miércoles, marzo 19, 2014

NACIO IRIA




Así es. Como se diría en una crónica de actualidad de la prensa de antes, “con gran satisfacción para padres y abuelos, el sábado día 15 de marzo, pasadas las ocho de la noche, vino al mundo Iria Zanchetta Zabalza. Tanto la madre como la niña, que pesó al nacer 3 kilos y 200 gramos, se encuentran bien. Felicidades”.
Y nació, la nacieron, galleguiña. Cierto que hubiera podido nacer en Astorga, porque sus papis, haciendo gala de la bendita inconsciencia de los primerizos, viajaron en coche de Madrid a Santiago el día anterior. Y no solo eso, llegaron a Santiago al anochecer y aún tuvieron los santos bemoles de irse a cenar con los amigos. Y a las 7 de la mañana al hospital porque el parto anunciaba su llegada. Esto debe ser de familia: también cuando nació la ahora feliz madre sucedió algo parecido. También nosotros nos fuimos al cine la noche anterior. Y como las contracciones, todavía débiles, comenzaron mientras veíamos la película, las  recibíamos entre carcajadas. Claro que, en nuestro caso, ya era nuestro segundo hijo y creíamos que lo controlábamos todo con suficiencia.
Las coincidencias no estuvieron solo en la inconsciencia de los padres. Iria ha nacido el mismo día en el que nació su tío Michel. Madre e hija pariendo el mismo día, 15 de Marzo, aunque con una diferencia de 37 años. Yo estoy convencido que fue la luna. Ese día había luna llena y algo parecido debió suceder en aquel ya lejano 15 de Junio de 1977. Nadie sabe cómo, pero la luna, igual que influye en las mareas y en las reglas femeninas, debe influir en los partos. Las matronas nos
decían que también ellas estaban convencidas. Esto es como las meigas, nadie las ha visto pero “haberlas hailas”. Por algo estamos en Galicia.
Bueno, la cosa es que ya está con nosotros la chiquitina de la casa. Es un misterio impresionante éste del nacimiento. Como un milagro de la naturaleza. Esas pocas células que han ido desarrollándose y organizándose a lo largo de 9 meses en el vientre de su madre, salen al mundo como una criatura. Después de 9 meses de vivir a costa de otro organismo, ella tiene ahora que empezar a hacerlo por su cuenta. No debe ser nada fácil comenzar a respirar por tu cuenta, a chupar para alimentarte. Supongo que es un estrés terrible para ese organismo que ha estado viviendo de gorra, sin más tarea que buscar posición en una celdita muy reducida (aunque también eso debe ser de un agobio terrible). La primera cosa que se preguntaba Ainoa era cómo había podido caber en la barriga. Midió al nacer 47 cm. Algo imposible de meter en un espacio tan pequeño. Tenía que estar absolutamente estrujada. Mira, en eso ganó al nacer. Ahora, por lo menos, puede estirarse y mover la cabeza. Angelito.

Y es una santa. Su estado natural es dormir, cosa que hace absolutamente relajada. Da gusto mirarla. Nada más nacer, como la mamá tenía que despertar de la anestesia por la cesárea, tuvo que tomarla en brazos Luca, su papá. Era emocionante verlo. Fue él quien llegó corriendo a la sala de espera para decirnos que ya había nacido Iria. Y, al poco, otra vez para avisarnos de que nos dejaban verla. Lo dijo y salió como si estuviera compitiendo en 100 metros lisos. Metió el turbo, recorrió como un rayo el pasillo y cuando llegamos allí ya estaba con la niña en brazos, mirándose ambos con un asombro intenso. Como si ya se conocieran de antes, pero en sueños, y estuvieran ahora reconociéndose como seres reales. 
Luego en la habitación, el enamorado padre se pasó 3 horas y pico sentado en una silla con la niña en brazos y sin despegar los ojos de ella. Era una postura todavía rígida de padre inexperto y que necesita asegurarse de que la niña no se le va a escurrir entre las manos. Pero lo que llamaba la atención era, sobre todo, su mirada. Era una mirada emocionada, de asombro, de expectación. Seguro que en ese rato, que a él se le debió hacer corto, pasaron por su cabeza muchos episodios de su vida que le habían conducido hasta ese momento maravilloso. Sobre todo, cosas y emociones vividas en los últimos nueve meses, desde que supieron que iban a tener un hijo. Además, como ahora ya puedes hacerles fotografías casi desde que son embriones y sigues su evolución a través de las ecografías, podía contrastar si esa cosita viva que tenía en sus brazos se parecía a la imagen que se había hecho de ella. Entre tanto, la niña dormía feliz y confiada. Los dos, padre e hija, en el cielo.


Es hermoso esto de los nacimientos. Empezando por el propio hospital. Era la sala más alegre del hospital. Es la única ocasión en que vas con gusto a un hospital, espacio de dolores casi siempre, menos en estos casos. Por lo general, ves a la gente alegre. Padres y abuelos paseando dichosos a los  recién nacidos. También hay algunas caras tristes; la vida nunca permite la felicidad completa, pero son los menos. Se mascan las emociones. Sobre todo los primeros momentos, tras el parto, son momentos inolvidables. Ya conté lo emocionante que fue conocer a la niña. Pero aún lo fue más cuando pudimos ver un ratito a la mamá a la que llevaban en camilla a la sala de despertar. Fue otro momento de emociones intensas. Allí estaba la criatura y su mamá, aún semiconsciente tras el parto: se abrazaron los padres emocionados (la larga espera de 9 meses había culminado, la hija que habían acompañado durante todo ese tiempo ya había llegado y estaba bien) y tuvo lugar el primer encuentro entre Ainoa y su hija. También para ella fue un momento milagro: verla, sentirla, besarla, apoyarla en su pecho, vivirla como algo distinto a ella pero sin dejar de ser ella. Muy emocionante, la verdad. Nadie intentó ocultar las lágrimas. Luego a ella se la llevaron y nosotros subimos a la habitación con la niña.
En fin, los nacimientos son el gran canto a la vida. La vida con todo lo que tiene de sueño y de realidad. María y Luca habían soñado mucho este momento, lo habían convertido en su gran fiesta matrimonial en la que casi todo estaba previsto y pensado-disfrutado de antemano: contracciones controladas y seguidas según el protocolo, parto natural sin anestesia, los dos juntos en el paritorio, la niña recién nacida puesta sobre el pecho de la madre en un encuentro a tres que sería todo un compromiso vital. El mundo del deseo era perfecto. Pero la vida es más real, más imperfecta. El plan soñado fue entrando por vericuetos inesperados: dilatación demorada e insuficiente, anestesia, cesárea en quirófano, reanimación prolongada porque te coincide con el cambio de turno… La vida misma. La vida real pero también estimulante. El parto fue bien, la niña salió perfecta, la madre se recuperó de maravilla y ya estamos todos en el punto de salida de una nueva etapa familiar. Los que solo eran pareja se han convertido en familia, los esposos en padres, los hermanos de los padres en tíos y los padres de los padres en abuelos. Y así continuamos el proceso rico y hermoso de vivir. Vivir y dar vida. Lo más hermoso que hay.   

domingo, febrero 16, 2014

Vivir es fácil con los ojos cerrados




Después de los buenos resultados obtenidos en los Goya parecía de cajón hacer algún esfuerzo por ver este film de Trueba que pasó sin pena ni gloria por las pantallas. En Santiago de Compostela apenas si duró dos semanas en cartel. Con todo, ni siquiera ese aval festivalero parecía suficiente. Teníamos dos opciones para esa tarde de viernes fría y desangelada (los viernes no toca cine, pero era San Valentín y teníamos que hacer algo especial): Vivir es fácil y Nebraska. Nosotros dudábamos sobre qué sería más interesante. Al final nos decidimos por Nebraska ante el temor de que la sacaran de pantalla. Fue curioso porque a la entrada del cine nos encontramos por separado con varios amigos cinéfilos. Les preguntamos qué iban a ver y todos ellos, en una muy extraña coincidencia, nos respondieron lo mismo: veníamos a ver Nebraska pero resulta que, aunque estaba anunciada, no la ponen (luego nos dijeron que era porque se había estropeado la máquina); así que hemos sacado entradas para la peli de Trueba. Y eso hicimos, también, nosotros. Hay que reconocer que el cine estaba prácticamente lleno, cosa milagrosa. Probablemente, el mérito lo tuvo San Valentín.
La película, de la factoría Trueba y con excelentes trabajos de los actores Javier Cámara, Natalia de Molina y Francesc Colomer es entretenida. Cuenta la historia real de un maestro de inglés (Javier Cámara) que utiliza la letra de las canciones de los Beatles para hacer sus clases más atractivas. Aprovecha que John Lennon rodaba una película en Almería para viajar hasta allí y, así, conocer a su ídolo y entrevistarse con él. Por casualidades del destino, tropieza en el camino con dos adolescentes fugitivos: una muchacha (Natalia de Molina) que se escapa de una residencia de monjas donde la han recluido porque se ha quedado embarazada y un chaval (Francesc Colomer) que se niega a que su padre le obligue a cortarse el pelo. Así que los tres  se embarcan en la aventura de recorrer el largo camino hasta Almería (en realidad, los jóvenes van a ninguna parte pues lo único que quieren es escapar). Curiosamente, llegan a Almería en un abrir y cerrar de ojos, de manera que lo que parecía se iba a convertir en una película de carretera no lo es. Transitan por parajes paradisíacos (unas veces desérticos, otras llenos de acantilados y playas difíciles de situar en su trayectoria) y llegan, antes de lo previsible, a un caserío cutre cutre que se supone está próximo a Almería. Y allí viven la aventura de colarse en el rodaje y conocer a Lennon.
La película se llevó 6 Goyas: mejor película, mejor director, mejor autor, mejor guion original, mejor actriz revelación, mejor música original. Excesivo palmarés para una película agradable pero no extraordinaria. Es una historia sencilla y bien contada. Quizás eso sea ya un mérito, pero no sé…me ha sabido a poco. Los papeles a desempeñar por los actores son simples y no requieren de grandes dotes dramáticas. Puestos a hacer un papel difícil, el del niño con parálisis cerebral del bar. Él sí, bordó su papel.
Si entramos en la historia, le sucede un poco lo mismo. Resulta una anécdota divertida. No se trata de una historia con moraleja, de las que te hacen pensar. Trueba (autor, también del guion) nos quiere situar en la España de finales de los 60 a través de los coches (el viaje a Almería lo hacen en un Seat 850), de una educación basada en el bofetón y, a través de los ambientes cutres de postguerra. Un poco exagerado todo, para mi gusto. Ni las cosas eran así, ni la historia que quiere contar lo necesitaba.
El núcleo central de la historia es real. El maestro al que se refieren (Juan Carrión, maestro en Cartagena) existió y, de hecho, asistió con el equipo a la entrega de los Goyas. Y todos los agraciados se refirieron a él con mucho cariño. No me extraña. Que un maestro de inglés enseñara a sus alumnos con letras de los Beatles, debía ser en aquel entonces, todo un descubrimiento. Que asumiera el desafío de ir al encuentro de Lennon (también en real que Lennon estuvo en Almería rodando una película con Richard Lester que se tituló "Cómo gané la guerra" y se estrenó en 1967)  para hablar con él y plantearle sus peticiones (que las letras acompañaran a los discos para evitarle tener que sacarlas de oído y con defectos) todo una maravilla de vocación docente. Cámara lo hace bien. Sin aspavientos. El personaje tampoco lo requería.

Dice Trueba que lo que quiere transmitir la película es el optimismo de la vida. Que ya tenemos suficientes problemas como para ir al cine a vivir otros. Tiene toda la razón. Puede que suceda como lo que se dice de la prensa, que las buenas noticias no son noticias. Quizás las películas de buenos son menos cine que aquellas donde hay buenos y malos que luchan entre sí, donde la gente sufre. Desde luego es un cine que te golpea menos, pero lo agradeces. Y ahora que hay tantas cosas que te llevan a la depresión, incluido el tiempo, aún más. Lo cierto es que Vivir es fácil es una película de buena gente. Las situaciones por las que van pasando los personajes tenían mal pronóstico en un mundo de gente mala (una chica que se mete en el coche con un señor mayor y se escapa con él; un adolescente que se añade al grupo y está dispuesto a quedarse solo en un garito en medio de la carretera para ayudar en el bar a un tipo al que no conoce de nada y que bien podría explotarlo), pero aquí todos los personajes son buena gente y se ayudan entre sí, salvo el bruto del pueblo que hace de contrapunto y recibe su castigo. Buena gente en la que puedes confiar. Te relaja el ánimo.
Y al final es eso, sales del cine con una sonrisa. Has pasado un buen rato. Te has maravillado de la tenacidad de un profesor y de su buen criterio pedagógico (incluida su bonhomía con los jóvenes a los que sabe tratar y respetar), has disfrutado de unos paisajes andaluces preciosos y te has emocionado con el recuerdo melancólico de algunas canciones de Lennon. Y todo eso en San Valentín. Quizás sobre algún Goya, pero no ha estado mal.

domingo, febrero 02, 2014

La gran estafa americana


Definitivamente, una buena película, de esas que se agradecen en un fin de semana húmedo y frío. No me extraña que haya tenido tantas nominaciones a los óscar de este año y que se vaya llenando de premios desde que se estrenó. Es curioso que haya gustado tan poco a los críticos y a los tertulianos. En fin, eso depende de qué busque cada quien en un film. Quizás es que las expectativas con las que se acude al cine, sabiendo los muchos premios recibidos, son muy altas. A mí en todo caso, me encantó. Algunas de las quejas de los entendidos vienen a decir que esperaban más del director Russell. Puede ser, pero a mí me parece que va in crescendo en sus últimos trabajos., todos ellos de una calidad razonable.  
El elenco de actores es magnífico comenzando por el protagonista Christian Bale al que resulta difícil reconocer en el tipo medio calvo y barrigudo el personaje que encarna (divertidísima la escena con la que se inicia el film en la que el personaje de Bale intenta neutralizar su calvicie recomponiéndose el cabello a través de guatas y pegamento; también su postura de macarra gordinflón despatarrado en su silla tratando de seducir a la coprotagonista Amy Adams). 

Y qué decir de ella, la Adams, tan atractiva y estimulante con esos labios húmedos y brillantes y sus pechos semidesnudos que te atrapan cada vez que aparece en pantalla. También Jennifer Lawrence, menos descocada aunque luciendo palmito, está bien,; su papel pasa por momentos de dramatismo que ella borda, buen testimonio de que se trata de una enorme actriz. Bradley Cooper está en lo suyo, creíble en su papel aunque a veces sobreactúe un poco. Y los pocos momentos en que uno puede disfrutar de Robert de Niro, son estupendos. En general todo el elenco de actores llevan a cabo un trabajo extraordinario. Y esa es la primera columna del éxito.
También la historia que se cuenta es interesante y te mantiene en vilo las dos horas y media que dura el film. Puede que no sea un tema novedoso, ni lo sea la forma de enfrentarlo (al final, me quedó un cierto regusto a El Golpe, la película de Roy Hill en la que actuaban Paul Newman y Robert Redford, película que, por cierto, pasaron hace unos días por televisión). Pero, original o no en la temática, sí lo es en su desarrollo, sobre todo por el enorme cúmulo de detalles y guiños que se van introduciendo: escenas fantásticas, cambios de ritmo,  nuevos personajes. Se me paso volando el tiempo. El tema de la corrupción, grande y pequeña, es desde luego un tema manido en el cine (porque lo es en la vida, basta ver lo que está sucediendo en España), pero se puede abordar en plan documental, en plan dramático o en plan de comedia, como en este caso. Haciéndolo, incluso como comedia, no deja de tener su moraleja y la triple perspectiva desde la que Rossell trata de plantearla: nos vamos reinventando para sobrevivir (y por eso, las pequeñas estafas), aprovechamos las oportunidades para beneficiar a nuestros ciudadanos (el caso intermedio, la estafa venial); nos aprovechamos de nuestra posición (la gran estafa).
Pero más que la historia, lo que seduce de esta gran cinta es la perfecta recreación de los ambientes de los años 70; el manejo de la cámara que te acosa, te rodea y logra meterte de lleno en la situación; el guión y la música (ah!, qué música).Me impresionó la importancia que adquiere la música en los momentos clave del film, momentos dramáticos y, sobre todo, momentos románticos. Y también en el simple divertimento del bailar. Se le iban a uno los pies en algunos pasajes del film (tenía delante de mí en el cine a un grupo de chicos jóvenes que a punto estuvieron de ponerse a bailar entre las butacas, y eso que era música de los 70; y, desde luego, éramos bastantes los que tatareábamos entre susurros algunas de las canciones que iban sonando). Muy emocionante. Y luego, todos esos guiños que los buenos directores saben ir incorporando a la historia para hacerla amable: la peluca y la barriga de Bale, los pechos seductores de la Adams, el tipazo pijo de Cooper, la expresión plana del jeque, la escena de miradas fijas y apasionadas entre Adams y Cooper, en fin, muchos detalles que te meten dentro de la historia como un personaje más.

Y luego esas otras cosas que nunca faltan en una buena peli: la amistad como valor más allá de los avatares circunstanciales de la vida de cada uno; la complejidad del amor y el deseo cuando se encarna en personas y situaciones concretas; los sutiles disfraces de la corrupción y el apego al dinero. Muchos mensajes implícitos para poner en marcha, si se desea, las neuronas de la reflexión y el contraste con nuestras vidas.
Una buena tarde de cine, que no es poco.

jueves, enero 02, 2014

ADIÓS, jodido 2013





Se nos ha ido el año 2013. ¡Meigas fora! Bienido sea.
Cada uno tendrá su opinión, desde luego, pero por lo  que a mí se refiere ha sido un año nefasto. Claro que 365 días son demasiados para que todo sea tan negro. Siempre aparecen días de tonos más grises y amables. Incluso, hay algunos que son luminosos. Pero ni siquiera éstos logran quebrar ese tono sombrío y amenazador del conjunto.
Aunque se han mezclado problemas de todos los colores, los peores han sido los de salud. Parece mentira cómo pueden cambiar las cosas en unos pocos días. A traición. La cosa comenzó mal porque en las vacaciones navideñas a mi hijo le pareció digno de atención que yo le hablara de algunos mareitos que me daban cuando me ponía a andar. Algo no debía sonarle bien (es lo que tiene tener un hijo cardiólogo)  y arregló las cosas para que me hicieran una revisión cardiológica a fondo. Mala cosa que te empiecen a chequear los médicos. Es como llevar al coche al taller o a la ITV, sobre todo si el coche tiene sus añitos y los has utilizado de aquellas maneras.  Siempre aparece algo. El chequeo salió bien, pero no tan bien. Y aparecieron las arritmias y una sinfonía de extrasístoles. Nada grave, me dijeron. Un poco más de medicación y a cascarla. Ah, carajo, pero en el mes de Marzo llegó el síncope. No es que fuera nada, pero pudo serlo. Y de nuevo al hospital, esta vez, ya en serio y para quedarme. Me hicieron el tercer grado y me aplicaron toda la batería de pruebas disponibles: primero los fontaneros, después los electricistas, más tarde los técnicos de sonido y, al final, los mecánicos que me incrustaron una pieza nueva. Resultado: tablas. Algo hay pero no sabemos qué, ni por qué. Eso sí, tarjeta amarilla: ándese con cuidado. Obviamente salí del hospital lleno de malos presagios y buenos propósitos. De esos que ya sabes que no puedes cumplir o no serías tú: un mes sin hacer nada y dos más con viajes solo pequeños, sin salir de España. Y después, a modiño hasta alcanzar de nuevo la velocidad de crucero. Y así hasta hoy.
Antes de salir de mi propio agobio llegaron otros añadidos en la familia. La saña de la enfermedad resulta, a veces, incontrolable. Más aún cuando a los males objetivos se añade el poder destructivo de algunas palabras como “cáncer”. De nada sirve que te digan que los avances médicos han mejorado mucho los pronósticos. Siempre acabas temiendo lo peor. Fueron meses de lágrimas y sustos contenidos. Tiempos de hospital, de diagnósticos que esperabas con tanta ansiedad como temor, de operaciones, de mucha angustia contenida. Y así hemos vivido todos estos meses con un desenlace trágico en un caso y una esperanza contenida en el otro.

Esa ha sido la parte negra del 2013. Afortunadamente, también ha tenido su parte luminosa. Nuestros hijos nos han anunciado dos nuevas nietecitas para el 2014. La alegría que transmite ver a Berta crecer se va a ampliar este año con dos nuevas voces, Iria y Mar. Una en Madrid y la otra en Barcelona. Ésa es la parte del “…no ahoga” del refrán. Dos salvavidas para mantenerse a flote en este proceloso 2013.

Así que  a nadie le sorprenderá que nos alegremos de que haya concluido. Lo despediría con un desesperado “que te den…”. Pero, no quiero tentar a la suerte. Casi voy a preferir cruzarlos dedos, no vaya a ser…

viernes, diciembre 20, 2013

Mari Carmen querida, adiós.




Solemos decir que la vida, de una manera u otra, es justa pero que la muerte es siempre injusta. Con Mari Carmen fue al revés, la vida no siempre le fue justa y, en cambio, la muerte (que siempre es una desgracia) fue justa con ella, llegó cuando la enfermedad empezaba a resultar insoportable. Demasiado pronto para cuantos la queríamos, pero  en el tiempo justo para ella. Le permitió despedirse de todo y de todos; le permitió jugar su partida de cartas la tarde anterior a venir a buscarla; le permitió ver a su hija con trabajo y relajarse; hasta le permitió, bendita sea, esperarme de regreso de mi último viaje a México. Pero, sobre todo, fue justa y benevolente porque no dejó que sufriera. Mientras la cosa podía  sobrellevarse con cataplasmas y pastillas pudo disfrutar con las personas a quienes quería; cuando ya nada hubiera podido neutralizar el dolor, la muerte la llamó a su reino. Eso no aminora la desgracia ni el dolor por su pérdida pero, puestos en su lugar, nos la hace más soportable.
Querida cuñada, solo han pasado unos pocos días desde que te hemos perdido pero aún seguimos con el shock. Aunque tu enfermedad nos dio el margen suficiente para irnos preparando, no es fácil elaborar el duelo. Especialmente a tus hijos que siguen con esas ojeras enormes que provoca el no dormir bien, el llorar a solas, el sentirse mal con ese dolor indefinido dentro que solo se irá mitigando con el paso del tiempo. También tus hermanos siguen ahí, en ese impasse que provoca el perder a uno de los pilares sobre los que asentaba su normalidad, su estilo de vida. Dependían de ti tantas cosas en sus vidas que, ahora que te han perdido, necesitarán buscar otros puntos de anclaje para construir su propio futuro. ¡Qué verdad es aquello de que cuando crees que ya tienes las respuestas a lo que deseas ser y hacer, viene la vida y te cambia las preguntas! Y ahí estamos todos preguntándonos qué será de todo ese entramado vital que habíamos construido contigo y en torno a ti. Eras tan importante en la vida de todos nosotros que tu muerte ha sido como un tsunami que se ha llevado buena parte de nuestra propia vida. No va a ser poco reto el volver a reconstruir aquellos cómodos esquemas de vida que habíamos construido.
A la muerte de nuestro padre, un hermano mío decía que, al final, lo  que nos queda son recuerdos. No necesariamente grandes recuerdos, sino recuerdos de esas pequeñas cosas que hicimos juntos. Y es verdad. Con las personas vivimos grandes momentos, unos de alegría y otros de mucho sufrimiento. Esos también se recuerdan, pero los que te llegan más dentro, los que te hacen sonreír, incluso en momentos así, son pequeñas cosas que se han vivido juntos. Quizás porque son momentos más personales, con un significado especial para quien los vive. O quizás que son cosas minúsculas pero que acaban ocupando un lugar privilegiado entre nuestros recuerdos. Cosicas. Y, sabes cuñada, mi vida contigo ha estado plagada de esas cosicas pequeñas pero agradables (aunque, quizás en su momento, supusieran un disgusto al que el tiempo ha eliminado la parte ácida).  Nuestra vida en común es como un largo trayecto entre dos comidas: una mariscada a finales de 1973 y un rabo de toro a finales del 2013, unos pocos días antes de fallecer. O sea, cuarenta años, ¡toda una vida! La mariscada me la ofrecisteis Manolo y tú la primera vez que llegué aterrorizado a Galicia como novio oficial de Elvira. Quizás fue una prueba para ver si era digno de entrar en la saga de los Cerdeiriña, pero yo lo viví como un momento de acogida y cariño que hizo que desde el primer momento me sintiera muy bien. El rabo de toro te lo ofrecí yo como uno de esos mimos que me gustaba hacerte en los pocos minutos en que podía pasar contigo. Disfrutabas tanto con esos momentos de excepción culinaria en los que podías romper el menú habitual de la semana, que nos hacía olvidar por unos momentos la complicada situación a la que te había llevado la enfermedad.  Hasta podíamos bromear y recordar y planear cosas para el futuro.
Decía, al inicio, que la vida no había sido justa contigo. Perteneciste a la alta sociedad coruñesa durante muchos años y, sin que mediara culpa alguna por tu parte, perdiste status y recursos. Tuviste que valerte por ti misma y lo hiciste con una valentía y un sentido del honor personal que te ha merecido el respeto de todos cuantos te conocen. Nunca es fácil  reconstruir como viuda el esquema de vida que se ha tenido como esposa de un médico de alto prestigio. En Coruña lo es aún menos. Y, sin embargo, ahí estabas, en la élite, entre “los de Coruña de siempre”, en toda la pomada coruñesa. Ibas para “señora de…” y lograste convertirte, con no poco esfuerzo, en simplemente señora. De las muchas cosas por las que te puedo admirar, ésta es, sin duda, la más importante, tu capacidad de adaptación. Sin dar mucha importancia a lo que hacías, sin otorgarte otro título que el de madre empeñada en sobrevivir. Parecías débil y dependiente y nos has dado toda una lección de cómo se puede llegar a liderar una familia tan complicada como la vuestra/nuestra con tino y eficacia, logrando el respeto de todos. Liderazgo que has mantenido hasta el final, ese brillante broche final de ser capaz de estimular el reencuentro entre hermanos y sobrinos. Es una herencia valiosa la que nos dejas. Cuídala, por favor, desde esa posición privilegiada que ahora ocupas. Es un brote verde que precisará mucho de tus cuidados.
De esos largos 40 años que hemos pasado juntos, más de la mitad, los hemos recorrido casi como trio de hecho. Los tres, Elvira, tú y yo, hemos hecho viajes, hemos ido al cine, hemos cenado, hemos pasado vacaciones en Orazo, hemos compartido con Vicente sus fiestas de Poio, hemos organizado cada navidad, hemos, hemos. Teníamos mucho pasado juntos y así habíamos planeado también el futuro, juntos en Coruña. Figúrate el desaguisado…

En fin, querida cuñada, nadie nos va a quitar las muchas cosas que hemos vivido juntos. Buenas y malas. Nunca podré olvidar lo que significaste para mí durante todo aquel mes trágico de Valladolid, tras el accidente de coche, en el que yo creía morir cada día al ritmo de los informes médicos sobre Elvira. Tú siempre estabas allí. Tan angustiada como yo, pero manteniendo el tipo. A veces me reñías porque no me cambiaba la camisa en varios días y me sentaba fatal (la camisa era el menor de mis problemas) pero me consolaba saber que estabas allí controlando mi desesperación. Pero también hemos tenido muchos momentos buenos (la boda de Manuel en la que pude bailar contigo tras tus primeros pasos como madre del novio; las muchas comidas en Casa Solla cada 6 de Agosto; los ratos de soledad a tres en Orazo; los viajes en tu flamante Mercedes a los campamentos de nuestros hijos; en fin, muchas cosas). Todo eso, pasa por mi cabeza en estos momentos de despedida. Una despedida relativa porque yo te seguiré teniendo cerca en Orazo, te visitaré con frecuencia y charlaremos.
Un beso enorme, querida cuñada. Ni te imaginas lo importante que has sido para todos nosotros.

jueves, diciembre 12, 2013

¡Adiós, corazón!


Frustrante cosa ésta del lenguaje que incluso la frases cariñosas se convierten en aldabonazos inmisericordes sobre el paso del tiempo.
Hoy me tocaba revisión de ese pequeño adminículo que llevo incrustado en el pecho. Se llama Reveal con un nombre que quiere parecer inglés pero está hecho en Portugal. Al final se queda en poquita cosa, una especie de pen-drive. Pero bueno dejémoslo estar que de él ya he hablado bastante en este blog, ahora intermitente (es un blog con apneas peligrosas). La cosa es que me tocaba revisión. En el hospital descargan sus anotaciones sobre las arritmias y te riñen si te has pasado. Yo me había portado bien (bueno, el corazón es el que se había portado bien, que él es muy autónomo), así que la cosa fue de trámite. De hecho, quien me atendió fue una enfermera, aunque bien preparada y muy habladora, con ese tono autosuficiente de las que llevan años de oficio.
Me colocó el aparato lector, extrajo los datos del cardio-pendrive y los analizó en pantalla. Nada, todo bien. Solo había dos incidencia, una marcada por mí y otra por el aparatito. Luego hizo su informe y me citó para dentro de seis meses.
Y al final, la guinda. “Y ya sabe, si le da algún mareo o un síncope se acerca por esta consulta sin pedir cita”. Muchas gracias, le dije. “Nada, corazón, a cuidarse”, me dijo ella. Pensé si se estaría despidiendo de mi víscera cardiaca, pero no, me lo decía a mí. Y cuando yo salía, ella aunque mirando para otro lado, lo repitió: “Adiós, corazón”. Me sonó chocante. No era un corazón de esos que significa “cariño” (adiós, cariño). La enfermera no era jovencísima pero, vamos, tampoco mayor. Yo debiera haber sentido “¡coño, me he ligado a la enfermera!”. Pero qué va, hubiera estado bien, pero no sonaba a eso. Más bien sonaba a trato maternal y compasivo (ya está usted mayor… cuídese, corazón). Me encantaba escucharlo cuando se lo decían a mi padre. Sonaba bien, a juego relacional, a enfermeras cariñosas con las personas mayores. Pero escucharlo dirigido a mí me sorprendió. Fue un coscorrón más que una caricia.
No somos nadie, está visto. Y, menos aún, en el hospital.
¡Señor, qué estrés! ¡Qué deterioro progresivo de la autoimagen!