¿Han probado alguna vez hacer un
viaje en coche con gastroenteritis? Un calvario, oiga. Más
aún si vas acompañado por un matrimonio amigo al que te has ofrecido a acercar
hasta Madrid. La cosa comenzó a ir mal ya desde que salimos de Santiago, pero
faltaban 20 kilómetros para Ourense y los cólicos, el estruje y las apreturas
eran tales que pensé que tendría que parar el coche y esconderme a una orilla
de la carretera. Cosa imposible, por otra parte, pues todo es autovía sin
posibilidades de escape. Más muerto que vivo llegué a Ourense y salimos
escopeteados a buscar una farmacia. No fue fácil pero la encontramos. Una
sobredosis de fortasec y veinte minutos de limpieza gástrica en los servicios de una cafetería mientras ellos
se tomaban un café, me permitieron continuar el viaje encomendándome a la
protección de os santos más milagreiros. ¡Qué cien kilómetros más jodidos había
pasado! Ese apuro escatológico no se lo deseo ni a mis peores enemigos. Más aún si vas acompañado por
un matrimonio amigo al que te has ofrecido a acercar hasta Madrid. La cosa
comenzó a ir mal ya desde que salimos de Santiago, pero faltaban 20 kilómetros
para Ourense y los cólicos, el estruje y las apreturas eran tales que pensé que
tendría que parar el coche y esconderme a una orilla de la carretera. Cosa
imposible, por otra parte, pues todo es autovía sin posibilidades de escape.
La cosa es que el viaje continuó
tranquilo. El chute de fortasec hizo su efecto y llegamos tranquilos a Arévalo
donde pretendí sorprenderlos con un buen cordero lechal. Bien informados, nos
presentamos en el restaurante Las Cubas y aquello fue una fiesta. Mi amigo hacía
tiempo que no saboreaba el cordero, un cordero como dios manda. A su esposa no
le apetecían bichos tan infantiles (ni cordero lechal ni cochinillo) y apostó
por un entrecote. Todo estaba buenísimo. Ya lo anoté como una parada
obligatoria en los viajes a Madrid.
De Arévalo a Barajas donde ellos
tomaban avión a Lisboa. Y de allí, yo continué hasta Sigüenza. Debió ser que
fue disminuyendo el efecto fortasec o que, ignorante yo del protocolo a seguir
en caso de liquidez gástrica, comí bien cuando debí guardar ayuno, el caso es
que los dolores volvieron y también las apreturas. Ya solo, me importaba menos
pero en todo caso, el ir parando en cada gasolinera para salir corriendo a ver
si el baño estaba libre, resulta más bien penoso, rozando lo humillante. Además
se te instala en la zona sur una especie de quemazón que te impide distinguir en
el baño si la cosa ya acabó o deberías esperar más. De hecho fueron varias las
veces en que tras desaguar en el baño volvía al coche pero me seguía sintiendo
tan inquieto y escocido que tenía que volver de nuevo al baño por si venía una
nueva oleada. Penoso.
Y una sensación parecida es la
que se siente al acercarse a la ciudad y verla por primera vez con su enorme
Castillo dominando toda la zona. Tampoco pude resistirme y tuve que parar el
coche para hacer una fotografía. Espectacular Sigüenza, incluso antes de entrar
en la ciudad. Localizar el parador no fue difícil pues, al final, habían
convertido en parador aquel castillo, el castillo de los Mendoza, que tan
admirado me había dejado al verlo desde lejos.
No fue fácil localizarlos. Es
curioso, pero aunque se trataba de un lugar muy relevante de la ciudad, El
Pósito, un reciente edificio antiguo
recuperado para fines culturales, las 3 o 4 personas a las que les pregunté
dónde quedaba me informaron bastante mal. Los encontré cuando ya estaban
formados los 4 grupos con sus respectivas guías. Había 200 personas en el
Congreso que formamos 4 grupos. Cada grupo se fue por un lado y fuimos
recorriendo los lugares más emblemáticos de la ciudad: algunas calles típicas,
el castillo, la catedral, las puertas de la ciudad, la iglesia de Santiago, un
artesano que hace obras preciosas cincelando cobre y chapa, etc.
Por lo demás, la ciudad, preciosa
de veras, es una mezcla de todo. Mucho cruce de estilos, desde el románico
hasta gótico y plateresco, incluyendo el cisterciense en algunos elementos de
la catedral. Muchas casas señoriales construidas en piedra junto a otras con
partes hechas de adobe. Piedras con un toque ocre precioso. Calles muy
empinadas, restos de muralla, iglesias con un fuerte sabor popular (la Iglesia
de Santiago, por ejemplo, en pleno proceso de restauración, que antes de ser conventual,
fue en un tiempo “iglesia concejo” porque la gente se reunía en ellas para
repartir las tareas del pueblo, los que tenían que ir a segar, los que habían de
cortar leña, matar los cerdos, etc.). Bueno, y tiene a su doncel, el doncel de
Sigüenza, que reposa haciendo posturitas sobre su sepulcro, como si estuviera
en plena pose para salir en una revista del corazón.
Al final, bien entrada la noche,
nos llevaron al restaurante a cenar. Otra vez cordero (aunque nada que ver con
el de Arévalo). Y otra vez, mi estómago comenzó a hacer valer su rebelión
haciendo escrache al ano y advirtiéndome de que el último rato de la tarde
había sido solo un intervalo amigable que estaba a punto de concluir. Así que,
para evitar males mayores, aproveché la primera oportunidad y salí escopeteado
para el castillo de los Mendoza, a refugiarme en lugar seguro, es decir, cerca
de un baño.