lunes, marzo 18, 2013

Los amantes pasajeros



Bueno, pues en el pecado tuvimos la penitencia. Ya nos había advertido un amigo más madrugador en el estreno que nos evitáramos el trance pero claro, cómo vas a dejar de ver la última de Almodóvar. Pues oye, esta vez, podríamos haberlo hecho. Hubiéramos ganado una hora y media de tiempo, o podríamos haber visto otra película con más enjundia. Aunque, pensándolo bien, el perdérnosla habría significado que no la podríamos criticar. Vaya lo uno por lo otro.

Porque la película es mala. Mala de cojones. Aparte de que te introduce en un mundo soez y patético (aunque eso hasta podría haber tenido su gracia) te deja frío (o indignado) en casi todo. Lo que sucede carece de interés, las conversaciones son sinsentidos entrelazados. Agota tanto despropósito. Y hay momentos en que sientes realmente “vergüenza ajena”.
La historia es insulsa. Un pequeño accidente a pie de pista donde una Penélope transitoria manda al carajo la carga de maletas que llevaba a un avión. Algo hace mal su novio/marido que la ve y corre donde ella en lugar de seguir en lo que en ese momento estaba haciendo que no era otra cosa que retirar las calzas del avión. Avión que, sin embargo, parte y se encuentra, luego en vuelo, con que le falla ese tren de aterrizaje con lo que, en lugar de volar a México, se pasan el tiempo sobrevolando Toledo hasta que les encuentren una pista para poder hacer un aterrizaje de emergencia. La pista la encuentran al final de la película en el aeropuerto de Castilla la Mancha, un trasunto del de Castellón que nadie ha utilizado hasta ese momento. Y la hora que dura la película entre ambos episodios estamos en la cabina del avión amenizados por un trío de maricas y unos cuantos personajes patéticos de la cabina de bussiness. Por supuesto no falta el cocktail de sexo, droga, conversaciones y gestos escabrosos,  y pequeñas historias patéticas de personajes siempre dibujados con trazo grueso: un asesino a sueldo, una madame sadomasoquista (que dice haberse follado hasta el lucero del alba, incluido, obviamente, el nº 1, ya saben más más arriba que el presidente del gobierno), un corrupto (el que había hecho el famoso aeropuerto vacío de vuelos y, que, mira tú por donde se llama Mas), una tía que es vidente y virgen (lo primero lo lleva bien, lo segundo muy mal), una pareja de novios que primero duerme y luego se lo montan a base de drogas y sexo (ella como mera comparsa idiota de todo el proceso). ¡Ah, y los tres azafatos y los dos pilotos empeñados en mamarse (en todos los sentidos del término) y en hacer increíbles la situación y los personajes. En fin, una galería de despropósitos.

Y sin embargo, uno no puede dejar de pensar que todo ese montaje de fuegos fatuos tiene que tener algo que tú no eres capaz de ver. Es imposible que Almodóvar haga una cosa así. Tiene demasiada experiencia, demasiado cine en su haber como para intentar colar de matute una cosa tan estúpida. Queda fuera de consideración que lo que pretenda es que nos divirtamos. Ni una sonrisa, oye. Yo que me río con cualquier cosa y disfruto cualquier doble sentido inteligente. Ni una sonrisa. Descartado lo de entretener. ¿Será que quiere provocar, sin más? Tal como están las cosas en la política y en la economía, pensar que su insistencia en las mamadas nos va a provocar es una ofensa a la inteligencia. ¿Qué ha querido Almodóvar con esta película?

He leído que quería hacer una analogía de la situación actual. Por eso presenta a toda la clase turista como dormida con somníferos. Es un buen detalle, la verdad: la clase baja adormecida mientras la vida se juega en la clase preferente, donde a su vez, todo lo que se encuentra son personajillos perdidos en su sexo, su bebida, sus drogas. Pudiera ser, pero es un mensaje demasiado profundo para un montaje tan pobre. Uno no tiene esa sensación mientras ve la película. En fin, quizás tampoco haya pretendido nada. Muchas críticas lo ponen a parir y vaticinan que ha perdido su don y su chispa de cineasta. No me lo creo, eso no se pierde nunca. Pero me intriga, de verdad, qué ha pasado con esta película. ¿Qué quería, Almodóvar? ¿Qué no he visto yo en el film?

miércoles, marzo 06, 2013

De nuevo en casa.




Y, esta vez, ya definitivamente.
Por supuesto volví al hospital a la hora mandada, como el buen paciente que soy. Como un clavo. No hubo sorpresas. Mi cama seguía libre y esperándome. Las enfermeras enseguida me enchufaron  a la cardiometría, me tomaron la tensión y la temperatura y se hicieron con el mando. Volvía a ser un paciente. Hasta fueron tan amables de traerme la cena pero como ya había cenado porque no esperaba esa gentileza, allá fue todo de vuelta. En fin, todo en regla para afrontar mi última jornada.

Dormí mal. Mi compañero de habitación mantuvo la radio encendida toda la puta noche. Él roncaba como un bendito pero la radio seguía dando la murga. Yo que había incluido en las clausulas matrimoniales que nada de radio por la noche, me chupé cuanto programa hay para insomnes, además de la Cope. Chungo.

Y a las 7:03, diana. A esa hora entran las enfermeras rebosantes de energía. Tú estás aún con la cogorza mañanera pero ellas llegan sonrientes, habladoras, poderosas. El termómetro, la tensión, el rapado, la ducha, arreglar la cama. Esa mañana yo era el primero para el quirófano de electrofisiología así que todo fue visto y no visto. Y a las 8 al caldero.

Como ya me conocía la sala de la semana anterior no me sorprendió. Hasta me reconoció la enfermera y estuvo simpática. Seguían con la música alegre y variada, con mucha luz y un frío que te dejaba las pelotillas en estado de congelación. Como era el primero pude asistir a todo el proceso de preparar los utensilios, los apósitos, los aparatos. Yo congelándome en pelota viva y ellos y ellas trajinando a mi alrededor  mil por hora.

Al final, llegó el médico que me había hecho la electrofisiología el jueves pasado. Me saludó pero me presentó a otro médico que sería quien me pondría el Reveal. Era más jovencito, quizás un R4 pero lo hizo bien y era muy amable. Me contó lo que me iba a hacer y insistía en que no era doloroso, salvo el pinchazo de la anestesia. El pobre se pasó todo el tiempo preguntándome si estaba bien, si me dolía, si quería más anestesia (es barata, me dijo, así que por eso no te preocupes). Efectivamente, fue doloroso el pinchazo (encima de la teta izquierda) pero soportable. Y después ya nada. Notas que te están abriendo un hueco (tiran los tejidos para los lados) y nos pasamos hablando todo el tiempo que nos dejaba libre el preguntar si estaba bien, él, y responder yo que sí, que muy bien. En un momento le pregunté si se me notaría mucho que llevaba algo metido ahí. Me dijo que sí, que como yo estaba delgado, se notaría. Vaya, pensé, espero que tenga mejor ojo clínico que vista para observar las gorduras de la gente. Hay que decir en su descargo que yo estaba tapado con la bendita tela verde. En este caso, incluida la cabeza. Eso quisiera yo, le dije. Pero me lo repitió de nuevo: es que usted no tiene nada de grasa en el pecho (¡magnífico, chaval!, me felicité a mí mismo); por eso me ha costado más hacer el nido; cuando hay grasa es más fácil y el Reveal se asienta mejor y se nota menos. Bueno, vaya lo uno por lo otro: se me va a notar pero es porque no tengo grasa. Él fue acabando su tarea, hizo el nido, colocó el aparatejo y fue cosiendo, primero con aguja e hilo y después con una grapadora. Algo más de media hora le llevó.

La tecnología no deja de ser un misterio. Ser enfermo hoy en día es ponerse en manos de una empresa de oficios varios. Primero fueron los fontaneros en el cateterismo; después los electricistas en el estudio electrofisiológico; esta mañana los carniceros con maña para hacer un hueco en pleno pecho y, al final, llegaron los informáticos. Había que sintonizar el aparato, ponerle un login, incluirle parámetros, etc. Me explicaron cómo funcionaba, aunque yo ya lo había leído en Internet y dieron por concluido el trabajo. En mi tierra tocaría irse a almorzar pero a los pobres ya les estaba esperando otro paciente para que le insertaran un marcapasos.

Nuevo deslizamiento hasta la cama, nuevo paseo por los pasillos (esta vez cortito) y entrada triunfal en la habitación. Mi compañero de habitación (el de la radio) me miraba con cara de envidia. También él estaba a la espera de que esa mañana le repusieran su marcapasos, pero lo suyo iba para largo. Aún seguía esperando (y en xaxún) a las 2 de la tarde cuando yo me iba ya para casa.

Yo venía feliz del quirófano pero la opinión de la enfermera que me recibió era bastante distinta. Me debió ver mal. Me dijo que tenía una tensión muy baja y una temperatura imposible (32). Hombre, con el frío siberiano que hacía en el quirófano y después de una hora allí en pelota picada no se podía esperar un cuerpo caribeño. El caso es que se lo tomó en serio y me tuvo bajo su mirada intensiva durante un par de horas. Controles cada 10 minutos, mantas, inmovilidad absoluta. En fin, que casi me asustó. A mí que venía tan feliz de saber que no tengo ni gota de grasa en el pecho (coño, casi como mi amigo Javier). Bueno, todo se recompuso con un café malteado templadito. La médico de sala desdramatizó mucho el asunto, me mandó levantar al sillón y luego pasear y ya me avisó que saldría de alta al final de la mañana.

La salida del hospital tiene sus ritos. Primero te lo anuncian y tú, claro, pones cara de felicidad y dices que cuanto antes mejor. Pero has de esperar a que te entreguen tu parte de alta (los papeles, en el argot hospitalario) y ése se demora y se demora. Entre medias viene la comida (menos mal que yo salía, o quizás fuera por eso, pero me trajeron un caldito limpio y transparente como única vianda). Después han de venir las enfermeras a liberarte de los cables y quitarte la vía. Y luego otras enfermeras a anunciarte que el miércoles hay una charla para cardíacos a la que es muy importante que asistas. Te dan además unas recomendaciones por escrito y la dieta a seguir: el problema es que no diferencian entre unos cardíacos y otros y, al final, son consejos excesivamente duros. Después la ducha final y el vestirte de paisano. Y, ya muy al final de todo, es cuando te echas tu mochila al hombro, te despides de tu compañero de fatigas, metes la cabeza en la sala de enfermeras para decirles “adiós chicas” y te vas por la puerta grande haciendo cruces para no volver. Ojalá, amén.

domingo, marzo 03, 2013

Un poco de calma.



 El jueves que comenzó en plan dramático con el agobio de pruebas duras y dobladas acabó, sin embargo, muy bien.  Me había quedado solo en la habitación, pues dieron de alta a mi compañero. Pude reponer fuerzas con la cena y ya me habían liberado del corsé que me atenazaba la pierna para que no sangrara la herida de la mañana (me la había atado a la pata de la cama para que no la moviera, así que liberarse de aquello fue eso, una liberación).

Por la noche llego mi hijo cardiólogo desde Barcelona y el pobre, agotado tras la guardia del día anterior, se fue reuniendo con los médicos que estaban por allí para enterarse de los datos que habían ido acumulando. Bueno, en realidad, su principal trabajo fue tranquilizarme y contarme lo que ya sabía. Me prometió que el viernes analizaría con los diversos equipos las pruebas que me habían hecho. Supongo que no es fácil, tampoco para él, encontrarse en una situación así. Me repite muchas veces que él atiende cada día a muchos señores como yo y que todo depende de que las cosas se afronten a tiempo o no. Por él vinimos a urgencias. Nos explicó qué eran los síncopes y como de unos te levantas pero de otros ya no. Y que eso unido a las arritmias que me habían detectado era un cuadro peligroso. Me alegró mucho verlo pero, a la vez, uno no puede dejar de sentir el pesar que causa a su entorno con estas historias. Pones a la  familia patas arriba y eso es casi peor que la enfermedad.

En fin, de todas formas dormí mal. Habían acabado las pruebas pero la puta costilla sigue doliendo de lo suyo y no me deja recostarme sobre el lado derecho que es mi preferido para sobar. A nada que me muevo, me despierto de dolor. Así que fui superando las horas en duermevelas forzadas, soñando cosas raras, despertando, maldiciendo mi costillar y esperando que amaneciera.

En cuanto pude me levanté, me duché y me dispuse a trastear un poco con el ordenador. Pronto llegó mi hijo que quería hablar con los médicos y comentar las pruebas. Así que eso hizo mientras yo redactaba una de las entradas del blog. La doctora que coordinaba mi caso había sido compañera suya de carrera y amiga personal así que todo fue muy fácil. También se enrolló bien con la médico de sala y con los otros que habían intervenido en mis pruebas. Total que aprovechó bien el viaje. La historia parecía clara y oscura a la vez: una arritmia que no da la cara. Está ahí pero no se ha podido comprobar con las pruebas hechas (todas las que se utilizan en cardiología) cuándo actúa ni cómo. Pero tenemos una buena noticia, las arterias están muy bien así que no hay riesgo de infarto. Eso es muy bueno en tu caso, me decía, porque tus antecedentes familiares van en esa línea. Has tenido suerte o te has cuidado mejor. Bienvenidas sean las buenas noticias. Todo parece presagiar que me iré del hospital sin una etiqueta (lo que es malo) pero con alguna buena noticia.
 
Como tenía que hacer otras cosas, aprovechando el viaje él marchó, pero apareció por allí a hacerme una visita mi vecino de casa que es también cardiólogo, aunque él se jubiló hace unos meses. También se empeñó en hablar con sus antiguos colegas del servicio sobre mi caso (debían estar las pobres hasta el moño de tantas preguntas y tan seguidas sobre un mismo paciente) y luego vino a hacerme el resumen. Idéntico al de mi hijo y al que ya me habían hecho ellos mismos. Pero claro, mi vecino me hablaba desde su enorme experiencia como cardiólogo y tratando de tranquilizarme, por un lado, y de asegurarme de que me habían hecho todo lo que se podía hacer. Está bien escucharlo porque su sabiduría es más manual, de viejo médico con mucha experiencia. Reconoce que ahora hay más aparatos de los que él es capaz de entender pero que hay cosas que se aprenden de la experiencia y esas no se olvidan. Y curiosamente fue el único que me hizo caso cuando le hable de los eruptos que siempre se asocian a los episodios de mareos. Sí, me dijo, esa explosión de aire que conlleva el erupto puede hacer que el estómago oprima la base del corazón y la arritmia se active. En fin, seguro que no entendí bien, pero hasta ahora nadie me ha hecho puñetero caso  cuando les hablo del erupto. Me miran con ojos de paciencia contenida, como diciendo “¿qué tendrá que ver…?”. Ya me había pasado hace muchos años con un médico oculista de mucha fama en Sevilla. Había ido a verlo por recomendación del padre de una colega amiga. Aunque yo le pagué religiosamente, lo primero que hizo fue echarme una bronca por ir a su Instituto porque, me decía, era algo estúpido teniendo tan buenos oculistas como tenemos en Santiago. Y después cuando le conté lo que me pasaba me dijo, simple y llanamente, que aquello que yo decía (que cuando miraba con el ojo derecho las letras me bailaban y era incapaz de leer) era imposible. No dijo que era mentira o que yo chocheaba porque se contuvo, pero la cara que puso fue de eso. Y salí de allí como había entrado (probablemente, él me habría aconsejado ir a un psiquíatra).

En fin, vayamos a lo que estamos. La mañana pasó tranquilo entre varias visitas de amigos y la aparición de otro paciente en la cama de al lado. Trajeron la comida, regresó mi hijo, volvió a hablar con los médicos y me trajo de postre una noticia estupenda: me daban permiso de fin de semana (bajo su responsabilidad supongo). Vi el cielo abierto. Y aunque las cosas del hospital tienden a demorarse mucho  yo me vestí a toda prisa y quedé en perfecto estado de revista (experiencia que tiene uno de la mili, donde si te encontraban una mancha o algo mal puesto te quedabas sin salir). Luego se hizo eterna la espera y cuando ya casi desesperábamos de que llegara el bendito papel con el alta transitoria, al final llegó. Lo firmé (aquí hay que firmarlo todo), me sacaron la vía que llevaba puesta y nos marchamos para casa.

Y así ha sido mi fin de semana. Casero pero sin restricciones. Hemos salido a pasear, de compras al mercado, a misa, y hasta a sentarnos en una terracita hoy domingo que hacía un día precioso. Lo peor es prepararse ahora para volver al hospital. Otra vez la batita, otra vez a rasurarme para estar preparado mañana, otra vez a dormir allí, otra vez a ser un paciente resignado.

Mañana me pondrán el REVEAL un pequeño holter que te lo meten en el pecho para que vigile los ritmos cardíacos. Dicen que deberé apretar un mandito que llevaré en el bolsillo cada vez que me dé un mareo o que sienta que algo me falla. El aparato graba los diez minutos antes y los diez minutos después. Claro que si te caes redondo, como yo el otro día, deberás despertar pronto para que la grabación tenga efecto. Y si no te levantas pues ya, ni modo...lo misma da que grabe como que no. En fin, a ver si acaba pronto este viacrucis.

viernes, marzo 01, 2013

Un mal día.



Cuando llevas ya casi cuatro días de hospital, las cosas se van haciendo rutinarias. Más todavía, en mi caso, porque los dos últimos había sido de simple espera a que llegara el jueves, el gran día, el mal día. Cuando estás a martes aún lo ves lejos. La mañana del miércoles también va pasando; la cosa se va poniendo cada vez más negra pero va pasado. La tarde es ya de pura espera, ese estrés que te entra cuando esperas la salida del vuelo, o el inicio de un viaje largo.

Las propias rutinas hospitalarias van cambiando porque todas las enfermeras y asistentes saben que mañana te toca. Aparece nuevamente el EN XAXÚN en la cabecera de tu cama. Te vuelven a rapar las partes afectadas (en mi caso, fue la ingle, que ya había sido depilada en urgencias, la que quedó como culito de bebé), te toman más veces la tensión y la temperatura, en fin, te empiezas a sentir en capilla.

Y llegó la mañana del jueves. Acababan de dar las siete y empezó el trajín. Vinieron las enfermeras para tomar los últimos datos médicos. Vinieron las impiadoras para arreglar la cama y lavarme a mí, pero como podía ducharme por mí mismo les agradecí la oferta y lo hice por mi cuenta. La cama quedó perfecta, yo en perfecto estado de revista y con el alma en vilo. Acojonado, quiero decir. Me metí en la cama como un buen chico y me quedé a esperar. Ya había llegado Elvira, así que hube de sostenerme un poco más varonil en los ánimos y dejar que la procesión fuera por dentro. La primera prueba era de electrofisiología. Nuevamente, tenían que introducirme unos catéter desde la ingle al corazón, pero esta vez sí entraban en el corazón para provocar ellos una arritmia y así poder controlar cómo sucedían las cosas. Cuando me hicieron el lunes el primer cateterismo me había dicho la médico, “bueno, los fontaneros ya hemos actuado y todo va bien. Ahora tienen que venir los electricistas”. Esa mañana me tocaba con los electricistas.

Aunque el tiempo se te hace eterno y no sabes si alegrarte o desesperarte, al final las cosas llegan. Y allí llegó la celadora que me debía bajar al quirófano. Muy jovencita ella. Tuvo algún que otro problema para sacar la cama de la habitación, tarea no fácil pues como estamos dos pacientes no es fácil hacerla girar. Pero su inexperiencia quedó más patente después: nos perdimos en el hospital. La pobre no sabía muy bien donde quedaba el quirófano al que íbamos y nos perdimos por los pasillos. Hasta fue divertido y me relajó un poco.  Tenía que preguntar, avanzaba y retrocedía, teníamos que hacer alguna maniobra brusca para buscar conexiones entre pasillos. Habíamos salido de la habitación en compañía de un enfermero que había seguido por delante y el pobre andaba loco buscándonos. Al fin nos encontró y, de su mano, llegamos a la pieza.
 
Era una sala grande y fría. Con la música alta (música andaluza ese día, luego me enteré que era el día de Andalucía).Aquello estaba lleno de monitores. Pude hacer yo mismo el tránsito de la cama a la mesa de operaciones, otra vez estrechísima. Y comenzó el proceso. Te ponen electrodos por todo el cuerpo (todo es todo, incluido el trasero, la espalda, las piernas, el pecho, la cabeza). Estos eran, además, muy especiales, muy grandes, como para cubrir grandes zonas. El enfermero que llevaba la voz cantante y que ya se veía que sabía mucho de aquello, trataba de congratularse conmigo. “nosotros como torturadores, no tendríamos precio”. Pasó por allí el médico que llevaría a cabo la operación pero por las conversaciones colegí que debía faltar alguien, otra doctora (quizás alguna residente) y eso le enfadaba a él que decía que él tenía que comenzar. Había varias enfermeras de prácticas porque les tenían que explicar todo lo que debían hacer. En fin, suficiente follón como para estar bastante distraído en la preparación que lleva su tiempo. Ya me habían puesto la telita verde con su agujerito en la ingle, aunque esta vez sin taparme la cara. Se puso su bata el médico, sus guantes, preguntó si todo estaba a punto, le dijeron que sí y allá nos fuimos. Llegó el momento tan temido.

Primero sentirá un pinchazo que duele un poco. Es la anestesia. Siempre empieza así la cosa. Efectivamente sientes que te clavan la aguja. Nada insoportable. Líquido que entra. Pas mal! Ratito de espera y, al poco, movimientos enérgicos en la zona, más pinchazos que ya no duelen y vas sintiendo cómo el médico aprieta fuerte donde te ha agujereado y va metiendo el catéter por el orificio. A veces sientes que algo va caminando por tu interior pero no molesta, no mucho. De todas formas la cosa se demora. En este caso más que en el primer día. Luego supe que habían entrado no con un catéter sino con dos, por dos puntos distintos de la vena. No sé si el médico avanzó con los dos a la vez o primero lo hizo con uno y luego con el otro. Al rato les pregunté si ya habían llegado al corazón y me dijo el enfermero que estaba a mi cabeza que no, no, aún estaban lejos. Y siguieron adelante durante otro buen rato. Esta vez si noté cuando entraron en el corazón: una especie de calor especial, de movimientos extraños. El médico hablaba con alguien que estaba fuera de la sala y no se entendían bien, así que a veces tenían que gritarse cosas. La música por todo lo alto. Por lo que entendí, no siempre se veía bien o quizás no encontraba lo que él estaba buscando con el catéter. A veces decía, “ahí esta´, ahí está”. Bueno la cosa es que después de distintos movimientos (él seguía apretándome fuerte en la zona de entrada de la ingle y moviendo allí sus dedos de un lado para otro) parece que quedó satisfecho de donde había llegado y se puso a comentárselo a alguien que debía estar con él. Como ya no me hacía nada y seguía pasando el tiempo se me hizo raro. Pensé que era una descortesía, tenerme a mí a sí y quedarse él charlando con otra persona. Después entendí que su parte había acabado y ahora comenzaba la otra fase de la prueba. Se marchó de la sala y desde fuera comenzaron a actuar. Eso me lo explicaba el enfermero a mi lado. Empezaron a darme descargas eléctricas en el ventrículo que era lo que yo tenía jodido según los electrocardiogramas. Yo sentía un calorcillo especial pero agradable y golpeteos del corazón similares a los que suelo sentir cuando estoy haciendo la digestión. Pasaron un tiempo así pero yo seguía tranquilo. El enfermero me explicaba que otros pacientes con esas descargas ya hacen arritmias fuertes. Tras la fase eléctrica iniciaron la fase química y le iban dando instrucciones al enfermero a mi lado para que me fuera inyectando los medicamentos que ellos le decían. Como ya los tenía preparados fue fácil irlos metiendo por la vía que llebava puesta. “Esto es echar gasolina al fuego, me explicaba el enfermero, lo que queremos es provocarte una arritmia fuerte para poder estudiarla. Tú no te preocupes que nosotros estamos aquí preparados para recuperarte si pasa algo”. Y qué harían si me da un infarto o se produce otro síncope, le pregunté. Me sonrió y señaló algo que yo no veía detrás de mi cabeza: ahí tenemos preparadas las planchas para darte un chispazo. Entonces entendí que él y otra chica no se apartaran ni un momento de mi cabeza. Lo que me iban inyectando no producía efectos y fueron aumentando la dosis.  Cuando ya les pareció que aquello no daba para más, dieron por finalizada la prueba. Sacaron los catéter y el enfermero se quedó apretando el agujero de la herida para que no saliera sangre. Le expliqué que yo solía andar mal de plaquetas y me prometió cinco minutos más de apriete. Y vaya si apretaba, tanto que dejé de sentir la pierna porque se dormía. La chica le avisó que no apretara tanto y lo  relajó un poco. Cuando acabó, me pusieron una cura presionante para que no saliera sangre. Bueno, más que cura fue un corsé que me cogía desde el estómago a media pierna y, efectivamente, con una presión enorme sobre el lugar de los pinchazos. Luego comenzó el suplicio chino de quitarme los electrodos que es un proceso de depilación a la brava. Más doloroso que toda la operación anterior. Las enfermeras, en lugar de ponértelos en zonas que ya ven depiladas de otros electrodos anteriores, lo que hacen es buscar lugares vírgenes y llenos de pelos. Quizás, para ir igualando la zona. Y cada quita y pon se convierte en un suplicio. Como no podía moverme para evitar los  hematomas y la hemorragia, el paso de la mesa de operaciones a la cama, fue mucho más divertido. Se han inventado una especie de tobogán por el que deslizan tu cuerpo. Pero en fin, la primera operación del día había acabado. Podía sentirme contento porque no se había producido arritmia pese a las provocaciones sobre el corazón, aunque eso alejara un poco más la posibilidad de tener un diagnóstico claro para mi síncope. Y volvimos para la habitación. Esta vez el camino se hizo más corto y llegamos bien. La fase más temida de aquel día penoso había acabado. Y sin especial sufrimiento.Aún no sabía yo cuánto me había equivocado con respecto a las pruebas de ese día.

Luego la mañana siguió su proceso. Y la espera de la segunda prueba siguió manteniendo el alto nivel de estrés, aunque esta vez, al tratarse de una resonancia magnética donde ya no había pinchazos, me parecía menos agobiante. Tardaron mucho en llegar a buscarme. Estaba programada para las 12, pero pasó la una y allí seguía yo. Lo malo de eso es que en cualquier momento pueden suspender la prueba si surge otra cosa urgente. Pero, al final, casi a las dos vinieron a buscarme. Tampoco fue fácil llegar esta vez. Van a tener que poner GPS en las camillas. Ya me estaban esperando y como el protocolo se parece de unos lugares a otros, yo ya podía anticipar con facilidad lo que venía después. Lo que sucede es que, en esta ocasión yo no me podía mover porque tenía la pierna derecha inmovilizada por la prueba anterior, así que tuve que dejar que hicieran ellas y ellos todo. También tiene su encanto que te muevan con la sábana de una cama a la otra.

Yo estaba tranquilo con la resonancia. Ya la había hecho alguna otra vez y recuerdo que en una ocasión hasta me dormí dentro del tubo al que te meten. Esta vez me alarmé un poco más a la vista de los preparativos que hicieron conmigo. Me ataron a la plataforma de una manera terrible, sobre todo el estómago: le pusieron algo que parecía una tabla encima, pasaron las cinchas por debajo del cuerpo y la ataron como si fuera un arnés al caballo. Yo que andaba con una costilla jodida por la caída me quedé templando entre la opresión y el dolor. Cómo será la cosa que hasta te preguntan si puedes respirar. Yo podía respirar, pero justito. Supongo que es para que no hagamos respiraciones abdominales sino torácicas pero la verdad es que agobia mucho. Por supuesto, otra vez infinidad de electrodos. Me sentía tan atado que les dije: de aquí no se les habrá escapado nadie, ¿no? No, hasta ahora no, me dijo la médico que tenía a mi lado. Y me advirtió, mire, esta prueba tiene dos cosas: mucho tiempo y que yo le iré diciendo que tome aire, que lo expulse y que se quede sin respirar. Y se lo diré unas treinta veces. Me parecieron muchas, pero bueno, ni me imaginaba lo que aquello iba a ser. Te ponen unos cascos para comunicarse contigo y te ponen en la mano una especie de botón para que lo aprietes si te sientes mal.

Pese a lo atado y apretado que estaba a la tabla, aún tuvieron que apretarme más para que todo el bulto que yo llevaba en la barriga cupiera por el tubo. Y allí fui. Al principio fue fácil pero tampoco pasaba nada. Me dediqué a relajarme y eché de menos no saber meditar pues hubiera sido una actividad cojonuda para ese momento. Había pasado ya mucho tiempo cuando oí, por primera vez, la orden, “Miguel, tome aire… échelo… quédese sin respirar nada, nada”. Eso hice. Se alargó un poco la fase de no respirar mientras se oían ruidos inclasificables en la máquina pero como estaba fresco lo conseguí bien. Enseguida el “respire normal, respire normal…”. Bueno, esto no es difícil, pensé pero, a la vez, comencé a preocuparme porque, decía para mí, como vayan a este ritmo, las 30 veces que me dijo la médico que habría de hacerlo se van a alargar muchísimo. Y así fue. Hacían lapsos enormes entre cada coger-echar-no respirar. Y mientras tanto  yo iba buscando temas en los que pensar sin agobiarme por la claustrofobia. Pensé en dar un repaso a mi vida, pero me pareció demasiado pretencioso. Creí que sería bueno pensar, sobre todo en situaciones agradables que me hubieran pasado, pero exigía demasiado pesado el esfuerzo de discriminar. ¿Pensar en mujeres?, me sugerí. Me parecióun tema interesante pero sobre el que yo que tenía poco material para hacerlo (si fuera mi amigo Jesús, ése podría ser un buen tema para mantener la mente ocupada, pensé con envidia). Pero mi mente se iba de unos lugares a otros, sin sistematicidad. Los temas se me acababan pronto y el tiempo se alargaba sin que yo fuera cubriendo el catálogo de las treinta voces que me tenían que dar los médicos. El tiempo iba pasando y solo de ven en cuando aparecían las instrucciones. Esperaba ansioso que comenzara algún ruido de la máquina pues eso presagiaba que tendría que coger aire, echarlo y quedarme sin respirar. En algún caso, los periodos de no respiración fueron tan largos que no conseguía llegar al final. Y el tiempo pasaba. Yo conseguía estar con los ojos cerrados pero, de vez en cuando, necesitaba abrirlos y me encontraba con el tubo amenazante a dos dedos de la cara. Los cerraba rápido y comenzaba la nueva pelea por buscar temas en los que pensar, pero era difícil controlar el pensamiento que se iba y venía. Yo quería evitar a toda costa en pensar en que estaba encerrado en un tubo y atado (lo único que podía mover eran los dedos de los pies y los de las manos), con la costilla machacada y los nervios a flor de piel. De vez en cuando sentía calor en la muñeca y en el pecho; pensé que me estaban inyectando algún tipo de contraste para que se viera mejor. El tiempo se alargaba, se me iba haciendo eterno. De vez en cuando llegaban las instrucciones, pero a cuentagotas. Para dármelas, el médico que lo hacía encendía el micro; entonces yo podía oír sus conversaciones en esas décimas de segundo. En una de ellas oí a una médica que decía la palabra cáncer. Me asustó. Enseguida quise tranquilizarme pensando que estarían hablando de otras cosas y que no podía referirse a mí, que no hay cáncer de corazón. De todas formas, la puñetera palabra quedó ahí como una mosca cojonera que daba vueltas cada vez que yo quería pensar en otra cosa. El tiempo, a esa altura se me estaba haciendo eterno. Sentía calor y noté que empezaba a sudar y al sudar, sentía, a la vez, un frío enorme. Vaya, pensé, seguro que me están inyectando alguna cosa que va excitando al corazón. Notaba cómo me caían los chorretes de sudor por la  cara y por la calva y cómo se iba encharcando lo que tuviera debajo de mi cuerpo, pero no podía moverme lo más mínimo, así que “eche o que hai”, me decía a mí mismo. También me sentía cada vez más cansado. Me costaba más seguir las instrucciones de tomar-echar aire y no respirar. “¿Qué tal está, Miguel?”, me dijeron por el altavoz. Estoy sudando mucho, les dije. Pero todo siguió adelante. Ahora era una médica la que me daba las instrucciones. Al  rato entró alguien en la sala y por la parte de atrás del tubo, por donde tenía la cabeza, comenzó a secarme un poco la cabeza. Poco podía hacer, de todas maneras porque todo estaba muy ajustado. No falta mucho me dijo. Y marchó. La cosa siguió adelante. Nuevas instrucciones, más periodos de no respirar, más ruidos inclasificables de la máquina, mayor esfuerzo por mi parte por mantenerme relajado. Casi ya no lo conseguía. Me empezó a preocupar que el corazón latía cada vez más fuerte, que yo sudaba cada vez más y que estaba helado, que no había como sacarme de la cabeza que aquello no iba bien. Aguanté otros diez minutos pero ya en proceso de incipiente angustia y no pude más. Toqué el timbre. Me preguntaron si estaba bien y les dije que sudaba mucho y tenía mucho frío. Me dijeron que ya faltaba poco. Traté de tranquilizarme y seguimos con el ritmo cansino de tome aire-échelo-no respire nada, nada. Yo ya me sentía mal. Creí que me daba un infarto allí dentro. Me consolaba diciendo que ellos debían notar cómo iba mi corazón pues para eso tenía los electrodos puestos. Además el orgullo me impedía quejarme. No puede ser “llegar a la orilla y ahogar”, me decía. Y de nuevo tome aire- échelo- no respire… Y el tiempo seguía. Al final, ellos mismos trataban deanimarme. “Sólo un minutiño, Miguel”. No fue un minuto, pero se lo agradecí. El tiempo siguió y allá cuando ya tenía perdida cualquier esperanza de que aquello acabara alguna vez oí que decían “ya hemos acabado”. Estaba tan agotado que ni me alegré. Hasta hubiera vuelto a tomar aire- echar y dejar de respirar. Aún tardaron un rato en entrar en la sala y algo más en que la tabla sobre la que yo estaba comenzara a deslizarse hacia afuera.  Cuando abrí los ojos, vi a los médicos: “¿Cómo está?”, me preguntó uno de ellos. Agotado, le dije, y helado, pónganme una manta por encima les supliqué. Había pasado una hora y media dentro de aquel tuvo. Me pareció una eternidad y fue, sin duda, la prueba más dura que yo he hecho en mi vida. “Ha estado usted magnífico, dijo para animarme, se ha portado de maravilla”. Bueno, pensé para mí, escaparme, que era lo que me hubiera apetecido al final, no era fácil, así que no tengo tanto mérito”.

Me fueron liberando de los arneses. Me volvieron a hacer ver las estrellas al sacarme los electrodos. Me cambiaron a la cama con ese ingenioso sistema rodante que ya había probado por la mañana y volvimos a la habitación. Esta vez con un camillero que se estrenaba en el hospital. Ni puta idea de adonde debíamos ir. Le dijeron que al salir del ascensor a la izquierda, pero en el laberinto del hospital esa es una información poco eficaz porque a la izquierda hay todo un laberinto de puertas y pasillos por el que, obviamente, nos perdimos. Yo tampoco podía orientarle mucho, así que el pobre tenía que ir preguntando. Al final fue otro camillero que pasaba por allí el que al verle tan despistado le preguntó dónde iba y le indicó el camino correcto. Al final llegamos a la habitación. Por lo que me cuentan, llegué blanco leche y con el tono vital bajísimo. Como eran ya las 4:30 de la tarde apenas había personal de limpieza, así que tuve que resignarme a quedarme chirriao como estaba.

Bueno, mal que bien había acabado ese día nefasto de las dos pruebas. Lo hicieron por mi bien, para que no se demoraran mucho en el tiempo pero, creo que es demasiado para el cuerpo y para el corazón. Por la mañana lo castigaron duramente para ver si reaccionaba y poco después ese agobio de sonares y angustias de encierro. Mi pobre patata no sé si está para esos trotes, aunque hoy se ha portado muy bien.