jueves, julio 02, 2020

INMERECIDO PERO GRATIFICANTE HOMENAJE.



“Una jornada interesante”, me susurra mi narciso desde su escondite en la zona sombría del Ego donde sigue confinado desde que no se puede viajar y dar conferencias y cursos por el mundo adelante. A él le suele gustar el guirigay de aplausos, fotos y felicitaciones que generosamente suelen tributar los participantes en los eventos. Pero ahora, con la pandemia, lo noto más mustio y con un humor cambiante, entreteniéndose resignado en tonterías varias escasamente gratificantes.
Por eso resultó interesante que Felipe nos invitara a comer bajo la excusa atractiva de que su hijo Luis nos prepararía su plato estrella de pasta a la boloñesa ("su ragout, aprendido en su año de Erasmus en Siena, es espectacular" nos había anunciado su padre). Eso y el baño en la piscina era una expectativa más que suficiente para pasar un buen rato con ellos, algo que desde hace años hacemos con menos frecuencia de la que nos gustaría a ambos. En fin, para tratarse de un martes, un plan cojonudo. Dije que sí, pasando por alto que podríamos tener algún problema doméstico para poder ir: venían obreros a casa para instalar un toldo en el balcón que nos permita utilizarlo a salvaguarda del sol vespertino y, además, teníamos que desplazarnos hasta el aeroclub para apuntar a nuestros nietos a un campus veraniego. Con todo eso por delante, lo sensato hubiera sido decir que no nos venía bien ese día, pero, en fin, dije que sí. Y, la verdad, todo salió bien. Hicimos los encargos y allí estábamos a la hora acordada. El baño sirvió para inaugurar la temporada; la comida fue estupenda y Luis se lució con su ragout, aunque su perfeccionismo le dejó una pizca insatisfecho. En fin, tras la comida, quien quiso pudo echar un sueñecito de siesta. Yo no, porque me lié con Elisa en la preparación del software para hacer un álbum fotográfico (bueno, ahora ya sé que quien me lió fue ella, cumpliendo, supongo, el papel que le había tocado en la ceremonia prevista).
“Y a qué viene todo ese rollo, si se puede saber”, me insiste la otra parte de mi yo, preocupada por mi tendencia a divagar que ella vincula a vestigios incipientes de senilidad. Pues sí, me justifico, sirve para explicar que yo estaba en la luna y que ni por el forro me imaginaba la emboscada en la que me había metido mi amigo Felipe. De pronto me dice él, “ponte aquí Miguel, mira con quién estoy hablando por Internet”. Y allí fui pensando en saludar a alguien con quien él tenía algún compromiso esa tarde. Le pedí a Elisa que continuara ella la batalla con el Windows y el fotoprix, que yo volvía enseguida. Y me pasé al otro lado de la mesa para cumplimentar, suponía yo, a algún amigo que estaría al otro lado de la ventana virtual. Y allí estaban, efectivamente, no solo uno sino diez (Michavila, Paricio, Amparo, Idoia, Aurelio, Gregorio, Pepe Tejada, Mónica Freixas, Marta, Juan Vázquez). Todos ellos y ellas gente importante y buenos amigos. No sé qué cara pondría yo, pero me supongo que una de mucho asombro y sorpresa. “¿Y vosotros?, supongo que les preguntaría, ¿estáis en alguna reunión?”. Y tras esa primera sorpresa pude haberme callado o ponerme a hablar como un descosido tratando de adaptarme a la situación. Y me dio por hablar. Lo habitual cuando te tropiezas con alguien a quien no esperabas. Como aquí no cabía la excusa de comenzar hablando del tiempo que hacía, acudí a otros asuntos más actuales: la pandemia (“os veo a todos estupendos, está claro que habéis superado bien el trance del confinamiento”, les saludé); las novedades que ya conocía de alguno de ellos (Paco Michavila, por ejemplo, que había regresado de su misión en la OCDE y la Unesco en París). En cualquier caso, yo seguía en el guindo y no tenía ni idea de qué pasaba. Así que seguía acaparando inocentemente la conversación hasta que Felipe comenzó a preocuparse y me pidió que me callara y que les dejara hablar a ellos. Aquello me sonó raro y comencé a hilar hilos. Y me enteré del asunto:  habían preparado un número especial de REDU, que acababa de salir y que me lo dedicaban. Ellos eran autores de textos dentro de ese número y estaban en ese acto virtual que quería ser, a la vez, la presentación del ejemplar de la revista y un homenaje para mí. Un marrón.  
Me callé, por supuesto. Y empecé a recibir esa lluvia fina y refrescante de los halagos. Cada quien fue recordando algunos momentos de la larga historia que hemos compartido juntos. Han sido muchos años compartiendo temáticas vinculadas a la universidad, a la formación didáctica del profesorado, a las innovaciones, a la calidad. Y lo hicieron con ese cariño de quien te aprecia, de quien ha compartido afanes e iniciativas, unas más cortas otras más dilatadas en el tiempo, para la mejora de la vida y la enseñanza universitaria.
Bueno, qué decir. En aquella situación de sorpresa sobrevenida yo solo podía dar las gracias a cada uno que hablaba y decía cosas tan emotivas. Mi verborrea anterior se convirtió en silencio y recogimiento. A medida que quienes hablaban referían su relación conmigo, mi cabeza y mis emociones se trasladaban a aquellas situaciones que ellos rememoraban y las revivía al ritmo afectuoso con que ellos lo iban contando. Efectivamente, fueron muchos años de trabajar con mucha gente y esa colaboración dejó, sin duda, sus frutos, tanto para ellos como para mí. Yo los hubiera contado con el mismo aprecio y cariño con el que ellos lo hicieron. Ese tránsito que alguno de los presentes refirió diciendo que habíamos iniciado nuestra relación como colegas y la habíamos concluido como amigos. Es una buena síntesis de lo que me ha ido pasando con muchos de los colegas con los que me ha tocado trabajar. No con todos, es verdad., pero sí con la mayoría. Incluso los colegas que coincidían poco con mis planteamientos y con los que discutía mucho (fueron memorables nuestras controversias en las redes), nunca se convirtieron en mis enemigos o, por lo menos, nunca los sentí así. Y, al contrario, lo que sí es verdad es que con algunas personas he llegado a trabar una amistad duradera. Algunas de esas personas estaban allí recordando con cariño mi trabajo con ellos. ¡Qué decir!

Lo curioso de esas amistades es que son heterogéneas en su perfil. A veces me ha sido más fácil congeniar con personas provenientes de otros campos científicos que con colegas de Educación. Trabajando en relación a la Universidad, esa es una condición fundamental. No  valen los discursos cerrados y autoreferidos, no valen los tiquismiquis lingüísticos o doctrinales de la ortodoxia pedagógica. Te exigen propuestas viables y sensatas para situaciones concretas. La mayor parte de las veces sirven de poco los principios o normas genéricas y tienes que explorar propuestas imperfectas que solo la práctica revisada te permitirá ir mejorando. Es probable que mis propias inseguridades hayan sido, a la postre, una de mis ventajas en un contexto tan variopinto y complejo como es la universidad.
Probablemente, de todos los presentes en aquel homenaje virtual, sean Amparo Fernández y José María Maiques (que no estaba presente, pero estando Amparo, también estaba él, o su espíritu) las personas con quienes más tiempo llevo trabajando: siempre han estado en mis grupos de investigación y compartimos, en su día, la fundación de REDU con María Jesús, la creación de la revista y, en general, de todo ese gran movimiento que supuso la incorporación de los ICEs a la reflexión sobre la docencia universitaria y la formación pedagógica del profesorado. Ellos, desde el ICE de la Politécnica de Valencia, fueron siempre el faro que nos sirvió de  guía a quienes peleábamos la misma pelea en otros escenarios. Mucho tenemos que agradecerles quienes hemos estado vinculados a la docencia universitaria.
La heterogeneidad en el perfil de quienes han querido participar en este homenaje la marca muy bien Paco Michavila, catedrático de Matemática Aplicada, formador de ingenieros, gran experto internacional en políticas académicas, persona con enorme influencia en el contexto universitario español. Él ha sido mi mentor y apoyo durante los últimos 25 años. Paco es como una memoria viviente de todo lo que ha sucedido en esa época tan alucinante para la universidad española. Gracias a él he participado en alguna de esas corrientes que han dinamizado el panorama universitario español: la renovación de las metodologías, la incorporación al proceso de Bolonia, etc. Ha sido fantástico porque Paco es capaz de abrir cualquier puerta y de conseguir cualquier tipo de complicidad de los gestores universitarios (y sin ellos, pocas cosas pueden hacerse y pocas mejoras se pueden alcanzar). Te debo mucho, Paco y lo sé. Dicen que la vida de las personas viene condicionada por esos momentos impactantes que aparecen sin esperarlos y que te marcan para bien o para mal. Encontrarme con Paco, aún no sé a santo de qué fue nuestro primer encuentro, constituyó para mí uno de esos momentos impactantes que significó la apertura a nuevos espacios y nuevas gentes. Una etapa estupenda.
Javier Paricio es un caso muy especial. No sé por qué. Quizás por ser mañico, una tierra con cuyos juncos vitales construí mis cimientos académicos en aquellos lejanos años de los Comunes en la Universidad de Zaragoza. La Zaragoza de aquellos años te marcaba y te dejaba una huella indeleble en tu sistema autoinmune que te hace muy vulnerable a cualquier persona o cosa que venga de allí. Bueno, lo importante en Javier es que sin ser pedagogo sabe y siente la educación como ya me gustaría a mí saber y sentir. Su trabajo en el ICE de Zaragoza junto a Fernando Blanco fue otro de los faros que nos orientaban y marcaban tendencia a quienes nos metíamos en el estudio de la docencia universitaria con menos experiencia, conocimientos y recursos que ellos. Fue un privilegio trabajar con ellos en los buenos tiempos de los ICEs y lo ha sido, ya a nivel personal, cuando aquel esquema inicial decayó y todo ha venido a descansar en estructuras más débiles y coyunturales. Sin mucho margen de duda, Javier es, a día de hoy, uno de los más interesantes exponentes nacionales (y, aunque parezca exagerado, también de los internacionales) de lo que puede dar de sí la pedagogía universitaria. Mérito que él se ha currado muy a fondo (basta conocer su tesis doctoral y sus publicaciones).
Aurelio Villa es otro de los colegas y amigos con los que he vivido experiencias muy interesantes desde hace muchos años. Persona muy relevante en la Universidad de Deusto, desde allí logró transferir a todo el país los avances que ellos iban logrando conseguir. El que él dirigía era otro de los ICEs que ha contado siempre con un gran equipo de profesionales y que nos servía a los demás de faro y guía en la mejora de la docencia. Menos sujetos, como instituciones privadas, a los lastres organizativos y docentes de las universidades públicas, fueron abriendo camino en muchas temáticas innovadoras para la docencia. Aurelio ha sido un gran experto con quien me ha dado mucho gusto compartir congresos e iniciativas en diversas partes del mundo. Su intervención de ayer fue muy cariñosa y llena de sentimiento. Te lo agradezco mucho, Aurelio. Ya sabes que comparto ese cariño que siempre demuestras a los amigos y ahí estaremos siempre.
Con Pepe Tejada he compartido tantas cosas y desde hace tanto tiempo, con amigos tan importantes como Adalberto, Joaquín, Vicente, Ángel Pío, que resultaría imposible resumirlas. Con ellos he compartido batallas en ámbitos tan diversos como las prácticas, la formación para el trabajo, las competencias. Hemos pertenecido a una generación de pedagogos todoterreno y curiosos, lo cual nos ha impedido, probablemente, ser eruditos intensos en un campo específico, pero ha tenido, también, sus ventajas: hemos ido atravesando espacios y culturas formativas bien diversas, hemos incursionado en terrenos pantanosos y demonizados que nos han acarreado no pocas críticas y descalificaciones, pero, al final, debemos estar contentos porque el habernos arriesgado nos ha abierto mucho la perspectiva educativa con la que analizar los procesos formativos y nos ha hecho más humildes y menos seguros. Tengo para mí, que también tú, Pepe, estás contento por ello.
Con Idoia he tenido menos relación directa, pero me siento muy agradecido porque siendo ella responsable académica en la Universidad del País Vasco siempre sentí aquella universidad me recibía con aprecio. Y llegué a sentirla como mía. Y, cuando posteriormente, nos hemos planteado iniciativas conjuntas, siempre ha sido una persona estimulante y comprometida con la docencia.  Como le dije a ella ayer, fue la universidad donde más escucharon mis propuestas e intentaron trabajar a partir de ellas. Y yo siempre he pensado que, de no ser porque el amor y esas cosas me trajeron para Galicia (de lo que me siento muy orgulloso), yo habría acabado en aquella universidad. De algo habría de servir que todos mis estudios, desde los 11 años hasta la universidad, los hice en aquella tierra. Además, tenía muy buenos amigos y amigas en la Facultad. Me hubiera integrado bien.
A Mónica, Marta, Juan y Gregorio los he conocido ya en REDU. Tanto Redu Asociación como Redu revista ha sido para muchos de nosotros un lugar de encuentro. Un espacio imprescindible para mantener viva la llama de la preocupación por la docencia universitaria. Me alegra muchísimo que hayan aceptado participar en este número y que guarden buen recuerdo de las cosas que he escrito o dicho. Todos vosotros sois gente importante en lo que se refiere a temas de docencia y lo tendréis que ser, aún más, en el futuro.  Contar con amigos así me llena de orgullo. De Marta, Juan y Gregorio (y de Idoia y Javier que también forman parte del equipo), espero que logren mantener fuerte la REDU. Es una red preciosa y necesaria, que lo será todavía más en los años de crisis y transformación de la universidad que nos vienen por delante. Ellos saben bien de la importancia de que la Asociación eche raíces en todo el territorio nacional, que sea capaz de convocar a gentes de todos los sectores y de las diversas especialidades siempre que compartan su interés por la mejora permanente de la docencia, y que asuman una visión abierta a la policromía de las diversas formas de hacer una buena docencia.
A Felipe lo dejo para el final porque, aunque él no estaba en la pantalla, su presencia global en todo aquello era patente y lo tenía a mi lado (así ha sido siempre) poniendo en marcha todo este tinglado de homenajes y recuerdos. Él sabe que a una parte de mí no le gustan estas cosas y lo pasa mal; pero él tiende a conceder mayor credibilidad a la otra parte, la que se deja querer y no le hace ascos a los mimos y alabanzas. Y así me tiene, de sorpresa en sorpresa. ¡Benditas sean!. Pese a que fui su profesor, su director de Departamento, su decano (también él lo fue mío), su jefe de grupo de investigación, su IP en diversos proyectos, su Presidente en AIDU, nunca me ha dejado ser su jefe (ni yo lo he pretendido, la verdad). Se vive mucho mejor a la sombra de su amistad, de su compromiso, de su fidelidad crítica. La vida y la dinámica de nuestro Departamento nos ha llevado a hacer un tándem permanente y eso, con el tiempo, va generando una notable complicidad que, en nuestro caso, se amalgama con afecto, con muchas e interminables discusiones que, si nos llevan al absurdo, situación no infrecuente, él suele zanjar con aquello de que “me pones de los putos nervios”.  Pero nos llevamos bien, muy bien. Hemos compartido muchas vivencias y experiencias académicas e intelectuales, pero también otras gastronómicas y lúdicas. Y sabemos que cuando estamos juntos, estamos bien. Así que tanto la preparación de este momento de homenaje, como lo que dijo  en la tarde de ayer con todos vosotros presentes, como lo que escribió en el número de la revista no son sino una pequeña muestra de todo lo que ha venido haciendo y diciendo durante estos años cada vez que me han honrado con un reconocimiento. En fin, poco más puedo decir que “muchas gracias”, Felipe. Ojalá tenga yo la oportunidad y la capacidad de hacer algo similar cuando tú estés en tu etapa de homenajes.
Y sí, chicos y chicas, amigos queridos, muchas gracias a todos por este homenaje. Espero que al hacerlo no me deis por amortizado y sustituible porque a mí me encantaría seguir trabajando con vosotros. De hecho, tengo dos o tres proyectos muy interesantes que proponeros.

jueves, junio 18, 2020

BACURAU




Cuando nos permitieron salir de casa, tras semanas de encierro, lo hicimos cargados de ansiedad, como quien busca algo que anhela y echaba mucho en falta, como si fuera el final de un ramadán lleno de privaciones. ¡Cómo disfrutamos de aquellos paseos, aunque estuvieran limitados en tiempo y distancia! Una sensación parecida he sentido estos días con el inicio del cine, del cine de verdad, ése de pagar entrada, de ir a la sala, de sentarte en tu butaca en un ambiente íntimo y con sonido envolvente y dejarte llevar por la historia que te cuentan. Fantástico. Así fue como me sentí inmerso en esa historia dramática que cuenta Bacurau.
La publicidad la presenta como un film extraño, compendio de estilos diferentes (western, Thriller, cine fantástico, cine político, etc.) y con una fuerza expresiva que le ha hecho merecedor de diversos premios internacionales en Cannes, Sitges, La Habana, etc. Pero, para ser sincero, para mí todo eso resultó secundario ante el hecho de que se trataba de un film brasileño y que contaba una historia ubicada en Pernambuco. Con eso era más que suficiente para excitar mi interés, pues son muchos los lazos que me unen a colegas pernambucanos de Recife.
Bacurau es un film brasileño (en realidad, una coproducción entre Brasil y Francia) de 2019, dirigida por Kleber Mendonça (filho) y Juliano Dornelles. Como se trata de una obra coral, el elenco de actores es muy amplio, aunque destacan los nombres de Udo Kier (el malo del film) y Sonia Braga, una actriz muy conocida en Brasil, ella en la parte buena.
La historia nos introduce en una “historia posible” en la que los guionistas tratan de amalgamar cultura rural brasileña, naturaleza (muy especial en esta zona del Pernambuco interior) y política (tanto la corrupción política local como la voracidad destructiva de la globalización). El resultado es ese film extraño del que habla la publicidad: intimista por momentos, violento en otros, fantástico a veces y con toques de erotismo brasileño (esa forma amable y desprejuiciada de relacionarse con el cuerpo y con el sexo).
Como en un juego de zoom infinito en google maps, la cámara comienza enfocando el universo completo para ir llevándote, poco a poco, al Estado de Pernambuco en Brasil. Al oeste del estado, dice la voz en off. Desconozco si ese lugar (Serra Verde, Bacurau) existen o son solo ubicaciones imaginarias, pero el lugar es creíble, seguro que hay lugares así en ese Estado y en otros de Brasil. La que sí es auténtica es la gente con la que nos encontramos allí, muchos de ellos no son actores.
Bacurau es una pequeña aldea en la mitad de ninguna parte y con una población polifacética y muy variada. Tienen un problema grave con el agua pues los políticos del municipio al que pertenecen están aprovechándose de ella. Y descubren, de pronto, que su pueblo, Bacurau ha desaparecido del mapa, ya no figura en él. Poco se imaginan ellos, en su vida tranquila y costumbrista, que todo aquello forma parte de un plan diabólico para hacerlos desaparecer realmente. Y esa es la historia, cómo los malvados se pueden atrever a jugar con la vida de personas sencillas y buenas para su disfrute perverso y/o sus intereses políticos. Y así, se van sucediendo los muertos y las venganzas; el cinismo de unos y la voluntad por sobrevivir de los otros; los individuos frente a la colectividad. Al final, Bacurau es como Fuenteovejuna, la historia cordial y salvaje a la vez de una aldea que enfrenta con la fuerza de su unión a quienes pretenden abusar de ellos.

Tres impresiones llevaba en mi mente cuando concluyó la peli y salimos ordenadamente de la sala guardando las distancias. La primera era que aquella era una historia muy brasileña. Lo era en la coreografía y en el marco antropológico que se presenta: los personajes son muy brasileños, sus casas rurales, su relación, su forma de hablar y de actuar te lleva indefectiblemente a Brasil. No te imaginarías esa aldea en ningún otro país del mundo. Extraña más el toque violento y, por momentos gore, en el que deriva la historia. Mi experiencia en Brasil ha sido siempre de pensar en los brasileños como un pueblo muy pacífico, muy hecho a gestionar las privaciones con resignación, a disfrutar de todo lo que tienen sin pensar en exceso en lo que les falta. No sé, quizás esté equivocado. O quizás suceda que sean motivos puramente fílmicos los que han llevado a crear un contexto de violencia que hiciera más atractiva la película. La segunda impresión era que también me parecía muy brasileño el recurso a mezclar la descripción de contextos rurales con toques ecológicos y con reivindicaciones que tienen mucho que ver con la conservación del ambiente. En este caso está el agua como telón de fondo de la corrupción de los políticos municipales. Y la tercera impresión, en este caso algo relacionado no solo con Brasil sino con toda Iberoamérica, es el gusto por esa mezcla de lo imaginativo y fantástico vinculándola con lo bueno, pero sobre todo, con lo malo por venir: los malos espíritus, lo exotérico, los malos personajes, las insidias de los poderosos, la conspiración internacional. Aquí, en Bacurau, los malos son americanos que desean divertirse a costa de su vida. Y aparecen platillos volantes que son drones, emboscadas, asaltos. Y, eso sí, disfrutan ya de mucha tecnología: celulares, pantallas electrónicas, repetidores de señales, etc.
La fotografía del film es excelente. Con colores vivos, con primeros planos fuertes para destacar los rasgos de los diversos personajes y su personalidad. Planos generales interesantes y clarificadores porque te hacen sentir muy bien la inmensidad de los paisajes brasileños. El montaje siempre correcto y conduciendo la historia son simplicidad. La música estupenda (recibió el premio a la mejor música en el festival de La Habana). El ritmo muy ajustado a las escenas: lento y cansino cuando avanza el camión del agua por las trochas de la meseta, frenético en los momentos de frenesí criminal, inquietante en los momentos de suspense.
En definitiva, es fácil meterte en la historia y sintonizar con lo que te van contando. Quizás son demasiado malos los malos y eso te aleja de ellos, los hace poco creíbles, aunque puestos a imaginar, también podríamos imaginarnos algo así. Hay escenas cargadas de emoción: el desafío de los niños a ver quién es capaz de llegar más lejos en la obscuridad; la tranquilidad parsimoniosa de Plinio (Wilson Rabelo) y las explosiones de Sonia Braga. En fin, durante dos horas y pico me he sentido de nuevo en Brasil y he disfrutado con ello. Y volver al cine ha merecido la pena.


domingo, junio 14, 2020

Y REGRESÓ EL CINE...con Cassavetes.



Lo de la “nueva normalidad” se va haciendo normal y poco a poco vamos recuperando algunas de las rutinas que formaban parte de nuestras vidas. Igual que para muchos, la ausencia del cine fue para mí un drama durante todos estos meses. Al principio parece que la puedes compensar empachándote de series y subproductos de la TV, pero no es lo mismo. Ni siquiera parecido. A quien le gusta el cine, le gusta con toda su parafernalia (incluida la cenita posterior con tu pareja para comentar lo visto). Vamos que el cine es más que cine y todo eso lo habíamos perdido. Y se nos hizo largo, la verdad. Ahora el cine es menos fiesta de lo que era: con entradas electrónicas, sin tocar nada, sin nadie a tu lado, sin palomitas (es lo mejor, ¡qué silencio precioso en toda la sala!), todo muy controlado… Pero, chico, estás allí en el cine, con los actores actuando en una pantalla grande, volviendo a soñar en historias, sumergiéndote en ese universo envolvente de luces y oscuridad, sonidos y silencios, historias y emociones.  El cine, de nuevo.
Claro que, por ahora, la programación sigue en stand by y las salas van programando lo que tienen a mano. A mí me tocó ver una peli viejilla, de 1976. Aún no había nacido nuestro primer hijo que ya ha cumplido 43 añitos. Se trata de El asesinato de un corredor de apuestas chino, de John Cassavetes que es, también, autor del guión. De hecho, la han seleccionado y repuesto en el marco de un ciclo de homenaje a Cassavetes. Así que hay que verla con perspectiva.
Lo primero que sorprende, al menos a mí, es que se trata de un film muy largo. 2 horas y 20 minutos es mucho tiempo para el ritmo al que nos ha acostumbrado el cine actual. Sigue habiendo algunas películas largas, pero casi siempre lo son porque abordan temáticas complejas que requieren narrativas demoradas. No es ése el caso de la historia que nos cuenta Cassavetes: un personaje del mundo marginal, dueño de un cabaret, que buscando lucirse ante sus chicas se endeuda en el juego cosa que aprovecha la mafia a la que debe el dinero para obligarle a actuar como sicario y eliminar a un chino famoso. Hay que decir en su descarga que, salvo momentos puntuales, la película se soporta bien. Podrían reducirse algunos momentos de los sucesivos shows que se alargan en exceso, pero eso significaría perderse la contemplación de culos y tetas, así que vaya lo uno por lo otro.
En realidad, la película no cuenta nada o lo que cuenta (viendo el título, se diría que vamos a presenciar la anatomía de un crimen y sus consecuencias) resulta secundario en la estructura del film. El chino muere, efectivamente, pero su muerte es un episodio poco relevante y marginal en el desarrollo del film. Podría haberlo contado una voz en off y no hubiéramos perdido nada de la riqueza visual y narrativa del film. Yo creo que lo que le interesaba a Cassavetes era contar una historia sobre el ambiente marginal, escandalizar al establishment con un voyerismo explícito aunque contenido. Al finalizar, tienes la sensación no de haber asistido a un crimen, sino de haberte colado en ese submundo marginal y macarra de los cabarets y la mafia. Un submundo que es, a la vez, violento y cordial. En él se mezcla la tiranía psicótica de los criminales, con el cariño de los personajes mediosanos que sobreviven en ese ambiente.

Dicen las crónicas que la película tiene componentes autobiográficos de su autor, que en el fondo él quería contar algo parecido a lo que había sido su propia vida. Me lo creo. El mimo con que retrata el compromiso del protagonista (por cierto, un papel fantástico el que hace Ben Gazzara, aunque resulta un poco inexpresivo y lineal, a veces) con su cabaret, el respeto y  trato cariñoso con que se dirige a cada una de sus chicas, el optimismo que desprende, la forma en que afronta los momentos adversos…todo eso expresa vivencias que van más allá del buen dominio del lenguaje cinematográfico. Al final, más que un Thriller es una película intimista focalizada en la descripción de ambientes y relaciones.
En resumen, se me ha hecho larga, pero me ha gustado. Lo que tiene de protesta (los estriptís, la violencia, los personajes y cantos macarras del show, los ambientes oscuros y cutres) puede parecer un poco trasnochado e ingenuo hoy en día, pero hay que situarse en aquel lejano 1976 en que nosotros teníamos que viajar a Perpiñán o Povoa de Varzim para poder ver películas un poco atrevidas.
En fin, la gran alegría de hoy es que, finalmente, hemos recuperado el cine. Aún está convaleciente la cosa, pero para empezar no ha estado nada mal. Y hacerlo con Cassavetes le añade un mérito indudable. Que siga así la cosa, sin recaídas ni retrocesos.