domingo, diciembre 16, 2018

TERMINAR





        
Las cosas que acaban traen consigo esa extraña sensación del final de algo. Y, como todo final, tiene ese sabor amargo del vacío y la nada de después. Supongo que hay finales y finales. Supongo,
Acabar un viaje puede tener resonancias penosas si lo que viene después no compensa lo que pierdes. Pero resulta muy gratificante se tras ese final llegas a tu casa, a tu zona de confort habitual. Acabar una relación tiene que ser muy frustrante salvo, claro, que tengas otra mejor a la espera. Siempre me ha llamado mucho la atención cómo algunas personas acaban su relación con la pareja del momento y no se les conmueve nada. Incluso cuando todo hacía parecer que la relación estaba sana y ellos disfrutaban de ella. Y no hablo solo de relaciones de pareja, sino de amigos, de gente que trabaja junta, de gente que se dice próxima a otras personas. Es un acabar indoloro, tajante, definitivo. Se diría que viven relaciones dicotómicas: es sí o es no, sin esos vericuetos intermedios en los que juega la seducción, la inseguridad, el deseo, la amistad, el cariño y la compañía.
Pero, en fin, yo no iba a eso, sino a las sensaciones complejas que dejan las cosas que se acaban. Y se acaban de plano, es decir, que aparece en el horizonte uno de esos monstruos comecocos (en el sentido más literal del término comecocos) que me aterran: el “nunca más”. Pues eso, ya “nunca más” serás, harás, podrás…  También me asusta (otro comecocos) el “siempre”: esto es para siempre (un dolor, una medicina, una actividad, una ausencia, etc.).
Y todo eso tiene que ver con que esta semana que hoy concluye, ha concluido, también, mi fase de profesor de grado. El miércoles pasado di mi última clase para estudiantes de grado. Aún me quedan algunas de máster para el segundo cuatrimestre, pero ya no seré “nunca” más profesor de estudiantes de grado. Nunca más, ahí está. Y es una sensación extraña. Llevo 44 años siendo profesor, disfrutando con ello, construyendo mi identidad desde el trabajo como profesor, tratando de hacerlo lo mejor posible… y se acaba.

La gente me dice que más que verlo como un final, lo vea como un inicio; el inicio de algo que me dejará más tiempo para hacer las cosas que me gusten. Sí, es lo mismo que yo he dicho siempre a los que pasaban por esta situación. Pero cuando te toca a ti, es diferente. No es una cuestión racional, ni sindical, ni siquiera profesional. Es salir de un espacio de certidumbre a uno de incertidumbre, de algo que te vincula al pasado de juventud y madurez (algo que has venido haciendo durante prácticamente toda tu vida en las etapas mejores) a algo que te vincula a lo que vendrá en la etapa final de la vida, la más sufrida e incierta. Disponer de más tiempo y menos obligaciones para hacer lo que te gusta, está bien, pero, en cualquier caso, a mí me gustaba mucho lo que hacía. Es verdad que cada vez te cuesta más madrugar, tropezarte cada día con chicos y chicas que siempre tienen 20 años mientras tú vas incrementando los tuyos año tras año, llevar al día todo el tinglado que supone avanzar en el curso, recordar los nombres de tus estudiantes, abordar la evaluación sin sufrimiento, etc. pero todo eso forma parte del oficio y lo afrontas con paciencia y resolución. En parte es lo que te mantiene vivo y diligente. Por eso mismo, perderlo para siempre, es agobiante. Es como entrar con tu coche en una zona de niebla espesa en la que no sabes con qué te vas a encontrar ni cuánto va a durar esa incertidumbre.
En fin, estoy un poco deprimido, ya se ve. A lo mejor descubro que este final es como un regalo de los Reyes Magos que me abre a una nueva adolescencia y a ganas renovadas de empezar con otros proyectos. ¡Ojalá! Y si lo que viene después es el duelo, la desmotivación, la abulia, pues ya lo notarán en el blog. Porque lo que este final sí va a significar es que podré dedicarle un poco más de atención al blog. Ya es algo.

también, que no todos vivimos de la misma manera el final de algo. Y, claro, buena parte de la dureza del final depende de qué sea lo que acaba. Y de qué viene después.

viernes, diciembre 07, 2018

El amor menos pensado



EL AMOR MENOS PENSADO
Las opciones de la cartelera no eran muchas pero, en todo caso, nosotros teníamos ya nuestra opción hecha: la de Darín. El boca a boca previo nos había hecho llegar la noticia de que merecía la pena. Y allá fuimos.
Para comenzar, la película tiene dos encantos que para mí la hacen especial: es cine argentino y trabaja en ella Darín. Ambas cosas son una garantía de que lo pasaré bien. Me gusta el cine argentino por su sencillez: te cuenta historias simples con narrativas limpias y temas que normalmente te atrapan. Y me gusta Darín porque es buen actor, no suele sobreactuar y tiende a representar personajes creíbles. Todo ello se produce en esta película recién estrenada (fue elegida para inaugurar el reciente festival de San Sebastián), que está dirigida por Juan Vega (es su ópera prima) y protagonizada por Darín y Mercedes Morán (otra estupenda actriz argentina o, al menos, en la película lo parece).
La temática resulta atractiva, al menos para quienes rondamos esa edad de los sesenta y vivimos preocupados por cómo entender el mundo desconocido al que a cada paso te vas enfrentando, tanto en lo personal como en la vida de pareja. Y, supongo que, para quienes se han separado, el interés y la proximidad de las situaciones y los diálogos es aún mayor. Un estupendo guion, en definitiva. Otra de las características del cine argentino. Un tema que se interna en lo personal, pero es tratado con sensibilidad y humor.
Que una pareja se separe no es noticia, ciertamente. Que lo haga sin un motivo específico, se hace más raro, pero tampoco debe ser infrecuente. Simplemente porque los años pasan, la intensidad de los afectos disminuye y la nostalgia actúa como una carcoma que se va comiendo las viejas vigas que trababan el edificio común. En este caso, a todo ello se une la marcha del hijo único que se va a estudiar a otro país: el síndrome del “nido vacío”. Y por eso sí que hemos pasado casi todos los padres. Y no es algo simple. Ha sido un tema que yo solía explicar a mis estudiantes de Educación Social. No era difícil y lo entendían (supongo que algunos de ellos, viviéndolo desde la perspectiva de hijos que se van y lo provocan). Pero luego, cuando me pasó a mí, lo viví de otra manera. Las consecuencias de esa situación ya no se referían solo a lo que sabía del tema por lo que otros habían estudiado. El problema lo tenía más cerca porque yo lo estaba viviendo en primera persona. Y no demasiado bien. “Te quedas sin proyecto”, decía la protagonista. Sin proyecto común, se entiende. Y esa es la sensación, sí. Has vivido tan en función de tus hijos y sus ritmos que, cuando se van, te quedas sin espacio común, sin proyecto colectivo. Y, entonces, sobrevives dedicándose cada uno a su trabajo y buscando redefinir ese territorio común con los recursos que la edad y los avatares de la vida te han dejado. Y ahí es donde la nostalgia se convierte en un virus casi mortal. Pretender afrontar la situación con los mismos argumentos que se afrontó el noviazgo suele ser nefasto y con efectos frustrantes.
Y por ahí comenzó el problema de la pareja del film. Nuestro siguiente proyecto común es esperar a que vengan los nietos, si es que vienen, y eso me asusta, decía ella. Y tú qué sientes por mí, preguntaba él. Demasiadas preguntas demasiado intensas para un momento complejo en el que, a veces, es mejor no mover mucho el piso y caminar con sigilo. Ellos se van al interrogatorio duro y acaban constatando que seduce más lo que podrían conseguir fuera de la pareja que lo que tienen en ella. Y se lanzan a la aventura de separados. Sin convicción, sin motivos.
Esa parte del film actúa como eje de todo el argumentario que en él se desarrolla. Y te atrapa. Difícil mantenerse en el cómodo rol de espectador. Otra cualidad del cine argentino: escoge temas de la vida cotidiana y no tienes como presentar tu carnet de mero voyeur que observa desde la barrera o mirar a otro lado. Allí estás tú con tu historia, con tus muchos años de casado, con tu propia experiencia de nido vacío, con tus dudas, con tu vida. Y te haces las mismas preguntas de la película sin saber muy bien qué contestar. Y te inquietas por si tu pareja que está en la butaca de al lado puede tener la tentación de jugar a hacernos esas mismas preguntas el salir. Y piensas en qué tipo de respuesta deberías dar. Y tratas de controlar si ella se ríe o qué hace mientras los protagonistas se confiesan mutuamente. En fin, toda una movida intelectual y emocional. Cine argentino, ya ven.
Lo demás de la película es la parte divertida. Una vez lanzadas las bombas de profundidad y visto su efecto, la película trata de relajar los ánimos. Y ambos protagonistas, cada uno por su lado, van viviendo situaciones chuscas con sus ligues a través de internet.
Al final, obviamente, la reconciliación. Ahora ya sí, con argumentos nuevos. Reiniciando una historia (me siento nervioso como en nuestra primera cita, confiesan ambos) pero ya con recursos no nuevos, pero sí renovados. No me quedó claro si la moraleja del film es que para poder seguir felices después de una larga historia común uno tiene que separarse y vivir sus propias aventuras antes de volver con su ex. Quizás no esté mal, aunque en la mayor parte de los casos, ese final feliz resulta improbable. E incluso aunque las cosas sucedan como cuenta la película, ese impulso nuevo y entusiasta con que se reinicia la relación, ¿durante cuánto tiempo seguirá como nuevo y entusiasta? Un lío.

jueves, junio 15, 2017

Y LLEGÓ EL BAJÓN.





Triste, apesadumbrado, ido, silencioso, solitario, espeso, tontorrón. Así te deja el bajón. Hecho una mierda. Extraño y extrañado de ti mismo. Es como si no te reconocieras en ese vacío interior, en esa falta de energía. Claro que, en este caso (hay bajones de muchos tipos), la causa es, justamente, el vacío que te deja la muerte de tu madre. Pero un bajón, ¡por dios!, es casi humillante. Ni siquiera llega a depresión, que ya sería algo más reconocible, más serio. Podrías pedir una baja, tomarías alguna pastilla, podrías mirar en Internet qué se hace en esos casos. Pero un bajón…
Afortunadamente, lo que no siento es remordimiento o culpabilidad. Al contrario, me parece que todos hemos hecho lo que había que hacer, lo que estuvo en nuestras manos. En el caso de algunos hermanos y sobrinos, la entrega fue, incluso, mucho más allá de lo que les correspondía.  Y ella fue siempre consciente de ello. Y nos lo agradecía constantemente. En el fondo, no tendríamos que entristecernos por su muerte. La muerte llegó cuando llegó y estuvo bien que llegara. Ella no se merecía seguir sufriendo más. Su organismo y sus fuerzas habían llegado al límite. Poder descansar, al fin, fue bueno para ella. Así que no creo que la causa del bajón sea su muerte sino su ausencia. Ese vacío. Dicen que cuando te cortan una pierna, tú sigues sintiéndola, te sigue doliendo, sientes una presencia ausente del miembro amputado. Algo de eso debe ser. Te falta algo, algo que era una referencia para ti. Y eso te desorienta. Es el bajón.
No coges el teléfono porque no te apetece escuchar pésames y tener que dar explicaciones. No vas a la Facultad por la misma razón: abrazos, saludos compasivos, frases hechas, miradas tristes. Te sientas en el sofá, miras al vacío, escuchas la eterna moción de censura (enterita, de veras, ¡día y medio completo!), escribes cuatro líneas como éstas y, a cada poco, te pones en trance en estado zen como si te hubieras chutado un relajante caducado.
En un pico de autoconciencia me planteé que debía hacer algo. Y en plan científico me fui a la wikipedia para ver qué se hace en los bajones. Las soluciones sugeridas no es que vayan muy allá pero no carecen de sentido común.
Lo primero que tengo que reconocer es que esta comedura de coco que me traigo yo no es sana. El primer objetivo no es la cabeza sino el cuerpo: respirar hondo, identificar las partes adormecidas, hacer algo de ejercicio, comer bien (aunque no mucho, ni cebarse de chocolate o queso o dulces), dormir lo suficiente (¡quién pudiera!). En fin, no hay forma de tener una cabeza ordenada salvo en un cuerpo medianamente satisfecho y activo. Eso lo he podido experimentar muy bien estos días. Lo que pasa es que es fácil decirlo pero mucho menos ponerlo en práctica.
Y después del cuerpo, ahora sí, la cabeza. Empezando por cosas sencillas, por ejemplo, escuchar música (eso me gusta mucho: ayer le tocó a la bossa nova que es relajante y, a la vez, la dulzura brasileña parece que te masajea). También se sugiere desahogarte con alguien (eso no es fácil para los que somos retraídos, pero tengo la suerte de contar con buenos amigos que te provocan y hasta consiguen sacarte con sacacorchos algunas confesiones) y pensar en otras personas pensando en qué puedes ayudarlas (esto es fácil, mis estudiantes están esperando sus exámenes de recuperación o terminando sus trabajos de fin de carrera: ya se encargan ellos de que tenga que ponerme en su lugar y ayudarlos en todo lo que pueda). Una cosa interesante es no abordar temas complejos y evitar las discusiones (buen consejo, porque o pasas del tema o enseguida te irritas, seguramente por sobrecarga de tensión en las pocas neuronas que trabajan).
Y hay dos cosas especiales que pueden ser muy interesantes. La primera es el consejo de “comprarse un capricho” (no es que a mí me diga mucho, pero seguro que a otros sí). La otra sugiere “llorar todo lo que se pueda”. Esta está bien. Tampoco es que se pueda mucho, pero sí que ayuda.
Bueno, pues a ver qué pasa. Son consejos buenistas pero, chico, algo hay que hacer. ¡Aúpa!

lunes, junio 12, 2017

ADIÓS, MAMI.





“Avisa cuando lleguéis, así me quedo tranquila”. Esa solía ser tu despedida antes de emprender los viajes de regreso a casa. Y eso hacía yo. Pero cuando ayer regresé, de vuelta de tu entierro y funeral, ya no tuve a quien avisar. Y esa fue como la primera constatación de que algo importante había cambiado para siempre. Tu presencia vigilante, el saber que siempre estabas ahí, aunque fuera más para cuidarte que para que nos cuidaras. No era tanto lo que hicieras por nosotros, sino lo que eras para nosotros. Eso es lo que hemos perdido, lo que duele.
¡Qué duros han sido, mamá, estos últimos meses! Tú misma lo veías. “¡Quién te ha visto y quién te ve, Salomé!”, solías decir, como plantando cara al deterioro que notabas. Casi un año luchando con la retención de líquido en las piernas y contra aquellos orificios minúsculos por los que buscaba salida. Y cuando parecía que aquello se había superado apareció la maldita infección del dedo gordo del pie. Ese dedo que fue tu talón de Aquiles. Una infección traicionera que nos engañó porque parecía algo sencillo. Pero se complicó con tus problemas tradicionales de circulación y se enquistó ahí haciéndote sufrir lo indecible. Cuántos ayes, cuántas noches en vela, cuántas curas, cuánta desesperación. Parece mentira cómo las cosas simples (una visita habitual al podólogo para que te arregle las uñas, una insignificante heridita al levantar una esquina de la uña que se incrustaba en la carne, una infección de las que has tenido cientos de veces y a la que le pones un poco de mercromina esperando que eso sea suficiente), acaban convirtiéndose en algo irreparable. Y entonces llegó la primera visita al hospital, total para nada. O  quizás sí: para darnos cuenta de que lo que parecía simple, no lo era. Y tu primera desorientación al regresar a casa. Y de nuevo, las noches agónicas y los días inciertos. Y las crisis. Y más hospitalizaciones, para nada. O quizás sí: para comprobar que la medicina es limitada; que el problema, en realidad, no era el dedo sino el conjunto de tu organismo; que no te gustan los hospitales, que preferías aceptar la situación y sus consecuencias antes que iniciar el calvario de intervenciones médicas con pocas esperanzas.
Afortunadamente, estos valles profundos de dolor iban salteados de picos de lucidez y disfrute en los que aún cabía el chinchón, las conversaciones, las comidas, el estar juntos. Tu cabeza funcionó muy bien hasta el final. En los buenos momentos seguías siendo la Salo de siempre, la que lo controlaba todo, la que daba órdenes, la que se quejaba, la que decía cosas cariñosas y se reía. Esa presencia activa nos ayudaba a soportar las ausencias y los momentos de dolor. Pero los valores e intensidades de lo bueno y lo malo se fueron desequilibrando a medida que pasaban los días. Verte sufrir se hizo insufrible. Queríamos engañarnos y pensar que se había controlado el dolor, que los riñones podían seguir funcionando, que el riego vascular mejoraría, pero la realidad se fue haciendo terca y tus fuerzas fueron menguando. Y eso que, acostumbrada a resistir, a cada poco volvías a revivir como un ave fénix. Quienes estaban a tu lado hacían milagros: que te levantaras, que pasearas, que comieras con gusto, que aceptaras las servidumbres de una higiene con ayuda. En fin, tú ya lo sabes, pero has tenido unos cuidadores de lujo. Y en ese juego de noches malas junto a días regulares con algunos momentos felices; de comidas con gotitas junto a pastillas y rescates; de presencia de familiares y amigos junto a atenciones médicas (también has tenido, mamá, tú ya lo sabes, una atención médica fantástica: es increíble lo amables y serviciales que han sido las profesionales que te han atendido cada día; y jamás he visto yo una relación tan preciosa como la de Eduardo, tu enfermero, contigo. Dentro de unas semanas tengo que dar una conferencia en un Congreso médico en Madrid donde se va a hablar de la formación médica centrada en el paciente. Voy a poner de ejemplo quienes te han atendido a ti porque, la verdad, me he quedado maravillado). En ese maremágnum de pequeños rituales cotidianos han ido transcurriendo estas últimas semanas hasta que llegó el final. El jueves, día 8 de Junio a las 5 de la tarde. Nos habíamos despedido a las 3 y media para ir a echar una siesta al hotel. A las 5 menos 5 escribió Santi el mensaje de “ven pronto, está acabando”, pero ya no llegué. A la 5 y cuarto (ya ves que los minutos quedan grabados) te di mi abrazo de despedida. Espero que tu alma aún estuviera por allí cerquita, sobrevolando la escena, como cuentan que sucede al morir. Luego vinieron los consabidos trámites postmortem, gran parte de los cuales ya los habías dejado tú resueltos. Acomodamos los ritmos para que Rafa pudiera llegar y ya todo siguió el plan trazado: emoción contenida (a veces no, porque era imposible) en el tanatorio; entierro el sábado por la mañana (con el dramatismo añadido de tener a la vista la tumba de papá y ese trajín doloroso y simbólico de los procedimientos de albañilería para sellar la tumba) y funeral por la tarde noche.
Luis Mateo, un novelista autor de “Vicisitudes”, escribía que “hay días que son toda una vida”. Uno de esos días fue el jueves 8 de junio (y el 9 en el tanatorio). Unos días en los que, quieras o no, situado ante tu madre muerta, pasa ante ti toda una vida. En mi caso, 68 años de vida que recorres a toda prisa como en esas grabaciones en las que aumentas la velocidad. Allí estaba ella en mi primera infancia en Pamplona de donde tengo pocos recuerdos, solo el colegio de monjas al que comencé a ir con 3 años. Con ella me fui con 5 años a Larrasoaña donde sí que recuerdo cosas (que casi me mata un autobús cuando salí corriendo de casa a la carretera que pasaba por delante; que mi padre fue a amenazar al maestro, -supongo que después de cascarme a mí porque algo habría hecho-, porque me había dado un bofetón brutal en la cara; que casi lo desnuco al pobre porque no se había dado cuenta de que yo había cogido la silla en la que pensaba sentarse; que recorría, creo que diariamente, la distancia de mi casa a Irure, 600ms, para traer la leche; en fin, muchas cosas). De Larrasoaña a Saigós, un pueblico de 8 casas, donde transcurrió la parte importante de mi infancia. Como nuestro padre trabajaba de sol a sol, nuestra madre fue, en ese tiempo y lugar, la piedra básica de nuestra vida: ella nos llamaba desde la ventana cuando era la hora de comer o cuando teníamos que hacer algún recado; ella nos vigilaba desde la ventana cuando teníamos que ir andando por la carretera nacional (hoy parece inconcebible algo así) el kilómetro y pico que separaba nuestra casa de nuestra escuela en Zubiri; ella, sin lavadora ni lavavajillas, tenía que ir al río a lavar la ropa (que como era ropa de quita y pon, supongo que todos los días); ella tenía que hacer la comida para todos y cuidar los animales que teníamos en la cuadra de la planta baja (un cerdo, gallinas y conejos). Poco a poco pudimos ayudarla los hijos mayores, pero ella fue la que se tragó el marrón durante aquellos años, una etapa dura y llena de épica en su vida pero que ella recordaba con cariño y orgullo.
Mi infancia acabó allí con 11 años, porque de allí salí para el internado de los pasionistas primero en Gaviria, Guipúzcoa, después en Euba, Vizcaya para hacer el bachillerato, y de allí a Angosto, Álava y, finalmente a Ormaiztegui, Guipúzcoa. Regresaba a casa solamente en vacaciones de verano. Fue un interludio de 8 años en que mamá era una presencia más imaginada que real. Muchos compañeros no pudieron soportar tanta ausencia e iban dejando los estudios para volver a casa. Yo resistí, no sé muy bien cómo o por qué. Seguramente, el ser el mayor de los hermanos había supuesto para mí una mayor versatilidad (no servía mucho para ayudar en casa, tarea ésa reservada a mi hermana que venía tras de mí; no teníamos campos ni muchos animales que cuidar; y había muchos hermanos pequeños a los que alimentar) por lo que me había tocado pasar largas temporadas en casa de la abuela en Los Arcos, supongo que coincidiendo con el nacimiento de los hermanos que venían detrás. El caso es que fueron 8 años intensos de estudio que me hicieron más fuerte y autosuficiente. Regresé a casa con 18 años,  el Preu superado y dispuesto a hacer lo que hubiera que hacer. Mi familia ya había transitado por Zubiri y estaba a punto de trasladarse a Tafalla. Y allí fui con ellos. En menos de una semana ya estaba trabajando en un bar y en menos de un mes ya había comenzado a recibir clases particulares de contabilidad (perito mercantil, creo que se llamaba entonces) con vistas a colocarme lo antes posible en alguna oficina. No fue así porque mi profe particular se quedó sorprendido por mi capacidad y les dijo a mis padres que era una pena que no siguiera estudiando una carrera. Y eso fue lo que pasó. Era noviembre, ya había comenzado el curso dos meses antes, pero me planté ante el decano de Filosofía y Letras de Zaragoza pidiéndolo que me admitiera como alumno libre en la Facultad. Le pareció bien y allí me fui con una beca. Mamá echó mano de su prima monja en Zaragoza, me buscaron un piso y comenzó mi etapa de universitario. Zaragoza primero (comunes) y, después, Madrid (psicología y pedagogía). Mi vida profesional se inició con el trabajo con menores inadaptados con los que formé un Hogar Promesa. Después vino la boda, los hijos, la docencia en la universidad. Traslado de la familia y el trabajo a Galicia y todos estos años de historia ordinaria.
En síntesis, 11 años de vida con mi madre y 57 años de vida bajo su tutela. Porque ella siempre ha estado ahí. A veces de forma directa y llevando el mando; siempre de forma indirecta pero tangible, en permanente disponibilidad hasta que la edad y las fuerzas la hicieron recluirse en sus cuarteles de invierno de Remiro de Goñi. Estuvo, sobre todo, en los momentos felices (como la boda) y, también, en los difíciles (el accidente y posterior cuidado en el hospital y en casa de María y Elvira: ella le llevaba a escondidas a Elvira su comida rica al hospital, ella soportaba los cambios de carácter de María convaleciente). He tenido la inmensa suerte de que mis padres se ganaran el cariño y aprecio de mi familia, lo que ha permitido que disfrutáramos juntos de sus viajes a Galicia. Ellos fueron siempre la referencia de mis andanzas gallegas, quizás para tratar de aminorar la distancia que nos separaba: para ellos fue el piso en Los Rosales, por ellos me empeñé en conservar en buenas condiciones Orazo y, aunque llegó tarde, pensando en ellos y en la familia navarra nos metimos en Portosín. Mamá cerró su capítulo de viajes hace años (sin papá, ya no le hacía ilusión), pero mientras quiso y pudo viajar nos hicieron felices cada vez que aceptaban compartir con nosotros unos días de su tiempo. Y cuando ya no ha querido o no ha podido viajar, hemos sido nosotros los que hemos viajado a Pamplona a verla y estar con ella. Han sido miles de kilómetros en estos últimos años, pero siempre me han parecido pocos. No es fácil vivir lejos de tus padres, sobre todo cuando se van haciendo mayores y comienza a instalarse en tu alma la sensación de que los vas a perder. Estos últimos meses, quizás año y pico, no he podido quitarme de encima esa angustia que te carcome por dentro.
La angustia ya acabó. Ya no podemos hacer más. Quizás sea inevitable ese sentimiento que duele por dentro: si podrías haber hecho más, disfrutar más con ella, atenderla mejor. Quizás por eso, este escrito que debería ser para ella y sobre ella se ha acabado convirtiendo en un escrito sobre mí y mi relación con ella. Como si tratara de saldar deudas, de explicarle que siempre la he querido mucho y la he tenido como mi valedora. Calculo que ella no necesita nada de esto, que ya lo sabe. Soy yo quien necesita decirse todo lo que ha sido una vida con ella, ante la desazón de lo que va a ser la vida sin ella. Estos días, cuando me sentaba con ella y la miraba respirar tranquila, cuando la veía en el tanatorio con la relajación serena que da la muerte tranquila, solo quería que se me grabara bien su imagen, me repetía que tenía que memorizar sus rasgos de la cara y las manos para que no se me olvidaran. Ahora que olvido casi todo, tengo un miedo enorme a olvidarme de ella, de cómo era, cómo miraba, cómo sonreía. Espero que las muchas fotografías que hemos compartido sirvan para que eso no suceda.
Bueno, ya está. Necesitaba construir mi relato de despedida. Ya sé que esto no es una crónica, que es posible que las cosas no sean así, pero así es como yo las veo y las he vivido. Supongo que cada uno de nosotros (hijos, nietos, familiares) ha construido su propio relato de su vida con mamá. También mamá nos contaba estos días pasados sus propios relatos de cómo había sido su vida. Era muy interesante escucharla. No importaba tanto si la historia era cierta o aproximada, era su versión (lo que ahora llaman la “postverdad”). Quizás elaborar el duelo sea eso: construir un relato amable de la vida en común con la persona que se va, una historia que nos vincule a ella, que resignifique y ponga en valor lo que ella ha sido para nosotros y con nosotros. Nos hacemos co-protagonistas de una vida. Uno se queda más aliviado, más unido. Como si, así, la pérdida mitigara su desgarro. O haciendo que lo parezca.
Gracias por estos 68 años juntos, mamá.