miércoles, abril 22, 2020

COMPARTIENDO EL ADIÓS DE CELIA



Lo sentimos mucho,  Celia. Y queremos acompañarte y que nos sientas cerca de ti en este trance duro y amargo del fallecimiento de tu madre. Todos nosotros hemos pasado ya por ello y eso te hace afortunada dentro de la desgracia. Y eso quiere ser esta entrada del blog que te dedico de corazón. Cuando las emociones y los sentimientos se enmarañan y descontrolan, yo me siento mejor si los escribo. Eso he hecho.
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Hay palabras que lloran por sí mismas. Traen tanta carga de emociones dentro de su vientre que acaban estallando como un volcán y la amargura que desprenden te va quemando todo lo que toca. Una de esas palabras es “Adiós” y duele mucho cuando la dices, pero duele igual, o quizás más, cuando ni siquiera puedes decirla.
Nuestra amiga Celia ha perdido hoy a su madre, también Celia. Otra víctima de este coronavirus que nos asola, esa maldita cosa que nos tiene secuestrados y que se ha cebado con especial violencia con las personas mayores. Y su encierro, el de los mayores, ha sido mucho más desalmado y cruel. Una doble victimación la suya. No solo eran más vulnerables al contagio, sino que las condiciones en que han tenido que enfrentarlo han sido mucho más draconianas. Sin familia a su lado, a solas con los equipos profesionales que les atendían. Difícil vencer esa batalla. Dicen que era por su bien y por el nuestro. Difícil de entender, aunque fuera cierto.  
El caso es que la madre de Celia ha fallecido y lo ha hecho sin que sus hijos hayan podido acompañarle en este definitivo tránsito y decirle “adiós”.  Un adiós que les hubiera dolido mucho pero que aún duele más cuando no lo has podido decir. Cuánta gente está pasando por eso estos días nefastos del coronavirus. Algunos lo cuentan con desgarro y escuece cuando lo cuentan: se fue y ni siquiera pudimos despedirlo con un adiós y un beso. Si escuece solo el escucharlo, ¡qué será cuando lo estás viviendo en primera persona!
Perder a una madre tiene algo de trágico que se superpone a la propia tragedia de la muerte. Las madres (también los padres, pero de otra manera) son como un faro al que siempre tienes ahí. Cuando somos pequeños nos iluminan y orientan y les miras para saber qué hacer. Poco a poco su luz ilumina y da seguridad, aunque ya no pretende orientar porque cada hijo ha tomado las riendas de su destino. Pero el faro sigue ahí, presente en tu vida, acompañándote y transfiriendo energía y apoyo. Después, la luz va perdiendo intensidad y alcance, pero el faro sigue ahí. Sigue siendo esa referencia a la que miras y en la que piensas constantemente, aunque ahora su fuerza no resida tanto en lo que te da sino en lo que es para ti. Ya no te marca el camino a seguir, pero es una pieza esencial para que puedas reconocerte en el camino recorrido junto a ella. Perder de vista ese faro que siempre ha estado ahí es lo que llamamos horfandad, lo que nos convierte en huérfanos, lo que nos deja solos. No es fácil de elaborar ese sentimiento de pérdida. Y cada uno se busca sus estrategias. Yo tengo frente a mi mesa de trabajo una fotografía de mis padres, de los dos y me basta una mirada de vez en cuando para encontrar un cierto consuelo y sonreír, para conectar con la memoria de ellos con lo que fui con ellos. En el primer aniversario de la muerte de nuestra madre, cuando los hermanos comentaban lo mucho que la echaban de menos, uno de ellos comentó que él seguía hablando con ella y que para él aquello era “mano de santo”. No hace falta convertirlo en una psicosis, pero las madres de una manera u otra, siempre están ahí, al otro lado del espejo, a la escucha.
Pero, por otro lado, perder a una madre, incluso si nos sentimos ahogados en ese tsunami de dolor y pena, nos recuerda que la vida, nuestra vida sigue; que se cierra una etapa para que se abra otra. Puesto que el deseo de que nuestras madres fueran eternas resulta inviable, no nos queda otra que agradecer al destino por la fortuna de haber podido tenerlas con nosotros hasta bien avanzada edad. Lo terrible es perderlas cuando eres niño y aún las necesitas para sobrevivir. Al final, la vida es como esos viajes interestelares que los grandes países realizan. Tú ves que el cohete sale con una fuerza y un estruendo inmenso y que, a medida que va ascendiendo, los motores que le han ayudado a elevarse de van desgajando, uno tras otro, del cuerpo del cohete. Al final, la cabeza del cohete queda sola y debe llegar a su destino por su cuenta y valiéndose de otras fuerzas que le ayudarán (la pareja, los hijos, los amigos). Eso han sido nuestros padres, los motores que nos han ido poniendo en órbita para que, al final, nosotros mismos cumplamos nuestro destino y repitamos el ciclo convirtiéndonos en motores para quienes dependen de nosotros. Saber que ellos hicieron bien su papel, que nos ayudaron a fijar adecuadamente nuestras propias órbitas, que nos acompañaron hasta bien avanzado nuestro tiempo vital, tenemos que valorarlo con alegría y gratitud. Hemos sido afortunados, hemos tenido mucha suerte porque ellas, nuestras madres, nos ha acompañado hasta que hemos sido mayores. Hemos vivido muchos años con ellas, han disfrutado con nosotros, nos hemos querido, nos han acompañado en los momentos más relevantes de nuestra vida, han estado ahí. Como motores y como faros.
Lo siento mucho, Celia. Lo sentimos mucho todo el grupo de amigos que hemos querido compartir contigo ese ratito de video-reunión al final de este día 21 de abril, que yo olvidarás nunca. Es un espacio que estamos aprovechando los domingos para encontrarnos y celebrar que seguimos juntos pese al enclaustramiento. Hoy hemos modificado su sentido para compartir contigo el dolor de haber perdido a tu madre. No es mucho lo que uno puede hacer cuando una amiga pasa por este trance.  Siempre te quedas inquieto ante el riesgo de no estar a la altura de lo que la persona afectada necesita, el riesgo de pasarte frente al de no llegar.  Además, tendemos a leer el dolor de los demás desde nuestro propio dolor y la forma en la que hemos vivido el mismo trance por el que tú pasas ahora. Yo confieso que antes de escribir esto he leído lo que escribí cuando falleció mi madre y he vuelto a llorar su pérdida y a sentir el mismo desconsuelo de entonces (de la muerte de la madre uno no se recupera nunca; se aprende a vivir con ello, pero ya nunca es igual).  Pero, seguramente, en eso nos equivocamos porque cada quien siente la pérdida a su manera y también su duelo se elabora de forma distinta. Pero los amigos ayer estuvieron bien, leímos un texto bíblico y un par de poemas que ayudaran a sazonar el drama con la esperanza. Acompañarte en el sentimiento, eso es lo que podemos hacer, convertir esa fórmula social en un compromiso coral. Y así, abrazados en lo bueno  y en lo malo, seguiremos enclaustrados pero juntos. Un beso muy grande, Celia. Estamos contigo.





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