viernes, mayo 15, 2026

EL PUTTERING, ese nuevo lujo gratuito

 

La periodista Carmen Posadas en su habitual rincón de elucubraciones en el XL Semanal (12 de abril del 2026, p. 49) se refiere al puttering como el nuevo resquicio que se abre para aminorar el estrés. He de confesar que, visto así a vuela títulos, me pareció una propuesta osada por demás, pero bien conocida. Echar un polvo siempre ha sido desestresante, pero si a ello le añades el hacerlo en territorio prohibido supongo que la cosa resulta de mayor impacto si cabe.

A mí me lo confirmó un fisioterapeuta al que acudí en su consulta de Estella, en Navarra. Él era un tipo con prestigio en la ciudad y tenía su consulta en un palacete espectacular. Era de los que te coge la cabeza y te la rota, de un golpe seco, hasta buscarle un nuevo acomodo. ¿Y de sexo qué tal vamos?, me preguntó después de dejarme la cabeza en su sitio. Pues se hace lo que se puede, le contesté. Es que eso es muy importante, dictaminó él, si se puede dentro de casa mejor, pero si no, fuera de casa. Me acordé de él cuando leí el título de la Posadas.

Pues resulta que no, que el puttering no va de sexo. Y el salto semántico que hay que hacer es como para despeñarse por el acantilado de los significados. ¿Quién podría pensar, así a bote pronto, que lo del puttering se refiere a lavar los platos, regar las plantas, hacer calceta, barrer y otras pijadicas por el estilo? Y ni siquiera se trata de que hagas todo eso para ganar méritos que conduzcan al deseado polvo matrimonial, ¡qué va!, lo haces gratis e amore, como receta psicológica para sentirte mejor. ¡Impresionante!

Dicho lo cual, he de confesar que a mí todas esas actividades domésticas me encantan y las disfruto, pero hombre, llamar a eso puttering resulta chocante. Estoy convencido de que, para más de uno, ese puttering cotidiano tendría más que ver con lo de “estar puteado”, que con lo de sentirte bien.

Y ya digo, yo hago mucho puttering desde siempre. Lo mío era que en momentos de marasmo porque no sabía por dónde tirar en la cantidad de cosas que siempre he tenido abiertas, entonces lo mandaba todo al carajo  y me ponía a ordenar la biblioteca. Y aún sigo haciéndolo, solo que ahora paso de la biblioteca y lo que trato de arreglar es el caos de archivos que tengo en el ordenador. Y sigo cocinando, yendo a la aldea a cortar matas, saliendo a caminar cada día… en fin, mucho puttering.

 Y esa misma tendencia la he visto en muchos amigos: muchos se aficionan a cocinar (no a diario, claro), a cultivar tomates, a mantener el jardín (lo que, en Galicia, no es tarea fácil), a sacar partido a su huertito, a pintar, incluso a planchar y coser. Se trata de esas rendijas en el bloque de la vida cotidiana (sobre todo, quienes tenemos tareas intelectuales) a las que uno se asoma para ver el afuera, lo otro. Y parece ser que eso es bueno, una especie de jacuzzi mental (y, en este caso, manual).

Sobre las ventajas del puttering hay mucho escrito. La propia Posadas cuenta un experimento de la Univ. de Texas en el que, el día anterior a un examen dividieron a sus estudiantes en tres grupos: al primer grupo le pidieron que estudiaran como locos para llegar bien al examen, al segundo le dijeron que salieran de copas con sus amigos la noche anterior al examen y al tercero que regara las plantas o se relajara haciendo alguna tarea sencilla de bricolaje en casa. El resultado fue que el tercer grupo superó a los otros dos en la calificación obtenida. No es una gran cosa como experimento, pero da qué pensar.

Y lo cierto es que si uno analiza las referencias sobre el puttering se encuentra con tantos beneficios que se diría que estamos ante un nuevo elixir milagroso que lo cura todo: reduce el estrés y la ansiedad; permite salir de los frecuentes bucles emocionales (enfados, frustraciones, cansancio mental, sensación intensa de culpa, ganas de matar a alguien…) para recuperar el control; despeja la cabeza al sustituir el pensar por el hacer cosas que no exigen pensar. En definitiva, que propicia una especie de reseteo mental.

Al final, podemos comprobar que eso de hacer cosas sencillas era algo que, antes, formaba parte de la vida cotidiana, pero que, ahora, como quiera que todo viene hecho o tenemos máquinas que nos lo hagan, necesitamos reinventarlo de nuevo. Y ponerle nombre, aunque lo de puttering chirría bastante por sus resonancias semánticas a otras experiencias de signo bien diferente. Los ingleses tienen otro vocablo para expresarlo: idling. El Cambridge Dictionary explica que idling es cuando se deja el coche estacionado, pero con el motor en marcha y que referido a la vida cotidiana es cuando dedicas tiempo a no hacer nada, a relajarte, a estar ocioso. O sea, a lo que italianos, sabiamente, llamaron el dolce far niente.

Más técnicamente se ha vinculado el puttering con conceptos relacionados con la salud mental y el bienestar de las personas. Por ejemplo, con los momentos de “divagación mental” (mind wandering), esa desconexión cognitiva haciendo cosas sencillas que no requiere mucha vigilancia para dejar libre nuestra mente para vagar a su aire por asuntos diversos. Claro que si uno abusa de ese vagabundeo (cosa frecuente) acabas sin poder concentrarte en nada. Y, en sentido contrario, también se relaciona el puttering con el moderno flow, aunque en su versión suave: concentrarse en la tarea manual que estás haciendo para hacer que tu mente deje de pensar en los asuntos serios que la perturban y agotan: lavar platos de forma atenta, hacer ganchillo, cocinar un postre, etc., exigen una atención concentrada en detalles que te hace olvidar (salir de) otras preocupaciones.

 Pero de todos esos nombres vinculados, de alguna manera, al puttering, el que más me gusta el de “savoring”, quizás porque es el que más he echado de menos en mi vida, demasiado precipitada, casi siempre. El savoring alude a la posibilidad que te concedes de prolongar sensaciones positivas y disfrutar de ellas. La idea no es nueva, la propusieron Bryant y Boyd en el 2007[1] que definen el savoring como la capacidad de prestar atención a las alegrías, los placeres y otros sentimientos positivos que experimentamos en nuestras vidas. Tomar un café sin prisas, disfrutar de una lenta puesta de sol, cocinar un plato, lavar el coche, colocar un ramo de flores. Además, tú puedes aplicar el savoring al presente, lo que estás viviendo en este momento; al pasado, experiencias de las que disfrutaste (o que disfrutaron otros próximos a ti) y de las que sigues disfrutando cuando las recuerdas; al futuro, disfrutando anticipadamente de cosas que estás planeando hacer, como un viaje, una cita, una fiesta.

En fin, que esto del puttering da para mucho y, además, resulta bien barato.



[1] Bryant, F. & Veroff, J. (2007). Savoring. A New Model of Positive Experience. Lawrence Erlbaum Associates

 

 

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