A medida que pasan los años, la vida se va llenando de ritos. Y menos mal,
habría que añadir, porque es gracias a ese componente de compromiso placentero
que colorea a cada rito (una mezcla de obligación y deseo), que vamos sacando fuerzas de flaqueza para
mantener el tipo y cumplir con los eventos programados.
Somos un grupo muy especial, de esos que trenzados en la juventud van
cruzando etapas vitales manteniéndose juntos con el espíritu sano pero los
cuerpos acordes a las sucesivas edades por las que hemos ido transitando. Y no
es poca cosa que hayamos logrado recorrer juntos tan larga travesía.
Y sí, es vedad que la travesía ha sido larga. Tan larga que comenzamos a
convivir cuando frisábamos los veinte y lo que celebramos ahora es que la
benjamina del grupo, nuestra Celia, cumple 70 años. Los demás ya hace tiempo
que atravesamos esa meta volante. Por tanto, queda claro que somos un grupo con
solera, un grupo vintage. Y como los
ritos son los ritos, allá nos fuimos a Segovia a celebrarlo.
Segovia está a desmano, pero tiene un encanto especial para Celia y Juan
Manuel porque lo conocen bien, porque les gusta y porque es la capital de
Mozoncillo, su referencia familiar en tierras segovianas. Por supuesto, ni
comparación con otras alternativas que habían estado manejando para celebrar el
cumple. A todos nos pareció bien actualizar nuestros propios recuerdos de una
ciudad tan especial.
Celia cumple años el 14 de Noviembre, viernes, y para ese día se fijó la
cita. Todos llegamos puntuales a mediodía y bien dispuestos a saborear la primera
comida del encuentro en el famoso restaurante José María. Cochinillo, por
supuesto, la mayoría. Y allí, en plena orgía honomástica, cantamos, brindamos y
celebramos emocionados el cumple de Celia.. El grupo le regaló un precioso
conjunto de gargantilla y pendientes y Juan Manuel le había preparado un álbum
de recuerdos y mensajes de su familia y quienes hemos sido sus amigos. Fotografías
y mensajes que recuperaban buena parte de su vida. Todos muy emotivos y
halagadores. Mensajes que coincidían en dos elementos que son la quinta esencia
de Celia: su fuerza vital, construida
a base de disposición y energía (esa fuerza que le ha hecho superar con éxito
las no pocas zancadillas que la vida le ha ido poniendo) y su capacidad de liderazgo (ese empoderamiento y empatía,
fruto de sus años de pelea en Duró Felguera, que le permite intervenir sin
avasallar, resolver las situaciones complejas sin maternalismos ni imposiciones
autoritarias). Fue un buen inicio de la fiesta tanto en lo gastronómico como en
lo emotivo, terrenos, ambos, en los que se mueve bien nuestro grupo. Y, además,
nos invitó ella (es verdad, dejé sin decir que éste es otro de sus encantos,
que comparte con Juan Manuel, la generosidad).

La tarde se nos fue entre la siesta-digestión y una larga charleta de
tardeo al amor de la lumbre del salón del hotel. Después, se nos complicó un
poco la cena pues no es fácil colocar a 12 personas, que tras la comilona de
mediodía no quieren cenar nada, en un local tranquilo la noche de un viernes.
Todo estaba a tope, pero, al final pudimos sentarnos y engañar a nuestros
sufridos estómagos con agüitas, tónicas y algún sándwich. Y como nuestras
fuerzas ya no daban para más, nos fuimos formales a dormir.
El sábado amaneció intimidante. 100% de posibilidades de lluvia. Ni un
resquicio para dudar. Buen desayuno a su hora y preparación, paraguas mediante,
para un día cultural intenso que comenzaba en la catedral. Allí nos esperaba el
primo de Juan Manuel, canónigo de la catedral que fuera dean y actualmente es prefecto
de música y organista. Muy simpático, la verdad. Y, desde luego, un enamorado
de la catedral que se conocía como la palma de su mano. Fuimos recorriendo el
templo capilla a capilla, ¡las 20!. Y nos agasajó con una pequeña muestra del
sonido de los órganos catedralicios. Primero nos paramos en el organillo móvil
que llevaban en las procesiones, entendí que renacentista, con un sonido muy
especial. Y, después, tuvimos el gran placer de escuchar el gran órgano barroco
del lado de la epístola. Nos permitió acompañarle hasta el teclado y tuve el placer
de poder participar, como un monaguillo orgulloso, en la apertura y cierre de
los diversos controles del sonido. Espectacular el juego de tonalidades que se
consigue con estos órganos de tres teclados y pedales. Nos ofreció un pequeño
muestrario de sonidos y combinaciones que nos convirtió en unos privilegiados a
la vista del resto de turistas que deambulaban por la catedral.

Salimos de la catedral más tarde de lo previsto, lo que les acarreó una
buena bronca a los conductores de los coches por parte de la recepcionista del
hotel que exigía una puntualidad germánica, pues solo tienen tres plazas de
aparcamiento para el hotel en zona peatonal y cualquier demora en retirar los
coches provoca problemas para los que llegan. Necesitábamos los coches porque
debíamos desplazarnos a la Casa de la Moneda, pero ya no nos dio tiempo y
preferimos centrarnos en la ermita de la Vera Cruz. Es una joya románica de
curiosa estructura (dodecagonal, con tres ábsides y una linterna sobre el
tejado). Algunos nos atrevimos a subir a la torre por la escurridiza e
interminable escalera caracol, trabajo no sencillo para gente mayor como
nosotros. El edificio fue en su momento de los Templarios y, posteriormernte,
sede de los Caballeros de la Orden de Malta
quienes, aún ahora, tras no pocas peripecias desamortizadoras, siguen
celebrando allí los oficios de Semana Santa.
Comimos en el restaurante La Postal, otro lugar mítico segoviano, famoso
por las vistas que desde él pueden disfrutarse (por eso lo da la Postal). La
comida, esta vez cordero para los más, estuvo bien y la disfrutamos. Teníamos
previsto para la tarde una visita a Zamarramala (ese pueblo famoso por la
fiesta de Sta. Águeda en la que, el domingo posterior al 5 de febrero, las mujeres
se adueñan del pueblo para celebrar la batalla de 1227 en la que, gracias a las
mujeres que engatusaron a los moros entreteniéndoles con sus bailes, lograron
los castellanos reconquistar el Alcazar), pero la comida se alargó y salimos
del restaurante justo para cumplir el siguiente compromiso.
Compromiso que era la visita al Monasterio del Parral que abría sus puertas
a las 5 de la tarde. Llovía a mares, pero eso mismo hizo que el monasterio y
sus recovecos lucieran aún más con la neblina húmeda y el ruido de la lluvia
como música de fondo. Nos recibió un fraile benedictino muy parlanchín y echado
palante. Cuando le pregunté qué hacía un benedictino en un convento de
jerónimos, me contestó que lo mismo que hago yo cuando mi mujer me manda hacer
algo, obedecer. Que a él lo habían mandado allí y eso hacía. La iglesia no es que tuviera mucho que ver
salvo, quizás, el retablo renacentista del altar mayor del S. XVI, obra de Juan
Rodríguez. Y, obviamente, la imagen románica de la virgen del parral que da nombre
a la Iglesia.
Descanso en el hotel y reunión vespertina en su salón chimenea. Está claro
que se nos da mejor hablar que caminar. Preferimos los sofás al senderismo. Y
charlando se nos fue la tarde. Como era sábado, ni siquiera hizo falta buscar
algún cobijo para cenar pues teníamos abierta la cafetería del hotel. Y allí
concluimos nuestro segundo día degustando tortilla, calamares y queso.
El tercer día era ya de despedida. Desayunamos juntos y comenzó el retorno.
Fuen y Rafa salieron para Valencia. Los demás aún teníamos un doble compromiso:
la visita guiada por Segovia y la comida. La visita guiada estuvo muy bien. Ver
una ciudad (en este caso solo fue una calle, eso sí, la principal de Segovia:
de la plaza mayor al acueducto). Hay tantas cosas que ver en ese corto trayecto
de no más de 500 ms. que nos llevó tres horas hacerlo. Pero, claro, está la
propia plaza, la sinagoga y la judería, la plaza de las sirenas y su entorno,
la casa de los picos, la vista de la sierra y el retejado segoviano, el acueducto…
mucho que contar en una ciudad tan llena de historia.

Llena de historia y de gente. Cierto que era domingo, pero me llamó mucho
la atención la cantidad de gente, la infinidad de grupos de turistas con su
guía. Muchísima gente deambulando por los mismos sitios. Segovia, como tantas
otras ciudades, está saturada de turistas. Creí que las ciudades de interior se
habían librado mejor del abuso turístico, pero se ve que no. Es que estamos a
media hora de Madrid, me dijo el guía. Y debe ser eso, que hay mucho madrileño
de fin de semana, pero lo que yo veía eran cientos de coreanos y mucha gente
hablando otros idiomas. Bueno para Segovia, supongo.
Dejamos el acueducto para enfilar, una vez más, hacia el restaurante. Esta
vez, con cura de humildad como aperitivo pues el acceso estaba en cuesta y con
escaleras por lo que las dudas se adueñaron del grupo. Si fuera para acudir a
una conferencia probablemente hubiéramos desistido, pero siendo comer… Al
final, fueron amables y empáticos con nosotros y nos abrieron su puerta
secreta. Pas mal! El nombre del
restaurante sugería ya el menú (restaurante El Cordero), pero el chef debió
llevarse una sorpresa porque lo que pidió la mayoría fue huevos rotos con
patatas fritas. Pero estuvo bien y aunque cada plato traía tres huevos, casi
todos dieron buena cuenta de ellos. Quizás pensando en la salida que requeriría
echarle los ídem a la cuestita de marras.
Y así acabamos nuestro fin de semana de reencuentro en homenaje a Celia y
su paso por los 70. De Segovia a la estación de tren para quienes viajamos en
él y de la estación a Madrid para quienes vinieron en coche. En resumen, dos
días de buen rollo (con sus cositas, como debe ser entre gentes que se saben
diferentes, pero con un denominador común que los une y estrecha desde hace
tantos años). Y como ha sucedido tantas veces, los abrazos siempre son más
fuertes que las discusiones.
Es curioso cómo funcionan estos grupos. Ya decía antes que el fuerte del
grupo somos psicólogos y fue estudiando psicología cuando se inició nuestra amistad.
Así que, a nada que utilicemos lo que sabemos de psicología para repasar
nuestra historia podremos constatar cómo nosotros mismos hemos sido una clara
muestra de cómo evoluciona un grupo humano a lo largo de los años. Podríamos
estudiarnos como un caso típico de grupo de personas que se conocen de jóvenes
(con su potencia física e intelectual a tope, sus inquietudes sociales, sus
expectativas profesionales, sus primeros amores y desamores), siguen más o
menos juntos su etapa de madurez y consolidación adulta (sus inicios laborales,
sus procesos familiares, su progreso profesional, los infortunios a superar), y
así, continúan juntos hasta llegar a la etapa final de sus vidas (la
jubilación, la lentitud, los bastones, la desmemoria, la sordera, las manías).
Toda una vida observada como si fuera un estudio longitudinal. Analizar
nuestra evolución es como hacer un máster en evolución humana. Hemos podido
aprender mucho de cómo las personas van evolucionando cada una a su manera, de
cómo las parejas se han mantenido o han roto, de cómo las familias han pasado
de los escarceos iniciales de sus padres (nosotros) a constituir un grupo de gentes
infantiles y luego adultas que van ocupando, a su vez, un espacio social cada
vez más rico y más amplio. Hemos sido testigos y, en parte, también agentes de
todo ese proceso personal y social de cada uno de nosotros y del grupo en su
conjunto. Cada uno de nuestros encuentros es como una máster class de psicología
evolutiva. Siempre me pregunto qué nuevos datos habrá incluido cada uno de
nosotros en su particular libreta de apuntes sobre ese grupo que viene conociendo
y estudiando desde hace 50 y pico años. Sería curioso curiosearlos.
En fin, que las elucubraciones postsegovianas no oscurezcan el sentido de
nuestro encuentro. Hemos celebrado el cumple de Celia, nuestra benjamina,
nuestra líder. Hemos disfrutado de un fin de semana largo y fantásticamente
organizado. Hemos saboreado el mejor cochinillo, cordero, huevos y ponche de
Segovia. Hemos compartido cultura con un dean y un benedictino metido a
jerónimo. Hemos aprendido de las sirenas segovianas (que no griegas, ni
nórdicas) y del retejado en curva. Y, sobre todo, hemos pasado casi tres días
juntos para constatar una vez más que nos hemos hecho mayores, pero nos
seguimos queriendo. Hay años enteros en
los que no se viven tantas experiencias juntas. ¡Gracias, Celia!