martes, abril 14, 2020

¡46 AÑOS DE MATRIMONIO!




Pues sí, tal día como hoy, 14 de abril de 1974, dimos el pistoletazo de salida a esta aventura que nos ha durado 46 años y esperemos que siga los que nos queden de vida. Las bodas de Nácar, les llaman. Cuando lo dices por ahí, la gente, sobre todo si es más joven que nosotros, se extraña: “¿Sí. tantos?”, te dicen, y ves en su mirada algo raro, como una mezcla extraña de sensaciones. Uno no sabe si es admiración, extrañeza, compasión o simple sorpresa ante algo raro. Así que casi te apetece no decirlo, o quitarte años como con la edad. Pero esa es la verdad objetiva, hace hoy 46 años mi chica y yo ratificamos nuestro compromiso de vivir juntos y construir una familia. Y lo hicimos en un contexto simple, una pequeña iglesia de aldea, y rodeados solamente de nuestros padres y los hermanos y sobrinos de ella. Eran otros tiempos, ciertamente, pero no echamos de menos, ni entonces ni ahora al recordarla, ninguno de los otros fastos que se han ido acumulando en las bodas.
No llevábamos mucho tiempo de novios. Éramos compañeros de estudio en la carrera de Psicología de la Complutense y amigos desde hacía un par de años, al socaire de la interacción académica y de ocio entre nuestros colegios mayores (ella en el Isabel de España y yo en el Pío XII de entonces). Intimamos más en el último curso de la carrera y alargamos nuestra vida madrileña a través de proyectos comunes con el Instituto de la Juventud y con los Hogares Promesa. Las leyendas urbanas no suelen conceder buen pronóstico al salto de las relaciones de amistad y colegueo a relaciones de noviazgo. Y lo mismo sucede con la transformación de confidentes en enamorados. Sin embargo, nuestro caso debió ser una excepción, fuimos compañeros de curso y amigos durante los tres años de psicología, ella fue mi confidente cuando otras relaciones se torcían o no avanzaban y yo fui su amigo de estudios, más chapón que ella y al que podía acudir para estudiar juntos. Al final, sin saber muy bien cómo pasó, empezamos a mirarnos con otros ojos y a atrevernos a sentir juntos emociones de otra naturaleza. Y allí, un buen día, tumbados en la hierba de lo que entonces era el entorno del Mara y el Aquinas, viendo pasar aviones de un desfile, aunque sin fijarnos mucho en ellos, se inició nuestro proyecto de vida en común. Y hasta hoy

Como, a la postre, somos hijos del 68 (en ese año comenzaron nuestros estudios universitarios) y aún nos tocó correr alguna vez delante de la policía y esquivar a los “sociales” que deambulaban de incógnito (eso creían ellos) por la Facultad, nuestro plan de boda fue bien contestatario: noviazgo corto, idea de casarse de vaqueros y sin invitados salvo padres y hermanos, boda en una pequeña parroquia de aldea (Orazo) oficiada por el hermano de ella y un tío mío pasionista, con banquete en el comedor de casa. Más simple imposible. En noviembre nos dijimos que, tal como estaban las cosas, por qué no nos casábamos, en navidad se lo dijimos a la familia y planificamos la boda para la Pascua de Abril 

Como, de aquella, vivíamos en Madrid atendiendo a los niños acogidos en nuestro Hogar Promesa, aprovechamos las vacaciones de Semana Santa en que los niños iban a sus casas para viajar a Galicia y casarnos. Antes yo pasé por Navarra a recoger a mis padres. Fue aquel un viaje complicado en el Seat 127 marrón, nuestro primer coche que, ahora cuando pienso en él, no consigo entender cómo hacíamos para caber dentro con tantas cosas. Tampoco es que mis destrezas como conductor estuvieran sobradas. De hecho, me salí de la carretera en una curva al poco de salir de Tafalla. Mi padre, que no conducía, me miraba con cierta impaciencia, contento de ir a la boda, pero con el susto en el cuerpo ante mi bisoñez como conductor y un viaje tan largo que ya comenzaba mal. No era fácil viajar en aquellos años desde Navarra a Galicia: en el mejor de los casos era un viaje para dos días. Viajamos por Vitoria a Bilbao y allí por Santander a Gijón donde hicimos noche agotados. Y al día siguiente, víspera de la boda, de Gijón a Coruña. Llegamos bien entrada la tarde. Mis padres no conocían nada de ese recorrido, así que también se sentían contentos por poder conocer conmigo lugares como Santander, Asturias y Galicia. Un viaje tan largo tuvo, también, sus ventajas y nos dio oportunidad de hablar mucho entre los tres, cosa que no solíamos hacer al vivir yo fuera del entorno familiar desde hacía muchos años. Recuerdo con simpatía la insistencia de mi madre con el pijama. No recuerdo si es que me había olvidado de meter el pijama en la maleta o que el que llevaba no le parecía digno de una noche de bodas. Estaba empeñada en que debíamos parar en alguno de los pueblos por los que pasábamos para comprar un pijama nuevo. Yo no sabía cómo decirle que el pijama, precisamente el pijama, iba a ser algo bastante innecesario en esas noches. Ya antes, en Tafalla, se había empeñado en que debía comprarme un traje, que no podía casarme, aunque fuera en la intimidad, sin un traje. Y, como era previsible, ella ganó la batalla.
…..
“¡Ojo, ojo!, me advierte por el pinganillo mi otro yo, el angel saigós que coordina el blog, que lo que celebras es el 46 aniversario de la boda, ¿no sería mejor hablar del hoy que regodearte en un ayer tan lejano?”. Bueno, pues no sé, debe ser que resulta más fácil acudir a la nostalgia del pasado que revisar el presente. Se dice que celebrar un aniversario requiere recuperar la memoria del pasado, celebrar las alegrías del hoy y fantasear con las esperanzas del futuro.  Hablar del pasado es una tarea simple, de mero narrador. Hablar del presente se hace más costoso porque significa reflexionar sobre lo que te pasa ahora y darle un sentido, cosa no siempre fácil sin revolver muchas emociones y sensaciones. Pero es un reto interesante, aunque solo sea una aproximación superficial. Ir más al fondo requiere la presencia de tu abogado, o de tu psicoanalista.
La verdad es que esto de estar encerrado en casa con tantas horas por delante (aunque se pasan en un suspiro), con tantos días, todos iguales, a tu disposición crea un entorno que da pie a pensar y darle vueltas a tu cabeza. Esto es como hacer el Camino de Santiago, los primeros días son atractivos y echas mano de todos tus recursos para adaptarte a la situación, pero a medida que avanzas, que lo que tienes que hacer es simplemente andar (como ahora es dejar que pase el día), lo que tienes fuera va perdiendo novedad y atractivo, así que comienza el viaje interior y vas dando vueltas a lo que vives y sientes, el diálogo con el entorno se convierte en soliloquio contigo mismo.

Y así encaro yo este día de aniversario, como un soliloquio conmigo mismo y mis circunstancias. Después de un año de mierda (ese es otro aniversario que acabo de superar, en este caso sin celebraciones, desde luego) que comenzó con un grano insignificante en el cuello que picaba un poco de vez en cuando y para el que fui a pedir una pomadita que lo neutralizara pero que se convirtió en una sospecha de linfoma y me complicó la vida durante meses y meses con constantes pruebas, internamientos, visitas médicas y, sobre todo, con ese miedo intenso que provoca cualquier cáncer, que se te cuela en los huesos y te va minando la moral sin compasión. Y por si esa experiencia no fuera ya suficiente, luego llegó la agridulce jubilación y, ya en pleno derrumbe, hemos acabado con esta guinda del coronavirus de negras perspectivas. En resumen: un año de mierda.
Pero estamos en la cosa del aniversario de boda. 46 años juntos, algo cada vez menos frecuente en este mundo de transitoriedades y cambios permanentes. Seremos, probablemente, la última generación capaz de alcanzar estas metas. A nosotros nos ha ido bien y estamos contentos de haber llegado juntos hasta aquí, pero tampoco cabe suponer que sea la mejor opción para todo el mundo.  Así que, al menos yo, paso mucho de dar consejos y de pensar que somos un modelo para otras parejas que empiezan su aventura. Primero porque no creo que haya modelos para eso, estar casado es algo demasiado particular, una experiencia sujeta a demasiadas variables y condicionada más por el día a día que por la forma en que se inició. Desde luego, cuenta mucho la voluntad de cada miembro de la pareja, de su esfuerzo por salvar la convivencia y mantenerse juntos, pero, en ocasiones, ni siquiera el hacerlo será suficiente o apropiado. El entorno cuenta mucho (las familias, el trabajo, los hijos, la red de amigos) y también la suerte. A veces, cualquier tontería (una sospecha, un malentendido, un error) se convierte en un problema que se comporta como una bola de nieve que se autoalimenta y acaba convirtiéndose en una montaña difícil de escalar.

Y así, superando o driblando los baches, se va sobreviviendo y celebrando con alegría cada nuevo aniversario, como si nosotros mismos estuviéramos sorprendidos de haberlo conseguido. Lo están, desde luego, nuestros hijos que, conociendo bien hasta qué punto somos diferentes, se alegran de que sigamos juntos después de tantos años y nos otorgan un gran mérito por haberlo logrado.Y sí, algún mérito tenemos. No somos una pareja perfecta, no lo hemos sido nunca. Cuando estos días pasados, anticipándonos a la fiesta de hoy, rememorábamos juntos nuestros inicios, identificábamos como una de nuestras características el que siempre habíamos discutido mucho. Éramos tan distintos que nada hacía presagiar que lo nuestro iría adelante. Y, desde luego, pasamos por momentos difíciles por razones diversas, pero las fuimos superando, más que nada echando tierra y tiempo sobre ellas porque la verdad, a día de hoy, seguimos siendo igual de diferentes entre nosotros que cuando comenzamos nuestro itinerario común. Lo que, probablemente, ha pasado es que hemos ido aceptando esas diferencias y las hemos ido situando en zonas menos centrales de la relación, van dejando de ser líneas rojas para suavizar sus tonos y quedarse en ocres suaves. Siguen haciendo daño, pero ya tenemos anticuerpos para superarlas o, cuando menos, hemos aprendido a no hurgar demasiado en ellas. Alguien ha dicho que los aniversarios de matrimonio sirven para celebrar el amor, la confianza, el compañerismo, la tolerancia y la tenacidad de los miembros de la pareja, pero que el orden de esos factores varía cada año que pasa. Estoy completamente de acuerdo.

Por otro lado, la edad va cambiando el espectro de condiciones que la relación nos impone y, también, las herramientas con que trabajamos para que la concordia y cariño se mantengan.  Y a ello se añade que la jubilación te aboca a muchas horas de quedarte en casa y a una relación más intensa compartiendo tiempos, espacios y tareas domésticas. A una conciliación forzada. Y a una mayor dependencia mutua. Y las reglas del juego común se van alterando en todos sus componentes. Entras en un juego de ambivalencias entre el querer y el poder, entre el deseo y la capacidad, entre el bienestar y la salud, entre tu salud y la salud de tu pareja, entre el estar solo y el buscar compañía. Eres más débil y debes aprender a reajustar tus expectativas y compromisos. Todo resulta un poco más incierto y el futuro da menos juego como aliciente energético. ¡Uff, todo esto suena a condición fatal y estado depresivo! Pero tampoco es así, en absoluto. Estamos bien; muy bien, incluso, dadas las circunstancias.
Por ejemplo, nos hemos adaptado perfectamente al encierro. Si por nosotros fuera, ni siquiera saldríamos a la compra. Hemos casi prescindido de la prensa porque bastante agobio tenemos ya con los telediarios. No nos cuesta llenar el día con actividades diversas (cada uno las suyas por supuesto), tenemos cada uno su rincón en la casa para disfrutar de nuestro espacio personal y, a la vez, compartimos los momentos dulces del día. Procuramos no discutir más allá de las pequeñas chuminadas del día a día. Además es algo que se va aprendiendo. Ya saben aquello que dicen de que en las discusiones de un matrimonio siempre hay una parte que tiene razón. La otra es el marido. Pues eso, los dos nos hemos ido adaptando y se agradece mucho ver como ambos hacemos esfuerzos por no discutir, por buscar consensos y puntos intermedios; incluso por ceder. Eso hace la convivencia mucho más suave y llevadera. Ya ni siquiera echamos de menos a la persona que venía cada día a casa un par de horas para hacer la comida y limpiar algo. O sea que, dadas las circunstancias, estamos estupendamente. Y, por ahora, salvándonos del virus que es lo importante.

La pena es que hoy que nos mereceríamos un marisquito y un buen champán para celebrarlo con nuestros amigos, pero eso vamos a tener que aplazarlo para momentos mejores. En fin, ya ni siquiera eso nos preocupa…si hemos llegado hasta aquí, ¿qué problema hay en aplazar la celebración un poco?  

lunes, abril 13, 2020

13 DE ABRIL: DÍA DEL BESO



13 de Abril: día internacional del beso. Eso decían ayer en la TV que celebraríamos hoy. Así, en pleno aislamiento. En pleno mono de ausencia de abrazos y besos, con un mes de separación a las espaldas. Eso dota al día de hoy de una resonancia muy especial. Si es verdad que abrazos y besos forman parte de la necesaria vitamina afectiva de las personas, aquellos que se han visto privados de ellos durante tanto tiempo tienen que estar pasándolo mal.
Y eso es lo que parecía ayer, cuando entrevistaban a las personas sobre qué es lo primero que harán cuando todo esto pase y acabe el confinamiento. Dejando aparte alguna boutade semigraciosa, la mayor parte de la gente decía que iría a abrazar y besar a sus seres queridos, que eso era lo que más echaba en falta: besar y abrazar a sus hijos, a los abuelos, a los nietos, a los amigos. Visto  desde esta perspectiva, da para sentir pena de esas sociedades más higiénicas y neutras que escatiman sus besos. ¡Qué pena! Aquí, como cantaba Victor Manuel, nos entristecemos por “los besos que nos guardamos, que no damos…”
¡Qué magnífico invento ha sido el de los besos! ¡Qué gran papel han jugado (y juegan) en el equilibrio emocional de las personas y los grupos! Cada uno de nosotros guarda en su agenda vital (eso que dicen ahora de manera prosaica, mochila) una colección de besos que quedaron bien grabados en nuestra memoria. En algunos debe ser una colección enorme, en otros quizás más chiquita, pero afortunadamente todos nosotros guardamos en nuestro cofre interior las huellas de muchos besos.
Schröder, un experto alemán en comunicación humana que yo solía trabajar con mis estudiantes, proponía analizar los actos comunicativos (lenguaje, gestos, movimiento, comportamientos) en base a tres criterios: métrica, tono y eficacia. La métrica hace referencia a la amplitud, a la extensión, a la cantidad. El tono se refiere a la intensidad, tensión y fuerza. Y la eficacia a la capacidad de ese acto para obtener el resultado previsto. Los tres criterios son muy aplicables a los besos. Hay besos que son proporcionales al momento (isométricos), otros son exagerados (hipermétricos) o ridículos por escasos (hipométricos); y, de igual manera, hay besos cuya intensidad se acomoda bien a la persona y al momento e intención (son los besos isotónicos, como esas bebidas tan de moda ahora entre los deportistas por sus efectos revitalizantes; y algo así deben hacer los besos, darte nueva fuerza) pero otros resultan abusivos, por mucho, o escasos, por poco. Y, desde luego, hay besos que cumplen su objetivo y otros inútiles que en lugar de acercarte al otro te alejan de él (el  beso de judas). Los besos son, en definitiva, esa forma de aproximarse a los demás, de meternos en su terreno y de meterlos en el nuestro. Peso, intensidad, utilidad de los besos. Y además color. Los besos son polícromos como lo son las emociones y variados como lo somos las personas y lo es el cariño.

Algunos son besos blancos: los que dan los padres a sus hijos, los abuelos a sus nietos, las familias entre sí. Un blanco que matiza sus tonos y su intensidad según el momento y las querencias que los besos expresan. Y esos mismos besos se convierten en azules cuando son los padres o los abuelos quienes los reciben de sus hijos nietos. Azul cielo si son niños quienes te los dan y azul añil si esos hijos o nietos han crecido y ya saben modular sus besos. Porque no solo es el beso lo que cuenta, cuenta el abrazo que lo acompaña, la presión, la mirada. El beso se da con el cuerpo, no solo con los labios.
Hay besos sociales, de cumplimiento. Son besos grises. Besos de saludo o despedida, besos de compromiso, de protocolo, de hábito social. Dicen que los latinos somos muy besucones. Y, afortunadamente, también lo son los iberoamericanos. Y los rusos que se besan en la boca. Son besos raros (los de los rusos), pero seguro que juegan un papel importante como expresión de voluntad de acercamiento sobre todo cuando el beso es entre hombres (¿podría alguien insultar a su interlocutor al poco de haberle dado un beso en la boca?). Quizás debieran hacer algo de eso nuestros políticos, se les vería menos estresados por la mala leche que rezuman reproches mutuos. Estos besos sociales tienen, también, su importancia. Puestos a elegir, es mejor una sociedad que se besa que una en la que los otros te resultan indiferentes y en la que guardas esas pequeñas muestras de aprecio y cariño solo para tus más próximos.

Y están los besos rojos, los besos de la atracción, del deseo, los besos de ese otro querer biológico que une a una persona con otra. Besos plenos en las tres dimensiones que antes señalaba: en cantidad, en intensidad, en intención. Los monógamos tenemos un repertorio reducido de este tipo de besos, pero incluso ese poco que sabemos nos sirve de base para imaginar todo lo que los besos pueden dar de sí. Y seguro que quienes han acumulado muchas experiencias diferentes han generado, también, una taxonomía personal para clasificar los variados besos de su repertorio. Pero, puestos a imaginar se puede pensar que es probable que sea más característico de cada persona la forma en que besa que la forma en que hace el amor. Sobre todo, porque el besar permite más matices, es menos vulnerable a la urgencia hormonal y se prolonga más en el tiempo. Es Haidyn frente a Wagner. Por eso lo disfrutas más; es menos agónico, pero más duradero. Un buen beso anticipa satisfacciones porque despierta los sentidos y te estimula a buscar más al otro; un buen polvo te agota y te lleva a encerrarte en ti mismo y prolongar el calorcito de las brasas de tu fuego interior.  Por eso ganan los besos, los  buenos besos, porque siempre dejan huellas imborrables del encuentro.
En fin, que los besos son esa forma privilegiada de comunicación y contacto con el otro que bien se merece un día. Una fecha para recordar que un día sin besos es un día perdido. Para recordarnos que los  besos son esa conducta propiamente humana que es capaz de expresar de una manera estupenda nuestra condición de especie evolucionada. Y una cosa importante, cada beso es un mensaje (me encanta la expresión catalana de “fer un petó”, los besos no se dan, se hacen, se construyen) y en ese mensaje siempre estamos diciendo algo a quien lo recibe, incluso aunque queramos no decir nada.
Ya tenemos una tarea para hoy: refrescar nuestra memoria de besos y disfrutarlos, aunque sin abusar de la nostalgia. Y llenar el día de besos con los que tenemos cerca, vengan a cuento o no, que para algo es el día mundial del beso.



jueves, abril 09, 2020

25º DÍA DE ENCIERRO: sobrevivir en pareja.



Y van 25 días. Parece mentira cómo pasa el tiempo de rápido. Parecía que el aislamiento se nos iba a hacer eterno y ha pasado casi un mes sin darnos cuenta. Supongo que es la edad y que nos resulta más fácil adaptarnos bien, aquí en casita, nosotros solos. Ya me imagino que, de haber tenido a los nietos en casa, la situación hubiera sido mucho más dramática. Uno no sabe si reír o llorar con esa niñita de dos o tres años que grita desde su terraza “¡¡¡Socorro, que alguien me ayude; quiero ir al parque y mi padre no me deja…!!!

Pues eso, estamos bien, aunque a nuestros hijos les preocupe la soledad y sus efectos. De vez en cuando convierten su preocupación en un cuestionamiento disimulado: “Bueno, y qué tal? Con tanto encierro, ¿la vida en pareja va bien?”. Pobriños, ¿acaso dudan de que, después de 46 años casados, no habremos generado los suficientes anticuerpos como para sobrevivir amigablemente unas pocas semanas? La experiencia enseña mucho y también eso se va aprendiendo. Poco a poco generas estrategias para evitar choques. Digamos que aprendes a otear el peligro. Es un gesto, una forma de mirar, un tono de voz, una postura, algo que anuncia tormenta. En los primeros años de matrimonio, cuando aún no tenías experiencia, las broncas aparecían cuando menos te lo esperabas y sin aviso alguno. Afortunadamente, tampoco era grave porque un buen polvo aliviaba las heridas y permitía pasar página. Pero con el tiempo ese remedio se hizo menos efectivo y las cosas ya no se resuelven tan fácilmente. Así que no te queda otra que ir aprendiendo a prevenir los conflictos. No siempre los puedes evitar del todo, pero vas ampliando tus mañas preventivas. La principal es huir de la situación, dejar pasar el momento, callarte, surfear el tema conflictivo.  Y si no te queda otra que entrar al envite, pues buscas no decir nada de lo que te puedas arrepentir o que te haga muy difícil la reconciliación. Y esa es otra, también vas aprendiendo estrategias de reconciliación. Tras un tiempito de silencio para hacer patente que tampoco te chupas el dedo, te vuelves más servicial, enfocas la conversación en cuestiones prácticas o en temas de interés común (los hijos, los padres, las cosas de la vida cotidiana), prodigas alguna sonrisa, en fin, buscas el lado amable de las situaciones, que se note que quieres pasar página. El otro día contaba Pablo Motos, el del Hormiguero, que había tenido el primer enfado con su mujer desde que comenzó el enclaustramiento. Y que cuando se cruzaron por el pasillo se miraron y ambos soltaron una enorme carcajada (supongo que al verse uno al otro tan compungidos), y ahí acabó todo. Pues eso, tienes herramientas para ir tirando.
Supongo que todo eso hace menos intensa la relación, pero la hace más amigable y tranquila. No es la “luna de miel” con la que uno soñaría de joven (tanto tiempo juntos y solos), pero es un tiempo muy vivible y agradable. Claro que no puedes controlarlo todo y el contexto también influye mucho. Creo que fue Borges el que, cuando le preguntaron cómo era que su matrimonio había durado tanto, respondió que porque tenían una casa grande. Esa es otra.  Es más fácil llevarse bien cuando tienes condiciones para aislarte, para no tener que negociar y consensuar cada momento del día. En nuestro caso tenemos dos televisiones y eso nos parece una condición esencial. Si me viera obligado a ver la 6ª que es la que prefiere mi mujer, seguro que la cosa acabaría mal. Cada uno tiene sus manías, sus momentos de estar solo y pensar o hacer lo que quiera. Por eso es tan importante el espacio. Y el tiempo, claro. Saber distribuir los tiempos en común y los tiempos individuales también tiene su mandanga. Si dejamos fuera las 8 horas de dormir juntos, lo que tiene sus defensores y sus detractores, según los decibelios de los ronquidos (lo de tu pareja, claro, que los tuyos propios no los oyes), el resto podría repartirse al 50% entre tiempo tuyo y tiempo compartido. Y luego ya se va ajustando en función de las necesidades y circunstancias de cada pareja. En todo caso, no es tanto la cantidad de tiempo (aunque también) cuanto la forma de compartirlo. También se puede padecer soledad estando juntos, cada uno envuelto en sus pensamientos o en sus conversaciones o sus mensajes.

Y así, sin darte cuenta, van pasando los días de forma relajada y agradable. Cierto es que, de mayor, uno tiende a quedarse más en casa y, quizás, a ir queriendo más los espacios en que transcurre su vida doméstica. Te sientes bien en ellos, los conoces, los manejas con eficacia, los vas connotando con afectos y resonancias personales que permiten sentirse seguro. La casa de uno es un poco como tu propia cama: te vas haciendo tu hueco, vas conformando el colchón y la almohada a tus dimensiones y movimientos particulares. Haces tuya esa parte de la cama y la echas de menos cuando estás de viaje. Aprendes a querer más tus espacios vitales y sus condiciones como si fuera un entrenamiento para lo que llegará con los años. Quizás por eso, no llevamos tan mal eso de “quedarte en casa”. Al contrario, nos gusta estar en casa y estar con nuestra pareja. Los jóvenes han puesto de moda eso de las parejas LAT (living apart together) porque les gusta vivir en pareja, pero en casas diferentes. Ahora estarán jodidos, pero en el pecado tienen la penitencia. En cualquier caso, esas modernidades, no van con nosotros, aunque vete a saber, quizás cuando seamos viudos…