miércoles, abril 08, 2020

LOS APLAUSOS



Si algo va a quedar, en el lado positivo de la balanza, cuando todo esto acabe, ese algo van a ser los aplausos. Yo creo que todo el agobio contenido (mis amigos psicoanalistas le llamarían, directamente, angustia), toda esa desazón de no saber cómo va a acabar esto, todas esas emociones que son como lava volcánica que amenaza con devorarnos por dentro, todo eso busca como escape los aplausos.
No es extraño, hoy en día, que se aplauda en eventos y actos sociales. Se aplaude en los teatros, en los conciertos, en las conferencias. Se aplaude en los entierros y en las bodas. En algunos países iberoamericanos he visto que aplaudían en las misas, y, desde luego, en todas partes se aplaude en los mítines políticos y en las manifestaciones. Aplaudiendo manifestamos afinidad y acuerdo con la otra gente que aplaude (por eso, no aplaudir cuando otros aplauden es una clara manifestación de desacuerdo), reconocimiento al mérito de lo que hemos presenciado y disfrutado, proximidad con las personas a las que dirigimos nuestro aplauso. Aplaudiendo damos fe de nuestra presencia activa en el acto y el momento en que se aplaude. Aplaudiendo mostramos afecto, compasión y apoyo aquellos a los que honramos con nuestros aplausos. El diccionario dice que aplaudir es “palmotear para manifestar aprobación o entusiasmo”, pero, la verdad, aplaudir es mucho más. Puede ser mucho más. En estos tiempos de zozobra médica, aplaudir sirve para dar salida a la carga emocional con que estamos viviendo esta pandemia.
Mucha emoción hay en los aplausos los del atardecer, pero, si hablamos de emoción, aún emocionan más esos aplausos llorosos y alborozados que los equipos sanitarios ofrecen a los pacientes que superan su periodo de UCI y pueden ser dados de alta. Qué emoción se siente en los rostros ocultos por las mascarillas del equipo médico que los atendió. También los enfermos salen llorando, pero lo suyo es más visceral, más biológico. Lloran por instinto de conservación. Los enfermos, al fin y al cabo, casi ni se han enterado. Cuando las cosas se pusieron mal dadas los sedaron y han pasado todo ese tiempo inconscientes y conectados a un respirador. Pero sus médicos sabían cómo iban evolucionando. Ellos y ellas fueron quienes los vieron agravarse hasta llegar al borde de la muerte, ellos los que se preocuparon, quienes lucharon hasta el límite de sus fuerzas. Comprobar que, al final, lo han logrado, que se han recuperado, es como una gran victoria, una emocionante y peligrosa aventura que tiene un final feliz. Por eso son aplausos tan emotivos. Se los dedican al enfermo, pero, al final, quienes los merecen son ellos mismos.

Por eso, nosotros les correspondemos con los aplausos de las 8 de la tarde. Aplausos que se han convertido, en estas semanas de encierro, en una buena manifestación de la inmensa carga emocional con que estamos viviendo la situación. No sé lo que siente otra gente en esos momentos, pero a mí me saltan las lágrimas a salir al balcón cada atardecer. Pienso en lo que estamos haciendo y por quién lo estamos haciendo. Todo ese ejército inmenso de personal sanitario luchando a brazo partido contra esta pandemia que nos está diezmando. Y no es tanto por el trabajo que hacen que, al final, es su trabajo y lo hacen siempre. Como he dicho más arriba, es por la emoción que ellos y ellas ponen en hacerlo así y en estas circunstancias. Es la emoción de ellos y ellas la que me emociona. Porque me figuro que no es solo su rol profesional, su conocimiento y experiencia lo que ponen en juego. Ellos y ellas también deben tener sus miedos, se deben ver en riesgo para ellos y sus familias. Y, sin embargo, ahí están.  Es ese dramatismo añadido a la vida profesional lo que marca el plus que merece reconocimiento. Me los figuro besando con miedo a sus hijos cuando salen cada mañana de casa, sintiendo todo el día sobre sus cabezas al enemigo invisible pero acechante, esa espada de Damocles inmisericorde con la que resulta inútil negociar.

Los aplausos de las 8 de la tarde son un espectáculo. Resuenan mucho más de lo que correspondería por el número de gente que aplaude. Tengo para mí que es por ese plus de emoción que la gente le pone. Es como si los necesitáramos al caer otro día de encierro. Por eso no hay día que comencemos a las 8, siempre se adelantan un par de minutos. Hay una viejecita al otro de la calle que sale a su ventana 10 minutos antes. Debe estar esperando desde mucho antes que sea la hora. El otro día comenzó a aplaudir cuando faltaban 7 minutos. Y miraba extrañada de verse sola aplaudiendo. Y luego, cuando ya salimos todos, aquello suena de una forma espléndida. Suena fuertísimo como si hubiera mucha gente más de la que puede apreciarse en las ventanas y balcones. A veces viene la policía local con sus sirenas y el estruendo pierde emoción, pero gana en decibelios. Y así cada día, pensando en la cifra de fallecidos que nos ha enumerado el telediario, en la cantidad de gente que lucha a vida o muerte en las UCIs, en los benditos sanitarios que pelean contra la enfermedad y contra ellos mismos para vencer esta batalla. Pensando, también, en los que aplaudimos y que con los aplausos tratamos de conjurar nuestros propios miedos y el espanto que la pandemia ha sembrado en nuestras vidas. Cada día me quedo mirando a quienes aparecen en las ventanas y pienso en quién será (al final, hemos podido poner cara a los vecinos de la acera de enfrente), si tendrán algún contagiado en la familia, si se les habrá muerto alguien. Les veo aplaudir con tanto entusiasmo que me contagian, me hacen sentir miembro de ese coro de agradecimientos, comulgando con ellos, sintiendo que estamos todos unidos en el mismo gesto de acción de gracias a nuestros sanitarios. Es un momento estupendo.
Y luego, cuando te recoges, después de los 4 o 5 minutos de aplausos, entras en tu casa como más relajado y animoso. Aplaudir a las 8 es la rutina que nos sirve para descontar definitivamente un día más del calendario maldito del enclaustramiento. Después, ya solo queda la cena y el relax de la postcena en el sofá. Y a esperar la cita de mañana a la misma hora.


jueves, marzo 26, 2020

LA RISA





Estos son días de tristeza global. Días de esos en los que poco a poco todo se destempla y el desasosiego nos va inundando como esa lluvia intensa e incesante que va ahogando la esperanza de que la buena fortuna hiciera un milagro que alterara el avance natural del desastre. En este tiempo, que es una especie de no-tiempo en el que lo único que tienes que hacer es esperar que el tiempo vaya pasando, todo parece gris oscuro, muy oscuro. Todo menos la risa.
Ayer oí en la radio una frase que me encantó. La risa, decía el entrevistado, te mete en la vida. Eso es, pensé. Estos días oscuros escuchas algo gracioso y es como esas apariciones del sol en días nublados. Pasan, una tras otra, las nubes que ocultan el sol y, de pronto, aparece un hueco en el firmamento y el sol vuelve a iluminarlo todo. Algo parecido a lo que han venido haciendo esos whatsapp graciosos que han ido apareciendo en nuestros teléfonos. Unos con más gracia que otros, claro, pero siempre con esa posibilidad de romper un poco la preocupación, de mirar hacia otro lado, de no pensar, de reírte.

Ese efecto terapeútico de las bromas me ha parecido siempre muy importante. Recuerdo que tras el fallecimiento de mi padre, al volver del entierro a casa quedamos todos exhaustos en la cocina de casa: mi madre (que no había querido ir por sentirse mal), mis hermanos y sobrinos; éramos bastantes. Todos con los ojos llorosos y seguramente cada uno con ganas de quedarse solo y dejar de mantener el tipo. Momentos difíciles para mantener una conversación, pero no sé cómo, poco a poco (mérito, sobre todo, de los jóvenes) alguien hizo algún comentario gracioso y no solo sonreímos; y las anécdotas surgieron y empezamos a relajarnos e incluso surgieron algunas risas. Mucho mejor eso que seguir en la pesadumbre. Estoy seguro que no hubiéramos podido hacerle un regalo mejor a papá, él que disfrutaba como un crio con todo lo que fuera gracioso, tanto daba si el chiste era bueno o no (le encantaban las películas de Paco Martínez Soria que las repitió cientos de veces y siempre se reía y disfrutaba con ellas). En fin, la risa como bálsamo que estos días ha sido como un ungüento para suavizar la desazón de las noticias y de las cifras.
Afortunadamente, cada día hemos ido recibiendo decenas (y sí, decenas, en sentido literal) de vídeos e imágenes graciosas e imaginativas. Imágenes y vídeos que inmediatamente reenviábamos a todos nuestros contactos. A todos, incluso a los que nos lo habían mandado. Esto funciona como el propio coronavirus, cada uno va contactando con muchos otros y así todo se expande. Resulta gracioso ver que aquel mensaje con respecto al que tú creías estar en el comienzo de la cadena, ya lo conocía todo quisque. Y otros que enviabas tú, te volvían a ti al cabo de vete a saber cuántos reenvíos en cadena. El mundo virtual es circular, desde luego. Y todo se multiplica, se clonifica (que me digan a mí estos días que trato de ordenar los archivos de mi ordenador y me encuentro con que cada archivo lo tengo repetido decenas de veces, a veces con nombres distintos: un caos).

Comenzó alegrándome el aislamiento aquella imagen del “A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro dándonos su bendición”. Lo reenvié a los amigos con la coletilla de “ni siquiera hay que cambiarle la letra”.  También estuvo bien aquel otro que decía que “la aplicación que me mide los pasos diarios me pregunta si me han secuestrado”. O las varias que describían la posibilidad de organizar una tournée por el piso. Pero la mejor, sin duda, tras tal cúmulo de información sobre el coronavirus es aquella otra que decía “en un país donde cada noche vieja nos explican cómo comer las uvas, que entendamos lo del coronavirus pinta chungo”. Y luego están los millones de videos que han ido llegando, duplicados, triplicados. Habrá que hacer una limpieza exhaustiva del móvil.


En fin, gracias a dios, tenemos el humor y la simpatía como acompañantes durante estos largos días de encierro. Es lo que hace que, al final, no estemos solos. La presencia de los otros se hace constante, masiva, atrapadora. A algunos se les hará hasta agobiante. Este es un encierro abierto, un oxímoron. Pero con todo ello, estoy convencido de que la gente solo quiere ayudarse y ayudarnos. Necesitamos sentir que nuestros amigos y conocidos están ahí, al otro lado de un whatsapp o un mensaje. Necesitamos saber que nos siguen, que nos contestan, que comparten con nosotros lo que ellos mismos van recibiendo. Y así, mensaje tras mensaje construimos esas redes que traen información y trangalladas, pero, sobre todo, lo que traen es una presencia virtual que acompaña. Y si los mensajes, o lo que sea, son simpáticos y te hacen sonreir, pues es siempre un alivio. Y si te ríes, pues es un chute de endorfinas que te alegrará el día.

La risa también va unida, generalmente, a la generosidad, al deseo de alegrar y animar. Animar a los otros porque, como decía el maestro a su discípulo, ésa es la mejor forma de animarse a sí mismo. Por eso, renglón aparte merecen esos otros mensajes-vídeos-canciones que te emocionan. Estos días que estamos con las emociones a flor de piel han sido muchos los mensajes que te ponen al borde del llanto. Los hay de desesperanza (algunos sanitarios que cuentan su desesperación) pero, los más, son de ánimo y esperanza. Los italianos lo han sabido utilizar muy bien. Me han emocionado los vídeos en que la aviación italiana anima a sus compatriotas. El grito de “all’alba vincerò”, la imagen del “andrà bene”, la canzonetta del “faciamo finta che…”, son la mejor expresión de ese corazón y esa sensibilidad enorme de la gente italiana.
En fin, volviendo al inicio, la risa nos mete en la vida, en todo lo que la vida tiene de humano. Bendita sea la risa cuando todo a nuestro alrededor provoca angustia y pena. Aquí teneis un buen ejemplo:


sábado, marzo 21, 2020

7º DÍA DE ENCIERRO- Ajustando cuentas con el cerebro



Hace solo una semana, sábado 14, estábamos cruzando media España en un Skoda Octavia alquilado intentando llegar a Santiago antes de que el Gobierno decretara el aislamiento completo en casa. O sea, llevamos una semanita de enclaustramiento y se empiezan a notar los efectos deletéreos del encierro. Yo acabo de tener un buen encontronazo con mi cerebro porque ha entrado en un estado de abulia que me está empezando a preocupar.
Empezó a bajar el ritmo al final del verano con motivo de la jubilación, pero se lo perdoné suponiendo que también a él le había afectado la cosa esta de dejar el trabajo después de tantos años. Aunque se podía pensar (y es lo que la gente acostumbra decir) que lo que venía con la jubilación iba a ser mejor y más relajado que lo que había vivido hasta ahora, siempre lo nuevo asusta un poco. Pensé para mí que bueno, que también el cerebro estaba pasando por una crisis, pero que en cuanto se adaptara a la nueva situación, también él volvería a su ritmo habitual. Creo que en parte lo consiguió. Aunque achacoso (los años no pasan en balde para nadie ni nada), lo vi coger cierto ritmo en los viajes que me tocó hacer a Lisboa, a Coimbra, a Cuba o México. Se le notaba inquieto, más lento que de costumbre, menos brillante, pero, de todas maneras, conseguía cumplir mal que bien su función. En Cuba hasta llegó a emocionarme al ver que era capaz de organizarlo todo para que el resto del organismo se pusiera las pilas y saliera a andar a las 7 de cada mañana y con un sol ya intenso a esas horas. Le costaba conseguirlo y tenía que pelearse a brazo partido con cada órgano del cuerpo, pero, oye, al final lo conseguía.
Pero lo que ha debido destrozarlo del todo es este encierro sobrevenido. Y ahora lo veo errante, sin energía, dejando que el tiempo pase. En fin, desaparecido. Y claro, si el cerebro que es el motor de todo el tinglado, no ejerce su liderazgo, todo lo demás se pone en modo “fuera de servicio”. Y la consecuencia es nefasta: ni ando, ni leo, ni estudio, ni avanzo en las cosas que inicio. Me he quedado en puro stand by a la espera de no sé estímulo, o empujón o golpe que me haga reaccionar. Y solo estamos en la primera semana. Si esto sigue así, el desbarajuste que se me viene encima puede llegar a ser mayúsculo.
Así que he decidido tomar cartas en el asunto y llamarle al orden. “Oye tío, esto no puede seguir así. Entiendo que estés en crisis y un poco desbordado por los acontecimientos, pero tú no eres así. Esta galbana que te ha entrado, este no tener ganas de nada, esto nos va a matar”. Me ha mirado con una mirada extraña, no estoy seguro si queriendo expresar su sorpresa o, simplemente, aceptando resignadamente que las cosas eran así pero que él no podía hacer más. Esperé que dijera algo, que se excusara, que prometiera que las cosas iban a cambiar, pero nada. No dijo nada. Se quedó callado mirando al vacío. “Ves, le insistí, esto es lo que pasa, que no reaccionas, no tienes energía, es como si renunciaras a plantar batalla a sea lo que sea lo que te pasa”. Siguió en un silencio desesperante, pero no era de desafío, de que quisiera llevarme la contraria o negar lo que le decía. Me dio la impresión de que también él era muy consciente de cuál era la situación pero que se sentía atrapado en ella, sin respuestas. Temí lo peor: “oye, amigo, no estarás tú también contagiado del virus, no me jodas…”. Una sonrisita forzada pareció negar esa posibilidad y él habló, no, qué va, esto ya viene de antes del virus, de mucho antes. “¿Qué es ese ‘esto’?, le pregunté. Pues eso que me reprochas, la desgana, la falta de energía, el vivir de las reservas. “¿Te duele algo, te sientes mal?”, seguí preguntando. No es un dolor que se pueda localizar, me dijo, es un malestar, una desazón genérica que se te mete dentro, como ese frío húmedo gallego que se cuela en los huesos y te deja aterido. “¡Coño!, me salió del alma, pues algo tenemos que hacer porque van pasando los días y eso no puede seguir así”.

Sentí un poco de lástima, pero mi queja siguió adelante. “Tío, esto no puede seguir así. Para qué quiero un cerebro si no me sirve para movilizar todo el resto del cuerpo. Consumes mucha energía que luego no me beneficia nada”. Ya, reconoció él, qué más quisiera yo que poder estar a pleno rendimiento, pero están siendo muchos cambios y cambios muy intensos y estoy perdido y un poco desfondado. A veces me he planteado, siguió con su perorata, que quizás tenga que tocar fondo para desde ahí comenzar nuevamente a resurgir, pero este vaivén constante de subidas y bajadas en la zona baja del ánimo me está matando. “La cosa es, le recriminé, que es ahora cuando más te necesitamos y tú no sales de tu marasmo; dependemos de ti y ahí estás tú lloriqueando con tus propias incertidumbres. Esto tiene que cambiar”. Ojalá,  fue lo que dijo, como indicando que también a él le gustaría.
Y ahí quedó la cosa. No tengo ni puñetera idea de si mi cerebro va ser capaz de salir de su desidia ni qué va a proponer en caso de que lo logre, pero la cosa no puede continuar así. Están pasando los días y sigo aquí sin ánimo de nada, salvo pijaditas para entretener el tiempo y dejar que un día suceda a otro día. Va a acabar esta cuarentena forzada, con la cantidad de posibilidades que nos ofrecía, y nos va a encontrar con que no he hecho nada de sustancia. Comencé el encierro pensando que lo aprovecharía para escribir un libro que venía aplazando y ha pasado ya una semana en la que lo único que he hecho ha sido ordenar algunos archivos del ordenador. Me deprime solo pensarlo. Y mi puñetero cerebro ahí, viviendo de la sopa boba y dejando que nos vayamos hundiendo poco a poco en la nada (tocar fondo, dice el cabrón).  Me está pasando lo que a Groucho Marx, que he llegado a un momento en el que hasta mis debilidades son más fuertes que yo.