia, ella comienza a contar una historia y la historia (las palabras que dan vida) van serenándoles y consolándoles hasta que cesa la alarma.
El otro eje del discurso argumental es esa batalla constante entre la vida y la muerte. Que gane la vida o lo haga la muerte es, a veces, cuestión de azar. De hecho, la narración fílmica está contada por una voz en off, la voz de la muerte que va rondando a los protagonistas, aproximándose y alejándose de ellos en movimientos impredecibles. La muerte está presente desde el inicio, cuando fallece el hermano pequeño de la niña, y no se separará de la historia en ningún momento hasta la traca final. Irónicamente, la historia sucede en la calle Himmer Strasse (la calle del cielo). Pero junto a tanta muerte, también hay mucha vida: la vida enorme e intensa del padre amable (y después, también la de la madre que hace un cambio total del inicio al fin); la vida de la propia niña que acaba contaminando su propia vida a todos aquellos con los que se relaciona; la vida de esa relación de amistad con el muchacho rubio; la lucha por la vida del nuevo inquilino de la casa; la vida de las cosas pequeñas (ese jugar con la nieve en el sótano que les permite volver a sonreír, a jugar, a divertirse); la vida que transmite el acordeón (que, el final, hasta le salva la vida a ella). Todo un canto a la vida. Hermoso canto a ese valor esencial cuando todo alrededor es un territorio de muerte.
Ver una película como esta en un avión a varios kilómetros de altura y cruzando el Atlántico (es decir, con la vida y la muerte jugándose a los naipes tu destino) tiene un impacto mucho más fuerte que cuando la ves en el salón de tu casa o en la cómoda butaca de la sala de cine. Quizás por eso me ha afectado más. Por lo general, no disfruto en las películas de nazis. Me parece una situación tan perversa, tan sinsentido que me angustio enseguida. Sin embargo, la ladrona de libros me ha encantado, me ha colmado de sensaciones intensas, me ha hecho llorar, me ha dado la oportunidad de vivir esa emoción de la vida que nace de las palabras, de los libros, de la música. De las que no se olvidan. Si pueden, no se la pierdan.


miércoles, marzo 19, 2014

NACIO IRIA




Así es. Como se diría en una crónica de actualidad de la prensa de antes, “con gran satisfacción para padres y abuelos, el sábado día 15 de marzo, pasadas las ocho de la noche, vino al mundo Iria Zanchetta Zabalza. Tanto la madre como la niña, que pesó al nacer 3 kilos y 200 gramos, se encuentran bien. Felicidades”.
Y nació, la nacieron, galleguiña. Cierto que hubiera podido nacer en Astorga, porque sus papis, haciendo gala de la bendita inconsciencia de los primerizos, viajaron en coche de Madrid a Santiago el día anterior. Y no solo eso, llegaron a Santiago al anochecer y aún tuvieron los santos bemoles de irse a cenar con los amigos. Y a las 7 de la mañana al hospital porque el parto anunciaba su llegada. Esto debe ser de familia: también cuando nació la ahora feliz madre sucedió algo parecido. También nosotros nos fuimos al cine la noche anterior. Y como las contracciones, todavía débiles, comenzaron mientras veíamos la película, las  recibíamos entre carcajadas. Claro que, en nuestro caso, ya era nuestro segundo hijo y creíamos que lo controlábamos todo con suficiencia.
Las coincidencias no estuvieron solo en la inconsciencia de los padres. Iria ha nacido el mismo día en el que nació su tío Michel. Madre e hija pariendo el mismo día, 15 de Marzo, aunque con una diferencia de 37 años. Yo estoy convencido que fue la luna. Ese día había luna llena y algo parecido debió suceder en aquel ya lejano 15 de Junio de 1977. Nadie sabe cómo, pero la luna, igual que influye en las mareas y en las reglas femeninas, debe influir en los partos. Las matronas nos
decían que también ellas estaban convencidas. Esto es como las meigas, nadie las ha visto pero “haberlas hailas”. Por algo estamos en Galicia.
Bueno, la cosa es que ya está con nosotros la chiquitina de la casa. Es un misterio impresionante éste del nacimiento. Como un milagro de la naturaleza. Esas pocas células que han ido desarrollándose y organizándose a lo largo de 9 meses en el vientre de su madre, salen al mundo como una criatura. Después de 9 meses de vivir a costa de otro organismo, ella tiene ahora que empezar a hacerlo por su cuenta. No debe ser nada fácil comenzar a respirar por tu cuenta, a chupar para alimentarte. Supongo que es un estrés terrible para ese organismo que ha estado viviendo de gorra, sin más tarea que buscar posición en una celdita muy reducida (aunque también eso debe ser de un agobio terrible). La primera cosa que se preguntaba Ainoa era cómo había podido caber en la barriga. Midió al nacer 47 cm. Algo imposible de meter en un espacio tan pequeño. Tenía que estar absolutamente estrujada. Mira, en eso ganó al nacer. Ahora, por lo menos, puede estirarse y mover la cabeza. Angelito.

Y es una santa. Su estado natural es dormir, cosa que hace absolutamente relajada. Da gusto mirarla. Nada más nacer, como la mamá tenía que despertar de la anestesia por la cesárea, tuvo que tomarla en brazos Luca, su papá. Era emocionante verlo. Fue él quien llegó corriendo a la sala de espera para decirnos que ya había nacido Iria. Y, al poco, otra vez para avisarnos de que nos dejaban verla. Lo dijo y salió como si estuviera compitiendo en 100 metros lisos. Metió el turbo, recorrió como un rayo el pasillo y cuando llegamos allí ya estaba con la niña en brazos, mirándose ambos con un asombro intenso. Como si ya se conocieran de antes, pero en sueños, y estuvieran ahora reconociéndose como seres reales. 
Luego en la habitación, el enamorado padre se pasó 3 horas y pico sentado en una silla con la niña en brazos y sin despegar los ojos de ella. Era una postura todavía rígida de padre inexperto y que necesita asegurarse de que la niña no se le va a escurrir entre las manos. Pero lo que llamaba la atención era, sobre todo, su mirada. Era una mirada emocionada, de asombro, de expectación. Seguro que en ese rato, que a él se le debió hacer corto, pasaron por su cabeza muchos episodios de su vida que le habían conducido hasta ese momento maravilloso. Sobre todo, cosas y emociones vividas en los últimos nueve meses, desde que supieron que iban a tener un hijo. Además, como ahora ya puedes hacerles fotografías casi desde que son embriones y sigues su evolución a través de las ecografías, podía contrastar si esa cosita viva que tenía en sus brazos se parecía a la imagen que se había hecho de ella. Entre tanto, la niña dormía feliz y confiada. Los dos, padre e hija, en el cielo.


Es hermoso esto de los nacimientos. Empezando por el propio hospital. Era la sala más alegre del hospital. Es la única ocasión en que vas con gusto a un hospital, espacio de dolores casi siempre, menos en estos casos. Por lo general, ves a la gente alegre. Padres y abuelos paseando dichosos a los  recién nacidos. También hay algunas caras tristes; la vida nunca permite la felicidad completa, pero son los menos. Se mascan las emociones. Sobre todo los primeros momentos, tras el parto, son momentos inolvidables. Ya conté lo emocionante que fue conocer a la niña. Pero aún lo fue más cuando pudimos ver un ratito a la mamá a la que llevaban en camilla a la sala de despertar. Fue otro momento de emociones intensas. Allí estaba la criatura y su mamá, aún semiconsciente tras el parto: se abrazaron los padres emocionados (la larga espera de 9 meses había culminado, la hija que habían acompañado durante todo ese tiempo ya había llegado y estaba bien) y tuvo lugar el primer encuentro entre Ainoa y su hija. También para ella fue un momento milagro: verla, sentirla, besarla, apoyarla en su pecho, vivirla como algo distinto a ella pero sin dejar de ser ella. Muy emocionante, la verdad. Nadie intentó ocultar las lágrimas. Luego a ella se la llevaron y nosotros subimos a la habitación con la niña.
En fin, los nacimientos son el gran canto a la vida. La vida con todo lo que tiene de sueño y de realidad. María y Luca habían soñado mucho este momento, lo habían convertido en su gran fiesta matrimonial en la que casi todo estaba previsto y pensado-disfrutado de antemano: contracciones controladas y seguidas según el protocolo, parto natural sin anestesia, los dos juntos en el paritorio, la niña recién nacida puesta sobre el pecho de la madre en un encuentro a tres que sería todo un compromiso vital. El mundo del deseo era perfecto. Pero la vida es más real, más imperfecta. El plan soñado fue entrando por vericuetos inesperados: dilatación demorada e insuficiente, anestesia, cesárea en quirófano, reanimación prolongada porque te coincide con el cambio de turno… La vida misma. La vida real pero también estimulante. El parto fue bien, la niña salió perfecta, la madre se recuperó de maravilla y ya estamos todos en el punto de salida de una nueva etapa familiar. Los que solo eran pareja se han convertido en familia, los esposos en padres, los hermanos de los padres en tíos y los padres de los padres en abuelos. Y así continuamos el proceso rico y hermoso de vivir. Vivir y dar vida. Lo más hermoso que hay.   

domingo, febrero 16, 2014

Vivir es fácil con los ojos cerrados




Después de los buenos resultados obtenidos en los Goya parecía de cajón hacer algún esfuerzo por ver este film de Trueba que pasó sin pena ni gloria por las pantallas. En Santiago de Compostela apenas si duró dos semanas en cartel. Con todo, ni siquiera ese aval festivalero parecía suficiente. Teníamos dos opciones para esa tarde de viernes fría y desangelada (los viernes no toca cine, pero era San Valentín y teníamos que hacer algo especial): Vivir es fácil y Nebraska. Nosotros dudábamos sobre qué sería más interesante. Al final nos decidimos por Nebraska ante el temor de que la sacaran de pantalla. Fue curioso porque a la entrada del cine nos encontramos por separado con varios amigos cinéfilos. Les preguntamos qué iban a ver y todos ellos, en una muy extraña coincidencia, nos respondieron lo mismo: veníamos a ver Nebraska pero resulta que, aunque estaba anunciada, no la ponen (luego nos dijeron que era porque se había estropeado la máquina); así que hemos sacado entradas para la peli de Trueba. Y eso hicimos, también, nosotros. Hay que reconocer que el cine estaba prácticamente lleno, cosa milagrosa. Probablemente, el mérito lo tuvo San Valentín.
La película, de la factoría Trueba y con excelentes trabajos de los actores Javier Cámara, Natalia de Molina y Francesc Colomer es entretenida. Cuenta la historia real de un maestro de inglés (Javier Cámara) que utiliza la letra de las canciones de los Beatles para hacer sus clases más atractivas. Aprovecha que John Lennon rodaba una película en Almería para viajar hasta allí y, así, conocer a su ídolo y entrevistarse con él. Por casualidades del destino, tropieza en el camino con dos adolescentes fugitivos: una muchacha (Natalia de Molina) que se escapa de una residencia de monjas donde la han recluido porque se ha quedado embarazada y un chaval (Francesc Colomer) que se niega a que su padre le obligue a cortarse el pelo. Así que los tres  se embarcan en la aventura de recorrer el largo camino hasta Almería (en realidad, los jóvenes van a ninguna parte pues lo único que quieren es escapar). Curiosamente, llegan a Almería en un abrir y cerrar de ojos, de manera que lo que parecía se iba a convertir en una película de carretera no lo es. Transitan por parajes paradisíacos (unas veces desérticos, otras llenos de acantilados y playas difíciles de situar en su trayectoria) y llegan, antes de lo previsible, a un caserío cutre cutre que se supone está próximo a Almería. Y allí viven la aventura de colarse en el rodaje y conocer a Lennon.
La película se llevó 6 Goyas: mejor película, mejor director, mejor autor, mejor guion original, mejor actriz revelación, mejor música original. Excesivo palmarés para una película agradable pero no extraordinaria. Es una historia sencilla y bien contada. Quizás eso sea ya un mérito, pero no sé…me ha sabido a poco. Los papeles a desempeñar por los actores son simples y no requieren de grandes dotes dramáticas. Puestos a hacer un papel difícil, el del niño con parálisis cerebral del bar. Él sí, bordó su papel.
Si entramos en la historia, le sucede un poco lo mismo. Resulta una anécdota divertida. No se trata de una historia con moraleja, de las que te hacen pensar. Trueba (autor, también del guion) nos quiere situar en la España de finales de los 60 a través de los coches (el viaje a Almería lo hacen en un Seat 850), de una educación basada en el bofetón y, a través de los ambientes cutres de postguerra. Un poco exagerado todo, para mi gusto. Ni las cosas eran así, ni la historia que quiere contar lo necesitaba.
El núcleo central de la historia es real. El maestro al que se refieren (Juan Carrión, maestro en Cartagena) existió y, de hecho, asistió con el equipo a la entrega de los Goyas. Y todos los agraciados se refirieron a él con mucho cariño. No me extraña. Que un maestro de inglés enseñara a sus alumnos con letras de los Beatles, debía ser en aquel entonces, todo un descubrimiento. Que asumiera el desafío de ir al encuentro de Lennon (también en real que Lennon estuvo en Almería rodando una película con Richard Lester que se tituló "Cómo gané la guerra" y se estrenó en 1967)  para hablar con él y plantearle sus peticiones (que las letras acompañaran a los discos para evitarle tener que sacarlas de oído y con defectos) todo una maravilla de vocación docente. Cámara lo hace bien. Sin aspavientos. El personaje tampoco lo requería.

Dice Trueba que lo que quiere transmitir la película es el optimismo de la vida. Que ya tenemos suficientes problemas como para ir al cine a vivir otros. Tiene toda la razón. Puede que suceda como lo que se dice de la prensa, que las buenas noticias no son noticias. Quizás las películas de buenos son menos cine que aquellas donde hay buenos y malos que luchan entre sí, donde la gente sufre. Desde luego es un cine que te golpea menos, pero lo agradeces. Y ahora que hay tantas cosas que te llevan a la depresión, incluido el tiempo, aún más. Lo cierto es que Vivir es fácil es una película de buena gente. Las situaciones por las que van pasando los personajes tenían mal pronóstico en un mundo de gente mala (una chica que se mete en el coche con un señor mayor y se escapa con él; un adolescente que se añade al grupo y está dispuesto a quedarse solo en un garito en medio de la carretera para ayudar en el bar a un tipo al que no conoce de nada y que bien podría explotarlo), pero aquí todos los personajes son buena gente y se ayudan entre sí, salvo el bruto del pueblo que hace de contrapunto y recibe su castigo. Buena gente en la que puedes confiar. Te relaja el ánimo.
Y al final es eso, sales del cine con una sonrisa. Has pasado un buen rato. Te has maravillado de la tenacidad de un profesor y de su buen criterio pedagógico (incluida su bonhomía con los jóvenes a los que sabe tratar y respetar), has disfrutado de unos paisajes andaluces preciosos y te has emocionado con el recuerdo melancólico de algunas canciones de Lennon. Y todo eso en San Valentín. Quizás sobre algún Goya, pero no ha estado mal.

domingo, febrero 02, 2014

La gran estafa americana


Definitivamente, una buena película, de esas que se agradecen en un fin de semana húmedo y frío. No me extraña que haya tenido tantas nominaciones a los óscar de este año y que se vaya llenando de premios desde que se estrenó. Es curioso que haya gustado tan poco a los críticos y a los tertulianos. En fin, eso depende de qué busque cada quien en un film. Quizás es que las expectativas con las que se acude al cine, sabiendo los muchos premios recibidos, son muy altas. A mí en todo caso, me encantó. Algunas de las quejas de los entendidos vienen a decir que esperaban más del director Russell. Puede ser, pero a mí me parece que va in crescendo en sus últimos trabajos., todos ellos de una calidad razonable.  
El elenco de actores es magnífico comenzando por el protagonista Christian Bale al que resulta difícil reconocer en el tipo medio calvo y barrigudo el personaje que encarna (divertidísima la escena con la que se inicia el film en la que el personaje de Bale intenta neutralizar su calvicie recomponiéndose el cabello a través de guatas y pegamento; también su postura de macarra gordinflón despatarrado en su silla tratando de seducir a la coprotagonista Amy Adams). 

Y qué decir de ella, la Adams, tan atractiva y estimulante con esos labios húmedos y brillantes y sus pechos semidesnudos que te atrapan cada vez que aparece en pantalla. También Jennifer Lawrence, menos descocada aunque luciendo palmito, está bien,; su papel pasa por momentos de dramatismo que ella borda, buen testimonio de que se trata de una enorme actriz. Bradley Cooper está en lo suyo, creíble en su papel aunque a veces sobreactúe un poco. Y los pocos momentos en que uno puede disfrutar de Robert de Niro, son estupendos. En general todo el elenco de actores llevan a cabo un trabajo extraordinario. Y esa es la primera columna del éxito.
También la historia que se cuenta es interesante y te mantiene en vilo las dos horas y media que dura el film. Puede que no sea un tema novedoso, ni lo sea la forma de enfrentarlo (al final, me quedó un cierto regusto a El Golpe, la película de Roy Hill en la que actuaban Paul Newman y Robert Redford, película que, por cierto, pasaron hace unos días por televisión). Pero, original o no en la temática, sí lo es en su desarrollo, sobre todo por el enorme cúmulo de detalles y guiños que se van introduciendo: escenas fantásticas, cambios de ritmo,  nuevos personajes. Se me paso volando el tiempo. El tema de la corrupción, grande y pequeña, es desde luego un tema manido en el cine (porque lo es en la vida, basta ver lo que está sucediendo en España), pero se puede abordar en plan documental, en plan dramático o en plan de comedia, como en este caso. Haciéndolo, incluso como comedia, no deja de tener su moraleja y la triple perspectiva desde la que Rossell trata de plantearla: nos vamos reinventando para sobrevivir (y por eso, las pequeñas estafas), aprovechamos las oportunidades para beneficiar a nuestros ciudadanos (el caso intermedio, la estafa venial); nos aprovechamos de nuestra posición (la gran estafa).
Pero más que la historia, lo que seduce de esta gran cinta es la perfecta recreación de los ambientes de los años 70; el manejo de la cámara que te acosa, te rodea y logra meterte de lleno en la situación; el guión y la música (ah!, qué música).Me impresionó la importancia que adquiere la música en los momentos clave del film, momentos dramáticos y, sobre todo, momentos románticos. Y también en el simple divertimento del bailar. Se le iban a uno los pies en algunos pasajes del film (tenía delante de mí en el cine a un grupo de chicos jóvenes que a punto estuvieron de ponerse a bailar entre las butacas, y eso que era música de los 70; y, desde luego, éramos bastantes los que tatareábamos entre susurros algunas de las canciones que iban sonando). Muy emocionante. Y luego, todos esos guiños que los buenos directores saben ir incorporando a la historia para hacerla amable: la peluca y la barriga de Bale, los pechos seductores de la Adams, el tipazo pijo de Cooper, la expresión plana del jeque, la escena de miradas fijas y apasionadas entre Adams y Cooper, en fin, muchos detalles que te meten dentro de la historia como un personaje más.

Y luego esas otras cosas que nunca faltan en una buena peli: la amistad como valor más allá de los avatares circunstanciales de la vida de cada uno; la complejidad del amor y el deseo cuando se encarna en personas y situaciones concretas; los sutiles disfraces de la corrupción y el apego al dinero. Muchos mensajes implícitos para poner en marcha, si se desea, las neuronas de la reflexión y el contraste con nuestras vidas.
Una buena tarde de cine, que no es poco.

jueves, enero 02, 2014

ADIÓS, jodido 2013





Se nos ha ido el año 2013. ¡Meigas fora! Bienido sea.
Cada uno tendrá su opinión, desde luego, pero por lo  que a mí se refiere ha sido un año nefasto. Claro que 365 días son demasiados para que todo sea tan negro. Siempre aparecen días de tonos más grises y amables. Incluso, hay algunos que son luminosos. Pero ni siquiera éstos logran quebrar ese tono sombrío y amenazador del conjunto.
Aunque se han mezclado problemas de todos los colores, los peores han sido los de salud. Parece mentira cómo pueden cambiar las cosas en unos pocos días. A traición. La cosa comenzó mal porque en las vacaciones navideñas a mi hijo le pareció digno de atención que yo le hablara de algunos mareitos que me daban cuando me ponía a andar. Algo no debía sonarle bien (es lo que tiene tener un hijo cardiólogo)  y arregló las cosas para que me hicieran una revisión cardiológica a fondo. Mala cosa que te empiecen a chequear los médicos. Es como llevar al coche al taller o a la ITV, sobre todo si el coche tiene sus añitos y los has utilizado de aquellas maneras.  Siempre aparece algo. El chequeo salió bien, pero no tan bien. Y aparecieron las arritmias y una sinfonía de extrasístoles. Nada grave, me dijeron. Un poco más de medicación y a cascarla. Ah, carajo, pero en el mes de Marzo llegó el síncope. No es que fuera nada, pero pudo serlo. Y de nuevo al hospital, esta vez, ya en serio y para quedarme. Me hicieron el tercer grado y me aplicaron toda la batería de pruebas disponibles: primero los fontaneros, después los electricistas, más tarde los técnicos de sonido y, al final, los mecánicos que me incrustaron una pieza nueva. Resultado: tablas. Algo hay pero no sabemos qué, ni por qué. Eso sí, tarjeta amarilla: ándese con cuidado. Obviamente salí del hospital lleno de malos presagios y buenos propósitos. De esos que ya sabes que no puedes cumplir o no serías tú: un mes sin hacer nada y dos más con viajes solo pequeños, sin salir de España. Y después, a modiño hasta alcanzar de nuevo la velocidad de crucero. Y así hasta hoy.
Antes de salir de mi propio agobio llegaron otros añadidos en la familia. La saña de la enfermedad resulta, a veces, incontrolable. Más aún cuando a los males objetivos se añade el poder destructivo de algunas palabras como “cáncer”. De nada sirve que te digan que los avances médicos han mejorado mucho los pronósticos. Siempre acabas temiendo lo peor. Fueron meses de lágrimas y sustos contenidos. Tiempos de hospital, de diagnósticos que esperabas con tanta ansiedad como temor, de operaciones, de mucha angustia contenida. Y así hemos vivido todos estos meses con un desenlace trágico en un caso y una esperanza contenida en el otro.

Esa ha sido la parte negra del 2013. Afortunadamente, también ha tenido su parte luminosa. Nuestros hijos nos han anunciado dos nuevas nietecitas para el 2014. La alegría que transmite ver a Berta crecer se va a ampliar este año con dos nuevas voces, Iria y Mar. Una en Madrid y la otra en Barcelona. Ésa es la parte del “…no ahoga” del refrán. Dos salvavidas para mantenerse a flote en este proceloso 2013.

Así que  a nadie le sorprenderá que nos alegremos de que haya concluido. Lo despediría con un desesperado “que te den…”. Pero, no quiero tentar a la suerte. Casi voy a preferir cruzarlos dedos, no vaya a ser…